La guerra de Ucrania ha tenido como consecuencia un agravamiento del conflicto en la zona gris entre Rusia y la mayor parte de los países de la Unión Europea (con la excepción de Hungría). Esta situación tiene visos de prolongarse durante los próximos años; de ahí que sea oportuno ofrecer varias claves para ejercer la disuasión dentro del conflicto en la zona gris. En las siguientes líneas ofrezco de manera esquemática algunas ideas. Quien quiera profundizar en el tema puede hacerlo en este artículo que he publicado en la Revista Española de Ciencia Política. Puede descargarse en pdf en este enlace o leerse directamente en su sitio web en este otro vínculo.
De entrada, la disuasión en la zona gris ha de ser no escalatoria. El objetivo es crear estabilidad estratégica conteniendo la inestabilidad en los niveles inferiores del conflicto. Se trata por tanto de ver el vaso medio lleno en la paradoja estabilidad-inestabilidad: la inestabilidad se desplaza a donde menos daño puede provocar. A la vez, para evitar espirales y dilemas de seguridad, la disuasión ha de diseñarse a la medida del actor y ha de ofrecerle garantías. La disuasión a la medida exige conocer la cultura estratégica de la otra parte, cuáles son sus objetivos últimos, en qué medida la incompatibilidad de intereses es real o solamente percibida —explorando con ello la salida pacífica del conflicto—, así como las distintas variables que afectan a su cálculo de costes y riesgos.
La utilidad del esfuerzo por comprender la mentalidad del otro actor es doble. Por un lado, minimiza los riesgos de escalada involuntaria, eludiendo los malentendidos y ofreciendo garantías a su propia seguridad si respeta determinados límites. Por otra parte, permite hacer un uso más efectivo de los distintos instrumentos de poder al convertirlos en capacidades disuasorias, tanto de negación como de represalia. El conocimiento de la escala de valores de la otra parte permite confeccionar amenazas disuasorias acordes con él, que toquen las teclas correctas al influir sobre el cálculo de costes y beneficios del potencial agresor. En paralelo, ese repertorio de respuestas integrales debe ser acorde con el marco legal del propio Estado y con el derecho internacional para mantener la legitimidad propia y facilitar la vuelta del otro actor a la competencia pacífica.
La segunda clave es que la disuasión ha de gozar de credibilidad, resultado de la multiplicación entre capacidad, determinación y comunicación. Esos tres elementos identificados por la literatura general sobre disuasión deben adaptarse, sin embargo, a la especificidad de la zona gris.
La capacidad es uno de los componentes más afectados. A diferencia de la disuasión tradicional, la herramienta militar cede protagonismo a otras dimensiones, hasta el punto de que la superioridad militar por sí sola no es garantía de capacidad disuasoria en la zona gris. Esto resulta acorde con la paradoja estabilidad-inestabilidad. El éxito de la disuasión militar para evitar el conflicto armado no impide que la rivalidad se intensifique por debajo del umbral de la guerra, donde son necesarias capacidades de otra naturaleza. Con la disuasión en la zona gris se pretende ampliar todo lo posible la estabilidad estratégica hacia esos registros inferiores. Y de ello se derivan tres consideraciones sobre la capacidad.
- Primero, las capacidades militares que generan disuasión para evitar una guerra convencional continúan siendo necesarias para mantener la estabilidad estratégica también en ese nivel. Desincentivan que el potencial adversario lleve la zona gris al límite al hacer aún más difícil el control de la escalada; es decir, que cuente con superioridad militar y determinación para imponerse a un coste asumible en una guerra abierta (Kahn, 2009: 290).
- Segundo, que las capacidades militares susceptibles de ser empleadas dentro de la zona gris deben adaptarse para ser efectivas frente a las amenazas propias de este espacio y a la vez no resultar escalatorias (por ejemplo, mayor énfasis en sistemas antidrones y antimisiles). De lo contrario no serán creíbles o, si se emplean, serán inefectivas o incluso contraproducentes.
- Tercero, la generación de capacidades disuasorias requiere un análisis del conjunto de herramientas de poder del propio Estado (diplomático, económico, informacional, política interna, etc.) con la perspectiva del enfoque integral (comprehensive approach) para identificar las más efectivas a la hora de influir sobre el cálculo de costes y beneficios del potencial agresor.
Pasando a la determinación, la disuasión no es creíble si se trata de eludir costes y riesgos a toda costa. Al mismo tiempo, la voluntad política necesaria para asumir dichos costes y riesgos requiere consensos internos. La división dentro de la sociedad y particularmente entre las élites dificulta la articulación de respuestas efectivas y coherentes, reduciendo así la credibilidad de la disuasión. En sentido contrario, una visión compartida a nivel político y social sobre la entidad de la amenaza y la necesidad de asumir los costes necesarios para responder a ella refuerza dicha credibilidad. Por otra parte, el componente de determinación se ve reforzado si el disuasor cuenta con apoyos internacionales a favor de su causa, y más aún si ese respaldo abarca también la respuesta común en el marco de una alianza.
En cuanto a la comunicación, como elemento indispensable de la disuasión, el primer obstáculo que sortear es la no atribución de las acción hostiles del oponente. No obstante, aunque el desdibujamiento de la autoría puede suponer un problema en la configuración del entorno y en la interferencia, lo cierto es que resulta difícil de ocultar conforme se escala. El contexto estratégico, por un lado, y la capacidad operativa, por otro, permiten triangular con un grado de seguridad razonable la autoría de numerosas acciones. Por ejemplo, Arabia Saudí no pudo establecer con certeza si los misiles que atacaron la instalación energética de Abqaiq en septiembre de 2019 fueron lanzados desde Irán o desde territorio iraquí. Sin embargo, existían pocas dudas sobre la responsabilidad última del régimen de Teherán en dicha acción. Lo mismo ha ocurrido con diversos sabotajes contra buques mercantes en aguas del golfo Pérsico durante los años 2019 y 2020. En paralelo, tanto el programa nuclear como el de misiles balísticos de Irán han sufrido diversos sabotajes físicos y ciber, asesinatos de responsables e incluso un bombardeo por un dron que despegó desde territorio iraní. Tanto el contexto estratégico como las capacidades operativas hacen que las acusaciones iraníes contra Israel resulten perfectamente plausibles. Esta triangulación mediante el contexto estratégico y la capacidad operativa llevaría a pensar que el sabotaje del Nord Stream a finales de septiembre de este año es obra de Rusia, aunque la ausencia de pruebas en el momento de escribir esta entrada, y posiblemente el deseo de evitar una escalada aún mayor, ha desincentivado represalias específicas por parte de la Unión Europea.
Un segundo desafío al que se enfrenta la comunicación es cómo hacerla no escalatoria y a la vez creíble. Un énfasis excesivo en evitar la escalada debilita la disuasión y, por ende, la propia estabilidad estratégica. Si se quiere influir sobre el cálculo de costes y riesgos del potencial disuadido, este tiene que percibir que la situación es genuinamente peligrosa, que el disuasor está dispuesto a escalar. Dicha comunicación puede llevarse a efecto de manera pública o discreta, trazando claramente líneas rojas o jugando con la ambigüedad. Cada opción tiene pros y contras.
Finalmente, conviene subrayar que la disuasión en estos niveles de la zona gris aspira a ser acumulativa; es decir, resultado de múltiples interacciones inamistosas donde el disuasor es capaz de imponerse y transmitir la necesidad de respetar determinados límites. La disuasión acumulativa asume de facto el fracaso repetido tanto de la disuasión general como de la disuasión inmediata. Sin embargo, trata de alcanzar la estabilidad estratégica a través de un proceso de aprendizaje donde van tomando forma normas de conducta, a veces conocidas como reglas del juego. Así ocurre, por ejemplo, con las interacciones hostiles entre Israel y Hizbollah en la frontera del Líbano, donde la disuasión acumulativa ha mantenido el conflicto dentro de la zona gris, a excepción de la escalada de la milicia chií en julio de 2006 que desembocó en la guerra de aquel verano. Un episodio bélico que ilustra el peligro de llevar la competición a los registros más elevados. La disuasión acumulativa trata, por tanto, de configurar el entorno mediante éxitos tácticos que a la postre generen una situación estratégica ventajosa y estable.
Para seguir profundizando en la teoría de la disuasión en general, y en particular de la disuasión en la zona gris, puede consultarse el artículo completo en el sitio web de la Revista Española de Ciencia Política.

