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Cuestión Malvinas y más allá: Una aproximación desde el smart power

https://global-strategy.org/cuestion-malvinas-y-mas-alla-una-aproximacion-desde-el-smart-power/ Cuestión Malvinas y más allá: Una aproximación desde el smart power 2021-04-02 10:33:12 Federico Sarro Blog post Estudios Globales Global Strategy Reports América Latina
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Global Strategy Report, 13/2021

Resumen: Hace exactamente 39 años, en medio de la Guerra Fría, la disuasión nuclear no logró evitar que el pabellón argentino fuera izado en las Islas Malvinas. A pesar del tiempo transcurrido, una aproximación desde el smart power que contemple no solo lo ocurrido sino también la proyección estratégica de unas remotas islas hacia la Antártida a partir de la presencia británica que impide a la Argentina el uso del mar, exige extraer conclusiones en vistas a prevalecer en un sistema internacional anárquico tras más de un siglo de presencia ininterrumpida en el Continente Blanco.


El 2 de abril de 1982, en medio de la Guerra Fría, la disuasión nuclear no logró evitar que el pabellón argentino fuera izado en las Islas Malvinas. La exitosa ejecución de la Operación Rosario, sin bajas militares ni civiles británicas, se presenta como colofón de una rápida escalada que inicia con el desembarco de operarios civiles argentinos en cumplimiento de un acuerdo comercial privado para el desmantelamiento de antiguas factorías balleneras en la Isla San Pedro, a más de 1000 kilómetros al sudeste de Puerto Argentino (Isla Soledad). Las imágenes de la rendición de los Royal Marines ante las fuerzas especiales de la Armada Argentina —no sin antes infligirle su primera baja— llegó a 10 Downing St. otorgándole a Thatcher una causa con la que desviar la atención en medio de un gobierno al borde del colapso, algo que también buscaba el gobierno argentino de entonces.

Sin embargo, tanto aquella como las operaciones que tuvieron lugar el 3 de abril en Grytviken y Puerto Leith (Islas Georgias del Sur), tan solo representan una parte de una cuestión considerablemente más amplia en términos de tiempo y espacio. Así como en el siglo XX casi 2000 habitantes de las Islas Chagos fueron obligados a trasladarse para establecer una base militar en Diego García, el 3 de enero de 1833 fuerzas británicas desalojaron a la población y a las autoridades argentinas establecidas en las Islas Malvinas, heredadas de España, cuando las viejas divisiones territoriales de los virreinatos y capitanías generales se convirtieron en los nuevos límites de los Estados independientes en el continente americano.

Considerada en marzo por los lectores de la prestigiosa revista Proceedings del U.S. Naval Institute entre las batallas extranjeras históricas más relevantes para la guerra naval del siglo XXI, la Guerra de Malvinas se trató de la última operación anfibia de magnitud entre adversarios near-peer. En aquel particular escenario del combate naval moderno, un submarino de propulsión nuclear hunde por única vez en la historia otra nave en el marco de un conflicto, siendo también esta la primer baja generada por un submarino desde 1945—la otra sería recién en 2010 por parte de Corea del Norte. Este hecho controversial desde el punto de vista del ius in bello obligó a gran parte de la Flota de Mar a retirarse del teatro de operaciones, a excepción del submarino diesel-eléctrico ARA San Luis que continuó hostigando en solitario a la Task Force. No obstante, varios buques de la Royal Navy sufrieron el mismo destino que el ARA General Belgrano por primera vez tras el final de la Segunda Guerra Mundial, siendo secreto aun si alguno de ellos contaba a bordo con armas nucleares en una zona delimitada por el Tratado de Tlatelolco. Parte del éxito obtenido en el combate aeronaval se debió a la combinación Super Étendard-Exocet, siendo el misil considerado por algunos como el arma naval más efectiva de la historia, tras su desempeño en este conflicto.

En 72 días murieron alrededor de 1000 personas y a día de hoy continúan los trabajos para identificar los restos de los caídos en combate. Desde entonces, año tras año, el Comité Especial de Descolonización de las Naciones Unidas hace un llamado a las partes para que reanuden las negociaciones que permitan encontrar a la mayor brevedad posible una solución pacífica y definitiva a la controversia de soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y los espacios marítimos circundantes.

Dimensión económica y proyección estratégica

A pesar del tiempo transcurrido, el accionar de ambas partes aún permite extraer lecciones en el ámbito de los estudios estratégicos enfocados al Atlántico Sur. De hecho, lejos de tratarse de una cuestión “trivial” —Stephen M. Walt dixit— una mirada a la dimensión económica de este asunto y a la oposición del Reino Unido a negociar la soberanía, accionando unilateralmente en torno a la explotación de los recursos naturales en el área en disputa, permite comprender por qué esta causa es tal vez la única capaz de unir al pueblo argentino en cualquier momento de su historia.

En la actualidad, solo en términos económicos, las Islas Georgias y Sandwich del Sur carecen de peso. Las primeras están habitadas permanentemente por un grupo de científicos del British Antarctic Survey desde marzo de 2001, en reemplazo de una guarnición militar, mientras que las segundas están deshabitadas. Sin embargo, según estimaciones de The World Factbook de la CIA, las Islas Malvinas tienen un PIB per cápita superior al de Suiza, por debajo del de las Islas Caiman, y el grueso de su economía se sustenta en la pesca y el turismo. Si bien concretamente el ecoturismo está creciendo rápidamente, aportando alrededor de US$5,5 millones a su PIB, las licencias de pesca otorgadas desde 1987 por el gobierno británico a buques extranjeros que operan en aguas en disputa suman más de US$40 millones al año. Resta observar en lo sucesivo el impacto del reciente acuerdo comercial cerrado entre la UE y Reino Unido que excluye los territorios de ultramar, lo que implica que los productos procedentes de Malvinas que entren en la UE tendrán que pagar aranceles—el 90% de las exportaciones pesqueras se destinan a Europa, muy especialmente a Galicia.

Las cifras mencionadas representan una parte de las pérdidas del Estado Argentino, por no considerar las provenientes de la extracción de hidrocarburos descubiertos en 2010, a la espera de activarse en cuanto las condiciones del mercado hagan rentable su comercialización.

Reino Unido ve en las islas en disputa su strategic gateway por el apoyo logístico que le brindarían ante una futura exploración y explotación de los recursos naturales en la Antártida. Esto adquiere otro matiz si se tiene en cuenta que el reclamo de soberanía argentino se superpone totalmente con el británico a pesar de estar en suspenso por el artículo 4 del Tratado Antártico. Si bien hasta hoy el accionar de los Estados en el Continente Blanco se rige estrictamente por dicho acuerdo, el avance del calentamiento global podría abrir oportunidades de negocios que amenacen la continuidad del Protocolo de Madrid de 1991 de cara a su revisión en 2041, el cual prohíbe expresamente en su artículo 7 cualquier actividad relacionada con los recursos minerales. Mientras tanto, una tesis doctoral en la Universidad de Tasmania titulada Iceberg water transportation from Antarctica to Australia da cuenta del potencial de la Antártida, al estudiar la factibilidad de aprovechar para el consumo la inmensa cantidad de agua que se derrite anualmente de los icebergs antárticos, un recurso para satisfacer toda una serie de necesidades humanas básicas y cuya disponibilidad mundial se verá afectada por el cambio climático. Tan solo el iceberg A-68A que se desprendió de la plataforma Larsen C en 2017 y se dirigía a las Islas Georgias del Sur, antes de desintegrarse contaba con una superficie equivalente a 4 veces la ciudad de Londres.

Una respuesta inteligente a un interés vital

Tal como aprecia Lawrence Freedman, el derecho a la posesión de Malvinas nunca fue puesto a prueba en una corte internacional y su propiedad siempre resultó ser de quien fuera más fuerte en cada momento particular. Según Joseph Nye Jr., las estrategias efectivas en el mundo real son una combinación de hard power (poder duro) y soft power (poder blando), y esa combinación es lo que él llama smart power (poder inteligente).

El concepto de soft power formulado por Nye en 1990 refiere a la habilidad de obtener lo que se quiere a través de la atracción antes que a través del uso de la coerción militar o económica característica del poder duro. Surge del atractivo de la cultura de un país, de sus ideales políticos y de sus políticas. El último índice The Soft Power 30 de 2019 posiciona a Reino Unido en segundo lugar, la Argentina está ausente, aunque aparece en 2018 en el trigésimo lugar cuando Reino Unido estaba precisamente en primera posición. Más recientemente, el Global Soft Power Index 2021, sitúa a Reino Unido en tercer lugar y a la Argentina en el puesto 41.

Excluyendo la capacidad nuclear, según cifras de 2019 del SIPRI, en términos de hard power Reino Unido es uno de los 10 países con mayor gasto militar, mientras que Argentina tocó el mínimo histórico al finalizar dicho año con un 0,707 % de su PIB. Asimismo, el Global Militarisation Index del think tank alemán Bonn International Center for Conversion considera el nivel de militarización británico como “medio” en comparación al “muy bajo” argentino. Si bien tanto Reino Unido como Argentina son miembros del G20, a la supremacía militar británica se agrega su posición de miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y del G7.

Claramente, la Argentina dispone en los últimos años de mayor capacidad en términos de soft power que de hard power, aunque ello no parece haber sido suficiente para lograr resultados determinantes en torno a la Cuestión Malvinas, no logrando posicionarla efectivamente como una causa regional. Antes que lo hiciera el MERCOSUR, en noviembre de 2010 los gobiernos de la UNASUR acordaron prohibir la entrada a puerto de buques que enarbolasen la bandera británica de Malvinas, pero pocos días después Chile recibe al HMS Glowcester con apostadero en las islas en el marco de la Exponaval en Valparaíso. Lo mismo ocurrió en 2014, cuando recibió al HMS Dragon. Tal vez el caso de Chile no sea el más adecuado para medir el impacto del soft power argentino en los países de la región, dado que este país también reclama una porción de la Antártida, superpuesta con Argentina, motivo por el cual el gobierno de Piñera objetó en mayo del año pasado la extensión de la plataforma continental que la ONU otorgó en el 2016 a su vecino trasandino. No obstante, tal vez el caso de Uruguay resulte más adecuado al momento de medir la efectividad del soft power argentino, dado que durante 2019 el puerto de Montevideo recibió a barcos que operan con licencias del gobierno de ocupación de Malvinas, así como barcos chinos sospechados de pescar ilegalmente en el Atlántico Sur. En defensa de Argentina, podría decirse que, después de todo, nunca ha existido una causa que lograse unir a todos los países de la región. Tal vez por ello todos los procesos de integración han fracasado.

A simple vista, desde el 10 de diciembre de 2019, tres episodios llaman la atención: reactivación del proyecto Pampa Azul, presentación del mapa oficial de la República Argentina con las islas en disputa con Reino Unido y el Sector Antártico incluidas, y la conformación del Consejo Nacional de Asuntos Relativos a las Islas Malvinas. Pero, ¿qué lugar se le ha asignado al hard power en cada uno de ellos? Si bien es cierto que Argentina optó en 2013 por la vía del poder duro a través de una norma que prevé prisión y multas para los directivos de las compañías implicadas en la exploración y explotación de hidrocarburos sin su autorización en aguas en disputa, excluir deliberadamente el rol del poder naval en defensa de estas importantes iniciativas les resta seriedad. Al margen del patriotismo y valentía —reconocidos incluso por las tropas británicas—, las más destacadas acciones individuales y colectivas durante la Guerra de Malvinas son producto de una capacidad adquirida tras incontables horas de adiestramiento con los medios adecuados, y ninguna de las dos se adquirió de la noche a la mañana. 

En 1948, una fuerza integrada por unos 3000 hombres —entre ellos, los Comandantes de Operaciones Navales, Flota de Mar y Aviación Naval— visitó las Orcadas del Sur, la parte norte de la península Antártica y las Shetland del Sur, efectuando expeditivo reconocimiento a los accidentes geográficos y fondeaderos más importantes, quedando este episodio registrado con el topónimo “Mar de la Flota” en reemplazo del antiguo estrecho Bransfield. Luego, en 1952, un año antes que el presidente del Senado ofreciese a Reino Unido comprar las Islas Malvinas en ocasión de encontrarse asistiendo a la coronación de Isabel II en representación de Argentina, el personal del Destacamento Naval en Bahía Esperanza abrió fuego contra el buque oceanográfico inglés HMS John Biscoe cuando se encontraba reabasteciendo una base, forzando su retirada. Ya en 1976, el destructor ARA Almirante Storni haría disparos de advertencia contra el buque de bandera británica RRS Shakleton a 80 millas náuticas al sur de Malvinas, mientras realizaba estudios geológicos y geofísicos en la plataforma continental, por violar las normas reglamentarias de la navegación en el mar argentino. A excepción de este último, ocurrido durante la presidencia de María Estela Martínez, todos aquellos hechos de reivindicación de la soberanía argentina por medio del hard power sobre la Antártida e Islas del Atlántico Sur tuvieron lugar durante las dos primeras presidencias de Juan Domingo Perón figura que, al menos desde la retórica, aun sirve de inspiración para quienes toman decisiones en el país y despierta pasiones en las masas al punto de olvidar por completo el contexto de pandemia global si de honrar su nombre se trata un 17 de octubre (“día de la lealtad peronista” en Argentina).

Alrededor del mundo, otras naciones con quiénes Argentina comparte valores superiores como libertad, bien común, institucionalidad, respeto por la vida y los derechos humanos, preservación del medio ambiente y democracia son conscientes del valor del hard power en su política exterior. En el Cono Sur, y más allá de las circunstancias en cualquier momento de su historia, Brasil comprende la importancia de mantener unas fuerzas armadas a la altura de los desafíos que enfrenta. Si bien durante su gobierno se optó por la adquisición de nuevas fragatas de diseño alemán, no fue precisamente durante la presidencia del exmilitar Bolsonaro cuando se adquirieron los Scorpene ni con quien se inició el proyecto de submarino de propulsión nuclear sino con Lula da Silva. Tampoco fue él quien concretó la compra de los Gripen F-39E a Suecia sino Dilma Rousseff.

Como destaca Nye, en 1982 Reino Unido contó con el apoyo off the record de Estados Unidos quien se sentía atraído por el primero y quería que ganase la guerra. ¿Quién con capacidad de proveer un apoyo decisivo en la Cuestión Malvinas se siente atraído por la Argentina? En términos de soft power, una sucesión de gobiernos envueltos en un sinfín de polémicas tanto a nivel interno como internacional que afectan negativamente a su credibilidad, tiene escasa capacidad de generar apoyo real en una causa legitima. Si embargo, aún existe una opción.

Al igual que otras naciones, Argentina necesita de China. A estas alturas, el apoyo del “Reino del Medio” es el único que podría inclinar la balanza en favor de Argentina, más allá de su tradicional solidaridad por la Cuestión Malvinas. Objetivamente, siendo una de las economías más importantes del mundo, se trata de un miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que dispone de un arsenal nuclear embarcado en submarinos que ya estarían en capacidad de llevar adelante una patrulla disuasiva desde 2015. Sin reclamar parte en el Continente Blanco, su primera base en aquellas latitudes se encuentra en el Sector Antártico Argentino. Asimismo, Argentina tiene la ciudad más cercana a la Antártida y la Estación de Espacio Lejano en el continente, base perteneciente a la Administración Espacial Nacional china. Pero, ¿por qué China podría querer comprometerse en defender los intereses argentinos y a cambio de qué? Claramente, China ya no es quien era cuando se estableció en la Antártida en 1985.

Debido a sus reclamos de soberanía en el Mar del Sur de China y la amenaza de potencias extranjeras en su esfera de influencia —incluidos Hong Kong y Taiwán—, así como su falta de experiencia reciente en combate, el gigante asiático podría sentirse atraído por Argentina y esta última podría beneficiarse del paraguas en términos de hard power que le podría ofrecer. Resulta curioso que en la literatura china se utiliza casi universalmente la traducción de Islas Malvinas (Madao) en lugar de Fukelan (Falklands). Sin embargo, arribar a una situación win-win que convierta al factor China en un verdadero game-changer en el Atlántico Sur exige no repetir errores del pasado al momento de alinearse con el hegemón de turno, que afecten otros intereses estratégicos. No ejercitar con unidades norteamericanas desplegadas en aguas del Atlántico Sur en ayuda para combatir la pesca ilegal es una elección que no puede juzgarse como incorrecta. Lo que no es correcto es la inacción para terminar con este flagelo, mayormente de bandera china, por ser este su principal socio comercial y uno de sus principales acreedores.

En 1806, las fuerzas reunidas por Santiago de Liniers reconquistaron Buenos Aires, una victoria que se repetiría al año siguiente cuando una nueva expedición del Reino Unido intentó por segunda vez tomar la ciudad. Así como aquellos hechos contribuyeron al pensamiento revolucionario que condujo más tarde a la independencia, la Guerra de Malvinas y la proyección estratégica de unas remotas islas hacia la Antártida a partir de la presencia británica que impide a la Argentina el uso del mar exige extraer conclusiones en vistas a prevalecer en un sistema internacional anárquico tras más de un siglo de presencia ininterrumpida en el Continente Blanco.


Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

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Federico Sarro

Federico Ernesto Sarro writes about defense and foreign affairs. He is an International Relations graduate from the Catholic University of Salta (Argentina) and holds a Master’s degree in International Security and Strategic Studies from the University of Granada (Spain). He served in the Argentine Navy as analyst for the Chief of Policy and Strategy.

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