Mucha es la literatura generada en el último lustro acerca de este tema. Algunos de esos trabajos son de mucha calidad, y nos permiten reflexionar respecto a la evolución de los conflictos en las últimas décadas. En lo que a mi respecta, he expuesto los parámetros fundamentales del debate, de manera más detallada, en un libro recién salido de la editorial: De las guerras híbridas a la zona gris: la metamorfosis de los conflictos en el siglo XXI (UNED, 2021). Dicho texto responde a varias inquietudes:
- La evolución del debate doctrinal que nos ha conducido hasta la zona gris;
- La clarificación de los conceptos al uso (también en lo que concierne a la guerra híbrida);
- El repaso a diversas situaciones reales que responden a esos parámetros;
- El planteamiento de medidas para combatir la zona gris, con ánimo de favorecer un debate que va a dar mucho juego en los próximos años.
Pero sería interesante recordar brevemente las líneas maestras dentro de las que se enmarca dicho debate.
Una parte del diagnóstico es ampliamente compartido: las guerras convencionales, entre Estados, cotizan a la baja. Ya lo apuntó Van Creveld en The Transformation of War, de 1991, para que luego lo ratificaran Mary Kaldor en su obra Nuevas Guerras (1999) y, con mayor contundencia, si cabe, Rupert Smith, en su libro The Utility of Force (2006). En este caso, el militar británico incluso advierte que las fuerzas armadas convencionales estarían entrando en una fase de obsolescencia, pese a disponer de las tecnologías más avanzadas, vinculadas a las últimas revoluciones en los asuntos militares (RMA), precisamente por un problema conceptual: no están adaptadas a la nueva tipología de conflictos.
Ahora bien, ¿de qué tipología estamos hablando? En realidad, no hay nada absolutamente nuevo. Las guerras de “baja intensidad” (como diría Van Creveld) o “entre la gente” (como diría Smith) son tan viejas como la humanidad misma. Entonces, el único inconveniente del enfoque de Kaldor es el prefijo.
Cuando Kaldor establece el retrato robot de los conflictos del futuro y, a raíz de ello, identifica ese papel más reducido de las fuerzas convencionales (aunque todavía existente); y a eso le añade un papel creciente de milicias y otros colectivos armados, de base civil o partisana; y a eso le suma la confluencia cada vez más evidente con el crimen organizado o con terroristas… Kaldor está anticipando, con bastante detalle, el concepto de hybrid warfare que más fortuna ha hecho, establecido por Frank Hoffman.
En todo caso, la guerra híbrida no es un “invento” de finales del siglo XX. Siempre la ha habido. De modo un tanto provocativo, el coronel estadounidense Antulio Echevarría, llega a decir que, según se mire, todas las guerras han sido híbridas. Al fin y al cabo, ¿qué decir del papel de las diversas Resistencias en plena segunda guerra mundial? ¿O del rol de la mafia siciliana, en apoyo de los desembarcos aliados del verano de 1943? Pero, no nos engañemos, para que una guerra sea híbrida, el peso del componente convencional debe ser más limitado que el que tuvo en la segunda guerra mundial y, vice-versa, el peso de los demás factores debe ser mucho más notorio que el desempeñado en la segunda guerra mundial. En realidad, provocaciones académicas al margen (legítimas y divertidas), Echevarría es consciente de ello.
Entonces, ¿Dónde reside la novedad?
Una parte de la novedad es cuantitativa. La otra cualitativa. Aunque ambas cuestiones están relacionadas y así será como las trataré en los párrafos siguientes. Lo primero tiene que ver con que las guerras que caen por debajo del umbral de lo convencional proliferan en nuestros días. En parte, proliferan debido a que algunas de las nuevas tecnologías de la información, de la comunicación y de la inteligencia artificial pueden ser rentabilizadas por actores no estatales para incrementar exponencialmente sus posibilidades en caso de conflicto contra un poder superior en fuerzas convencionales. Esos sistemas han dejado de ser el monopolio del más fuerte.
En parte, esas guerras proliferan porque muchos actores son conscientes de que potenciar el enfrentamiento contra fuerzas convencionales superiores los lleva al fracaso. Y, además, por la vía rápida. Mientras que diseñar una estrategia híbrida, abre un abanico de opciones, siempre más deseables que ser aplastados militarmente por fuerzas superiores. La novedad reside en que la asimetría de valores existente entre los que triunfan en las sociedades más avanzadas y los que subyacen a las que no lo son tanto (al menos a efectos económicos y tecnológicos) juega en favor del hybrid warrior. Lo podemos plantear a modo de secuencia lógica. Así, mediante el recurso a una guerra híbrida, se puede…
a) alargar el conflicto, evitando que el peso militar de la gran potencia de turno caiga sobre ellos y resuelva el conflicto en cuestión de pocos días, o de pocas semanas;
b) el hecho de alargarlo permite a la parte débil presionar a las grandes potencias, debido a que en la actualidad, las sociedades más avanzadas, más “aburguesadas” y más hedonistas (o, si se prefiere, post-heroicas, en el sentido de Luttwak), soportan poco y mal la atricción generada por cualquier guerra (ése sí es un dato temporal importante, que no se daba del mismo modo décadas o siglos atrás);
c) si la guerra (híbrida) se alarga indefinidamente -una hipótesis con la que ya trabaja Rupert Smith en el 2006- es factible que el actor más poderoso desista, por desgaste político (también electoral), económico y social interno, con lo cual David habrá derrotado a Goliat… evitando, en todo caso (o, si se prefiere, como premisa), un enfrentamiento convencional a gran escala.
Lo sucedido en Vietnam pero, también, en buena medida, la situación a la que estamos asistiendo con la retirada de los EEUU de Afganistán e Irak, constituyen buenos ejemplos al respecto. No menos que lo sucedido, poco antes, con los soviéticos en el mismo Afganistán. De esta manera, si pensamos en un conflicto entre actores (claramente) más débiles que otros, las guerras híbridas ofrecen opciones a la parte (más) débil, que no ofrecen las guerras convencionales.
Pero, siendo así, ¿qué sentido tienen las zonas grises?
Sencillamente, que las guerras híbridas tampoco son la panacea para David frente a Goliat. Porque el desgaste sufrido es también muy grande (para David). Incluso cuando se trata de sociedades más resilientes que las occidentales, es complicado soportar tanta presión durante tantos años. La hipotética victoria, a la larga, del débil, produce grandes desgarros a todos los niveles (sociedades fracturadas, destrucción de infraestructuras, profundas crisis económicas, demolición de las propias instituciones, etc).
Además, los mismos motivos (de corte sociológico) que han llevado a las sociedades occidentales a esa menor resiliencia, afloran por doquier. Lo hacen, por supuesto, a otro ritmo. Y con distinta profundidad. Pero lo hacen de modo inexorable. La irrupción de la clase media, el hecho de que la gente tenga cosas que perder, el acceso a nuevas tecnologías empleadas a modo de atalaya desde la que se atisban otras formas de vida, etc, limitan y limitarán cada vez más la capacidad de esas gentes para sacrificarse en guerras (aunque sean híbridas) de larga duración.
En esas circunstancias, la zona gris ofrece nuevas opciones a la parte débil. Ora sea un actor no estatal, otrora sea un Estado poderoso… pero no tanto como el defensor del statu quo.
Las ofrece, precisamente, porque ni siquiera se trata de un tipo de guerra. Se trata (por definición) de un tipo de paz. Aunque “sucia”, polemológica, basada en el ejercicio activo de la mala fe… no podemos olvidar que el hecho de no cruzar el umbral de la guerra forma parte de su misma definición. A cambio, los tiempos se alargan: los resultados solamente se aprecian a largo plazo. Es decir, presumiblemente, en plazos más dilatados que los que caracterizan a las guerras híbridas. De hecho, la idea de una zona gris sine die no es ningún oxímoron. Hasta en ese sentido la zona gris constituye una vuelta de tuerca más, adaptada a la misma lógica de las guerras híbridas. Porque el factor tiempo es importante, para agotar la paciencia (política, social y económica) de los actores más poderosos.
Es cierto que el desgaste generado en el actor más poderoso es menos contundente que el que sería propio de aventurarse a desatar una guerra híbrida en su contra. Pero sigue siendo importante. Mientras que, en la función de costes y beneficios aneja, los costes asociados a plantear una zona gris contra terceros son inmensamente más reducidos que los costes derivados de haber optado por una guerra híbrida. Esa circunstancia, unida a la posibilidad de que actores (más) débiles empleen nuevas tecnologías (en el ciberespacio) y nuevas herramientas (como las redes sociales) para difundir por doquier sus propias narrativas, sugieren que esta suerte de political warfare del siglo XXI… he llegado para quedarse.
En todo caso, estas fórmulas híbridas (en forma de amenazas, o de conflictos) empleadas para plantear auténticos órdagos geopolíticos, ya sean en formato de guerra no-convencional (guerra híbrida) o de paz polemológica (zona gris) están obligando a las grandes potencias a reorientar sus parámetros y sus prioridades en relación con el diagnóstico (incluyo la alerta temprana, aunque también el resultado de su análisis), el diseño de la fuerza (con una creciente importancia de las unidades de operaciones especiales), así como la doctrina de empleo de la fuerza convencional (precisamente, porque habrá que tener más maña que fuerza, sin perjuicio del papel disuasorio -fundamental- de dicha fuerza en escenarios de zona gris). Todo ello ante la sospecha de que, quizá, el general Rupert Smith tenía algo de razón. Aunque solamente fuera un poco. En realidad, alguna razón tenía, sin duda. Pero no toda. Probablemente, como Antulio Echevarría, Smith buscaba provocar para remover las conciencias.
Lo más importante para dosificar ese conocimiento y mejor adaptarlo a la realidad es alcanzar una comprensión adecuada de la evolución de los conflictos, de los elementos comunes a todos ellos, de los que constituyen una auténtica novedad (y hasta qué punto lo sea) así como de la conveniencia de generar nuevas capacidades, no menos que la de mantener otras ya existentes para lidiar con todo el espectro de conflictos: para lidiar con los más probables (aunque menos cinéticos) y para lidiar con los más peligrosos (aunque menos probables).

