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El regreso de la competencia entre grandes poderes

https://global-strategy.org/el-regreso-de-la-competencia-entre-grandes-poderes/ El regreso de la competencia entre grandes poderes 2021-02-25 07:00:00 Josep Baqués Blog post Estudios Globales Teoría política
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A los expertos en el tema, el título elegido les sonará a Mearsheimer. No es casual. Este año se cumplen treinta desde la implosión de la URSS. Aunque la crisis del modelo soviético, como suele suceder en estos casos, llevaba larvándose durante varios lustros. Las teorías surgidas en ese contexto fueron muchas y variadas. Desde la del caos que iba a llegar (Moynihan y el propio Brzezinski, éste último en algún momento de confusión) hasta el final de la historia (el primer Fukuyama), pasando por el célebre choque de civilizaciones (Huntington). Pero, aunque el abanico era amplio, en los primeros compases de esa ‘nueva era’, el modelo fukuyamiano lideró las encuestas.

Creo que la situación unipolar, vivida en la década de 1990 bajo la égida de los Estados Unidos, contribuyó a ello. No en vano, lo que Fukuyama planteaba era la victoria definitiva de la democracia liberal de la mano de la economía capitalista de libre mercado. Algo que naturalmente no gustaba a todos. Pero que pilló a los marxistas huyendo en todas las direcciones posibles, para decir de sí mismos que en realidad eran “post-marxistas”, “marxistas casi ortodoxos” (el casi es aquí lo importante); “marxistas analíticos” (profundamente odiados por los “post” y los “casi”) mientras los más listos aducían que, en el fondo, siempre habían sido socialdemócratas y los menos conformistas se preparaban para aparcar su coche en la acera de enfrente (anarquista). No, no todos estaban de acuerdo con el diagnóstico de Fukuyama.  Pero al menos ese diagnóstico prometía el final de las tensiones (a medida que los demás actores fuesen incorporando su conducta a lo que cabía esperar de acuerdo con esa teleología).

Ese diagnóstico, ideológicamente sesgado, científicamente improbable (véase la crítica popperiana a todas las teleologías previas, hegelianas y marxistas) e imbuido de un exagerado idealismo, tuvo siempre sus detractores… en los propios Estados Unidos (quiero decir, en el seno del equipo vencedor). Por tenerlos, los tuvo incluso en la Santa Sede, que en ese momento se esforzaba por dejar claro lo evidente; es decir, que ni le interesaba el marxismo, ni tampoco el capitalismo de libre mercado “à la Fukuyama”. Así lo demuestra la lectura de Encíclicas como Centessimus Anus, de Juan Pablo II que, como su nombre delata, fue redactada en 1991, para celebrar el cumpleaños de la Rerum Novarum. Pero lo más interesante del caso (pues la perspicacia papal se da por descontada) radica en que hasta los intelectuales volcados en la defensa de la tesis del mundo unipolar (Krauthammer, Mastanduno y hasta el propio Brzezinski) no dejaban de anunciar que el unipolarismo sería con toda probabilidad una mera estación intermedia, de paso, hacia órdenes menos ordenados.

Lo que podemos decir, tras esos treinta años, es que la realidad se impone.

Por un lado, no hay paz en cuanto a las cuestiones de corte ideológico, en el sentido que la última versión del modelo del final de la historia venía anunciando. Porque, tras el auge del yihadismo, nos encontramos con una recuperación de las ideologías que pusieron en jaque al orden liberal-democrático a lo largo de buena parte del siglo XX, por más que ahora haya que prefijarlas con el correspondiente “neo” (fascismos, marxismos, anarquismos). No es menor la relevancia del renacimiento de viejos nacionalismos que, lejos de corresponderse con los grandes movimientos ideológicos del siglo XX, lo hacen con los del XIX (no son muy posmodernos, que digamos), especialmente en sus versiones Volkgeist. Aunque, para el caso de los nacionalismos, todo es más paradójico (si cabe) en la medida en que mientras Fukuyama recitaba su oda, en Yugoslavia acontecía uno de los mayores desastres humanos de las últimas décadas, con genocidios incluidos, al amparo de esos nacionalismos de “viejo cuño”. Algo que debería haber generado una reacción mayor en otros autores. Pero que, entre los más conocidos, solamente fue recogido por Huntington (y encima fue criticado por ello… vivir para ver…).

Por otro lado, la competencia entre grandes potencias ha vuelto a ponerse de relieve. La Rusia de Yeltsin dejó hacer a los Estados Unidos. En parte por la etapa histórica en el que se da su mandato (coincide con esos años 90 del unipolarismo) y, en parte también, por el posicionamiento del personaje en cuestión. Pero desde que Putin ha llegado al poder (y ya van dos décadas) Rusia ha pasado de la resiliencia a la asertividad. Y no conoce otros límites que los que le impone esa misma realidad a la que apelo en este artículo (problemas sociodemográficos y económicos internos, así como con muchos de sus vecinos, a 360 º… eso que ponía de los nervios a Mahan). Ahora bien, desde al menos 2010 (hasta 2020) sus Estrategias de Seguridad delatan que los Estados Unidos y la OTAN constituyen su principal quebradero de cabeza. ¿No es acaso lógico que así sea? Claro que lo es. A eso vamos… o, mejor, regresamos. Nada nuevo bajo el sol. Tampoco el paraguas nuclear más poderoso del planeta, por si el sol aprieta demasiado a la Rusia blanca (la otra quizá tenga otras prioridades).

En esta línea, los esfuerzos de Duguin para definir la versión final del euroasianismo como algo que tiene poco que ver con Occidente, aparece en la estela del Huntington más ‘chocante’, porque son las dos caras de la misma moneda, que lo es de cambio común desde que la humanidad se organiza en tribus (aunque sean grandes tribus). Claro que, como no podía ser de otro modo, los juegos de alianzas propuestos por ambos no coinciden. Ya se sabe: los enemigos de mis enemigos son mis amigos.

De hecho, la propia China tiene claro que, sin perjuicio de contribuir a consolidar un mundo multipolar (a corto plazo) el destino del ‘Imperio del Centro’ debe ser el de liderar el mundo (a medio plazo). ¿O acaso creen los occidentales que la única potencia imbuida de un ‘destino manifiesto’ es la norteamericana? No, no, al parecer somos demasiado etnocéntricos para entender ciertas cosas. Como también lo era Francis, pese a su apellido.

Sin ir más lejos, en el Congreso del Partido Comunista Chino (todavía se llama así, por cierto) celebrado en 2017 ya quedó claro que China debía asumir de una vez por todas las consecuencias de su estatus de gran potencia. Eso sí, mediante un ascenso pacífico… que lo será si todos los demás hacen lo que China quiere… aunque la historia nos advierte de que no suele ser así… y es que la sombra de la Tucídides (a la que algunos la definen, técnicamente, como trampa) es muy alargada.

Que Xi Jimping se convirtiera en el paladín de la globalización económica en la cumbre de Davos de ese mismo año no nos puede llevar a engaño: es lo mismo que hizo el Imperio británico con su ley de granos de 1846 y la defensa acérrima del libre comercio -que no tenía tradición en ese país. El librecambismo es el arma del fuerte y el proteccionismo lo es del débil. Son las servidumbres derivadas de vivir integrados en un sistema. Recordemos que hasta Adam Smith que, a la fuer de ser un escocés de pro, podía dar -y daba- lecciones de nacionalismo británico al londinense más pintado, defendió leyes proteccionistas como la Navigation Act… cuando eso era lo conveniente para el Reino Unido. Una vez más, el ‘institucionalismo’ al servicio del Realismo (las comillas y las mayúsculas no son errores tipográficos). Nada nuevo bajo el sol, ni siquiera esa sombra, muy sombría, que se cierne sobre nuestras cabezas cuando recordamos, por segunda vez en tan poco tiempo (mal asunto) a Tucídides.

En estas, el reemplazo del America First es el America is Back. Con ese encabezamiento… como para no asumir que uno de los pocos argumentos en los que Nietzsche dio en el blanco se refiere a su mítico retorno eterno. Pues eso… Una nueva Guerra Fría está a punto de comenzar. Será Fría, y hasta Gris. Es decir que no será Guerra, como no lo fue la que terminó en 1991, metáforas al margen. Y siempre nos podemos dar con un canto en los dientes, porque es mejor eso, que traspasar el umbral de la auténtica guerra. Lo que parece evidente es que tendemos a conformarnos con poco, y que el sol por debajo del cual no hay nada nuevo seguirá sin brillar lo suficiente durante algunos lustros, o quizá durante algunas décadas más.

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Josep Baqués

Josep Baqués es Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y Subdirector de Global Strategy

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