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Afganistán: de un pasado convulso a un futuro incierto

Global Strategy Report 21/2020

Resumen: El pasado mes de febrero representantes de la Casa Blanca y la insurgencia talibán escenificaron en Doha la firma de un acuerdo que conllevará la retirada de todos los soldados norteamericanos aún destacados en Afganistán. El pacto fue descrito por la administración estadounidense como un “acuerdo de paz” y primer hito de un proceso que podría llevar a la definitiva pacificación del país. El acontecimiento sugiere dos preguntas: ¿cómo ha llegado Afganistán a la situación que ha propiciado el acuerdo?; y ¿qué futuro aguarda a su pueblo a partir de ahora? El presente informe ofrece una respuesta tentativa a ambos interrogantes.

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Aunque los pueblos hacen su propia historia, como escribió Marx, cada generación construye la suya partiendo de circunstancias no elegidas, “legadas por el pasado”. Esta afirmación vale para cualquier tiempo y lugar, pero la evoco ahora para referirme a la situación del pueblo afgano, a raíz de ciertos hechos recientemente acaecidos en su país. A finales del pasado mes de febrero, Estados Unidos ha firmado un principio de “acuerdo de paz” con sus enemigos los talibán, a quienes llevaba combatiendo desde 2001. Con algún apresuramiento, el hecho ha sido presentado por las autoridades estadounidenses como un nuevo hito en el trágico relato protagonizado por el pueblo afgano durante los últimos cuarenta años. En lo que sigue ofreceré una breve reconstrucción de los principales acontecimientos históricos que ha llevado a Afganistán hasta ese momento y también un análisis sobre su significación y sus posibles implicaciones para el futuro del país, sobre el que no hay buenos pronósticos.

Contexto actual y legado histórico

Para empezar, pongámonos en situación revisando algunos datos. Afganistán se encuentra enclavado en el sur de Asia, donde queda rodeado por Irán, varios de los “tanes” centroasiáticos (Turkmenistán, Uzbekistán, Tayikistán), Pakistán y China. Es un país geográficamente arduo (sin salida al mar, grandes extensiones desérticas o semidesérticas y montañoso en su mayor parte, el estar atravesado de norte a su por la gigantesca cordillera del Hindukush), pobre (PIB de 19.363 miles de millones de dólares, frente a 1.419 billones de dólares del PIB español, según cifras del Banco Mundial de 2018), totalmente dependiente de la ayuda económica internacional e institucionalmente frágil (situado en el noveno puesto del índice de Estados Frágiles 2019). Cuenta con una población de más de 37 millones de habitantes, joven y muy diversificada en términos étnicos y tribales (15 grupos étnicos distintos reconocidos en su Constitución, con predominio del sector pastún, y en menor medida de tayikos, hazaras, y uzbekos, más otras minorías), aunque prtácticamente homogénea en el plano religioso (99% de musulmanes, con 80% de suníes y el resto chiíes, casi todos de etnia hazara).

Los afganos padecen hoy las consecuencias de la turbulenta historia de su país. Afganistán solo se constituyó como un país con identidad e instituciones propias tras aparecer su primera dinastía autóctona gobernante. Gracias al apoyo de una alianza de tribus pastún, los Durrani fundaron esa dinastía en 1741, aunque ni aquélla ni las que le sucederían lograrían evitar que los afganos siguieran manteniendo unas relaciones difíciles con las potencias de cada época. Entre los siglos XVIII y XIX el país funcionó como un Estado tapón cuyo control se disputaron los imperios ruso y británico. Una primera guerra anglo-afgana (1839-1842) convirtió a Afganistán en un protectorado británico. Durante un segundo conflicto contra los británicos (1880-1901) adoptó sus fronteras actuales y solo después de una tercera guerra, iniciada en 1919, pudo el país asiático alcanzar la soberanía plena, que fue reconocida en 1921. El Estado afgano consiguió evitar tener que involucrarse directamente en la Segunda Guerra Mundial y continuó siendo una monarquía hasta 1973, cuando un golpe militar lo transformó en una República. Bajo este régimen, sin embargo, el país habría de afrontar crecientes tensiones derivadas del proceso modernizador que se había iniciado en la década de los sesenta.

Acercándonos ya al presente, la actual situación del pueblo afgano trae causa, sobre todo, de los acontecimientos históricos iniciados en una fecha que también resultó crucial para la evolución de otros muchos países del mundo islámico. Además de traer la revolución iraní, que impondría el régimen de los ayatolás, ultraconservador y expansivo, y el acuerdo de paz entre Egipto e Israel, que incendiaría los ánimos de palestinos y extremistas suníes, el año 1979 fue el punto de arranque de una nueva guerra en Afganistán que rectificaría radicalmente su rumbo político y lo convertiría en escenario del último gran conflicto de la Guerra Fría. En abril de 1978, un nuevo golpe de Estado propició la instauración en Afganistán de un gobierno socialista pro soviético, cuyas reformas, que amenazaban la forma de vida tradicional de amplios sectores de la población, y los medios represivos empleados para intentar contener a los descontentos, favorecieron la aparición de diversos focos de agitación y rebelión. Pronto, agitadores y rebeldes superaron las capacidades de las fuerzas armadas oficiales, motivando al gobierno de Kabul a solicitar apoyo militar al Kremlin. Así, en los últimos días de 1979, Afganistán recibió a las tropas soviéticas, movimiento que los opositores interpretaron como una invasión imperialista en toda regla, lo que les incitó a formar un frente común destinado a combatir y expulsar al ejercito ocupante (durante la primera mitad de la década de 1980 la URRSS envió a Afganistán unas 80.000 soldados).

De la guerra contra los soviéticos al emirato talibán

Aunque no es este lugar para describir en profundidad las distintas dimensiones de conflicto afgano-soviético, si es necesario recordar dos aspectos bien conocidos, pero no por ello menos importantes. Me refiero, por un lado, a la implicación de otros Estados y, por otro, a la inesperada resonancia que la situación afgana tuvo en el conjunto del mundo musulmán. Al poco de producirse la intervención soviética, Estados Unidos, Arabia Saudí, Pakistán y China decidieron respaldar a los rebeldes afganos: en realidad, una amalgama de milicias, casi todas islamistas, que se hacían llamar muyahidín (“guerreros sagrados”). La llamada a la yihad realizada por algunos predicadores radicales, como el carismático Abdulá Azzam, atrajo a miles de voluntarios árabes enardecidos por la oportunidad de combatir a fuerzas impías para defender a los hermanos afganos (nunca habían sido considerados bajo esa óptica hasta entonces). Como es bien sabido, entre aquellos aventureros también desempeñaría un papel relevante el entonces joven millonario saudí, Osama bin Laden, y en menor medida el extremista egipcio Ayman al Zawahiri, quien trasplantó a la región una parte importante de la Yihad Islámica de Egipto, la organización terrorista, responsable de asesinar al presidente egipcio Anwar el Sadat en 1981. Durante aquellos años, Peshawar, ciudad pakistaní situada en las inmediaciones de la frontera nororiental de Afganistán y centro administrativo de las FATA (áreas tribales bajo administración federal, de composición étnica pastún), se convirtió en el refugio y retaguardia, tanto para los árabes atraídos a la guerra afgano-soviética como para los partidos islamistas afganos que, con respaldo y orientación pakistaní, condujeron a los muyahidín.

La guerra contra el ejército rojo, que crearía las condiciones para otras posteriores, fue larga y cruenta y se fue inclinando a favor de los rebeldes islamistas, frente a las fuerzas de una URRSS cada vez más debilitada, que en 1988 acabaría optado por la retirada. Muchos años después, una entretenida producción de Hollywood, La guerra de Charly Wilson (Mike Nichols, 2008), describiría el giro tomado por el conflicto en sus últimos años, gracias a la progresiva influencia ejercida por estadounidenses y saudíes. En concreto, la película narra los esfuerzos realizados por su protagonista, el congresista Charles Wilson (encarnado en el celuloide por el actor Tom Hanks), para aumentar la financiación aportada por el congreso estadounidense a la causa de los muyahidín y dotarles de los decisivos Stinger, misiles tierra-aire cuyo empleo amortiguó el poderío militar hasta entonces ejercido por el ejército soviético, gracias a sus helicópteros de combate. Recuerdo el film ahora porque quizá valga la pena recuperar una de sus últimas escenas, que ayudará a ilustrar la deriva que tomarían los acontecimientos en Afganistán una vez finalizada esa etapa. Durante el fragmento en cuestión el congresista Wilson aparece feliz y relajado mientras celebra con un whisky la salida de los últimos soldados soviéticos (año 1989). Frente a Wilson se encuentra Gust Avrakotos (representado por el actor Philip Seymour Hoffman), el oficial de la CIA que le ha venido asesorando sobre Afganistán en los últimos años. Avrakotos le advierte: “queda mucho por hacer”; Afganistán debe ser reconstruido (carreteras, escuelas, fábricas). Sin embargo, el congresista no quiere atender y, por ello, el agente insiste: “haz caso a lo que te digo”, los informes de inteligencia indican que “los fanáticos están llegando a raudales a Kandahar, como si aquello fuera el desagüe de un wáter”. No se sabe si esa conversación tuvo realmente lugar. Sin embargo, considerando lo que sucedió en Afganistán tras la retirada soviética, tenía todo el sentido haberla incluido en el guion. Aunque no es menos cierto que la advertencia sobre esos fanáticos que empezaban a llegar a Kandahar (enorme provincia afgana del sur), está desplazada en el tiempo, ya que parece remitir a un grupo extremista que no irrumpiría en escena hasta varios años después de la retirada de los soviéticos, como consecuencia colateral e imprevista del conflicto de los ochenta.

Tras desencadenarse la guerra de los ochenta, millones de afganos huyeron de aquélla, yendo a refugiarse a Pakistán. Así, las madrasas implantadas en Pakistán con dinero saudí, unas 2.500 escuelas coránicas distribuidas a lo largo de la frontera con Afganistán en las áreas tribales y en provincia de Baluchistán, se fueron llenando de jóvenes afganos que serían adoctrinados en el islam más retrogrado, basado en una mezcla de principios extraídos de la tradición deobandí, dominante en el subcontinente indio, y del wahahismo saudí. Entre tanto, el conflicto en Afganistán siguió su curso. La URRSS sacó sus últimos soldados de Afganistán en 1989 y los muyahadín y algunos de los voluntarios árabes siguieron haciendo la guerra. Primero contra el gobierno comunista de Kabul, que finalmente cayó en 1992. Y, luego, entre ellos, pues no todos los  lideres muyahid quedaron conformes con el primero reparto de poder establecido. La guerra civil hizo que varios de los principales caudillos que habían capitaneado la lucha contra los invasores soviéticos y los comunistas de Kabul, entre ellos el pastún Gulbudín Hekmatyar y el tayiko Ahmad Sah Masud, desgastaran sus respectivas milicias combatiendo entre sí, abriendo una ventana de oportunidad para que otras fuerzas locales sacaran partido del caos. Y la que mejor lo aprovecharía sería una especie de guerrilla religiosa cuyos primeros integrantes iban a ser reclutados entre los hijos de refugiados antes citados que habían estudiado en las madrasas radicales pakistaníes. Reunidos en torno a un mulá que había hecho sus primeras armas durante la guerra contra los soviéticos, Mohamed Omar, en 1994 los talibán (es decir, los “estudiantes”) se constituyeron como fuerza independiente en Kandahar, desde donde avanzarían hacia otras partes de Afganistán hasta conquistar Kabul en la primavera de 1996.

Para cumplir con su aspiración original de purificar la sociedad afgana e implantar la sharia (“ley islámica”), los talibán proclamaron al mula Omar Emir de todos los creyentes y se dispusieron a instaurar un emirato islámico con hechuras medievales. Además, los talibán permitieron que el territorio afgano funcionara de facto como un inmenso santuario para extremistas islámicos de todo el mundo, llenándose de numerosos campos levantados para adiestrar a terroristas e insurgentes. Al Qaida, organización yihadista multinacional fundada por Bin Laden y otros líderes extremistas árabes en Peshawar en 1988, a la que años después se incorporarían Zawahiri y sus seguidores egipcios, estableció entonces un pacto con Omar para recibir su protección. De hecho, Osama, reconoció entonces al mula Omar como emir de los creyentes e, hipócritamente, le juró fidelidad. A cambio, los talibán, cuyo régimen iría fomentado la desafección de todos los grupos étnicos no pastunes y otras fuerzas políticas y señores de la guerra afganos de dinero, recibiría dinero y otros apoyos de Bin Laden y otros líderes árabes. En 2001, al producirse los atentados terroristas del 11 de septiembre en Nueva York y Washington, promovidos por al Qaida desde su base afgana, los talibán fueron conminados a entregar a Bin Laden, negándose a hacerlo pese a arriesgarse a una invasión de tropas occidentales que finalmente se produjo en otoño de 2001. La intervención de Estados Unidos y la OTAN, que tuvo como fundamento el reclutamiento de la Alianza del Norte y otras milicias afganas y señores de la guerra que tenían cuentas pendientes con los talibán o eran fáciles de comprar, fulminó en pocas semanas el emirato, pero no pudo impedir que Omar, Bin Laden y otros jefes talibán y líderes de al Qaida escaparan a Pakistán, donde reagruparían sus fuerzas. En consecuencia, la invasión de Afganistán sirvió de preludio a una larga, larguísima guerra.

Del último régimen afgano al acuerdo de Doha

La intervención de 2001 en Afganistán trajo algunos cambios positivos. Al Qaida perdió la plataforma que nunca volvió a tener y ese resultado no fue ajeno al hecho de que después fracasará una y otra vez en sus intentos por repetir un atentado similar al de 2001. Sabemos, en todo caso, que eso no impidió que la violencia yihadista asumiera nuevas formas y se expandiera ampliamente, pero esa es otra historia que no podemos seguir aquí. En Afganistán persistirían o se agravarían algunos de sus principales problemas crónicos: sobre todo relativos a la pobreza y las condiciones de vida de los afganos, y la inmensa corrupción de dirigentes nacionales, locales, señores de la guerra, narcotraficantes, etc. Pero al menos el nuevo régimen alzado en 2002 creó nuevas instituciones, frágiles pero bastante más participativas y plurales que las mantenidas durante el periodo anterior, permitió construir las escuelas y carreteras que debieron haberse levantado en los años noventa y recuperó algunas libertades, especialmente entre las mujeres.

Aún así, los talibán supieron aprovechar las ventajas proporcionadas por la tolerancia de las autoridades de Pakistán, que permitieron al mulá Omar dirigir una guerra desde su base segura de Quetta, capital de Baluchistán, y fueron incrementando las incursiones hostiles que se realizarían con eficacia creciente. No haremos la crónica de la guerra, pero entre octubre de 2001 y octubre 2018 el conflicto produjo 147.000 bajas, 38.000 de ellas causadas entre la población civil; más de dos millones y medio de refugiados, cerca de dos millones de desplazados internos: Además, una centena de soldados españoles murieron mientras prestaban servicio en Afganistán (62 de ellos en un accidente de avión). Aparte de desviar recursos y esfuerzos demasiado pronto, para atender a la campaña de Irak, Estados Unidos y el resto de países occidentales que pusieron tropas en Afganistán nunca estuvieron dispuestos a librar el tipo de guerra que hubiera podido acabar con la insurgencia talibán, ya que el coste económico y humano requerido habría sido enorme e inasumible para sus opiniones públicas. Los nuevos dirigentes afganos tampoco consiguieron crear un Estado capacitado para hacer frente a los extremistas solo con sus propios medios, pues para lograr una transformación semejante se habría necesitado muchos más fondos, mucho más tiempo y mucha menos corrupción. Desde mediados de la década 2000, los insurgentes se volverían más fuertes año tras año. Más tarde, en 2014, Estados Unidos y sus aliados anunciaron su intención de preparar la retirada y sería durante los años siguientes cuando los talibán acelerarían su avance. Así, a principios de 2018, los talibán controlaban ya o eran capaces de actuar de manera continuada en la mayor parte del país (sobre un 70% de su territorio). Antes de eso el presidente Obama había ordenado iniciar conversaciones (inicialmente secretas) con los talibán, si bien los esfuerzos realizados en ese sentido no llegaron a producir resultados tangibles durante su administración. Por su parte, como ha sido explicado en otro análisis reciente publicado por Global Strategy, desde 2015 Rusia comenzaría a entablar sus propias conversaciones independientes con los talibán y colaborar con el gobierno afgano, al que alentaría a abrir la senda de una futura negociación con los insurgentes. El cambio de administración en la Casa Blanca daría un nuevo impulso a la iniciativa negociadora de Estados Unidos. Y, por fin, el 29 de febrero de este año, el enviado especial de Washington, Zalmav Jalizad, y el segundo líder de los talibán, el mulá Abdul Ghani Baradar, firmaron en Doha un documento que las fuentes oficiales estadounidenses describirían como el principio de un “acuerdo de paz” para Afganistán.

Un pacto y un porvenir inciertos

La firma del acuerdo de Doha se produjo en un momento particularmente oportuno para el presidente Trump, dada la proximidad de unas nuevas elecciones presidenciales en Estados Unidos. No obstante, el pacto en cuestión está plagado de incertidumbres. El documento certifica el compromiso de Estados Unidos de retirar gran parte de sus soldados todavía destacados en Afganistán (9.400 de 13.000) en los tres o cuatro meses siguientes y eliminar toda presencia militar para marzo o abril de 2021. Asimismo, incluye otras exigencias de los talibán, como la liberación de unos 5.000 militantes por parte del gobierno afgano. Pero se da la significativa circunstancia de que ese mismo gobierno no pudo participar activamente en las negociaciones, ya que Estados Unidos le excluyó para no enfadar a los talibán. A ojos de muchos afganos, por tanto, el pacto tiene una legitimidad bastante dudosa. Asimismo, tanto sus términos como el modo en que se fraguó ponen a Ashraf Ghani, el presidente afgano, en una situación muy incómoda (de momento, Ghani se ha opuesto a liberar prisioneros talibán antes de empezar a negociar con ellos). El argumento fuerte para justificar el pacto aducido por las autoridades estadounidenses y su Secretario de Estado, Mike Pompeo, señala que los talibán se habrían comprometido a no colaborar con ninguna formación terrorista que amenace con atacar a Estados Unidos o sus aliados, e incluso a actuar contra al Qaida. Sin embargo, esto último no es fácil de creer, pues quienes han hecho tal promesa llevan dos décadas mintiendo sobre su relación con al Qaida y otros grupos yihadistas extranjeros que en ningún momento desde 2001 han dejado de estar presentes y activos en Afganistán, aunque sea en pequeños números. La excepción a este respecto la pone la Wilayat Jorasán, o filial del Estado Islámico para Afganistán y Pakistán, que desde su aparición en 2015 ha protagonizado varios choques con los talibán, lo que ha ayudado a mejorar la imagen de estos últimos a ojos de varios Estados extranjeros. Con todo, en los últimos años la filial de al Qaida para el Subcontinente Indio, también surgida en 2015, volvería a establecer algunos pequeños campos de entrenamiento en Afganistán (uno de ellos fue localizado en Kandahar y destruido por fuerzas estadounidenses y afganas en octubre de 2015) y ha participado en sucesivas acciones ofensivas como fuerza de apoyo a los talibán. Por otro lado, desde que en 2017 se reconociera la muerte del mulá Omar, el emir de al Qaida, Ayman al Zawahiri, ha renovado sucesivamente su juramento de lealtad a los dos siguientes líderes de los talibán, el mulá Akhtar Mansour, muerto por el ataque de un dron en mayo de 2016, y el mulá Mawlawi Hibatullah Akhunzada, todavía vivo. En cuanto a la posición de al Qaida ante los acuerdos de Doha, a mediados de marzo su órgano mediático hizo público un comunicado que celebraba la noticia, describiéndola como una victoria de los talibán sobre América y sus aliados.

En una decisión periodística sin precedentes, a finales de febrero el New York Times publicó un artículo firmado por Sirajuddin Haqqani, segundo en el organigrama del Consejo Consultivo de los talibán y líder de la Red Haqqani, quizá el grupo terrorista más mortífero de la historia de Afganistán y aliado natural de al Qaida desde los años noventa, además de mediador frecuente con el servicio de inteligencia pakistaní. En un esfuerzo por sembrar confianza respecto al acuerdo que estaba a apunto de anunciarse entre Estados Unidos y los talibán, Haqqani afirmaba en el citado artículo que el futuro gobierno de Afganistán sería elegido por consenso entre los afganos. Pero el caso es que tal declaración contrasta con los pronunciamientos reiterados durante años por los órganos de propaganda de la Red Haqqani para recordar que el propósito del apoyo prestado a los talibán siempre ha sido el de reestablecer el emirato islámico caído en 2001, una opción que desagrada profundamente a gran parte del pueblo afgano. Tal vez por eso casi nadie se atreve a asegurar que el pacto con Estados Unidos ponga fin a las hostilidades. A fin de cuentas, los talibán solo se han comprometido a “reducir la violencia” para que los soldados estadounidenses regresen a casa y prácticamente no han interrumpido sus ataques a las fuerzas afganas, que además siguen siendo publicitados: entre finales de febrero y finales de marzo de este año la página web de los talibán, Voz de la yihad, ha reivindicado unos 400 ataques cometidos. Y, tal vez por eso también, cuando se pregunta a afganos bien informados si creen que los talibán tienen un deseo sincero de integrarse en un sistema político plural la respuesta mayoritaria no es optimista. Como señalaba hace poco una activista local de derechos humanos, en una declaración cuyos argumentos eran similares a los que yo mismo he oído de oficiales del ejército afgano, ante el escenario abierto por el acuerdo de Doha muchos compatriotas suyos se debaten entre la esperanza y el miedo: esperanza de que aquel sea el punto de arranque de un proceso que realmente lleve a la finalización de la sucesión de guerras vividas desde 1979; y miedo a que el mismo proceso conduzca a una paz en la que la reintegración de los talibán al sistema político venga acompañada de la reimplantación de su inflexible interpretación de la ley islámica, socavando así los tímidos avances obtenidos en los últimos diecinueve años. 

Si, pese a todo, las autoridades afganas consiguieran en poner en marcha y mantener negociaciones propias con los talibán, las líneas rojas que puedan ser fijadas como criterios de decisión podrían complicar enormemente las posibilidades de llegar pronto a un acuerdo de paz realmente sostenible. No menos importante será el papel que Estados Unidos y otros actores de la comunidad internacional quieran jugar en el escenario que se abriría tras la salida de sus tropas. Ningún acuerdo de paz tiene muchas opciones de prosperar si no recibe el suficiente apoyo y supervisión internacional, lo que requiere un alineamiento, aunque sea parcial, de las estrategias a aplicar por Estados Unidos, Rusia, China, Pakistán e India en Afganistán. Por último, si los acuerdos fueran exitosos no cabe descartar tampoco que propiciarán la fragmentación de las propias fuerzas talibán, cuyos elementos menos dispuestos a componendas y pactos podrían optar por alinearse con las fuerzas del Estado Islámico, como ya ha hecho una parte importante de la militancia de los talibán pakistaníes. 

El caso es que hoy los afganos tienen que seguir haciendo sus vidas enfrentados al legado de su pasado más reciente (los dos últimos años Afganistán ha encabezado la lista de países con más incidentes terroristas del mundo), las complicaciones derivadas de su tradicional dependencia internacional y el temor a las consecuencias que pueda generar la retirada estadounidense y la salida del resto de tropas de la OTAN sobre el desarrollo de un conflicto que todavía parece estar lejos de su fin. Aunque todavía hay algo más.

Últimas complicaciones

Como si las cosas no fueran bastante complicadas, el mes de marzo ha traído otros elementos de incertidumbre que deben añadirse a los anteriores, uno de carácter local y otro de índole mundial. La dificultad local ha sobrevenido por la incapacidad de la clase política afgana para consensuar un nuevo gobierno.  En febrero Asharf al Gani fue oficialmente reconocido como ganador de las elecciones presidenciales celebradas en septiembre del año pasado. Sin embargo, tal resultado no ha sido reconocido por su principal rival político, Abdulá Abudlá, quien ha alegado que el proceso de recuento de las votaciones fue fraudulento. Semejante crisis política ha llevado de momento a la extravagante circunstancia de que cada líder político celebraran a primeros de marzo en dos ceremonias paralelas la inauguración del nuevo periodo presidencial. Como no podía ser de otro modo, la situación ha llevado a aplazar la agenda establecida para las negociaciones entre el gobierno y los talibán, cuyo comienzo había sido fechado para el 10 de marzo, agravando así la debilidad del Estado afgano. De otra parte, y aquí viene el problema de origen global, Afganistán, como el resto de los países de la región, habrá de gestionar en los próximos la amenaza mundial del Coronavirus. Si bien el número de infectados oficialmente reconocidas es mínimo (poco más de 100 y solo 4 fallecidos a fecha del 30 de marzo). Sin embargo, la velocidad de propagación del COVID-19 en un país con infraestructuras sanitarias tan escasas y deficientes y con un Estado virtualmente ausente en buena parte de su territorio podría ser altísimas. Además, hay que considerar el riesgo que pueda entrañar el hecho de que Afganistán comparta frontera con China, aunque de extensión muy reducida, pero también con Irán, país que se ha visto ampliamente afectado por el virus (cerca de 25.000 infectados a 30 de marzo). En cualquier caso, con independencia de cómo avance éste, es casi seguro que en el corto plazo la expansión de la pandemia y los estragos por ella causados a escala mundial reducirán considerablemente los esfuerzos internacionales dirigidos a gestionar conflictos externos. Así que Afganistán podría ser uno de los muchos países en situación de guerra que resultaran perjudicados por ello, debilitando aún más a su Estado, para ventaja de los mismos fanáticos que, saliendo de Kandahar, conquistaron Kabul en 1996.

Bibliografía

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Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

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Luis De la Corte Ibañez

Profesor Titular del Departamento de Psicología Social de la Universidad Autónoma de Madrid, Director del Área de Estudios Estratégicos e Inteligencia y miembro del Consejo de Dirección del Instituto de Ciencias Forenses y de la Seguridad de la misma universidad, donde dirige el Título Experto Ciclo Superior de Análisis de Inteligencia.

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