Global Strategy Report, 14/2023
Resumen: Intentar comprender la guerra exige analizar los diferentes aspectos culturales, geográficos, económicos, psicológicos, históricos, etc., que le confieren su categoría de asunto político por excelencia y que, desde Clausewitz, es principio establecido y aceptado universalmente. Entre todos ellos, es la dimensión ética y moral de los conflictos bélicos la que principalmente otorga a la guerra su condición exclusiva de fenómeno humano y social.
Para citar como referencia: Moliner, Juan Antonio (2023), «Reflexiones sobre la dimensión ética de la guerra en Ucrania», Global Strategy Report, 14/2023.
Para los militares que se dedican a prepararse y, llegado el caso, hacer la guerra, la reflexión sobre los aspectos éticos de este fenómeno tan específicamente humano es no solo una invitación producto de nuestra condición de seres racionales, sino una obligación práctica dado que en la esencia de la guerra se encuentra algo de tan enorme trascendencia moral como es el arriesgar la propia vida y el tomar la de los demás.
Aunque pudiera parecer un contrasentido escrutar en los aspectos éticos de la guerra, desastre en el que desde el momento en que se inicia el mal se convierte en vencedor y el ser humano en perdedor, la esperanza de intentar cambiar las relaciones sociales y lograr que sean presididas por lo mejor, lo bueno o lo correcto –aspiración última de la ética- forma parte de la condición humana y justifica aquel empeño.
La humanidad, en su diversidad, se rige por normas morales producto de variadas culturas éticas y que en su expresión mínima son, o al menos aspiran a ser, universales. En este sentido, adquiere pleno sentido una ética militar profesional aplicada y centrada en la guerra, su justificación y legitimación (ius ad bellum), la necesidad de mantener principios de humanidad en los medios y métodos para llevarla a cabo (ius in bello), e incluso la importancia de que la paz que sigue a toda guerra se plantee con las condiciones de justicia que impidan su repetición (ius post bellum).
En ese empeño y a lo largo de los siglos se ha desarrollado una Teoría de la Guerra Justa, rechazada por los realistas, para los que la moral escapa a las consideraciones de las relaciones internacionales, y por los pacifistas, que se oponen a la justificación moral de cualquier guerra. Pero, aunque sea para criticarla u oponerse a ella, la Teoría de la Guerra Justa sigue presente en las reflexiones de pensadores y analistas, sean filósofos, juristas, sociólogos, políticos u otros, intentando mantenerla como fundamento de legitimidad de determinadas guerras, aunque posiblemente limitado en su alcance por ser una visión occidental no compartida por otras culturas.
A pesar de que la gran mayoría de las explicaciones de las causas de la guerra en Ucrania se dan desde el realismo político[1], la posibilidad y utilidad de analizarlas desde la reflexión ética surge, precisamente, porque todas las partes implicadas en una guerra tratan de emplear conceptos morales para legitimar sus actuaciones y, así, presentar ante la humanidad y la historia la justicia de la causa propia.
Estas reflexiones de naturaleza ética, que se refieren a la Guerra y la Paz como conceptos que interpelan a nuestra cualidad de seres humanos, se deben y pueden aplicar a todas las guerras y, entre ellas, a la que actualmente se vive en el territorio de un Estado supuestamente soberano e independiente como es Ucrania.
En esta guerra todos los intervinientes: Rusia como supuesto agresor, Ucrania que se defiende, y otros actores internacionales –Estados y organizaciones multilaterales internacionales- también utilizan los argumentos éticos y morales para legitimar sus intenciones, acciones y resultados deseados.
Quizá sea demasiado atrevido considerar a la ética, en cuanto instrumento empleado para legitimar las guerras y sus desarrollos, como un arma más a emplear en ellas. Pero ello no debe impedir razonar éticamente, en un esfuerzo objetivo, sobre un conflicto bélico que nos está ya afectando en sus secuelas a todos los seres humanos -y especialmente a los europeos-, que adelanta profundas implicaciones en el nuevo orden mundial que se está gestando, y ante cuyas posibles consecuencias en la futura articulación global de principios y valores no se puede mostrar ninguna indiferencia moral.
Analizar la dimensión ética de la guerra en Ucrania es muy complicado y más cuando todavía está teniendo lugar y las informaciones y fuentes disponibles están en su mayoría, inevitablemente, sesgadas e interesadamente orientadas. Pero esto ocurre con cualquier asunto humano en el que se debata sobre lo que está bien o mal y la reflexión ética debe esforzarse en mantener la objetividad.
En todo caso, en este trabajo las reflexiones y eventuales conclusiones planteadas más que adelantar el futuro posible, plantearán hipótesis, siendo las dudas, más que las certezas, las que dominan el panorama. Pero ante ellas el ser humano suele actuar procurando despejarlas, pues actuar bajo una conciencia dudosa implica exponerse a errores graves y cualquier esfuerzo en evitarlos merece consideración, sobre todo si vivimos, de momento, en un sistema democrático que sí nos permite pensar y expresarnos con libertad.
Causas y justificaciones de Rusia
«La guerra de Ucrania no tiene justificación, porque es una invasión de un país soberano con toda su tragedia, pero sí tiene causas», decía Lanxing Xiang, director del Institute of Security Policy de Shanghái, días después del comienzo de la invasión»[2]. Ello significa que hay que considerar tanto las causas que han producido como efecto la guerra, como las justificaciones que intentan explicar la legitimidad y justicia de la misma y sus consecuencias.
Necesidad de legitimar el liderazgo de Putin y su régimen
En guerras y conflictos bélicos, en tanto que fenómenos humanos, el papel de los principales actores implicados es uno de los factores fundamentales a considerar. Entre ellos, intentar descubrir las motivaciones personales, políticas y estratégicas, así como el tipo de liderazgo con que Vladimir Putin dirige la política rusa se considera esencial.
Los objetivos políticos y estratégicos de Putin se fundamentan en su idea de que es inconcebible pensar que puede ser fuerte internamente si no lo es en el exterior. Su nostalgia de la grandeza perdida le ha llevado a interiorizar como un desastre nacional la destrucción de la URSS y la consecuente pérdida para la Federación Rusa del papel decisivo en el sistema de relaciones internacionales imperante en la Guerra Fría, aunque ese desastre fuera causado no solo por acciones externas contra la propia Rusia, sino en gran medida por los líderes rusos en el periodo 1989-1991.
Desde su llegada al poder en mayo de 2000, Vladimir V. Putin ha concebido su relación con la sociedad rusa ejerciendo un liderazgo basado en una especie de contrato implícito, en la que aquella acepta pasivamente su poder a cambio de prosperidad económica y estabilidad política. Para desarrollarla y llevarla a cabo Putin se ha rodeado de un círculo de oligarcas, magnates nacionalistas y personas procedentes de las agencias de seguridad, generalmente obsesionados por visiones conspirativas contra Rusia.
A pesar de su nula apetencia por liderar Rusia respetando el imperio de la ley y la falta de seguridad jurídica generada, en su segundo mandato de 2004 a 2008 alcanza su máxima popularidad apoyado en una economía boyante gracias, fundamentalmente, a las exportaciones de sus enormes recursos naturales minerales y energéticos.
Posteriormente, percibe que las denominadas «revoluciones de colores» surgidas del 2000 al 2005 en el espacio exsoviético, contra líderes políticos dictatoriales y autoritarios, el apoyo occidental a Libia y los sucesos de la primavera árabe, son conspiraciones contra Moscú. Así lo expresó en la Conferencia de Seguridad de Múnich el 10 de febrero de 2007 en un famoso discurso[3] en el que afirmaba que era un «derecho natural» de Rusia el controlar estratégicamente su vecindad. La manifestación más clara de este principio fue la toma de Crimea en 2014 mediante acciones de guerra híbrida y su incorporación de facto a la Federación Rusa.
Inicialmente, Putin definió el conflicto como una guerra de valores, no como una confrontación política en términos del realismo, para proteger sus fronteras culturales. De esta forma, pretendía obtener legitimidad para su propio régimen, asociando la «operación militar especial» a otras victorias simbólicas como «[…] la operación de imposición de la paz en Georgia en 2008, los Juegos Olímpicos de Invierno de 2014 y la Copa del Mundo de 2018, y particularmente el retorno de Crimea a Rusia»[4].
Esta especie de fe ciega en la grandeza histórica de Rusia que tiene Putin ya se desprendía de su artículo, publicado en 2021 con el título Sobre la realidad histórica de rusos y ucranianos, donde defiende la realidad histórica y cultural de que Rusia y Ucrania, junto a Bielorrusia, son un mismo pueblo[5].
Su gestión de la invasión de Ucrania, mediante una «operación militar especial» iniciada el 24 de febrero de 2022, es todo un curso de micro gestión y personalismo en la toma de decisiones, apenas dejando algún papel a representar a los altos cargos políticos y militares, incluyendo generales y almirantes, que le acompañan y filtrando todas las medidas adoptadas por su propia ideología y convicciones, además de mostrar cada vez más un peligroso aislamiento en sí mismo.
Parece claro que Putin, en su decisión de invadir Ucrania, no evaluó adecuadamente la voluntad y el sentimiento patrio de los ucranianos, ni el apoyo no solo político, económico, diplomático y militar, sino moral, con que EE. UU. y sus aliados europeos prestaron a Zelenski desde el primer momento y que, de momento, se está manteniendo, sosteniendo de este modo a Ucrania y sus fuerzas armadas en la lucha militar para defender su identidad como pueblo soberano y libre para defender un proyecto nacional autónomo.
Rusofobia, genocidio y desnazificación
Otra causa esgrimida por Rusia en su intento de justificar la invasión en febrero de 2022 ha sido la defensa de un supuesto genocidio entre la población rusófona del Donbás y Crimea, aunque ésta ya había sido invadida y ocupada en 2014. A ese respecto son relevantes los informes anuales emitidos por la Organización para la Cooperación y la Seguridad en Europa (OSCE). Dichos informes, desde 2014[6], han recogido sistemáticamente la falta de cumplimiento de las obligaciones rusas y ucranianas en relación con el Derecho Internacional Humanitario en la conducción de las hostilidades y la protección de los civiles, pero no apoyan el supuesto genocidio entre los rusófonos.
En ese intento de justificar su agresión se encuentra también el reconocimiento de la independencia, tres días antes de la invasión, de las provincias separatistas del Donbás (Donetsk y Lugansk), que más tarde, junto a las de Járkov más al norte y Zaporiyia al sur, votarían su integración en la Federación Rusa y cuya firma formalizando esa ilegal adhesión tuvo lugar en Moscú el 30 de septiembre de 2022.
La «rusofobia», que también alega Rusia en su defensa, es empleada por la propaganda rusa para ser considerada víctima y así justificar sus acciones y crímenes en Ucrania[7]. Rusofobia que supuestamente ha sido inoculada en los ucranianos por el Occidente Global y sus decadentes valores, intentando transformar un país de raíces históricas y culturales rusas, y siendo Occidente más que la propia Ucrania, la auténtica amenaza a contrarrestar con el conflicto.
En cuanto a los objetivos de «desnazificar y desmilitarizar» a Ucrania, ya en 2014 la OSCE recogía en uno de sus informes que el «Presidente Putin cultiva un peligroso nacionalismo que se usa para justificar la guerra que ha esponsorizado en Ucrania. Y mientras Rusia tiene un problema neo-nazi propio, el Presidente Putin emplea exageradas cargas de antisemitismo y fascismo para deslegitimizar al gobierno ucraniano y promover el apoyo interno en Rusia para la intervención»[8].
Todos esos argumentos han sido utilizados para justificar sus acciones de presión social y psicológica sobre la población, incluyendo a intelectuales y académicos, a través del férreo control sobre los medios de comunicación y el empleo masivo y a menudo irregular de los servicios especiales y las agencias de seguridad[9].
El riesgo creciente del recurso al arma nuclear
Antes de la invasión de Ucrania el 24 de febrero de 2022, Rusia ya había advertido y utilizado la amenaza de emplear armas nucleares ante cualquier «riesgo existencial» para su país, considerando en esa categoría la expansión de la OTAN y la eventual unión de Ucrania a esta organización[10].
Amenaza que se ha reiterado en diversas ocasiones desde aquella fecha, incluyendo las declaraciones de Putin el 24 de febrero de 2023 sobre que cualquier interferencia exterior en la guerra podría llevar a consecuencias «nunca vistas en la historia».
Si, como parece en toda la amplitud de su significado, es una Ucrania democrática la amenaza existencial para Putin, para su régimen autocrático e incluso para su persona, la intimidación del empleo de armamento nuclear para conseguir un cinturón de seguridad en sus fronteras no puede ser tomada en broma. Y muy en serio se la toman la OTAN y la Unión Europea (UE), siendo el dilema moral que plantea la intervención aliada la razón principal por la que se está siendo muy cauto en la implicación directa de Occidente en la guerra, como se observa en la enorme prevención en enviar a Ucrania determinado material de guerra (aviones de combate). Incluso este país mantiene bastante contención en atacar objetivos en territorio ruso, con algunas excepciones puntuales, por el riesgo que implicaría una respuesta nuclear rusa, incluso con las denominadas armas nucleares tácticas.
También China ha advertido a Moscú contra la utilización del arma nuclear, dado que la misma podría suponer un serio riesgo para sus propios intereses y esto significa una significativa limitación para Rusia, que no puede poner en riesgo el importante apoyo económico, militar, político y diplomático que recibe de ese país.
De todas formas, la amenaza, aunque velada, persiste y así debe interpretarse la decisión de Rusia de suspender las conversaciones sobre el último tratado de desarme nuclear vigente con EE. UU., el Tratado START III o Nuevo START, que firmaron en 2010 Obama y Medvedev, prorrogado por Putin y Biden en 2021, y que expira en 2026[11]. Ante esto, también debe recordarse que EE. UU. denunció en 2002 el Tratado ABM (Misiles Antibalísticos) y en 2021 el INF (Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio), debilitando la estructura procedente de la Guerra Fría para reducir la proliferación nuclear. Para algunos estos movimientos «permiten sospechar que una guerra nuclear limitada [¿táctica?] entra dentro de los cálculos de las grandes potencias»[12].
El anuncio del despliegue en Bielorrusia de armas nucleares, o la decisión de construir una nueva base para albergar submarinos nucleares también prolonga esta serie de amenazas y ello implica, además de una escalada que parece irresponsable, un aviso a la UE y aumento del riesgo para sus fronteras.
Como se puede apreciar, de momento Rusia, un gigante nuclear, sigue implicada en una guerra convencional con enormes costes propios, relegando su arsenal nuclear a un «arma del miedo». Si cayera en la tentación de recurrir a las armas nucleares, incluso las denominadas tácticas de menor potencia, tendría muy difícil argumentar su justificación, pero Putin es muy consciente y maneja de forma adecuada el temor que una escalada nuclear provoca en los líderes y poblaciones occidentales, especialmente en Europa.
Una consecuencia bastante generalizada entre los analistas internacionales de orientación realista es que el empleo del arma nuclear en Ucrania provocaría un estallido de cólera contra Rusia, pero la entidad de la amenaza del posible empleo de ingenios nucleares también les lleva a la consideración de que Rusia podría no ganar la guerra, pero tampoco puede perderla del todo por la supuesta humillación que ello significaría.
Otra consecuencia de dicho empleo sería la tentación para los Estados, especialmente pero no solo para aquellos dictatoriales y autocráticos, de incorporar a sus arsenales armas nucleares como medio de disuasión y defensa ante lo que pudieran juzgar como agresiones, provocando una escalada nuclear global que, en sí misma y cuyas posibles consecuencias (accidentes, acceso por terroristas, …) tienen una nula justificación moral.
Con la amenaza del uso de la fuerza nuclear Rusia no solo amenaza a Ucrania, sino al resto del mundo. ¿Puede ser esa amenaza éticamente aceptable? ¿Puede ser la retirada occidental ante la misma moralmente admisible?
Causas y justificaciones de Ucrania
Ucrania ha tratado en los últimos años de asimilar su régimen al occidental, aspiración legítima de una sociedad que evoluciona y se desarrolla en un mundo global en el que los principios y sistemas políticos, elegidos libremente, no pueden estar regidos por leyes inmutables geopolíticas o geoestratégicas, como la de las «esferas de influencia». Si así fuera, la historia de la humanidad no nos mostraría el respeto alcanzado en la esencial dignidad humana, ni el avance moral en el desarrollo de los Derechos Humanos, aspiración que en sí misma tiene, y debe tener, un alcance universal.
Cuando Rusia atacó militarmente la soberanía, territorio e integridad territorial de un país independiente rompió no solo la legalidad internacional sino la legitimidad que pudiera justificar su acción (ius ad bellum según la Teoría de la Guerra Justa). Para los ucranianos, su principal justificación, legal y ética, viene del hecho de que no eligieron una guerra que es de legítima defensa ante una invasión de su territorio y amenaza a su soberanía como Estado independiente.
Ello, junto a la aspiración ucraniana a instaurar un sistema político basado en la democracia, el imperio de la ley y el respeto a los Derechos Humanos, aspectos jurídica y moralmente legítimos, son la base de la consideración ética de causa justa de Ucrania para defenderse en esta guerra, y también amparan el derecho de Occidente a prestar apoyo político, económico y militar contra Rusia. Apoyo sustentado en el artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas, por el que para defenderse de una agresión injusta es legal y legítimo tanto la defensa individual como la colectiva[13]. Por cierto, artículo también esgrimido por Putin en su intento de legitimar su intervención[14].
Pero han sido la invasión de Crimea y la guerra del Donbás los elementos claves para que Ucrania haya volcado sus simpatías hacia Europa y el mundo occidental[15], asumiendo la superioridad moral de estos en sus principios y valores.
Medios y métodos en el desarrollo de la guerra
Otra de las justificaciones profusamente utilizadas por el presidente ucraniano Zelenski, y amplificadas por Occidente, para justificar la defensa ucraniana ante la invasión rusa es la relativa a las medios y métodos de hacer la guerra (ius in bello). Respecto a ello, las denuncias de violaciones de las exigencias y restricciones éticas de humanidad, así como las jurídicas impuestas por el DIH han sido y continúan siendo muy relevantes.
Aspecto de interés es la decisión del gobierno ucraniano para implicar a su población civil, por un lado, mediante medidas legales de reclutamiento y movilización general que han sido muy efectivas y, por otro, a través de llamamientos que han ido más allá de aquellas justificadas decisiones. Esto ha traído el desarrollo, dentro de la guerra convencional, de una parcial guerra irregular que puede ser discutida desde postulados éticos y jurídicos[16].
De hecho, el que los civiles ucranianos, a modo de fuerzas irregulares, tomen parte activa en el conflicto deteriora principios éticos del ius in bello, dado que esa actuación elimina la consideración de no combatientes, protegidos por el Derecho Internacional Humanitario (DIH), a los civiles que llevan a cabo acciones asimétricas sin las condiciones establecidas por el derecho internacional. Esto ha ocurrido en la guerra del Donbás contra separatistas y milicias rusas paramilitares, así como en las acciones –cierto que muy útiles- llevadas a cabo para impedir la toma de Kiev en las primeras semanas tras la invasión rusa.
No menos significativas han sido las políticas discriminatorias erróneas, en algunos casos claramente atentatorias de los Derechos Humanos, llevadas a cabo por Ucrania en las regiones del Donbás desde 2014, incluyendo acciones militares contra los milicianos rusófilos separatistas de esa región.
Todas estas actuaciones contribuyen a socavar conceptos fundamentales de la ética militar y producen un efecto más grave: el deterioro y pérdida de legitimidad de la causa propia para defenderse de una agresión que es considerada injusta e ilegal.
Ucrania y Occidente acusan a Rusia de cometer crímenes de guerra y atrocidades en Ucrania, siendo las mostradas con vídeos y otras imágenes en las ciudades de Bucha, Izyum y Kherson las que parecen más evidentes. Pero no son los únicos crímenes de guerra cometidos. Organismos de la ONU como el Consejo de Derechos Humanos y el Alto Comisionado para los Derechos Humanos, el Tribunal (Corte) Penal Internacional (TPI) de La Haya, surgido del Estatuto de Roma de 1998, o la Organización para la Cooperación y Seguridad en Europa, llevan investigando desde 2014 posibles crímenes de guerra, por ambas partes, con la Revolución del Maidan, la invasión de Crimea, la guerra del Donbás y la última «operación militar especial» en febrero de 2022.
Desde entonces se ha constatado la comisión de delitos contra el DIH como ataques indiscriminados contra objetivos e infraestructuras civiles; tratamiento, abuso, tortura y muerte de civiles; despliegue de objetivos militares en zonas civiles sin que estos hayan sido evacuados; violencia sexual; deportaciones y maltratos a prisioneros de guerra; saqueo y pillaje; e incluso genocidio.
Crímenes que si, sobre todo en la invasión de Ucrania, han sido aparentemente cometidos mayoritariamente por los invasores rusos (incluyendo mercenarios), también lo han sido por militares y paramilitares ucranianos. Por otro lado, y como es habitual en todas las guerras, también han proliferado las acusaciones falsas en el esfuerzo de cada parte para justificar sus acciones.
Las posibilidades de que las fuerzas militares rusas hayan cometido crímenes de guerra y otras atrocidades alcanzaron notoria plausibilidad el viernes 17 de marzo de 2023 cuando el TPI emitió una orden de arresto contra el presidente de la Federación de Rusia, Vladimir Putin, bajo la presunción de crimen de guerra por la deportación forzada de niños ucranianos desde zonas capturadas durante la guerra de Ucrania a territorio ruso[17]. Es cierto que las posibilidades de que prospere esta imputación (asociada a la limpieza étnica y al genocidio cultural) son nulas, pues los acusados no pueden ser juzgados in absentia, ni Rusia tiene la más mínima intención de entregar a ninguno de sus nacionales, y mucho menos a Putin. Además, Rusia no ha reconocido al TPI, como tampoco, por cierto, lo han hecho EE. UU. ni China.
El papel de la OTAN y la Unión Europea
Entre las causas esgrimidas por Rusia destaca el hecho de que desde el fin de la Guerra Fría la OTAN se ha ido extendiendo geográfica y ampliando políticamente hacia el Este. Lo ha hecho de forma pacífica por la voluntad expresada libremente de los países de la antigua URSS, pero como organización que tiene el objetivo de defender colectivamente a sus miembros, en esa ampliación va implícita la instalación de bases militares, sistemas de vigilancia y radares, etc., algo que es visto por Rusia como una agresión y que denuncia el incumplimiento de acuerdos previos con EE. UU. y la OTAN sobre esa ampliación.
Las Cumbres de la OTAN de Bucarest (2008) y de Bruselas (2021) reflejaron una inclinación para aceptar como miembro a Ucrania, aunque en la primera de ellas Francia y Alemania expresaron algunas reservas. Posteriormente, en 2019, Ucrania reformó su constitución para fortalecer sus aspiraciones de ingreso en la Alianza y en la Unión Europea.
Estos movimientos de la OTAN han supuesto un incremento en la percepción como amenaza para Putin y los dirigentes rusos que, gobernando en un sistema autocrático, la han calificado como «existencial». Pero esa consideración de existencial, que para los realistas podría ser causa suficiente, no es un argumento moral suficiente para atacar a Ucrania, despreciando el derecho internacional y desencadenando un conflicto que ya ha causado varios clientes de miles de muertos y producido una enorme destrucción en Ucrania de todo tipo de infraestructuras y medios materiales, además de una crisis política, de inmigración, económica e incluso alimenticia de alcance global. Y no lo es porque es difícil de asumir que Rusia, que tiene cuatro veces más habitantes y, sobre todo, nueve veces más en gasto de defensa (48$Bn frente a 5,4$Bn en 2017), pueda sentir a Ucrania, despojada de las armas nucleares que una vez se desplegaron en su territorio, como una amenaza existencial. Incluso si su acción fuera considerada como legítima defensa, la respuesta debería haber tenido como componente el criterio de proporcionalidad, el cual no se justifica con la agresión llevada a cabo.
En cuanto a la Unión Europea, además de trasladar a Ucrania la esperanza de una integración futura en su proyecto político, le ha prestado desde el primer momento un apoyo político, económico y militar notable. Ello llevado a cabo con grandes esfuerzos para lograr posiciones unánimes, dadas las diferentes «sensibilidades» dentro de la Unión hacia Rusia y que con la guerra se han puesto de manifiesto de forma más clara, siendo la posición de Hungría la más obvia.
En el ámbito militar, la invasión de Ucrania ha puesto de manifiesto las limitaciones de la política de seguridad y defensa europea que, aunque se ha reforzado, aún tiene un importante camino por delante para constituirse como tal y permitir a la UE ser un actor estratégico en la escena internacional donde hacer valer y defender su principios e intereses.
Lo que también es generalmente aceptado es que, desde la implosión de la URSS y la transformación hacia modelos occidentales de los pueblos que la conformaban, incluyendo los países europeos satélites, ni la OTAN ni la Unión Europea han mostrado la prudencia estratégica necesaria y los esfuerzos diplomáticos precisos para mostrar que los grupos humanos tienen derecho a modificar sus estructuras sociales, económicas y políticas. Ni tampoco para atraer a Rusia hacia un sistema político ajustado a la defensa de las libertades individuales y el respeto a las normas internacionales.
Ucrania, a pesar de sus extraordinarios sacrificios, heroísmo y motivación para defender a su país, sobrevive para continuar las operaciones y no colapsar en esos escenarios gracias a la esencial colaboración política, económica y militar occidental. La continuidad de la misma se sustenta en la valoración moral, más que en la política y económica, de un injusto agresor no solo a un país soberano sino a todo un orden mundial basado en la democracia, el imperio de la ley y el desarrollo de los Derechos Humanos.
El factor humano en la guerra de Ucrania
Ámbito esencial en el desarrollo de la guerra ha sido el denominado «dominio cognitivo» que, al lado de los ya consignados doctrinalmente dominios terrestre, naval, aéreo, espacial y ciberespacial, se confirma como el escenario en que se libran combates en el campo de las narrativas, internas y externas.
La información es usada como arma desde siempre, pero en los conflictos modernos «Las tecnologías digitales, las redes sociales y la inteligencia artificial (IA) han multiplicado las campañas de intoxicación informativa, que se parecen cada vez más a operaciones psicosociales de desestabilización política que a propaganda ideológica, difundidas a gran velocidad y escala en internet»[18].
En el dominio cognitivo la información y propaganda son elementos esenciales y las máquinas rusa y ucraniana-occidental se siguen empleando con toda intensidad mediante acciones de «desinformación», intentando controlar las opiniones públicas, propia y ajenas, a las que todos estamos sometidos y que se trasladan a los líderes políticos, contribuyendo a conformar las decisiones que se adoptan.
Ya en la operación de toma de la península de Crimea en 2014, Rusia se apoyó en una campaña de desinformación llevada a cabo dentro y fuera de Ucrania muy notable, logrando «ocultar sus objetivos y negar de forma plausible su responsabilidad hasta consumar la operación»[19].
La narrativa interna rusa ha remarcado la necesidad de la operación militar para frenar a Ucrania que es, sobre todo, frenar a la OTAN para que Rusia no se desintegre. Es el intento, en su frente interno, para controlar el papel que la historia ha destinado a Rusia, el de ser un gran país en el concierto global.
Ucrania, por su parte y para reforzar sus propias narrativas, ha prohibido cadenas y medios de comunicación rusos, así como más de una docena de formaciones de izquierdas. En su esfuerzo por controlar las narrativas, el 16 de marzo de 2022 Zelenski firmó una ley[20] dirigida a frenar la «desinformación» mediática del Kremlin y que ha sido criticada por su falta de efectividad y supuesta ilegalidad.
En esta línea, el Parlamento ucraniano ha aprobado leyes sobre los medios de comunicación que cuestionan principios de su propia Constitución y se alejan de los parámetros morales y legales sobre la libertad de difusión, la trasparencia y el acceso a la información.
No hay duda de que en una guerra todos los instrumentos se ponen al servicio de la causa, por lo que los desmanes y atrocidades rusas, por desgracia frecuentes, se amplifican, mientras que las ucranianas, más puntuales, pero no inexistentes, tienden a ser silenciadas, aunque ambas actitudes sean moralmente ilegítimas.
La Unión Europea, por su parte, y entre las primeras sanciones impuestas desde 2022[21], ha suspendido las actividades de radiodifusión de medios respaldados por el Kremlin (Sputnik y filiales, Russia Today y filiales, Rossiya, etc.), por promover la desinformación sobre la invasión de Ucrania y desestabilizar a los países vecinos de Rusia y a la UE y sus Estados miembros. Impedir a los europeos conocer otras posturas por mucho que se dé por su supuesto su condición de fake news, aunque provengan de Rusia, es moralmente cuestionable, sobre todo si la libertad de información y prensa es uno de los pilares sobre los que se asienta la Unión y teniendo en cuenta que el primer principio de las sanciones es que no castiguen a las poblaciones civiles.
En relación con la narrativa externa sobre las poblaciones occidentales Rusia no parece que haya conseguido demasiado éxito. Si alguna vez se ha considerado que era un país pugnando por abrirse paso hacia una democracia, ahora empieza a ser percibido casi como un Estado fallido. Incluso China e India, que formalmente permanecen como amigos en lo económico y retorico, ven como Putin cada vez les dificulta más mantener esa posición, desacreditado casi al nivel de los días de Stalin.
A pesar de ello, China sigue manteniendo lazos que refuerzan al dirigente ruso, como evidencia la reunión del chino Xi Linping con Putin recientemente durante los pasados 20 a 22 de marzo de 2023. De esta importante reunión, su comunicado final[22] destaca como resultados claves la existencia de una lógica de la historia para la relación actual entre Rusia y China, así como su importancia vital para el orden mundial y el destino de la humanidad.
En ese futuro se indica que, como socios estratégicos, apoyan la multipolaridad del mundo y trabajan por una mayor democracia en las relaciones internacionales, además de profundizar en la colaboración con organizaciones multilaterales como la ONU y su auto consideración de ser baluartes de la paz y estabilidad mundial. Todas ellas aseveraciones que, a priori, son muy cuestionables por la realidad de la guerra sobre el terreno, con cientos de miles de muertos en ambos bandos y el escaso o nulo esfuerzo realizado hasta la fecha para lograr un alto el fuego que pudiera llevar a unas auténticas conversaciones de paz. Es, una vez más, el conflicto trasladado al campo de la lucha por la narrativa en el intento de convencer a las opiniones públicas internas y externas.
Posibilidades de conclusión de la guerra
Para que una guerra pueda ser considerada justa y legitima, entre los objetivos a alcanzar deben existir algunos que justifiquen los sacrificios realizados, algo que los contendientes sobre el terreno deben asumir y que, de momento, resulta muy difícil de plantear.
Entre los factores claves está el «tiempo», que no juega a favor de los ucranianos, al contrario que para Putin, pues la opinión pública de los países que sostienen a Ucrania puede cambiar a través del «cansancio de la guerra y sus consecuencias», produciendo pérdida de interés y fatiga que puede llevar incluso a la pérdida del apoyo moral actual y que se trasladaría a las decisiones de los líderes políticos occidentales. Otro elemento que no ayuda es el hecho de que las «sanciones» no han ejercido, al menos de momento, toda la influencia que se esperaba en el ámbito político y en el escenario militar.
Otros factores a tener en cuenta son el papel que adopte «China» en su apoyo económico y militar a Rusia y la «determinación y resiliencia de Occidente» para mantener las sanciones y continuar proporcionando ayuda a Ucrania y que se revelan como claves en el desarrollo de las operaciones militares.
En relación con las sanciones impuestas por EE. UU., la Unión Europea y otros países fundamentalmente de la órbita occidental, su efectividad en el corto plazo ha sido muy reducida. En el largo plazo, su posible levantamiento puede actuar como un incentivo que debería contribuir a un cese de las hostilidades y un eventual acercamiento a de Rusia a las estructuras occidentales.
Tras las ofensivas y contraofensivas militares que hemos visto y se están produciendo, entre las posibles conclusiones de un alto el fuego que condujera a negociaciones y a un eventual tratado de paz, la más «realista» apunta a que las líneas de frente que marcan las disputas territoriales serán las claves de cualquier posible acuerdo.
En las negociaciones posibles uno de los mayores problemas lo representa el futuro estatus de la península de Crimea. En ella Rusia tiene la base de Sebastopol, que alberga la flota rusa del Mar Negro, y a la que no puede renunciar por poderosas razones estratégicas, pues con su puerto controla las rutas comerciales y los suministros energéticos hacia el Mediterráneo. Entre las posibilidades a negociar sobre el tema, todas enormemente complejas y que parece necesitarán años de conversaciones, se han planteado desde la independencia de Crimea hasta el alquiler de la base de Sebastopol en condiciones favorables para Rusia.
A ese complejísimo escollo se une la situación de independencia, de facto y no aceptada internacionalmente, de las provincias anexionadas por Rusia que, como se ha indicado, son las dos de la tradicional región del Donbás más las de Járkov y Zaporiyia. Dada la dificultad para Ucrania de ceder estos territorios, se indican como soluciones una amplia autonomía o incluso su federalización dentro de Ucrania.
Otro factor que se intuye vital se refiere al «mediador» que podría ser aceptado por las partes para llegar a un acuerdo. ¿Hay algún Estado de la comunidad internacional que sea percibido por Rusia y Ucrania como realmente neutral? ¿Algún organismo multinacional? Respecto a la UE y dada su clara posición a favor de Ucrania, sus posibilidades de actuar como un mediador no parece que encuentren ninguna consideración en Rusia como interlocutor válido y los líderes de las instituciones europeas no han logrado entrevistarse con Putin, que ha preferido hacerlo bilateralmente con Biden, Macrón o Boris Johnson.
En cuanto a los pasos a dar para la conclusión de la guerra, se han formulado diferentes suposiciones y elaborado muchas propuestas (hasta Elon Musk lo ha hecho a través de Twitter), a las que se puede criticar sus deseos bienintencionados o sus intenciones ocultas, pero ni siquiera con el temido desenlace del empleo del arma nuclear, se puede fijar con precisión el resultado final.
Las guerras, incluso cuando hay un claro vencedor militar, suelen finalizar con conversaciones de paz que conduzcan a un tratado que determine el futuro, al menos el inmediato (ius post bellum). Muchas posturas se pueden leer sobre las negociaciones y las condiciones de su puesta en práctica entre Rusia y Ucrania. Por su relevancia, dada la condición y legítimo prestigio como filósofo, nos referiremos a la del alemán Jürgen Habermas aparecidas en el Süddeutsche Zeitung el 19 de febrero de 2023 en artículo titulado «Un alegato a favor de las negociaciones de paz».
En ellas Habermas no condena la ayuda occidental a Ucrania, pero le responsabiliza del desarrollo de la guerra por la ayuda militar a Kiev y plantea que, como potencia nuclear, Rusia no puede perder la guerra. Y aunque, de momento, se desconoce cuál podría ser el significado de victoria para Putin, Habermas da a entender que Ucrania deberá hacer concesiones territoriales, algo que, además de realista, se estima injusto como precio para alcanzar la paz. Salvo que se prioricen consideraciones éticas utilitaristas[23] sobre las deontológicas, en las que aquellas concesiones deberían primar ante el enorme riesgo de producirse una ascensión nuclear, primer objetivo que también debería tener Europa para evitar una escalada incontrolable en todo el continente.
Por otro lado, desde la postura de un moralismo idealista se podría afirmar que Ucrania no debe perder esta guerra, tanto por la plausibilidad de un continuo chantaje de Rusia a otros países (Georgia, Moldavia, …), como por la indignidad político-moral de dejar a Ucrania a su suerte.
Un, de momento, improbable alto el fuego debería llevar a conversaciones de paz tanto directas entre Rusia y Ucrania, como a través de un dialogo estratégico entre Rusia y la OTAN. En el ámbito bilateral, Rusia intentará mantener sus ganancias territoriales, mientras Ucrania defenderá la vuelta a las fronteras de 1991, reparaciones de guerra y asunción de responsabilidades por crímenes de guerra. En el dialogo con la Alianza, a pesar del esfuerzo ruso por debilitar el orden mundial surgido tras el fin de la Guerra Fría, se ha producido un aumento de la cohesión aliada e incluso Suecia y Finlandia han solicitado su ingreso en la OTAN. Dicho dialogo debería abordar asuntos como la prevención de una nueva escalada de armamentos y la proliferación nuclear.
La conclusión más probable llevaría a un «conflicto congelado» que, imperfecto e injusto, evitaría la continuación de un conflicto de alta intensidad durante ¿muchos años?
Desde estas líneas se considera que la solución no puede tener en cuenta solo los principios geopolíticos y que la voluntad de los ucranianos de un nuevo sistema de libertad y democracia también debe jugar un papel en el eventual fin de la guerra[24], por lo que entre las cláusulas de un deseable tratado de paz debería incluirse una garantía robusta a Ucrania, por parte de Occidente, que evitara otra invasión en el futuro. No hacerlo así sería un error moral que no se debería pasar por alto.
Efectos en principios y valores del nuevo orden mundial
Que la reconfiguración del orden mundial es una realidad y que la guerra en Ucrania contribuirá a ello en forma decisiva, ya lo indicaba Kissinger el 10 de mayo de 2022 en un artículo en Financial Times[25], afirmando que con esta guerra entramos en una nueva era de las relaciones internacionales. Este político, que ha tenido gran influencia en las relaciones internacionales, se opuso a la entrada de Ucrania en la OTAN pues preveía que podía ocurrir esto, pero con la guerra como una realidad ha modificado su postura indicando que no tiene sentido una Ucrania neutral y su admisión por la Alianza sería un resultado apropiado[26].
Hay que reconocer que los países poderosos han ignorado en diferentes ocasiones los mínimos estándares de la ley internacional, como el principio de integridad territorial, que en el caso de Ucrania ha sido un desvergonzado ataque a las reglas del orden internacional liberal formalmente existente y que anuncia una vuelta a un realismo de estructura multipolar mucho menos propenso a los principios, valores y consideraciones morales y más a las esferas de influencia, la disuasión y el empleo de los diversos instrumentos de poder.
Excepcional importancia tendrá el sistema que determine y fije las reglas de lo que debe ser la democracia y el respeto por los Derechos Humanos, con la posibilidad de paralizar a quién no cumpla esas reglas.
La ineficacia de las Naciones Unidas ha quedado demostrada, al plantearse el dilema moral de que el responsable de haber iniciado la guerra lo es también de mantener la paz (como miembro permanente del Consejo de Seguridad), pero que veta cualquier acción para lograrla.
En esta pugna por establecer un nuevo sistema, que cuestiona la globalidad basada en reglas propias del orden mundial liberal, están en juego ideas, valores y principios cuya estructura y preminencia estará afectada, en gran medida, por el resultado de la actual guerra en Ucrania.
Para nosotros los europeos el papel que la Unión Europea llegue a desempeñar resulta complejo, pero también fundamental y la inacción no es una opción. En consecuencia, por un lado debe mantener el vínculo trasatlántico y cooperar en la reconfiguración de ese orden con EE. UU., país que se está beneficiando en lo energético y armamentístico, pero al mismo tiempo la UE deberá establecer y defender sus propias prioridades, dados los problemas que el conflicto le ha generado en inflación, energía, alimentos y crisis humanitaria, además de la futura reconstrucción de Ucrania.
Todos ellos factores claros del enorme reto y la, a menudo, confusión moral que tiene la Unión para tener una posición propia en la defensa de sus valores e intereses en el nuevo orden que se está gestando, siendo el territorio ucraniano y Europa, por extensión, donde se están jugando los intereses chinos y americanos y donde parece que los esfuerzos europeos por lograr una autonomía estratégica que permita avanzar en políticas auténticamente europeas como la de seguridad y la defensa, la revolución digital, el medio ambiente o las políticas sanitarias, quedan en un segundo plano.
Conclusiones
La disuasión no ha funcionado en esta guerra para evitar que se plasmaran las cada vez más claras intenciones del agresor, en gran parte por la pasividad de los actores internacionales que podrían haberla ejercido con mucha mayor efectividad, fundamentalmente desde el año 2014 pero también desde mucho antes.
Desde un punto de vista moral, las enormes pérdidas humanas y materiales de este conflicto han generado, sobre todo en Ucrania, sentimientos de odio y resentimiento que perdurarán en varias generaciones y que anticipan rencor y un fuerte rechazo a cualquier intento de asimilación e integración de Ucrania en la esfera de influencia rusa.
Vivimos en un sistema multipolar imperfecto, en el que las potencias están acostumbradas a mantener esferas y zonas geográficas de influencia y seguridad, algo que ética y moralmente tiene difícil justificación. Rusia, al igual que otras grandes potencias, intenta mantener ese principio que parece desde una perspectiva ética que no debería formar parte de ese nuevo orden mundial.
Sin embargo, dado el riesgo del empleo de armas nucleares, la posición realista de una paz basada en concesiones mutuas parece lo más probable, lo que significará tanto el retroceso en los postulados kantianos cosmopolitas y en el desarrollo moral de la humanidad, como en el deterioro de un sistema de relaciones internacionales, ya de por sí imperfecto, en el que se respeten las normas internacionales consensuadas que, con grandes altibajos, se habían logrado implementar desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
La guerra en Ucrania cuestiona el futuro de la ética militar que se plantea, apoyada en principios con aspiración de universalidad, donde los derechos humanos, la libertad y el principio de humanidad son los valores básicos mínimos que deben fundar la justificación y legitimación de guerras y conflictos, cuando estas surgen como consecuencia de la imperfecta condición del ser humano.
[1] Mearsheimer, J. (2022). John Mearsheimer on why the West is principally responsible for the Ukrainian crisis; Russia and Ukraine. The Economist, March 11. https://www.economist.com/by-invitation/2022/03/11/john-mearsheimer-on-why-the-west-is-principally-responsible-for-the-ukrainian-crisis
[2] De Lezo, E. (2023, 11 de marzo). Un año de Guerra en Ucrania, causas, operaciones: posverdad o posmentira, DEFENSA.com
[3] Véase www.en.kremlin.ru/events/president/transcripts/24034 , así como Sotelo, I. (2 de marzo de 2007). Putin en Múnich, Diario El País. https://elpais.com/diario/2007/03/02/internacional/1172790020_850215.html
[4] Kumankov, A. (2022, 22 December 2022). Nazism, Genocide and the Threat of the Global West: Russian Moral Justification of War in Ukraine, en ETIKK I PRAKSIS EARLY VIEW 2022, p. 4 https://www.ntnu.no/ojs/index.php/etikk_i_praksis/article/view/4997/4567
[5] http://en.kremlin.ru/events/president/news/66181
[6] https://www.osce.org/resources/documents
[7] Informe de Timothy Snyder al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas el 14 de marzo de 2023 en sesión solicitada por Rusia para discutir la rusofobia. snyder.substrack.com/p/playing-the-victim
[8] Massimino, Elisa. President and CEO of Human Rights First. OSCE/ODIHR. 2014 Human Dimension Implementation Meeting, Warsaw, September, 22 – October, 3. 2014.
[9] Los rusos sometidos a una censura absoluta sobre la «operación militar especial», que para quién osa romperla es frecuentemente castigada con penas de prisión (más de 200.00 jóvenes detenidos por razones políticas en 2022), ejerciendo un control absoluto de los medios de comunicación que solo algunas redes sociales (se bloquearon 210.000 sitios web) logran sortear y aprobando en su Parlamento 22 leyes aumentando los poderes represivos del Estado (Kolesnikov, A. Foreign Affairs, February 1, 2023).
[10] Mackintosh, E. (24 febrero 2022). ¿Qué quiere Putin en Ucrania? El conflicto explicado. CNN. https://cnnespanol.cnn.com/2022/02/24/rusia-que-quiere-putin-ucrania-conflicto-explic…
[11] En el Tratado START III se incluye un sistema de inspección para reducir en un 30% el número de cabezas nucleares, hasta 1550 por país, así como limitar a 700 el número de misiles balísticos y a 800 el de lanzaderas para misiles intercontinentales.
[12] Baqués, J. (2022). De la geopolítica a la reconfiguración del orden mundial, en Colom Piera, G. Ucrania. Los 100 días que cambiaron Europa, Madrid: Catarata, pp. 27-28.
[13] https://www.un.org/es/about-us/un-charter/full-text
[14] Kumankov, op. cit., p. 10
[15] Plokhy, S. (2022). Las puertas de Europa. Pasado y presente de Ucrania. Barcelona: Península, pp. 533-542.
[16] ÁMBITO (7/3/2022). La Cruz Roja acusa a Ucrania de dar un trato “indigno” a los soldados rusos capturados. https://www.ambito.com/mundo/ucrania/la-cruz-roja-acusa-dar-un-trato-indigno-los-soldados-rusos-capturados-n5387477
[17] EUROPA PRESS INTERNATIONAL. (17 de marzo de 2023). El TPI emite una orden de arresto contra Vladimir Putin por la deportación forzada de niños ucranianos. https://www.europapress.es/internacional/noticia-tpi-emite-orden-arresto-contra-putin-deportacion-forzada-ninos-ucranianos-20230317162539.html
[18] Informe Semanal de Política Exterior. Propaganda para la guerra 2.0, nº 1318, 3 de abril de 2023, p.3.
[19] Colom Piera, G. (ed.) (2022). Prólogo, en La guerra de Ucrania. Los 100 días que cambiaron Europa. Madrid: Catarata, p. 6.
[20] https://www.europapress.es/internacional/noticia-zelensky-firma-ley-prohibe-propaganda…
[21] https://www.consilium.europa.eu/es/noticias/ Respuesta de la UE ante la invasión de Rusia. Dichas sanciones abarcan todos los medios de transmisión y distribución que tengan como destinatarios a Estados miembros de la UE o que estén situados en ellos, aunque estos medios y su personal sí podrán hacer labores de investigación y entrevistas.
[22] China´s position in the Political Settlement of the Ukraine Crisis. https://www.mfa.gov.cn/eng/zxxx_662805/202302/t20230224_11030713.html
[23] Así, Michael Walzer en Guerras justas e injustas. Un razonamiento moral con ejemplos históricos. (Paidós, 2001, pp. 141-142), indica: «Y está claro que una amenaza de guerra atómica por parte de Estados Unidos en 1956 [invasión soviética de Hungría] habría sido moral y políticamente irresponsable». Algo que podría ser considerado un caso similar al actual en Ucrania.
[24] Elia, O. (22/03/2023). Putin, ¿monstruo o mesías? THE OBJECTIVE. https://theobjective.com/internacional/2023-03-22/putin-monstruo-mesias
[25] FINANCIAL TIMES (May 19, 2022). Henry Kissinger on the Ukraine War.
[26] Kissinger, H. (January 17, 2023). Kissinger backs Ukraine´s NATO bid. The Wall Street Journal.
Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

