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El agua y la tierra en el pensamiento geopolítico

https://global-strategy.org/el-agua-y-la-tierra-en-el-pensamiento-geopolitico/ El agua y la tierra en el pensamiento geopolítico 2023-01-03 20:08:11 Mario Gallego Cosme Blog post Estudios Globales Global Strategy Reports Geopolítica

Global Strategy Report, 1/2023

Resumen: a lo largo de los siglos, se identifican diversos tópicos articuladores del pensamiento geopolítico. Uno de ellos, especialmente evocador, es el que nace de la oposición entre las sociedades consideradas terrestres y las volcadas al mar. A pesar de las críticas que pudieran surgir acerca de las premisas en las que se basa esta dicotomía, es imprescindible reconocer que se trata de un tema que ha resultado fundamental para el desarrollo de los grandes postulados de la disciplina y, por extensión, de determinados avances en los estudios estratégicos.

Para citar como referencia: Gallego Cosme, Mario (2023), “El agua y la tierra en el pensamiento geopolítico”, Global Strategy Report, 1/2023.


La geopolítica, en su definición más simple, se fundamenta en el análisis de las cuestiones relativas al poder y/en el territorio, con todo lo que implica el tratamiento de la interacción de estos dos elementos. Sin embargo, en esencia, también puede afirmarse que la geopolítica no es más que geografía práctica y aplicable —literalmente, siendo clave el quién materializa este conocimiento sobre el espacio y sus habitantes—, aunque esto no siempre haya sido tan evidente. A pesar de que en adelante se abundará más sobre esta afirmación, lo primero que se debe tener presente es que la geopolítica, como disciplina y conjunto de saberes útiles, nace de la geografía, pues a partir de ese entendimiento se aprecia mejor la naturaleza territorial de los leitmotivs que han propiciado más avances y debates. La constatación más palpable de este punto estriba en que los grandes postulados que se asocian a la geopolítica siempre parten de bases espaciales, como las que evocan las cuestiones de conectividad, tamaños o formas —que curiosamente, son proclives incluso a abordajes de corte topológico—, o los asuntos vinculados con el centro y las periferias, por mencionar algunos de los más recurrentes. No obstante, hay un tema que tradicionalmente ha resaltado sobre los demás, no solo por su importancia en el desarrollo de este campo del saber, sino debido a su influencia en el pensamiento estratégico más general: se trata de la preocupación que suscita la oposición entre la tierra[1] y el agua[2] como medios.

En efecto; el antagonismo, existente y percibido, entre el espacio marítimo y el terrestre, ha sido uno de estos tópicos más recurrentes, sobre todo por parte de las ramas geopolíticas que priman la escala planetaria en sus análisis. Las principales teorías que frecuentemente se asocian con esta disciplina dan cuenta de ello, pues, de manera más o menos manifiesta, prácticamente todas abrazan esta oposición entre uno u otro medio como premisa. En cualquier caso, es preciso recordar que el reconocimiento de las diferencias entre ambos espacios y su estudio no surge con el nacimiento —formal— de la geopolítica, a finales del siglo XIX y principios del XX, sino que se asume a partir del nutrido acervo consignado por toda una larga tradición de pensamiento.

La curiosidad acerca de las diferencias entre las formas de vida de las personas y los medios en los que estas viven ha sido una constante desde la antigüedad. Prueba de ello son los numerosos tratados de exploración —y espionaje—, escritos a lo largo de la historia, en los que se otorga importancia capital al vínculo entre territorio y sociedad de los lugares visitados o estudiados. Así, se puede afirmar que hay una suerte de continuidad entre los recuentos de Herodoto o Estrabón y los textos de Kissinger o Brzezinski, ya en el siglo XX, pasando por otros como los de Bernardino de Escalante, Xu Xiake o Humboldt —por no entrar en detalle acerca de la enorme producción generada a instancias de las sociedades geográficas nacionales que surgen en el siglo XIX—.

A pesar de que los aportes enumerados a modo de ejemplo fueron realizados en un lapso que abarca más de 2500 años, cabe apuntar que todos ellos fueron abordados desde un enfoque geográfico que, directa o indirectamente, resultó de especial utilidad para estadistas y gobernantes de distintas épocas, quienes se sirvieron de estas informaciones e insumos para la planificación y ejecución de determinadas políticas y empresas[3]. En resumen, se trata de una visión que se sostiene en la evidencia —empírica, pero también intuida— de que el espacio geográfico influye en las formas de producción y sustento de las sociedades que habitan en ellos. El territorio incide así tanto en las dinámicas domésticas como en las maneras de relacionamiento con los vecinos y demás Estados lejanos; pero también en los sistemas de organización y administración del poder y, por consiguiente, en la manera en la que cualquier grupo humano entiende el mundo.

En su formulación más básica, este planteamiento pudiera considerarse como aceptable por parte de cualquier geógrafo —o antropólogo, sociólogo o economista, póngase por caso—, independientemente de adscripciones o escuelas. Sin embargo, los pormenores acerca de cómo entender dicha influencia geográfica en los grupos humanos han sido objeto de intensas discusiones debido, sencillamente, a que no es posible precisar con exactitud cuánto afecta el medio a la economía y al desarrollo. La postura puramente determinista sostiene que esta influencia es decisiva y que el marco de acción de las sociedades se encontraría ineludiblemente acotado en los límites que impone el espacio. Los posibilistas, por su parte, sin negar esta influencia del medio, no la entienden como totalmente condicionante —sobre todo si se consideran las potencialidades que brindan los avances científicos y tecnológicos—[4].

De esa manera, resulta perfectamente posible extraer, especialmente de los textos de los clásicos, las características —deterministas, muchas veces— que explican, con mejor o peor fortuna, las formas de vida de los habitantes de cada espacio. Los ejemplos son numerosos, dando cuenta de las descripciones de diferentes ámbitos —como los montañosos, las islas o los desiertos, entre otros—, formulados habitualmente en términos comparativos respecto a ecosistemas considerados como opuestos. La principal de estas dicotomías, como se ha adelantado previamente, se evidencia respecto al agua y la tierra, como elementos y medios contrarios. En un extremo de este particular continuum, el mar es visto como propiciador de sociedades abiertas, proclives al contacto y a la heterogeneidad social, históricamente abocadas al comercio y, por lo tanto, con mayor tendencia a abrazar la democracia y el liberalismo. La tierra, por el contrario, se entiende como generadora de grupos humanos más homogéneos, aislados —y a veces endogámicos—, abocados a la autarquía y, frecuentemente, más aguerridos y con inclinación hacia formas autoritarias de gobierno.

Un asunto capital a todo este debate es el de la influencia o posible intromisión de un medio en el adverso. De manera subyacente, para las sociedades totalmente inclinadas hacia alguno de los extremos de este espectro, la inquietud siempre se basó en la potencial amenaza que representaban las eventuales invasiones provenientes del medio antagónico. En parámetros meramente geográficos, la primera respuesta a la que acudir, se encuentra, precisamente, en las barreras que impone el espacio físico, aunque, por la propia naturaleza de los mismos, las diferencias entre ambos son evidentes. Para los pueblos que miran al mar, la masa oceánica de por sí constituye una defensa natural de primer orden y un medio idóneo para transportarse; sin embargo, los pueblos volcados a la tierra deben acudir a la orografía y a otras formas del relieve para desplazarse y protegerse —lo cual a su vez resalta la importancia que ostenta la profundidad espacial en cualquiera de los dos escenarios—. De todos modos, hay que considerar un matiz crucial; las masas de agua continentales, así como los cursos fluviales, se pueden constituir tanto como fronteras como en forma de medios propiciadores de incursiones, dependiendo de contextos específicos. Por ello, los ríos se deben destacar por una doble faceta: por una parte, facilitan la navegación a través de ellos, pero por otra, también pueden frenar los avances de quienes tratan de atravesarlos. Esto explica que, en puridad, la divisoria más funcional entre la tierra y el mar se plasme, justamente, en el límite que marcan las cuencas endorreicas navegables; en los puntos donde el acceso desde el océano debe verse frenado por imperativo. En términos planetarios, y acudiendo a conceptos clásicos, es oportuno resaltar que esta última área descrita, considerada intermedia, se correspondería mayormente con la franja identificada como el rimland, mientras que el vasto espacio nuclear que quedaría enclaustrado en este, sin influencia oceánica —ni tan siquiera por medio de los ríos que drenan directamente al mar—, sería, básicamente, el heartland. Dicho esquema, por cierto, puede verse replicado a otros niveles, ya que en ciertas secciones del planeta —y en algunos Estados donde se dan las condiciones—, se aprecia territorialmente esta misma degradación entre la influencia de cada medio.

A pesar de que históricamente este antagonismo entre el agua y la tierra se había considerado en todas las escalas, el nacimiento de la geopolítica como disciplina autónoma cataliza la primacía analítica a partir de los niveles continentales y, sobre todo, el mundial[5]. Esto se debe, fundamentalmente, a que esta coyuntura, entre finales del siglo XIX y principios del XX, es coincidente con, al menos, tres procesos que explican los abordajes macro en las cuestiones de política exterior. Primeramente, cabe citar el advenimiento del motor de combustión —en ferrocarriles y barcos, que sustituyen al tiro animal y a la vela—, que permitió una conexión planetaria nunca vista, ampliando los horizontes mentales de gobernantes y pensadores. Esto, a su vez, ocurre mientras evolucionan determinadas ansias expansionistas e imperiales, que fijan sus intereses nacionales —habitualmente coloniales y extractivos— en lugares muy distantes entre sí. Finalmente, cabe destacar la consolidación de una disciplina —de manera formal en 1919— con la que se comparten las preocupaciones inherentes al poder y a sus equilibrios: las Relaciones Internacionales, surgida en la universidad con una evidente proclividad a los análisis de corte regionales y mundiales.

Estas dinámicas permiten entender las razones del sesgo globalista que experimenta el pensamiento geográfico y, por extensión, también el geopolítico y/o estratégico. En este contexto, las asunciones antaño más bien locales sobre unos medios y otros se acaban extrapolando al planeta completo, quedando ahora los Estados posicionados como los elementos más importantes del análisis, asumiendo estos, como un todo, las características más generales de sus sociedades —o parte de estas—. Esta visión, hija de su tiempo —nutrida de algunas dosis de darwinismo social—, ciertamente da lugar a enunciados ocasionalmente simplistas sobre la naturaleza de los Estados volcados al mar y los que miran al medio terrestre, como si en todos ellos esta inclinación se diera homogéneamente y sin cambios temporales. O peor; como si la idiosincrasia de los pueblos fuera una fuerza tan decisiva que provocara que estos no tuvieran la mínima opción de incursionar en su medio antagónico. Nada más lejos de la realidad; un entendimiento estricto en la aplicación de esta dualidad resultaría paradójico en el sentido de que, en esencia, los únicos Estados totalmente considerados como ajenos al mar serían los que no cuentan con litoral, mientras que los plenamente oceánicos serían los considerados insulares y que, además, ostenten mayor tamaño —y/o al menos enarbolen ciertas capacidades—.

No obstante, a pesar de las críticas que se les pueden achacar a estos abordajes, hay que insistir en que estos, precisamente, han sido los principales responsables de la articulación de los grandes postulados que se atribuyen a esta disciplina desde su tradición clásica. Desde Mahan y Mackinder, esta postura dicotómica, entre las posturas catalogadas como «maritimistas» y «continentalistas»[6], ha venido permeando el pensamiento (geo)estratégico —y es, a su vez, la base de posteriores desarrollos sobre la supremacía o importancia de otros dominios, como el aeroespacial[7]—. Consecuentemente, buena parte de nuestra historia también puede ser analizada desde esta óptica. Tal sería el caso del mundo bipolar, que explicó las relaciones internacionales planetarias durante medio siglo XX, ya que este período es susceptible de ser considerado a partir de esta confrontación entre medios geográficos con características opuestas. Así, la rivalidad distintiva de la Guerra Fría es también la del enfrentamiento entre dos potencias de medios geográficos considerados como antitéticos; uno oceánico y otro de tipo terrestre, que pugnaron por la preeminencia global, escenificando una vez más lo que se ha dado en llamar «la trampa de Tucídides»[8]. Este concepto —ciertamente abusado y reciclado en los últimos tiempos— se basa, en esencia, en que la pugna entre sociedades hegemónicas y emergentes suele ser inevitable; y, por idéntico motivo, nuestra época actual, enmarcada en la creciente competencia sino-estadounidense, es perfectamente revisable a partir de estos mismos supuestos.

La lógica espacial no se agota en la escala planetaria —pues el análisis geopolítico puede darse en otros niveles—, pero es oportuno reconocer que han sido estas las que han demostrado tener más interés en académicos y curiosos de la materia, normalmente por estar acompañadas de otras preocupaciones de índole securitaria y estratégica[9]. Esta cuestión es indispensable para comprender la utilidad que ostenta el espacio geográfico en la planificación de la política doméstica y exterior de los Estados, sobre todo en el caso de los que tienen potencial de proyectarse fuera de sus fronteras. Esto se debe a que la ejecución de la misma depende, en mayor o menor medida, de estas preconcepciones, siempre en íntima relación con los medios disponibles para estos fines. Por motivos geográficos —que a su vez influyen en los sectores económicos y productivos nacionales— las capacidades tenderán a manifestar estas inclinaciones hacia el mar o la tierra, evidenciables a partir de la propia vertebración interna de cada Estado, pero también en las formas empleadas para conectarse al resto del mundo. Desde este punto de vista, es congruente plantear que dicha inclinación a estos medios, en los parámetros aquí descritos, lo que denota es el grado de adaptación al mismo, pues estos espacios geográficos se considerarían como una base más del desarrollo nacional.

No obstante, es asimismo pertinente recordar algo indispensable para este campo de estudio: los Estados con especial vocación global pueden también pueden ostentar el poder necesario para imponer sus posturas, ya sea en el mundo o en sus proximidades, incluso modificando decisivamente el territorio para ello. Este aspecto es clave, porque en la práctica implica reconocer que —gracias a los avances tecnológicos— la agencia de los actores con más poder ha superado cualquier umbral del pasado. Por primera vez, las potencias no solamente maximizan sus beneficios a partir de sus interacciones en el sistema, sino que también tienen capacidad de cambiar sus estructuras, llegando incluso a alterar la geografía como nunca antes había sido posible. Esto rompe drásticamente con las concepciones basadas en la inmovilidad prácticamente absoluta del espacio geográfico, abriendo la puerta a nuevas dimensiones en el análisis, pues el espectro de lo posible queda algo más ensanchado. La implicación más evidente de este hecho es que, si bien —por razones obvias— la geografía sigue siendo la variable más estable, ahora ya no debe ser considerada de forma totalmente estática ni tan monolítica.

Hay ejemplos de este último aspecto, en uno u otro sentido —hacia la tierra o hacia el agua—, que son enormemente ilustrativos y que pueden resumirse a partir de las grandes obras de ingeniería articuladoras de las rutas que discurren por cada medio. Los más evidentes serían los canales y las redes viales terrestres. Acudiendo a casos concretos, aplicables a estos dos medios apreciados como antagónicos, cabe afirmar que el fundamento que impulsa la construcción del canal de Panamá que patrocina Estados Unidos es el mismo que tiene la República Popular China cuando pretende vertebrar Eurasia con nutridos corredores que se enmarcan dentro de su conocida Iniciativa de la Franja y la Ruta. Al respecto se debe citar a Nicholas Spykman, quien ya expresaba estas diferencias de concepción sobre el dominio del espacio geográfico, cuando afirmaba que «las potencias terrestres piensan en términos de superficies continuas que rodean un punto central de control, mientras que los poderes marítimos piensan en función de puntos y líneas de conexión que dominan territorios de gran superficie»[10].

Para finalizar este recuento, cabe aclarar que la proclividad que los Estados pueden tener respecto a uno u otro medio no solo es matizable, sino que sería tan solo un elemento más dentro de cada cosmovisión y constructo sobre la realidad; el éxito en la conformación de una vecindad acorde a los designios talasocráticos o telurocráticos[11] de una potencia depende de más factores, y no tan solo de sus meros deseos y acciones. El pasado reciente permite comprobar que la consecución de la hegemonía requiere, no solo del control de cada medio, sino también de la conjunción de otros factores e ingredientes. Dicho de otra forma; la creación de estas condiciones tendentes al control del océano o la tierra requiere, a su vez, de la incidencia en otros frentes, como el político y diplomático, el tecnológico, el económico, el cultural y, sobre todo, el militar. El dominio de la geografía es uno más entre otros, y se mantiene como cuestión fundamental para el análisis desde la geopolítica —aunque no tanto para otros campos como las Relaciones Internacionales—, pese a que no siempre puede afirmarse que este pueda prevalecer sobre los demás elementos.


[1] Bakare, N. & Toor, M. (2019). «Revisiting Mackinder’s Heartland theory: identifying the emergence of a complex power competition in the Indian Ocean region», Przegląd Strategiczny, Issue 12. DOI: 10.14746/ps.2019.1.3.

[2] Gnerre, O. M. (2020). «Geopolitical Theory of Water», Modern Diplomacy.

[3] Lacoste, Y. (2012). «Geography, Geopolitics, and Geographical Reasoning», Hérodote, Volume 146-147, Issue 3-4, 2012, pp 3-4. https://www.cairn-int.info/journal-herodote-2012-3-page-14.htm

[4] Chicharro Fernández, E. (1987). «Notas sobre la evolución del pensamiento geográfico», Anales de Geografía de la Universidad Complutense, núm. 7, p. 46. https://core.ac.uk/download/pdf/38823509.pdf

[5] Venier, P. (2010). «Main Theoretical Currents in Geopolitical Thought in the Twentieth Century », L’espace Politique, núm. 12, Iss. 3. https://doi.org/10.4000/espacepolitique.1714

[6] Swanson, B. (1982). The eighth voyage of the dragon: A history of China’s quest for seapower. Naval Institute Press.

[7] Gallego Cosme, M. (2013). «Hacia una geopolítica del cosmos: confrontación multipolar en la última frontera geográfica y tecnológica», Revista de Geopolitica, vol. 4, n 2. http://www.revistageopolitica.com.br/index.php/revistageopolitica/article/view/87

[8] Morales Morales, S. (2019). «La validez de las enseñanzas de Tucídides en el siglo XXI», Revista General de Marina, 276-5, pp. 931-940.

https://publicaciones.defensa.gob.es/media/downloadable/files/links/r/g/rgm_276_5_junio_2019.pdf

[9] Rhodes, A. (Nov., 2019). “Thinking in space: the role of geography in national security decision-making”, Texas National Security Review, Vol 2, Iss 4.

https://tnsr.org/2019/11/thinking-in-space-the-role-of-geography-in-national-security-decision-making/

[10] Spykman, N. (1938), “Geography and Foreign Policy II,” American Political Science Review, vol. 32, issue 2, pp. 213-236.  DOI: https://doi.org/10.2307/1948667

[11] Cabe apuntar que el uso más reciente de estos términos, —identificables, respectivamente, con el «maritimismo» y el «continentalismo»—, se atribuye a Aleksander Dugin a partir de su obra de 1997: Fundamentos de geopolítica: el futuro geopolítico de Rusia. Evidentemente, la novedad estriba en acuñar el de telurocracia para lo terrestre y/o continental, ya que el de talasocracia ya llevaba siglos siendo de uso común.


Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

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