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Aproximaciones políticas y estratégicas relacionadas con el conflicto Ruso – Ucraniano

https://global-strategy.org/aproximaciones-politicas-y-estrategicas-relacionadas-con-el-conflicto-ruso-ucraniano/ Aproximaciones políticas y estratégicas relacionadas con el conflicto Ruso – Ucraniano 2022-10-08 16:46:00 Mario Arteaga Blog post Estudios de la Guerra Global Strategy Reports

Global Strategy Report, 24/2022

Resumen: Pronto se cumplirán ocho meses de la guerra ruso – ucraniana, el conflicto entre ambos Estados se mantiene y continúa comprometiendo la atención de la sociedad internacional; por su partes, los estudios de políticos y militares intentan vislumbrar el futuro del asunto y establecer que se requiere para que finalice o, por lo menos, para que cese el enfrentamiento militar. Algunos han manifestado que la guerra podría ser larga.

Es muy probable que la causa principal del conflicto se relacione con los intereses nacionales rusos y sus prioridades estratégicas para garantizar la seguridad, soberanía y la integridad territorial. Si así fuera, no sería algo nuevo porque Rusia, desde 1945 ha entregado indicativos que conducen  lo ha dejado entrever con bastante claridad desde 1945 y en la actualidad se sirven para entender más lo que hoy está ocurriendo, basta con revisar su política exterior de esos años y su política exterior actual asociada a su estrategia de seguridad nacional. Es probable que lo anterior no fuera analizado suficientemente, que no se haya entendido o, simplemente, que no se le diera la credibilidad suficiente a los resultados del análisis.

Actualmente, parte de Ucrania se encuentra ocupada y su infrestructura vital seriamente dañada y, por su parte, Rusia ha comprometido su poder nacional, en especial el componente militar y económico y su desacrédito internacional es importante.

En este artículo, en lo fundamental, se pretende entregar más antecedentes referidos al origen de la intención rusa, a la estrategia que ha empleado y está empleando para conseguir sus fines y algunas ideas relacionadas con el futuro del conflicto.

Para citar como referencia: Arteaga, Mario (2022), «Aproximaciones políticas y estratégicas relacionadas con el conflicto Ruso – Ucraniano», Global Strategy Report, No 24/2022.


Introducción

El 24 de febrero del 2022 será una fecha más que el mundo no podrá olvidar. Ese día, desde sus primeras horas, Rusia demostró su voluntad política interviniendo en Ucrania de manera decisiva.  Ya lo venía haciendo desde el año 2014 cuando anexó la península de Crimea a sus dominios y mantuvo esa actitud interviniendo en los asuntos internos ucranianos ejecutando acciones en la zona gris[1] del escenario de conflicto, apoyando a grupos disidentes pro-rusos e intentando desacreditar internacionalmente a Ucrania ante la sociedad internacional. Todo esto, entre muchas otras acciones que se alinean con el accionar asimétrico por parte de un Estado que trata de debilitar a su adversario.

Ese 24 de febrero, Rusia inició el empleo de su potencial convencional contra Ucrania, sin encubrimiento alguno y desafiando a diferentes actores internacionales, desde Estados hasta organizaciones como Naciones Unidas (ONU) y su Consejo de Seguridad, la Organización para el Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la Unión Europea y otros organismos que regulan el accionar económico y financiero mundial. Al mismo tiempo, con sus acciones dejó de cumplir su compromiso  con el Derecho Internacional y transgredió los acuerdos políticos que suscribió a lo largo del tiempo; con todo ello, generó un  escenario político estratégico que la sociedad internacional tenía un poco olvidado, porque hacía tiempo que una potencia mundial no asumía una iniciativa bélica como la que aún compromete a Rusia.

Muchos antecedentes y hechos ocurridos demuestran que a partir del año 2014, Rusia inició un conflicto con Ucrania recurriendo a mecanismos de acción asimétricos propios del conflicto híbrido. Lo hizo sin apresurarse, administrando el tiempo de acuerdo a su conveniencia y conforme a sus propósitos políticos y estratégicos. Hasta el 24 de febrero del 2022, desafió abiertamente a diversos actores del sistema internacional, poniendo a prueba sus fortalezas y colocando en jaque a las organizaciones que lo componen, sin importarle mucho que era miembro de varias de ellas, tal como ocurre con Naciones Unidas donde continúa siendo miembro permanente de su Consejo de Seguridad. De esta manera, pudo advertir que el mundo no reaccionaba en su contra con decisión, que su negativa para cumplir las advertencias que se le hacían no eran sancionadas, que sus acusadores no procedían con unidad política y que se interferían entre ellos debilitando sus propuestas y, generando condiciones que le eran favorables para mantener su libertad de acción. Con estas condiciones, Rusia no dudó en continuar agrediendo a Ucrania para debilitarla política y estratégicamente, construyendo el camino para invadirla con todas sus capacidades tal como lo hizo ese 24 de febrero.

Lo ocurrido en Ucrania y los hechos que continúan produciéndose en esa región del mundo, permiten advertir la falta de eficacia de organizaciones internacionales que tienen la responsabilidad de prevenir y solucionar los conflictos, también de organizaciones comprometidas con el Derecho Internacional y con la responsabilidad de proteger a las personas y proporcionarles seguridad y, de organizaciones que sancionan a un agresor pero no son capaces de detener su agresión. Así, la guerra en Ucrania continúa y la mayor preocupación internacional parece limitarse a analizar el ritmo de las operaciones y las declaraciones y acusaciones mutuas entre los actores comprometidos en el conflicto que vive su fase más crítica: la guerra.

Muchos se han preguntado, aún lo hacen algunos, por qué Rusia se comprometió en una guerra y apostó su prestigio e influencia internacional, por qué está dispuesta a degradar su poder nacional, cómo pudo ocurrir esta situación que hoy mantiene al mundo en alerta; y, especialmente, se preguntan qué debería ocurrir para que la guerra y el conflicto finalicen. Quizás, la respuesta a estas interrogantes se encuentre en el comportamiento internacional que Rusia ha tenido históricamente. Quizás, también podría descubrirse en aquello que Rusia ha declarado al mundo a través de su Política Exterior o de su Política de Seguridad Ncional, pero que la sociedad internacional no ha podido comprender suficientemente o lo ha interpretado de manera equivocada.

Considerando lo anterior, el propósito de este este artículo es reflexionar en torno a las interrogantes expresadas, para comprender más por qué Rusia se ha comprometido en una guerra contra Ucrania, asumiendo los riesgos que surjen de su enfrentamiento – hasta ahora político y económico fundamentalmente –  con otros actores internacionales. Probablemente, esto sirva para contribuir a los esfuerzos para detener la guerra e iniciar las acciones que permitan desescalar el conflicto.

La política exterior y la seguridad nacional de Rusia

Los direccionamientos prioritarios, junto con los objetivos y tareas de la política exterior rusa, constituyen un modelo de continuidad política y estratégica cuyo origen se remonta, por lo menos, al siglo XVIII, cuando se advertía que Rusia intentaba expandir sus dominios invadiendo Europa y generando cambios que le permitieran convertirse en un nuevo imperio mundial que intentaría alcanzar sus ambiciones no realizadas. Esto, entre 1944 y 1946, fue conseguido por Stalin que atrajo a su favor a Bulgaria, Rumania, Checoeslovaquia, Hungría y a Polonia, con la intención de evitar la formación de alguna potencia o coalición que fuera capaz de oponerse a las intenciones rusas, llevando a la práctica su política de “asumir el riesgo de engañar”[2].

Así pues, la “anexión” de los países mencionados permitió conformar el cordón sanitario que antes de 1940 Occidente había intentado crear para protegerse de la influencia soviética. Lo interesante es que fue Stalin quien construyó primero ese cordón, en este caso para poder aislarse y protegerse de sus adversarios y, al mismo tiempo, para poder consolidarse como la potencia más fuerte.

Como se aprecia, las intenciones y acciones de la política exterior rusa, posteriormente asumidas por la Unión Soviética y en la actualidad reasumidas por Rusia nuevamente, han sido explícitas y conocidas por la sociedad internacional. Lo sorprendente es que, al parecer, no se han establecido ni evaluado los efectos de las intenciones expresadas por parte Rusia, tampoco se  han advertido oportunamente los peligros que de esa política exterior se originaban. Todo indica que la política de “asumir el riesgo de engañar” proclamada por Stalin tuvo éxito, demostrando la validez de la advertencia que realiza Marcel Merle[3], en cuanto a lo fundamental que es comprobar la sinceridad de lo que se expresa en la política exterior de un Estado.  

El concepto de la política exterior de Rusia aprobado por el presidente Vladimir Putin en noviembre de 2016, alineado con la Estrategia de Seguridad Nacional, para juntas contribuir a asegurar los intereses nacionales y cumplir las prioridades estratégicas rusas, establece que ella deberá colaborar para: garantizar la seguridad, la soberanía y la integridad territorial; contribuir a que Rusia se consolide como uno de los centros de influencia mundial; fortalecer la paz internacional sobre la base del derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas y, contribuir a la supresión de focos de tensión y conflictos en los territorios vecinos.

Como se aprecia, las tareas que Putin estableció para la política exterior rusa transmiten un mensaje colaborativo propio de la cooperación internacional, donde destaca el compromiso con el  fortalecimiento de la paz en el mundo, al mismo tiempo que se reitera el respeto al derecho internacional y a lo establecido en la Carta de Naciones Unidas, organización de la cual Rusia – como ya se dijo – es integrante y miembro permanente de su Consejo de Seguridad. Hasta aquí bien, sin embargo, la duda surje y persiste cuando se recuerda la política de “asumir el riesgo de engañar” proclamada por Stalin y cuando se intenta comprobar la sinceridad de lo expresado como recomienda Merlé, en especial, cuando se analiza el actuar ruso internacional en el último tiempo.

Lo anterior no es todo, porque la duda política se acrecienta cuando se analiza la tarea relacionada con garantizar la seguridad, la soberanía y la integridad territorial, debido a que  ello es propio de la seguridad y defensa del Estado, independiente que la política exterior pueda cooperar a esos fines; como consecuencia, se genera un estado de alerta cuando se revisa el propósito relacionado con que Rusia debería consolidarse como uno de los centros de influencia mundial y se intensifica al considerar, en el análisis, la tarea de contribuir a la  supresión de focos de tensión y conflictos en los territorios vecinos, porque aún cuando en ello se aprecie una acción de buena vecindad, lo cierto es que allí se encuentra contenida la intención de estar dispuesto a intervenir en asuntos internos de otros Estados, lo cual no solo atenta contra el derecho internacional sino que también representa el incumplimiento de la Carta de Naciones Unidas.

Con lo anterior, la advertencia de Merlé incrementa su importancia y se fortalece con lo que sostiene Morgenthau cuando éste se refiere a la importancia que tiene establecer la verdadera motivación de la política exterior de los Estados, porque de esa manera se puede verificar si lo que allí se declara es la realidad o es simplemente un disfraz para impedir, o como mínimo dificultar,  que intenciones relacionadas con el incremento del poder nacional o el dominio de un Estado sean advertidos oportunamente[4].

En la revisión de la política internacional de Rusia que describe Thomas[5], llama la atención la importancia que allí se atribuye a la península de Crimea considerándole, ya en 1945, como “un lugar favorable” para las intenciones de Stalin. Lo sorprendente es que ese mismo interés lo tenía Roosevelt. Para el primero, Crimea tenía un significado político, debido a que allí se venció definitivamente la resistencia de los rusos blancos en 1921 y desde entonces, Rusia ha incrementado ese interés porque la posesión del citado territorio, que se considera de valor estratégico, contribuye a garantizar su seguridad e integridad territorial y, por supuesto, su soberanía.

Los hechos han demostrado que mediante una política exterior contradictoria y muy probablemente  engañosa, Rusia ha confundido a muchos y ha instalado altos niveles de incertidumbre en el sistema internacional, especialmente en lo político. Con ello, ha podido accionar con libertad de acción y éxito en la zona gris del conflicto, evitando que sus adversarios u oponentes resuelvan una respuesta contundente que detenga su accionar, en síntesis Rusia ha conseguido que sus iniciativas no sean vistas como un reto tan decisivo que justifique una sanción fuerte y extrema, como podría ser una acción armada en su contra.

Con su política exterior, Rusia ha conseguido instalar e incrementar progresivamente la incertidumbre, especialmente en el ámbito político. En la práctica, ha trasladado el accionar del Estado adversario, Ucrania en este caso, a la zona gris del conflicto híbrido, donde los actores no se identifican con claridad y sus actuaciones no constituyen el reto que justifique una respuesta fuerte como sería la respuesta armada, ello porque Rusia inicialmente actuó al borde de los límites de los acuerdos, de tal manera que la duda política y estratégica se instaló en las autoridades ucranianas que debían tomar las decisiones para la respuesta. Lo anterior, debido a que los mecanismos de acción asimétricos se potencian al contar con el encubrimiento que dificulta establecer la realidad, especialmente cuando se trata de dependencia política y económica e intervención en asuntos internos. Más aún, si a lo anterior se suma el apoyo internacional para el Estado que amenaza o agrede, a causa del incremento de su prestigio por la efectiva acción de su política exterior. En el caso en estudio, Rusia no incrementó su prestigio internacional, pero su acción exterior ha sido capaz de contener las acciones de su adversario en este contexto y, simultáneamente, las iniciativas de otros actores que han intentado aislarlo y degradarlo en el ámbito internacional.

Lo expuesto, constituye una lección para los Estados porque les advierte la importancia de moderar el optimismo y la confianza para evitar caer en la falacia de que es posible igualar las políticas exteriores para una mejor convivencia internacional, puesto que al caer en la trampa de una política exterior disfrazada se podría poner en peligro la seguridad del propio Estado.    

Lo ocurrido en Ucrania ha demostrado que la política exterior de los Estados, alineada con sus intereses y objetivos nacionales, merece ser analizadas con profundidad para así poder entender los verdaderos propósitos políticos y estratégicos  que se esconden en ella e, inclusive, prever la voluntad política para impulsar la obtención de ellos. Por esto, se estima que la concepción de política exterior rusa proporcionaba antecedentes más que suficientes para presagiar lo que ocurrió y continúa sucediendo en el territorio ucraniano. Faltó analizar más para comprender mejor.

En coherencia con lo anterior, no cabe duda de que Rusia desarrolla una política exterior caracterizada por su independencia, determinada por sus intereses nacionales y profundamente asociada a su Estrategia de Seguridad Nacional. En ella predomina la práctica de la autodeterminación, donde no se acepta la subordinación a bloques de potencias, tampoco a organizaciones internacionales aún cuando se pertenezca a ellas. Su particularidad es que cuando asegura promover el diálogo y la cooperación internacional, antepone a ello sus prioridades estratégicas, su seguridad, su soberanía e integridad territorial, la cooperación beneficiosa para sus fines y su intención política y estratégica de siempre: ser una potencia que actúe como centro de influencia, aún cuando ello le signifique asumir un riesgo de proporciones en el sistema internacional. Siempre ha sido así y el resto del mundo debería recordarlo permanentemente.

La intervención rusa en Ucrania:  un asunto político y estratégico de interés

Anteriormente se destacó la importancia de analizar profundamente la política exterior de los Estados, especialmente aquellas donde se enfatiza el compromiso con la paz internacional, la cooperación, las relaciones bilaterales equitativas, respeto a la soberanía e independencia de los Estados, la supremacía del derecho internacional y el respeto irrestricto de la Carta de Naciones Unidas, entre otros compromisos que suelen generar confianza, tranquilidad y hasta descuido en los Estados receptores del mensaje.

Lo anterior, al parecer, antes del 2014 no fue asumido por Ucrania de la manera que se indica, pasando a ser una víctima de la política del engaño que promovía Stalin y, muy probablemente, también, de una efectiva política exterior rusa que fue capaz de transmitir un mensaje donde se encubrían las verdaderas intenciones. Esto mismo habría ocurrido también con otros actores internacionales. De esta manera, la anexión de Crimea por parte de Rusia (2014), rechazada iniciamente, poco a poco fue siendo asumida, persistiendo algunos reclamos internacionales e intentos de sanción que para nada fueron efectivos.

Una muestra de lo expresado son los reclamos del Grupo de los Siete[6] (G-7), anteriormente era el G-8 cuando Rusia era parte de dicho grupo. Al respecto, en el comunicado de la Cumbre realizada en Taormina, Italia, en mayo de 2017, se condenó la situación en Ucrania y se exigió a Rusia el cumplimiento de los acuerdos de Minsk; posteriormente, el año 2018, en la cumbre de Charlevoix, en Canadá, se reiteró la condena a la anexión ilegal de Crimea y se reafirmó el apoyo a la soberanía Ucraniana, exigiendo nuevamente el cumplimiento a los acuerdos de Minsk y el respeto a la soberanía de Ucranía; más tarde, en la cumbre de Cornualles, Reino Unido, en junio de 2021, se instó a Rusia a aliviar las tensiones en Ucrania, a retirar sus tropas de la frontera oriental de dicho país y de la península de Crimea, a poner fin a sus acciones desestabilizadoras y a cumplir sus compromisos internacionales. Ninguna de estas exigencias tuvo efectos positivos para Ucrania, tampoco generaron alguna respuesta, por lo menos diplomática, por parte de Rusia.

Desde el año 2017, la Organización de Seguridad y Cooperación Europea (OSCE), en Minsk, fue mucho más específica y condenó firmemente la ocupación de Crimea, la agresión híbrida por parte de Rusia en Donbás y nuevamente se instó a cumplir los acuerdos de Minsk,  a respetar la soberanía de Ucrania, a revertir la ocupación de Crimea, a abandonar el patrocinio de actividades de terrorismo en territorio ucraniano, a garantizar la retirada de formaciones armadas y mercenarios de las regiones ucranianas de Donetsk y Luhansk, entre otros requerimientos. Esta demanda tampoco produjo algún efecto y Rusia continúo agrediendo a Ucrania.

Rusia estaba probando la voluntad internacional, seguramente intentaba saber si, a juicio de Ucrania y de los actores del sistema internacional, sus acciones estaban sobrepasando el límite de los acuerdos o no, y si existía el riesgo de una respuesta más drástica. Lo cierto es que el agredido reiteró sus reclamos, algunos Estados y organizaciones internacionales realizaron manifestaciones de apoyo a Ucrania, las cuales no fueron suficientes para que Rusia detuviera sus agresiones y provocaciones y el resto, en la práctica, continuó siendo espectador. Así, Rusia persistió en sus esfuerzos en contra de Ucrania, desafiando a la sociedad internacional y resistiendo las presiones de los diversos actores internacionales.

Finalmente, el 24 de febrero de 2022 Rusia dio un paso político y estratégico decisivo e inició su ofensiva armada contra Ucrania empleando para ello su capacidad militar convencional, fue el comienzo de la guerra que hasta hoy presencia el mundo. Con su actuar, Rusia sobrepasó los límites de los acuerdos, su accionar asímétrico y convencional pasó a ser evidente, dejó de  existir la duda política y estratégica y, nuevamente, las condenas, sanciones[7] y advertencias internacionales fueron ineficaces. Rusia no ha detenido su ofensiva y Ucrania continúa resistiendo.

Todo indica que Rusia asumió este riesgo político y estratégico de envergadura desafiando a la comunidad internacional abiertamente, porque considera a Ucrania “un lugar favorable” tal como la península de Crimea lo era para Stalin y Roosevelt en 1945, porque la posesión del territorio ucraniano o de parte importante de él tiene valor estratégico para su seguridad e integridad territorial, porque sigue considerando que Occidente es su adversario, porque sus actuales fronteras exponen su seguridad, porque anhela ser un centro de influencia mundial, porque practica la autodeterminación y porque no acepta subordinarse a organizaciones internacionales, potencias ni a bloques de paises.  

Rusia y su estrategia de intervención en Ucrania

A partir del año 2014, Rusia accionó contra Ucrania mediante los mecanismos de acción asimétrico que se aplican en el conflicto híbrido. Inicialmente, dirigió ciberataques contra la infraestructura crítica de dicho país, afectando su matriz energética, sus comunicaciones y hasta sus sistemas de suministros; también, atacó su sistema financiero y, más tarde, su sistema de alarma estratégica y de mando y control

Simultáneamente, realizó operaciones para la desestabilización política de Ucrania, interviniendo en sus asuntos internos mediante apoyos a grupos separatistas pro-rusos y otros grupos opositores al gobierno ucraniano, con ello consiguió degradar la unidad y la moral nacional de ese país y por consiguiente, degradar también su poder nacional. Esto, fue combinado con campañas de desinformación sistemática para intervenir e incluso controlar la comunicación y el discurso político interno.

Al mismo tiempo que ocurría lo anterior, Rusia desarrolló una potente acción diplomática; primero, para atenuar los efectos de su intervención en Ucrania cuando ella fue detectada y sus consecuencias le fueron atribuidas, generando el rechazo de la comunidad internacional; segundo, para intentar obtener algún respaldo internacional, lo que en la práctica no ocurrió; y tercero, para mantener su prestigio e influencia internacional para contribuir a su intención de consolidarse como uno de los centros de influencia mundial.

A lo anterior, se suman intentos de presiones en el ámbito económico internacional, por parte de Rusia, con la intención de producir el aislamiento económico y financiero de Ucrania. Esto, no tuvo éxito y, por el contrario, el país agredido ha estado recibiendo apoyo internacional que le ha permitido sostener el esfuerzo de guerra.

Complementariamente, se habrían ejecutado acciones de terrorismo contra la infraestructura crítica y vital para la supervivencia de la población civil ucraniana, junto con actividades del crimen organizado, todo esto – especialmente – en la etapa del conflicto que antecedió a la intervención armada convencional del 24 de febrero de 2022, con el propósito de degradar organizaciones fundamentales del Estado como el poder judicial y la policía, inclusive el propio gobierno, mediante acciones para instalar la corrupción en ellas.

Desde el año 2014 y hasta el inicio del 2022, Rusia practicó una estrategia asimétrica explotando – fundamentalmente  – el ciberespacio y la zona gris mencionada con anterioridad. En este empeño, no consiguió mantener el anonimato, ni tampoco dificultar la atribución de responsabilidad, siendo objeto de reclamos y acusaciones internacionales que aún recibe y niega. De esta manera, Rusia postergó el empleo de sus capacidades convencionales hasta febrero del año 2022, cuando invade Ucrania e inicia una guerra que ha desgastado a ambos contendores. Se puede afirmar que Rusia administró el tiempo a su voluntad a partir del 2014, asumiendo una acción prolongada por la vía asimétrica con el propósito de generar condiciones óptimas para iniciar su acción convencional, seguramente con la intención de economizar medios y esfuerzos. Es así que se advierte la presencia de un esfuerzo político y estratégico inicial limitado, con permanente presión política en el escenario internacional.

Inicialmente, Rusia puso a prueba la voluntad de respuesta política por parte de Ucrania y de otros actores internacionales, asumiendo riesgos políticos y jurídicos en el contexto del Derecho Internacional y los acuerdos que asegura respetar en pro de la paz mundial. Es posible que Rusia interpretara esto como una señal de debilidad, animándose a continuar sus esfuerzos de acuerdo a sus intenciones con mayor seguridad, entendiendo que sus adversarios no tenían la voluntad de enfrentarle con fuerza y decisión y que, contaba con un escenario favorable para una intervención militar convencional de corta duración.

Cuando Rusia creyó haber desgastado suficientemente el poder nacional de Ucrania, resolvió dar inicio a la guerra y lo hizo el 24 de marzo de 2022. No esperaba encontrar la resistencia que le dificultó progresar hacia el interior del territorio ucraniano, tampoco se imaginó la oposición e intervención internacional en opoyo del agredido. Algo falló, es probable que sus estimaciones relacionadas con el poder nacional de Ucrania fueran erróneas, especialmente la evaluación de elementos del poder que son más intangibles, como la moral y la unidad nacional. También, es probable que Rusia haya errado su estimación de la respuesta internacional y el nivel de apoyo político, económico y militar que ha recibido Ucrania. Esto, ha impedido el dominio ruso y la derrota militar y política ucraniana.

¿Fracasó la estrategia rusa?. El análisis del conflicto, ayuda a inferir que la ofensiva asimétrica inicial habría sido bastante exitosa, porque a fines del año 2021 la integridad territorial ucraniana estaba degradada, con la peninsula de Crimea bajo dominio ruso y las regiones de Donetsk y Luhansk controlada por grupos armados pro-rusos, con apoyo de fuerzas mercenarias. La infraestrutura crítica y vital se encontraba afectada y ya presentaba indicios de insuficiencia. Los ciberataques continuaban afectando las comunicaciones, la estructura de control de los servicios básicos y los sistemas de mando y control estratégicos. Ucrania estaba siendo víctima de la acción asimétrica rusa y sus capacidades se encontraban disminuidas. Sin embargo, la moral y la unidad nacional ucraniana, aún cuando estaban afectadas, continuaban siendo un potente elemento de poder casi intacto.

Cuando Rusia inició la ofensiva convencional, Ucrania reaccionó como pueblo en armas, movilizando todo lo que contribuyera a resistir y rechazar la ofensiva Rusa. Inicialmente no se conseguió detener al adversario, pero en la medida en que las fuerzas rusas se alejaron de su propio territorio, con el consiguiente alargamiento de las líneas de comunicaciones que permtían realizar el abastecimiento y proporcionar los apoyos, especialmente el apoyo logístico, la resistencia ucraniana comenzó a ser más exitosa, alterando el ritmo de combate ruso y retardando el avance de las fuerzas adversarias. A esto contribuyeron, el clima y las condiciones atmosféricas. Si se consideran los apoyos internacionales a Ucrania, se puede argumentar que la ofensiva rusa comenzó a perder potencia, se ralentizó y sus pérdidas comenzaron a aumentar. En síntesis, poco movimiento y maniobra, mayores pérdidas rusas e inicio de una guerra de desgaste.

Aún es temprano para asegurar que la estrategia rusa fracasó, pero todo indica que su accionar asimétrico inicial no consiguió desgastar suficientemente la moral y la unidad nacional de su adversario, por el contrario, la fortaleció proporcionándole la fuerza para continuar resistiendo.

Actualmente, las fuerzas rusas intentan consolidar la ocupación de los territorios ucranianos de Donetsk, Luhansk, Zaporiyia y Jérson que se suman a la península de Crimea, con lo cual habrían conformado un “cordón sanitario” como el construido por Stalin, de menor magnitud pero que podría ser suficiente para cumplir la intención de seguridad rusa, la gran duda es si ello satisface o no la intención de Putin. Se suma esto, que la anexión de las cuatro regiones ucranianas, declaradas territorio ruso, modifica el escenario del conflicto y es probable que cualquier acción por parte de Ucrania para la recuperación de esas zonas pueda ser denunciada como agresión por parte de Rusia, con lo cual estaría ampliando su nivel de libertad de acción porque podría reclamar legítima defensa en el contexto del artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas, en virtud de lo cual podrá hacer realidad sus amenazas. Esto es peligroso si se considera que Rusia ha comenzado a practicar la amenaza nuclear, que no solo rompe el “equilibrio de amenazas”, que según Walt[8] ocurre cuando se anuncia el empleo de capacidades que superan lo convencional, aumentando la sensación de peligro en el adversario y en otros actores del conflicto, lo cual lleva a que los Estados se unan contra el actor que sea percibido como la fuente del peligro, sino que también incrementa la tensión por la posibilidad de empleo de capacidades nucleares.

El desafío político y estratégico: detener la guerra y atenuar el conflicto

La guerra se ha prolongado, pese a los esfuerzos internacionales no se ha conseguido detener las hostilidades y las partes en conflicto no encuentran puntos de acuerdo que sirvan para iniciar conversaciones que podrían ayudar a restablecer la paz, menos para solucionar el conflicto de manera definitiva.   

Todo indica que Rusia no está dispuesta a ceder a las presiones de nadie, sin duda está llevando a la práctica su política de autodeterminación sin subordinarse a potencias mundiales ni a organizaciones internacionales, primando sus intereses nacionales y sus prioridades estratégicas que, por cierto, no son asunto del año 2014 en adelante, muy por el contrario, siempre ha sido superiores a cualquier otro asuntos, incluidos los compromisos con el resto del mundo. Así se constata, por ejemplo, en la advertencia de Napoleón cuando señala que tarde o temprano, Rusia invadiría Europa y que ello produciría grandes cambios, situación  que ocurrió a fines de la Segunda Guerra Mundial[9].

Como se sabe, los intereses nacionales de Rusia se refieren a fortalecer su seguridad, soberanía y su integridad territorial, sumando a ellos su intención de ser uno de los centros de influencia mundial, sino el mayor. Esto, que es ampliamente conocido, así debería serlo, está expresado en su política exterior y reforzado en su estrategia de seguridad nacional, guiando su proceder en el sistema internacional. Al respecto, cabe destacar que la política exterior de Rusia de 1914 y la de 1946 ya eran similares[10] y una simple comparación con la política exterior promulgada por Putin es suficiente para darse cuenta que esa similitud se mantiene. Todo esto, explicaría la persistencia de Rusia tras un propósito inclaudicable que le motiva a asumir riesgos políticos, diplomáticos, económicos y militares.

Lo anterior, constituye una fortaleza que genera voluntad política y estratégica para asumir situaciones tan complejas y de tan alta repercusión  internacional como lo fue invadir a un Estado soberano como Ucrania, considerando que su posesión estaría satisfaciendo una de las prioridades estratégicas relacionada con la seguridad de Rusia, tal como en el siglo pasado lo era la península de Crimea, a juicio de Stalin. 

Lo expresado, también da cuenta de que Rusia mantiene una percepción de amenaza y que enfrenta un dilema de seguridad, motivado por Occidente, en particular por Estados Unidos, también la Unión Europea, la OTAN y por los que el discurso público ruso califica como Estados Satélites entre los que se incluye a Ucrania. Esto se percibe cuando reiteradamente se manifiesta que Occidente es una amenaza para Rusia, porque se acerca a su frontera y con ello a su núcleo vital y porque podría generar algún tipo de conflicto que amenazaría su seguridad e integridad territorial.

Todo lo dicho con anterioridad, podría conformar los argumentos  y constituir las causas de las agresiones rusas contra Ucrania, iniciadas el año 2014 con la ocupación de Crimea, seguidas con acciones asimétricas y, finalmente, agravadas con la violación progresiva de la soberanía y desconocimiento de la unidad e integridad territorial  de  Ucrania cuando fue invadida en febrero del 2022.

En este escenario, la detención de la guerra ruso-ucraniana se convierte en una difícil tarea, que supera las sanciones impuestas hasta la fecha, al igual que las advertencias formuladas y que no han tenido ningún efecto porque han sido burladas por Rusia que persiste en sus esfuerzos para derrotar a Ucrania.

Cómo hacerlo entonces. Considerando que se evidencia un retorno a la confrontación geopolítica, es probable que se tenga que recurrir – nuevamente – a la práctica de la teoría de pérdida y ganancia, sobre la base de la experiencia conseguida, por ejemplo, tras la Crisis de los Misiles (1961), entre otros hechos de estas características. Se trata de representar a Rusia que Occidente no considera un enfrentamiento con ella, que no pretende desestabilizar su sistema político y, menos aún, intervenir en sus asuntos internos. También, se debería reforzar la idea de que es Occidente quien teme una ofensiva rusa mayor, donde Ucrania sea tan solo la punta del iceberg; que se mantiene la voluntad política para, inicialmente, detener el conflicto armado ruso-ucraniano y, posteriormente, continuar acciones para solucionar definitivamente el conflicto entre ambos Estados.

Pero, si lo anterior no logra el efecto político deseado, será indispensable que Occidente consolide la unidad y la voluntad política de las potencias correspondientes, de la Unión Europea, de la OTAN, todo al amparo de la Carta de Naciones Unidas y del Derecho Internacional, para transmitir a Rusia un mensaje donde se le represente que si opta por persistir en su agresión contra Ucrania, ello le significarían costos que superarían la ganancia y que muy probablemente, no solo afectarían su estabilidad política, sino que también podrían degradar su moral y unidad nacional, su estabilidad económica y su credibilidad internacional, entre otras consecuencias. Todo esto conlleva esfuerzos para presionar y convencer sin romper relaciones con Rusia y, sin duda, requiere demostrar que se poseen las capacidades estratégicas necesarias para que Rusia advierta que la factibilidad de sufrir daño es efectiva, lo cual en este caso se sumaría a las pérdidas que ya ha tenido en territorio ucraniano y a los efectos que ello ha provocado en la sociedad rusa.

El juego de pérdida y ganancia es complejo,  así lo fue en 1961, pero si se llegara a recurrir a el sería en circunstancias diferentes, porque en Rusia ya existe la percepción de su fracaso político y estratégico en Ucrania; porque se han producido pérdidas de vidas rusas y de medios militares importantes, cuya real magnitud es desconocida; porque la contraofensiva ucraniana no solo ha detenido el avance ruso, sino que también le ha obligado a desalojar localidades que Rusia había conquistado y a replegar sus fuerzas; porque ello está influyendo en la sociedad rusa, especialmente por las consecuencias humanas y económicas que la guerra ha provocado y por la reciente decisión política de movilizar reservistas para continuar los esfuerzos en territorio ucraniano; y,  porque Rusia está consciente de que su poder nacional está degradado y seriamente comprometido para el futuro.

Lo preocupante es que a inicio de octubre de 2022, Putin declaró que aún cuando la Unión Soviética ya no existe y el pasado no volverá, no existe nada más fuerte que la “determinación rusa de volver a ser la patria histórica”. Esto significa, que las aspiraciones geopolíticas podrían ser mayores que lo conseguido hasta ahora y que los intereses nacionales declarados se obtendrian a como de lugar.

Conclusión

Rusia continúa sus esfuerzos políticos y estratégicos en Ucrania, lo hace con persistencia y desafiando abiertamente a la comunidad internacional porque el territorio ucraniano le es favorable por su valor estratégico y porque contribuye a su seguridad e integridad territorial.

Es probable que su intención no sea ocupar la totalidad del territorio de Ucrania y que con parte de él satisfaga su necesidad de “protegerse” contra cualquier agresión que provenga de sus adversarios occidentales, más aún si una ocupación de mayor magnitud le significa distanciarse de su núcleo vital, situación que le mantendría en constante riesgo de aislamiento de sus fuerzas y medios empleados en el territorio ucraniano.  Sin embargo, a esto se contrapone lo declarado por Putin en cuanto a su determinación de volver a constituirse como “la patria histórica” y a sus amenazas relacionadas con el recurso nuclear. 

La resistencia por parte de Ucrania sigue siendo determinante aún cuando depende fundamentalmente del apoyo internacional, así ha podido detener el avance de las tropas rusas y reconquistar zonas que había perdido. Cuánto tiempo mantendrá la capacidad de resistir es la gran interrogante, considerando que ello implica alta capacidad de resiliencia de su población y de sus fuerzas armadas, mantenimiento del apoyo económico y bélico por parte de Occidente y, especialmente, que Rusia no cumpla sus amenazas.

La persistencia rusa es evidente, se ha intensificado y con sus últimas amenazas relacionadas con sus capacidades nucleares ha agregado complejidad al conflicto,  porque ha roto el equilibrio de amenazas y ha asumido el rol del actor que es fuente del peligro para todo el resto de los actores implicados en el conflicto, donde Ucrania es solo uno de los amenazados. Con esto, Rusia estaría contribuyendo a fortalecer la unidad de los actores sujetos a la amenaza y las alianzas en su contra.

Una forma de detener la guerra sería que la contraofensiva ucraniana fuera exitosa y permitiera expulsar las fuerzas rusas del territorio ocupado. Esto, sin embargo, requiere que las tropas ucranianas continúen resistiendo y recibiendo apoyo material y asistencia militar internacional de manera continua y a largo plazo, para así poder reorganizar sus fuerzas, recuperar sus  capacidades militares y, para fortalecer la capacidad de risiliencia de la población ucraniana en general. Si esto se hiciera realidad, no significa que la guerra haya finalizado, menos el conflicto, pero a lo menos se habrá conseguido rechazar al adversario expulsándolo del territorio ucraniano, lo que sería un buen punto de partida para estabilizar la situación e iniciar las conversaciones que sirvan para poner fin a la guerra. Hecho esto, habría que iniciar las negociaciones para solucionar el conflicto, tarea que requirirá largo tiempo y grandes esfuerzos diplomáticas de las partes involucradas directamente y de otros actores internacionales.

Se debe considerar que aún cuando se logre detener la ofensiva rusa, se reconquiste el territorio perdido, se consiga un alto al fuego y se ponga fin a la guerra, lo más probable es que el conflicto ruso – ucraniano se mantenga largo tiempo, porque Ucrania es parte del escudo físico y protector que Rusia necesita para proteger su propio territorio de acuerdo con su estrategia de seguridad nacional.

Por otra parte, si es que no se consigue detener a Rusia y esta logra derrotar a Ucrania y apoderarse definitivamente de su territorio, es probable que el paso siguiente sea intentar lo mismo con otros Estados que antes formaron parte de la Unión Soviética, para así cerrar su escudo protector y conseguir la seguridad que anhela para protegerse de las agresiones que, según Rusia, podría realizar Occidente, argumento que utiliza con insistencia para justificar la situación de amenaza que la afecta y que denuncia ante la comunidad internacional.

Finalmente, en cualquiera de los casos, los organismos internacionales que deben hacer cumplir el Derecho Internacional, la Carta de Naciones Unidas y realizar esfuerzos para prevenir y solucionar los conflictos armados, tendrán que asumir riesgos políticos y en algunos casos también estratégicos para cumplir sus tareas y conseguir que Rusia detenga sus agresiones contra Ucrania y cese sus amenazas nucleares contra el ella y contra Occidente. Esto implica un cambio de mentalidad política de gran envergadura porque, en lo extremo, significa transitar de la esperanza en la buena voluntad rusa a la coerción política, diplomática y estratégica si fuera necesario para poder recuperar la paz y la seguridad en la región.

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[1]  Área de conflicto donde los actores no se identifican con claridad. Allí se intenta no sobrepasar los límites de los acuerdos, las acciones no constituyen un reto que justifique una respuesta fuerte, el nivel de incertidumbre es alto y permite que la duda política y estratégica se instale afectando la toma de decisiones.

[2] THOMAS, Hugh. Paz Armada, Barcelona, España, Ediciones Grijalbo S.A., 1998, pp. 101-119.

[3] MERLE, Marcel. Sociología de las relaciones internacionales, Madrid, España, Alianza Editorial, 2003, pp. 355-356.

[4] MORGENTHAU, Hans. Política entre las naciones, la lucha por el poder y la paz, Buenos Aires, Argentina: Grupo Editor Latinoamericano, 1986, pp. 11-37.

[5]    THOMAS, op.cit., pp. 109-110

[6] El grupo de los siete (G-7) lo integran: Alemania, Canadá, Estados Unidos de Norteamérica, Francia, Italia, Japón y Reino Unido. Actualmente, la Unión Europea cuenta con representación en el Grupo.

[7] Se refiere al congelamiento de activos rusos en occidente, prohibición de compra de la deuda rusa, prohibición de intercambios comerciales, limitaciones para el tráfico marítimo ruso, exclusión del sistema bancario Swift y suspensión del Consejo de Europa a pocos días de iniciada la invasión a Ucrania, entre otras.

[8] SODUPE, Kepa. La teoría de las Relaciones Internacionales a comienzos del siglo XXI, Zarautz, Gipuzkoa, España, Editorial de la Universidad del País Vasco, 2015, pp. 103-106.

[9] THOMAS, op.cit., p. 101.

[10] Ibidem, p. 109.


Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

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