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¿Es compatible el teletrabajo con la función del analista de inteligencia?

Durante el confinamiento por la pandemia de la COVID-19 se han publicado varios artículos sobre la posibilidad de implementar el teletrabajo en la comunidad de inteligencia. Se trata de un tema controvertido, donde no existe una única respuesta válida, ya que dependerá, en la mayoría de ocasiones, del tipo de producto de inteligencia que se esté elaborando y de las fuentes de información a consultar.

En dichos textos, se reflexiona sobre las ventajas y desventajas que conlleva, para el personal de inteligencia, realizar sus labores lejos de su puesto de trabajo. Tanto partidarios como detractores del teletrabajo coinciden en que esta medida supone un riesgo desde el punto de vista de la ciberseguridad. Las probabilidades de que nuestro ordenador (o el corporativo) sufra un ciberataque se incrementan al no contar con las mismas medidas preventivas que en la oficina. Dado que en inteligencia se trabaja con información confidencial, el mayor miedo es que los ciberdelincuentes se apoderen de ella. No obstante, se trata de un riesgo al que otras profesiones y otros sectores también se enfrentan, ya que el manejo de información sensible o confidencial no es exclusivo del ámbito de la inteligencia. Por tanto, ¿está justificado ese recelo a que los analistas trabajen de forma remota?

Dejando de lado la ciberseguridad, otro gran problema que surge en escenarios similares al originado por la COVID-19 es la limitación o inaccesibilidad a determinadas fuentes de información. Aunque a través de un ordenador conectado a Internet desde casa se puede acceder a la mayoría de bases de datos, artículos de prensa, etc., algunas páginas web o herramientas no funcionan si no se dispone de los dispositivos técnicos adecuados (aparte de los posibles problemas de conectividad que puedan surgir). Por ello, no es de extrañar que el trabajo en equipo cobre especial relevancia cuando se trabaja de forma remota, pues los compañeros con acceso a la información requerida se la enviarán a los que la necesiten. Asimismo, en el tipo de escenario en el que nos encontramos, numerosas entidades públicas y privadas de las que se extrae información han parado o disminuido sus servicios a nivel global, lo que dificulta la labor del analista y de otras figuras clave en la recolección de información, como la del subcontratista. En esta línea, no hay que olvidar que, aunque exista una cantidad ingente de información en el ciberespacio accesible públicamente (que, tras ser recopilada y analizada, puede ser muy valiosa), en numerosas ocasiones es necesario recurrir a fuentes humanas (es decir, llevar a cabo consultas discretas con personas que conformen el entorno del investigado) para completar un informe. Por tanto, debido a todas estas restricciones, el resultado (plasmado en un informe) de una investigación puede llegar demasiado tarde a los decisores o ser bastante pobre en cuanto a contenido.

Aparte de los riesgos y limitaciones reales que conlleva el trabajo a distancia, algunos oficiales de inteligencia achacan el escaso éxito del teletrabajo a la existencia de una barrera cultural. Esta reticencia se observa no solo a la hora de prohibir llevarse el trabajo a casa por cuestiones de seguridad, sino también en el rechazo al cambio en las dinámicas y a la percepción de una supuesta pérdida de control y supervisión de los empleados.

Si bien el teletrabajo no es frecuente entre los analistas de inteligencia, en algunas películas o series de televisión sobre espionaje aparecen personajes como Carrie Mathison (la protagonista de Homeland) que, sin autorización, se llevan documentación confidencial a casa para tratar de seguir su propia línea de investigación. En la intimidad, el analista ficticio logra conectar los puntos y ser reconocido profesionalmente, a pesar de las suspicacias levantadas tras haber comprometido la investigación y la seguridad de sí mismo y del resto del equipo. Volviendo al mundo real, en un entorno digitalizado, donde se trabaja a diario con equipos de personas a nivel internacional, ¿hasta qué punto se debe continuar investigando y analizando, exclusivamente, desde la oficina?

En los últimos años, el gobierno americano ha realizado ejercicios y simulaciones para prepararse ante escenarios que impidiesen a los empleados acceder a las instalaciones protegidas desde donde trabajaban. Fuentes de la comunidad de inteligencia afirman al medio Defense One que algunos de los analistas de la CIA y de la NSA están haciendo turnos para acudir al puesto de trabajo y respetar, de este modo, la distancia social. En cambio, a otros analistas se les ha ofrecido la opción de teletrabajar y de establecer su propia jornada laboral por cuestiones personales, como puede ser el cuidado de un niño. Por tanto, durante la pandemia de la COVID-19 se han flexibilizado los horarios de trabajo, así como la forma de desempeñarlo, con el fin de continuar garantizando la seguridad del país.

En el sector privado, algunas empresas de inteligencia han apostado por completo por el trabajo en remoto durante el confinamiento para dar continuidad al negocio, aun siendo conscientes de los peligros y las limitaciones que conlleva. Así, los empleados han seguido desarrollando sus labores desde sus domicilios, dependiendo, exclusivamente, del ordenador y de la conexión a Internet. En las grandes empresas de investigaciones, el día a día de un analista incluye, ya de por sí, la comunicación con compañeros que se encuentren en otros países y que dominan distintos idiomas para elaborar, cada uno, por ejemplo, una parte del informe o, simplemente, continuarlo o corregirlo aprovechando las diferencias horarias (lo que permite acortar los tiempos a la hora de entregar el documento al cliente). Así, un informe que esté haciendo un analista que se encuentre, por ejemplo, en España, acabará su jornada laboral y será un compañero residente en Estados Unidos quien tome el relevo. Por supuesto, ambos analistas mantendrán una comunicación constante gracias a comentarios que se dejen escritos en el propio informe, mensajes (tanto al correo electrónico como instantáneos) o videollamadas. Acostumbrados a depender de Internet, este modo de proceder ha seguido utilizándose tras la imposición del teletrabajo.

Como vemos, la digitalización no ha traído solo desventajas. De hecho, un argumento interesante a favor del teletrabajo incluido en uno de los artículos consultados es la creencia de que, a causa de tener menos acceso a fuentes confidenciales, los analistas se percatarán de la cantidad de información pública disponible, tales como artículos académicos o de Think Tanks, que podría enriquecer ya no solo sus informes, sino su propio conocimiento en una materia. Los autores de dicho documento defienden que existe bastante literatura sobre temas de inteligencia, de la que los analistas podrían nutrirse, y critican que la comunidad de inteligencia estadounidense esté optando por contratar a recién graduados universitarios, que carecen de las habilidades de búsqueda y tratamiento de la información que se consiguen a través de los estudios de postgrado, como un máster y, sobre todo, un doctorado.

Por tanto, el analista debe ser consciente de que su trabajo no acaba con la finalización de su jornada laboral, sino que, en su tiempo libre, debe aprovechar para leer e informarse sobre toda clase de cuestiones, lo que le permitirá adquirir nuevos conocimientos que le ayuden a comprender mejor distintos fenómenos y desarrollar el pensamiento crítico. Al respecto, un ejercicio que puede ser interesante es leer los periódicos locales de países que tengan una cultura muy distinta a la occidental, como Nigeria o Indonesia, para familiarizarse con su forma de pensar y de entender el mundo. Se trata de una forma de entrar en contacto con otras realidades, lo que nos permite romper con la burbuja de información en la que nos encontramos y valorar otras perspectivas.

A modo de conclusión, podríamos subrayar que la COVID-19 ha forzado a las distintas profesiones a flexibilizar su modo de trabajar y a adoptar medidas como el teletrabajo para evitar la interrupción de sus servicios. Sin duda, muchas veces se necesita un impulso externo que nos haga replantearnos nuestra forma de proceder y que propicie un cambio que, quizá, sin la ayuda de un acontecimiento repentino que nos deje con poca capacidad de maniobra, nadie se hubiese atrevido a implementar. Tras la pandemia, se espera que las empresas privadas conviertan muchos puestos físicos en puestos de trabajo a distancia, ¿ocurrirá lo mismo en la comunidad de inteligencia?

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Clara Chirino

Investigadora en el sector privado. Es Graduada en Relaciones Internacionales y Traducción e Interpretación. Máster en Gestión de la Información y MBA.

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