China es la gran potencia en ciernes. Su crecimiento económico, su expansión comercial por casi todo el orbe y su capacidad financiera han sido anticipos de una renovación de su arsenal militar, cada vez más ostensible. La presión a la que está siendo sometida por los Estados Unidos y sus aliados en los mares de China no sorprende. Ya había sido anticipada hace 20 años por Mearsheimer, quien auspiciaba que los Estados Unidos jugarían sus cartas de ese modo, como off-shore balancer, pensando sobre todo en Asia-Pacífico, para evitar que China se convierta en hegemón regional y, desde esa privilegiada atalaya, aspire a la hegemonía mundial.
Ese es un problema a tener en cuenta por parte del gobierno de Pekín: a medida que se acrecienta su poder, también lo hace el temor de sus vecinos a versa fagocitados por el nuevo gigante. La teoría del equilibrio de amenazas de Stephen Walt contribuye a comprender lo que está sucediendo. Si los Estados Unidos no bajan la guardia, podría darse un efecto-cascada en la región contrario a los intereses chinos. Australia ya se ha decantado, por si cabía alguna duda al respecto, mientras confirma y potencia su ambicioso programa de construcción de submarinos nucleares. Por su parte, Japón también está potenciando su marina de guerra mediante la transformación de dos LPHs para que de ese modo puedan operar con F-35B. Vendrán más. Así que la tan cacareada “autodefensa” nipona ya lo es en profundidad. Queda por ver el rol de India, pero sus enfrentamientos crónicos con China, acrecentados por la alianza entre Pekín e Islamabad, sugieren que podría seguir los pasos de Australia y Japón, aunque probablemente lo haga con más cautela que los anteriores, debido a su tradicional política de neutralidad.
La partida que se está jugando en la actualidad tiene que ver con una doble lógica. Es más, con el tira y afloja que esa doble lógica conlleva, inevitablemente: ¿bandwagoning o balancing? Esa es la cuestión. Porque, más allá del papel de las grandes potencias de la región, es importante lo que suceda en un futuro próximo con países como Vietnam, Filipinas, Singapur o Tailandia. Es decir, por un lado, China tratará de aparecer como caballo ganador, para atraerlos a su causa, desmantelando de ese modo la primera línea de los Estados Unidos para el control del estrecho de Malaca. Su interés es demostrar que, pese a las bravuconadas de Washington, llegado el momento, los Estados Unidos nos los defenderán. No es otro el motivo de los recientes maniobras chinas en las proximidades de Taiwán. Mientras que, por otro lado, la actual ofensiva diplomática de Washington en la zona trata de garantizar la fidelidad de esos Estados, asegurándoles que no los abandonará frente a los anhelos chinos. Dicho con otras palabras, si los Estados Unidos relajaran o rebajaran su presencia militar en la zona, se incrementaría el riesgo de bandwagoning pro-chino, mientras que la insistencia de Washington, con el apoyo del Reino Unido y Australia, tiende a fortalecer también la alianza con esos Estados, generando un balancing à la Walt, contra Pekín.
La capacidad de esta competición para irradiar efectos más allá de esas costas es evidente. Uno de los movimientos más interesantes de las últimas semanas es la apuesta británica por la región de Asia-Pacífico. Tras su retirada “del Este de Suez”, auspiciada en 1967, los británicos se quedaron sin bases en la zona (dejando la de Diego García en manos de los Estados Unidos) y aunque regresaron puntualmente en las sucesivas guerras del Golfo, la nueva apuesta parece tener otro calibre. El AUKUS se antoja de mayor calado y con vocación de permanencia. La reciente construcción de dos grandes portaaviones dotados de catapultas comienza a cobrar sentido, pues no tenía mucho, por diferentes motivos, para su empleo en el Atlántico, ni en el Mediterráneo.
Sin embargo, los problemas de China no terminan ahí. No podemos obviar su siempre delicada relación con Rusia. Esa es la clave. Mientras sea fluida, habrá alternativas a Malaca, aunque a mayor coste. Por el momento, las agendas de Pekín y de Moscú son convergentes. La presión a la que China está siendo sometida en el Rimland nos recuerda que Mackinder está tocado, pero no hundido: los oleoductos siberianos operan a pleno rendimiento para regocijo de ambas partes y para desencanto de los Estados Unidos. Las potencias occidentales parecen empeñadas en que China y Rusia se lleven bien. Pero Duguin teme la pujanza china y sabe que Rusia está vendida, a merced de su vecino. Mala cosa, para una sociedad tan orgullosa, aunque Duguin esté dispuesto a comulgar con ruedas de molino, si a cambio Putin sigue plantando cara a la decadencia occidental.
Tampoco podemos obviar los problemas internos de China. Todos tenemos vulnerabilidades (raro es el Estado que no las tiene). Pero las de China son mayúsculas: reivindicaciones en Sinkiang y Tíbet; en Hong-Kong y en Mongolia Interior; el enquistamiento del problema de Taiwán; las profundas diferencias económicas y de mentalidad existentes entre la costa enriquecida y el interior empobrecido (Duguin ha llegado a afirmar que hay “dos Chinas”), así como la creciente presión soportada por un régimen que se ha abierto al mercado, pero no a la democracia liberal… cuando 500 millones de chinos ya viven con estándares de clase media (algo que, según el diagnóstico de Acemoglu y Robinson, constituye la receta perfecta para el desastre a medio plazo).
No, nadie dijo que fuera fácil acceder al estatus de gran potencia o, como se suele decir ahora, de potencia global. Pero el problema principal de China es que aspira a ello dependiendo sobremanera de la importación de materias primas y de fuentes de energía. China (sus empresas, sus mercantes, sus pesqueros, sus ingenieros y sus capataces) opera por doquier. Pero la factura que se deriva y que se derivará de ello será también cada vez más importante, a medida que su población será cada vez menos resiliente (cosas del aburguesamiento en ciernes). Además, la dejación de responsabilidades militares no es una opción, porque podría implicar su desabastecimiento, mientras que un exceso de celo en la procura de esos mismos bienes podría elevar la apuesta por el balancing anti-chino, sumando a más Estados a la estrategia de Washington.
En definitiva, la parte más amable del ascenso chino ha terminado. Lo logrado hasta ahora, contando con su penetración en el mercado europeo, africano y latinoamericano juegan a su favor. Pero sus propios dilemas estratégicos, alimentados por factores internos y externos; de recursos y políticos, constituyen un lastre.
De ahora en adelante, tendremos ocasión de ver cómo el gobierno de Pekín gestiona su nuevo estatus, mientras los Estados Unidos se resisten a perder el suyo y Rusia busca su propio espacio, obcecada con la OTAN, pero observando cada vez más preocupada por el rabillo del ojo lo que acontece a sus espaldas.
Aunque, en realidad, es posible que en pocos años sea Occidente el que quede a sus espaldas, en la medida en que China vuelva a ser, con sus dimes y diretes, el “Imperio del medio”. La persistencia de Europa en el centro del mapa-mundi es apenas un espejismo, un efecto óptico que no se corresponde con la realidad, y un recuerdo del pasado. Nos hemos estado mirando al ombligo durante años, cultivando nuestro “buen vivir” protegidos por una burbuja recubierta de más derechos que deberes. No hemos leído la obra de Kant hasta el final, sino tan solo en lo que nos ha convenido. Así que, al levantar la mirada, hemos visto reflejadas en el espejo las arrugas que pueblan nuestra frente marchita.
Mientras eso ocurre, el Pacífico está llamado a ocupar la posición simbólica (pero también real) que hasta ahora se ha atribuido al Atlántico. Ahí convergen los Estados Unidos y China; Rusia y Japón. Ahí asoma, desde poniente, India. Nosotros somos parte de la nueva periferia, porque el Dragón que tanto temía Napoleón ha despertado de su sueño de 500 años y ha provocado un corrimiento geopolítico de tierras y mares. Medio milenio atrás ya se planteó algo similar, pero el mundo no era tal (aunque lo pareciera) porque no estaba globalizado. Esta vez, nadie puede mirar hacia otro lado.
Los dilemas chinos causan y explican las debilidades que debe afrontar el gobierno de Pekín. Mientras que su incuestionable (y legítimo) afán por superarlos promete convertirlos en problemas globales: the history is back.
Para saber más acerca de los dilemas estratégicos de China, se puede consultar este artículo que he publicado recientemente en la Revista General de Marina.

