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Enseñanza superior militar: la “experiencia académica”

Los que se interesan por la enseñanza militar, en especial por la superior[1], pertenecen a dos grandes escuelas de pensamiento. Están, por una parte, los que centran su atención en los planes de estudios, es decir, en los “conocimientos”. Es el enfoque mayoritario entre los políticos y entre los profesores universitarios. Pero hay también quien piensa que la parte más importante de la formación de los futuros oficiales (y suboficiales) es la asimilación de los códigos de conducta propios de la profesión, la integración en una colectividad humana que ya nunca abandonarán. Para esta segunda escuela de pensamiento, que probablemente sea mayoritaria entre los militares profesionales, los conocimientos son importantes, por supuesto, pero el elemento clave es la “experiencia académica” a la que son sometidos los alumnos, una experiencia que les permite asimilar el “espíritu de la General”.

No es de extrañar que casi todo lo que se publica sobre enseñanza militar y sobre sus reformas sea fruto del primer enfoque que hemos mencionado. Quizá porque la “experiencia académica” se da por supuesta. Quizá también porque no se advierte que muchos de sus elementos tienen un origen y un motivo, sin los cuales no pueden entenderse. O quizá porque la propia experiencia académica, por muy permanente e inmutable que a veces pueda parecer, ha ido evolucionando a lo largo del tiempo.

El llamado “espíritu de la General”

Según podemos leer en la página oficial del Ministerio de Defensa, el “espíritu de la General” no es otra cosa que el conjunto de las virtudes militares fundamentales compendiadas en el Decálogo del Cadete[2]. Y el Teniente Coronel Vicente Gaspar, durante muchos años jefe de departamento en la AGM, ha titulado, precisamente, “El espíritu de la General” una serie de artículos escritos para la revista Armas y Cuerpos en los que comenta lo más destacado de lo que se publicó en ella cada año, con lo que, de hecho, se queda a un paso de equiparar “espíritu de la General” a “tradición académica”[3].

En una línea muy distinta, el profesor Roberto Muñoz Bolaños, siguiendo a Eduardo Fuentes Gómez de Salazar y a Miguel Ángel Losada, señala en varias de sus obras que el “espíritu de la General” “simbolizaba la formación ideológica recibida en la Academia General Militar (AGM) de Zaragoza, y que se articulaba sobre tres principios –Patria, Dios y culto a la Milicia–, y un conjunto de ideas básicas: nacionalismo primario, catolicismo, antiliberalismo, antinacionalismo periférico, antiizquierdismo, defensa de la guerra civil (…) e idolatría al franquismo”[4].

Frente a esta interpretación en clave ideológica, la lectura del Decálogo sugiere que los principales componentes del “espíritu de la General” son el compañerismo (cemento de la cohesión interna de las Fuerzas Armadas), el espíritu de servicio y la búsqueda de la excelencia. Unas ideas fuerza que una larga estancia en la Academia, bajo la supervisión de profesores competentes y entregados a su trabajo, debería incorporar al “sistema operativo” de los futuros oficiales.

La experiencia académica clásica

En España, lo que podríamos llamar “experiencia académica clásica” estaba basado en la “inmersión” del alumno durante un tiempo bastante largo (cuatro a cinco años) dentro de una unidad militar idealizada. En ella recibiría la instrucción militar básica y se encargaría de las funciones específicas del personal de tropa, al tiempo que observaría cómo los oficiales, sus profesores, ejercían el mando. La esperanza era que el largo periodo de “crianza” serviría para hacer del alumno un militar virtuoso y que la observación constante de buenos ejemplos de mando le ayudaría a desarrollar su propio estilo para el momento en que tuviera que utilizarlo (tras culminar su formación académica).

Este enfoque es, desde luego, el que adoptó la Academia General Militar en su Segunda Época (1927-1931)[5], pero nació bastante antes. Ya en 1895, Pérez Fornells, profesor entonces de la Academia de Infantería, señalaba: “Una vez dentro de la Academia, ha de ser educado el alumno moralmente lo mismo que él ha de educar después á los soldados á sus órdenes, y por lo que se le enseñó y se le exigió adquirirá concepto claro de la misión que á su empleo está reservada”[6]. La novedad de la Segunda Época no radicaba, pues, en el cambio de paradigma, que no se produjo, sino en su aplicación de una manera voluntariamente radical por parte de unos profesores con experiencia reciente de combate que buscaban inculcar en sus alumnos el ethos del guerrero[7]. Esta “experiencia académica” que podríamos llamar clásica ha vertebrado el sistema de enseñanza superior militar, al menos en el Ejército de Tierra, hasta finales de los años setenta.                                                                                                                                              

Parece evidente que algo que ha durado tanto tiempo posee importantes ventajas. Tiene también inconvenientes, algunos de los cuales se fueron agudizando con el paso del tiempo:

1) Los cadetes no llegaban a practicar el mando durante sus estudios (y el mando es, precisamente, la competencia más importante dentro de la profesión militar). Y ello era así porque en el sistema clásico se esperaba que los futuros oficiales aprendieran a mandar viendo ejercer el mando a sus profesores/superiores. Aunque, desde luego, la observación no sea una técnica pedagógica tan potente como la experiencia personal.

2) Las “unidades ideales” que se constituían con los cadetes eran muy distintas de las unidades reales que los futuros oficiales encontrarían a su salida de la Academia. Los soldados de verdad, en su mayor parte de reemplazo, carecían de la fuerte motivación que caracterizaba a los alumnos de las academias militares y, en su mayor parte, de la competencia técnica que proporcionaban varios años de instrucción intensiva.

3) En el entorno académico, la figura del suboficial estaba casi por completo ausente y los cadetes no adquirían ninguna experiencia en el trato y colaboración con un escalón de mando fundamental para el buen funcionamiento de las unidades militares.

Suboficial instructor en la Escuela de Saint-Cyr (Francia) en 1978

Cambios en la experiencia académica

Durante los últimos cuarenta años se han producido cambios importantes en lo que hemos llamado “experiencia académica”, cambios que llegan a afectar a algunos de sus elementos más importantes. En bastantes casos, estos cambios son similares a los que se han registrado en el orden interno de las unidades militares, aunque parece que ello obedece más a circunstancias externas que afectaban tanto a la Academia como a las unidades que a la voluntad de mantener un régimen académico similar en lo posible al que sigue la tropa. Entre estos cambios destacan:

1) El final del alojamiento de los cadetes en naves colectivas con una cincuentena de camas cada una. Se produjo en los años ochenta, cuando las naves del edificio histórico fueron divididas en camaretas para cuatro alumnos.

2) El final de la convivencia estrecha entre los dos primeros cursos. Tuvo lugar de manera definitiva a partir del curso 1994-95, aunque el “modelo clásico” se quebró ya en el curso 1978-79, cuando los alumnos de segundo (“tercero”, según la terminología de entonces) fueron separados de los de primero (“segundo”) a mitad de curso, al comenzar la fase de Armas.

3) El relajamiento del régimen de internado. 

4) La incorporación de mujeres como cadetes a partir de la promoción L (1990)[8], algo que a medio plazo entraña la reconsideración parcial de un sistema de valores basado en virtudes tradicionalmente asociadas a la masculinidad[9].

Todas estas reformas tenían, por supuesto, motivos importantes que las justificaban. Lo que no parece haber representado ningún papel en su adopción es la influencia que pudieran ejercer sobre la “experiencia académica” de los alumnos, el deseo de modificarla en un sentido o en otro.

El ejemplo de los dormitorios puede ser particularmente ilustrativo. Los edificios Galbis e Hidalgo de Cisneros (“el Corte Inglés”) fueron diseñados en los años setenta para las necesidades de la Academia tras la adopción del plan 1973. Durante los primeros cursos, el único cambio que se había previsto en la “experiencia académica” era la creación de un Curso Selectivo de carácter competitivo, en el que las promociones propiamente dichas no existirían aún, debido al diferente tiempo que unos alumnos u otros emplearían en superar la prueba. Por lo demás, se esperaba que la experiencia académica en segundo y tercero fuera sensiblemente igual a la clásica, y que esa experiencia cambiara en los dos últimos años, una vez que los alumnos recibieran la primera estrella de alférez. Con este fin se crearon dos nuevos edificios con 384 habitaciones individuales (“camaretas”), en cada uno de los cuales había, en principio, espacio suficiente para alojar a una promoción entera[10]. Al final, se decidió que el quinto curso se cursara en las academias de las armas, con lo que uno de los dos edificios de camaretas pasó a ser utilizado por cadetes, algo que no estaba previsto en el diseño inicial. Y que entrañó la ruptura del modelo clásico de estrecha convivencia entre los cadetes de los dos primeros cursos.

De la misma manera, la última transformación de estos dos edificios (2008-2009), tras la cual las habitaciones individuales han sido transformadas en camaretas de a doce (edificio Galbis) o dobles (edificio Hidalgo de Cisneros), parece obedecer más a la necesidad de disponer de alojamientos suficientes para los alumnos del nuevo plan de estudios que a la voluntad de modificar de alguna manera su “experiencia académica”.

Conclusiones

Durante las últimas décadas, en la muchos de los países que llamamos “occidentales” los centros de enseñanza superior militar han ido adoptado el “método universitario”, convirtiéndose, en mayor o menor medida, en “universidades de la Defensa”. Es un enfoque que tiene muchas ventajas y que plantea algún problema grave. En particular, que, según la tradición española, recogida en la vigente Ley Orgánica 6/2001, la formación integral de la persona no figura entre los objetivos de nuestras universidades. En efecto, en la exposición de motivos de la Ley se habla de “profundizar en la creación y transmisión del conocimiento” y de la necesidad de cubrir las necesidades de la sociedad en “profesionales con el elevado nivel cultural, científico y técnico que sólo la enseñanza universitaria es capaz de proporcionar”, pero no hay ninguna alusión a trabajar en la formación integral de los alumnos universitarios. Esta formación integral, que sin duda se produce, es sobre todo un subproducto de la actividad principal universitaria, la generación y transmisión de conocimiento[11]. La exigencia de rigor y las consideraciones éticas contribuyen de manera importante a la formación integral de los alumnos, pero no existen en función de esa formación integral, sino como elementos necesarios para alcanzar la finalidad principal del sistema universitario.

En la enseñanza militar la situación es muy distinta. Como explicaba hace unos años el General Romero Serrano, la enseñanza superior militar “se configura como una enseñanza integral, abarcando la formación en las tres áreas básicas: los valores y actitudes generales y específicas de la profesión militar, los conocimientos fundamentales de base, técnicos y específicos de la profesión y la preparación física y el endurecimiento necesarios”[12]. Y, sin negar la importancia de la adquisición de conocimientos, es la formación en “valores y actitudes” la parte que los profesionales suelen considerar fundamental. Porque el objetivo es formar a hombres y mujeres de carácter, con sólidos principios morales, con capacidad de liderazgo y con amor a la responsabilidad.

Curiosamente, mientras la adquisición de conocimientos es objeto de detallados planes de estudio y de apasionadas discusiones, la formación del carácter de nuestros futuros oficiales (y, por supuesto, también suboficiales) se confía al efecto de una “experiencia académica” de la que apenas se habla. ¿No valdría la pena que le dedicáramos un poco más de atención?


[1] “Enseñanza de formación de oficiales”, según la terminología de la Ley 39/2007, de 19 de noviembre, de la carrera militar.

[2] https://ejercito.defensa.gob.es/unidades/Zaragoza/agm/Tradiciones/Decalogo_Cadete.html (acceso: 25.04.2020)-

[3] Ver https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=4748012.

[4] Ver, por ejemplo, Muñoz Bolaños, R. (2012). “Operación Galaxia”. La primera intentona golpista de la transición. Historia del Presente n.º 20. Pg. 120.

[5] El concepto pedagógico de la Segunda Época está claramente explicado por el que fuera su Jefe de Estudios, el Coronel Miguel Campins, en un libro hasta ahora inédito: La Academia General Militar de Zaragoza y sus normas pedagógicas (1932). A la espera de su publicación, los interesados en el pensamiento de Campins pueden encontrar un análisis muy detallado en la tesis doctoral de Manuel Touron Yebra El General Miguel Campins y su época (1880-1936), defendida en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense.

[6] Ruiz Fornells, E. (1895). La educación moral del soldado. Toledo: Viuda e Hijos de J. Peláez. Pg. 64.

[7] El Coronel Campins señalaba que “entre los cerca de noventa profesores que formaban la plantilla, reunían una docena de Medallas Militares, sumaban más de cincuenta ascensos por méritos de guerra o elección, y el cincuenta por ciento había sido herido en campaña”. Según Touron, Op.cit. Pg. 143.

[8] Desde 1988 habían podido ingresar en las academias de los servicios.

[9] No es, desde luego, algo exclusivo de España. Una interesante muestra francesa de masculinización de las virtudes militares la constituye el poema “La Gloire”, compuesto por un alumno de la promoción 1902-1904, y que forma parte aún hoy de la tradición de la Escuela Especial Militar de Saint-Cyr. Ver http://lapromodegaulle.fr/tradis.php  (acceso: 26.04.2020).

[10] Solo las promociones XXXV y XXXVI, cada una con 400 plazas (exceptuando la Guardia Civil, cuyos alumnos dejaban la Academia al recibir sus despachos de alférez) eran demasiado grandes para no caber en estos edificos.

[11] En la literatura académica española hay pocas referencias explícitas a la formación integral de la persona entre los objetivos que deben alcanzarse. Una de ellas es este interesante artículo del profesor García Ramos. García Ramos, JM (1991). La formación integral: objetivo de la Universidad (Algunas reflexiones sobre la educación en la Universidad). Revista Complutense de Educación, 2 (2), 323-335.

[12] Romero Serrano, J. (2013). La enseñanza en las Fuerzas Armadas orientada al siglo XXI. Barcelona, ICPS (WP 320). Pg. 4.

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José-Miguel Palacios

José Miguel Palacios es Coronel de Infantería y Doctor en Ciencias Políticas, España

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