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De Ucrania, de la ‘nueva’ estrategia de los Estados Unidos y de la imprudencia de los líderes políticos

https://global-strategy.org/de-ucrania-de-la-nueva-estrategia-de-los-estados-unidos-y-de-la-imprudencia-de-los-lideres-politicos/ De Ucrania, de la ‘nueva’ estrategia de los Estados Unidos y de la imprudencia de los líderes políticos 2022-05-03 10:46:18 Josep Baqués Blog post Estudios Globales Guerra Rusia - Ucrania

Hace veintitrés años Samuel Huntington, en un artículo titulado The Lonely Superpower, apuntó que el mundo dejaría de ser unipolar -o que ya estaba en ello- para pasar a ser multipolar. Pero añadió que lo haría a través de una etapa intermedia denominada ‘uni-multipolar’.  En esa fase, los Estados Unidos seguirían siendo un primus inter pares (pero no un auténtico hegemón). Varias potencias desafiarían el poder de Washington, en otros tantos escenarios. Entre ellas, de un modo destacado, lo harían Rusia y China. Pero también India, Irán o hasta Brasil. Mientras que, geopolíticamente hablando, los Estados Unidos defenderían sus posiciones mediante otros tantos Estados que ‘harían la pinza’ a esos poderes alternativos.

A las potencias desafiantes las llamaba major regional powers. Esas potencias ocuparían un ‘segundo nivel’, frente a la todavía situación preeminente de los Estados Unidos. Ahora bien, la esperanza de los Estados Unidos de prolongar durante algún tiempo su posición de privilegio dependería en buena medida del papel jugado por lo que Huntington denominó secondary regional powers. Son los Estados que ocuparían un ‘tercer nivel’, pero que lo harían de acuerdo con los intereses de Washington.

Se trataba de Estados ubicados en las proximidades de Rusia, China, India, Irán o Brasil, que podrían jugar un papel decisivo para presionar a los rivales de los Estados Unidos. La ecuación no ha salido todo lo bien que a la Casa Blanca le gustaría (pero eso no es culpa de Huntington). Para corroborarlo, iré citando, a vuelapluma, los Estados en los que Huntington depositaba sus esperanzas:

Pakistán está votando con India en la Asamblea General de la ONU para el tema de la guerra de Ucrania, además de ser miembro de la Organización para la Cooperación de Shanghái; Arabia Saudita no le coge el teléfono a Biden, porque entiende que casi todas las decisiones tomadas por los Estados Unidos en los últimos lustros la han puesto en peligro (papel en el programa nuclear iraní; desbancar a Saddam Husein para encontrarse con un poder chiita en Irak; influencia de todo ello en el conflicto del Yemen); Argentina está votando en el asunto ucraniano en el mismo sentido que Brasil, en los mismos foros y, como los cuatro Estados anteriores, está más cerca de Rusia (y/o de China) que de los Estados Unidos. Sin embargo, dos de los Estados citados por Huntington, como baluartes de los intereses de los Estados Unidos en el mundo, siguen en pie… más o menos. Se trata de Japón, fundamental para balancear a China. Y se trata de Ucrania, que según Huntington estaba llamado a ser el principal aliado geoestratégico de los Estados Unidos en Europa, ante cualquier tentativa rusa de recuperar el tiempo perdido.

No entro en otros detalles, sobre los que tendremos tiempo de hacerlo en los próximos meses. O años. Como el hecho de que Huntington nunca tuvo claro que Alemania o Francia fueran exactamente aliados de los Estados Unidos. Él los clasificaba entre los secondary regional powers, con lo que ello implica, mientras depositaba su confianza en el Reino Unido, para que jugara el papel de Japón, o de Ucrania, llegado el momento.

Sea como fuere, lo que ahora acontece en Ucrania estaba más que previsto en el diagnóstico de Huntington. No en su detalle, claro. Nadie podía saber si los objetivos de Rusia incluirían algún día el control de toda Ucrania, o de una parte; o si la guerra tendría como objetivo el asalto de Kiev, o solo el control del Donbas, o quizá el establecimiento de un corredor costero que impida a Ucrania una salida al mar… incluso en tiempo de paz. Nadie sabía a ciencia cierta si la zona gris surtiría su efecto, sin necesidad de escalar a una guerra, híbrida o convencional. Entre otras cosas, porque ese tipo de decisiones dependen del papel de los demás actores, de las opciones de quien protagoniza el ataque y de otras variables importantes, medibles tanto en clave interna como en clave sistémica, en el momento en el que se agota la ‘paciencia estratégica’ del agresor.

Es decir, nadie sabía el desarrollo exacto de las hostilidades, ni siquiera en la Rusia de Putin. Depende de esas variables, de las ventanas de oportunidad, de los obstáculos que haya en el camino (o no). Pero es que, en clave geopolítica, lo importante no es el detalle de las operaciones, sino atisbar su posibilidad. Y Huntington tenía claro que Ucrania era fundamental para la estrategia de Rusia… y para la de los Estados Unidos.

Pero Huntington no fue el único autor ‘profético’. De John Mearsheimer se ha hablado mucho estas semanas, por cuanto en 1993, hace casi 30 años, ya indicó que si Ucrania se desembarazaba de las armas nucleares procedentes de la antigua URSS algún día tendría problemas ante una ofensiva rusa. No estoy diciendo que lo mejor para el mundo sea que Ucrania disponga de armas nucleares. Personalmente, no me daría una gran tranquilidad. No me fío de Putin. Nunca lo he hecho. Pero tampoco me fío de Zelenski. Ni de las mentalidades que están detrás de ambos. Solamente planteo que, otra vez, los expertos en geopolítica se acercan al blanco mucho más que los decisores políticos de turno. Difícilmente acertarán en el detalle, porque no son adivinos. Pero suelen acertar en la tendencia, mientras opinadores y políticos se centran en la coyuntura del último instante y en las próximas elecciones. Y, además (y eso es lo fundamental) los primeros operan con marcos teóricos… los segundos, no.

Ahora bien, hoy no voy a hablar de ese aspecto de las tesis de Mearsheimer, sino de cuestiones más estructurales. Lo planteo porque los Estados Unidos están cambiando su estrategia, en el sentido que apuntaba Mearsheimer en 2001. Lo hace en su libro The Tragedy of Great Power Politics. No se basa en lo que dice éste o aquel líder político. Eso es cosa de los periodistas y de los servicios de inteligencia. Es decir, tiene un valor demasiado limitado. De nuevo, lo importante son los marcos teóricos.

Entonces, Mearshemier ofrece diversas opciones de corte neorrealista ofensivo, alejadas de la mera superioridad militar y de las aventuras que ésta podría propiciar. Este autor ya apuntó el shift de los Estados Unidos hacia Asia-Pacífico hace 21 años, cuando eso era cualquier cosa menos evidente. Pero la cuestión es que ese giro no es un fin en sí mismo. Es el resultado de una serie de cálculos hechos desde la Casa Blanca, para mantener esa hegemonía que, en realidad, ya ha dejado de serlo. Se apunta a Asia-Pacífico porque ahí es donde está el major regional power (por emplear los conceptos de Huntington) que de un modo más urgente afecta a los intereses de Washington.

OK. Pero… ¿qué sucede con los demás poderes regionales? ¿Qué hacer con Rusia, que sería el siguiente de la lista, si no por su potencial económico, sí al menos por su proactividad? Cuando una gran potencia trata de defender sus posiciones en el tablero mundial en plena decadencia, las estrategias a seguir no pueden ser las mismas que cuando trata de hacerlo en pleno apogeo. Pero hay opciones. Mearsheimer apunta que a los Estados Unidos solo les queda ser un off-shore-balancer: un equilibrador de ultramar. Especialmente en Europa, si su prioridad es Asia-Pacífico. Aunque también allí, cuando cualquier otra opción sea inviable.

Eso implica que la disminución de la presencia militar permanente de los Estados Unidos en el Viejo Continente es inevitable. Lo cual correlaciona con el énfasis de Washington en que los Estados europeos asuman más gasto en defensa para balancear, sobre todo, a Rusia. Pero a través de esa idea se apunta que desde los Estados Unidos se debería seguir apoyando a sus socios europeos en caso de conflicto. Quizá de la manera en que lo están haciendo con Ucrania: enviando dinero, armas y municiones. Quedarán dudas acerca de la disuasión nuclear. Dudas que sonarán a déja vu, para quienes recuerdan (yo lo hago, y no había nacido) los motivos de la retirada de Francia de la estructura militar integrada de la OTAN en 1966, tras la puesta en marcha de la doctrina de la ‘respuesta flexible’ de MacNamara (establecida en 1962). Pero también sonará a déja vu, a quienes recuerden la crisis de los euromisiles, en los años 80 del siglo XX. Que ahora mismo Francia tenga en el mar a tres de sus cuatro SSBN es significativo.

Tantos misiles nucleares apuntando al territorio ruso son una buena garantía disuasoria, una vez llegados a este punto, porque una cosa es soportar bombardeos convencionales y otra muy distinta soportar bombardeos nucleares. Los bombardeos de Londres (y otros) fortalecieron la voluntad de resistencia de la población británica en la segunda guerra mundial; así como los de Berlín (y otros) en el caso alemán. Pero los de Hiroshima y Nagasaki acabaron con la voluntad de resistencia de Japón en tres días. De poco sirvió el código Samurái… Si algún misil nuclear cae en Moscú, como respuesta a un ataque previo del mismo tipo desplegado por el Kremlin, en Europa cambiarán gobiernos y habrá que replantear muchas cosas. Pero el régimen de Putin se tambaleará qua regimen, de un modo que no lo hará -no, al menos, durante bastante tiempo- si simplemente está inmerso en una guerra convencional.

Volviendo a los Estados Unidos, ser un off-shore-balancer no niega la posibilidad de enviar tropas a los territorios a balancear. Eso terminó sucediendo en la primera y en la segunda guerra mundial, incluso sin que esa categoría analítica estuviera sobre la mesa. Pero en ambos casos eso se produjo cuando el desgaste de los oponentes de los Estados Unidos ya era evidente.

Sin embargo, la teoría del off-shore-balancer debe ser completada con otras aproximaciones, ofrecidas por el propio Mearsheimer, para entender lo que está sucediendo en Ucrania. Los ejemplos que acabo de proponer, relativos al papel de los Estados Unidos en las dos guerras mundiales, implican la aplicación de esta tesis a un período en el que los Estados Unidos todavía no eran el Estado hegemónico. Fueron pasos necesarios para llegar a serlo. Pero se trataba de una potencia en auge. No es el caso actual, más de un siglo después de esa primera intervención limitada, pero exitosa. La vida de los Estados, y la de los Imperios, así como la de las personas, conoce etapas. Lo importante es saber en qué etapa de la vida estamos, para gestionar lo mejor posible nuestras opciones. Pero también para determinar cuáles son (realmente) esas opciones.

En el caso actual, en suelo ucraniano, los Estados Unidos han optado por aplicar el bloodletting. Ya lo he comentado en algún artículo anterior (Guerra de Ucrania: consideraciones adicionales), también publicado en esta web. Hace dos meses de esa publicación, que coincidía con los primeros días de la guerra. No se podrá decir que las cosas no se avisen con tiempo…

El bloodletting implica entregar dinero, armas y municiones a la parte más débil en una guerra, sin implicarse directamente. O, al menos, sin implicar gran número de tropas propias. Eso tiene sentido cuando la parte más fuerte es un rival geopolítico directo. Porque el objetivo del bloodletting no es ganar la guerra, sino que ésta se dilate en el tiempo. De ese modo, el desgaste del rival geopolítico es más evidente.

La búsqueda o el mero mantenimiento de una situación de ventaja en la competición estratégica entre grandes potencias tiene diversas faces (con ‘c’). Puede lograrse potenciando el poder propio, o debilitando el ajeno, aunque el propio no tenga visos de ir a más. En todo caso, se produce un desequilibrio beneficioso para el actor que menos se desgasta y pernicioso para el que más lo hace. Es una de las opciones para hacerse con la hegemonía. En este caso, hegemonía regional, en Europa.

Ante la tesitura de tener que enfrentar a la vez a China y a Rusia, la mejor opción para Washington es que alguno de los dos salga muy debilitado de alguna guerra, incluso aunque la gane. En otros lugares me he cansado de decir que el principal error de la gran estrategia de los Estados Unidos en las últimas décadas ha sido llegar al punto de tener que enfrentarse a la vez a Rusia y China (lo cual se agrava si ponemos en la misma ecuación a India). Había otras posibilidades. Pero en los Estados Unidos no van sobrados de lucidez geopolítica.

Dicho todo lo cual, el bloodletting constituye una buena estrategia, dadas las circunstancias, y siempre desde el punto de vista de los intereses de los Estados Unidos. De hecho, a los Estados Unidos le irá bien, sobre todo mientras China le haga el ‘abrazo del oso’ a Rusia (paradojas plantígradas). Porque a China también le conviene una Rusia debilitada. Una Rusia condenada a comer de su mano hasta que Pekín le dé la estocada, dentro de unos años. De ese modo, el gobierno de Pekín, al mando del ‘Imperio del Centro’, invertirá el resultado de los Tratados desiguales de la segunda mitad del siglo XIX (por los que tanto territorio perdió, en buena medida a manos de esa Rusia zarista de la que Putin nunca ha renegado) y de ese modo China acelerará el siempre complicado asalto a la hegemonía mundial, una vez se haya consolidado como hegemón asiático.

Todo eso encaja. Incluso el interés de los Estados Unidos para frenar a China a través del AUKUS. Porque si Rusia no le pone las cosas difíciles al gobierno de Pekín en Asia, a Biden no le queda otro remedio que hacerlo desde Washington. Todo eso encaja, decía, en buena lógica geopolítica.

Lo único que no encaja es, como casi siempre en estos casos, el papel del país ‘apoyado’ en el bloodletting. Esta vez, Ucrania. ¿A quién le importan realmente los ucranianos? Al Secretario General de la ONU, claro. Está en su papel. Pero… ¿A quién le importa el Secretario General de la ONU? Ucrania es apenas una pieza del tablero mundial. Está en mal sitio.  A fuer de ser lo que planteaba Huntington, es también un pivote geopolítico en el sentido de Brzezinski. Un pivote geopolítico en medio de una partida en la que el protagonismo lo tienen los auténticos jugadores geoestratégicos, por seguir con la terminología de Brzezinski. El problema de Ucrania es que es lo que es, le guste o no ¡Pobre Ucrania! Ya sé que no es la primera vez que termino un artículo de esta manera y… tal como está la guerra, no creo que vaya a ser la última.

En todo caso, añadiré una reflexión adicional: ser un héroe no implica necesariamente ser muy listo. Es posible, y hasta probable, que una parte de los héroes más conocidos de la historia de la humanidad fueran un poco miopes (mentalmente hablando, claro). También es posible que ahora ya no haya vuelta atrás. En ocasiones el guión domina a los autores. Y ya no digamos a los actores. A mitad de la novela (aunque se trate de una tele-novela) los personajes ya no pueden cambiar tan fácilmente el curso de los acontecimientos. Son arrastrados por el guión. En todo caso, había que pensarlo antes. En relación con Ucrania, solo queda aplicar ese refrán castellano, tan castizo, y por ello tan inteligible: ‘entre todos la mataron, y ella sola se murió’.

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