Icono del sitio Global Strategy

El fuego amigo en la guerra de Gaza

https://global-strategy.org/el-fuego-amigo-en-la-guerra-de-gaza/ El fuego amigo en la guerra de Gaza 2024-04-18 15:15:11 Josep Baqués Blog post Estudios de la Guerra Global Strategy Reports Oriente Medio

Global Strategy Report, 6/2024

Resumen: Muchos son los episodios de las guerras actuales (Ucrania y Gaza) que llaman la atención de los expertos. Este análisis pretende arrojar algo de luz sobre un tema tan complejo como el fuego amigo. Motivado por el hecho de que está proliferando en la guerra de Gaza, con especial contumacia. 

Para citar como referencia: Baqués, Josep (2024), «El fuego amigo en la guerra de Gaza», Global Strategy Report, 6/2024.


¿Qué está pasando en la guerra de Gaza?

El origen de este análisis, así como la motivación subyacente al mismo, es el goteo de noticias que llegan de la ofensiva israelí contra Hamas en Gaza, relativas a las bajas por fuego amigo. El día 1 de enero de 2024, el periódico The Times of Israel hablaba de que 29 de los 170 militares fallecidos desde el inicio de la ofensiva militar sobre Gaza en aquellos momentos, habían caído, no por fuego enemigo, sino a causa de fuego amigo. Eso es un 17% del total de bajas. La cifra había ascendido a 36 de 188 fallecidos, a finales de ese mes de enero, esto es, a un 19%. Pero con un matiz relevante, que agrava los cómputos. Como veremos más adelante, los heridos graves también se computan en las estadísticas como bajas, en este caso, generadas por fuego amigo. Pero estos artículos no lo hacen[1]. [2]Hay que tener en cuenta que, en los últimos tiempos, la ratio entre fallecidos y heridos en acción ha tendido a ampliarse, a favor de los heridos. Esto es debido, sobre todo, a la mejora de la asistencia médica de campaña, así como a una mejor preparación en primeros auxilios de los mismos combatientes. Claro que, siendo así, el dato final puede ser, según se intuye, muy elevado.

De hecho, otras fuentes, con datos algo posteriores, y por ende más actualizados, sí aportan datos de los heridos en combate por el fuego amigo. Y son inauditos: 540 de un total de 1.300, desde el comienzo de la destrucción de Gaza[3]. O sea, un 41.5% del total de heridos en combate. Lo cual, daría un resultado combinado de más del 38% de las bajas. No creo que haya precedentes de semejante desaguisado en la historia de la guerra. Más adelante, veremos los estándares existentes a lo largo de este análisis. Y todavía habría que contar los militares israelíes fallecidos y heridos en accidentes, en el contexto de esta guerra, debido a la presión recibida. Ese tipo de bajas no se computan como fuego amigo. Pero la suma de todo ello debe invitar a la reflexión. En primer lugar, a los responsables militares y civiles de unas fuerzas armadas a las que hasta ahora se las consideraba entre las mejor preparadas del mundo (sic).

Episodios de fuego amigo a lo largo de la historia

El fuego amigo se ha dado siempre. Claro. Pero quedarse ahí sería un muy mal comienzo para este artículo. Porque, pretendiendo decir mucho, eso no aporta nada. Algunos autores relatan, incluso, que la guerra, entendida como un enfrentamiento violento entre dos (o más) grupos de una misma especie, ya se daba entre simios (Kirke, 2012: 7). Pues muy bien. Seguro que sí.

Ahora bien, por nuestra parte, nos centraremos en guerra entre humanos, y, a poder ser, con datos. En ese sentido, también disponemos de ejemplos antiguos de fuego amigo, siendo probablemente el más conocido el descrito por Tucídides, respecto a la batalla de Delos, en el siglo V a.C. En ese caso, lo hubo entre atenienses, a golpe de espada y lanza, a muy corta distancia. Tras haber rodeado con éxito al enemigo, en medio de la confusión, también hubo abundantes bajas amigas, quizá porque apenas había diferencias visibles entre los dos bandos: ni en fisionomía, ni en uniformidad (Syms, 2012: 8). El tema de la uniformidad como parte importante del problema es subrayado con frecuencia por este autor, incluyendo la muy usual tendencia en la era napoleónica, al empleo de uniformes azules y blancos, por parte de muchos contendientes. Menos británicos y, a veces, suecos (ídem: 9 y 12).

Dicho lo cual, todas las evidencias apuntan a que el fuego amigo se da cada vez con más frecuencia. La causa última podría integrarse en ese concepto, tan clausewitziano, de la “niebla de la guerra”. Concepto que tiene la desventaja de que incluye muchas cosas, y la ventaja de que permite acotar el debate, dentro de unos parámetros comprensibles, a fuer de razonables.

El concepto de “niebla de la guerra” requeriría, en sí mismo, un artículo. Aquí no podemos detenernos tanto, pero sí podemos ofrecer unas pinceladas a los lectores. Porque eso es lo que hace que Clausewitz distinga entre la guerra “abstracta” (léase, entre la teoría) y la guerra “real” (entiéndase, la praxis de la guerra). Y que proceda en términos contundentes. Se trata de una autentica obsesión en su obra. Así, en el Libro VIII de su clásico, ya se había preguntado. “¿Por qué el concepto teórico no se cumple en la práctica?”. La respuesta es poliédrica. Reuniendo algunos de sus principales argumentos, y siempre según sus propias palabras: “la guerra es el reino del esfuerzo físico y del sufrimiento. Estas dos fuerzas destruyen a quien no se hace indiferente a ellas (…) en la guerra muchos informes de inteligencia son contradictorios, muchos más, falsos, y casi todos, inciertos, y el miedo contribuye a multiplicar las mentiras y las inexactitudes” (Clausewitz, 1993: 210 y 231-232). Y todavía falta el factor “azar” que, a su entender, provoca que el mando “descubra continuamente que las cosas no son como esperaba” (ídem. 211). 

Quizá con este párrafo, repleto de citas del maestro prusiano, habría suficiente para una primera aproximación a las causas del fuego amigo. Pero tampoco nos detendremos aquí.

De hecho, y no reñido con lo anterior, algunos autores recalcan que, pase lo que pase con las innovaciones tecnológicas, siempre habrá fuego amigo. Porque, al fin y al cabo, aquí el problema que se plantea es la reacción de seres humanos ante situaciones de estrés, vinculadas al combate (Syms, 2012: 34). Eso puede entrenarse y corregirse (es de lo que se trata) pero difícilmente puede eliminarse. Pues el factor humano tiende a ser una constante, aunque opere en medio de muchas variables.

En efecto, el fuego amigo no era tan frecuente, sin ir más lejos, en las guerras de 1ª generación (1GW), entre la Paz de Westfalia y las guerras napoleónicas, con sus líneas de frente bien definidas, y con los ejércitos antagonistas consecuentemente distribuidos en el campo de batalla (de por sí, acotado) en filas y columnas. Historiadores militares, que, además, son militares historiadores, nos lo exponen a través de un lenguaje gráfico:

“El ritmo era tan lento que, para obtener fuego continuo, la infantería adoptaba la formación en cuatro o cinco líneas, cada una de las cuales recargaba, solemnemente después de haber disparado”. Todo ello acompañado de “movimientos acompasados y minuciosos” (Schneider, 1966: 15).

Será por eso por lo que historiadores todavía más recientes califican el problema del fuego amigo, aunque existente, como un problema “menos serio”, en los tiempos que relata Schneider (1648-1860, aproximadamente), precisamente debido a esas “líneas de fuego” tan bien definidas, a su vez insertadas en “campos de batalla circunscritos” (Shrader, 1985: v) Todo ello, contando, además, con que se trataba de ejércitos dotados de armas de pequeño alcance (100 metros, apenas, si hablamos de mosquetes, en su caso, con bayonetas).

Posteriormente, la situación empeoró. Pero no solo a causa de la aparición de nuevas tácticas o de nuevas tecnologías. Más bien, con las guerras de segunda generación (2GW), la entrada masiva de conscriptos en las FFAA, unida a la reducción de profesionales bien entrenados, fue uno de los factores que más contribuyó a una primera tendencia al incremento del fuego amigo. Máxime, cierto es, cuando esa entrada masiva fue coetánea a la introducción de la artillería -tantas veces llamada a batir objetivos situados más allá del alcance visual, con la complejidad que eso supone en el siglo XIX-, que muchas veces debían manejar esas mismas tropas. Entonces, la artillería de campaña habría sido responsable de una parte sustancial del fuego amigo en la Primera Guerra Mundial, aunque el peso de armas entonces tan novedosas como los carros de combate y los aviones, no fue desdeñable (Syms, 2012: 20). Entiéndase bien la moraleja: quizá, ni la introducción de la conscripción, ni la irrupción de nuevas tecnologías, más letales, a mayor distancia, sea causas suficientes para explicar el incremento. Pero la combinación de ambas, probablemente sí que lo sea.

Tratando de hacernos con una definición

Hecha la introducción, y antes de adentrarnos en los detalles más jugosos de este análisis, conviene abordar la cuestión de cómo se ha llegado a consensuar una definición del fuego amigo. Aunque el nombre no hace a la cosa, hay que decir que suelen emplearse diversos eufemismos para referirnos al mismo fenómeno. Así, en la literatura anglosajona es usual referirse al fuego amigo como “blue on blue”. De tan aceptado, ni siquiera se considera un coloquialismo y sí, en cambio, parte del argot militar. Conste, pues, en acta.

Por otro lado, ya que hemos citado a Shrader, valga añadir que este autor, por entonces, teniente coronel del ejército de tierra de los EE. UU, prefirió emplear el término Amicicide, para hablar del fuego amigo. Algo que más que un castellanismo, sugiere un italianismo. El autor remite expresamente al latín “amicus” (amigo), más “cide” (dar muerte a…), también latín (Shrader, 1985: viii). Quede constancia, también de esto, por si el lector se topa con esta palabra en otros trabajos.

En todo caso, sea cual sea el lexema empleado, conviene pulir el concepto, para evitar tanto exageraciones como errores conceptuales.

Lo primero, las exageraciones, pueden identificarse cuando se carece de cifras, o no se ofrecen del modo más correcto, de manera que el análisis termina basándose en sensaciones. Así, por ejemplo, John Keegan recoge en uno de sus libros el amargo lamento de un oficial británico que, a principios del siglo XIX llegó a afirmar que su ejército perdía más hombres por el fuego amigo, que por el enemigo (Keegan, 1976: 193). Obviamente, ese no era el caso. Así, por ejemplo, John Keegan recoge en uno de sus libros el amargo lamento de un oficial británico -el TCol. Anderson, al mando de una unidad de dragones en Waterloo, quien, a principios del siglo XIX, llegó a afirmar, literalmente, que su ejército perdía más hombres por el fuego amigo, que por el enemigo (sic). Y que eso incluía, para mayor asombro, bajas causadas a espada, además de las originadas por el fuego de infantería o de artillería, achacándolo, en parte, a la continuación de la batalla cuando cae la noche. Obviamente, ese no era el caso. No hubo más bajas por fuego amigo que por fuego enemigo. Ni siquiera, creo, si contaba los caballos. El mismo Keegan lo admite y a renglón seguido tilda las afirmaciones de Anderson, de “exageradas” (Keegan, 1976: 195). Ciertamente. Pero no es una frase (o un lamento) que deba caer en saco roto. Muestra que el fenómeno ya existía (como sabemos); y, sobre todo, que era objeto de preocupación entre la oficialidad de algunos de los ejércitos más poderosos del momento. Lo que significa, más allá de los datos concretos, que el fuego amigo no era nada excepcional.

Lo segundo -los errores conceptuales- tiene que ver con que el “fuego amigo” es lo que es. Me explico: se trata de fuego que iba dirigido contra el enemigo, pero que recae en tropas del mismo ejército, o de un aliado, debido, o bien a una mala identificación del objetivo; o bien, debido a falta de precisión. Por ende, su característica común (y fundamental) es que se trata de bajas causadas de modo no intencionado. Por consiguiente, solo incluye bajas causadas mientras se lleva a cabo una acción hostil contra el enemigo, de modo, por lo tanto, inopinado. Para llegar a esta definición, podemos partir de una reconocida obra de Samuel L. ‘Slam’ Marshall, Men Against Fire (Marshall, 1947: 193). Pero también de documentos oficiales de los EE. UU. bastante más recientes (v. gr. FM, 1986. i). En esa misma línea, la propuesta conceptual recogida por varios oficiales estadounidenses: “the employment of friendly weapons and munitions with intent to kill the enemy or destroy his equipment or facilities that results in the unforeseen and unintentional death or injury to friendly personnel” (Dickson y Hundley, 1992: 57). Otra buena definición, sencilla y muy operativa, señala que el fuego amigo es “un incidente en el cual tropas amigas disparan contra sus propias tropas o vehículos por error” (Bowyer, 1999: 23). Por consiguiente, siempre hay disparos sobre un objetivo, y siempre hay un error.

Siendo así, rectamente entendido, el fuego amigo no incluye (o no debería incluir) ni las bajas producidas por el mal funcionamiento de ciertos equipos (v.gr. una granada de mortero que estalla en el interior del tubo de dicho mortero, causando bajas entre sus operarios), ni tampoco los suicidios. Ni, asimismo, el fuego intencionado contra los compañeros de armas, por el motivo que sea (incluso disciplinarios, en su caso). Así, cada uno de esos diversos episodios merece un tratamiento diferente, como lo sería el de las posibles soluciones a adoptar.

Evolución del fuego amigo

Los datos que la mayor parte de los historiadores norteamericanos toman por buenos, apuntan que, en la guerra de Corea, hubo un 0.6% de muertos por fuego amigo entre los militares estadounidenses (KIA[4], en adelante); así como un 1.9% de heridos, por el mismo motivo (WIA[5], en adelante). En la guerra de Vietnam, las cifras empeoraron un poco, aunque sin dispararse. Contrariamente a ciertos tópicos, siguieron siendo moderadas: 2.85% entre KIAs y WIAs. Tal como lo plantea otro estudio, en la guerra de Vietnam, las bajas por fuego amigo, quedarían “por debajo del 3%” (Stevenson, 2006: 11). En todo caso, Stevenson desconfía de los informes oficiales, aduciendo que los gobiernos (pero también los militares de mayor rango y responsabilidad) siempre tienden a minimizar la cifra (a maquillarla a la baja, si se prefiere), porque se trata de errores de los que son responsables, siquiera sea en última instancia, y porque, en cualquier caso, si pensamos en los políticos, sus votantes los harán responsables de ello[6]. Ocurre que, si lo que señala Stevenson es verdad, habría que entender que esas cifras deben ser, eventualmente, retocadas al alza. Con todo, eso no afecta a la comparación en ciernes en nuestro análisis. Simplemente, para la guerra de Corea, habría que asumir un % KIA+WIA+x, siendo x lo que corresponda a esa deflación políticamente interesada. Para la guerra de Vietnam, o la del Golfo, de la que enseguida hablaremos, habría que proceder del mismo modo. Pero, notoriamente, los datos conocidos y declarados marcarán una tendencia, en la dirección que sea, en función de ese % KIA+WIA.

Por otra parte, esto muestra que, en cambio, no podemos sospechar siquiera que los datos de fuego amigo están inflados. Entonces, podemos decir que son, como mínimo, los que constan en esos informes oficiales.

Echando la mirada atrás, lo que llama la atención de Shrader, es que un general francés (Percin) comenta que, en la Primera Guerra Mundial, su ejército sufrió unas 75.000 bajas por fuego amigo, lo que, referenciado a las 4.945.000 bajas totales, nos da una cifra similar a las anteriores (en torno al 1.5% entre KIAs y WIAs). Muy cerca de los estándares del escenario coreano, pero algo menos que del vietnamita (Shrader, 1985: x-xii). Dicho con otras palabras, esas cifras de fuego amigo, entre el 1 y el 3% podrían considerarse estandarizables, de acuerdo con la percepción de los expertos y los mandos militares. Tanto es así, que en los círculos expertos en el análisis del fuego amigo, en los EE. UU. se llegó a hablar del “path of 2%” (Sa´adah, 1992: 14). Cuando menos durante tres cuartos de siglo, desde la primera Gran Guerra hasta la guerra de Vietnam, ambas incluidas.

Hay que decir que, frente a esa suerte de consenso generalizado, Syms (2012) llega a una conclusión diferente: en su opinión, los episodios de fuego amigo no se habrían acrecentado, al menos desde la Primera Guerra Mundial o, incluso, podrían presentar cierta tendencia a la baja. Pero la razón de ello estriba en que Syms se basa en las muertes por episodio, no en el porcentaje sobre las muertes totales. Entonces, plantea que la ratio de muertos por episodio de fuego amigo es lo que habría bajado un poco a lo largo de ese período. Probablemente, añado por mi cuenta, debido a una concentración de tropas no tan acusada como la que se daba en la guerra de trincheras típica de la primera guerra mundial. Ahora bien, eso solamente indica que en los episodios usuales de fuego contra enemigo también habría ratios más elevadas de bajas por cada acción, mientras todavía deja en el aire el cálculo de esos porcentajes. Por ello, pese a la interesante perspectiva de Syms, me remito al de Shrader.

En todo caso, mientras Syms cree detectar un ligero descenso de las bajas por fuego amigo, y Shrader observa un estancamiento en el entorno de esa horquilla (1-3%), la realidad ha desmentido ambas cosas, al menos en los últimos 30 años.

Entonces, el resultado de comparar los datos de Shrader con los que se deducen de algunas de las guerras más recientes muestra una tendencia, bastante clara, a que se disparen las bajas por fuego amigo. De hecho, las alarmas saltaron durante la Operación Tormenta del Desierto, en 1991. Así lo han admitidoincluso los más críticos (v. gr. Kirke, 2012: 37).Todo ello en pleno apogeo de una RMA basada, paradójicamente, entre otras cosas, en una considerable mejora del targeting. Pero hay otras variables que influyen en ese resultado. Si antes decíamos que la linealidad de las operaciones en las 1GW podía contribuir a la reducción de las bajas por fuego amigo, en las guerras de tercera generación (3GW) y, con más razón, cuanto más nos acercamos a las 4GW, la extraordinaria dificultad para acotar el campo de batalla convierte en más plausible la proliferación del fuego amigo. Mucho de eso sucedió en Irak.

Pero ya se dio en Vietnam, en un escenario con una gran dispersión de fuerzas sobre el terreno, y sin frentes claros, con no tan malos resultados (Stevenson, 2006: 6). De este modo, la progresiva expansión de capacidades de identificación de objetivos no solo no resolvió el problema planteado, sino que en ocasiones lo agravó, dado el exceso de confianza generado, combinado con ese campo de batalla vacío, casi imposible de contornear y con enromes dificultades para fijar las posiciones de amigos y enemigos. Esto puede parecer contraintuitivo. Pongamos, pues, un ejemplo, para entender que no lo es. Si los operadores de un sistema de armas disponen de guía GPS, esto elimina el requisito de identifica visualmente el objetivo. Y, lo que es peor, va mermando también la habilidad para hacer tal cosa (Rasmussen, 2007: 35). Así las cosas, efectivamente… “During Operation Desert Storm (ODS) U.S. Forces suffered 613 military battle casualties, 146 killed in action (KIA) or died of wounds (DOW), and 467 wounded in action (WIA). Of the 146 KIA, 35 were caused by “fire from friendly forces” and, of the 467 wounded, 72. All these counts are from the Department of Defense Final Report to the Congress” (Sa´adah, 1992: 18).

Todo lo cual nos lleva a cerca de un 24% KIA y un 15% WIA (para un 17.5% combinado). El Ministerio de Defensa de los EE. UU. admitió públicamente una cifra del 23% (Ash, 2012: 51), probablemente porque se refería solo a los KIAs. Otras fuentes (las más moderadas) hablan de entre un 10% y un 15% combinado (Kirke, 2012: 38). Todo ello contando, como aquí se ha indicado, el fuego amigo sobre militares de un mismo bando. Es decir, excluyendo una posible definición más amplia de fuego amigo, que incluya bajas civiles. Pues de incluirse, la cifra se iría con toda seguridad muy por encima del 17.5% recogido por Sa´adah. Pero conviene homologar criterios. En todo caso, se trata de una ratio (incluso si aceptamos el 15% de Kirke) que fue considerada como muy alta -demasiado alta- por los expertos, en ese contexto histórico (1991-92). Con todo, las malas noticias no terminan ahí. Tal como señala un experto, en realidad, hay muchos más episodios de fuego amigo que los que reflejan las bajas causadas por ellos. No en vano, no todos concluyen con muertos o heridos graves como resultado.

Lo cual sugiere que el incremento de fuego amigo, desde la segunda guerra mundial a la Operación Tormenta del Desierto ha sido todavía mayor de lo que sugieren las cifras de bajas causadas por este motivo (Rasmussen, 2007: iii). Por ejemplo, en la Operación Tormenta del Desierto pudo haber cerca de un 24% de bajas por fuego amigo. Pero nada menos que un 77% (sic) de los vehículos de la coalición occidental destruidos lo fueron por ese mismo fuego amigo (Rasmussen, 2007: 16). Así, de los 18 militares británicos fallecidos durante esa operación, la mitad lo fueron, dentro de sus vehículos blindados, tras ser alcanzados por los A-10 de los EE. UU, que, en su momento, los confundieron con una columna mecanizada iraquí.

También hubo casos de fuego fratricida en combates aire-aire, como el acontecido en los cielos de Irak, el 14 de abril de 1994, cuando dos F-15 derribaron otros tantos UH-60 (US Army). Episodio que costó 26 muertos, pues ambos helicópteros iban cargados de personal hasta los topes. En todo caso, las evidencias sugieren que, en este campo en concreto (combate aire-aire) la introducción de mecanismos IFF (Identificación Amigo-Enemigo) usual en el último medio siglo, sí está contribuyendo a minimizar el problema del fuego amigo (Stevenson, 2006: 6).

A pesar de todo, uno podría pensar que, al fin y al cabo, en cifras absolutas, tampoco son tantas bajas. Pero esa sería una mala interpretación. Porque, si bien hay militares que pueden morir de todo tipo de accidentes (v. gr. de tráfico, mientras se trasladan de su casa a la base o viceversa), lo que realmente preocupa a los responsables políticos (en forma de críticas que desean evitar), ocupa a los periodistas (en busca de la polémica, que puede tener consecuencias imprevisibles en la era de los mass-media globales) y, probablemente, afecta también a la moral del combatiente (e incluso, eventualmente, a su rendimiento en combate) es, precisamente, el fuego amigo. Es decir, cuando hablamos de fuego amigo, hablamos de cifras, es verdad. Pero también hablamos de algo más que cifras.

Causas más frecuentes de fuego amigo

Causas extensibles a diversos tipos de guerra

Sa´adah solo cita una causa relacionada con la efectividad militar. Pero contiene una apreciación muy interesante, que encaja bien con lo acontecido en esa guerra relámpago de 1991 en suelo iraquí: en guerras muy cortas, apenas da tiempo a que los combatientes adquieran una experiencia que solo se obtiene sobre el terreno y en situaciones reales, de modo que, si la guerra se alargara, aunque aumentara el nº de bajas (claro), eso haría que disminuyera la proporción de las generadas por fuego amigo.

La escasa preparación para el combate, incluso de las tropas profesionales, no hace sino agravar cualquier posible diagnóstico, cuando se trata de reservistas, o de personal movilizado para la ocasión, sin apenas formación previa. Saber manejar un arma en una galería o campo de tiro, no es lo mismo que hacer lo propio en el contexto de un combate. Como señala un oficial del ejército de los EE. UU. -en este caso, el mayor Glenn: “New soldiers themselves lacked confidence in their weapons. “in many cases the infantryman seemed to have little confidence in his training and to have been unfamiliar with the weapons assigned him for use in combat” (Glenn, 1987: 32).

Esto contiene más aristas, perceptibles a medida que acumulamos datos. Porque, en efecto, en las guerras que se alargan, se puede (se suele, de hecho) plantear la cuestión de las lecciones aprendidas, que pueden mejorar el rendimiento de las tropas, a medida que el conflicto avanza. Hay pocas dudas, por ejemplo, de que los rusos han aprendido de sus errores en los primeros meses de la guerra de Ucrania, hasta convertirse en un ejército bien engranado. Siendo así, quizá el dato clave ni siquiera sea que la tropa sea o no profesional. Puede ser más importante que tenga el rodaje adecuado en combate. Esta apreciación, para algunos sorprendente, se colige de los datos de bajas por fuego amigo australianas en la guerra de Vietnam: no menos del 7% entre KIAs y WIAs, mientras que los cálculos más pesimistas abren la horquilla hasta el 13.7% -una cifra inaudita hasta entonces- (Stevenson, 2006: 12-13). Esto es, los soldados profesionales australianos tuvieron que lamentar más del doble -y quizá el triple- de bajas por fuego amigo (en porcentaje, por supuesto) que las sufridas por el ejército de los EE. UU, en esos momentos repleto de conscriptos, en la misma guerra.

La explicación puede radicar en el hecho de que el ejército de los EE. UU. se ha visto envuelto en guerras, de mayor o menos intensidad, constantemente: hay lecciones útiles para diversos escenarios. Esa experiencia acumulada, puede ser rentabilizada, asimismo, por la tropa de reemplazo, con un mando adecuado -que sí estará fogueado en combate- y que siempre podrá trasladar dicha experiencia hacia sus subordinados. En síntesis, aplicando la cláusula ceteris paribus, siempre es mejor (más eficaz) disponer de tropa profesional. Sin embargo, unas fuerzas profesionales menos habituadas al combate pueden no ser más eficaces que tropas conscriptas que rentabilicen las lecciones aprendidas durante años, debidamente administradas por sus cuadros de mando. Las dos cosas son ciertas, a cambio de que la explicación sea (forzosamente) algo más alambicada.

Obviamente, hay explicaciones complementarias. Por ejemplo, algunos expertos señalan que el problema más importante para esas tropas es la mala identificación de sus objetivos. Lo que los estadounidenses dan en llamar CID: Combat IDentification, se ha ido desarrollando mucho tanto en la USAF, como en la US Navy, pero muy poco en beneficio del US Army. Sin perjuicio de que se hayan documentado varios casos de fuego amigo, tanto en Corea como en Vietnam (así como, después, en la isla de Granada y en Panamá), causado por ataque aéreos contra militares de los propios EE. UU., lo cierto es que buena parte del fuego amigo recayó en las operaciones del ejército de tierra (Rasmussen, 2007: iii) debido a esa falta de capacidad CID. Existen informes de la guerra de Vietnam, basados en autopsias, que indican qué armas fueron las principales involucradas en estos episodios: fusiles de asalto M-16, lanzagranadas M-79, artillería de campaña, y minas Claymore. Esas cuatro causaron más del 10% del total de KIAs (Sa´adah, 1992: 7).

En el caso del ejército australiano en Vietnam, el 58% de las bajas por fuego amigo fueron provocadas en enfrentamientos entre infantería, y cerca de un 30% por fuego de artillería (Stevenson, 2006: 14). Mientras que las bajas causadas desde el aire apenas están en el 10% del total. Lo cual no es óbice, como veremos pronto, para que algunos de los casos más espectaculares y, por ende, dramáticos, de fuego amigo, hayan sido protagonizados por otros ejércitos (singularmente, el del aire). Pero ello puede sr debido a que, aun con menos incidentes, hay más bajas por incidente.

Dicho lo cual, otras causas alegadas por Sa´adah para entender la razón de ser de esas cifras tan elevadas son de corte puramente metodológico. Nos interesan dos de ellas, en la medida n que tengan alguna verosimilitud. A saber:

a) no necesariamente hay más bajas por fuego amigo de las que había unas décadas más atrás. Simplemente, lo que hay son más víctimas de fuego amigo registradas en guerras recientes (donde lo importante pasa a ser la palabra “registradas”). Pero porque ahora se investigan los detalles de las circunstancias concretas de cada baja, mucho más de lo que se hacía en las guerras del pasado; de esta manera, el incremento de bajas por fuego amigo tendría algo de espejismo (sic).

b) puede que sí haya un porcentaje (real) algo más elevado de bajas por fuego amigo (pero no tanto). Ahora bien, eso podría ser debido a que en muchas de estas guerras modernas (casi habría que decir, posmodernas, a medida que nos aproximamos a la actualidad) hay un menor número total de bajas. Así, por ejemplo, las bajas sufridas por la coalición liderada por los EE. UU. en la campaña inicial de la primera guerra de Irak (1991) no alcanzan ni las 1.000, si solo contamos los KIAs.

Sea como fuere, vemos que Sa´adah nos remite a diversos tipos de trampas contables, más o menos sofisticadas, para interpretar las cifras al uso. Desde luego, a) es más plausible que b). Aunque b) es muy útil, ciertamente, para explicar lo sucedido en operaciones típicas lideradas por los EE. UU. en los años 80 del siglo XX. Ciertamente, las menos dilatadas en el tiempo y con menos bajas totales. Estoy pensando en la operación Furia Urgente (Granada, en 1983, con 17 bajas causadas por la acción de un A-7) o la operación Causa Justa (Panamá, en 1989, con 21 bajas provocadas por la acción de un AC-130) ya que, en ambos casos, el fuego amigo fue la causa principal (y desde luego mayoritaria) de las por otro lado escasas bajas totales de los EE. UU.

Sin embargo, el problema es que el énfasis puesto en este tipo de razonamientos, de tipo contable, inhiba la importancia de las causas reales del fuego amigo, estrictamente militares (como una mala selección de objetivos), que son las que se pueden contrarrestar, en la práctica.

Causas vinculadas al tipo de guerra desarrollado en Gaza

Hasta ahora, hemos hablado de las diferencias entre 1GW, 3GW y hasta 4GW, pero la guerra de Gaza va más allá de todo ello, siguiendo esta evolución. Entonces, el tipo de guerra que ahí se desarrolla no es indiferente para comprender la elevada incidencia del fuego amigo que sufren las IDF. Planteo este importante tema en los siguientes párrafos…

La guerra de Gaza no es una guerra convencional. Si acaso, es una versión menor de la guerra híbrida, en el sentido en que la plantea Frank Hoffman. Digo menor, porque, en realidad, para ser una guerra híbrida, hasta el antagonista que juega a eso debe tener fuerzas convencionales, aunque enmarque su empleo en una lógica (o doctrina) propia de la guerra de guerrillas. De lo contrario estaríamos ente una guerra de guerrillas, sin más. El caso es que Hamas no es Hezbollah, que sí posee misiles anticarro de largo alcance, SAM, blindados e incluso artillería de campaña. Así, disponer de abundantes RPG o fusiles de asalto difícilmente es suficiente para asumir que eso son las armas propias de unas fuerzas convencionales, tal y como lo plantea Hoffman.

Dicho lo cual, hay un dato muy relevante, para entender lo que está pasando en Gaza. Estamos ante un caso arquetípico de guerra urbana (Urban Warfare -UW, en adelante–). Y eso sí encaja en el nuevo paradigma, pese a la escasez de recursos de Hamas. En efecto, los hybrid warriors del pasado buscaban, conscientes de su debilidad, enfrentar a las potencias que eran militarmente más fuertes (en el típico escenario de David contra Goliat) en zonas incómodas para Goliat: selvas, desiertos, o zonas muy montañosas. Tiene plena lógica: David siempre trata de compensar su debilidad militar buscando un escenario que sea lo más incómodo posible para Goliat. A ese territorio, hostil, en el que una guerra se puede empantanar se lo llama Contested Zone, en el argot de las guerras híbridas. Lo que viene sucediendo, siempre a ojos vista de los más expertos, es que los entornos urbanos son las nuevas Contested Zones (v. gr. Hoffman, 2007: 15).

No es una decisión aleatoria. Que David (Gaza) se esconda tras la única Contested Zone que puede elegir (una ciudad) frente a la agresión de Goliat (Israel), le reporta ciertos beneficios. Porque la UW es la peor guerra posible hasta para los ejércitos más poderosos.

En una UW se combate constantemente a 360º, tanto en la superficie como bajo tierra (se dice que en Gaza hay túneles, de acuerdo, pero si no los hubiere, en otras ciudades, se podrían emplear las cloacas, como parte del campo de batalla); los grandes vehículos blindados (carros de combate) son más vulnerables, porque no maniobran bien entre callejuelas estrechas y porque pueden ser atacados desde los áticos y azoteas, por donde tienen menos blindaje (su parte superior) o en cualquier esquina, contra la parte lateral de su chasis (también menos blindada que su frontal). Lo mismo sucede con los VCI. Además, demoler edificios, a bombazos y/o con bulldozers, no es garantía de nada… bueno. Las nubes de humo y polvo dificultan la puntería, y los escombros constituyen buenos parapetos para guerrilleros o fuerzas muy móviles, dotadas de armamento ligero (individual o colectivo). Un escenario de edificios derruidos, y de pasos estrechos, es ideal para las emboscadas, mientras el estrés de quienes se ven atrapados ahí sube muchos enteros, y la “orografía urbana”, perjudica la evacuación rápida de los heridos en combate. Sí, como el lector advierte, se trata del infierno en la Tierra. A eso están sometidas las IDF.

Siendo todo eso cierto, en este párrafo voy a emplear varios argumentos de autoridad, en batería, para explicar qué implica una UW: devuelve a los combatientes a una “guerra lenta, costosa, y primitiva” (MacCarthy, 2018: 23), en la que las nuevas tecnologías pierden parte de su eficacia, puesto que muchos equipos de comunicaciones dejan de funcionar, o lo hacen intermitentemente, perdiendo fiabilidad (Oliker, 2001: 2), en la que ni siquiera armas no tan sofisticadas pueden explotar todo su potencial: comparemos lo que da de sí la artillería de campaña en campo abierto con sus posibilidades en medio de una maraña de edificios (Bataller, 1996: 90), y, en la que la “orografía urbana” contribuye a fragmentar las GUs (grandes unidades) con las que trata de maximizar su ventaja, la fuerza militarmente superior (Kilcullen, 2015: 106). Por lo demás, la tentación de seguir atacando desde la distancia, empleando medios aéreos, ya sean aviones o helicópteros de combate, es muy alta, a fin de minimizar bajas por fuego enemigo. Pero, probablemente, a coste de incrementar las provocadas por fuego amigo.

Por todo ello, esto de la UW un mal negocio para Israel. Pero ha sido la respuesta elegida por Israel. Así las cosas, es altamente probable que una parte de la explicación del desaguisado de las IDF, en forma de fuego amigo, tenga que ver con esto. Puedo añadir que la UW implica mucho desgaste para Goliat, pero eso no significa que vaya a ser militarmente derrotado por David. De hecho, David no busca una victoria militar que es imposible.

Entonces, ¿qué busca? Una derrota social, económica y política de Goliat: que ese desgaste lo lleve a la quiebra interna. Algo no tan impensable, pues la sociedad israelí está muy fragmentada por dentro, a todos los niveles (político, pero también religioso) y es complicado que Israel salga boyante de una guerra larga, incluso en caso de ganarla en el campo de batalla. De hecho, siempre ha buscado acortar las guerras. El caso de 1967 es un extremo, dentro de esa misma tendencia. Pero las demás tampoco se han dilatado mucho en el tiempo. Porque el aluvión de reservistas movilizados ya no acude a sus puestos de trabajo; la mano de obra barata, procedente de Gaza, tampoco lo hace, de modo que la economía sufre mucho. Y la parálisis económica pende de un hilo. Un hilo que se llama Azerbaiyán, y que, por el momento, sigue exportando crudo a Israel. Pero es aliado de Turquía (liderado por los hermanos musulmanes que comparten afinidad con los atrapados en Gaza).

Apuntado queda, el tema de la Urban Warfare entendida como Contested Zone, dada su relevancia. Pero este análisis no se ciñe a ello, ni se conforma con esa parte de la respuesta, aunque sea plausible. Tenemos muchas más cosas que ver. Procedamos…

Posibles soluciones para mitigar el fuego amigo

Algunos expertos han buscado soluciones, si no para erradicar el problema (pues eso es demasiado ambicioso) sí, al menos, para reducir su impacto, devolviendo las cifras a unos estándares razonables. Básicamente, se enfatizan aspectos como, para empezar, tomar conciencia del problema; y, para continuar, mejorar, a través del adecuado entrenamiento de los futuros combatientes, las expectativas de éxito; finalmente, dotarse de tecnologías que faciliten ese control, dirigiendo una parte de los numerosos esfuerzos de I+D a ese fin. De acuerdo con uno de esos expertos: “doctrine can assist in reducing the risk of fratricide by: 1) developing a doctrinal awareness for fratricide; 2) directing and facilitating the training required to reduce the risk of fratricide; and 3) driving the technological development and materiel acquisition required to support fratricide reduction efforts. Ultimately, the role of doctrine is not to furnish any final answers, but to provide the impetus to develop innovative and creative solutions to the problem of reducing fratricide on tomorrow’s battlefield” (Garrett, 1993: ii).

Puede decirse que lo que plantea Garrett es correcto. ¿Dónde hay que firmar? Pero todavía insuficiente, por demasiado genérico. Puede ser (es, de hecho) un buen punto de partida, para retomar el debate, y así impedir que se quede en el fondo de algún cajón, ya sea físico o conceptual. Sin embargo, hay que complementar esas buenas intuiciones con medidas tangibles, una vez identificados los errores y problemas más frecuentes, gracias al buen hacer de los historiadores militares. Hemos apuntado algo de ello en el epígrafe anterior. Y sabemos, a raíz de eso, que el entrenamiento en tiempo de paz, siendo necesario, no lo resuelve todo: reaparecerá siempre la “niebla de la guerra”. Además, hay variables que también sabemos que cuentan, y con las que hay que contar: ¿disponemos de un ejército básicamente profesional, o mayoritariamente formado por conscriptos? Por otra parte, como sabemos, asimismo, por la experiencia acumulada, la incorporación de nuevas tecnologías, incluso dentro de un complejo entramado de C4ISTAR también contiene lagunas, hasta el punto de que puede ser, paradójicamente, contraproducente.

Entonces, apoyándonos en otros autores, podrían citarse aspectos, menos filosóficos que los traídos a colación por Garrett, pero tremendamente prácticos, de modo que pueden contribuir a mejorar las cosas. En todo caso, prefiero plantearlo como un desarrollo y concreción de las tesis de Garrett, más que como un recetario alternativo. En todo caso, el lector notará al instante, que nos movemos en diferentes niveles de análisis. Por ejemplo, habría que apurar los márgenes de mejora de todo lo que tiene que ver con la identificación. Comenzando por los uniformes (diferenciándolos). Una buena práctica, que ya estamos viendo en la guerra de Ucrania, consiste en que los militares de cada bando, refuercen las escasas diferencias de sus respectivos uniformes, mediante el empleo de brazaletes de colores distintos y muchas veces chillones (amarillo, azul, rojo, aunque también se emplea el blanco, que, por contraste con el mimetizado desgastado, suele tener un impacto visual no menos chillón); volver a emplear banderas y banderines en las zonas de combate; pintar (estoy tentado de decir pintarrajear, para enfatizar el tema) los vehículos, blindados o no, con las propias insignias, y hacerlo, sobre todo, en las zonas más susceptibles de recibir fuego amigo: frontales y la parte superior[7] (en la actualidad, es frecuente que se prescinda de eso, quedándonos con símbolos externos en los laterales de esos vehículos)[8]. Y, desde luego, también, mejorar las “tácticas, técnicas y procedimientos” aplicados para seleccionar blancos y disparar sobre ellos (Syms, 2012: 31-32).

Se podrían añadir otras sugerencias, en la misma línea. Pero sería fútil sin hacer antes una advertencia. Un tanto lacónica, pero indispensable: reducir el fuego amigo, es reducir el fuego, y eso puede traer ulteriores inconvenientes a las fuerzas armadas concienciadas del problema aquí planteado: hacer las cosas bien, tiene sus costes.

Sin ir más lejos, en Vietnam, los procedimientos fueron muy mejorados con respecto a guerras anteriores. Algo especialmente necesario, teniendo en cuenta el aluvión de soldados no profesionales que llegó al frente. No se trata tan solo de una evolución de la tecnología -que la hubo-. Lo más importante fue la toma de conciencia del problema, en la línea descrita (o, mejor, prescrita, por Garrett). Tanto en lo que respecta a causar bajas propias, como en lo que respecta a causarlas entre civiles. Pues se trata de dos cuestiones que, aun siendo distintas, suelen ir de la mano. Digamos que el “fuego a discreción” tampoco distingue entre bajas propias y bajas civiles, ya puestos a hacer mal el trabajo consistente en derrotar al enemigo. En efecto, se hizo un esfuerzo considerable, en esa guerra, mejorando la RoEs.

Sí, claro. Pero, como hemos planteado más arriba, eso tuvo sus detractores. Hacer bien las cosas, tiene costes, que hay que asumir. Esto fue así, hasta el punto de que “some officers and men claimed the rules unduly limited the successful application of superior American firepower” (Shrater, 1985: 16). De todos modos, ese celo tampoco desterró por completo las bajas por fuego amigo en el sudeste asiático. Cuando eran causadas por fuego de artillería, lo más frecuente era que se reprodujeran esas bajas debido a errores de los equipos de observadores avanzados, o del centro de dirección de fuegos. Y, finalmente, estando todo lo demás bien, también se documentaron casos de errores de los artilleros (Shrater, 1985: 17).

Todo indica que Israel ha optado por no asumir los costes inherentes a ese buen hacer. De este modo, logra maximizar la destrucción de Gaza, sin distinguir entre, por un lado, civiles (v. gr. lo sucedido con algunos rehenes, con bandera blanca incluida, y con los vehículos de la ONG liderada por el chef español José Andrés, que fueron impactados en reiteradas ocasiones -ni siquiera se trató de un disparo aislado- y, por otro lado (presuntos) miembros de Hamas, con miles de niños incluidos. Curiosamente, o no tanto, a tenor de lo dicho, esa ausencia de celo también contribuye a incrementar las bajas blue on blue. La IFF brilla por su ausencia, en pleno aquelarre. Difícilmente cabe esperar otra cosa, una vez se toma la decisión de hacer la guerra de este modo: sin cuartel y sin discriminación de blancos.

Bibliografía:

Ash, John (2012). “Whose Statistical Battlefield Life Is It Anyway?”, en Kirke, Charles (ed). Fratricide in Battle. (Un)Friendly Fire. London & New York: Continuum, pp. 50-74.

Bataller, Vicente (1996). “Las fuerzas de operaciones especiales y el combate urbano”, en revista Defensa, nº 219-220, pp. 89-94.

Bowyer, Richard (1999). Dictionary of Military Terms. Teddington: Peter Collin Publishing.

Clausewitz, Carl Von (1993 [1832]). De la guerra. Madrid: Ministerio de Defensa.

Dickson, Dwight B. y Hundley, Elrin L. (1992). “Avoiding Not-so Friendly Fire”. Military Review, LXXII (7).

Garret, William (1993). Fratricide: Doctrine´s Role in Reducing Friendly Fire. Fort Leavenworth (KA): United States Army Command and General Staff College.

Glenn, Russell W. (1987). Men Against Fire in Vietnam. Fort Leavenworth (KA): Army Command aind General Staff College.

FM 100-5 (1986), Operations, (Washington, DC: Department of the Army, p. i.

Hoffman, Frank (2007). Conflict in the 21st Century. The Rise of Hybrid Wars. Arlington: Potomac Institute for Policy Studies.

Keegan, John (1976). The Face of Battle. New York: Penguin.

Kilkullen, David (2015). Out of the Mountains. New York: Oxford University Press.

Kirke, Charles (2012). “The Fratricide Problem”, en Kirke, Charles (ed). Fratricide in Battle. (Un)Friendly Fire. London & New York: Continuum, pp. 36-45.

MacCarthy, Dayton (2018). Urban Litoral War. Canberra: Australian Army Occasional Paper Conflict Theory and Strategy 002.

Marshall, S.L.A. (1947). Men Against Fire. Norman (OK): University of Oklahoma Press.

Oliker, Olga (2001). Russia´s Chechen Wars 1994-2000, Lessons from Urban Combat. Santa Mónica: RAND Corporation.

Rasmussen, Robert (2007). The Wrong Target: The Problem of Mistargeting Resulting of Fratricide and Civilian Casualties. Norfolk (VA): Joint Forces Staff College.

Sa´adah, David (1992). Friendly Fire: Will we Get it Right This Time? Washington DC: National Technical Information Service.

Schneider, Fernand (1966). Historia de las doctrinas militares. Barcelona: Vergara.

Shrader, Charles R. (1985 [1982]). Amicicide: the Problem of Friendly Fire in modern War. Fort Leavenworth (KA): United States Army Command and General Staff College.

Stevenson, Richard (2006). “Not-So Friend Fire: An Australian Taxonomy for Fratricide”. Working Paper nº 128. Melbourne: Land Warfare Studies Centre.

Syms, Paul R. (2012). “An Historical Analysis of Fratricide” en Kirke, Charles (ed). Fratricide in Battle. (Un)Friendly Fire. London & New York: Continuum, pp. 7-34.


[1] https://www.timesofisrael.com/idf-deaths-of-29-of-170-soldiers-in-gaza-op-were-so-called-friendly-fire-accidents/

[2] https://www.anews.com.tr/world/2024/02/05/hundreds-of-israeli-soldiers-injured-due-to-friendly-fire-in-conflict-hit-gaza-strip-reports

[3] https://www.anews.com.tr/world/2024/02/05/hundreds-of-israeli-soldiers-injured-due-to-friendly-fire-in-conflict-hit-gaza-strip-reports

[4] Killed in Action. KIA es un acrónimo frecuentemente empleado en los EE. UU. De ahí que aquí haga lo propio, en la medida que artículos como éste también tienen la vocación de formar en estas lides a quienes los lean, sin ser militares o expertos en la materia.

[5] Wounded in Action.

[6] La apreciación de Stevenson no es un brindis al sol, sino que se basa en entrevistas a mandos que operaban sobre el terreno, en esas guerras. Gracias a esas entrevistas, descubre que la percepción de esos mandos acerca del número de bajas por fuego amigo, no se corresponde con los informes oficiales, siendo bastante más pesimista. Y eso, de un modo sospechosamente recurrente (Stevenson, 2006: 11-12).

[7] La mayor parte de los impactos que reciben los blindados empeñados en un combate puramente terrestre son frontales. Pues los reciben cuando el enemigo trata de frenar su avance. Es por eso que siempre se los ha dotado de más blindaje en esa zona. En cambio, por razones que no requieren mayor explicación, en el caso de fuego amigo que llegue por vía aérea, la parte superior (la torreta, si disponen de ella, lo cual no siempre es así) es la más vulnerable.

[8] Ni qué decir tiene que algunas de estas medidas, por su propia esencia, pueden generar rechazo entre los combatientes, ya que todas ellas buscan hacer más identificables a las tropas propias, lo que puede ser asimilado a más vulnerables. ¡Menudo dilema! Claro: menos opciones de caer por fuego amigo, a cambio de alguna más de caer por fuego enemigo.


Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

Salir de la versión móvil