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El debate del auge de Occidente: una introducción

Global Strategy Report, 36/2020

Resumen: el debate acerca de las causas que explican el auge de Occidente reúne una gran variedad de puntos de vista que tratan de resolver este enigma. El presente artículo pretende ser una introducción general en la que presentar de un modo sistemático las diferentes perspectivas que existen, así como a los autores más representativos de las mismas. Además de esto, el artículo pone de relieve la importancia y valor de este tema en un contexto como el actual, en el que la hegemonía occidental es abiertamente desafiada por China. Asimismo, acerca al público de habla hispana una cuestión que apenas ha sido abordada, y que por ello es poco conocida.


Introducción

La publicación en 1963 del trabajo del historiador canadiense William H. McNeill, titulado The Rise of the West: A History of the Human Community, es considerado el comienzo del debate sobre las causas del auge de la civilización occidental. Si bien es cierto que existen antecedentes previos, como tendremos ocasión de abordar más adelante, no cabe duda de que la obra de McNeill constituye un punto de partida para todos los restantes trabajos que han venido publicándose. Así fue como se dio paso a un intenso debate que se ha extendido hasta la actualidad, y en el que multitud de autores, desde muy variados puntos de vista, han tratado de esclarecer las razones que explican la preeminencia de Occidente en el mundo.

El presente artículo es una introducción a este debate que todavía hoy se mantiene activo, y que ha adquirido una renovada importancia como consecuencia del desarrollo de los acontecimientos actuales en el escenario internacional. El auge de China y la deteriorada posición internacional de EEUU no han hecho sino acrecentar el interés por este tema de investigación. La razón es bastante obvia. El auge de Occidente está en el corazón de la historia moderna, y la identificación de las causas que explican este fenómeno histórico no sólo resulta estimulante desde una perspectiva intelectual, sino que ayuda a evaluar la situación en la que se encuentra actualmente la civilización occidental, la inminencia de su decadencia y los escenarios futuros más probables. El hecho de que una potencia no occidental desafíe la hegemonía que Occidente ha ostentado hasta la fecha hace necesario emprender esta tarea para entender el presente.

Debido a la amplitud del tema que nos ocupa, nos limitaremos a exponer del modo más sintético posible las aportaciones más relevantes de cada una de las perspectivas que existen.

Las primeras aproximaciones

Los primeros trabajos que tratan de explicar las razones del auge de Occidente datan del s. XVIII. Así, entre los primeros autores que abordaron este tema encontramos a Montesquieu. Su punto de vista bien puede ubicarse entre las explicaciones geográficas en la medida en que incidió en la influencia del medio geográfico en el carácter de los pueblos y de sus instituciones. Su geodeterminismo quedó patente al afirmar que los pueblos que habitan en regiones con climas fríos destacan por su vigor, valentía, franqueza o sentido de superioridad, entre otros rasgos que les atribuyó. Por el contrario, los climas cálidos generan un efecto diametralmente opuesto al producir poblaciones en las que no existe la curiosidad, y donde impera la pasividad y la tendencia a la servidumbre (Montesquieu, 1914, I: 234, 241).

A partir de este planteamiento Montesquieu dedujo diferentes tipos de regímenes políticos, y estableció una clara distinción entre los países europeos y el contexto político de los pueblos asiáticos. Así, según esta perspectiva, la geografía europea ha favorecido la libertad, lo que históricamente ha impedido el despotismo en la medida en que ha dificultado la conquista y dominación del conjunto del continente. Esta circunstancia es la que originó un contexto de fragmentación del poder debido a que ningún país logró reunir el poder necesario para someter a todos los demás (Montesquieu, 1914, I: 290). Por el contrario, las condiciones geográficas de Asia, con amplias planicies, facilitaron la penetración de conquistadores que controlaron estas regiones y lograron establecer sistemas políticos despóticos. Por tanto, en Europa imperaron unas condiciones de libertad que favorecieron el desarrollo del comercio y la aparición de sistemas políticos basados en el gobierno de las leyes, circunstancia que hizo posible la preeminencia mundial de Occidente.

Adam Smith, en cambio, manifestó una abierta admiración por China y su civilización. Sin embargo, constató los persistentes niveles de pobreza que existían en este país a tenor de los informes de viajeros contemporáneos (Smith, 1909: 75-76). Desde su punto de vista el atraso comparativo de China era debido a las restricciones impuestas al comercio exterior, lo que contrastaba con Europa que, por el contrario, lo había favorecido y perseguido de manera entusiasta. Por tanto, el éxito de Europa radicaba en el tipo de economía que había desarrollado, y más concretamente en su comercio exterior que le había permitido conseguir la riqueza necesaria para ostentar una posición dominante en el mundo.

En otro lugar nos encontramos con otros dos autores del s. XVIII igual de relevantes que los anteriores, estos son David Hume e Immanuel Kant. Ambos coincidieron en el papel desempeñado por la fragmentación política de Europa como factor que facilitó la innovación, originada por la competición entre Estados y la ausencia de una autoridad central, de carácter imperial, que pudiera haber inhibido dicha innovación. Hume, por ejemplo, enfatizó el papel desarrollado por el intercambio en este contexto de competición y rivalidad entre países europeos, pues la libertad de un marco geopolítico fragmentado, en el que cada país es formalmente igual a los demás, impulsa el intercambio, la libertad de pensamiento y el examen de las innovaciones procedentes de otros países (Hume, 1817: 139).

Si Hume subrayó la existencia de un mercado de ideas y de desarrollo del conocimiento como factores explicativos de la preeminencia occidental, Kant, desde una perspectiva diferente, aunque coincidente en muchos aspectos con el planteamiento de Hume, destacó el papel de las crecientes interacciones de los diferentes Estados. Según el filósofo alemán, la competición entre países ha favorecido el progreso en el comercio y en las libertades personales, lo que conecta con el contexto histórico y cultural de la Ilustración (Kant, 2009: 187). En otras regiones del mundo, por el contrario, no existía fragmentación política alguna, lo que impidió el desarrollo de nuevas ideas y la innovación, circunstancia que hizo que predominase el control cultural e ideológico, reprimiendo de este modo iniciativas que podían ser consideradas rupturistas con el orden establecido.

El primer autor del s. XIX que abordó el auge de Occidente en el marco de su particular filosofía de la historia fue Hegel. Para este autor el espíritu universal se manifiesta en la historia por medio de las diferentes civilizaciones, al mismo tiempo que adquiere una mayor racionalidad y libertad en un proceso evolutivo que culminó en la Europa de su tiempo. Esto le llevó a concluir que China, al igual que otros países de su entorno, había dejado de participar en el desarrollo de dicho espíritu debido a su sistema despótico de gobierno, así como a su medio geográfico y tradiciones (Spence, 1999: 135-136; Daly, 2015: 5).

El último gran autor del s. XIX que hizo una aportación reseñable fue Marx. Desde su particular filosofía del materialismo histórico, desarrolló una explicación de carácter económico que no desdeñó las circunstancias políticas que envolvieron a este fenómeno. En este sentido, Marx se refirió, por un lado, al paso del modo de producción feudal al capitalista, y por otro lado al boyante comercio exterior así como a la fragmentación política en Europa. Todo esto contribuyó a que los intereses comerciales, más productivos que las formas de producción precedentes, ensombrecieran a las hasta entonces dominantes elites feudales. Además de esto, Marx aludió al proceso de colonización. En suma, el enfoque de Marx está basado en la explotación de la fuerza de trabajo y la apropiación de la plusvalía, lo que constituyen factores decisivos en el auge de Occidente (Marx, 1976, I: 915-916). En última instancia el capitalismo hizo posible la hegemonía de la civilización occidental.

Las interpretaciones culturales

Como el nombre de esta corriente indica, ciertos autores han optado por desarrollar una explicación del auge de Occidente basada en el papel de la cultura. En lo que a esto respecta hay que destacar que no existe un punto de vista unánime, pues cada autor enfatiza un aspecto concreto de la cultura en detrimento de otros. El punto común es que la cultura constituye el elemento de análisis central de sus respectivos estudios.

Max Weber, por ejemplo, hizo hincapié en el papel desempeñado por las ideas como fuerzas históricas decisivas en el cambio social. En su caso llegó a la conclusión de que ciertas creencias, valores y comportamientos dieron origen al “espíritu del capitalismo”, que tiene su fundamento último en la ética protestante y en el modo de entender el trabajo en la mentalidad protestante. El resultado de todo esto fue el impulso del éxito material, lo que propició la aparición del capitalismo que condujo a Occidente a unos niveles de riqueza que no tenían precedentes (Weber, 1958: 15-16, 53, 80-81).

Otra perspectiva cultural es la ofrecida por Christopher Dawson, quien incidió el dinamismo interno y la tendencia a la permanente reforma como elementos diferenciales de Europa en relación a otras grandes culturas. Esta particularidad se debe a la combinación de la cultura pagana y la cultura mediterránea del cristianismo, circunstancia que hizo posible la separación del poder temporal de la autoridad espiritual. Como consecuencia de esto, la innovación en diferentes campos, como el comercial, intelectual y urbano fue más fácil, lo que en última instancia permitiría la consecución de los logros que dieron a Occidente el éxito. Estos logros, según Dawson, son el derecho a oponerse a la autoridad política, la teoría del contrato social y la concepción de una unidad espiritual de Europa occidental (Dawson, 1950).

En otro lugar está la aportación del profesor en economía, y especialista en historia de la tecnología y de la revolución industrial, David Landes. Desde el punto de vista de este autor la diferencia de Occidente respecto a otras civilizaciones radica en que, las grandes culturas, como las que florecieron en China, India o el mundo islámico, decayeron después de que los intereses creados como fruto de su crecimiento y desarrollo comenzaran a reprimir de un modo exitoso la innovación. Así pues, los valores, actitudes y creencias de la civilización occidental son las causas profundas de su éxito, pues favorecieron la innovación tecnológica y el crecimiento económico (Landes, 1998; 2006).

Alan Macfarlane, en cambio, se refirió al individualismo inglés de finales de la Edad Media como un factor decisivo que hizo que Occidente alcanzase la hegemonía. Para esto se basó en algunos hechos propios de la cultura y formación social inglesa, lo que le condujo a afirmar que el individualismo creó un dinamismo social y unas relaciones de mercado que cristalizaron en un sistema legal más flexible. Esto es lo que se encontraría, entonces, detrás de la pujanza económica que hizo posible la supremacía occidental (Macfarlane, 1978; 2002).

Deirdre McCloskey, por su parte, señaló que el cambio de valores es el factor explicativo del auge de Occidente, para lo que brindó una interpretación de corte postmoderno. De este modo, McCloskey consideró que lo verdaderamente importante son las ideas, y más concretamente las actitudes y valores que inspiran a una sociedad, por lo que los factores materiales tienen una importancia menor al depender de las ideas. Según esta autora, los valores burgueses crearon un entorno propicio para la innovación gracias a la que mejoraron drásticamente los estándares de vida y el desarrollo de Occidente. Esto fue lo que hizo posible el crecimiento económico que condujo a Occidente a la cúspide de la civilización humana (McCloskey, 2006; 2010; 2016).

Otros puntos de vista culturales son, por ejemplo, los de Jack Goldstone, quien asignó una importancia decisiva a la religión (Goldstone, 2009). Pero también está Julio Crespo MacLennan, quien se refirió a las características específicas de los europeos, como la curiosidad y el espíritu de aventura (Crespo, 2012). Mientras que Niall Ferguson, historiador británico, se refirió al fundamento cultural de las instituciones que caracterizan a Occidente (Ferguson, 2012).

Las perspectivas institucionales

Los autores de esta corriente plantean que una serie de instituciones crearon las condiciones favorables para que la civilización occidental alcanzase una ventaja comparativa en relación a otros centros de poder. En general, este enfoque parte de la premisa de que las instituciones son una forma relativamente estable y constante para organizar a la población a gran escala. Entre estas instituciones no sólo nos encontramos con los gobiernos, ejércitos, empresas, organizaciones religiosas, etc., sino también con el matrimonio, la familia o la amistad, entre otras. Por tanto, las leyes, costumbres, normas y tradiciones son diferentes tipos de instituciones duraderas que coordinan las acciones de las personas.

Si bien es cierto que este punto de vista admite que la cultura influye en la aparición y funcionamiento de las instituciones, el modo en el que lo hace es objeto de debate. En cualquier caso, los partidarios de este enfoque coinciden en afirmar que a través de la formación y existencia de unas instituciones clave es como se explica la preeminencia de Occidente en el mundo. Por ejemplo, Nathan Rosenberg y Luther E. Birdzell afirmaron que son cuatro las instituciones que influyeron decisivamente en el auge de Occidente: los contratos y las reclamaciones de propiedad; la aparición de instituciones y métodos financieros en la Italia del Renacimiento; la creación de los títulos de crédito; y la contabilidad por partida doble (Rosenberg & Birdzell, 1986).

Otros autores, en cambio, concluyeron que el crecimiento económico fue lo que hizo que Occidente alcanzase una posición preeminente en la esfera mundial. Así, según Douglass North y Robert Thomas, los derechos de propiedad facilitaron el ascenso de la civilización occidental, pues hicieron que mereciera la pena involucrarse en el desarrollo de una actividad socialmente productiva (North & Thomas, 1973).

En una línea parecida a la de los autores anteriores está el enfoque de Richard Pipes, quien entendía que la propiedad privada es la piedra angular sobre la que ha sido construido el Occidente moderno. No dudó en vincular la formación del sistema político representativo, la limitación del poder coercitivo de la autoridad política, y el establecimiento de derechos y libertades políticas y civiles con la propiedad privada. A su juicio, todo esto creó un entorno favorable para el crecimiento y desarrollo económico que hicieron de Occidente la civilización más poderosa (Pipes, 1999).

Daron Acemoglu y James Robinson hicieron hincapié en las instituciones políticas que, por medio de una serie de normas, establecen el marco general en el que se desenvuelven las relaciones sociales, económicas y políticas. Esto les condujo a hablar de instituciones inclusivas, que facilitan la participación política de la población, limitan la arbitrariedad e impiden que el poder sea concentrado por una minoría, como factor decisivo del auge de Occidente. La razón es que este tipo de instituciones favorecen, asimismo, la existencia de instituciones económicas inclusivas que garantizan el éxito económico de la sociedad. Dichas instituciones generan un sistema de incentivos que favorece el crecimiento, el aumento de la productividad y la prosperidad general que explican el triunfo de Occidente (Acemolgu y Robinson, 2015).

Ciertamente estas son únicamente algunas de las perspectivas institucionales que existen, pues todavía podrían añadirse varias más. Todas ellas destacan la importancia de una o varias instituciones en su explicación de las causas del auge de Occidente, aunque no hay que desestimar sus conexiones con las interpretaciones culturales de las que en no pocas ocasiones recaban su fundamento último.

Los enfoques tecnológicos

Un punto de vista relativamente extendido es el que plantea los avances tecnológicos como causa explicativa del ascenso de Occidente a la supremacía mundial. El análisis de estos enfoques se centra en la manera en que el progreso tecnológico influyó tanto en la economía como en la guerra. Por tanto, la tecnología abarca un conjunto amplio de instrumentos, métodos y máquinas dirigidas tanto a la actividad económica como a la guerra.

Entre los autores de esta corriente destaca Lynn White, quien estudió las innovaciones tecnológicas en la Edad Media europea. Occidente, desde el punto de vista de White, estableció en este periodo histórico los fundamentos para su posterior éxito debido a diferentes innovaciones que aparecieron en la guerra, pero también en la producción económica y de energía. Todo esto proveyó a la civilización occidental de una ventaja comparativa en relación a otros centros de poder, lo que posteriormente se tradujo en su éxito internacional (White, 1962; 1968; 1978).

En otro lugar, y desde un punto de vista próximo al de White, está el trabajo de Joel Mokyr, quien centró la atención en la innovación tecnológica desarrollada en Occidente. Su conclusión es que Occidente ha demostrado ser la única civilización capaz de convertir el progreso tecnológico en un mecanismo con el que perpetuar su continua expansión a lo largo del mundo. Por tanto, la innovación que se inició en el mundo medieval desencadenó un proceso que se aceleró a sí mismo, y que culminó con sucesivas revoluciones industriales. Este factor del éxito occidental se combina, a su vez, con la simbiosis entre la ciencia y la tecnología. Todo esto produjo el progreso económico y la pujanza material de Occidente (Mokyr, 1990).

Otros puntos de vista igualmente tecnológicos son, por ejemplo, los de David Levine, quien vinculó el cambio tecnológico con el advenimiento de la modernidad y las transformaciones de multitud de ámbitos como el político, social, demográfico, etc. Esto es lo que, según su perspectiva, explicaría el auge de Occidente (Levine, 2001). En contraste con este planteamiento, los autores Jan de Vries y ad van der Woude concluyeron que en Asia no se habían producido cambios tecnológicos de importancia, circunstancia que contrasta con Occidente, lo que propició el desarrollo comercial y el crecimiento económico que le otorgaron su superioridad a nivel mundial (Vries & Woude, 1997).

Juntamente con estos puntos de vista tecnológicos están los autores pertenecientes a la corriente de las revoluciones militares. En este caso la tecnología militar y las consecuentes innovaciones en el terreno bélico proveyeron a Occidente de una superioridad decisiva con la que logró conquistar la hegemonía mundial. Así pues, este tipo de innovaciones cambiaron tanto el modo de hacer la guerra, como la organización de la sociedad para poder satisfacer las demandas de conflictos militares más costosos, tanto en términos económicos como sociales. Michael Roberts fue el iniciador de esta línea de investigación en 1956 (Roberts, 1956), y después de él le siguieron otros renombrados autores como Geoffrey Parker (Parker, 1976; 1996).

No podemos olvidarnos de otros autores que sostienen un punto de vista parecido al de los antes mencionados. Este es el caso del historiador de economía Carlo Cipolla, quien destacó la importancia del desarrollo de la artillería y de la navegación en el ascenso de Occidente (Cipolla, 1965). Daniel Headrick, por su parte, relacionó el desarrollo tecnológico y el imperialismo, con lo que la competición entre Estados impulsó la tecnología que permitió a las potencias occidentales alcanzar la hegemonía mundial (Headrick, 1981; 2010). Asimismo, William H. McNeill se refirió a la revolución militar al contextualizarla desde una perspectiva histórica-mundial como parte de la evolución política y social europea (McNeill, 1982).

Tampoco debemos pasar por alto las aportaciones de otros autores no menos relevantes como, por ejemplo, John H. Parry, quien puso de relieve la importancia del desenvolvimiento técnico en el proceso de expansión ultramarina de las potencias europeas (Parry, 1968). Mientras que Philip Hoffman, por el contrario, enfocó la cuestión tecnológica en el ámbito militar desde un prisma económico al afirmar que la producción de armas más eficaces a un coste menor fue decisivo para el auge de Occidente (Hoffman, 2011).

El intercambio cultural

Según este punto de vista, Occidente alcanzó la supremacía mundial gracias a las interacciones que se habían producido en el terreno cultural entre diferentes civilizaciones. Se trata de un enfoque macro-histórico que presta atención a las diferentes contribuciones que los distintos pueblos han hecho a la historia universal. Aunque uno de los primeros antecedentes de esta perspectiva se encuentra en la obra de Voltaire, entre sus máximos exponentes contemporáneos está William McNeill. Así, este autor intentó explicar el avance humano por medio del intercambio cultural, de lo que Occidente se benefició al nutrirse de las aportaciones de otras civilizaciones en diferentes ámbitos como el tecnológico, institucional, religioso, etc. (McNeill, 1963).

La perspectiva de McNeill plantea la historia humana como un proceso acumulativo en el que al intercambio cultural le acompaña el aprendizaje mutuo por medio del que las diferentes culturas, en distintos lugares y momentos, logran desarrollarse con éxito hasta alcanzar una posición destacada. Así, según este historiador canadiense, entre 1500 y 1700 se produjo un cambio decisivo en la medida en que Europa comenzó a desarrollarse más rápida que cualquier otra región. Los países de Europa occidental atravesaron unas transformaciones muy grandes, especialmente en el terreno tecnológico, que hicieron que aumentasen drásticamente su poder, gracias a lo que pudieron extender su control a otras regiones del planeta.

En definitiva, según McNeill, Occidente tomó prestados diferentes elementos procedentes de otros pueblos y culturas sin temor a perder su propia identidad o valores. De este modo, la incorporación de un conjunto de elementos contradictorios al acervo cultural de los europeos sirvió para producir una tensión dinámica mediante la que Occidente logró la hegemonía mundial. El hecho de que Europa llegase más tarde al estadio de civilización le permitió asimilar una gran cantidad de aportaciones de otras civilizaciones de Eurasia, y esto le proveyó de una ventaja comparativa al nutrirse de la experiencia ajena.

Otro autor que destaca en esta misma línea de investigación es Marshall Hodgson, quien no dudó en defender que Europa debe su preeminencia en el mundo a las influencias de otras culturas, y muy en particular a la cultura islámica. Para justificar esta postura se refirió a la posición geográfica de Europa. Desde su punto de vista Europa ha recibido a lo largo de 3000 años todas las nuevas tecnologías e ideas relevantes que han sido filtradas a través de este espacio geográfico. En este contexto el Islam fue un factor de transformación, pues su expansionismo produjo una síntesis de los logros intelectuales, culturales, institucionales y tecnológicos previos, algo que según Hodgson fue inédito al marcar una diferencia en relación a las experiencias previas de otras civilizaciones. Por tanto, el Islam constituyó una influencia determinante que favoreció la ampliación de la perspectiva occidental y, en definitiva, que Occidente se desarrollase más rápido que sus rivales, especialmente en el plano técnico, circunstancia esta que le permitió hacerse con la hegemonía mundial (Hodgson, 1974; 1993).

La explotación

En otro lugar no menos importante están las explicaciones que abordan el auge de Occidente desde el punto de vista de la explotación de otros países y sociedades. Esto es lo que permitió que las potencias occidentales aumentasen sus capacidades hasta lograr la supremacía mundial. En esta categoría se agrupa una variada cantidad de autores, y especialmente los partidarios de la teoría de la dependencia, como ocurre con Gunder Frank. Así, este economista explicó el subdesarrollo del tercer mundo a partir de las relaciones de dependencia y explotación económica ejercidas por determinadas potencias metropolitanas. Aunque el estudio de Frank no estaba originalmente dirigido a explicar las causas del auge de Occidente, su análisis ha resultado ser una aportación en este sentido (Frank, 1970).

El núcleo central de la teoría de Frank señala la extracción de la plusvalía de los países satélites de las potencias metropolitanas como causa principal del subdesarrollo de los países periféricos, y consecuentemente del establecimiento de relaciones de dependencia y dominación con las potencias coloniales que, así, consiguieron enriquecerse.

El punto de vista de Frank no está muy alejado del de Joseph E. Inikori, quien identificó el auge de Occidente con el comercio internacional y la mano de obra esclava de origen africano. Esto es lo que, según Inikori, explicaría el proceso de industrialización de Gran Bretaña. En lo que a esto respecta, incidió en la importancia de la demanda exterior de productos manufacturados a la hora de estimular significativamente los progresos tecnológicos, lo que se reflejó en la aparición de los primeros centros industriales en Inglaterra. Este proceso no hubiera sido posible sin el comercio de esclavos, el trabajo de los africanos y otros ingresos obtenidos por medio del espacio económico existente en el Atlántico (Inikori, 2002).

La división internacional del trabajo y el sistema-mundo

Immanuel Wallerstein es, sin lugar a dudas, el máximo exponente de este enfoque. Así, este autor entendió el auge de Occidente como una función de explotación e imperialismo que es específica de un sistema mundial de saqueo. Wallerstein llegó a esta conclusión al utilizar como unidad de análisis los sistemas interconectados de economías, sociedades y culturas. La evolución de estos sistemas ha dado origen, a través de una serie de fases de desarrollo, al nacimiento de una economía-mundo completamente integrada. A partir de 1500 se produjo una situación en la que la naciente economía mundial evitó el colapso, lo que dio origen a la aparición del moderno sistema-mundo (Wallerstein, 2000: 140).

El epicentro del sistema-mundo en la época moderna es Europa, donde la aparición del capitalismo facultó a esta región para hacerse con el dominio mundial. Entonces, la economía-mundo europea presenta la particularidad de haber evolucionado hacia una economía-mundo capitalista que domina el planeta, en lugar de haber originado un imperio mundial de carácter redistributivo. Por tanto, la formación del capitalismo en esta región del planeta permitió que las elites europeas pudieran extraer una plusvalía de la población que era inimaginable con anterioridad, hecho que en última instancia explica tanto el auge de Occidente como su posterior supremacía mundial (Wallerstein, 1974, I: 15, 17).

Inevitablemente la identificación del capitalismo como causa principal del ascenso de Occidente conduce a esclarecer qué hizo posible la formación de este sistema socioeconómico. En este punto la explicación de Wallerstein se inscribe en la interpretación marxista de la historia, y señaló sus principales antecedentes en la quiebra del sistema feudal de explotación en torno al s. XIV.

Pero Wallerstein no estaba solo en esto, sino que otros autores hicieron sus respectivas aportaciones en el marco de este enfoque. Nos referimos concretamente a Giovanni Arrighi, quien no dudó en utilizar gran parte del esquema teórico de Wallerstein y combinarlo con la teoría de los grandes ciclos económicos históricos de Nikolái Kondrátiev (Kondrátiev, 2008). A esta influencia hay que sumar la recibida de Fernand Braudel con su teoría del tiempo histórico del ciclo largo, y el modelo de crecimiento e innovación de Gerhard Mensch (Braudel, 1984; Mensch, 1979). La combinación de estos elementos teóricos condujeron a Arrighi a considerar el sistema-mundo capitalista el resultado de una alianza entre los Estados emergentes y los capitalistas privilegiados radicados en centros urbanos. De esta manera el poder capitalista se combinó con las estructuras políticas existentes que, a su vez, desencadenaron luchas interestatales por el control de las fuentes de capital que históricamente las financiaron. Por tanto, Europa consiguió establecerse como bloque dominante gracias a la implantación del sistema-mundo capitalista (Arrighi, 1999).

El imperialismo

La perspectiva del imperialismo plantea que el auge de Occidente es debido a la conquista colonial de las potencias europeas. Este es, al menos, el punto de vista típico de estos enfoques, lo que entronca con la tradición marxista. Esto es lo ocurrido, sobre todo, con las observaciones de Lenin. Pero además de este imperialismo existe otro que es poco tratado, pero que aporta su particular explicación a las razones del auge de Occidente. Nos referimos al imperialismo ecológico y del que hablaremos a continuación.

La perspectiva de Lenin está basada en el estudio de John A. Hobson sobre el imperialismo (Hobson, 1981). Así, Lenin explicó la competición entre potencias europeas como el resultado de su búsqueda del control político y económico del mundo. Si bien es cierto que Lenin únicamente pretendía explicar las razones de la Gran Guerra, sin pretenderlo ofreció una explicación del auge de Occidente. Según su punto de vista el capitalismo, por una necesidad interna de su organización de la producción y de la sociedad, genera el imperialismo que representa su fase superior. Entonces, el imperialismo únicamente es una fase muy desarrollada del capitalismo, lo que constituye una ventaja comparativa de los países occidentales. Esta situación es la que ha permitido el establecimiento de relaciones de subordinación y dependencia en el plano económico, comercial, financiero, político, etc. El imperialismo, en suma, se resume en ser un parasitismo de las naciones ricas que explotan a otras más pequeñas y débiles, lo que produce Estados rentistas. Esto es lo que explica, por tanto, la supremacía occidental (Lenin, 1974).

El imperialismo ecológico, por el contrario, fue conceptualizado por Alfred Crosby. A diferencia de la perspectiva de Lenin, este planteamiento supone la aparición en un determinado espacio geográfico de una serie de especies animales y vegetales invasoras que transforman el medio, lo que tiene sus consecuencias en el terreno social, político, etc. Esto fue lo que le condujo a examinar cómo los animales, plantas y enfermedades que acompañaron a los europeos en sus viajes sirvieron para transformar el medio geográfico de los lugares que colonizaron. Esta invasión ecológica fue la que facilitó a los occidentales las conquistas territoriales en ultramar, pues los pueblos nativos, además de su fauna y flora, no consiguieron resistir esta penetración exterior. Esto significó la transformación del ecosistema y la adaptación el mismo a las necesidades de dominación de los conquistadores europeos (Crosby, 1986).

La escuela negacionista

Esta categoría engloba a los autores que niegan la supuesta singularidad que tradicionalmente le ha sido atribuida a Occidente. Por tanto, según esta corriente, en Asia fue donde se forjaron todos los grandes avances de los que posteriormente Occidente se nutrió, lo que demostraría que la civilización occidental únicamente ha desempeñado un papel secundario y muy limitado en la historia al depender de Asia en todo lo importante. Las aportaciones del continente asiático en lo económico, filosófico, tecnológico, etc., fueron determinantes para que Occidente lograse hacerse con la hegemonía mundial. Tal es así, que estos autores no dudan en afirmar que Asia estuvo a la cabeza de las civilizaciones hasta hace relativamente poco tiempo en una gran cantidad de ámbitos. Incluso su dinamismo interno es lo que en última instancia explica el papel que más tarde desempeñó Occidente. En definitiva, según estos autores no hubo un auge de Occidente como tal, sino que por el contrario no dudan en aludir a una divergencia en la trayectoria que mantenía el conjunto del continente Euroasiático, con Asia a la cabeza.

El antropólogo social británico Jack Goody, por ejemplo, afirmó que Europa no tenía nada de especial, y que las innovaciones que se produjeron en esta región fueron consecuencia del legado histórico y cultural de Asia. El auge de Occidente, entonces, únicamente ha sido un mero accidente (Goody, 1996; 1986). Esta idea, la de la casualidad como factor explicativo del ascenso occidental a la hegemonía mundial, está muy presente en los autores de esta corriente. Este es también el caso de Kenneth Pomeranz, para quien una serie de hechos fortuitos permitieron el éxito de Occidente. Estos fueron la abundancia de carbón en tierras europeas, la explotación de colonias descubiertas al final del s. XV, y la existencia de una fuerte demanda de plata en China que hizo rentables las minas americanas (Pomeranz, 2000).

John M. Hobson, por su parte, afirmó que casi todos los logros de Occidente tuvieron su origen en Oriente. Su rechazo del eurocentrismo le condujo a darle la vuelta a las explicaciones dicotómicas que presentan un Oriente pasivo, estancado e irracional, frente a un Occidente dinámico e ingenioso. Así es como desde su punto de vista el centro de crecimiento y desarrollo económico fue Oriente durante la mayor parte del tiempo. Occidente simplemente tomó prestados los avances tecnológicos, institucionales y las ideas que conformaban la cartera de recursos de Oriente (Hobson, 2004).

La perspectiva geográfica

Las aproximaciones geográficas explican el auge de Occidente como resultado de la influencia del medio geográfico en la expansión y conquista del mundo por las potencias europeas. De este modo la atención es centrada sobre todo en las condiciones específicas de la geografía en la que nació y se desarrolló la civilización occidental. Por tanto, los logros en el terreno político e internacional que dieron a Occidente su hegemonía son el resultado de dichas condiciones geográficas.

Una de las explicaciones geográficas es la brindada por el antropólogo estadounidense Jared Diamond. Desde su punto de vista las diferentes condiciones geográficas de partida en las que se desarrollaron las distintas civilizaciones fueron decisivas para el éxito de Occidente. Para desarrollar esta tesis no dudó en remontarse a la prehistoria para, a partir de ahí, establecer los elementos diferenciales que determinaron trayectorias distintas entre sociedades ubicadas en lugares dispares. Esto es lo que dio origen a un desarrollo histórico desigual en el que ciertas sociedades adoptaron la agricultura y transitaron un camino que les condujo a las armas de fuego, los gérmenes y el acero. Otras sociedades, en cambio, mantuvieron su estilo de vida cazador-recolector hasta hace relativamente poco. En definitiva, según Diamond la geografía es una variable independiente que condiciona la alimentación, y por ello la disponibilidad de calorías consumibles, el tamaño de la población en un lugar, y con todo esto la trayectoria histórica de los pueblos. Por tanto, la abundancia de alimentos produce crecimiento demográfico, la formación de organizaciones políticas más complejas y el desarrollo de unas capacidades militares superiores a las de las sociedades de cazadores-recolectores. Eurasia, entonces, dispuso de una ligera ventaja en su punto de partida en comparación con otros lugares, circunstancia que explica el éxito de Occidente (Diamond, 2009).

David Cosandey, por su parte, explicó el ascenso de Occidente a partir de la influencia del medio geográfico en el desencadenamiento de las revoluciones científica e industrial. En su explicación estableció una serie de condiciones para que una civilización experimente el progreso científico-tecnológico, y estas son que disponga de una economía próspera y que exista un sistema de Estados estable. Entonces, la prosperidad económica, combinada con la fragmentación política, favorece el desarrollo científico-técnico. En el caso de Europa occidental, sus costas recortadas y los accidentes geográficos que facilitaron la aparición de regiones relativamente aisladas en las que florecieron Estados hicieron posible el desarrollo científico, y con ello el éxito de Occidente (Cosandey, 1997).

Otro punto de vista geográfico es el de Eric Jones. En este caso el auge de Occidente es explicado por la posición geográfica de Europa, espacio en el que se difundieron y adaptaron los logros de las grandes civilizaciones. Todo esto lo unió, asimismo, a su menor vulnerabilidad con respecto a las invasiones de pueblos conquistadores, como los nómadas. Además, hizo especial hincapié en el papel de las catástrofes naturales que, al ser menos recurrentes en Europa occidental, permitieron una acumulación de riqueza que facilitó a largo plazo el triunfo occidental. Esto contrastaría con Asia, donde, por el contrario, las catástrofes naturales fueron más habituales y mucho más dañinas en términos sociales y económicos, impidiendo así su éxito (Jones, 1982).

En último lugar queremos destacar la aportación de Ian Morris, quien centró su atención en la forma en que se produce el cambio social y su relación con la geografía. En la medida en que el ser humano extrae energía del entorno y se reproduce, esto provoca una presión creciente sobre los recursos disponibles, que son tanto materiales como intelectuales y sociales. La consecuencia de esto es una dinámica de desafío-respuesta que conduce el desarrollo social, con lo que la innovación y el crecimiento se producen cuando las personas están a la altura de las circunstancias, mientras que cuando esto no es así se produce el estancamiento e involución social. Por tanto, el éxito de Occidente es entendido como el resultado de una serie de respuestas exitosas de los pobladores de Europa occidental (Morris, 2016).

Otras perspectivas

En otro lugar están aquellos puntos de vista que no son susceptibles de ser enmarcados en alguna de las categorías hasta ahora expuestas. No por ello son menos importantes, sino que abordan el estudio del auge y triunfo de Occidente desde una perspectiva sui generis que en no pocas ocasiones combina elementos de diferentes enfoques.

Por ejemplo, John A. Hall hizo hincapié en la fragmentación política de Europa como factor decisivo en el posterior auge de Occidente. Las condiciones de libertad relativa existentes en Europa occidental, al menos si las comparamos con otras regiones en las que imperaron formaciones imperiales, favoreció el éxito occidental. La conclusión que en última instancia extrae es que los regímenes liberales y constituciones, junto a factores culturales y religiosos, hicieron posible la hegemonía de Occidente (Hall, 1985).

Eric Mielants, en cambio, basó su aportación en la obra de Wallerstein, pero con algunas modificaciones. Así, su tesis central es que el apoyo del comercio por el Estado permitió crear un nivel de riqueza que hizo que Europa fuera imparable. Esto lo combinó con la existencia de una red de ciudades europea, así como de distintos instrumentos e instituciones financieras, todo lo cual favoreció la formación del capitalismo y el despegue de Occidente (Mielants, 2008).

Janet Abu-Lughod combinó diferentes elementos del modelo del sistema-mundo de Walerstein, al mismo tiempo que afirmó que el auge de Occidente fue el resultado de un boom económico en Asia. Entonces, la existencia de un sistema de intercambio policéntrico que abarcaba diferentes economías-mundo fue lo que, en definitiva, generó una serie de contactos e intercambios que hicieron posible el triunfo de Occidente (Abu-Lughod, 1989).

En otro lugar está Jonathan Daly quien desarrolló una interpretación basada en un análisis global de la historia que combina algunos elementos de diferentes explicaciones. Esto le permitió conjugar el estudio histórico a vista de pájaro con la perspectiva de los historiadores que destacaron el intercambio entre civilizaciones. A esto hay que añadir el estudio temático de diferentes ámbitos en los que se produjeron revoluciones que permitieron que Occidente alcanzase una posición dominante a nivel mundial (Daly, 2014).

Las explicaciones contraintuitivas

Por último queremos mencionar las explicaciones contraintuitivas en la medida en que son una aportación interesante en la dilucidación de las causas del auge de Occidente. Estas explicaciones se caracterizan por abordar las razones por las que China no llegó a ser una potencia hegemónica. De esta forma, lo que se persigue no es indagar las causas del éxito de Occidente, sino esclarecer los motivos por los que China fracasó en la esfera internacional.  Estas explicaciones han sido elaboradas en muchos casos por autores que ya han sido mencionados, por lo que aquí nos limitaremos a facilitar una aproximación general a las mismas.

Wallerstein, por ejemplo, señaló que el atraso chino era debido a la menor cantidad de ganado disponible, unido a las divergencias históricas y sociales con respecto a Europa occidental al no haber atravesado la feudalización de aquella (Wallerstein, 1974, I: p. 63).

Para Joel Mokyr, en cambio, el estancamiento tecnológico de China explica su atraso, lo que fue debido a diferentes razones como, por ejemplo, la pérdida de conocimiento, hambrunas, plagas, enfermedades, etc. (Mokyr, 1990: 209, 227, 233).

Gunder Frank, por el contrario, concluyó que la gran demografía y la eficiencia de los sistemas agrícolas utilizados hicieron que los costes laborales fueran bajos, lo que desincentivó la innovación tecnológica (Frank, 1998: 204).

David Landes concluyó que la mentalidad china era demasiado cerrada, lo que a largo plazo impidió que el país alcanzase la hegemonía. Esto era debido a que la sociedad era considerada autosuficiente y perfecta, por lo que era innecesario el cambio. Esta actitud impidió la innovación (Landes, 1998: 99, 336, 342, 348).

Otras perspectivas inciden en el aspecto cultural y filosófico de la sociedad China como un obstáculo para el desarrollo científico-técnico. Joseph Needham, por ejemplo, concluyó que la filosofía china no estaba provista de la racionalidad que sí tenía la filosofía occidental a la hora de conceptualizar las regularidades y leyes de la naturaleza (Needham, 1969: 61-62, 119-120). Algo parecido es lo comentado por Wen-yuan Qian, que incidió en el atraso científico chino, pero cuyas causas estaban en las condiciones sociales de China, donde no había competición creativa ni crítica. El sistema de pensamiento dominante en China no facilitaba su reformulación y reexamen (Qian, 1985: 21). Derk Bodde planteó algo parecido al afirmar que el pensamiento chino no favorece el cambio al ser el reflejo de la sociedad burocrática china (Bodde, 1991).

Nathan Sivin, por su parte, afirmó que en China hubo una revolución científica en el s. XVII. Sin embargo, China no tuvo una ciencia como tal, esto es, una sola concepción que agrupase las diferentes ciencias, tal y como sucedía en Occidente. Por este motivo la revolución científica se produjo a la manera china. Si China no alcanzó una posición dominante fue a causa de la carencia de instituciones que facilitasen la institucionalización del pensamiento científico (Sivin, 1982). En una línea parecida encontramos lo dicho por Toby Huff, quien destacó los impedimentos sociales e institucionales que dificultaron el desarrollo intelectual, y por tanto la innovación en el ámbito de la ciencia y la tecnología. Huff, por el contrario, incidió en la cultura china, y concretamente en el derecho, la religión, la filosofía, etc., como causas explicativas del atraso chino (Huff, 1993).

Ziauddin Sardar, al contrario que los autores anteriores, señaló que el atraso científico y tecnológico de las civilizaciones no occidentales es la colonización que padecieron, pues el proceso de conquista y explotación supuso la destrucción de la ciencia indígena (Sardar, 1977; 1982; 1989; 1996; 2000).

Otros autores, como es el caso de Mark Elvin, consideran que la economía tradicional china impidió posteriores avances debido a su eficacia, de tal modo que operó como un desincentivo para la innovación. A esto se sumaron otros factores como el declive económico, el aumento de la población, la disminución del contacto comercial, etc. Todo esto abocó a la decadencia de la economía china entre 1300 y 1500 (Elvin, 1973; 2008).

Para Kent G. Deng, en cambio, las razones de que China no triunfase fueron las condiciones geográficas y socioeconómicas, lo que se reflejó en que la agricultura fuese la principal ocupación. Por tanto, debido a la importancia del sector primario no hubo desarrollo tecnológico y científico que permitiera la industrialización (Deng, 1999).

Finalmente cabe citar una explicación de base geográfica que afirma que la agricultura hidráulica favoreció el despotismo, y con ello impidió la aparición de ciudades independientes y de una elite de comerciantes. Como resultado de esto el sistema educativo en China no ofreció un contexto favorable para el libre debate de ideas y la discusión intelectual. Los disidentes eran castigados. Todo esto explica, entonces, el atraso de China con respecto a Europa según Graemer Lang (Lang, 1997a; 1997b; 1998).

Conclusiones

La gran variedad de puntos de vista no sólo reflejan el elevado interés que este tema ha suscitado en la comunidad intelectual, sino sobre todo la gran complejidad del objeto de estudio, así como la vigencia de un debate que todavía persiste debido a su importancia tanto por sus implicaciones en el presente como en el futuro. Al fin y al cabo no podemos ignorar que la dilucidación de las causas del ascenso de Occidente puede contribuir decisivamente a identificar las causas de su decadencia, y por ello a adoptar medidas acordes con dicha situación. En un momento en el que una potencia no occidental manifiesta su pretensión de hacerse con la hegemonía a escala planetaria, e imponer así su propio modelo de globalización, el estudio de este tema cobra una renovada importancia.

Aunque es mucho lo que se ha dicho sobre las razones que explican la hegemonía occidental, todavía hay margen para nuevos estudios y análisis. Esto explica, también, que en la actualidad hayan ganado un creciente protagonismo los enfoques negacionistas, o también conocidos como teoría de la divergencia. Su popularidad ha ido en ascenso a causa de nuevas publicaciones que apuntalan esta teoría (Parthasarathy, 2011; Rosenthal & Bin Wong, 2011; Andrade, 2016; Ghosh, 2015). Sin embargo, es muy probable que, debido a los acontecimientos que impone la dinámica internacional en los asuntos mundiales, nos encontremos con un relanzamiento de este debate con nuevas aportaciones que ofrezcan una perspectiva original con la que arrojar nueva luz allí donde los análisis existentes se quedan cortos.

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Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

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Esteban Vidal

Doctorando en Ciencias Políticas y Máster en Estudios Internacionales por la Universidad del País Vasco

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