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Estrategias de Irán en la zona gris del conflicto: su dimensión marítima

La zona gris es el espacio intermedio en el espectro de conflicto que separa la competición acorde con las pautas convencionales de hacer política, del enfrentamiento armado directo y continuado. El conflicto en la zona gris gira en torno a una incompatibilidad relevante para al menos uno de los actores. Las estrategias utilizadas son multidimensionales –también conocidas como híbridas–, de implementación gradual y con objetivos a largo plazo (Mazarr, 2015; Echevarría, 2016; Baqués, 2017).

La República Islámica de Irán cuenta con una larga experiencia en el diseño y puesta en práctica de estrategias propias de la zona gris del conflicto internacional. Pese a no ser una gran potencia naval, su situación geopolítica en el Golfo Pérsico favorece que algunas de esas estrategias posean un fuerte componente marítimo. Esto lo convierte en un caso de estudio de interés, tanto por su relevancia intrínseca, como por las lecciones extrapolables a otros países que deseen convertir su proximidad a rutas navales altamente transitadas en una ventaja en términos de coerción política.

Este artículo se estructura en dos grandes apartados. El primero de ellos se dedica a la presentación y contextualización del caso de estudio: por qué y cómo Irán recurre a estrategias propias del conflicto en la zona gris. El segundo bloque aborda de manera específica la dimensión marítima de dichas estrategias.

La zona gris en la acción exterior de la República Islámica de Irán

Un análisis de fines, modos y medios ayuda a entender el rol que desempeñan las estrategias propias del conflicto en la zona gris como parte de la acción exterior iraní.

En cuanto a los fines, se pueden sintetizar de la siguiente manera:

1) Proteger el régimen y el país de injerencias extranjeras. La historia contemporánea de Irán explica dicha preocupación: las injerencias rusas y británicas de principios del siglo XX dieron paso durante la Segunda Guerra Mundial a la ocupación efectiva del país por ambas potencias. Tras la retirada, los británicos siguieron beneficiándose de las exportaciones de los recursos petrolíferos iraníes hasta su nacionalización por el gobierno democrático de Mohammad Mosaddegh, que a su vez fue derrocado en 1953 en un golpe orquestado por los servicios de inteligencia norteamericanos y británicos. Posteriormente, Estados Unidos apoyó el régimen cada vez más autocrático del Shah Mohammad Reza Pahlavi hasta que este fue derrocado por la revolución islámica de 1979 (Keddie, 2006: 105-168). Pocos meses después, las fuerzas armadas iraquíes invadieron Irán, iniciándose una sangrienta guerra que se prolongó hasta 1988 y en la que Francia, la Unión Soviética, Arabia Saudí, Kuwait, Egipto, Jordania y, en menor medida Estados Unidos, apoyaron a Sadam Hussein contra el régimen de los ayatolás (Cordesman & Wagner, Abraham, 1990: 5-8). En enero de 2002 el entonces presidente George W. Bush incluyó al régimen iraní en el ‘eje del mal’, y un año más tarde Estados Unidos tenía desplegados decenas de miles de efectivos militares en dos países vecinos (Irak y Afganistán) colocando a Irán en una especie de ‘sándwich estratégico’ . En 2018 la Administración Trump retiró a Estados Unidos del acuerdo nuclear con Irán –una decisión severamente criticada por sus socios europeos– y ha fortalecido su alianza con Arabia Saudí e Israel, principales adversarios de Irán en la región. Las fricciones periódicas con las administraciones norteamericanas –y muy en particular con los distintos presidentes republicanos– son amplificadas por los sectores duros del régimen que consideran a Estados Unidos un adversario irreconciliable de su sistema político y la principal amenaza militar contra la integridad de su país.

2) Fortalecer el estatus de Irán como gran potencia de Oriente Medio. El Irak de Sadam Hussein contrapesaba las aspiraciones hegemónicas de Irán. Tras el colapso del régimen iraquí como consecuencia de la invasión norteamericana, la República Islámica de Irán mantiene dos acérrimos rivales en la región. Uno es Israel, a quien Teherán considera herramienta fundamental de la política norteamericana en la región. La hostilidad con el Estado hebreo sirve de palanca para que Irán mantenga e incremente su influencia política en el Levante, a través del apoyo a Hamas y sobre todo a Hezbolá. La otra némesis regional de Irán es Arabia Saudí (y en menor medida el aliado de este, Emiratos Árabes Unidos, EAU). Además de las profundas diferencias de credo –chiismo versus salafismo sunní–, de sistema político –república islámica versus monarquía autoritaria– y del miedo que se infunden uno a otro, Teherán y Riad compiten por la hegemonía en Oriente Medio. Una pugna a la que recientemente se ha sumado Turquía, que además de implicarse en la guerra de Siria ha estrechado sus lazos militares con Qatar hasta el punto de poner en funcionamiento una base aeronaval en dicho país (Ostovar, Edelston & Connell, 2013: 15-19).

Siguiendo con el esquema fines-modos-medios, estos últimos –los recursos– también condicionan los modos estratégicos. Irán carece de fuerzas armadas convencionales poderosas –parte de su arsenal es todavía herencia más o menos remozada de la época del Shah y de la guerra contra Irak– y no cuenta con una base economía solvente. Al levantamiento de las sanciones tras el acuerdo sobre el programa nuclear en 2015, en un contexto de precios del petróleo contenidos, no le ha seguido el despegue económico del país. El régimen iraní ha capeado las revueltas árabes pero le sigue acechando el descontento popular derivado del desempleo y la precariedad, tal como pusieron de manifiesto las revueltas de finales de 2017 y, antes de estas, las protestas sociales con motivo de las elecciones presidenciales de 2009 (Bey, 2018).

Irán perdería mucho más que ganaría en una guerra abierta contra Estados Unidos, contra Israel o contra Arabia Saudí. Por ello, sus modos –sus líneas de acción estratégica– discurren preferentemente en la zona gris del conflicto a través de las siguientes actuaciones:

1) Influir en los sistemas políticos y en los procesos de toma de decisiones de los países  rivales respaldando movimientos de oposición política, a menudo de carácter paramilitar. La estrategia iraní instrumentaliza la transnacionalidad del chiismo y la militancia política en clave identitaria en varios países de la región (ver Figura 1). El caso más conocido es el de Hezbolá en Líbano desde principios de la década de 1980. La volatilidad política en Irak tras la invasión norteamericana de 2003 también ofrece un terreno fértil para la influencia política de Irán a través del Consejo Supremo Islámico de Irak, la Organización Badr o grupos armados como las Brigadas Hezbolá. Otros Estados del Golfo como Arabia Saudí, Bahréin, y Emiratos Árabes Unidos (EUA) acusan a Irán de respaldar clandestinamente a grupos subversivos chiíes dentro de su territorio. Y es notorio el apoyo de Irán al movimiento huzí Ansar Allah en Yemen.

Distribución de la población chií en Oriente Medio. Como parte de las estrategias del conflicto en zona gris Irán instrumentaliza el carácter transnacional del chiismo para ejercer su influencia en la región. Fuente Stratfor.com

2) Operaciones de influencia. Estrechamente relacionadas con el punto anterior. A través de agencias de noticias, medios de comunicación de alcance internacional y de un uso intensivo de las redes sociales, el régimen iraní difunde narrativas contrarias a sus rivales geopolíticos, a la vez que trata de elevar el estatus de Irán como gran potencia regional y líder político e ideológico de los chiíes en Oriente Medio. Estados Unidos, Israel y la monarquía saudí son los blancos más frecuentes de su propaganda, a menudo salpicada de teorías conspiratorias (como por ejemplo estar detrás de la creación y financiación del Daesh). Irán intenta trascender las fronteras del mundo arabo-musulmán a través de canales internacionales como la agencia Fars o HISPANTV, dirigido este último al mundo hispano-hablante con discursos políticos alternativos que recuerdan a los canales de noticias rusos RT y Sputnik. No obstante, la intervención iraní a favor de Bashar Al Assad en Siria le ha granjeado la hostilidad de la opinión pública árabe sunní, poniendo límites a la efectividad de sus operaciones de influencia (Tabatabai, 2018; Timberg, Dwoskin, Romm, & Nakashima, 2018).

3) Guerras por delegación (proxy wars). Conceptualmente son conflictos donde se respalda militarmente a otro gobierno o a un actor armado no estatal que combate contra de un determinado rival estratégico. La diada conflictiva tiene lugar en la zona gris –sin pasar al negro de la guerra– porque no hay confrontación directa entre ambos Estados. En las últimas dos décadas Irán ha librado guerras por delegación contra Israel (a través de Hamas, del grupo palestino Yihad Islámica, y sobre todo de Hezbolá), contra las fuerzas norteamericanas desplegadas en Irak a través de milicias chiíes, y contra Arabia Saudí y Emiratos de manera indirecta en Siria –luchando contra los grupos rebeldes sunníes apoyados por ambos países– y de modo más explícito en Yemen a través de los huzíes. Su principal herramienta es la Fuerza Quds del Cuerpo de Guardia de la Revolución Islámica (CGRI) dirigida por el General Qasem Soleimani. El CRGI –también conocidos como los pasdarán– es la organización militar paralela a las fuerzas armadas regulares iraníes, con fuerzas terrestres, navales y aeroespaciales propias. Dentro del CGRI, la Fuerza Quds es una unidad de élite orientada al exterior como multiplicador de fuerza: armando, entrenando y asesorando a fuerzas locales o a milicias extranjeras, como es el caso de los chiíes afganos, libaneses e iraquíes que combaten a favor del régimen de Assad en Siria encuadrados en milicias pro-iraníes (Levitt, 2013; Dalton, 2017; Smyth, 2018).

4) Ciber-ataques. El caso de Irán es célebre más bien en sentido contrario, como objetivo del gusano informático Stuxnet desarrollado muy probablemente por Estados Unidos e Israel contra la planta de enriquecimiento de uranio en Natanz (Rid & Buchanan, 2015). No obstante, Irán también ha sido el origen de diversos ciberataques contra entidades públicas y privadas occidentales y de países del Golfo, a menudo poco sofisticados –por ejemplo, mediante ataques de denegación de servicio o campañas de phishing, enviando correos con enlaces a archivos infectados que han obtenido éxitos limitados contra académicos, bancos y grandes empresas– pero en casos puntuales más elaborados, como el virus Shamoon que en 2012 causó serios problemas en la empresa estatal de petróleo y gas Saudi Aramco, borrando la información de 35.000 ordenadores y dañando su sistema logístico (Bronk & Tikk-Ringas, 2013). En términos de ciberguerra Irán es un actor de segunda fila –si se compara con las capacidades de Estados Unidos, Rusia y China– pero, al igual que otros Estados, aprovecha la ambigüedad y las dificultades de atribución del ciberespacio para atacar y defenderse mediante represalias evitando el riesgo de escalada. Una tendencia que muy probablemente continuará en el futuro (Anderson & Sadjadpour, 2018).

5) Disuasión/coerción económica. La delicada situación económica de Irán le resta margen para convertir las exportaciones de recursos energéticos en herramienta de presión política. Pero no por ello las estrategias en zona gris de Irán carecen de dimensión económica; de hecho, es un aspecto fundamental de las guerras por delegación y de la ventaja geográfica de Irán en el Golfo Pérsico. La guerra de 2006 tuvo un coste para Israel de 3.500 millones de dólares, además de que le obligó a llamar a los reservistas, bajó el ritmo de la actividad económica y ahuyentó durante meses el turismo (Stratfor, 2018). Del mismo modo, la amenaza potencial de Irán sobre el tráfico marítimo en los estrechos de Bab-el-Mandeb y de Ormuz –que comentaremos en los siguientes epígrafes– supone otro instrumento de presión latente contra la economía de sus rivales.  

6) Asesinatos selectivos en el extranjero. Contra funcionarios de las delegaciones de sus rivales en el extranjero o contra grupos iraníes de oposición al régimen. Según el gobierno saudí, la Fuerza Quds –principal responsable de esta campaña– estuvo detrás del asesinato de un miembro del consulado saudí en Karachi (Pakistán) en mayo de 2011 (Ignatius, 2011). A este episodio hay que sumar otros intentos fallidos como, por ejemplo, contra personal diplomático israelí en Turquía, India, Tailandia y Azerbaiyán en 2011 y 2012 –posiblemente en represalia de las acciones de inteligencia israelíes contra el programa nuclear– y el atentado, también desarticulado a tiempo, contra el embajador saudí en Estados Unidos en 2011. Por otro lado, la inteligencia iraní (dirigida por el Ministerio de Inteligencia y Seguridad, que a menudo compite con la Fuerza Quds) ha llevado a cabo acciones contra grupos opositores del régimen en el extranjero. El más reciente tuvo lugar en julio 2018 cuando se detuvo a dos ciudadanos belgas de origen iraní acusados de pretender atentar con explosivos contra un acto del Consejo Nacional de Resistencia de Irán en París. En el complot también estaba supuestamente implicado un funcionario de la misión diplomática de Irán en Viena (Levitt, 2018).

7) Disuasión militar coercitiva. En los estudios estratégicos coerción (compellence) y disuasión (deterrence) se entienden normalmente como conceptos contrapuestos: amenaza o empleo limitado de la fuerza para que otro actor haga una determinada cosa (coerción) o, por el contrario, no actúe (disuasión). Pero en ocasiones son complementarios, pues dicha amenaza o empleo limitado de la fuerza puede incluir esa doble finalidad. Esta sutil ambivalencia encaja bien con la pretendida ambigüedad de la zona gris: lo que es presentado como una medida puramente disuasoria y defensiva puede contener además un tácito mensaje coercitivo en clave de hegemonía: es mi país quien establece las reglas del juego en esta región. Incluyen ese doble significado acciones como: publicitar maniobras a gran escala cerca de la frontera de otro país, probar ostensiblemente nuevos sistemas de armas, o violar repetidamente el espacio marítimo o aéreo de los vecinos. En el caso iraní, esta ambivalencia (coerción/disuasión) se aprecia en la importancia y publicidad que da al programa de misiles balísticos, con un alcance máximo de 2.000 km y el más numeroso y variado de Oriente Medio. El programa se encuentra bajo el control de los pasdarán. Aunque las cabezas de guerra son convencionales, los misiles de alcance medio Shahab-3, Sejjil 2 y Khorramshahr  poseen la suficiente capacidad de carga como para portar un día ingenios nucleares (CSIS, 2018). Su limitada precisión dificulta su empleo efectivo contra objetivos militares; lo cual acentúa su carácter disuasorio y coercitivo, pues en caso de empleo su objetivo más probable serían grandes poblaciones.

Por otro lado, Irán también se sirve de artillería de cohetes de corto alcance para hostigar e intimidar a rivales regionales a través de intermediarios. El CGRI suministra conocimiento experto y cohetes de la familia Zelzal a los rebeldes huzíes, que a su vez los utilizan contra las fuerzas saudíes y de EAU en el país; y contra el propio territorio de Arabia Saudí, donde han lanzado más de un centenar, incluyendo veteranos misiles Scud contra Riad. Los medios de comunicación iraníes alaban públicamente este tipo de acciones, al tiempo que niegan la transferencia directa de dicha tecnología. Más conocido es el abundante suministro a Hezbolá, permitió lanzar de manera continuada cerca de cuatro mil cohetes durante la guerra del verano de 2006, incluyendo los de mayor alcance Fajr-3 (43 km). En mayo de 2018, el CGRI aprovechó su presencia en Siria para hostigar el norte de Galilea, lo cual provocó la respuesta de la aviación israelí contra objetivos de los pasdarán en el sur de Damasco (Stratfor, 2018).

La zona gris en el mar

Una vez presentado el marco general de las estrategias de Irán en la zona gris estamos en condiciones de pasar a un análisis pormenorizado de sus actividades relacionadas directamente con el ámbito marítimo. Para ello distinguiremos entre las acciones llevadas a cabo a través de intermediarios (proxies) y las realizadas directamente por el régimen, en la mayoría de los casos a través del CGRI.

Actuación a través de intermediarios: Hezbolá en Líbano y los huzíes en Yemen

Las actividades de Hezbolá –la longa manus de Irán en Levante– poseen un carácter fundamentalmente terrestre tanto en Líbano como actualmente en Siria. No obstante, Hezbolá marcó un hito el 14 de julio de 2006 cuando alcanzó con un misil antibuque –muy probablemente un C-802 de fabricación china– la corbeta israelí Hanit mientras esta apoyaba una operación anfibia en la costa libanesa. El buque fue capaz de regresar a puerto por sus propios medios pero el ataque costó la vida de cuatro marineros israelíes. La marina sancionó a cuatro oficiales del buque por no tomar suficientes medidas de seguridad (el radar de alerta temprana estaba apagado). Israel culpó a los pasdarán por haber facilitado a Hezbolá el misil y el conocimiento experto, algo que Irán negó públicamente de acuerdo con la ambigüedad pretendida en el conflicto en zona gris (Harel & Issacharoff, 2008). Por su parte, Hezbolá –en conformidad con el carácter multidimensional de las llamadas estrategias híbridas– sacó el máximo rendimiento propagandístico de la acción a través de su canal de noticias Al-Manar.

Por otro lado, según un reportaje publicado por The Wall Street Journal en 2014, Hezbolá disponía en aquel momento de ocho misiles antibuque P-800 Oniks (también conocidos como Yakhont) procedentes de una compra de 72 misiles y 36 vehículos lanzadores del régimen sirio a Rusia en 2011, a los que se sumaron varios más en 2013. El entonces ministro de Defensa israelí, Moshe Ya’alon, negó la veracidad de la noticia. No obstante, desde que comenzó la guerra de Siria la fuerza aérea israelí ha llevado a cabo ataques aéreos específicos para destruir esos misiles antibuque en manos del régimen de Assad, así como decenas de otros de ataques de interdicción contra cargamentos de armamento sofisticado procedente de Irán con destino Hezbolá. Si Hezbolá lograra hacerse con misiles antibuque avanzados podría amenazar el tráfico naval israelí en las proximidades del litoral libanés, así como las instalaciones de extracción de gas israelíes en el Mediterráneo, Tamar y Leviatán, situadas en alta mar al norte del país y relativamente próximas a la frontera con Líbano (Alster & Weinberg, 2014). A este respecto Israel probó con éxito en 2017 una versión navalizada del sistema de defensa Iron Dome; y, por su parte, Hamas ha lanzado cohetes desde la costa de Gaza a las instalaciones energéticas cercanas a la franja pero sin éxito (Fulbright, 2017).

Esta cuestión es relevante para la estrategia de Teherán. Si dotase a Hezbolá de una capacidad antibuque efectiva y permanente, incrementaría la flexibilidad estratégica de la República Islámica de Irán en términos de disuasión frente a Israel vía intermediario (proxy). Constituiría una opción más dentro del repertorio de represalias en un hipotético escenario de conflicto armado entre Irán e Israel, o de guerra por delegación a través de Hezbolá, tal como sucedió en 2006.

Otro actor relevante en la estrategia regional son los huzíes de Ansar Allah en Yemen, un país cuya posición geográfica resulta muy favorable para el conflicto en zona gris de Irán. Además de permitir ataques directos contra el territorio saudí a través de sus aliados sobre el terreno, permite hostigar el tráfico naval en el estrecho de Bab-el-Mandeb, un punto de paso entre el Mar Rojo y el Golfo de Adén de unos 25 km de ancho por el que transita el petróleo y gas procedente del Golfo Pérsico rumbo al Mediterráneo.

Los pasdarán iraníes e instructores libaneses de Hezbolá vienen prestando apoyo experto a los huzíes desde que estos tomaron el control de la capital del país, Saná, en 2014 (Ben Taleblu & Toumaj, 2016). Una ayuda que cobró aún más sentido tras el inicio de la intervención militar de Arabia Saudí y Emiratos (con respaldo de Estados Unidos) en 2015, pues permite a Irán desgastar militar y políticamente a sus rivales estratégicos con una inversión reducida y dentro de la ambigüedad de la zona gris.

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Rutas marítimas de envíos ilegales de armas de Irán a Yemen. Fuente: Conflict Armament Research (2016), Maritime Interdictions of Weapon Supplies to Somalia and Yemen: Deciphering a Link to Iran, London: Conflict Armament Research, p. 17.

Los envíos de armamento sofisticado a los huzíes llegan a través de rutas de contrabando que utilizan como puntos intermedios Omán –desde allí por vía terrestre– y Somalia, introduciéndolas desde este último país en pequeñas embarcaciones (en su mayoría dhows) de pesca o de transporte de mercancías que se confunden con los cientos de tipo similar que navegan cada día en las aguas del Golfo de Adén (Schmitt, 2017). Entre septiembre de 2015 y marzo de 2016 buques de las Combined Maritime Forces interceptaron cuatro dhows que transportaban más de ochenta misiles contracarro, cinco mil fusiles Kalashnikov, RPGs, fusiles de precisión, etc. procedentes de Irán. En algunos casos con números de serie similares a los de otras armas capturadas a los huzíes en Yemen (CAR, 2016).

El tráfico ilícito de armas tiene como contrapartida el bloqueo naval impuesto por la coalición liderada por los saudíes desde 2015, así como el bombardeo de las instalaciones portuarias controladas por los huzíes. Tanto Naciones Unidas, como numerosas organizaciones internacionales de defensa de los Derechos Humanos han acusado a Arabia Saudí de bloquear y retrasar la distribución de los envíos de ayuda humanitaria a un país que depende en un 85% de las importaciones de alimentos, medicinas y otros productos básicos, y donde un cuarto de la población sufre malnutrición (Gladstone, 2017).  

En cuanto a las actividades de hostigamiento en el mar, los huzíes de Ansar Allah respaldados por los pasdarán iraníes han empleado los siguientes medios (Shay, 2017):

  1. Misiles antibuque. En octubre de 2016 un catamarán (antiguo HSV-2 Swift)  de la marina de guerra de Emiratos fue alcanzado por un misil antibuque en el estrecho de Bab Al Mandeb. Según un comunicado de los huzíes, utilizaron un misil C-802. La marina de guerra yemení compró cierto número de ellos a China en la década de 1990, aunque los iraníes podrían haberles ayudado en su empleo. Ese mismo mes el destructor USS Mason lanzó tres misiles (un SM-2 y dos ESSM) contra un par de misiles antibuque (supuestamente también C-802) disparados desde la costa en su paso por Bab Al Mandeb. Ni el destructor ni el buque de asalto anfibio USS Ponce, situado en las proximidades, fueron alcanzados. Cuatro días más tarde el USS Mason volvió a repeler otro ataque de misiles en circunstancias similares. En junio de 2017 un buque de Emiratos fue objetivo de un misil cuando salía del puerto de Al Mokha (en Yemen) sin ser alcanzado. En julio de 2018 la fragata saudí Damman recibió el impacto de un misil antibuque (denominado por los huzíes Mandab 1, supuestamente de fabricación propia). Ese mismo mes otro buque de la marina de guerra de Emiratos fue alcanzado por un misil cerca del puerto de Hodeidah en manos de las huzíes.
Catamarán de la marina de guerra de Emiratos tras recibir el impacto de un misil antibuque en octubre de 2016

  • Ataques con armas ligeras desde pequeñas embarcaciones. El 25 de octubre de 2015 el Galicia Spirit, un transporte de gas natural licuado con bandera española recibió fuego de fusilería procedente de una lancha, que poco después explosionó a veinte metros de su casco causándole daños menores. Dos días más tarde el mercante Melati Satu sufrió un incidente similar, recibiendo asistencia posterior de buques de guerra de EAU y de Arabia Saudí. Se acusó a los huzíes de ambos incidentes aunque no hubo una reclamación al respecto y la naviera del Galicia Spirit culpó a los piratas somalíes (Maritime Herald, 2016). El 31 de mayo de 2017 el tanquero Muskie fue atacado por otra pequeña embarcación que le lanzó cohetes RPG-7, aunque sin sufrir daños significativos. La US Navy responsabilizó a los huzíes de este último incidente (LaGrone, 2017).
  • Lanchas rápidas no tripuladas cargadas de explosivos. A finales de enero de 2017 una de esas lanchas impactó contra la popa de la fragata saudí Al Madinah, causando la muerte de dos marineros y heridas a otros tres (ver Figura 4). En abril de ese mismo año, una lancha similar fue interceptada cuando se aproximaba a las instalaciones de depósito y distribución de petróleo de Saudi Aramco cerca de la frontera con Yemen.
Ataque de una lancha dirigida por control remoto. La fragata saudí Al Madinah en el instante previo al impacto de una embarcación rápida cargada de explosivos y guiada por control remoto (a la derecha de la imagen). El vídeo completo puede consultarse en: https://www.youtube.com/watch?v=N2KObg4gAC4

  • Minas navales. Poco sofisticadas (flotantes y con detonadores de contacto) de fabricación iraní diseminadas en el estrecho de Bab Al Mandeb y en las proximidades de los puertos de Mokha y Midi. Las minas han destruido al menos un par de pesqueros (causando la muerte de casi una decena de civiles) y un patrullero yemení (con dos muertos y un herido), obligando a que la marina saudí lleve a cabo operaciones de desminado.

A través del apoyo que la división naval del CGRI presta a los huzíes, Irán desgasta y ocupa ancho de banda político y militar de Arabia Saudí y Emiratos, sus dos principales rivales geopolíticos en el Golfo Pérsico. Además, envía un mensaje disuasorio a la comunidad internacional amenazando el tráfico naval en lugar tan estratégico como Bal Al Mandeb. A finales de julio de 2018, después un nuevo ataque de los huzíes contra dos petroleros saudíes, Arabia Saudí interrumpió el tránsito de su marina mercante en el estrecho por razones de seguridad y con el fin de posicionar a la comunidad internacional a su favor en el conflicto de Yemen y en contra de Irán. En declaraciones a la agencia de noticias Fars en agosto de ese mismo año el General del CGRI, Naser Sha’bani, reconocía que habían ordenado a los huzíes atacar a los tanqueros saudíes, y que tanto Hezbolá como los huzíes proporcionaban profundidad estratégica a Irán (MEMRI, 2018).

Actividades de Irán en el estrecho de Ormuz

Por el estrecho de Ormuz –54 km en su punto más angosto– transita entre el 30 y el 35 por cien del transporte mundial de petróleo, cerca de 17 millones de barriles al día, además de todo el tráfico que entra y sale de cada uno de los puertos de Irak, Kuwait, Bahréin y Qatar, así como la mayor parte de los puertos de Emiratos Árabes Unidos y varios de los puertos principales de Arabia Saudí. La mera amenaza de cerrar el estrecho –por real que sea esta posibilidad o no– dota a Irán de una herramienta de presión política a la que ha recurrido en varias ocasiones aunque nunca ha llegado a tratar de ponerla en práctica: por ejemplo, en 2012 como represalia a las sanciones norteamericanas y europeas por el programa nuclear, y de nuevo en el verano de 2018 frente al reinicio de las sanciones por parte de la Administración Trump.

Atacar de manera directa el tránsito naval por el estrecho de Ormuz constituye una opción extrema que dañaría gravemente la economía iraní y provocaría una respuesta internacional severa. Esto no impide que Irán utilice esa ventaja geopolítica con el fin de hostigar a sus rivales, elevar su estatus regional y disuadir a sus adversarios de un ataque contra su territorio (por ejemplo, contra instalaciones relacionadas con su programa nuclear). Para ello se sirve de un enfoque propio del conflicto en la zona gris; sin cerrar en ningún momento la navegación en el estrecho y sin ofrecer motivos serios para que haya represalias. Su estrategia se basa en dos principios: 1) disponer de capacidad militar creíble para negar el control marítimo en el área del estrecho y 2) enviar un mensaje de determinación con demostraciones de fuerza y acciones intimidatorias en el mar.

En lo que respecta a medios militares, las fuerzas armadas regulares iraníes y los pasdarán cuentan con capacidades convencionales para negar el control del mar (sea denial) en un área de importancia crucial. Dichas capacidades refuerzan la credibilidad de su disuasión. En concreto (Cordesman, 2015: 96-116; IISS, 2018: 333-337):

  • Artillería de costa dotada de misiles antibuque (C-701, C-704, C-802 y C-802A), en algunos casos sobre vehículos, desplegada tanto en la costa como en las islas iraníes cercanas al estrecho de Ormuz.
  • Sistemas de defensa aérea (el más avanzado es el S-300PMU2 adquirido recientemente a Rusia).
  • Misiles antibuque C-801K que pueden ser lanzados desde los veteranos F-4 Phantom, SU-24 Fencer y helicópteros Mi-17 Hip.
  • Submarinos: tres de la clase Kilo y dieciséis pequeños submarinos clase Ghadir. Estos últimos con dos tubos lanzatorpedos y pensados para combatir en aguas poco profundas próximas al litoral. A ellos se añade otro de reducido tonelaje de la clase Nahang, igualmente de fabricación iraní. Ambos modelos se basan en los pequeños submarinos clase Yono norcoreanos, uno de los cuales se cree que fue el responsable del hundimiento de la corbeta surcoreana Cheonan en 2010.
  • Decenas de patrulleros, la mayoría dotados de misiles antibuque, a los que se suman siete corbetas armadas con misiles antibuque C-802. Como complemento, la rama naval del CGRI –cerca de 20.000 efectivos, incluyendo 5.000 infantes de marina– proporciona 56 patrulleras armadas con misiles antibuque C-704 y C-802A.
  • Minas navales, un arma que Irán también utilizó en la guerra contra Irak en la década de 1980 sembrándolas desde diversos tipos de embarcaciones muchas de ellas civiles. Se estima que Irán cuenta con 6.000 minas de fabricación nacional, incluyendo modelos ‘inteligentes’ similares a las minas rusas MDM-6 y las chinas EM-52, MC-52, EM-55, EM-31 y EM-11.
  • A ello hay que añadir un número indeterminado de lanchas rápidas con velocidades de entre 50 y 60 nudos, armadas con ametralladoras y lanzadores múltiples de cohetes de 107 mm –o con explosivos y control remoto– que se prestan al empleo de tácticas de enjambre contra buques civiles o militares (Pérez Triana, 2011: 92-93).

En paralelo, los pasdarán ha desarrollado una doctrina asimétrica naval que tiene como notas características la sorpresa, el engaño, la velocidad, la flexibilidad, la descentralización y la maniobrabilidad mediante tácticas de golpear y huir, y ataques de enjambre con armamento más o menos sofisticado que saturen las defensas enemigas (ONI, 2017: 23).

Alcance de misiles antibuque en el arsenal de Irán. Fuente: U.S. Office of Naval Intelligence

La estrategia en el estrecho se basa en un segundo principio. Enviar un mensaje de determinación a través de:

  • Por un lado, la historia (relativamente) reciente de la ‘guerra de los petroleros’ (the tanker war) durante el conflicto con Irak. Como respuesta a los bombardeos iraquíes contra su sistema de exportación a través del mar, Irán atacó doscientos buques en el Golfo Pérsico entre 1984 y 1988, sirviéndose fundamentalmente de minas y primitivos misiles antibuque Silkworm de fabricación china. En su inmensa mayoría los objetivos eran buques de países de la región que respaldaban a Irak. Estados Unidos puso en marcha un sistema de convoyes para proteger el tráfico naval y solicitó ayuda a los aliados europeos, que enviaron buques de medidas contra minas para dar seguridad a la navegación en la zona. Al mismo tiempo, entre septiembre de 1987 y julio de 1988 hubo varios incidentes armados entre las fuerzas navales norteamericanas y aviones y embarcaciones iraníes, que llegaron a su punto culminante cuando el crucero USS Vincennes derribó por error un avión de pasajeros iraní ocasionando la muerte de 290 civiles (Cordesman & Wagner, 1990: 567-570; Pérez Triana, 2011: 88-91).
  • Demostraciones de fuerza con la realización anual de maniobras en el propio estrecho o en las aguas y litoral próximo por los pasdarán –ejercicios Gran Profeta– y por las fuerzas armadas regulares en el Golfo de Omán –ejercicios Mahoma Profeta de Dios. Los ejercicios poseen una clara dimensión propagandística con una amplia cobertura en los medios de comunicación iraníes; y política, como ha sido el caso en el verano de 2018, cuando el CGRI adelantó la fecha en respuesta al deterioro de las relaciones con Estados Unidos.
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Réplica de un portaviones clase Nimitz destruida durante los ejercicios Gran Profeta del CGRI. Fuente: U.S. Office of Naval Intelligence

  • Acciones intimidatorias con lanchas rápidas –y cada vez más con drones– contra buques de la US Navy en las aguas del Golfo: 23 en 2015, 35 en 2016 y cerca de una veintena en 2017. En 2018 se redujo drásticamente el número de interacciones no amistosas sin que resulte claro el motivo: quizás un cambio de tácticas por parte del CGRI o evitar la escalada con una Administración Trump cada vez más hostil hacia Irán (McLeary, 2018; Nadimi, 2018). Generalmente las acciones de acoso han consistido en la aproximación de varias embarcaciones rápidas con la tripulación realizando gestos provocativos y alguien situado en el puesto de la ametralladora. En algunos casos los buques norteamericanos han respondido con disparos de aviso con sus ametralladoras del calibre .50. En otras ocasiones el CRGI ha subido el listón realizando detenciones en el mar (Lamothe, 2017). En 2007 a un trozo de visita y registro del destructor HMS Cornwall que inspeccionaba buques mercantes en el marco de la operación Iraqi Freedom. Los quince miembros de la Royal Navy fueron retenidos durante más de dos semanas acusados de violar las aguas territoriales de Irán. En 2016 los pasdarán capturaron por un motivo similar dos pequeñas embarcaciones de la US Navy en tránsito desde Kuwait a Bahréin, liberando a sus ocupantes a las pocas horas. Los pasdarán aprovecharon el incidente para humillar y lanzar advertencias propagandísticas contra la US Navy, al tiempo que generaron confusión –algo propio del enfoque híbrido– afirmando que el Departamento de Estado norteamericano se había disculpado oficialmente por lo ocurrido (LaGrone, 2016; FARS News Agency, 2016; BBC, 2016).

Conclusión: implicaciones para la Armada española

La Unión Europea respalda la continuidad del Plan de Acción Conjunto –más conocido como el acuerdo nuclear con Irán– y ha criticado públicamente el abandono de la Administración Trump. En principio, el conflicto en la zona gris de la República Islámica con Arabia Saudí, Emiratos, Israel y Estados Unidos no debería afectar directamente en el medio y largo plazo a las fuerzas navales de los países europeos y en particular de España.

No obstante, tanto el estrecho de Bab-el-Mandeb como el estrecho de Ormuz son puntos de tránsito de enorme interés estratégico para Europa. Una escalada de la actual zona gris a registros cercanos al conflicto armado abierto –o un estallido de las hostilidades, por ejemplo, iniciado por un ataque israelí o norteamericano contra instalaciones nucleares de Irán– podría ir seguido de un mandato del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para asegurar el tráfico marítimo en cualquiera de ellos. Recordemos que la primera misión operativa de la extinta Unión Europea Occidental –antecedente de la actual Política Exterior y de Seguridad de la UE– consistió en el despliegue de una flotilla de buques de medidas contra minas entre los años 1989 y 1990 en el Golfo Pérsico.

Una misión de este tipo se encontraría en la actualidad con un contexto mucho más complejo, tanto por la mejora de las capacidades armadas de Irán como por el desarrollo y perfeccionamiento de su estrategia y doctrina, acorde en numerosos aspectos con la denominada amenaza híbrida. La Armada española cuenta con medios para operar en el marco de una hipotética misión multinacional de estas características: desde la 1ª Escuadrilla de Medidas contra Minas, pasando por los BAM, y las fragatas F-100 (y futuras F-110) que resultarían esenciales para dar seguridad frente a misiles antibuque –como dramáticamente han comprobado los saudíes y emiratíes en las aguas próximas a Yemen– y frente a amenazas submarinas.

Yendo más allá, en un escenario de peor situación, donde la hipotética misión multinacional coincidiese con un deterioro de las relaciones entre Irán y la Unión Europea, sería necesaria además una acción integral –a nivel de Departamento de Seguridad Nacional– para contrarrestar eventuales líneas de acción estratégica hostiles en otras dimensiones del conflicto (híbrido): reforzar la seguridad del contingente español en UNIFIL (Líbano), atender la amenaza terrorista de Hezbolá dentro y fuera de la región, legitimar la misión naval ante la opinión pública española frente a la contra-narrativa iraní, protegerse de posibles ciber-ataques, etc. Un escenario semejante resulta a día de hoy poco plausible. La diplomacia de la Unión Europea y la española prefieren promover la apertura económica de Irán con la expectativa de que esto favorecerá a largo plazo su normalización política y la seguridad de la región. No obstante, los límites entre lo que puede acontecer, y lo que no, se demuestran asombrosamente amplios cuando analizamos los cambios acaecidos en Oriente Medio en las últimas décadas.

Artículo publicado por el autor en la Revista General de Marina, No 275, (Noviembre, 2018), pp. 723-741.

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Javier Jordán

Profesor Titular de Ciencia Política en la Universidad de Granada y Director de Global Strategy

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