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Afganistán, amenaza terrorista: ni tanto, ni tan calvo

https://global-strategy.org/afganistan-amenaza-terrorista-ni-tanto-ni-tan-calvo/ Afganistán, amenaza terrorista: ni tanto, ni tan calvo 2022-07-25 07:28:00 Javier Mª Ruiz Arévalo Blog post Estudios Globales Asia Central Terrorismo

Hace poco más de un año, el Presidente Bien justificaba la retirada de sus fuerzas militares de Afganistán por el hecho de que, desaparecido Bin Laden y debilitada Al-Qaeda, EEUU había alcanzado los objetivos perseguidos con esa intervención. Además, en el acuerdo de Doha suscrito con los talibán en febrero de 2020, éstos se habían comprometido a garantizar que Afganistán nunca volvería a convertirse en un santuario terrorista desde el que pudieran amenazarse intereses de EEUU y de sus aliados. Afganistán ya no constituía una amenaza para EEUU, por lo que había llegado el momento de retirarse. Transcurrido un año de aquellos acontecimientos, resulta pertinente preguntarse hasta qué punto la evolución de los acontecimientos ha confirmado estas hipótesis, o no.

Este análisis debe comenzar por los propios talibán, incluida la red Haqqani, un clan familiar catalogado como grupo terrorista, pero que actualmente forma parte del gobierno de facto de Afganistán. En este sentido, la respuesta es sencilla: a día de hoy, los talibán no constituyen, por sí mismos, una amenaza terrorista. Fundamentalmente, porque sus intereses se circunscriben a Afganistán y no tienen una agenda de expansión ideológica o militar más allá de sus fronteras. Si algo diferencia a los talibán de grupos como al-Qaeda o el ISIS-K (La filial del Estado Islámico en Jorasán, región que comprende Afganistán y parte de los territorios circundantes pertenecientes a Irán, Paquistán, las Repúblicas Centroasiáticas y China) es que, mientras éstos luchan por un califato universal, los talibán lo hacen por un emirato nacional. Aquéllos niegan legitimidad al Estado-Nación, aunque sea bajo la forma de emirato islámico, porque aspiran a que la Umma, la comunidad de los creyentes, se agrupe bajo un solo Estado universal, el Califato. Los talibán, en cambio, más allá de las relaciones normales de vecindad, no tienen interés en lo que ocurra más allá de su emirato por lo que, como era de esperar, nunca han realizado, ni apoyado, acciones terroristas o de otro tipo más allá de sus fronteras.

Los informes de EEUU alertan de que al-Qaeda y el ISIS-K se han fortalecido en los últimos meses en Afganistán y mantienen su voluntad de actuar fuera de territorio afgano. De hecho, la amenaza terrorista procedente de Afganistán parece haberse incrementado en este último año. Según la ONU, no hay evidencias de que los talibán hayan tomado medidas para limitar las actividades de los combatientes terroristas extranjeros en el país. Por el contrario, preocupa que estos grupos disfruten ahora de mayor libertad que en cualquier otro momento de la historia reciente, aunque no parece que estemos asistiendo a un rebrote de la yihad global que esté haciendo acudir a Afganistán voluntarios de todo el mundo. De hecho, parece que son pocos los combatientes extranjeros que se han trasladado a Afganistán en este período.

Dos factores explican la creciente amenaza terrorista que representa Afganistán. En primer lugar, los estrechos vínculos de los talibán con varios grupos terroristas, incluido al-Qaeda, con los que mantiene una actitud tolerante que les ha permitido recuperarse. En segundo lugar, Afganistán es un estado fallido, lo que permite que se convierta en santuario terrorista al margen, incluso en contra, de la voluntad de sus autoridades. Los talibán no ejercen un control efectivo más allá de las principales ciudades, lo que ha permitido que, con o sin el apoyo de las autoridades, al-Qaeda, el ISIS-K y otros grupos terroristas hayan aprovechado el vacío de poder para afianzarse.

Al-Qaeda. El aliado incómodo

Albergar a al-Qaeda y negarse a entregar a su líder tras los atentados del 11-M provocó la caída del régimen talibán en 2001. Desde entonces ambos grupos se han mantenido unidos por el interés compartido de expulsar a EEUU de Afganistán. Una vez conseguido este objetivo y recuperado el poder, los talibán no pueden, ni quieren probablemente, romper los lazos de todo tipo que les unen con Al Qaeda, pero procurarán no tener que volver a pagar tan alto precio por sus actuaciones.

El objetivo principal de Al-Qaeda sigue siendo el mismo: establecer un califato panislámico y derrocar a los regímenes “corruptos y apóstatas” del mundo islámico. En el marco de esta estrategia, Afganistán constituye un nodo estratégico, porque es el lugar seguro en el que residen y desde el que actúan sus líderes principales. A principios de 2021, las agencias de inteligencia de EEUU estimaban que al-Qaeda estaba en su momento más débil en años, contando con menos de doscientos miembros en Afganistán. Ahora, ese número podría haberse duplicado. Para Al Qaeda Afganistán es diferente a cualquier otro país en el que opera, porque aquí disfruta de la complicidad de un régimen amigo y sus líderes tienen una relación histórica particularmente estrecha con algunos líderes talibán, sobre todo con los pertenecientes a la red Haqqani, con quienes han establecido fuertes vínculos familiares a través de matrimonios, forjando una alianza muy difícil quebrar.

La postura de las autoridades talibán frente a Al Qaeda resulta ambivalente y genera fricciones internas en el grupo. Diferencias ideológicas aparte, para los talibán resulta peligroso que una potencial amenaza terrorista procedente de Afganistán pudiera desencadenar una intervención de EEUU contra ellos, como ya ocurriera en el pasado. Pero, por otra parte, resulta difícil romper unos lazos que ya han pasado al plano personal y cuya ruptura les restaría “pedigrí islamista”, provocando deserciones entre los más radicales hacia el ISIS-K. En los últimos años se ha ido produciendo un flujo continuo de combatientes talibán hacia el ISIS-K, se trata de aquéllos que se sienten desengañados por la actitud conciliadora del grupo, puesta de manifiesto, sobre todo, con las negociaciones y acuerdo de paz con EEUU. Vale la pena recordar queda raíz de la firma del acuerdo de Doha, el ISIS-K tachó a los talibán de aliados de EEUU contra la yihad global. Los intentos del gobierno de facto por centralizar la recaudación de impuestos, privando a sus comandantes locales de su principal fuente de ingresos, está provocando también defecciones entre sus filas, añadiendo tensión al movimiento.

El santuario afgano incrementa la amenaza que supone al-Qaeda fuera de suelo afgano. Sin embargo, conviene no exagerar la amenaza. Con toda seguridad, tendrá dificultades para planificar desde allí ataques contra el territorio de EEUU, debido a las medidas de seguridad en vigor, aunque podría realizar, o inducir, ataques contra objetivos estadounidenses y occidentales en África, Europa, Oriente Medio y el sur de Asia. Además, las reticencias de los talibán a convertir Afganistán en una amenaza terrorista global tenderán a reducir, sino eliminar, esta amenaza.

El Estado Islámico en Jorasán (ISIS-K). El enemigo a batir

En el año 2015, la franquicia regional del Estado Islámico, el ISIS-K, comenzó a operar en Afganistán, asentándose inicialmente en lo que ha sido desde entonces su bastión afgano, la provincia de Nangarhar. Esta provincia presenta varias ventajas: en primer lugar es de las pocas zonas, dentro de Afganistán, en la que el salvajismo, muy minoritario en Afganistán, ha tenido tradicionalmente una cierta implantación, lo que ha facilitado los apoyos locales. Además, se encuentra en la frontera con Paquistán, en una de las principales rutas del narcotráfico, una de las principales fuentes de financiación del grupo. Por último, se trata de una zona montañosa, de difícil control y colindante con las áreas tribales paquistaníes, donde el control que ejerce Paquistán es meramente nominal.

En su apogeo, el ISIS-K llegó a contar con unos 3.000 combatientes en Afganistán. Sin embargo, sus continuos enfrentamientos con el gobierno afgano y los talibán habían debilitando al grupo, hasta hacerlo incapaz de ejercer un control territorial efectivo más allá de algunas áreas remotas, convirtiéndose en un mero grupo terrorista. En 2021, sin embargo, comenzó a recuperarse, duplicando en un año sus efectivos tras la liberación por los talibán de varios miles de presos de las cárceles afganas y la incorporación de algunos combatientes extranjeros. Además, algunos miembros del ejército y los servicios de inteligencia afganos se han unido a ISIS-K porque es el grupo de oposición más activo frente a los talibán.

Desde el inicio, el ISIS-K se enfrentó abiertamente con los talibán, que llegaron a realizar acciones conjuntas con el ejército afgano y fuerzas de EEUU contra ellos. Pese a ello, entre 2019 y 2021 se realizaron varios ataques importantes en la que colaboraron, bajo el paraguas paquistaní, el ISIS-K, la red Haqqani y otros grupos terroristas paquistaníes. La división entre el ISIS-K y los talibán es, por tanto, menos clara de lo que pudiera parecer. Aunque se trata de un enemigo jurado de los talibán y al-Qaeda, coincide en su objetivo de establecer un califato panislámico. Este hecho, junto a la lucha contra el enemigo común, EEUU y el anterior gobierno afgano, han facilitado en el pasado alianzas tácticas que no desvirtúan la enemistad de fondo entre los talibán y el grupo salafista, recrudecida con el inicio de las conversaciones de paz con EEUU, que para el ISIS-K supusieron una traición a la yihad.

Al igual que al-Qaeda, aunque el ISIS-K representa una amenaza creciente, es poco probable que pueda planificar y dirigir con éxito un ataque en EEUU, pero podría realizar ataques contra objetivos estadounidenses en otros países. En Afganistán ya ha demostrado su capacidad para realizar ataques complejos y de alto perfil, como el realizado en el aeropuerto de Kabul el 27 de agosto de 2021, que mató a más de 180 personas. Entre el 18 de septiembre y el 30 de noviembre de 2021 llevó a cabo setenta y seis ataques contra las fuerzas talibán, lo cual contrasta con los sólo ocho ataques realizados durante todo el año 2020. Actualmente, representa el mayor desafío para el gobierno talibán. Sus ataques contra la comunidad chiita, particularmente, ponen de manifiesto la incapacidad del gobierno de facto a la hora de garantizar su seguridad, lo que pone en entredicho su capacidad para garantizar la seguridad de los afganos, abriendo otra vía de desafección.

Otros grupos terroristas

Además de al-Qaeda e ISIS-K, hay otros grupos terroristas no afganos que operan en Afganistán. Destacan entre ellos los talibán paquistaníes (Tehreek-e-Taliban Pakistan, TTP), los Movimientos Islámicos de Turquistán Oriental y de Uzbekistán (ETIM e IMU respectivamente) y grupos paquistaníes como Jaish-e-Mohammed y Lashkar-e-Taiba. En general, estos grupos actúan al amparo del ISIS-K o Al-Qaeda y se aprovechan de la falta de control gubernamental en gran parte del país. En el caso del TTP, Kabul mantiene una postura ambigua, tolerando su presencia en suelo afgano, mientras los usa como elemento de presión frente a Islamabad. Esta situación recuerda, invirtiendo los términos, a la vivida por los talibán afganos en Paquistán durante veinte años. El ETIM mantiene cerca de 200 combatientes en suelo afgano, que Kabul se resiste a entregar a Beijing, pero ha alejado de la frontera china como muestra de buena voluntad. Con toda probabilidad, la amenaza que representa este grupo es exagerada por China para justificar la represión de la minoría uigur en su territorio. En el caso del IMU, la amenaza que representa el terrorismo islamista para las repúblicas de Asia Central es utilizada, y posiblemente magnificada, por Moscú para mantener su influencia en esta región, alegando amenazas compartidas en el campo de la seguridad. Podría incluso estar actuando en la sombra con los talibán, alentándoles a mantener activa esta amenaza que, gobiernos como el uzbeko ven poco creíble y consideran relacionada con el interés de Moscú en conservar la hegemonía regional. La actuación rusa en Ucrania y la presencia de minorías rusas en Asia Central alientan esta desconfianza hacia Moscú. Esta situación permite entender que el gobierno uzbeko reste credibilidad a las informaciones sobre lanzamiento de cohetes contra su territorio desde suelo afgano, reivindicado por el ISIS-K. La presunta incapacidad de Kabul para evitar que sus vecinos sean atacados desde sus fronteras serviría a Moscú pata justificar su creciente presencia militar en la zona.

La amenaza terrorista proveniente de Afganistán

Si EEUU pretende mitigar la amenaza terrorista procedente de Afganistán, tiene dos opciones. La primera es trabajar con los talibán en la lucha contra los grupos terroristas asentados en Afganistán, sobre todo el ISIS-K, proporcionando asistencia económica y humanitaria, incluso inteligencia, a cambio de una campaña sostenida contra los salafistas. Esta opción plantea dos problemas. Primero, los talibán tienen vínculos estrechos con muchos de esos grupos terroristas, incluida al-Qaeda. La colaboración contra el ISIS-K podría ser factible, pero en otros casos podría suponer ayudar a un gobierno que apoya a los grupos terroristas, contribuyendo a empeorar el problema. En segundo lugar, es poco probable que los talibán, con o sin la ayuda de EEUU, sean capaces de debilitar significativamente al ISIS-K, porque carece de las capacidades y del control del territorio necesarios para hacerlo. Una segunda opción es llevar a cabo una sólida campaña antiterrorista “a distancia”, utilizando plataformas aéreas y satélites para recopilar inteligencia y, en su caso, realizar ataques desde aeronaves de ala fija y vehículos aéreos no tripulados (UAV).

La opción de no hacer nada y confiar en la efectividad de los talibán sería una tercera opción, pero conduciría con toda seguridad a un fortalecimiento del ISIS-K, que podría verse tentado de expandir sus operaciones en ausencia de una presión sostenida de EEUU. Por lo tanto, parece que, al menos a medio plazo, operar a distancia parece la única opción razonable, por ser razonablemente factible y efectiva y porque permitiría mantener bajo control la amenaza terrorista con el despliegue de menos fuerzas militares, minimizando las bajas, disminuyendo los costes financieros y reduciendo los riesgos políticos.

Esta estrategia ha sido utilizada en otros escenarios, pero en Afganistán plantea algunos problemas específicos. En primer lugar, a diferencia de prácticamente todas las demás campañas antiterroristas desde el 11-S, en Afganistán EEUU no tiene ningún aliado sobre el terreno en que pueda apoyarse. En segundo lugar, EEUU carece de capacidades de inteligencia propias en Afganistán tras cerrar su embajada y la estación de la CIA al retirar sus fuerzas militares en agosto de 2021. La Agencia de Inteligencia de Defensa y la Agencia de Seguridad Nacional, también retiraron la mayor parte de sus capacidades de obtención. Como reconoció el jefe del Mando Central de EEUU en diciembre de 2021, “tenemos aproximadamente el 1 o el 2 por ciento de las capacidades que tuvimos para investigar Afganistán”, lo que hace que sea muy difícil entender lo que está sucediendo allí.

En tercer lugar, Estados Unidos no tiene bases en la región desde la que puedan operar sus aviones. Abandonó todas sus bases en Afganistán y no tiene otras en Asia Central o Meridional, por lo que se ve obligado a operar desde Qatar, que está a más de 4.000 Km de Kabul, suponiendo que Paquistán permita el sobrevuelo de aeronaves estadounidenses. Un Reaper tardaría aproximadamente catorce horas en un vuelo de ida y vuelta, lo que le dejaría un tiempo muy limitado para operar efectivamente en Afganistán. También podría utilizar sus barcos presentes en el Océano Índico, aunque su prioridad sea contrarrestar la actividad china en la región del Indo-Pacífico.

La falta de aliados, la escasa inteligencia y la ausencia de bases cercanas limitan enormemente las posibilidades de actuación de EEUU en Afganistán. El fallido ataque con drones realizado en Kabul el 29 de agosto 2021, contra un supuesto objetivo de ISIS-K, es buen ejemplo de los desafíos que afronta EEUU en su lucha contra el terrorismo en aquel país. Inicialmente, se elogió como un ejemplo de las posibilidades que EEEUU mantenía de operar a distancia, pero pronto se constató que fue un fracaso: finalmente hubo que reconocer que el ataque fue un tremendo error que costó la vida a diez civiles afganos, incluidos siete niños, ninguno de ellos miembro de ISIS-K.

Si la mejor opción es una sólida campaña antiterrorista “a distancia”, EEUU tendrá que afrontar esos desafíos. Primero, debería trabajar con aliados locales para reconstruir su sistema de obtención de información. En segundo lugar, debería negociar el acceso a alguna base en la región. En tercer lugar, debería ampliar sus capacidades para operar a larga distancia. Aun así, su capacidad a la hora de contrarrestar cualquier amenaza terrorista procedente de suelo afgano sería limitada mientras en Kabul no haya un gobierno capaz de controlar su territorio y dispuesto a colaborar en este campo.

Conclusión

En general, la victoria talibán ha inspirado a los yihadistas de todo el mundo y provocado la revitalización de la yihad global, pero este impulso moral no ha tenido, al menos hasta el momento, efectos prácticos relevantes más allá del propio Afganistán. Sin embargo, el gobierno de facto afgano puede ser incapaz de evitar que su territorio se convierta en una amenaza terrorista, al menos para sus vecinos. Ante esta realidad, EEUU debe plantearse las opciones de las que dispone para contrarrestar esta amenaza. A día de hoy, parece que su única opción pasa por potenciar sus capacidades de actuación a distancia, con las limitaciones que esta opción representa.

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