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De la guerra de Ucrania al debate sobre la naturaleza de la guerra

https://global-strategy.org/de-la-guerra-de-ucrania-al-debate-sobre-la-naturaleza-de-la-guerra/ De la guerra de Ucrania al debate sobre la naturaleza de la guerra 2023-11-29 11:53:56 Josep Baqués Blog post Estudios de la Guerra Global Strategy Reports

Global Strategy Report, 24/2023

Resumen: Cada vez será más complicado calificar una guerra con base en un solo atributo, o en una sola teoría, que la defina de un modo insoslayable. Tras diversos intentos de clasificar las guerras y de identificar cuál es el camino que sigue el warfare en nuestros días, la experiencia de Ucrania impone una nueva reflexión. Este análisis no pretende cerrar el tema, sino, muy al contrario, abrirlo a la reflexión teórica necesaria. Ya se sabe, la teoría y la praxis dialogan constantemente, en todas las disciplinas. En los estudios estratégicos no puede ser diferente

Para citar como referencia: Baqués, Josep (2023), «De la guerra de Ucrania al debate sobre la naturaleza de la guerra», Global Strategy Report, 24/2023.


La guerra de Ucrania no es una excepción, sino parte de esa nueva norma. La guerra de Ucrania constituye un buen ejemplo de ello, surgida de una zona gris (a la que ha sobrepasado con creces) y con algunos componentes híbridos, también ha supuesto el regreso a escena de una suerte de “guerra industrial”, cuando en teoría este formato, convencional, estaba llamado a desaparecer.

Con todo, la aproximación más sencilla, pero no por ello más correcta, enfatizará que es una guerra de desgaste, basada en una línea de frente bien establecida (entre Jersón y Avdiivka, pasando por Zaporiya, para enmarcar todo el Donbás). Y que el tipo de combates librados han sido altamente demandantes en tropa y vehículos blindados. Con un frente, por lo demás, con tendencia al estancamiento debido a su fortificación, que dificulta la maniobra de las grandes unidades motorizadas y mecanizadas. Lo que, sumado al renovado (e inopinado) predominio de la artillería, nos conduciría a considerar esta guerra como una pervivencia de lo que se han dado en llamar guerras de 2ª generación (2GW) (Lind et alter, 1989: 23). Dando la sensación, incluso, de que la victoria no se puede lograr sin antes asegurar la “completa destrucción de las fuerzas enemigas” (Rothenberg, 1991: 313). Todo ello, nótese bien, nos retrotrae, no a una guerra convencional cualquiera (siendo, en todo caso, convencional) sino que esta guerra “desescalaría” (conceptualmente hablando) de las 3GW a las 2GW. No habría apenas posibilidad de desarrollar una guerra de maniobra, pero sí habría mucho arte operacional, como lo demuestra el celo puesto por ambas partes para desplegar esas grandes unidades (incluso dotadas de abundantes medios pesados) en el frente, así como para asegurar (con diferentes niveles de éxito, por supuesto) una logística a gran escala. En este sentido, el ferrocarril ha vuelto a ser un factor de la máxima importancia, como lo fue décadas atrás (Schneider, 1966: 77), y como lo demuestra el empeño ruso para bombardear estaciones, vías, o, directamente, trenes, repletos de municiones y/o tropas ucranianas. Dicho con otras palabras, menos de argot: esta guerra se parecería más a la Primera Guerra Mundial, que a la Segunda. Aunque también los trenes fueron importantes en la Segunda, mientras que tuvieron su debut en la guerra de Secesión y en la franco-prusiana. Soy consciente de ello, y, de hecho, lo aprovecharé más adelante, para enfatizar la idea de que, aun entre diferentes tipos de guerras, pueden establecerse algunas líneas de continuidad.

Todo lo dicho hasta este momento acerca de la eventual catalogación de la guerra de Ucrania como una guerra convencional es muy cierto. Ahora bien, en mi análisis, no me quedaré ahí. Por diversos motivos. Básicamente, porque esa guerra también incorpora rasgos más propios de otras tipologías, sin perjuicio de lo que acabo de recordar acerca de la supervivencia de rasgos propios de alguna de ellas, para ser insertados en nuevos formatos de guerra.

En primer lugar, contiene rasgos propios de las “guerras de cuarta generación” (4GW). Por una parte, en lo instrumental, porque se ha comprobado el rol preponderante de los mass-media y de las redes sociales como armas de guerra, máxime cuando las nuevas tecnologías permiten que las imágenes del frente lleguen a nuestros hogares casi en tiempo real, condicionándolo todo: desde la moral de las tropas y de las poblaciones que las sostienen, hasta la toma de decisiones en el nivel político. Pero, por otra parte, también en lo conceptual, porque esta guerra tiene mucho de “guerra cultural” (Lind et alter, 1994: 36), en la que factores de índole religiosa, etnonacional, o ideológica, tienen tanto peso -o más- que las razones de Estado. Lo último que he comprobado, con imágenes de vídeo, es la llegada de docenas (probablemente centenares) de combatientes serbios (ergo, cristianos ortodoxos) al frente, para unirse a Rusia. Tanto como el hecho en sí mismo, me ha llamado la atención que el soldado serbio que hablaba a cámara, hiciera la señal de la cruz varias veces, en pocos segundos, con insistencia y, aparentemente, tranquilidad de espíritu y gran convicción. Pero solo es un ejemplo más. La mayor parte de combatientes extranjeros que se han unido a las tropas rusas entienden poco (o nada) de geopolítica y, al no ser rusos, tampoco están especialmente preocupados por la seguridad futura de Moscú.

Todo lo cual no significa que la guerra de Ucrania sea, simplemente, eso (quiero decir, una 4GW). Porque, ciertamente, también se han dado rasgos de una guerra convencional (una 2GW o una 3GW, en definitiva). Algo perfectamente compatible con las tesis de Lind y Hammes, y los demás teóricos de la 4GW que, por lo demás, siempre fueron sensibles a la supervivencia de rasgos de las tipologías anteriores en las guerras posteriores (Vandergriff, 2008: 23). Las pretensiones rusas (qua Estado) respecto de Ucrania y, por extensión, la OTAN, entrarían en ese paquete argumental. Esta guerra, según atisbo, todavía tiene mucho de trinitario (en el sentido de Clausewitz) aunque ya no sea solamente eso.

En segundo lugar, la guerra de Ucrania también nos recuerda otras aproximaciones, poco convencionales, al fenómeno de la guerra. Por ejemplo, el protagonismo alcanzado por las milicias populares de Donestk y Lugansk, sí responde bien a la idea de 4GW, como también la involucración de la PMC Wagner. Y no precisamente (en ambos casos) en tareas menores, ni meramente auxiliares.

Pero eso va incluso más allá del paradigma de las 4GW. De hecho, en el aspecto que acabo de reseñar, aparece la alargada sombra de las guerras híbridas de Thomas Huber. En efecto, la conjunción de esas fuerzas paramilitares con las rusas recuerda sobremanera el “nudo fatal” al que hace referencia el subtítulo de la obra más importante de Huber, que conceptualiza las Compound Warfare, en lo que ha acabado siendo comprendido como un subtipo de guerra híbrida. También es idiosincrático de esas guerras que la coordinación de las diversas fuerzas, solo se garantice un nivel estratégico, pero no siempre operacional y táctico. Algo que se ha podido comprobar reiteradamente en el frente. Desde la falta de coordinación del verano de 2022, entre las tropas regulares rusas y las milicias donbasianas, que tuvo bastante que ver con la retirada rusa de Jarkov, a los dimes y diretes de Wagner y las fuerzas regulares en la batalla de Bajmut. Lo segundo es bien conocido. En cuanto a lo primero, la escasa coordinación a nivel operacional, se pudo comprobar en algunos momentos, importantes. Por ejemplo, en agosto de 2022, cuando Ucrania estaba contra las cuerdas. En ese momento, las milicias de Lugansk se negaron a combatir en la región aledaña de Donetsk[1], frenando de ese modo la ofensiva rusa. Ciertamente, como ya apuntara Huber, la coordinación en el nivel operacional no es una característica de la Compound Warfare.

Pero todo ello es la esencia misma de las guerras compuestas teorizadas por Huber. Siempre y cuando esas fuerzas irregulares desempeñen su trabajo en función de las necesidades estratégicas de las tropas regulares rusas que, sin embargo, siguen siendo las encargadas de desarrollar el esfuerzo principal en el frente. Tanto es así que gracias al sacrificio asumido por milicianos y wagnerianos, las fuerzas regulares rusas (como tales) han podido desgastar durante los meses anteriores a la cacareada (y fracasada) contraofensiva ucraniana a las tropas regulares ucranianas, sufriendo un escaso desgaste. Y hallándose, en estos momentos (otoño de 2023) en una situación de ventaja (numérica, armamentística y hasta moral) en todo el frente. Pero también hubo éxitos notables, debidos al “nudo fatal” del que nos habla Huber, como el avance inicial ruso en Jersón, en los primeros meses de guerra, en el cual fue decisivo el rol de las milicias locales. Mientras las milicias eran la punta de lanza, y atraían hacia sí a las fuerzas ucranianas, las tropas rusas tomaron el aeródromo de Chernobáyevka (ubicado al norte de la capital de esa región), mediante una maniobra envolvente, y con ello aseguraron el control de ese enclave durante cerca de un año[2]. De hecho, este tipo de circunstancia se ha ido repitiendo en otras ocasiones, complicando mucho las cosas a las tropas ucranianas. Lo cual ha sido ampliamente reconocido -que no adecuadamente codificado- incluso por algunas de las más importantes fuentes occidentales, pese a reconocer al unísono que las milicias no suelen ser las mejores tropas disponibles. Pero juegan, pese a todo, un importante papel, quizá indispensable: “Russia needs DNR and LNR units—which have not been historically effective forces—to maintain positions in western Donetsk and Luhansk oblasts as conventional Russian troops pursue an offensive on select frontlines in eastern Ukraine” (ISW Report, February 20th, 2023)[3].

Para ser todavía más precisos, lo acaecido en Ucrania se corresponde bien con lo que el propio Huber, en un ulterior refinamiento de su propia teoría, define como una Fortified Compund Warfare (FCW), consistiendo esa “Fortificación”, no necesariamente en la disposición de obstáculos naturales, sino más bien en la garantía de que las fuerzas regulares propias (es decir, las rusas, en el ejemplo propuesto) siempre podrían retirarse a lugares seguros, en caso de necesidad, para continuar la guerra (Huber, 2002: 4). Del mismo modo, en definitiva, que muchos miembros de la PMC Wagner terminaron en Bielorrusia, o que las tropas rusas regulares pueden entrar y salir del frente a voluntad, para regresar, en su caso, a tierras de la Federación rusa.

Los vaivenes que ha dado la literatura sobre la guerra en los últimos lustros son comprensibles, dada la evolución de sus formatos (lo que sería, en definitiva, el warfare). Pero, a la luz de estas breves reflexiones, conviene dejar algunas cosas claras. Para ejemplificar mejor lo que quiero plantear me referiré a otro clásico contemporáneo, cuya lectura es de gran utilidad. Se trata de Rupert Smith, y su conocida obra The Utility of Force: the Art of War in Modern Word, que data del año 2005. Ahí, en su conocida diferenciación entre las guerras “industriales” (o del pasado) y las “guerras entre la gente” (o del futuro, que ya estaba llegando) apunta elementos concomitantes con los ya expuestos en la teoría de la 4GW. Él apuntaba, en efecto, que las diferencias entre los militares y los civiles se irían desfigurando; que las grandes potencias, a pesar de su indiscutible ventaja tecnológico-militar, serían cada vez más incapaces de imponer su voluntad a través de un campo de batalla convencional. Que, a su entender, es algo que los EE. UU, ya estaban captando, a principios del siglo XXI. Las cosas habían cambiado mucho desde las dos guerras mundiales. Vietnam ya fue un primer punto de inflexión (no olvidemos que ese fracaso, en gran medida larvado en el interior de los EE. UU. es, asimismo, el punto de arranque de Lind, Hammes y el resto de los teóricos de la 4GW). La guerra del Golfo, de 1991, fue el “canto del cisne” de las “guerras industriales”, siempre según el general Smith. De hecho, la segunda guerra de Irak (2003-…) ni siquiera fue eso, pues ya estábamos entrando de lleno, irreversiblemente, en las “guerras entre la gente”.

Tanto es así que, en una entrevista ligeramente posterior a la publicación de su libro, adujo que, pese a la victoria militar sobre Irak (ya hablamos de 2003), los angloestadounidenses fueron incapaces de trasladar eso al ámbito (deseable) de la victoria final: no hubo éxito estratégico, pese a destruir, virtualmente, las fuerzas armadas iraquíes (Smith, 2006: 722). Años después de las reflexiones de este general, sin duda atinadas, las fuerzas occidentales abandonaron Irak. E incluso Afganistán, si bien en este segundo caso, ni siquiera hubo una auténtica victoria militar en una campaña convencional, que pudiera propiciar la destrucción de los talibanes. De modo que, en el fondo, la guerra del Golfo de 2003 ya fue, a todas luces, una guerra no-meramente industrial. Y el problema de Occidente es que sigue sin ser capaz de ver eso. Y sigue pensando que, contando con la mejor tecnología militar, se pueden ganar guerras, previa destrucción de las fuerzas enemigas.

Siendo tan atinadas las reflexiones de Rupert Smith, ¿dónde reside el problema? Probablemente, en esa tentación de cerrar el debate. Y de hacerlo jugando a juegos de suma-cero. Porque, tal y como él mismo apunta… si lo anterior es cierto (como pretende) las fuerzas armadas convencionales habrían quedado “obsoletas” (Smith, 2019: 267). Pues bien, la guerra de Ucrania demuestra que no es así, y que lo que hay que hacer es plantearse escenarios y modos de hacer la guerra más complejos. O, lo que es lo mismo, no tan lineales como nos gustaría creer. Las guerras de hoy, y de mañana, contienen una síntesis de elementos de diversos formatos previos de guerra. Quizá no sean solamente convencionales, ni solamente híbridas. En ciencias sociales, Max Weber equiparó (muy críticamente) esta tendencia a encapsular la muy compleja realidad en un solo esquema al lecho de Procusto[4] (Weber, 1988: 590). Quedarse con uno solo de ellos, con el objetivo de alcanzar una conclusión demasiado clara, nos aleja de la realidad, en vez de hacerla más comprensible.

En este mismo sentido, quiero hacer un último apunte, que tiene que ver con la zona gris. Queda claro, a través de diversas fuentes, el ahínco ruso por establecer una zona gris en Ucrania, que ya les dio excelentes resultados en Crimea, en 2014 (Fedyk, 2016: 3; Herbst, 2016: 200; Pelnens, 2009: 254-256; Kudors, 2015: 158), además de haber hecho cosas similares en otros lares, en función de sus intereses (Morris et al, 2019: 64, 67 and 82-83; Lomidze, 2011: 6-7; Kakachia, 2014: 5-6). Ahora bien, algunos de los que escribimos al respecto, solemos recordar, una y otra vez, que, si bien a veces la zona gris es, ciertamente, una alternativa a la guerra (híbrida o convencional), otras veces la zona gris constituye la preparación de una guerra (híbrida o convencional). Aunque lo haya puesto por escrito varias veces, sería tan tedioso como innecesario plantear una coletilla de citas. Valga una sola de ellas, por todas: “Para alcanzar esos fines, la zona gris puede ser una alternativa a una guerra híbrida o puede ser la preparación para esa misma guerra híbrida. La ventaja de emplear una zona gris radica en que no son escenarios incompatibles. Una misma estrategia puede incluir ambas opciones: si no funciona como zona gris, al menos dejará el terreno abonado para sacar provecho, en segunda instancia, de una escalada controlada por quien generó la zona gris. Eso muestra la gran flexibilidad de la zona gris. De hecho, también podría emplearse en escenarios posconflicto (como la explotación del éxito de una guerra híbrida)” (Baqués, 2021: 171; énfasis mío).

Sin embargo, por las razones que sean, los lectores suelen quedarse solamente con la primera parte del escenario planteado. De modo que plantean una disyuntiva entre zona gris y guerra (que lo es, pero solo a nivel conceptual… y mientras la zona gris se quede ahí). Sin embargo, la teoría indicada ya registra una eventual evolución desde una zona gris a una guerra como tal, de modo que la primera constituye la preparación de terreno de juego (del campo de batalla, incluso) para vencer en esa guerra ulterior.

Eso, como digo, ya lo planteamos los teóricos de la zona gris. Aunque hay que aceptar que, en Occidente, algunos contemplen esas estrategias grises como una alternativa a la guerra. Algo así plantea Antulio Echevarría II (Echevarría, 2016). Sin embargo, el análisis que aquí defiendo, apoyándome en obras propias anteriores, es el más adecuado cuando tenemos en consideración el caso ruso. Máxime, cuando se analiza la postura de Gerasimov al respecto.

Pues, precisamente, él no ve contradicción alguna, sino todo lo contrario (aprecia una evidente linealidad) entre zona gris y el estallido de una guerra (en su caso, híbrida, pero no necesariamente). En Rusia se contemplan como el inicio de una guerra (híbrida) que puede pasar del empleo de instrumentos grises (diplomacia, operaciones de desinformación, presiones económicas, movilización de civiles, interferencias en el ámbito ciberespacial) a otros de tipo militar que, a su vez, incluyen fuerzas convencionales y, llegado el momento, también armas nucleares tácticas (Bartles, 2016: 34 y 36). Así que, desde el principio, Rusia plantea la hipótesis de la transición de una zona gris a una guerra, normalmente híbrida -sea en el sentido de Hoffman, o en otras variantes- pero sin descartar que esa misma escalada, comenzada en zona gris, conduzca a una guerra convencional, e incluso a una guerra nuclear limitada. En realidad, Gerasimov ni siquiera es el único experto ruso contemporáneo que aboga por esta interpretación. Muy similar es el planteamiento de Chekinov y Bogdanov (Chekinov & Bogdanov, 2013).

Todo ello debería servir de acicate para avanzar hacia una teoría del modo de hacer la guerra (warfare) más compleja que las que tenemos a nuestra disposición hasta la fecha. Algunos de los mimbres están puestos en este artículo.

Referencias:

Baqués, Josep (2021). De las guerras híbridas a la zona gris: la metamorfosis de los conflictos en el siglo XXI. Madrid: UNED.

Bartles, Charles K. (2016). “Getting Gerasimov Right” (January). Forth Leavenworth (KA): Military Review. Army University Press.

Chekinov, Sergey E, Bogdanov, Sergey A. (2013). “The nature and Content of New Generation Wars”. Military Thought, 10: 13-24.

Echevarría II, Antulio (2016). Operating in the Gray Zone. An Alternative Paradigm for U. S. Military Strategy. Carlisle Barracks: U. S. Army War College Press.

Fedyk, Nicholas (2016). “Russian New Generation Warfare: Theory, Practice, and Lessons for U. S. Strategists”. Small Wars Journal (August, 25): 1-8.

Herbst, John E. (2016). “Forsaken Territories? The Emergence of Europe´s GZ and Western Policy”, in Hamilton, David & Meister, Stefan (eds.). The Eastern Question: Russia, the West and Europe´s Gray Zone. Baltimore: John Hopkins University: 189-217.

Huber, Thomas (2002). Compound Warfare: the Fatal Knot. Fort Leavenworth (KA): US Army Command ang General Staff College Press.

Kakachia, Kornely (2014). “Is Georgia´s Orthodox Church an Obstacle to European Values?”. Ponars Eurasia, No. 322 (June).

Kudors, Andis (2015). “Reinventing Views to the Russian Media and Compatriot Policy in the Baltic States”, in Pabriks, Artis and Kudors, Andis (ed). The War in Ukraine: lessons for Europe. Riga: University of Latvia Press, pp. 157-174.

Lind, William; Nightengale, Wang; Schmitt, John, Sutton, Joseph; Wilson, Gary (1989). “The Changing Face of War”. Marine Corps Gazette (october), pp. 22-26.

Lind, William; Schmitt, John y Wilson, Gary (1994). “Fourth Generation Warfare: Another Look”. Marine Corps Gazette (december), pp. 34-37.

Lomidze, Irakli (2011). Cyber Attacks Against Georgia. Tbilisi: Exchange Agency.

Morris, Lyle; Mazarr, Michael; Hornung, Jeffrey; Pezard, Stephanie; Bennendijk, Anika and Kepe, Marta (2019). Gaining Competitive Advantage in the Gray Zone. Santa Mónica (CA): RAND Corporation.

Pelnens, Gatis (2009). The “Humanitarian Dimension” of Russian Foreign Policy toward Georgia, Moldavia, Ukraine and the Baltic States. Riga: Centre for East European Policy Studies.

Rothenberg, Gunther (1991 [1986]). “Moltke, Schlieffen y la doctrina del envolvimiento estratégico”, en Paret, Peter (ed). Creadores de la estrategia moderna. Madrid: Ministerio de defensa, pp. 311-341.

Schneider, Fernand (1966). Historia de las doctrinas militares. Barcelona: Vergara.

Smith, Rupert (2019). The Utility of Force: the Art of War in Modern Word. New York: Knopf.

Smith, Rupert (2006). “Methods of Warfare: Interview with general Sir Rupert Smith”, en International Review of the Red Cross, 88 (864): 719-727.

Vandergriff, Donald (2008). Manning the Future Legions for the United States. Westport (CO): Greenwood Publishing Group.

Weber, Max (1988 [1902]). La idea de ciencia social (edición a cargo de Luis F. Aguilar). México DF: UNAM.


[1] https://www.antena3.com/noticias/mundo/milicia-prorrusa-lugansk-niega-luchar-region-donetsk-medio-guerra-rusoucraniana_2022081662fb8803902b280001e77ac5.html

[2] https://www.eldiarioalerta.com/articulo/guerra-ucrania-rusia/milicias-prorrusas-donbas-avanzan-mas-50-kilometros-ayuda-rusa/20220227092719449671.html

[3] https://www.understandingwar.org/backgrounder/russian-offensive-campaign-assessment-february-20-2023

[4] Procusto era un bandido del Ática (en el marco de la mitología griega) que, tras atar a quienes secuestraba a un lecho de piedra antropomórfica, cortaba sus cuerpos (es decir, la realidad, en la metáfora), para adaptarlos a la forma concreta del lecho (esto es, de la teoría, en la metáfora).


Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

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