Global Strategy Report, 8/2024
Resumen: Mucho se les llena la boca a ciertos ciudadanos y políticos de democracia. Pero, como dijo Sancho Panza, “no está hecha la miel para la boca del asno”. La democracia es un bien muy preciado, que no solo ha sido erosionada por sus críticos, sino también, curiosamente, por sus defensores. Pero hay algo estructural en todo ello. Es lo que trataremos de desentrañar en las próximas páginas.
Para citar como referencia: Baqués, Josep (2024), «Democracia y terror», Global Strategy Report, 8/2024.
Introducción y aclaraciones preliminares
Hace un tiempo, publiqué en Global Strategy un Report en el que trabajé el concepto de democracia, a través de una mirada diacrónica. Funcionó bien supongo, porque algunos compañeros (profesores de Universidad) me comentan que lo emplean en clase, cuando toca desarrollar y/o debatir este tema.
Creo haber acentuado, en dicho texto, algunas ideas que son importantes. A saber…
La democracia ha sido una excepción histórica y que, incluso cuando se ha implementado, un análisis más riguroso de la realidad demuestra que dicha tentativa ha dejado mucho que desear. Dicho con otras palabras, quien quiera la democracia debe ser crítico con sus defectos. Si no estamos en guardia, los (más) demócratas pueden (suelen, de hecho) cargarse la democracia. Que actúen de mala, o, encima, de buena fe, es algo difícil de desentrañar en abstracto. Hay que bucear en cada caso. Sea como fuere, esa idea de que hay que proteger la democracia hasta de los propios demócratas, es algo que aprendí de la lectura del Espíritu de las leyes, de Montesquieu (1748), aunque él lo planteaba, técnicamente, como una búsqueda de las condiciones de posibilidad de la democracia. Es decir, habida cuenta de sus problemas… qué hacer para que la democracia sea funcional. No es otra la causa del énfasis que él pone y propone en la división de poderes (empiezo suave, por citar un elemento potencialmente conocido por todos los lectores).
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Lo segundo que se puede constatar es que la época dorada de la democracia ha llegado de la mano del liberalismo (también adalid de esa división de poderes, por cierto). Si bien, el liberalismo constituye, en sí mismo, una teoría diferente -y por momentos contradictoria- con la democracia como tal. Así fue durante casi 200 años, contados a partir de los dos Tratados sobre el gobierno civil de John Locke (1688). Sí, pero precisamente es de esa síntesis y equilibrio entre la teoría democrática y la teoría liberal que han surgido regímenes muy estables y garantistas de los derechos individuales. Sobre todo, en el mundo occidental. Porque son regímenes que buscan compatibilizar el respeto a esos derechos con la participación de los ciudadanos en la toma de decisiones. Lo contrario (una democracia sin límites) conduce a eso que los intelectuales más brillantes de la “izquierda” (Stuart Mill) y de la “derecha” (Tocqueville) han denominado “tiranía de la mayoría”, al menos, pues, desde mediados del siglo XIX. Son muchas las veces que ambos se indignan ante la deriva antiliberal de las democracias. Pero, para dar unas pinceladas, he seleccionado alguna frase de cada uno. Así, Tocqueville plantea, de modo muy incisivo, lo siguiente (como para reflexionar): “se hace difícil concebir cómo hombres que han renunciado enteramente al hábito de dirigirse a ellos mismos podrían elegir acertadamente a quienes han de conducirles; y no es posible que un gobierno liberal, enérgico y sabio, se establezca con los sufragios de un pueblo de esclavos” (Tocqueville, 1993, II: 268). Por su parte, su amigo Stuart Mill apunta que “las instituciones representativas también pueden ser simples instrumentos de tiranía e intriga” (Mill, 1994: 8). Si bien en el caso del británico, merece más la pena que el lector saborée su libro Sobre la libertad (1859), que está repleto de citas de este estilo. Yo lo haría, pero escribo mis análisis a vuelapluma, acabo de acercarme a la estantería donde lo suelo tener, y no lo he encontrado. Pero ahí está todo…
Pero el problema ha ido a más. En realidad, esos dos autores (ya clásicos) son los padres -respectivamente- del liberalismo social que hoy inspira a la socialdemocracia y del liberalismo conservador que hace lo propio con la ideología homónima. Que lo hacen, o que deberían hacerlo, porque los niveles de ignorancia de los líderes políticos actuales son tan supinos que, a veces, cuesta saber a qué juegan, más allá de la maximización de sus beneficios personales a través de los votos. Lo que digo no es algo que no tenga fundamento. Por el contrario, es muy básico en ciencia política, y ha sido recogido a las claras por Anthony Downs en su libro Teoría económica de la democracia (1957).
Lo tercero que hay que tener en cuenta es que en las escasas ocasiones en las que se ha intentado implementar un modelo democrático puro (sin mezcla de liberalismo) esas experiencias han terminado abocándonos a regímenes del terror y/o totalitarios. Aquí empleo las palabras en términos académicos: la etapa jacobina y la soviética, denominada dictadura del proletariado, que quería ser un tipo de democracia directa, y terminó siendo, justamente, lo que su lexema ya indicaba. O, como le espetó Rosa Luxemburgo a Lenin -siendo ambos marxistas-, una dictadura sobre el proletariado (el cambio de la preposición empleada es fundamental). Lo hizo, suponemos, en 1918, aunque el texto fue publicado a título póstumo, en 1920, toda vez que Rosa Luxemburgo murió en extrañas circunstancias (asesinada, vamos) tras ser represaliada por la policía de un muy democrático gobierno socialdemócrata, en la muy ejemplar República de Weimar (los lectores acostumbrados a leer mis trabajos sabrán manejar mi ironía, pero lo advierto para los noveles).
El padre de la democracia… también tuvo hijos con el totalitarismo
Entonces, en el Report de hoy, más que profundizar en la teoría y en los conceptos que, en buena medida, y de acuerdo con lo indicado en esta presentación, ya están puestos a disposición del lector, me propongo trasladar esa teoría a la práctica, esto es, a lo sucedido, cuando los (más) demócratas han podido implementar su ideal de democracia sin límites (alejándose, claro, de Locke, de Montesquieu, de Tocqueville y de Stuart Mill). ¿Y qué mejor ejemplo, para ello, que la Revolución francesa? En mis clases presenciales conecto la teoría política del demócrata radical y totalitario Jean-Jacques Rousseau con la práctica revolucionaria de Robespierre y compañía, pues realmente es el caso (los ejecutores de dicha Revolución eran rousseaunianos, mientras que el propio Rousseau ya había muerto cuando se tomó la Bastilla).
Pero, por aquello de citar argumentos de autoridad, incluso cuando quizá no sea indispensable, lo seguiré haciendo. De modo que encabezo mi texto con una cita de un historiador francés, buen conocedor del tema:
“To Taine and his school the Terror was a political philosophy written in blood. The philosophy was that of Rousseau, and the Terror was an interlude of Jacobin paranoia” (Greer, 1935: 5).
¿Qué sucedió para poder desplegar ese Terror? A nivel teórico, todo está muy claro. Rousseau dijo, en su libro El contrato social (1762) que, si a un ciudadano el “Estado” le dice que “debe morir”, tiene que hacerlo. ¿Cuál es el argumento que sostiene tal cosa? A decir del ginebrino, que “la vida no es solo un derecho natural, sino que es también un don condicional del Estado” (Rousseau, 1993: 34). Pero las frases grandilocuentes del totalitarismo democrático no terminan ahí. La obra de Rousseau está plagada de ellas. Podemos plantear, algunas, en batería, para que el lector se haga una idea… “De igual modo que la Naturaleza otorga a cada hombre un poder absoluto sobre sus miembros, el pacto social otorga al cuerpo político un poder absoluto sobre todos los suyos, y este mis o poder dirigido por la voluntad general, lleva el nombre de soberanía” (Rousseau, 1993: 30). Todo eso deriva de un axioma, que reza del siguiente modo: “Cada uno de nosotros pone en común su persona, y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general”, advirtiendo, de paso, de las -según él- nefastas consecuencias que derivarían de que “los particulares conservasen algunos derechos” (Rousseau, 1993: 15). Para terminar apuntando, como consecuencia de todo lo anterior, que “quien se niegue a obedecer la voluntad general será obligado por todo el cuerpo” (Rousseau, 1993: 18-19). Y para terminar con su desfachatez habitual, diciendo eso de que lo anterior no debe ser interpretado sino como que ese “cuerpo” (social) le “obligará a ser libre”. Lo siguiente ya es el cartelito de algunos campos de concentración nazis en la segunda guerra mundial que decían: “el trabajo (no recordaban que forzado) os hará libres”. Pues eso.
Muy divertido, todo ello, a la par que paradójico: me obligarás a ceder todos mis derechos individuales (es literal, en la obra de Rousseau) y, encima, tendré que agradecerte que me has “liberado” (¿no es genial?). El “Estado” me liberará de tener que educar a mis hijos. Léase: de los hijos que el Estado deje que nazcan, claro, pues le puede dar por fomentar políticas abortistas, y pronto infanticidas, ya verán, ya… y/o de dotar de impunidad a quienes optan por ello, pues si los ya nacidos ceden todos los derechos al poder político, a los todavía no nacidos la voluntad general soberana los “deshumaniza” -literalmente, pues se hace exactamente eso- para de ese modo poderlos quitar de en medio antes de que molesten demasiado. El poder político me liberará de educarlos, decíamos, pues ya los educará ese mismo Estado. El Estado también me liberará de tener que manejar mi patrimonio. O la parte de mi patrimonio que me deje conservar, claro, pues el ideal al que tiende, casi como por inercia, el argumento de Rousseau (que, con el tiempo, configurará la esencia de la dictadura del proletariado, porque así lo quiso Marx en su libro La guerra civil en Francia, de 1870, al defender la Comuna de París) es que desaparezcan, también literalmente, los conceptos de “mío” y “tuyo”. Pues, nada, ya me dirá el Estado lo que finalmente ingreso. Más aún, si cabe: el poder político me dirá qué tengo que pensar y cómo debo hacerlo, me dirá quién miente y quién dice la verdad en los mass-media, de modo que, encima, tendré que agradecerle que me “libere” de tener que pensar por mí mismo. ¡Dios mío! ¡Cuánta libertad!
Pero, tras ese grito, que supongo es lo natural tras sentirme tan “liberado” de tener que educar a nadie; “liberado”, así mismo, de tener que gestionar ningún patrimonio; o “liberado”, en fin, de tener ni siquiera que pensar en nada, después de esa vorágine de libertad tan inconmensurable, digo, me surge, sin embargo, una pregunta incómoda. Una pregunta que es residuo, sin duda, de mi anterior deriva, demasiado libre (ahora, sin ironías) para encajar bien con la democracia radical. Qué mala surte la mía, con lo feliz que podía haber sido si llego a negar mi individualidad en medio de la vorágine democrática llamada a abducirme. Pero la pregunta está ahí, sobrevolándome. La pregunta que me surge es, en definitiva: ¿qué distingue todo esto que defiende Rousseau de lo acontecido en la Unión Soviética? Y la respuesta es… NADA de NADA. De hecho, la gente no lo sabe, pero en la URSS se votaba periódicamente. Claro que sí. El único pequeño problema es que tenían que pensar lo mismo que todos los candidatos aceptados por el poder que, a su vez, pensaban esencialmente lo mismo. Nada, nada, que nos pongan a todos un pijama de rayas, y así nos “liberan” también de tener que elegir la ropa que nos ponemos. O casi mejor, que no tengamos ropa propia. Y así nuestra libertad ya será completamente plena. Y que podamos volver a ir en pelotas a todas partes. O, mejor aún, que tengamos que hacerlo. Total: sin nos quieren dejar en pelotas, intelectualmente hablando… ¿por qué no explicitar eso, y hacerlo visible, mediante el más aparente despelote físico? Porque tenemos vergüenza: esa es la respuesta. Y, entonces, mi nueva pregunta es… Si la tenemos, ante nuestra física desnudez… ¿Cómo no la vamos a tener ante nuestra desnudez moral, mental e intelectual? Y la respuesta es porque hay gente hipócrita, y otra que es cínica. Son los nuevos esclavos. Y ahí me quedo, porque ya veo que la democracia llevada a su extremo, que es lo que hizo Rousseau, desde el primer día, nos lleva por muy mal camino. Para fortalecerla y salvarla es perentorio huir de sus propias tentaciones.
Pero esto, es decir, la suma (o la intersección) de todo esto, es, ciertamente, lo que explica que se tenga claro, de nuevo, tanto desde la “derecha” (Hayek, 1978: 140-142), como desde la “Izquierda” (Marcuse, 1969: 212 y 231) que la democracia puede llegar a ser totalitaria. Lo cual no significa que no lo puedan ser las dictaduras. Pero sí significa que las democracias no están exentas de dicha posibilidad, o, lo que es lo mismo, que con o sin elecciones de por medio (recuérdese la URSS, o el resto de las autodefinidas como “democracias populares” del extinto Pacto de Varsovia) las diferencias entre algunas democracias (las que lo son más, paradójicamente) y algunas dictaduras (las que lo son más, no tan paradójicamente) son menores de lo que la gente no avezada en estos temas (incluyendo en el grupo a muchos políticos) estaría dispuesta a reconocer. So pena de quedar ellos mismos retratados. Eso sí, tengo que hacer un matiz adicional: el marxista frankfurtiano judío-ateo Marcuse y el liberal-conservador austro-estadounidense agnóstico, de raíces sociológicas e intelectuales cristiano-católicas Hayek que, lo único que tenían en común es que eran contemporáneos, apuntan que la democracia puede ser totalitaria por dos motivos diferentes: Hayek cuestiona esa deriva en todo caso; mientras que Marcuse la ve, en los otros, pero desea hacerla suya y aprovecharla en su propio beneficio. Algo de ello he expuesto, asimismo, en otro Report de Global Strategy.
Seguidamente, vamos a descubrir el efecto perverso de las frases grandilocuentes de los grandes demócratas. Que, por grandes demócratas, tienden al totalitarismo y, por ende, a poner en peligro aquello que decían querer defender, o hasta potenciar: nuestra querida democracia. Porque si el Estado, en una situación de falta de división de poderes, como pretenden los apóstoles de la democracia sin mezcla rousseaunianos es quien decide (por mayoría parlamentaria, ¡faltaría más!) quien tiene derecho a seguir viviendo y quién debe morir (antes hemos visto que, por sorprendente que eso pueda parecer, es lo que hay); o quién tiene derecho a tener un negocio, y quién no; o quién tiene derecho a ejercer el periodismo y quién no… entonces ocurren cosas como que se persigue a todos aquellos que no les ríen las gracias a los líderes electos, demócratas a machamartillo y por eso, totalitarios irredentos. Para lo cual, se “inventan” (literalmente) todo tipo de nuevos delitos. Fue el caso de la muy democrática (más, imposible, desde luego) Francia de Robespierre.
Ahí (y así) aparecieron delitos, susceptibles de llevarte al patíbulo (normalmente, pero no solo, en forma de guillotina) que iban desde el “négociantisme” (Castro, 2013: 286), que permitió linchar impunemente y/o guillotinar legalmente, por ejemplo, a los panaderos que, incapaces de combatir la inflación galopante, vendían el pan a un precio que la voluntad general soberana (en realidad, el propio Robespierre, una vez se había cargado la autonomía del poder judicial) interpretaba que eran precios demasiado elevados), hasta el “libertinaje sexual” (Castro, 2013: 386). Hay que tener en cuenta que Rousseau, Robespierre y otros padres de la democracia tenían una bien ganada fama de misóginos -la palabra “machismo” se antoja moderada para aludir a su odio hacia las mujeres-. Pero no eran de ultraderecha, sino, si acaso, de ultraizquierda. Por ese delito le cortaron el cuello a una de las primeras grandes feministas de la historia, Olympe de Gouges, que tuvo la osadía de quedarse embarazada siendo soltera (algo imperdonable, desde el punto de vista de la “virtud republicana” reclamada por los demócratas galos). Bueno, en verdad había dos cargos contra la desdichada feminista gala, pues el otro era que se atrevió a escribir un manifiesto (pues no era otra cosa en la práctica), titulado Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana, lo cual ya fue considerado “contrarrevolucionario” por la omnipotente voluntad general democrática soberana, de la que no formaban parte las mujeres -cosas de Rousseau y Robespierre, una vez más- (Castro, 1993: 294) ¿Y qué decir, en fin, de la Oficina del Espíritu Público, auténtico órgano de la censura orquestada contra todos los periodistas críticos con la Revolución[1], que eran sistemáticamente identificados como “enemigos del pueblo”, por el totalitarismo democrático y, tantas veces, guillotinados (o arrojados al Sena)? Siendo igual de eficaz, tal Oficina, eso sí, para subvencionar a los periodistas (y otros voceros) afines (Castro, 2013: 206 y 298).
Quiero insistir en este punto. Porque la gente suele relacionar democracia con votar, sin más. Y ése es un craso error. Porque en las dictaduras también suele votarse, aunque tenga que ser, claro está, a candidatos de su único partido. Así sucedía en la URSS, mientras que Hitler convocó referéndums vinculados, eso sí, a causas nacionalistas de su conveniencia. Entonces, los teóricos de la democracia no pueden conformarse con eso y, de hecho, no lo hacen. Sufragio activo y pasivo, lo hay muchas veces. En cambio, piden otras cosas, que, curiosamente, constituyen un bien más escaso, como la libertad de expresión y la libertad de prensa (Dahl, 1989: 169). Es un lugar conocido entre los politólogos y, por la dosis de razonabilidad que incorpora, no extraño al sentido común. Por ello, no insistiré. Pero no quería dejar de apuntarlo.
¿Y qué decir de la independencia del poder judicial? Pues que Rousseau y Marx la niegan. Esto comienza repartiendo indultos y amnistía a discreción, según convenga (este verbo es importante) al gobierno de turno, y, una vez roto el molde, puede terminar al revés (aunque son dos caras de la misma moneda). Veamos la siguiente noticia, de cosas acaecidas en la Francia rousseauniana, de la mano de su lacayo, Robespierre:
“Philippe- Frédéric de Dietrich (1748-1793), partidario de la monarquía constitucional, de 1790 a 1792 fue alcalde de Estrasburgo, desde donde protestó contra los sucesos de agosto de 1792[2]; convocado por la Convención, se refugió en Basilea y fue absuelto por el tribunal de Besançon el 7 de marzo de 1793. A su regreso a París, Robespierre declaró, en el club de los Jacobins: `la justicia nacional exige que él sea condenado, y el interés del pueblo exige que lo sea inmediatamente´. En consecuencia, el tribunal revolucionario lo condenó a muerte. Fue guillotinado el 29 de diciembre de 1793” (Zizek, 2016: 209).
Y así, tantos otros… miles… en el siguiente epígrafe lo comentamos. Pero todavía no hemos terminado con este. No se vayan todavía, que aun hay más… y suculento…
Slavoj Zizek, que es, probablemente, el intelectual de primera fila de nuestros días que más defiende el legado de Robespierre, lo tiene claro. Pues no es hombre de medias tintas, ni que se esconda. Dice lo que piensa y no cambia de opinión (no miente). Así, en sus propias palabras, y en el contexto de un libro que pretende salvar y salvaguardar a Robespierre, apunta que:
“la auténtica tarea no reside en explosiones democráticas momentáneas que socavan el orden policial establecido, sino en la dimensión que Badiou identifica como la fidelidad al Acontecimiento (…) ¿Cómo imponer a la realidad social un orden nuevo, duradero? Ésa es la dimensión propiamente “terrorista” de cada verdadera explosión democrática: la brutal imposición de un orden nuevo” (Zizek, 2016: 45).
Qué ocurre cuando el totalitarismo democrático domina la escena
Ahora sí, ha llegado el momento de rematar la tarea con un breve -pero intenso- repaso de los efectos prácticos del totalitarismo democrático. Creo que es un buen colofón para este análisis, porque, de no obrar así, todo se quedaría en el terreno de la abstracción. Pero no, la abstracción solo es una manera de entender la realidad, y, por ello, la realidad no es (no puede ser) contraria a la abstracción, sino que constituye su razón de ser y su prueba. Vayamos a por ello…
Robespierre, para mantenerse en el poder, debía arrastrar en beneficio de su causa a los sans-coulottes y, para ello, a su vez, se veía obligado a hacer concesiones en materia económica: siguiendo un criterio, de hecho, rousseauniano, asumió que una república con grandes diferencias de riqueza no sería una auténtica democracia. Así, Saint-Just procedió con las leyes de Ventôse, que tenían por objeto que los bienes de los “sospechosos” fueran expropiados, para entregarlos a los más pobres (Greer, 1935: 11)[3]. Esto fue generando crispación y más represión.
Pero el elemento clave es la máxima de Maximilien, según la cual a los enemigos de la república solo les debe esperar la muerte. Siguiente problema: ¿Quién lo es? Quién diga la voluntad general rousseauniana, claro. ¿Qué paso? Sencillo: “la pena máxima fue dictada para una gran variedad de actos específicos, de modo que la definición de “enemigos de la república” hizo posible su aplicación a casi cualquier tipo de casos” (Greer, 1935: 13).
Los tribunales, en fin, eran una broma, desde el momento en que sus componentes eran elegidos por la Convención -estaban politizados al máximo- mientras que las leyes procesales fueron reformándose, ad hoc, en función de la conveniencia política de dejar menos garantías a los procesados. Así, por ejemplo, el Decreto de octubre de 1793 fue aprobado para virtualmente negar todo derecho a la defensa de los girondinos, de modo que la duración de los juicios se redujo a … ¡3 días! (Greer, 1935: 20). Finalmente, la ley de 10 de junio de 1794 (22 Prairial) negó a los acusados el derecho a un abogado defensor, así como a disponer de testigos para su defensa (ídem): ¡BRUTAL! Pero así fue, en nombre de la república. Luego, años después, llegaron los muy estalinistas juicios de Moscú… con unos 800.000 muertos. Pero… ¡¡Si es lo mismo, caramba!!
Además del nefando tribunal revolucionario de París, en este período se establecieron otros, en Cambrai, Rochefort, Arras, Brest, y Toulouse (ídem).
En todo caso, muchos sentenciados a muerte lo fueron por comisiones, a veces militares, otras veces civiles, creadas ad hoc, con la misión de perseguir emigrés (léase rebeldes), pero que, en la práctica, mataron a cualquiera que no estuviera de acuerdo con los ideales de la república, por ejemplo, a muchos sacerdotes refractarios (Greer, 1935: 21). La característica común a todos esos tribunales era que sus sentencias eran inapelables, cargándose de ese modo, el principio de doble instancia, fundamental en un Estado de derecho.
Incluso hubo una (mala) suerte de tribunales o comisiones que se dedicaba a ir pasando por las cárceles, ordenando la ejecución, por fusilamiento (o de un disparo en la cabeza, que sale más barato, rápido y es menos visible) de presos seleccionados aleatoriamente (o por fobias personales, pues no hay motivación de las sentencias). En este caso, al lado del expediente del desgraciado, se ponía una “F” (fusiller). Y Santas Pascuas.
¿Cuánta gente fue condenada a muerte por esa amalgama de tribunales? Según fuentes prorrevolucionarias, de la época, como Prudhomme, fueron 18.613 personas. Estudios posteriores, independientes, hablan de 14.807 sentencias de muerte, mientras que el autor del libro, tras ulteriores pesquisas, desarrolladas por su cuenta, fija la cifra entre 16.594 y 17.000 (Greer, 1935: 25). Pero, como señala Greer, esa fue la parte menor de los opositores asesinados en nombre de la democracia. Veamos, entonces, que sucedió, en realidad.
Porque, en todo caso, la cifra de encarcelados por motivos políticos, solo entre marzo de 1793 y agosto de 1794 asciende a 500.000 personas (ídem: 27-28). Los asesinados fueron apenas un 3% del total. Pero eso tiene dos explicaciones: la mayor parte de las detenciones eran puramente preventivas; los no asesinados no se limitaron a pasar meses o años de cárcel: hubo condenas a trabajos forzados (normalmente, en galeras) y torturas como la “picota” (Greer, 1935: 29). De hecho, muchos miles murieron, también, en esas circunstancias, sin sentencia alguna, por una mezcla de desnutrición, insalubridad, agotamiento, y enfermedades no tratadas -sobre todo, disentería, tifus y cólera- (o por una combinación de todo eso), ya que, ante la falta de prisiones, muchos fueron confinados en habitaciones (a razón de entre 10 y 30 personas cada habitación) sin apenas ventilación (Greer, 1935: 31).
Es difícil cerrar esta otra columna del númrto total de muertos, pero Greer tiene muy claro que murieron más por enfermedades que por ejecuciones (ídem, 31). Entonces, a modo de cata, si aporta datos suculentos. Así, entre noviembre de 1792 y agosto de 1794, en Niort, murieron 106 opositores ejecutados y 182 por otras causas estando en prisión. En La Rochelle fueron 60 y 250, respectivamente. En total, solo en esos dos lares: 166 y 432. Siguiendo esa proporción, de modo puramente indicativo, si murieron unos 17000 ejecutados, habrían fallecido unos 42000 estando en la cárcel. Pero son cifras moderadas, pues en Nantes murieron en prisión 3000 personas en apenas 6 semanas (ídem: 32). No es difícil ver en ello un anticipo de los barracones nazis de Mathausen y otros campos de concentración.
Y habría todavía otro capítulo de asesinados por causa de la república: los que lo fueron de modo expreso (no en la cárcel) pero sin sentencia. Arrojados al Sena, o al Loira (sobre todo); o en Toulon, fusilados, en el Campo de Marte; e incluso en Lyon, a cañonazo limpio, para ahorrar munición de fusilería, otros miles (Greer, 1935: 35-36).
Ahora bien, ni siquiera eso es todo. En nombre de la democracia también se cometió un más que probable genocidio, que tuvo como víctimas, sobre todo, a los católicos. El problema se inició cuando el nuevo gobierno democrático optó por tirar de cesaropapismo, que era, de hecho, muy del gusto de Rousseau (como también lo era de Hobbes, por cierto). Entonces, la democracia totalitaria comenzó a echar de sus parroquias a los sacerdotes que seguían (¿cómo no?) la doctrina de la Iglesia, marcada por los evangelios y la larga tradición gestionada por Roma. Estos sacerdotes, conocidos como “refractarios” fueron perseguidos y asesinados, mientras el gobierno democrático nombraba sacerdotes afines, conocidos como “juramentados”. Algunos de los lectores saben lo que ocurre con el cristianismo en dictaduras totalitarias como China, todavía hoy: pues lo mismo (insisto: lo mismo) pasaba en el culmen de la democracia que fue la Revolución francesa. Aunque China es bastante más caritativa, por supuesto. Y, como quiera que la gente quería, mayoritariamente, a los “refractarios” (pero eso no es democrático, no), esa misma gente se aprestó a esconderlos, cuando no a defenderlos, directamente, y fue, asimismo, perseguida. La región de La Vendée fue punta de lanza en eso. Aunque no estuvo sola: también Lyon, muy lejos de allí, se levantó contra el régimen totalitario de París. Y con el mismo resultado de muerte.
Hubo generales de división, como Marceau, al servicio de la democracia, que en una sola acción se jactaron de matar a 3.000 mujeres (Bárcena, 2016: 122). Pero se mataba a niños a bayonetazos, hubo tentativas de envenenar pozos con arsénico, solicitado por el también general Westerman, a los efectos de prolongar el genocidio (Bárcena, 2016: 134). Y otros métodos, también empleados en el Sena parisino, pasaban por ahogar a la gente en el Loira, con unas 4.800 víctimas “censadas” (muchas más, en realidad). E incluso algunos vandeanos fueron literalmente despellejados, para utilizar sus pieles” (Bárcena, 2016: 161). Todo ello anticipa prácticas que podemos relacionar con el Holocausto que, al menos en este sentido, no fue tan novedoso. Pero en Francia los perseguidos no eran judíos, sino católicos (algún judío cayó también). Las cifras totales de muertos son una incógnita, pero los historiadores manejan cifras aproximadas, resultado de considerar los asesinados “censados” y aquellos desaparecidos (muchos, bajo el agua) de los que nunca más se supo. Lo usual es plantear que, de los más de 800.000 ciudadanos censados, faltaban, al terminar la represión, entre 115.000 y 120.000, incluyendo multitud de mujeres y niños (Castro, 2013; Bárcena, 2016: 230).
Conclusión
Tras todo lo expuesto, creo que, en esta ocasión, huelgan las conclusiones. Pero, muy sucintamente, serían las siguientes:
Lo que se deduce de todo lo visto, tanto a nivel teórico, como práctico, es que las democracias crean sus propios monstruos, que suelen ser, paradójicamente, quienes más alardean de demócratas. En un primer momento, atacan las libertades individuales, con especial énfasis en las libertades de información y de educación. Luego (como consecuencia de ello) anulan a la oposición, así como la independencia judicial, y la última fase (si bien se sigue lógicamente de las anteriores) suele ser esa no tan extraña mezcla de democracia y totalitarismo.
Bibliografía:
BÁRCENA, Alberto (2016). La guerra de la Vendée. Madrid: Editorial San Román.
CASTRO, Demetrio (2013). Robespierre: la virtud del monstruo. Madrid: Tecnos.
DAHL, Robert (1989). Democracy and its Critics. New Haven: Yale University Press.
GREER, Donald (1935). The indidence of the Terror During the French Revolution. An Estatistical Interpretation. Camdridge (MA): Harvard University Press.
HAYEK, Friedrich (1978 [1959]). Fundamentos de la libertad. Madrid: Unión Editorial.
MARCUSE, Herbert (1969 [1968]). “La tolerancia represiva”, en revista Pensamiento Crítico, nº 24, pp. 212-239.
MILL, John Stuart (1994 [1861]). Sobre el gobierno representativo. Madrid: Tecnos.
ROUSSEAU, Jean-Jacques (1993 [1762]). El contrato social. Barcelona: Altaya.
TOCQUEVILLE, Alexis de (1993 [1840]). La democracia en América. Madrid: Alianza Editorial.
ZIZEK, Slavoj (2016 [2007]). Robespierre. Virtud y Terror. Madrid: Akal.
[1] No necesariamente partidarios de una monarquía absoluta. Pues, a la hora de la verdad, los secuaces de Rousseau y de Robespierre acecharon a los demócratas moderados, conocidos entonces como “girondinos” y no pararon hasta exterminarlos físicamente. Primero eliminaron a la prensa libre, y después a los periodistas y políticos que la sostuvieron, sobre todo a partir de mayo-junio de 1793. Obviamente, algunos huyeron de su propio país, mientras otros lograron refugiarse, lejos de París, en zonas de Francia poco dadas a aceptar la tiranía de la mayoría democrática. Pero llegó un momento en el que los girondinos dejaron de ser una oposición efectiva al régimen. Que es, en el fondo, lo que deseaban los adalides de la democracia: eliminar (democráticamente, digamos) a la prensa crítica y a la oposición parlamentaria. Hay que decir que lo lograron, antes de que el propio Robespierre fuese guillotinado por los suyos (y es que siempre puedes encontrar, en medio del camino, a unos que sean más democráticos que tú mismo…en ese caso échate a temblar), y antes de que se restaurara la monarquía absoluta. Tal fue el éxito de la Revolución que, a vuestros hijos, en el “cole”, la exponen como el ejemplo a seguir de democracia. Menuda estafa, ¿no? Pues así nos va…
[2] En agosto y septiembre de 1792, los sans-coulottes, aliados y cómplices de los demócratas (pues eran lo más “plus” de la democracia directa), asaltaron diversas cárceles y reformatorios, matando a más de 2.000 personas, violando mujeres -algunas de las encarceladas eran nobles; otras pobres prostitutas o, al menos, prostitutas pobres, así como niños -estos, en el asalto a La Bîcetre- (Castro, 2013: 237-242). Lo planteo porque quizá el pobre Dietrich tenía buenos motivos para protestar. Pero, como quiera que la protesta iba en contra de lo que la mayoría democrática ordenaba, pues nada: a matar al mensajero. No a los asesinos claro. Pues son asesinos democráticos.
[3] Lo cual no significa que eso no fuese un genocidio. Vid. el caso de los ustachas…
Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

