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Combates en Nagorno Karabaj. Un nuevo blitz de Erdogan

Nagorno Karabaj es uno de esos territorios congelados en una situación de aislamiento y conflicto tras el derrumbamiento de la Unión Soviética. Situado en el corazón del territorio de Azerbaiyán, está habitado mayoritariamente por población de origen armenio. La ancestral enemistad entre turcos y armenios se tradujo en un levantamiento de la población karabají apoyada por Armenia contra el gobierno azerí, con tradicionales lazos históricos y culturales con Turquía.

El resultado fue una guerra entre 1988 y 1993 que dejó decenas de miles de muertos, cientos de miles de desplazados y las chocantes imágenes de combates abiertos en el interior de la URSS en los caóticos años que precedieron a su desaparición. El apoyo ruso y la mejor organización armenia inclinaron la balanza del lado de Nagorno Karabaj, que no solo impuso su independencia de Azerbaiyán sino que ocupó extensos territorios fuera del enclave que garantizaban sus comunicaciones con Armenia y la sostenibilidad de su economía. Pese a todo, Nagorno Karabaj, reconvertido en la república de Artsaj, no fue reconocido oficialmente por ningún otro estado, ni siquiera por Armenia, y las espadas permanecieron en alto, con Azerbaiyán manteniendo su enérgica reivindicación del territorio.

Como ocurre con territorios similares, varados en un limbo legal y una situación de conflicto permanente, es habitual que se produzcan esporádicas explosiones de violencia que reaviven por unos días el conflicto. En 2016, en la denominada “Guerra de los Cuatro Días” se produjeron 200 muertos en combates en la línea de contacto entre los contendientes. En julio de este mismo año hubo 16 muertos en diversos incidentes limitados.

Los combates que se iniciaron el 27 de octubre sin embargo, apuntan a algo más que a un simple pico de tensión. Las cifras de bajas, la persistencia de las operaciones militares y el uso de armamento sofisticado apuntan a una operación que se pretende más decisiva, y que además parece estar relacionada con la enésima iniciativa de la agresiva Turquía de Erdogan para recuperar el papel de indiscutible potencia regional que el Imperio Otomano un día disfrutó.

Como suele ser habitual, ambas partes se acusan mutuamente del inicio de las hostilidades. No obstante, la actitud ofensiva azerí y la magnitud de las fuerzas empleadas indican una sólida preparación previa, y señalan a Bakú como promotor muy probable de la ruptura de hostilidades. Como ha ocurrido en casos anteriores, la dificultad de un terreno muy montañoso y la solidez de las posiciones defensivas karabajíes ha limitado las penetraciones de las fuerzas de Azerbaiyán, que no obstante parecen haber infligido un severo castigo a sus adversarios. Las autoridades de Nagorno Karabaj han admitido 200 militares y 14 civiles muertos hasta el sábado 3 de octubre.

No hay datos de bajas militares en las filas azeríes, aunque el gobierno de Bakú ha denunciado 25 civiles muertos en bombardeos desde Karabaj y Armenia. Algunas imágenes que mostraban columnas mecanizadas azeríes diezmadas por la artillería y los misiles contracarro enemigos parecen indicar que las pérdidas militares en el lado de Azerbaiyán pueden ser también considerables.

Como en los últimos conflictos ocurridos en el entorno europeo, el uso combinado de drones, guerra electrónica y artillería de largo alcance ha sido un factor dominante. El modelo táctico, utilizado previamente por Turquía en Siria y Libia o por Rusia en el Donbass, se completa con lo que parece una presencia notable de combatientes extranjeros, aparentemente sirios transportados hacia Azerbaiyán por Turquía. Las fuerzas armadas de Bakú han puesto en acción la panoplia de drones de reconocimiento y ataque adquiridos a Israel en las últimas décadas, pero también lo que parecen Bayraktar TB2 turcos, probablemente con operadores de esa misma nacionalidad. A este respecto, las autoridades turcas, comenzando por el propio presidente, no han ocultado su abierto apoyo a Azerbaiyán. Su retórica ha sido de hecho extremadamente agresiva, a veces más que la de los propios portavoces azeríes.

La primera ola de ataques incluyó una operación de supresión de las defensas aéreas karabajíes, al menos de varias baterías de SA-8 Gecko, por una combinación de ataques de drones y fuego de artillería. Tras ese ataque, el cielo de Nagorno Karabaj se pobló de drones azeríes que, a juzgar por las imágenes difundidas que siempre deben ser objeto de una razonable sospecha, han sido responsables de muchas de las bajas sufridas por lo combatientes del Alto Karabaj. Mención especial merecen los temibles IAI Harop, producidos por Israel y habitualmente calificados como “drones suicidas”. Concebidos como un sistema antirradar, pueden atacar también otros blancos a elección del operador y así parecen haberlo hecho con vehículos blindados, piezas de artillería e incluso  grupos de combatientes.

En tierra la operación parece haber sido bastante más costosa para las fuerzas de Azerbaiyán. Un primer asalto sobre las posiciones karabajíes aparentemente fracasó, o fue neutralizado por contrataques. No obstante, en días sucesivos las unidades azeríes parecen haber ganado terreno tanto en los alrededores del estratégico Monte Mrav cuyo control abre el paso a la autovía M-11 que une la capital de Nagorno Karabaj, Stepanakert, con Armenia, como en el sur del enclave.

La artillería de ambos bandos se ha mostrado muy activa, batiendo objetivos a considerable profundidad de la línea del frente. Azerbaiyán ha utilizado sus lanzacohetes BM-30 Smerch con un alcance de 90 kilómetros para batir Stepanakert. Armenia, que posee los mismos sistemas ha respondido bombardeando Ganya, la segunda ciudad más poblada de Azerbaiyán, y además ha amenazado con utilizar sus misiles balísticos Iskander contra objetivos en Azerbaiyán, lo que supondría una significativa escalada en el conflicto.

Si el apoyo turco a Azerbaiyán ha sido explícito y con reflejo sobre el terreno, el tradicional apoyo ruso a Armenia y a los separatistas de Nagorno Karabaj se ha mostrado mucho más tibio. Rusia tiene bases militares en Armenia pero las relaciones entre Moscú y Erevan se han enfriado un tanto desde la victoria de la alianza “Mis Pasos” en las elecciones de 2018. El actual primer ministro Nikol Pashinian se ha cuidado mucho de no deteriorar la estrecha relación con Rusia tras su victoria, pero sus pasadas veleidades pro-occidentales probablemente inquietan a Putin, que quizás ha considerado oportuno enviarle un mensaje sobre lo mucho que Armenia necesita a Rusia. Aunque Moscú ha condenado la ofensiva, y especialmente la presencia de combatientes sirios en las filas azeríes, sus llamamientos se han orientado sobre todo a lograr un alto el fuego en el que lógicamente Rusia aparecería como un mediador esencial.

Las hostilidades parecen un nuevo juego de poder entre Rusia y Turquía, que se disputan a la vez que se reparten el papel de potencia regional en Oriente Medio, el Mediterráneo y el Cáucaso. El juego siempre es el mismo y la agresividad de uno contra el otro, aunque a veces deriva en conflicto violento, nunca alcanza un punto de ruptura. Parece que ambos tienen muy claro que los verdaderos adversarios son Estados Unidos y Europa y que las rivalidades mutuas se compensan con numerosos intereses económicos y geopolíticos compartidos. En este sentido, es muy probable que las hostilidades actuales terminen pronto con un acuerdo negociado, en el que Ankara y Moscú tendrán un papel predominante y que otorgue ciertas concesiones a Azerbaiyán a cambio de una solución más estable para el problema de Nagorno Karabaj.

Desde un punto de vista político lo más preocupante es que tanto Turquía como Rusia están recuperando la vieja tendencia a solucionar contenciosos por la fuerza de las armas, algo que quedo completamente vetado en el intento de crear una nueva Europa que siguió a la Segunda Guerra Mundial. Más preocupante todavía es que obtengan éxitos con ello, ante la indiferencia de Estados Unidos y la impotencia europea. Si bajamos al terreno militar la preocupación se extiende a que, incluso en conflictos marginales entre potencias militares de tercer orden, se empleen capacidades de combate y procedimientos tácticos que ni se poseen ni se practican en muchas de las fuerzas armadas de Europa. Esperemos que todo este corolario de preocupaciones no termine en un serio disgusto si los ejércitos europeos tienen que someterse algún día a la dura prueba del combate real.

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José Luis Calvo Albero

José Luis Calvo es Coronel de Infantería del Ejército de Tierra y profesor del Máster on-line en Estudios Estratégicos y Seguridad Internacional de la Universidad de Granada

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