Global Strategy Report, 13/2023
Resumen: La Guerra Civil fue la primera y única guerra total sucedida en territorio español en su historia. Fue también una guerra industrial enmarcada en el contexto de consolidación de la Segunda Revolución Industrial en España impulsada por el petróleo y la electricidad como fuentes de energía. El objetivo de este trabajo es desvelar cuál fue el papel de la energía en la Guerra Civil en una doble vertiente: cómo estrategia y las operaciones militares (ofensivas, logísticas y de inteligencia) se vieron condicionadas por la disponibilidad de energía, y cómo las infraestructuras energéticas fueron afectadas por aquéllas y la proyección de dichos efectos hacia la población civil, la producción industrial, e incluso hacia la posguerra. Es decir, se ofrece un enfoque novedoso para la historia militar al observar y analizar el conflicto desde el punto de vista de la energía.
Para citar como referencia: Cadenas, Andrés (2023), «Energía y Guerra Civil española (1936 – 1939)», Global Strategy Report, 13/2023.
Introducción
La Guerra Civil fue la primera y única guerra total sucedida en territorio español en su historia, y un conflicto bélico que precedió al mayor conflicto bélico acaecido hasta el momento, la Segunda Guerra Mundial. Esta guerra total, entendiendo como tal, una guerra realizada con todos los medios disponibles para derrotar al enemigo e imponer las propias condiciones de una forma incondicional, se enmarca además en el contexto de consolidación de la Segunda Revolución Industrial en España impulsada por el petróleo y la electricidad como fuentes de energía.
La energía, como la define la Física, es la capacidad de realizar un trabajo, y éste, como el desplazamiento de una masa sobre la que se aplica una fuerza. Movimiento y fuerza son conceptos inherentes a una operación militar, y se materializan a través del empleo de fuentes energía, cuya demanda se vio incrementada, en términos de petróleo, en las contiendas de mediados del siglo XX fundamentados en una mecanización creciente a través de unidades blindadas y empleo de la aviación.
Existen otros ámbitos de la guerra, además del frente de batalla, donde la energía representa un papel relevante. En primer lugar, en la retaguardia de donde cada contendiente puede obtener recursos materiales, bien porque los produce o porque se los suministran terceros en ella destinados al esfuerzo bélico. Es aquí donde resaltan las características de una guerra civil frente al enfrentamiento militar entre dos estados: en este caso todos los recursos e infraestructuras se ponen al servicio del esfuerzo bélico, mientras que en aquél quedan divididos entre los diferentes bandos. Dicha circunstancia se acentúa en el caso de la guerra civil española ya que los centros de producción industrial se encontraron en ocasiones en zona distinta de los de producción energética. A esta característica se unía otra particularidad española: su déficit estructural en petróleo, circunstancia que se convirtió en un arma de guerra condicionada por la geopolítica de apoyo a uno y otro bando por potencias extranjeras.
Una revisión inicial de la literatura de historia militar sobre el papel de la energía en la Guerra Civil revela que no existen contribuciones significativas sobre el mismo[1]. Aunque más estudiado ha sido el suministro de productos petrolíferos a crédito al bando rebelde durante la Guerra Civil, apenas lo ha sido en el republicano. Menos aún se puede hallar sobre el papel de las redes eléctricas durante el conflicto. En la bibliografía se encuentran referencias amplias, sobre todo desde el campo de estudio de la ciencia económica y de la historia industrial[2] en cuanto a la organización y regulación del sector energético hasta 1935-1936. Para el período 1936-1939 existe un vacío de literatura sobre el asunto que se empieza a completar con referencias relativas a los años inmediatamente posteriores al conflicto. Por tanto, esta investigación sobre la relación entre la energía y la Guerra Civil se presenta como novedosa para completar el hueco existente en la historia militar y aportar un punto de vista innovador y distinto sobre esta contienda bélica.
El objetivo de este trabajo es desvelar cuál fue el papel de la energía en la Guerra Civil en una doble vertiente: cómo las decisiones estratégicas y el desarrollo de las operaciones militares se vieron condicionadas por la disponibilidad de energía, y cómo las infraestructuras energéticas fueron afectadas por aquéllas y la proyección de dichos efectos hacia la población civil, la producción industrial, e incluso hacia la posguerra. Es decir, se propone observar el conflicto desde el punto de vista de la energía como enfoque original para la historia militar.
Desde la perspectiva actual es indudable la relevancia estratégica que tiene la energía en nuestro mundo y las guerras que se han generado a su alrededor. ¿Cuál era la percepción en España en 1936? En un discurso pronunciado en Radio Madrid por Indalecio Prieto, y que se publicaba el 9 de agosto de 1936 en El Socialista, adelantaba claramente esta importancia[3]:
¿De quién pueden estar las mayores posibilidades de triunfo en una guerra? De quien tenga más medios, de quien disponga de más elementos. Esto es evidentísimo. (…) Pero, además, la guerra de España es hoy principalmente una guerra industrial. Tiene más medios de vencer aquella parte contendiente que disponga de mayores elementos industriales. Pasad imaginativamente vuestra mirada por el mapa de España…Todo el poder industrial de España, todo lo que puede ser cooperación eficaz al mantenimiento de la lucha en orden a la protección industrial, todo eso, absolutamente todo -y no hay en la rotundidez de la expresión hipérbole alguna-, todo esto está en nuestras manos…
Y es que, si no era posible la victoria sin industria, tampoco era viable ésta en ausencia de energía.
Este trabajo arranca ofreciendo una panorámica de la situación de las infraestructuras energéticas en el momento de la sublevación militar. Continúa con las decisiones que tomaron ambos bandos contendientes sobre las instalaciones y empresas presentes en los territorios que quedaron bajo su control y cómo la estrategia se vio condicionada por el acceso a la energía. Más adelante se describirán las tácticas militares (operaciones ofensivas, logísticas y de inteligencia) sobre las infraestructuras energéticas, se analizan los efectos sobre ellas y cuál fue el balance global. Finalmente, las conclusiones darán respuesta al objetivo planteado por este trabajo.
Situación de partida
La sublevación militar del 18 de julio de 1936 partió a España en dos y en dos quedaron también divididas las empresas y sus activos para el suministro de combustibles y electricidad tanto a la población civil como a los ejércitos.
CAMPSA (Compañía Arrendataria del Monopolio de Petróleos) fue creada en 1927 a través del Real Decreto Ley 1142 por el impulso del entonces ministro de Hacienda José Calvo Sotelo. Arrancaba la exposición de motivos poniendo de manifiesto que “el problema del petróleo se destaca en primera línea entre los que modernamente interesan a todos los pueblos. El petróleo es un factor industrial básico; es asimismo, elemento sustantivo para la defensa nacional. Estas dos razones justifican la preocupación por asegurar su abastecimiento a los Estados contemporáneos.” El real decreto ley establecía que “el monopolio del Estado sobre la importación, las manipulaciones industriales de todas clases, el almacenaje, la distribución y la venta de combustibles minerales líquidos y sus derivados (…) sobre las cuarenta y siete provincias de la Península y en las islas Baleares. El Gobierno podrá extenderlo a Canarias y territorios del Norte de África.” Esta última excepción permitió a CEPSA construir la primera refinería de España en Tenerife en 1930. En la cláusula 10ª del contrato de arrendamiento firmado entre el Estado y CAMPSA se establecían los servicios de Marina y Guerra, por los cuales CAMPSA les suministraría los combustibles, al tiempo que concedía amplia autonomía al ámbito militar para gestionar sus depósitos, establecer sus reservas o dotarse de buques-cisterna, camiones o vagones de usos exclusivo e independiente a los usos civiles. En el momento de la sublevación las instalaciones y capacidades quedaron repartidas como se presenta en la Tabla 1.
Tabla 1. Distribución de infraestructuras petroleras entre bandos en julio de 1936[4].
Las instalaciones anteriores se encargaban de procesar los productos petrolíferos importados de terceros. Así, durante los primeros seis meses de 1936, Estados Unidos se situaba como el principal proveedor de suministro de productos petrolíferos a CAMPSA (85,20%), seguido de la refinería de CEPSA en Canarias (8,60%), la URSS (4,80%) y Rumanía y otros (5,40%)[5]. La principal compañía suministradora era la norteamericana Texas Oil Company (Texaco) que había conseguido importantes contratos con CAMPSA en los meses anteriores a la guerra debido a una agresiva política comercial desplazando a la compañía rusa Nafta desde 1935.
El consumo de carburantes del ejército español previo al desencadenamiento de la conflagración civil era muy bajo. En 1935 las ventas de gasolina por parte de CAMPSA para automoción militar fueron de 8.572.000 litros (1,5% del total nacional) lo que daba idea del escaso de nivel de motorización que se suponía a un ejército moderno. Los consumos demandados por la aviación tampoco eran destacables (3.764.000 litros) señalando su aún incipiente estado de desarrollo. Las compras de fuel-oil por parte la Marina ascendían en ese año a 76.262 toneladas, de las cuales 27.361 se destinaban a Cartagena, apuntando a que el centro de gravedad del poder naval se situaba en el Mediterráneo que se llevaba un tercio de los consumos de toda la flota española[6].
Una memoria confidencial de 1936 ponía de relieve, como principal problema de los arsenales de las bases navales principales (Cartagena, Cádiz y Ferrol) y secundarias (Mahón y Ríos), la escasa capacidad disponible para almacenamiento de combustibles, situación que se encontraba detectada desde 1931. Los depósitos existentes sólo llegaban a cubrir el 20% de la capacidad que se consideraba deseable. Si bien la base del Ferrol era la más potente y mejor dotada ya que contaba con 5 depósitos de combustible de 8.500 m3 y era capaz de atender a cruceros y acorazados, en Ríos no había infraestructura para almacenar fuel-oil y en Mahón se encontraba en proceso de construcción[7]. Las bases navales de la Marina debían dar servicio a un total de 67 navíos en servicio, en reparación y en construcción con un desplazamiento total de 139.456 toneladas. Es decir, la flota no se encontraba preparada desde el punto de vista logístico para afrontar un conflicto de larga duración.
El arma de aviación en España contaba en 1936 con 300 aparatos, muchos de ellos en desuso o anticuados respecto a los últimos avances tecnológicos de mediados de la década de los 30, y en su mayoría de fabricación española. A su servicio se disponían unos 500 pilotos. Al dividirse las fuerzas en el mes de julio, la República contaba con algo más de 400 aeronaves, tanto civiles como militares, entre las que se hallaban los mejores cazas y escuadrones de combate. Los sublevados sólo disponían de unos 120 aviones (civiles y militares) y cerca de 200 pilotos, frente a los casi 280 de los leales[8].
La criticidad del aseguramiento del suministro de combustibles hizo reaccionar con prontitud a ambos bandos para apoderarse de CAMPSA, que quedó partida en dos, una bajo jurisdicción de cada bando. El Ministerio de Hacienda de la República ordenaba el 3 de agosto de 1936 la expulsión de CAMPSA de todos los directivos y funcionarios desafectos a la República debido a tendencia política derechista. Entre tanto, los sublevados, a través de la Junta de Defensa Nacional, crearon en Burgos, mediante Orden del 12 de agosto de 1936, publicada en el Boletín Oficial el 14 de agosto, una Oficina Central de CAMPSA, que contaría el 15 de octubre con 18 de los 400 empleados formaban la compañía antes del inicio del estallido bélico. Al tiempo que los militares rebeldes ocupaban las instalaciones y las ponían bajo su control haciendo que los trabajadores mantuvieran con normalidad los servicios de almacenamiento y distribución de combustibles, en la zona leal a la República el fervor revolucionario y la desintegración del ejército impidieron que se siguiera esta línea. La CAMPSA republicana trasladó su sede social a Valencia y su consejo de administración, formado por representantes del Estado y de los sindicatos, se reunió por primera vez el 12 de septiembre de 1936. La CAMPSA nacional hacía lo propio en Burgos el 11 de octubre dejando patente su absoluta disposición al esfuerzo bélico.
Si el petróleo se consideró esencial, de no inferior cariz fue la categoría de la electricidad, ya que era básica para alimentar la industria de guerra en la retaguardia. Las líneas y subestaciones de alta tensión, de hasta 150 kV, conectaban las centrales de generación térmicas e hidráulicas con los centros de consumo, fundamentalmente grandes núcleos urbanos e industriales, tal y como se muestra en la Figura 1. A través del decreto del 14 de agosto de 1936, publicado en la Gaceta de la República al día siguiente, el Gobierno de la República regulaba las empresas eléctricas y dictaba cómo debía ser la constitución y composición de sus consejos de administración, dando entrada en los mismos a representantes del Estado, personal técnico y sindicatos[9]. Suponía la intervención de facto todas las empresas eléctricas en el territorio bajo su control, aunque en territorios de influencia anarquista se produjeron colectivizaciones. Los sublevados no promulgaron ninguna legislación específica para el sector eléctrico y simplemente contactaron con los gerentes de las empresas, adictos en su mayor parte a la causa de los sublevados u ocuparon las instalaciones.
El sistema eléctrico español poseía una serie de particularidades per se que revelaron con fuerza con el estallido de la guerra civil. Existían numerosas compañías eléctricas (Hidroeléctrica Española, Hidrocantábrico, Saltos del Duero, Mengemor, etc.) que tenían dividido el territorio en zonas de influencia. En ocasiones sus centros de decisión se localizaban lejos de las zonas donde se encontraban sus activos: era el caso, por ejemplo, de Hidroeléctrica Española con sede en Madrid y centrales de generación en Valencia. Los principales clientes a los que alimentaban las centrales se situaban a larga distancias de éstas y por eso eran necesarias líneas de transporte como las que suministraban electricidad a Bilbao desde Zamora o los Pirineos. La guerra provocó que las instalaciones de una misma empresa quedaran divididas entre las zonas nacional y republicana, generando dos modelos de empresa distintos, como ya hemos visto en CAMPSA, y partiendo las redes en dos. Es lo que le sucedió a Mengemor[10]. Asimismo, los centros de consumo y de generación quedaron en territorios bajo diferente control tal y como se adelantaba en el caso de Bilbao, lo que obligó a buscar alternativas de suministro para la industria vasca.
Figura 1. Mapa de la red eléctrica española en 1935[11]
Las estrategias
Las decisiones de carácter más político señaladas anteriormente, tanto para los combustibles como para la electricidad, tuvieron evidentemente su influencia en el devenir de los acontecimientos. Sin embargo, más que éstas, fueron las decisiones estratégicas en el ámbito militar relacionadas con la energía las que marcaron los primeros compases.
Los sublevados necesitaban trasladar las tropas del ejército de África a la Península para iniciar su avance hacia Madrid. Para ello tenían dos vías, bien la aérea o la marítima. Para el transporte por el aire, tras la petición del general Franco, pronto recibieron 9 bombarderos Savoia-Marchetti de la Italia de Mussolini, a los que se sumaron 20 trimotores Junkers 52 y 6 cazas Heinkel 51 entregados por Hitler desde Alemania. Como se ha señalado anteriormente, el suministro de CAMPSA a la aviación era muy escaso y por tanto insuficiente para los aviones recién llegados. A lo que se añadía que la gasolina empleada por la aviación española era de baja calidad y destilación natural, y no poseía el alto octanaje, etilación y aditivos antidetonantes que necesitaban las aeronaves recién llegadas. ¿De dónde provino entonces el combustible para el puente aéreo que trasladó a 14.000 hombres y 500 toneladas de material bélico hasta Sevilla desde el Protectorado Español de Marruecos? Los aviones alemanes e italianos llegaron sin la cantidad suficiente de combustible para realizar este tipo de operación. A ellos se sumaba que ninguno de estos dos Estados representaba gran cosa en el mercado petrolero, dominado por empresas americanas, británicas, holandesas, francesas y rusas. La refinería de CEPSA en Tenerife podría haber surtido este combustible especial, aunque no de la noche a la mañana ya que es un proceso que requiere planificación y adopción de nueva tecnología.
La clave se encontraba en el oeste peninsular, en Portugal. La dictadura de Salazar sostuvo desde el primer momento a los rebeldes ya que consideraba que los movimientos revolucionarios en España suponían una amenaza para el Estado Novo, hasta el punto de entender la guerra en España como “una lucha entre civilizaciones donde se decidirán los destinos del occidente cristiano”[12]. Así, The Manchester Guardian se hizo eco de este apoyo en su edición del 28 de septiembre de 1936[13] en la que se hacía eco de los documentos aportados por Álvarez del Vayo, ministro de Exteriores de la República, al Secretario General de la Liga de Naciones con información detallada de las violaciones de los acuerdos de no intervención por parte de Portugal:
Many airplanes have been supplied to the rebels by Germany and Italy that they now have about three times as many as the Spanish Government whereas at the beginning of the civil war the Spanish Government had about four times as many as the rebels. The rebels themselves are unable to manufacture airplanes, so that all these additional airplanes must have been supplied by other nations. German and Italian airmen who have been taken prisoner have confessed that they were acting under orders of their Governments.
The documents are understood to contain evidence showing that during the military operations of the rebels in Estremadura the air bases, the supplies, and the movements of the rebel troops were organized on Portuguese territory with the help of the Portuguese military forces. Airplanes and other arms that have fallen into the hands of the Government are of a type that has never existed in the Spanish army and reveal their foreign origin.
The Spanish Delegation asked that the documents should be published and should be distributed to the members of the League. They have not yet been distributed, and it is impossible to obtain from the Secretariat any information as to whether they will be published.
Incluso antes, el 6 de agosto, Claudio Sánchez-Albornoz, embajador en Lisboa escribía: “Portugal ha ayudado cuanto ha podido a los rebeldes (…) de ser ciertas mis confidencias, provisiones, gasolina, bombas y armas han salido de aquí para las dos zonas sublevadas. Hidroaviones rebeldes se han aprovisionado en Lisboa, acaso más de una vez”[14]. Por esos días, ante la escasez de gasolina en Cáceres y en las provincias limítrofes, las autoridades provinciales comunicaron por telegrama a la Junta de Defensa Nacional sita en Burgos que ”siendo urgente adquirir gasolina en Lisboa, cuyo pago exigen en moneda extranjera, ruégole me diga si autoriza con garantía 50.000 pesetas, oro del que existe Banco España, procedente derechos de aduana, abrir cuenta crédito dicha capital con garantía indicada suma, pudiendo ordenar se efectúe referida operación”[15]. La operación se aprobó y quedó remediada la escasez de combustible.
La geoestrategia energética peninsular orientó los siguientes pasos de los rebeldes. En lugar de avanzar desde Sevilla hacia Madrid por la vía más corta, enfilando hacia Córdoba, bajo el control del ejército sublevado, y desde Despeñaperros directamente Madrid, las columnas africanas realizaron un recorrido 80 kilómetros más largo, pero con el flanco oeste permanente asegurado y con continuos suministros por una frontera porosa y no accesible al control de los países firmantes del Pacto de No Intervención. Los suministros de combustible desde Portugal no sólo se circunscribieron a las columnas africanas, sino que incluso el Ejército del Norte recibió poco después, en septiembre, productos petrolíferos desde este país[16]. Con el devenir de la guerra, los sublevados fueron encontrando otras fuentes de abastecimiento mucho más abundantes y la conexión lusa fue decayendo.
La situación en el mar pareció ser desfavorable a las tropas rebeldes debido a que la mayor parte de la flota permaneció leal a la República. Ésta contaba con casi dos tercios de los navíos que representaban unas 66.500 toneladas: el acorazado Jaime I, los cruceros Libertad, Méndez Núñez y Miguel de Cervantes, diez de los once destructores (a los que se podrían añadir otros seis más en construcción) y todos los submarinos. Los nacionales por su parte contaban con el acorazado España, el crucero Almirante Cervera, un solo destructor y ningún submarino, contabilizando de esta forma 37.000 toneladas, a los que se añadirían más adelante los cruceros Canarias y Baleares. Esta aparente desventaja resulta de observar de forma parcial el sistema naval que ha de considerarse como conjunto de navíos y bases navales o arsenales, que es donde la flota se aprovisiona, toma combustible y se repara. Si las flotas defendían el litoral, las bases navales protegían a la flota[17]. De esta forma, la geoestrategia y su relación con la energía favoreció de nuevo a los rebeldes. Contaron con las bases navales de Ferrol, Cádiz y Ríos. Todas ellas abiertas al Atlántico y con ruta abierta hacia el principal exportador de productos petroleros hacia España, Estados Unidos. Se añadía también el control de la refinería de Tenerife frente a la prácticamente capacidad de refino de la que disponía la República. Con el dominio de las aguas atlánticas, desde el otoño de 1936, los pontones y buques petroleros de la CAMPSA nacional ya pudieron navegar sin descanso entre Tenerife y La Coruña.
No todo es disponer de la infraestructura necesaria. También hacía falta asegurar que había combustible capaz de correr por esa infraestructura. “Don’t worry about payments” fueron las palabras mágicas que leyeron los sublevados en un telegrama de Thorkild Rieber, presidente de Texaco. Un empleado de CAMPSA, quintacolumnista purgado en los primeros días tras el alzamiento militar por su rabiosa animadversión a la República, había trabado amistad con Rieber mientras estuvo destacado en Texas en 1935. Huido a Francia contactó con el representante de Texaco en París, W.M. Brewster, y sirvió de enlace para convencer a Rieber, que no ocultaba sus simpatías por los regímenes fascistas europeos, de que incumpliera sus contratos con la CAMPSA republicana y pasara a firmar unos nuevos con la CAMPSA nacional en noviembre de 1936. Es así como desvió cinco de sus petroleros hacia puertos controlados por los rebeldes cuando al abandonar Port Arthur se dirigían hacia destinos leales a la República. Esta relación pronto se convirtió en afectuosa entre el presidente de Texaco y el general Franco, como demuestra la correspondencia conservada en los archivos[18], hasta el punto de que los citados Rieber y Brewster fueron invitados por la CAMPSA nacional a visitar los frentes de Aragón y Madrid en 1938[19].
Mientras tanto a la República le pintaban bastos en el reparto de cartas. Sólo 3 días después de la sublevación militar la francesa Petrofina se negó a proveer un envío desde Rumanía. La República, ante el incumplimiento de los contratos de Texaco en noviembre, se vio obligada a volver sus ojos hacia la Nafta rusa, proveedor relevante de CAMPSA hasta el bienio corrector, que ya entre agosto y septiembre de 1936 había hecho llegar 30.000 toneladas de productos petrolíferos a puertos leales[20]. Si el Atlántico fue la vía principal de suministro de los sublevados, el Mediterráneo, desde mar Negro, lo fue de los republicanos. Situación que se agudizó desde que los rebeldes contralaran el Estrecho en septiembre de 1936 con la botadura del crucero Canarias. Aunque, como ya se ha mencionado, la República contaba con una infraestructura muy superior a la de los rebeldes, se le presentaron tanto problemas de calidad como de cantidad en el abastecimiento. El retraso de la tecnología de refino rusa al compararlo con su competidora norteamericana daba lugar a unos productos petrolíferos de escasa calidad, muy alejados de las necesidades de alto octanaje de la aviación. Además, el estallido del conflicto puso a relucir el desfase entre las necesidades operativas reales y el diseño que se había realizado para las reservas de combustible de la Marina, poniendo de manifiesto muy temprano las dificultades para operar de los buques leales. Si bien eran escasa la capacidad de los depósitos republicanos, ésta se vio aún más mermada con los bombardeos de los depósitos de combustible de Málaga y Almería por la aviación rebelde y el crucero Canarias.
Las operaciones ofensivas
Tras los primeros compases del conflicto, y teniendo en cuenta el contexto de una guerra total e industrial, las infraestructuras energéticas (depósitos de combustible, centrales de generación eléctrica, líneas de distribución de electricidad, etc.) se presumían como claros objetivos a destruir en el campo enemigo y a proteger en el propio.
Durante la Guerra Civil podríamos distinguir tres categorías diferentes de ataques a estas infraestructuras: los bombardeos estratégicos, los sabotajes y los autosabotajes.
Bombardeos estratégicos. Caso de estudio: la guerra en el País Vasco 1936 – 1937
Ha existido una corriente historiográfica[21] que ha asignado a la Guerra Civil el papel de ensayo previo a la Segunda Guerra Mundial en cuanto al empleo de novedosas técnicas militares[22]. Una de ellas fue, sin duda, el concepto de bombardeo estratégico. Se trata de una operación militar aérea que se lleva a cabo más allá del campo de batalla, en la retaguardia enemiga, con el objetivo de derrotarlo, mediante el hundimiento de su moral y la privación de sus medios de producción e infraestructuras[23] (fábricas, ferrocarriles, puertos, aeródromos, depósitos, etc.) necesarios para el sostenimiento de la guerra[24].
Preconizados mucho antes por H.G. Wells en su obra The War in the Air de 1908 al describir en ese relato los efectos de un arrasado Manhattan tras la ejecución de un bombardeo masivo desde el aire llevado a cabo por aeronaves alemanas, se puede considerar que esta clase de operación militar fue empleada de forma generalizada por primera vez en la Guerra Civil. Hay autores que establecen su inicio en la Primera Guerra Mundial, si bien las incursiones aéreas no pueden alcanzar en ningún modo la categoría de bombardeos estratégicos si nos ceñimos a la definición presentada anteriormente.
Analizaremos a continuación cómo ambos bandos atacaron estas infraestructuras, qué daños sufrieron y qué relevancia tuvieron estas instalaciones dentro del conjunto global de las operaciones llevadas a cabo. Para ello tomaremos como caso de estudio el período comprendido entre julio de 1936 y agosto de 1937 en el ámbito geográfico del País Vasco, por ser el más documentado hasta el momento gracias a la base de datos elaborada por Xabier Irujo en Atlas de bombardeos en Euskadi[25]. En ella se destaca que durante estos 14 meses se produjeron 1209 operaciones de bombardeo aéreo y 33 navales que dieron un resultado total de 2.042 bombardeos de los cuales el 91,5% de los mismos fueron realizado por el bando rebelde y sólo el 8,5% restante por el republicano[26].
En un escenario de guerra total cabría esperar que un porcentaje significativo de los bombardeos estuviera dirigido a infraestructuras, tal y como expresa la definición de bombardeo estratégico. Sin embargo, sólo se produjeron 15 operaciones que tuvieran como objetivo o que afectaran a instalaciones eléctricas o depósitos de combustible, de las cuales 12 fueron aéreas, 2 navales y una de artillería. En cuanto al reparto entre contendientes 13 pertenecieron al bando sublevado y únicamente 2 al republicano. Desde el punto de vista de los objetivos, fueron 9 los ataques dirigidos contra depósitos de combustible y 6 los orientados hacia centrales eléctricas. Sin embargo, estas cifras podrían resultar aún engañosas ya que se concentraron en un número reducido de objetivos: los depósitos de combustible de Pasajes, el puerto de Bilbao (Santurce, Abanto-Zierbena) y los presentes en el propio Bilbao, y en cuanto a las centrales eléctricas, la mayoría se dirigieron a la central térmica de Burceña, en Baracaldo.
La existencia de estos bombardeos no implicó necesariamente el éxito de los mismos, esto es, la completa destrucción de los objetivos. De los dos ataques navales, ambos del bando sublevado, mientras que el destructor Velasco, el 16 de agosto de 1936, consiguió dañar los depósitos de combustible de CAMPSA en Santurce provocando un incendio que duraría 4 días, el acorazado España, tres días después del primero de los ataques, en 15 disparos no logró acertar a los depósitos de combustible de CAMPSA en Pasajes. Más acierto tuvieron las incursiones aéreas. Si bien nulo fue el tino de los dos bombardeos de agosto de 1936 sobre Santurce y Abanto-Zierbena, la efectividad se disparó en abril y mayo de 1937 en los 4 raids en los que entraron en escena los aparatos Heinkel He111, Junkers Ju52 y Dornier Do.17 y consiguieron incendiar los depósitos de combustible de Bilbao y Santurce.
Toda vez que el servicio de la línea de transporte de electricidad que unía el embalse de Ricobayo de Saltos del Duero en Zamora y la que llegaba desde la central hidroeléctrica de Lafortunada en Huesca fueran interrumpidas por los sublevados, fue la central de Burceña, a base de carbón, la encargada de mantener el suministro eléctrico a Bilbao. Hidroeléctrica Ibérica la puso en servicio en 1907 manteniéndose éste hasta 1985 con las consiguientes adaptaciones. Marcada como objetivo en marzo de 1937 por el Cuartel del Generalísimo a la Jefatura de Aviación y a la Legión Cóndor[27], fue presa de 3 raids de aeronaves alemanas e italianas (Junkers Ju52, Heinkel He51, Savoia-Marchetti SM.79, Savoia Marchetti SM.81, IMAM Romeo Ro.37, Fiat Cr.32) que reportaron dejar caer sus bombas sobre ella sin realizar posteriormente en sus informes una evaluación de los daños causados, si es que lo hicieron. Burceña se encontraba protegida y defendida por milicianos como parte del “Cinturón de Hierro”. Los escasos ataques dejaron la central intacta y no impidieron que ésta continuara funcionando durante los once meses que duró la guerra en Bilbao, con la excepción de los momentos en los que no llegaba el carbón[28]. Más aún, durante la retirada del ejército republicano hacia Santander la central no se destruyó.
Cabe preguntarse por cuál fue la intención estratégica de estos bombardeos por parte del bando sublevado. Durante la campaña del Norte el general Mola opinaba que era necesario “destruir las industrias de la guerra en la provincia de Vizcaya. Con este propósito, el 9 de abril iniciaremos la destrucción absoluta de la central eléctrica de Burceña, las acererías Euskalduna y la fábrica de explosivos de Galdácano”[29].
Anteriormente los comandantes alemanes de la Legión Cóndor habían cuestionado a Mola la motivación para destruir las industrias e infraestructuras que esperaban conquistar en poco tiempo. La respuesta de Mola fue:
España está totalmente dominada por los centros industriales de Bilbao y Barcelona. Con tal dominio, España nunca podrá limpiarse. Tiene demasiadas industrias que sólo generan descontento. Si la mitad de las fábricas de España fuesen destruidas por bombarderos alemanes, la posterior reconstrucción del país sería mucho más fácil.
Mola no ignoraba que el general Franco tenía una postura diferente y además conocía perfectamente que las órdenes de cualquier bombardeo aéreo debían estar firmadas por el Generalísimo. Franco declaró al embajador italiano Cantalupo al comienzo de la ofensiva sobre Vizcaya:
No libro una guerra contra España, simplemente estoy fraguando la liberación del país …No debo exterminar a un enemigo ni destruir ciudades, campos, industrias o producciones. Por eso no debo apresurarme (…) algunos pueden pensar que cuando mis aviones bombardean ciudades rojas estoy librando una guerra como otra cualquiera, pero no es así. Mis generales y yo como españoles y sufrimos cumpliendo el deber que la patria nos ha asignado, pero debemos continuar.
A la vista de lo anterior podemos extraer varias conclusiones. La primera de ellas es que el número y efectividad de los bombardeos sobre instalaciones vinculadas al ámbito energético fue muy baja. Del total de los 2.042 bombardeos registrados, sólo 18 tuvieron como objetivo o dañaron depósitos de combustible o centrales eléctricas. Es decir, un sorprendente 0,88% muy alejado de lo esperado de ceñirnos a la definición de bombardeo estratégico, e incluso menor si contabilizamos los que dieron en el blanco. Entre las posibles causas cabría destacar tanto las técnicas como las políticas. La capacidad para acertar de pleno en el objetivo con la tecnología de los años 30 del siglo XX era muy reducida en comparación a los avances que se produjeron durante la Segunda Guerra Mundial por parte de Estados Unidos con la invención de la mira Norden, un dispositivo a base de motores, giróscopos, espejos y niveles, que a partir de los parámetros de vuelo del avión (velocidad, altura, etc.) era capaz de calcular la trayectoria de una bomba arrojada desde 6.000 m con una precisión 30 m. Más relevante si cabe, fueron las motivaciones políticas. Franco, con una visión más cercana al empleo de la aviación en la Primera Guerra Mundial o en intervenciones en Marruecos, concebía los bombardeos sobre la retaguardia enemiga más como un arma psicológica por el terror generado entre la población civil que de destrucción de los medios de producción adversarios. Esto es, ni Franco ni Mola habían comprendido aún la globalidad del concepto de bombardeo estratégico que se estaba fraguando en la Guerra Civil y cuya teoría y práctica se materializaría en la Segunda Guerra Mundial. Mola estaba obsesionado con la destrucción de la capacidad industrial, mientras que Franco, desde el comienzo de la batalla de Madrid y el primer bombardeo aéreo, quería quebrar la moral republicana, pero con daños colaterales mínimos para las tejido productivo e industrial. Esta tesis se refuerza al ampliar el espectro de observación de la campaña de bombardeos aéreos sobre el País Vasco, y especialmente sobre el área de Bilbao, al incluir en el mismo Altos Hornos de Vizcaya y los Astilleros Euskalduna, ambos atacados, afectados, pero no, inutilizados. Una primera conclusión a la que se podría llegar es que las infraestructuras energéticas no eran realmente consideradas estratégicas y por eso carecían de interés militar. Sin embargo, con una perspectiva más amplia cobraba completo sentido que efectivamente no lo fueran para la guerra, especialmente las eléctricas, sino para para la posguerra: he aquí una de las claves. Terminada la guerra todas estas instalaciones se dispondrían a servicio del bando vencedor para impulsar su régimen: destacadísimo sería el papel de las empresas eléctricas en la política de reconstrucción posterior. Encontramos así, en el caso de las guerras civiles, una matización al concepto de bombardeo estratégico que tiene en mente que el enemigo es un país extranjero: los contendientes aspiran a dominar un territorio dividido que se disputan y por tanto a los recursos e infraestructuras sobre el mismo.
No menos destacable es la conclusión sobre la auténtica revolución militar que supuso el empleo la aviación tanto táctica como estratégicamente. La supremacía aérea se convertía en clave para la victoria en conflictos posteriores tal y como se demostró en la campaña de Vizcaya: el 31 de marzo de 1937, fecha de inicio de ésta, no había ni un solo avión de combate en los aeródromos vizcaínos[30] y el Gobierno de la República sólo envió 2 escuadrillas de “Chatos”, mientras que los nacionales contaban con más de 100 aparatos[31].
Sabotajes. Caso de estudio: la táctica republicana
El bando republicano no logró conceptualizar, ni articular, en la práctica el concepto de bombardeo estratégico sobre las infraestructuras energéticas. Esta carencia de potencia de fuego trató de compensarla mediante sabotajes que dañaran las instalaciones enemigas y sus vías de abastecimiento. La relación de sabotajes llevados a cabo por los guerrilleros republicanos se encuentra documentada en la tesis doctoral de Alfonso López García[32]. Aunque no se trata de una referencia exhaustiva, fruto de que, quizás, no todas las acciones quedaran documentadas y registradas en archivo, si resulta suficientemente ilustrativa:
- Enero de 1937: una central eléctrica.
- Abril de 1937: una central eléctrica.
- Mayo de 1937: seis postes alta tensión.
- Julio de 1937: una central eléctrica.
- Noviembre de 1937: nueve postes eléctricos.
- Diciembre de 1937: dos centrales eléctricas y 23 postes eléctricos.
- Abril de1938: un transformador y dos líneas eléctricas interrumpidos.
- Junio de 1938: cinco postes eléctricos volados y dos fábricas eléctricas.
- Julio de 1938: una fábrica de luz eléctrica.
- Agosto de 1938: una fábrica de luz eléctrica.
Estas operaciones eran llevadas a cabo por guerrilleros formados en la Escuela de Guerrilleros de Benimamet donde se contaba con un temario que proporcionaba a sus alumnos conocimientos avanzados de electricidad y explosivos. Si en el caso del bando sublevado en la campaña en el País Vasco, el número de ataques sobre infraestructuras energéticas fue muy bajo en el conjunto de las operaciones, también observamos que los sabotajes en territorio nacional por los republicanos también fueron de corto alcance teniendo en cuenta la longitud de todos los frentes o fronteras entre los territorios bajo el control de los dos bandos. Otra similitud es que no existe una cuantificación de daños, es decir, si los objetivos fueron total o parcialmente destruidos, las consecuencias sobre las industrias o la población.
Lo que sí resulta llamativo es que, mientras los ataques rebeldes en el País Vasco tuvieron entre sus objetivos los depósitos de combustible localizados en zonas portuarias, en la relación anterior no se haya rastro de sabotajes republicanos a este tipo de instalaciones. Únicamente se ha hallado un caso documentado en el Archivo General Militar de Ávila a este respecto y que no está incluido en la relación de sabotajes anterior. Se trata de un comunicado de la Legión Cóndor informando del hallazgo de agua en la gasolina servida por CAMPSA al aeródromo de Calamocha y escritos ordenando la averiguación de un posible acto de sabotaje[33]. Iniciados los trámites de juicio sumarísimo por presunto delito de sabotaje, y recabados testimonios oportunos, éste se sobreseyó sin concluir quién, cómo y cuándo se había sustraído la gasolina del vagón tanque y se había reemplazado por agua[34]. Lo que sí dejaron claro los testimonios es que este tipo de sabotajes se había producido al menos una vez con anterioridad en el Frente del Norte, aunque sin dejar registro documentados.
Los leales a la República no fueron capaces de interrumpir el suministro de combustible que tan vital era para la aviación y centraron sus esfuerzos en la electricidad sin demostrar que sus actuaciones tuvieran un impacto significativo más allá del posible corte de suministro a las poblaciones cercanas a las centrales o subestaciones eléctricas. Aventuramos que las causas fueron varias. La flota republicana quedó pronto circunscrita al ámbito mediterráneo con una función de protección de transportes y no ofensiva sobre las instalaciones portuarias sublevadas donde se encontraban los principales depósitos de combustible. A ello se añade que las operaciones de sabotaje sobre aeródromos, donde más combustible se podía encontrar, eran más complicadas al tratarse de instalaciones militares bien defendidas, y de ahí la dificultad, frente a las instalaciones eléctricas que se encontraban abandonadas sin protección en medio del campo, y por tanto en una posibilidad vulnerabilidad frente a sabotajes. El caso de Calamocha ilustra cómo sí podían existir casos de sabotaje en la cadena de suministro de productos petrolíferos.
Figura 2. Apoyo de línea eléctrica tomado el 30 de septiembre de 1936 por los republicanos a los sublevados para impedir el suministro a poblaciones bajo control rebelde[35].
Autosabotajes
Aunque a modo casi anecdótico esta práctica se produjo en el bando republicano. Ante la caída de Bilbao, Indalecio Prieto ordenó una política de tierra quemada para impedir que las instalaciones industriales estratégicas, como Altos Hornos o la central eléctrica de Burceña, se pusieran a disposición del esfuerzo bélico rebelde. No sucedió así al no obedecer esa orden los batallones peneuvistas que las protegían, quienes las entregaron al CTV italiano.
Otro caso reseñable fue el de la caída de la Bolsa de Bielsa tras los combates que tuvieron lugar entre mayo y junio de 1938. Con la huida del ejército republicano a Francia, se dio orden por su Estado Mayor de volar la central hidroeléctrica de Lafortunada que alimentaba eléctricamente al País Vasco desde los pirineos oscenses. La central sufrió desperfectos y no llegó a completarse su destrucción. Manuel de Irujo, ministro peneuvista sin cartera, lo impidió por sus intereses en Hidroeléctrica Española. Y no fue el único interesado en conservar esta central. Los sublevados ya hacían planes desde 1937 para protegerla, aunque en alguna ocasión fuera bombardeada por su aviación[36]. Plantearon un empalme con la central de Seira, también en la cuenca del Cinca, de forma que, en caso de destrucción de las centrales catalanas del Noguera, se pudiera cubrir hasta el 40% de la demanda eléctrica de Cataluña cuando se territorio cayera en poder de los sublevados[37]. Seira tampoco se libraría en 1938 de los intentos republicanos de destruirla ante el avance de las tropas nacionales[38]. Este hecho refuerza la tesis ya esbozada anteriormente del papel estratégico que tenían las infraestructuras eléctricas para la posguerra.
La logística
Durante las primeras décadas del siglo XX, así como entre 1936 y 1939, el principal medio de transporte de mercancías fue el ferrocarril[39]. Como detallaremos más adelante, fueron los trenes los encargados de trasladar los combustibles desde los puertos, donde arribaban los petroleros, hasta los puntos de demanda del esfuerzo bélico. A pesar de las opuestas decisiones políticas tomadas por ambos bandos sobre las compañías de ferrocarril, muy similares a las ya comentadas en los ámbitos petrolero y eléctrico, la ejecución de la logística de abastecimiento llevada a cabo por republicanos y sublevados fue muy similar. Asimismo, para la distribución a menor escala, de “última milla”, desde las estaciones de tren hasta los puntos de consumo se empleó la flota de camiones de CAMPSA.
Así se refleja en los primeros días del conflicto, en la que el avance de columnas sublevadas desde Sevilla hacia Madrid no fue sólo un avance de infantería de estilo colonial, de “guerra primitiva” como lo han definido algunos autores[40]. Presentaba incipientes rasgos de mecanización, sin alcanzar ni de lejos el desarrollo de la Blitzkrieg en la Segunda Guerra Mundial. La evidencia de este nuevo tipo de táctica se revela a través de la creciente necesidad de combustible que comprobamos en la crónica de Manuel Sánchez del Arco del 4 de agosto de 1936 en la portada de ABC Sevilla[41]:
Van a maniobrar en movimiento de gran estilo varias columnas. La acción conjunta tiene como objetivo ocupar la capital de la nación, obteniendo con ello la decisiva victoria.
Nuestra columna es fuerte. Más de 100 camiones y muchos coches ligeros llevan los materiales de combate y el elemento humano. Los carros de asalto del capitán Fuentes, el segundo Tabor de Amador de los Ríos de Regulares de Tetúan y la quinta bandera, forman la vanguardia de esta columna. Después Artillería, Infantería, Parque de Municiones, Intendencia y Sanidad. Nos preceden Ingenieros con abundante material de fortificación, y de Zapadores para arreglar las comunicaciones, cortadas en varios puntos de la carretera.
Salimos del Parque de María Luisa al caer la tarde del lunes, 3 de agosto. Al llegar al puente de Triana Castejón, revista la columna, ya en marcha. Todo funciona perfectamente. Los tanques de la Campsa, escalonados a lo largo de la extensa columna, aseguran el aprovisionamiento de esencia.
Tras unos meses de contienda tomemos como ejemplo el informe que realizaba el delegado militar de CAMPSA en Zaragoza[42] y que podría servirnos para extrapolar de de forma general, al menos en el bando sublevados. De julio a diciembre de 1936, en él se indica que el 40% del suministro de gasolina de automóvil se destinó a necesidades militares y el resto a civiles, proveyéndose dicho suministro “en vagones cisterna de capacidad variable entre veinte a cincuenta mil litros”. La evolución del consumo mostraba una disminución en los primeros compases, fundamentalmente en agosto de 1936, ya que ante la incertidumbre de potencia adquisitiva se restringió todo consumo no destinado a las necesidades militares, y a la congestión del tráfico ferroviario causada por ”la supresión -casi absoluta- de los transportes por carretera”. Poco después el informe señala que ”pasada esa primera temporada, y en vista de que no existe dificultad alguna para el normal suministro, sino que por el contrario la provisión de este producto se hace de acuerdo con las previstas necesidades”. Adicionalmente a la gasolina, también se incrementaron los consumos de gas-oil y fuel-oil destinados a la producción electricidad de Eléctrica Reunidas, y de grasas y lubricantes, especialmente para las fábricas azucareras a final del año. Se destaca en cualquier caso la gran necesidad de fuel-oil disponible en las factorías de La Coruña y Vigo, siendo el cuello de botella para atender la demanda en Zaragoza los seis días de viaje de ida y vuelta por ferrocarril hasta estos puertos. La referida abundancia en el bando sublevado contrasta con los llamamientos a la restricción en el consumo por la escasez en el Ejército Popular[43].
Otro ejemplo del incremento de la demanda de combustible que puede dar pistas sobre la situación general fue la producción de la factoría de Palma de Mallorca. Como se muestra en la Figura 3, se llegó a multiplicar la salida mensual de productos petrolíferos por entre 3, 7 y 9 veces en 1937, 1938 y 1939 respectivamente si la comparamos con las cifras de 1935 y comienzos de 1936.
Figura 3. Salida de productos petrolíferos de la factoría de Palma de Mallorca en el período 1935-1936[44]
Inteligencia y energía
La Guerra Civil fue un catalizador para el desarrollo de los servicios de inteligencia, muy atrasados en el momento del alzamiento militar respecto a las principales potencias europeas.
La República aglutinó en agosto de 1937 las diferentes iniciativas de servicios secretos bajo el paraguas de una nueva organización, el S.I.M. (Servicio de Investigación Militar). Los objetivos iniciales, tales como realizar misiones de contraespionaje, impedir los sabotajes y llevar a cabo labores de investigación y vigilancia, pronto se tornaron, bajo el control comunista, en tareas de persecución política. Ante esta ineficacia, en septiembre de ese año, se conformó el S.I.E.P. (Servicio de Información Especial Periférico) como servicio de información tras las líneas enemigas con la misión de recabar datos específicos para posibles objetivos.
Por su lado, los nacionales crearon a través de la Junta de Defensa Nacional en septiembre de 1936 el SIM (Servicio de Información Militar) con un cometido inicial de contrainteligencia para a continuación centrarse en la localización de objetivos enemigos y movimientos de sus tropas. Este servicio de información fue coetáneo del SIFNE (Servicio de Información de la Frontera Nordeste de España). Se trataba de un servicio de información carlista con base en el País Vasco francés, impulsado por el general Mola y financiado por el catalanista Francesc Cambó. A pesar de los éxitos obtenidos por el SIFNE, la multiplicidad de servicios secretos llevó, en noviembre de 1937 a la unificación de todos ellos por el coronel José Ungría Jiménez en el denominado SIPM (Servicio de Información y Policía Militar). El SIPM tenía como misiones el despliegue de agentes tanto en territorio republicano como en el extranjero, la contrainteligencia y la vigilancia, seguridad y orden público en las zonas del frente.
La consulta de los archivos militares con fondos sobre la Guerra Civil sobre los servicios secretos y la energía arroja gran cantidad de documentación en el caso del bando sublevado y prácticamente ninguna en el del republicano. Por esta razón, a continuación, mostraremos la íntima relación entre la energía y el interés de los servicios de información por ella reforzando así el ya comentado carácter estratégico de la misma. El conocimiento de las infraestructuras energéticas enemigas presentó una evolución pareja al desarrollo de los servicios de información, a lo que se añadía una aproximación global y multidimensional a las mismas vinculada a las misiones encomendadas a estos servicios. Esto es, se trataba de obtener información no sólo de ubicación y características de infraestructuras en territorio enemigo, sino igualmente, de infraestructuras en terceros países que pudieran suministrar o socorrerle e incluso la generación de informes sobre geopolítica de la energía en los albores de lo que se presumía como una inminente conflagración mundial.
El registro de archivo demuestra que el interés por las infraestructuras energéticas como objetivos militares es muy débil al principio de la contienda y se va incrementando y acelerando a medida que ésta va acercándose a su final. En 1936 el foco de los servicios de información del bando nacional está sobre todo en el tráfico marítimo de petroleros y mercancías que arribaba a los puertos republicanos, a través de la intercepción y descifrado de radiogramas[45]. También se recaban planos de Madrid con indicación de las ubicaciones de las centrales térmicas, eléctricas y estaciones de transformación, como el proporcionado por FET y de las JONS a través de su servicio de cartografía[46]. Sin embargo, sorprende que, en la campaña del Norte de 1937, zona donde su ubicaba gran parte del potencial industrial de la República, sólo se cuente en ese período con un plano general de las principales líneas de transporte de electricidad, que incluso está datar, presuponemos que es de ese momento[47]. En 1938 y 1939 se acelera la disponibilidad de registros secretos con información sobre objetivos militares. La ubicación de depósitos de combustible se incluye dentro de los informes del SIPM como un capítulo más junto a localizaciones de aeródromos, baterías antiaéreas, depósitos de municiones, ferrocarriles, fábricas de guerra, talleres, etc.[48] Gran parte de esta información de campo era proporcionada por evadidos[49] o quintacolumnistas como demuestra la tesis doctoral de Carlos Píriz[50]. Desde finales 1937 y hasta el final de la guerra las infraestructuras eléctricas son las protagonistas de los informes de inteligencia con dos planos de importancia. Principalmente, las centrales hidroeléctricas pirenaicas de Aragón y Cataluña son señaladas en mapas de objetivos y fotografiadas sistemáticamente por la aviación[51], no para destruirlas, aunque en alguna ocasión en 1937 fueron atacadas, sino como ya se adelantado en secciones previas, para evitar que fueran destruidas por los republicanos. Esto pone sobre la mesa que los nacionales eran conscientes de que victoria tarde o pronto llegaría y querían contar con todos los recursos disponibles para la posguerra.
Una guerra total como la Guerra Civil no se libraba solo en los frentes dentro de nuestras fronteras, sino que el campo de batalla por la energía se extendía a través de los servicios de inteligencia más allá de ellas, fundamentalmente en Francia. Se espiaba la sede de CAMPSA Gentibus[52] en París, se vigilaba el tráfico de buques en los puertos franceses, como el de La Nouvelle[53], que pudiera dar lugar a suministros por tierra de combustibles u otras mercancías a través de la frontera catalana, se localizaban las refinerías francesas y monitorizaban sus capacidades de producción[54] o se cartografiaba cómo desde la red eléctrica francesa se alimentaba a la española a través de los Pirineos catalanes[55]. Esta valiosa producción de datos era compartida de forma sistemáticamente con los servicios de inteligencia alemanes e italianos. Más espectaculares, aunque por contrastar, fueron las operaciones de sabotaje en suelo galo como la llevada a cabo en abril de 1938 por un comando nacional para destruir los depósitos de las Refinerías Júpiter en el estuario de la Gironda que contenían hasta 500.000 litros de combustible presumiblemente destinados para la aviación republicana[56]. México, uno de los países soporte de la República, también era seguido de cerca en el campo energético por el SIFNE[57].
El SIPM fue capaz de dar el salto al pensamiento geoestratégico y proyectar la situación bélica española hacia escenarios futuros a través de la energía. De este modo, en 1938 redactó completísimos informes de referencia[58] mediante información suministrada por agentes secretos en el exterior que incluían, además de una descripción sobre el suministro de petróleo en Francia en la próxima Guerra Mundial, un análisis de la industria del petróleo a nivel mundial y las diferentes políticas petrolíferas y posibilidades de contar con él en caso de guerra por Inglaterra, Alemania, Italia o Japón. Este informe mostraba de forma palpable cómo sería la Segunda Guerra Mundial al afirmar que:
como es sabido todas las naciones europeas se preparan con gran actividad para la próxima guerra, calificada ya por muchos de guerra mundial. Su característica principal, consistirá en el empleo de grandes masas de aviones y del Ejército mecanizado (…) Todo esto nos basta para afirmar que el petróleo es el elemento fundamental para poder efectuar una guerra verdaderamente moderna.
Los servicios secretos son de inteligencia, pero no de infalibilidad como sabemos que ha pasado en muchas guerras. Se muestra a su continuación en la Figura 4, por su singularidad, un documento[59] del Archivo General Militar de Ávila que contiene una nota informativa del SIPM a partir de los datos transmitidos por un agente en Londres en diciembre de 1937. Hoy conocemos cuán equivocado estaba este agente. Lo que nunca sabremos es si el espía fue inconsciente de este hecho por contar con datos poco fidedignos y contrastados, o plenamente consciente al tratarse, quizás, de un agente doble. De lo que no cabe duda es de la dimensión global que tuvo la energía en la Guerra Civil.
Figura 4. Nota transmitida por agente en Londres al SIMP sobre la industria del petróleo en la URSS
El balance energético
No existe consenso entre las diferentes fuentes consultadas sobre la exactitud de las cifras globales de importaciones de combustibles, en parte por la carencia de documentación de la CAMPSA republicana. Tomando como ámbito de comparación el período temporal que va desde el segundo semestre de 1936 hasta el final de 1938[60], nos encontramos que las importaciones de productos petrolíferos a través de la CAMPSA republicana fueron entre 1.160.000[61] y 1.400.000[62] toneladas (14% en 1936, 53% en 1937 y 33% en 1938). Por su lado la CAMPSA nacional adquirió entre 1.220.000[63] y 1.500.000[64] toneladas para los sublevados (6% en 1936, 40% en 1937 y 54% en 1938). Por tanto, los dos bandos tuvieron unas demandas de combustibles y lubricantes muy similares en términos globales durante el conflicto, pero con distribuciones diferentes. La República contaba por tanto con más recursos inicialmente y mantuvo una demanda creciente de demanda hasta el segundo año de la guerra, siendo en el tercer año cuando las necesidades disminuyen por las pérdidas de territorios, especialmente del Norte. Los sublevados presentaron un apetito exponencial de combustibles consumiendo sólo en 1938 más de la mitad de todo lo que demandaron en la guerra. Es decir, cuanto más industrial y total se volvía la guerra, lo que está completamente correlacionado al poner sobre la mesa la guerra de columnas de los primeros meses tras la sublevación militar con las batallas de Teruel, el avance hacia el Mediterráneo o la batalla de Teruel, mayor y más acelerada era la avidez por la energía procedente del petróleo. Esto si cabe es más acusado en el caso de la aviación. En 1935 CAMPSA importó 1.852 toneladas de carburantes y aditivos para la aviación militar (gasolina, benzol y tetraetilo de plomo). La CAMPSA nacional proveyó de forma continua las demandas exponenciales de la aviación sublevada: sólo en 1936 fueron 1.238 las toneladas de estos carburantes especiales, para elevarse a 26.102 toneladas en 1937, continuar aumentando hasta 52.502 en 1938 y descender bruscamente hasta las 8.938 en el primer trimestre de 1939[65]. No obstante, otra fuente, como el Archivo Histórico de Hidrocarburos de CAMPSA a través de sus Estadísticas de Hidrocarburos 1927-1992[66], ofrece cifras algo distintas: 6.664 toneladas en 1935, 5.936 en 1936, 18.646 en 1937, 36.491 en 1938 y 27.886 en 1939. En cualquier caso, estas cifras muestran a las claras la revolución militar que supuso el empleo de la aviación en la Guerra Civil, siendo ésta la primera en la que dos ejércitos la emplearon de forma masiva, preconizando así cómo serían conflictos posteriores.
Si los productos petrolíferos impulsaban el esfuerzo bélico de la primera línea de los frentes, la energía eléctrica sostenía el mismo manteniendo la producción industrial en las respectivas retaguardias. A pesar de los ataques y sabotajes comentados, la conclusión de diversos estudios sobre algunas compañías eléctricas entre 1936 y 1939 es que la generación eléctrica se mantuvo durante este período en niveles similares al inicio de la misma. Hidroeléctrica Ibérica, con todos sus centrales de generación en zona republicana (centrales de generación en Levante y líneas de transmisión que alimentaban a Valencia y Madrid sólo experimentó un descenso máximo de producción del 20%[67], de 1935 a 1936, siendo el resto de años superiores a los de 1936[68]. Algo similar sucedió con las principales compañías eléctrica andaluzas en su mayoría en manos sublevadas[69]. Otro caso distinto fue el de Hidroeléctrica Española, con sus principales centrales Burceña en Vizcaya y Lafortunada en Huesca, en poder republicano hasta la caída de Bilbao en junio de 1937 y de la bolsa de Bielsa en 1938, pero con sus líneas de interconexión entre ambas bajo control sublevado en Navarra: la producción descendió en 1937 un 60% respecto a valores de 1935, para recuperarse progresivamente y ser ya un 15% respecto a este año en 1939[70]. Afloran varias hipótesis para explicar el mantenimiento o incremento de la generación eléctrica. La principal es que las infraestructuras eléctricas, en general, no fueron dañadas hasta el punto de ser inutilizadas lo que permitió seguir alimentando la demanda industrial que requería más de la mitad de esta producción. En segundo lugar, que pasados los primeros compases tras el alzamiento militar, muchas de las compañías siguieron funcionando como lo habían hecho hasta entonces, pese a las intervenciones militares o sindicales. Por último, la generalización del fraude por la escasez de medios para controlar los contadores.
Conclusiones
La Guerra Civil fue un conflicto con características híbridas entre la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial. No sólo por el hecho situarse temporalmente entre ambas, sino que ella en sí misma comienza con características de Primera (guerra de columnas al estilo colonial) y acaba pareciéndose en bastantes a la Segunda (bombardeos estratégicos y uso intensivo de la inteligencia).
Las indudables ventajas materiales e industriales iniciales de la República fueron sobrepasadas rápidamente por decisiones estratégicas de los sublevados. Se demostraba así una vez más que la abundancia de recursos, sin una estrategia acertada y una correcta administración y organización de estos, no suponía una ventaja real, pudiendo suponer incluso un impedimento. Al contemplar el conflicto con una óptica energética se comprenden claramente las causas de esas decisiones estratégicas ya que fueron completamente motivadas por el acceso a las fuentes de energía. Así las columnas rebeldes no alargaron su avance hacia Madrid a través de Extremadura impulsadas en primer término por la acción represiva contra los leales republicanos, sino porque necesitaban el suministro de combustible procedente de Portugal para moverse. La estrategia de la República de bascular el centro del poder naval español hacia el Mediterráneo concedió a los sublevados una clarísima ventaja al caer en su poder las bases navales atlánticas más próximas al suministro petrolero estadounidense y de refino canario. La elección de aliados suministradores de petróleo tampoco fue baladí: se estableció en base a la situación geoestratégica fruto de los primeros compases. Los sublevados miraron hacia el Atlántico, hacia Estados Unidos, mientras que la República no tuvo más opción que hacerlo hacia el Este, hacia la Unión Soviética, a través del Mediterráneo. Es indudable por tanto el papel del petróleo en la Guerra Civil.
Sin duda fue una guerra industrial, como anticipaba Indalecio Prieto, pero no podemos afirmar que se tratara de una guerra completamente total. Fue industrial porque el petróleo fue un elemento básico para las operaciones militares y la producción en la retaguardia, en un entorno de recursos divididos, era fundamental. No fue total en el sentido de que, por ejemplo, las infraestructuras eléctricas, no padecieron el nivel de daños indispensable para inutilizarlas e interrumpir así la producción industrial enemiga y provocar quebrantos en la vida de la población civil. Podríamos afirmar que se debió a un insuficiente avance en la tecnología aérea. Sin embargo, la tesis más plausible es que el bando sublevado, al ser cada vez más consciente de su cercanía a la victoria, invirtiera recursos de inteligencia, no para destruir las centrales eléctricas en la zona republicana, sino para evitar su sabotaje por los republicanos. Los rebeldes dieron a la electricidad un papel estratégico, aunque no en la guerra, sino en la posguerra, donde sería esencial para la reconstrucción. La tesis se refuerza a la vista de las estadísticas de generación eléctrica que indican que ésta incluso se llegó a incrementar durante el conflicto.
Finalmente, dos elementos confirieron completa modernidad a la Guerra Civil: la eclosión de la aviación y el empleo de la inteligencia. La primera demandando con voracidad energía procedente del petróleo. La segunda a disposición de eliminar las capacidades energéticas del enemigo y maximizar las propias comenzando desde lo táctico para elevarse progresivamente hacia el pensamiento geoestratégico.
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ARCHIVOS CONSULTADOS
Archivo General Militar de Ávila
Archivo del Ejército del Aire
Centro de Documental de la Memoria Histórica
Centro de Documentación y Archivo Histórico de la Sociedad Estatal de Participaciones Industriales (SEPI)
Fondo Histórico de ENDESA
[1] Se indican a continuación las obras consultadas:
Cardona, G. (2006). Historia militar de una guerra civil. Estrategia y tácticas de la guerra de España Barcelona: Flor del Viento Ediciones.
De Alborán y de Reyna, F. y De Alborán y de Reyna, S. (1998). La guerra silenciosa y silenciada. Historia de la campaña naval durante la guerra de 1936-1939 (5 tomos). Valladolid: Editorial Alcañiz y Fresno.
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Vidal, C. (2006). La guerra que ganó Franco. Historia militar de la guerra civil española. Barcelona: Planeta DeAgostini.
[2] Seguidamente las obras consultadas:
Barciela López, Carlos (2009). La economía y la Guerra. Pasado y memoria: Revista de historia contemporánea, 8, 13-34.
Bartolomé-Rodríguez, M.I. (2007). La industria eléctrica en España (1890-1936). Estudios de historia económica, 50, 1-168.
Morlán Díaz, P. (1998). El proceso de creación de Saltos del Duero (1917-1935). Revista de Historia Industrial, 13, 181-200.
Núñez Romero Balmas, G. (1995). Empresas de producción y distribución de electricidad en España (1878-1953). Revista de historia industrial, 7, 39-80.
[3] Vidal, C. (2006). De golpe frustrado a guerra civil. La guerra que ganó Franco. Historia militar de la guerra civil española (p. 155-156). Barcelona: Planeta DeAgostini.
[4] Elaboración propia a partir de los datos de VVAA (1958). Capítulo 1936-1939. CAMPSA 1928-1958 (p. 87-88).Madrid: Gráficas Reunidas S.A. Recuperado de https://campsa.cnmc.es/sites/default/files/2018-11/CAMPSA–1928-1958.pdf.
[5] Tortella, G,. Ballestero, A., Díaz Fernández, J.L. (2003). Capítulo 4 La Guerra Civil. Del Monopolio al libre mercado. La historia de la industria petrolera española (p. 144). Madrid: LID Editorial Empresarial S.L.
[6] Tortella, G,. Ballestero, A., Díaz Fernández, J.L. (2003). La Guerra Civil. Del Monopolio al libre mercado. La historia de la industria petrolera española (p. 138). Madrid: LID Editorial Empresarial S.L.
[7] Morales Trueba, A. (2018). Las bases navales. La Marina de la Segunda República (p.354-369). Madrid: Actas.
[8] Payne, S. (2006). ¿Qué papel jugaron las Fuerza Aéreas? 40 preguntas fundamentales sobre la Guerra Civil (p.435-436). Madrid: La Esfera de los Libros
[9] San Román López, E. (2006). Hidroeléctrica Española: los difíciles años de la Guerra Civil. En Anes Alvarez de Castrillón, G. (coord.), Un Siglo de Luz. Historia Empresarial de Iberdrola (p 325-347). Madrid: Iberdrola
[10] Fernández Paradas, M. (2011). The Mengemor Company during the Spanish Civil War (1936-1939). Revista de Historia Industrial, 20 (47), 51-76.
[11] Gómez Mendoza, A. (2008). Los caminos de la luz en España. Cables, hierros, ingenieros y políticos (p. 37). Madrid: Red Eléctrica de España.
[12] Chaves Palacios, J. (2017). Franquismo y Salazarismo unidos por la frontera: cooperación y entendimiento en la lucha contra la disidencia (1936-1950). Dossier «Frontera y resistencias en la Península ibérica 1926-1950». Cahiers de civilisation espagnole contemporaine, 18 (2017). Recuperado de http://journals.openedition.org/ccec/6571
[13] https://spartacus-educational.com/SPportugal.htm
[14] Chaves Palacios, J. (2017). Franquismo y Salazarismo unidos por la frontera: cooperación y entendimiento en la lucha contra la disidencia (1936-1950). Dossier «Frontera y resistencias en la Península ibérica 1926-1950». Cahiers de civilisation espagnole contemporaine, 18 (2017). Recuperado de http://journals.openedition.org/ccec/6571
[15] Ibídem
[16] Archivo General Militar de Ávila (AGMAV). AGMAV,C.1242,15
[17] Morales Trueba, A. (2018). Las bases navales. La Marina de la Segunda República (p.354-369). Madrid: Actas.
[18] AGMAV,C.2306,12,73
[19] AGMAV,C.2542,327,81
[20] Martínez Molinos, G. (1988). El suministro de productos petrolíferos a la República en guerra. Anales de la Universidad de Alicante. Historia Contemporánea, 6, 67-87.
[21] Payne, S. (2006). ¿Qué importancia tuvo la Guerra Civil en la Historia Militar? 40 preguntas fundamentales sobre la Guerra Civil (p.481-490). Madrid: La Esfera de los Libros.
[22] Cardona, G. (2007). Las operaciones militares en el País Vasco, escuela de la “Luftwaffe”. Historia contemporánea (Ejemplar dedicado a: La Guerra Civil en el País Vasco: un balance histórico), 35, 411-425
[23] Enciclopedia Britannica. https://www.britannica.com/topic/strategic-bombing
[24] En el ámbito de este trabajo se englobarán, flexibilizando un tanto la definición, los ataques navales desde buques hacia poblaciones costeras que no implicaran un combate naval entre navíos, así como los ataques artilleros terrestres, aunque éstos se situaran en la línea del frente.
[25] Irujo, X. (2021). Atlas de bombardeos en Euskadi (1936-1937). Bilbao: GOGORA Instituto de la Memoria, la Convivencia y los Derechos Humanos. Recuperado de https://www.gogora.euskadi.eus/contenidos/informacion/gogora_proy_bombardeo/es_def/adjuntos/ZUydklferhlaakUbg.pdf
[26] Xabier Irujo incluye en su obra algunas localidades fuera del ámbito geográfico de la Comunidad Autónoma del País Vasco, como Tudela (Navarra) o Santander (Cantabria). Ello se debe a que algunos servicios podían cubrir distintos objetivos dentro del Frente Norte. Sin embargo, a los efectos de la tesis a demostrar en este capítulo, esta ampliación geográfica no es relevante.
[27] AGMAV,C.2585,39
[28] López, K. (2016). La Guerra Civil en Barakaldo (p. 253). Bilbao: Ediciones Beta III Milenio.
[29] Preston, P. (2012). La muerte de Guernica. Madrid: Penguin Random House Grupo Editorial España.
[30] Tabernilla, G. y Gesalí. D. (2015). La inferioridad aérea republicana en el norte. La Guerra Civil en Vizcaya, 1937. Desperta Ferro Contemporánea, 9.
[31] Cardona, G. (2006). La República piensa en la ofensiva. Historia militar de una guerra civil. Estrategia y tácticas de la guerra de España (p. 160). Barcelona: Flor del Viento Ediciones.
[32] López García, A. (2017). Guerrilleros y sabotaje en la retaguardia enemiga durante la guerra civil española (p. 255-270). (Tesis doctoral). Universidad de Salamanca, España.
[33] AGMAV,C.2551,11
[34] AGMAV,C.2375,147,83
[35] https://www.abc.es/archivo/fotos/poste-de-energia-electrica-tomado-a-los-nacionales-para-impedir-4339865.html
[36] Archivo del Ejército del Aire. Signatura: A-000213. Orden de misión ( 1ª Brigada del Aire, 3ª Sección, Operaciones) sobre el bombardeo de la Central Hidroeléctrica de La Fortunada por la Unidad 5G-28 (11/02/1938).
[37] http://www.sbhac.net/Republica/Colabora/AGascon/GCE_%5bGascon%5d_Lafortunada.pdf
[38] AGMAV,C.2971,14. Telegrama postal del estado mayor del Cuerpo de Ejército de Navarra remitiendo una comparecencia por escrito del encargado de la Sección de Seira (Huesca) de la Cooperativa de Fluido Eléctrico de Barcelona sobre la destrucción por parte de tropas republicanas de las fábricas ante la llegada del Ejército Nacional. Abril 1938
[39] Cayón García, F. y Muñoz Rubio, M (2005). Los transportes y las comunicaciones durante la Guerra Civil. VIII Congreso Asociación Española de Historia Económica. Santiago de Compostela. Recuperado de https://www.usc.es/estaticos/congresos/histec05/a2_cayon_munoz.pdf
[40] Cardona, G. (2006). Un conflicto primitivo. Historia militar de una guerra civil. Estrategia y tácticas de la guerra de España (p.45 – 59). Barcelona: Flor del Viento Ediciones.
[41] https://www.abc.es/archivo/periodicos/abc-sevilla-19360805.html
[42] AGMAV,C.3083,3
[43] AGMAV,C.374,3,8
[44] Elaboración propia a partir de los datos de VVAA (1958). Capítulo 1936-1939. CAMPSA 1928-1958 (p. 91).Madrid: Gráficas Reunidas S.A. Recuperado de https://campsa.cnmc.es/sites/default/files/2018-11/CAMPSA–1928-1958.pdf.
[45] AGMAV,C.2893,2, AGMAV,C.2882,3, AGMAV,C.2932,18
[46] AGMAV,M.2202,3
[47] AGMAV,M.2202,4
[48] AGMAV,C.2896,13
[49] AGMAV,C.2887,2
[50] Píriz, C. (2019). En campo enemigo: la Quinta Columna en la guerra civil española (c. 1936-1941)
(Tesis doctoral).Universidad San Pablo-CEU, España.
[51] AGMAV,C.1633,33, AGMAV,C.2896,19, AGMAV,C.1224,5, AGMAV,C.2896,19
[52] AGMAV,C.2884,13. Durante la Guerra Civil y ante los problemas de abastecimiento que esta situación comportaba, el Gobierno de la República creó la empresa CAMPSA-GENTIBUS para centralizar sus importaciones tanto de combustible, como de alimentos y materias primas para su industria.
[53] AGMAV,C.2898,9, AGMAV,C.2898,9
[54] AGMAV,C.2895,16
[55] AGMAV,M.1882,4, AGMAV,M.1882,3
[56] AGMAV,C.2895,2
[57] AGMAV,C.2929,5, AGMAV,C.2944,8
[58] AGMAV,C.2925,24
[59] AGMAV,C.2943,28
[60] Dado que la guerra civil española se extendió únicamente durante los tres primeros meses de 1939 no se contabilizan en la comparación las importaciones al disponer de datos agregados para todo el año y así no desvirtuar la comparación. Además, los suministros recibidos por la República durante 1939 serían una cantidad ínfima que estaría en el orden 42.000 toneladas procedentes principalmente de Rumanía.
[61] Tortella, G,. Ballestero, A., Díaz Fernández, J.L. (2003). Capítulo 4 La Guerra Civil. Del Monopolio al libre mercado. La historia de la industria petrolera española (p. 162-162). Madrid: LID Editorial Empresarial S.L.
[62] Martínez Molinos, G. (1988). El suministro de productos petrolíferos a la República en guerra. Anales de la Universidad de Alicante. Historia Contemporánea, Vol. 6, 67-87
[63] Tortella, G,. Ballestero, A., Díaz Fernández, J.L. (2003). Capítulo 4 La Guerra Civil. Del Monopolio al libre mercado. La historia de la industria petrolera española (p. 162-162). Madrid: LID Editorial Empresarial S.L.
[64] Martínez Molinos, G. (1988). El suministro de productos petrolíferos a la República en guerra. Anales de la Universidad de Alicante. Historia Contemporánea, Vol. 6, 67-87
[65] Tortella, G,. Ballestero, A., Díaz Fernández, J.L. (2003). Capítulo 4 La Guerra Civil. Del Monopolio al libre mercado. La historia de la industria petrolera española (p. 157). Madrid: LID Editorial Empresarial S.L.
[66] Estadísticas de Hidrocarburos 1927-1992: https://campsa.cnmc.es/estadisticas-de-hidrocarburos.
[67] San Román López, E. (2006). Hidroeléctrica Española: los difíciles años de la Guerra Civil. En Anes Alvarez de Castrillón, G. (coord.), Un Siglo de Luz. Historia Empresarial de Iberdrola (p 325-347). Madrid: Iberdrola.
[68] Fernández-Paradas, M. (2013). La Compañía Mengemor y el suministro de electricidad en la Andalucía nacional durante la Guerra Civil española (1936-1939). Historia Contemporánea, 46, 179-211.
[69] Ibídem.
[70] Díaz Morlán, P. (2009).Causas de la restricción eléctrica en el primer franquismo: una aportación desde la historia empresarial. Investigaciones de Historia Económica – Economic History Research (IHE-EHR), Journal of the Spanish Economic History Association, 5, 73-95.
Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

