Global Strategy Report, 17/2023
Resumen: El eurasianismo es un concepto manido, pero de contornos algo difusos que está recibiendo bastante atención debido a que es una de las piedras angulares sobre las que la Rusia de Putin sostiene su narrativa. A su vez, el ideólogo es Alexandr Duguin quien traza los orígenes de la teoría para, a partir de ahí, ofrecer una versión condensada, que es, a la sazón, la que alumbra el proyecto ruso vigente. Nuestro objetivo es ofrecer al lector, en unas pocas páginas, una explicación suficiente de los principales parámetros de la versión actual (duguiniana) de dicho eurasianismo.
A fin de ordenar la exposición, la dividiré en cuatro bloques, a saber, 1) concepto y proyección cultural y de valores a un ámbito internacional; 2) proyecto político; 3) economía; y 4) proyecto geopolítico asociado.
Para citar como referencia: Baqués, Josep (2023), «El Eurasianismo de Duguin», Global Strategy Report, 17/2023.
Concepto y proyección internacional de sus valores.
Ante todo, el eurasianismo no es fruto ni de un mero acuerdo entre países, ni de una política pública improvisada, ni de un delirio intelectual, sino que responde a una serie de imperativos geográficos y geopolíticos de largo recorrido y, por ese motivo, muy arraigados en el tiempo y en el espacio. Según Duguin…
“el espacio geográfico influye en gran medida (a veces de forma decisiva) sobre la cultura y la historia nacional de los pueblos (…) el lugar en el cual sucede el desarrollo de un pueblo o de un Estado determina, en una medida significativa la trayectoria y el sentido de tal desarrollo, hasta el punto de convertirse en ineluctable” (Duguin, 2016: 3).
De modo que, al final, “los diferentes paisajes han formado diferentes tipos de civilización” (Duguin, 2016: 5). Siendo así, los árabes están constituidos como sociedad por el desierto, los chinos lo están por las tierras del loess; y la sociedad ruso-euroasianista lo está por la confluencia de estepa y bosque” (ídem: 5). Esto forja caracteres diversos, como también lo son (todavía más, de hecho), los rasgos culturales y la mentalidad propios de las culturas talasocráticas, desde Atenas a Inglaterra (hasta bien entrado el siglo XIX), y llegando a los EE. UU. ya en pleno siglo XX (Duguin, 2016: 20). Tanto es así, que le gusta decir que “Rusia es la civilización de la tierra” (Duguin, 2015: 8-9), en una clara defensa de lo telúrico frente a lo talasocrático que, como vemos, va mucho más allá de la geografía, hasta penetrar en el imaginario de las gentes que habitan uno u otro lugar.
Partiendo de esta base, Duguin entiende que la cultura rusa es un “fenómeno no europeo”. Es verdad, añade, que contiene una combinación de “trazos occidentales y orientales”, pero no se reduce ni a un ámbito ni a otro” (ídem: 1). Inicialmente, Duguin alude a la existencia de una civilización rusa, que se contrapone a la civilización europea. La europea sería, entonces, una civilización marítima (mediterránea, para más señas). Algo que está en consonancia con la tesis central de otro de los grandes nombres que Occidente ha dado a la filosofía de la historia: Christopher Dawson. Efectivamente, este profesor de Gales apunta que Europa nace ligada a la experiencia greco-romana y que solo se expande hacia el interior del continente gracias a Julio César, de un modo parcial, y en precario (Dawson, 2007: 31).
Es interesante notar, en todo caso, que Duguin alude a una civilización rusa, con preferencia a la civilización ortodoxa, que suele ser el término preferido por Huntington (Huntington, 1997: 50), aunque no es menos cierto que este clásico también alude, a veces, a Rusia como civilización (ídem: 140). Así como que filósofos de la historia de la talla del británico Toynbee apuntan que, al menos desde el siglo XV, dada la unión de Rusia y Novgorod, ya se puede hablar de una civilización específicamente rusa (Toynbee, 1974: 282-284), si bien añadiendo que esa civilización rusa sería, a lo sumo, un vástago de la ortodoxa.
Con esta breve introducción, sabemos cuáles son los orígenes (la forja, digamos) de las civilizaciones. Ahora bien, dentro de este primer apartado, también es necesario afrontar la cuestión de qué rasgos son los propios de esa civilización rusa. A ojos de Duguin, se trata de que una serie de cualidades han permitido alcanzar ciertas conclusiones. Las cualidades, inherentes al carácter ruso, son “desinterés (individual, cabe añadir, para que se entienda); “ayuda recíproca” Como corolario de lo anterior); “ascetismo”, “voluntad y tenacidad”; “colectivismo”, “virtud guerrera” y “rígida jerarquía” (social a fuer de política). Mientras que las conclusiones que conlleva el ejercicio de dichas cualidades son: el “valor de la tradición”, la “grandeza de la antigüedad”, el “amor por el pasado” (de Rusia, en este caso) y una “advertencia acerca de los inevitables peligros del progreso” (Duguin, 2016: 5 y 4, respectivamente).
En todo caso, Duguin opone esos valores a los de la civilización europea, a la que no duda en definir, a veces, como civilización occidental, de modo que serían términos sinónimos[1]. También la denomina, en otras ocasiones, como civilización romano-germánica. Poco de bueno cabe en ella, a ojos de nuestro autor. Esta civilización, que se cree la más avanzada apenas es, para Duguin, el subproducto de la “secularización del cristianismo occidental (catolicismo), colocando en primer plano el individualismo, el egoísmo, la competitividad, el materialismo, el progreso técnico, los valores del consumismo y la explotación económica” (Duguin, 2016: 3). Puede llamar la atención del lector eso de añadir el “progreso técnico” a los defectos.
Sin embargo, rectamente entendido, y con escasas variaciones, es un tema recurrente incluso entre los filósofos de la historia de Occidente (que no pro-occidentales) como el francés René Guénon. Éste, ya en 1927, señalaba aspectos que lo preocupaban de la crisis de Occidente, que él define como “mundo moderno”[2], y entre los que se hallan, en sintonía con lo que Duguin señala en nuestros días, la tendencia a poner la “utilidad por delante de la verdad” (Guénon, 2022: 94) o la confusión entre “ciencia e industria”, para quedarse en lo segundo (ídem: 75). Es decir, el problema no es, claro está, el progreso técnico en sí mismo, sino su absolutización, de la que deriva la incapacidad para gestionarlo según unos principios superiores.
Con esto, hemos visto las peculiaridades y las virtudes asignadas por Duguin a la civilización rusa, que no es poco. Ahora bien, todavía tenemos que analizar qué sea eso del “eurasianismo”. Nuestro autor nos lo pone fácil: es la “valoración positiva de la influencia de Oriente” (Duguin, 2016: 4) en la matriz ruso-ortodoxa ya expuesta. Eso tiene diversos hitos que, de un modo u otro, han salvado a Rusia. En positivo, elogia el rol de intelectuales como Lev Gumilev que, a su vez, partieron de obras como Gengis Khan como líder, del calmuco (por lo tanto, de estirpe mongol) Khara-Vadan.
Es muy fácil, también esta vez, conectar estas tesis con las de intelectuales de Occidente de primera línea. En este caso, con la teoría del Heartland de Halford Mackinder. Este geógrafo británico, para algunos el auténtico padre de la geopolítica (Gray, 1988: 4) teorizó mucho más que un espacio geográfico. De hecho, anticipa las tesis de Duguin, al plantear el influjo de la cultura mongol en la futura Rusia. Más allá, en el tiempo, ambos destacan que esta influencia venía de lejos, citando a los hunos, e incluso -siempre en positivo- a los turcos (Mackinder, 1904: 306; Duguin, 2016: 7). Duguin no se cansa de poner en valor la aportación de esos pueblos provenientes de Oriente en la gestación de Rusia que, desde sus orígenes, sería el fruto de un afortunado mestizaje. En sus propias palabras: “nuestros antepasados, Grandes Rusos, en los siglos VI, XVI y XVII se mezclaron fácil y rápidamente con los tártaros del Volga, del Don, del Obi, y con los buriatos, que asimilaron la cultura rusa (…) los kazajos y los calmucos”, para, finalmente, “transmitidos los vínculos matrimoniales”, coexistir pacíficamente con los mongoles de Asia central (Duguin, 2016: 7). Lo importante es que no se trataba solamente de una mezcla genética, sino cultural, y de mentalidad. El origen del eurasianismo es éste, ciertamente distinto del del mundo occidental, con todo lo que ello implica en el plano sociológico. Y, como es evidente, se trata de una genealogía que hunde sus raíces muy lejos en el tiempo.
El mundo euroasiático contiene diversas civilizaciones, orquestadas a otras tantas religiones. La lista incluye, además del cristianismo ortodoxo, el islam, el hinduismo (tan del gusto de Guénon, por cierto), el budismo, el taoísmo, así como un espacio para los “cultos arcaicos locales” que hayan sobrevivido (Duguin, 2016: 29-30). A lo que añade el confucianismo, sea o no una religión.
¿Cómo amalgamar eso? Es fácil, según Duguin, ya que, dice…
“las confesiones euroasiáticas, variadas desde el punto de vista dogmático, e irreductibles a un esquema común, poseen un conjunto de características que las unen. Esto se refiere no tanto a la vertiente dogmática como al tipo psicológico de la religiosidad oriental -mas contemplativo que activo, más paradójico que racional, más vinculado al aspecto eterno de las cosas que a los procesos históricos” (Duguin, 2016: 30).
No puedo por menos que recordar, en este punto, lo que alguna vez leí, de la mano de Dawson, acerca de estos mismos paradigmas, refiriéndose al “sublime aislamiento del monte Athos”, generador de un “mundo encerrado en sí mismo y apartado de la vida común de los hombres” (Dawson, 2007: 179). De todos modos, no nos engañemos, al limitarnos a argumentos demasiado formales, casi litúrgicos. En el fondo de la cuestión subyace la idea de que solamente en las civilizaciones definidas por esas religiones se sigue respetando la tradición que ya hemos visto que es la piedra angular de la civilización rusa. Y que ahora añadimos que sería, asimismo, el cemento social capaz de generar esa alianza entre algunas civilizaciones, pero contra Occidente. En ese sentido, el ‘maestro’ Guénon ya había dicho, años ha, que la Reforma protestante fue una de las mayores desgracias de Occidente, ya que “consumó la ruptura definitiva con el espíritu tradicional”; mientras que también había sostenido que en el catolicismo se hallan, todavía, “los restos del espíritu tradicional que todavía sobreviven” (Guénon, 2022: 29-30 y 45, respectivamente). Sin embargo, Duguin ya no detecta ímpetu alguno en lo que queda del cristianismo occidental -el católico, pues no habría otro-. Por consiguiente, cree que el protestantismo ha ido colonizando el catolicismo, cuando, antes de eso, el mismo protestantismo lo ha sido por el espíritu liberal. Mal negocio, tomado en su conjunto.
Por ese motivo, Duguin identifica una batalla que ya está en marcha y que, sin perjuicio de que tenga su lógica traslación al espacio, es, básicamente, una batalla de las ideas (o, si se prefiere, de narrativas). En un campo están los EE. UU, como máximos representantes de ese pseudocristianismo liberal (y agnóstico), con ansias de crear un Nuevo Orden Mundial, creado a su imagen y semejanza, es decir, basado en la apologética del American Way of Life. Esto es, en los valores o pseudovalores que antes hemos mencionado y que poco tienen de auténticamente cristianos. La oposición a la divulgación es tan fuerte que llega a afirmar que ese “Nuevo Orden Mundial”, bendecido -quizá inopinadamente- por muchos cristianos occidentales no es otra cosa que la… ¡“venida del anticristo”! (Duguin, 2016: 29).
Quizá (seguro que) tenga bastante que ver con ello, el tipo de tendencia que se puede detectar en foros de la relevancia del G7 que, bajo palio del manido discurso de la “educación sexual integral” y ante lo que ellos detectan como un problema de superpoblación, fomenta la extensión del aborto (Volontè, 2023). ¿Faltan alimentos, o sobra gente? Es fácil eliminar a unos cuantos (millones) antes de que puedan quejarse, y así las elites económicas evitan la siempre espinosa cuestión de repartir la riqueza o de invertir en otros lares, distintos de los actuales. Algo que no es extraño a la ONU, ni a muchas de las ONGs, Fundaciones y otros actores transnacionales que viven bajo su palio.
Al final, la receta es, bajo un supuesto ‘progresismo’, aplicar, más bien, un ‘regresismo’ (¡qué cosas tiene el lenguaje!) a un pasado oscuro en el que al aborto fue bandera de la China totalitaria en su etapa comunista… pero que ya se ha arrepentido de ello, rectificando esa política; o que lo fue de la URSS, en su etapa igualmente totalitaria y comunista (o socialista-real, para ser más exactos)… y que, igualmente, ahora pugna por borrar la path dependency generada durante tantos años; o que lo fue en los períodos más negros de la Grecia clásica (que también los tuvo), pudiéndose advertir una correlación entre fomento del aborto y decadencia (Polibio, 1983: XXXVII; Toynbee, 1974: 302; Baqués, 2023: 52).
Así las cosas, llegamos a un punto muy importante de este análisis. Porque lo cierto es que lo he escrito estos días, y no un poco antes (ni mucho después) con la pretensión (adicional) de explicar lo que está pasando en Níger (y antes en l República Centroafricana, o en Mali, y siempre en Etiopía). Vimos a ciudadanos subsaharianos asaltando edificios públicos e incluso diplomáticos al grito de “¡Larga vida a Putin!” y ondeando banderas rusas. ¿Se han vuelto todos locos? No, claro. ¿Acaso son eurasiáticos? Tampoco, por supuesto. Entonces… ¿Todo lo que sucede ahí es por el uranio? Esa es la perspectiva de Francia, la de los EE. UU. y la de las ‘elites’ periodísticas occidentales. Ya. Pero, aunque no negaré que la intención última de Rusia sea hacerse con ese uranio. O, incluso, simplemente, evitar que llegue a Francia, no creo que ese nivel de análisis sea suficiente para entender lo que está pasando en África, ni lo que mañana pasará en Latinoamérica. Porque, a la gente común, no se la moviliza (y menos se la enfervoriza) por un mineral, por importante que éste sea. Lo que hay detrás, a nivel de narrativas, es decisivo. Y conecta… ¡menuda sorpresa! Con el eurasianismo. ¿Por qué? A estas alturas, no debería ser difícil atar cabos. Pero los ataré, de oficio, yo mismo, para que todo sea más evidente.
Para empezar, en África viven muchos millones de musulmanes, que es una de las religiones expresamente abrazadas por el proyecto euroasianista que Rusia lidera. Pero no es solamente eso. Este proyecto, con capital en Moscú, se apresta a defender a todas las civilizaciones opuestas al “Nuevo Orden Mundial” auspiciado desde Washington, y no solo desde un punto de vista religioso, sino en todas sus dimensiones, de las que la religión es una manifestación.
De hecho, llegados a este punto, la narrativa de Duguin se vuelve más contundente, si cabe. Denuncia la tendencia occidental a lo que define como etnicidio(Duguin, 2016: 31). Es decir, el ‘supremacismo’, como degeneración del etnocentrismo occidental que, una vez abandonadas las veleidades de un racismo biológico, habría ido derivando en una suerte de racismo cultural. Pues bien: Rusia adopta como misión, de la mano del proyecto eurasianista, la lucha contra ese racismo cultural (Duguin. 2016: 25) y contra sus derivadas, no tan sutiles (aunque un poco sí): la división de las culturas entre ‘avanzadas y atrasadas’; entre ‘civilizadas y no-civilizadas’; entre ‘progresistas y arcaicas’, y así, con un sinfín de expresiones similares, que en Occidente hemos normalizado, pero que Rusia y el eurasianismo ponen en el disparadero.
Siendo así, la labor del eurasianismo, con Rusia a la cabeza, es la ‘salvaguarda’ y la ‘preservación’ de las tradiciones y, dentro de ellas, de la diversidad étnica de la Tierra. E incluso atribuye a Rusia el papel de ‘centinela’ de las relaciones dables en la ‘floreciente complejidad’ de los conjuntos humanos civilizados, y asigna al eurasianismo, como proyecto de alcance global, la tarea de “conservación de esta variedad histórica de la vida cultural de los pueblos y los Estados como el fin supremo del Proyecto Eurasianista” (Duguin, 2016: 23; las mayúsculas siempre son del texto original). Todo ello sazonado con la promoción de un “polílogo de culturas” que vaya superando el paradigma “multicultural” por otro, defendido desde Rusia, que sea auténticamente “intercultural” (Duguin, 2016: 25) que sería, a juicio de Duguin, el único modo de defender un “mundo diferenciado, libre y culturalmente multipolar” (ídem: 26). No está mal, para empezar…
¿Se entiende ahora el atractivo de la Rusia de Putin en Níger… y por doquier? Creo que sí. Máxime cuando se cuidan de afirmar que el liderazgo ruso-ortodoxo lo es sin menoscabo del “valor de otras confesiones tradicionales euroasiáticas” (Duguin, 2016: 30). La logística de este gran reto, a escala planetaria que, obviamente, está llamado a tener un profundo impacto geopolítico, es avanzar hacia la “unión de las confesiones tradicionales euroasiáticas, sin que se produzca una mezcla de los principios de fe o imponer a otros tesis doctrinales inaceptables” (Duguin, 2016: 30).
Luego, como teórico de la política que soy, sí detecto ulteriores problemas. Concretamente, la pulsión cesaropapista inherente al modelo de Duguin. En algún momento sale a la luz, con toda claridad, como cuando espeta que debe avanzarse hacia una “coordinación cultural y geopolítica de estas confesiones a nivel de predicación (sermón) común” (Duguin, 2016: 30). Me suena demasiado a lo que dice uno de los máximos exponentes del cesaropapismo: el inglés Thomas Hobbes, en su célebre Leviatán, de 1651: “los buenos gobernantes hacen creer que cosas prohibidas por las leyes son igualmente desagradables a los dioses” (Hobbes, 1992: 94). En efecto, el discurso de Duguin suena a injerencia política en el discurso religioso, con el fin de instrumentalizarlo. Pero, por una parte, tampoco es algo nuevo bajo el sol. Mientras que, por otra parte, lo que hemos aportado (y lo que está por venir) sí demuestra la capacidad de penetración, al menos por el momento -y en un futuro previsible- de esta narrativa, que es, desde luego, anti-occidental, pero que es -también, y conviene no olvidarlo- una narrativa que, en positivo defiende los derechos, los intereses y las tradiciones autóctonas de las sociedades no-occidentales. De ahí, pues, su atractivo. De ahí, en definitiva, los cánticos y las banderas de Níger (y lo que está por llegar, pues esto no ha hecho más que empezar).
Proyecto político del eurasianismo.
Partiendo de la constatación esencial de que el “mundo moderno” es una categoría negativa, mientras que el “mundo de la Tradición” es una categoría positiva (Duguin, 2016: 199), nuestro autor desarrolla algunas aplicaciones prácticas de su teoría. En primer lugar, resuelve la cuestión de su relación con las ideologías más importantes de las últimas décadas. Para ello, define su propia opción a la que define como la cuarta teoría política (4TP, en adelante). Se trata de una superación de tres teorías anteriores, pero ya fracasadas. A saber, según su orden de aparición, el liberalismo, el marxismo y el fascismo. Duiguin se aleja de todas ellas, de un modo explícito. Porque ese alejamiento es la condición de posibilidad de que abrace la Tradición, como núcleo duro de esa 4TP. El comunismo y el fascismo sería, a su entender, la cristalización del Mal sobre la tierra. Duguin es muy crítico con el racismo y la xenofobia que suelen acompañar al fascismo. Sin embargo, también lo es con el liberalismo ya que, según su criterio, no es menos racista en el fondo, aunque sí lo sea (por supuesto) en la forma. Recordemos lo que plantea de la crítica al “racismo cultural”. El problema inherente a ese liberalismo dominante es que todavía trata, aunque ahora lo haga con piel de cordero y con guantes de seda, de “trasladar a todo el mundo las características de una única civilización, anglosajona y etnocéntrica, anulando de ese modo a las demás” (Duguin, 2012: 39-40).
Esta breve introducción es indispensable. Hecho lo cual, podemos entrar en detalles. Frente a la insistencia occidental en el valor de la democracia representativa, Duguin tampoco se esconde… para criticar eso. Es muy explícito: hay que estar con el pueblo, pero eso no pasa por la democracia liberal. Él defiende lo que denomina demotia, que sigue proviniendo de “demos” (de lo que no reniega). Pero advierte que la demotia “no debe ser formalizada en estructuras político-parlamentarias” (Duguin, 2016: 6). Personalmente, estoy convencido de que estamos ante un plan bien trazado, a sabiendas de que lo que en Occidente definimos como democracia liberal es algo atípico (o hasta desconocido) en otras latitudes.
Con ello, Duguin facilita las cosas a los eufemismos chinos acerca de su presunta vía democrática, así como a la realidad de tantos y tantos Estados africanos o, simplemente musulmanes, que se hallan incómodos con nuestro modelo de organización política y que, simplemente, no aceptan de buen grado el tipo ideal weberiano de legitimidad legal-racional. Ocurre que siguen prefiriendo el tipo idea weberiano de la legitimidad tradicional, basado en “la legitimidad del `eterno ayer´, de la costumbre consagrada por su inmemorial validez y por la consuetudinaria orientación hacia su respeto” (Weber, 1997: 85; comillas y cursivas en el texto original). E incluso, en su defecto, la carismática. Obviamente, no podemos detenernos ni dedicar un espacio excesivo a temas que deberían formar parte, a estas alturas, de los conocimientos más elementales en el ámbito de la ciencia y la teoría política. Pero me remito a la conocida tesis de las “tres fuentes de legitimidad” de Max Weber para ilustrar lo que está detrás de la demotia duguiniana.
Esa crítica a la democracia liberal-representativa no es óbice para que se tiendan (otros) puentes con quienes tienen que ser gobernados. Incluso, con votaciones de por medio. No en vano, Duguin alude al “autogobierno local”, arraigado en las comunidades campesinas, así como dentro de las “jerarquías eclesiásticas por parte de los parroquianos en el caso del Rus moscovita” (Duguin, 2016: 6).
La demotia es complementada por otro concepto, directamente aplicable al modo de gobernar: la ideocracia (también proveniente del griego, y traducible como gobierno de las ideas). Lo que presupone la fijación de una “idea guía” como “valor supremo”. De hecho, ese valor sería el propio eurasianismo (Duguin, 2016: 5). Y, en la mediad en que conecte bien con la defensa de la tradición (como es el caso) seguiría siendo compatible con el modelo de legitimidad weberiana que hemos traído a colación en el párrafo anterior.
El tercer elemento sería el federalismo, ya que entiende que es el mecanismo más adecuado, para ir tejiendo esa red de civilizaciones que tienen en común la defensa de esa tradición (Duguin, 2016: 41), a la que sirven, en última instancia, tanto la demotia, como la ideocracia.
Este debate, si bien aplicado a la práctica política cotidiana, ya se habría vivido en Rusia, al albur de la crisis post-soviética. En ese contexto, Duguin señala la existencia de dos posturas, igualmente equivocadas: por un lado, el “reformismo”, que no era otra cosa que la aceptación pura y dura de los valores occidentales, modernos (a Duguin le gusta emplear esta palabra, quizá influido por sus lecturas de Guénon, pero nosotros podríamos traducirla por posmodenos, con mejor criterio). Y, por otro lado, los nostálgicos, que solo eran, a su entender, “estériles conservadores del régimen tardo-soviético” (Duguin, 2016: 9-10). De modo que el eurasianismo supera ese dilema, separándose de ambos errores, para gestar una teoría nueva.
Otra pata importante de su proyecto se configura en torno a la mediocracia. Palabro que remite a la necesidad de que el Estado controle los mass-media, con la mirada puesta en la “eficaz propagación de la línea eurasianista en el espacio informativo general” (Duguin, 2016: 39), lo que refuerza los tintes antiliberales de nuestro autor. Algo de lo que está, por lo demás, orgulloso, lejos de procesarlo como problema.
En relación con los derechos, la apuesta es también clara: frente a la supuesta primacía de los derechos humanos, el eurasianismo antepone los derechos de los pueblos. Que nada tiene que ver, claro está, con nada parecido a eso que algunos llaman derecho de autodeterminación, medido en clave nacionalista. Más bien tiene que ver con el derecho a que cada civilización siga siendo ella misma, pese a los intentos uniformadores de los “dogmáticos de la mezcla universal”, pero también contra las presiones, tantas veces artificiales y forzadas, de los “nacionalistas” con su tendencia a las “agresiones xenófobas” (Duguin, 2016, 40 y 32, respectivamente). Esta teoría puede sonar a extravagante, a oídos del lector occidental medio, pero tiene tradición (como era de esperar) en la teoría política occidental (como quizá no le gustaría admitir a Duguin). Lo explico, con bastante detalle, en uno de mis libros y concretamente en un epígrafe que titulo, significativamente, Burke contra los presuntos “derechos del hombre” (Baqués, 2017: 147-151), al poner en valor las tesis de Burke, quien llegó a afirmar que no podían existir unos derechos pretendidamente humanos por (y para) doquier, cuando él nunca había visto a ningún “hombre”. Lo que había visto eran “ingleses”, o “franceses” o “indios” (Burke, 1984: 67-68), cada quien con su catálogo de derechos a cuestas, todos ellos dignos de protección[3]. A eso el ruso lo etiqueta como pluralismo conservador (Duguin, 2016: 26).
Por último, subyace a todo lo anterior, un llamamiento muy evidente, y bastante persistente en su obra, al ecologismo. Es más, a lo que denomina como ecologismo profundo. No faltan argumentos contra la perspectiva productivista que, cierta y paradójicamente, comparten el liberalismo y el marxismo: “la relación con el ambiente circundante como un escenario pasivo, que el hombre activo y libre modela en función de su voluntad [de modo que…] tal relación ha conducido a la humanidad al límite de la catástrofe” (Duguin, 2016: 27). Entonces, todo encaja: también en este aspecto, el eurasianismo propone un “retorno a las fuentes” (ídem. 29) contra los excesos de la ingeniería occidental (ora sea liberal, otrora sea comunista). Nótese, a su vez, el potencial de este discurso entre los indigenistas. Es algo que todavía no ha llegado al primer plano, pero que será uno de los principales acicates del eurasianismo cuando apriete las tuercas a los EE. UU. en Latinoamérica. Sea como fuere, a tenor de lo visto, peligra mucho la hipotética introducción de Latinoamérica en la civilización occidental, que era uno de los desvelos de Huntington, aunque él asumiera que podría ser una suerte de “subcivilización occidental” o bien una civilización diferenciada (Huntington, 1997: 51-52), cosa que el eurasianismo va a intentar, en la medida en que, a diferencia de lo que sucede con Occidente, el eurasianismo no exige uniformidad, sino que promete, precisamente, defender las diferencias.
Economía
Cuando uno imparte clases (y conferencias) aprende a ser didáctico y a emplear recursos fáciles para que los asistentes entiendan las cosas a la primera. Suelo comentar, por ejemplo, que el fascismo está muy preocupado (o hasta obsesionado) con la economía. Siendo bastante posibilista en los aspectos morales (lo que tiende a alejarlo del tradicionalismo). En cambio, a las opciones políticas (más o menos) conservadoras, les sucede justo lo contrario: su obsesión reside en el tema de los valores, de la moral, y de la defensa de esa tradición, mientras que dedican poco tiempo, espacio y esfuerzo en discutir de economía y, cuando lo hacen, es ahí donde destaca su posibilismo.
Pues bien, como quiera que Duiguin está bastante más cerca del conservadurismo que del fascismo, eso es, exactamente, lo que le sucede. Con todo, en su obra sí que aparecen algunas pinceladas económicas, que merece la pena reproducir. A él le gusta aludir a un socialismo eurasianista, caracterizado por la primacía de lo colectivo o bien común, y por una “orientación prioritaria hacia el sistema social” (Duguin, 2016: 27). Alejado del marxismo (por “dogmático”) y, por supuesto, del comunismo subsiguiente, lo que ofrece se antoja una versión adaptada, más o menos original, de un planteamiento que tiene una amplia trayectoria en el propio conservadurismo occidental (quizá, es verdad, en las versiones menos liberales del mismo). Me refiero al llamado “socialismo tory” (Nisbet, 1995: 88-91). Fenómeno en el cual entrarían tanto Bismarck como Disraeli[4]: líderes conservadores con políticas orientadas a satisfacer las necesidades de los sectores más desfavorecidos de sus respectivas sociedades, hasta el punto de que al alemán se le atribuye normalmente la paternidad del Welfare State del que, con el tiempo, tras abandonar el marxismo -y hasta repudiarlo- se ha adueñado, un tanto putativamente, es verdad, la socialdemocracia e nuestros días.
En ese sentido, bastantes de los autores que cita Duguin como puntos de apoyo para su discurso económico tienen relación con la socialdemocracia: Keynes o Schumpeter, sobre todo. Aunque también cita a List, un alemán que dicen que influyó mucho en el nazismo, aunque también -curiosamente- en la creación de la Unión Europea, cuando nace como Mercado Común, a partir de su idea del Zollverein (Unión Aduanera) (Tribe, 1995: 36) que, ojo, es el que recupera Duguin (2016: 21), sin duda para aplicarlo, en el futuro, al espacio eurasianista.
En cuanto a las recetas, Duguin, consecuente con lo anterior, no reniega de “determinados mecanismos de gestión de mercado” (Duguin, 2016: 27). Pero tampoco lo hace de una “comprensión recíproca con el `ala izquierda´ del anti-globalismo” (ídem: 20). No es raro, porque, siendo como es muy crítico con otros auspiciadores del “Nuevo Orden Mundial”, como Georges Soros y su Open Society Foundation (ahora en manos de su hijo por un derecho, cabe suponer, hereditario), es posible que no le hayan pasado inadvertidas las palabras de alguno de los últimos mohicanos del marxismo contemporáneo, como el esloveno Slavoj Zizek, que, tras calificar, jocosamente, a Soros y los suyos como “comunistas liberales”, añade que lo que habría que hacer con ellos es fusilarlos a todos, para después “enterrarlos, a poder ser, en fosas comunes” (Zizek, 2009: 52-53). En eso, hay consensos importantes en el eje izquierda-derecha. De modo que, a sabiendas, Duguin se mueve cómodamente por ese circuito, buscando su propio espacio.
Proyecto geopolítico asociado
Llegamos a uno de los aspectos más atractivos, pero también más polémicos, de la obra de Duguin. Así como uno de los que mejor explica la vigente geopolítica aplicada por Putin, más allá de cualquier abstracción teórica (por otra parte, necesaria para entender lo más profundo de las tesis de cualquier autor de cierta importancia).
El objetivo es resistirse al “Nuevo Orden Mundial”, liderado por los EE. UU. Así como aunar a todas las civilizaciones que forman parte, actual o potencialmente, del eurasianismo. Entonces, y sin perjuicio de los notables esfuerzos desplegados por Duguin a la hora de enfatizar los rasgos comunes de todas ellas, la lógica profunda de esa unión está más cerca de las tesis de Stephen Walt (1987), que de las de Karl Deutsch: “unidad ante un objetivo común -la oposición a la hegemonía atlantista, a la instauración privativa de un nuevo orden mundial de los EE. UU. y de un `gobierno mundial´ oligárquico” (Duguin, 2016: 37).
En todo caso, Duguin establece los Estados con los que Rusia debe establecer “tratados militares”. Llama la atención el caso de Irán. No por el hecho en sí (claro) sino por el énfasis en que tiene que ser el primero. Los motivos son consistentes, desde el punto de vista geopolítico: acceso de Rusia a “mares cálidos”, pensando, de momento, se entiende, en el Golfo Pérsico. Pero esa alianza también le daría a Rusia una mayor, más segura y estable en el tiempo, capacidad de control en espacios como el Próximo Oriente, el Cáucaso y Asia Central (Duguin, 2016: 36).
India y China también están en la lista de prioridades. Aquí lo relevante es que Duguin, razonablemente, no se fía de China, porque es consciente de existen demasiadas “contradicciones estratégicas” con el imperio del centro. Algo que he puesto de manifiesto en otros trabajos (recordemos la disputa fronteriza -con reivindicaciones chinas incluidas- por la frontera siberiana-), quejándome de la poca inteligencia de Occidente para aprovechar esa circunstancia (Baqués, 2022b). India parece menos problemática, en este aspecto. Sensación a la que probablemente contribuya la tradicional buena relación entre ambos países y sus respectivas fuerzas armadas. En todo caso, tanto China como India están en el listado, incrementando con ello (si nos acordamos de Irán que, a su vez, tiene unas magníficas relaciones con India) las peores pesadillas de Brzezinski (1998: 48) respecto a la generación de un eje antiestadounidense… (este experto pensaba en Rusia, China e Irán, pero no con India) que ya está aquí.
Sin embargo, aprovechando la buena relación con la civilización islámica, Duguin va más allá. Aspira a contar con el apoyo de Irak, ahora chiita. Además, a Rusia le interesa salir también hacia el Mediterráneo, para lo cual cuenta con Libia y con Siria. Lo segundo es bien conocido, mientras que el primer dato hay que relacionarlo con el hecho de que el grupo Wagner viene apoyando a Khalifa Haftar, contra el gobierno de Trípoli, y garantizándose con ello, de paso, el control de la Cirenaica y sus puertos. En todo caso, llama la atención la habilidad rusa para beneficiarse, a modo de free rider, de los esfuerzos previos de Occidente en algunos de esos lares (Libia e Irak, de modo evidente). Algo que nos debería invitar a la reflexión respecto a la solidez (o no) de la supuesta gran estrategia de nuestros países, así como de la carencia de las narrativas adecuadas para explotar los éxitos militares que se puedan tener, cuando se dé el caso.
Pero… todavía hay más. El plan de Duguin es muy completo, además de ser sospechosamente similar al que está siguiendo Putin, con más o menos celeridad y con más o menos éxito. Incluye pactos con la Serbia “ortodoxa” (lo cual es un pleonasmo, pues no hay otra), y la oportunidad de “ir atrayendo al propio bando” a otros Estados ortodoxos (cita a Rumanía, Bulgaria, Grecia y Macedonia) (Duguin, 2016: 36). También he insistido en estas cosas, en otros lugares (Baqués, 2022a, para la expansión por el Mediterráneo; y Baqués, 2023, para las líneas de fractura en el interior de la Europa teóricamente occidental), donde he incorporado muchos más detalles que los que expone el mismo Duguin, dado que la situación es, a mi entender, muy preocupante para Occidente.
Y, como colofón, Duguin verbaliza algo sobre lo que algunos hemos puesto mucho énfasis pero que, a la que se baja la guardia, tiende a desvanecerse de nuestro imaginario (que no de la realidad). Me refiero a “apoyar activamente los procesos de fraccionamiento de la unidad [es decir, los independentismos] de los países de la OTAN” (Duguin, 2016: 36). El escenario propuesto por Duguin es consistente, es incisivo, y demuestra que no es flor de un día. ¿Qué más se tiene que dar para que desde la OTAN se atienda a la gran estrategia rusa, en toda su integridad y su complejidad? Duele decirlo, dadas las decenas de miles de muertos en la guerra, pero… quizá ni siquiera sea lo más importante, si pensamos a escala global (que es lo que se debería hacer desde Washington), mientras que, detrás de esos árboles, hay un bosque de grandes dimensiones, que tengo la sensación de que pocos visualizan en toda su extensión.
Sirva, al menos, este análisis, para no olvidarlo, y para evitar que, como tantas otras veces, los árboles nos impidan ver el bosque.
Referencias
BAQUÉS, Josep (2017). El liberalismo conservador. Fundamentos teóricos y recetario político. Siglos XVIII-XX. Pamplona: Thomson-Reuters.
BAQUÉS, Josep (2022a). “Rusia en el mediterráneo… en busca de aguas cálidas… y algo más”, en Revista General de Marina, 282 (4): 739-753.
BAQUÉS, Josep (2022b). “Consideraciones geopolíticas derivadas de la guerra de Ucrania”, en Global Strategy, https://global-strategy.org/geopolitica-guerra-ucrania/
BAQUÉS, Josep (2023). La construcción de una política exterior y de seguridad común en Europa. ¿Por qué es tan problemática? Madrid: La Catarata & Ejércitos.
BRZEZINSKI, Zwigniew (1998). El gran tablero mundial. Barcelona: Paidós.
DAWSON, Cristopher (2007 [1931]). Los orígenes de Europa. Madrid: RIALP.
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DUGUIN, Alexandr (2015). La geopolítica de Rusia. De la revolución rusa a Putin. Barcelona: Hipérbola Janus.
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GRAY, Colin (1998). The Geopolitic of Superpower. Lexington: The University Press of Kentucky
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[1][1] Sinónimos en lo conceptual, que no en lo puramente geográfico, pues hay que añadir a los EE. UU., así como a Australia y Nueva Zelanda.
[2] Esta dialéctica le permite afirmar que, en el fondo, él es “anti-moderno” pero no “anti-occidental” pues, de hecho, la única forma de salvar de la ruina a Occidente es, precisamente, siendo anti-moderno (Guénon, 2022: 52). Duguin elogia a Guénon, y lo tiene por uno de sus principales referentes (Duguin, 2016: 19). Pero, a diferencia de su antecesor, parece haber perdido toda esperanza (que en la obra de Guénon ya era poca) en la parte del mundo en la que habitamos los occidentales. Quizá por eso, mientras Guénon es especialmente crítico con el protestantismo, Duguin tiende a poner todo el cristianismo occidental en el mismo saco.
[3] Burke era irlandés, así como un nacionalista británico, conservador, que empleaba este argumento, entre otras cosas, para que la India mantuviera sus costumbres, pues entendía que, a la larga, ésta era la mejor manera de sostener el imperio. Todo ello me suena mucho al proyecto eurasianista, aplicando la cláusula ceteris paribus (por supuesto).
[4] Si bien Nisbet retrotrae esta tendencia hasta la obra, algo anterior, de teóricos como Carlyle o como Coleridge, todos ellos británicos. En los albores de la revolución industrial era típico que estos y otros conservadores aludieran despectivamente al “catecismo del mercado” o que aludieran a las fábricas de la época como “oscuras fábricas satánicas” (Nisbet, 1995: 27).
Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

