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Evolución de la doctrina militar en la Segunda Guerra Mundial: conclusiones de la Campaña del Oeste (1)

En palabras de Wellington, ‘la victoria, como la caridad, oculta muchos pecados’. En efecto, la Wehrmacht había alcanzado un triunfo sin parangón en la Historia: con unas bajas totales de 49.000 muertos y desaparecidos y unos 20.000 heridos, había destruido completamente al Ejército francés (120.000 muertos y desaparecidos), al belga, al holandés y al británico, haciendo 1,2 millones de prisioneros y obteniendo la rendición de Francia, Bélgica y los Países Bajos. Si se compara el resultado de la batalla de Francia de 1940 con el transcurso de la Primera Guerra Mundial en ese mismo frente (un recuerdo bien presente en la época), el éxito alemán resultaba aún más impresionante.

El grueso de la campaña lo habían efectuado las dieciséis Divisiones móviles del Ejército. De hecho, muchas de las Divisiones de Infantería apenas habían llegado a combatir.

Las conclusiones en el campo aliado

Antes de la derrota de Francia, su Ejército era considerado como ‘el mejor Ejército del mundo’. Sus ideas doctrinales y organizativas eran imitadas en todos los continentes, y la ‘bataille conduite’ se consideraba el paradigma de la guerra moderna. En consecuencia, la aplastante derrota de 1940 tuvo profundas consecuencias en todo el mundo de influencia francesa.

Sin embargo, las causas de la derrota no siempre fueron correctamente atribuidas: la propaganda alemana se centró en las imágenes de los carros de la Wehrmacht avanzando como un torrente imparable por los campos de Francia, adelantando a las interminables columnas de refugiados y desertores que huían del frente, y en las filmaciones de los bombarderos ‘Stuka’ picando como aves de presa mientras hacían sonar sus sirenas… Faltos de otra información, gran parte de lo que los aliados sabían de cómo había operado la Wehrmacht en Francia nacía de una aceptación bastante acrítica de la propaganda alemana. Esta falta de un análisis crítico se debía, en gran medida, a que el éxito alemán parecía dar la razón al bando que había defendido enconadamente el papel del carro de combate como elemento principal del campo de batalla en el periodo de entreguerras. La caída de Francia parecía avalar el acierto de las teorías sobre el empleo de los carros defendidas por Fuller, Liddel-Hart, De Gaulle… Así, los defensores del empleo independiente de los carros, especialmente entre los británicos, atribuyeron el éxito alemán al acertado empleo de los carros (cuyo número fue muy exagerado por la propaganda alemana y por los propios aliados) y a la calidad de sus modelos (argumento que, como hemos visto, era absolutamente erróneo). Este hecho llevó a los Ejércitos de todo el mundo a imitar (no siempre de forma afortunada) a las unidades de carros alemanas, organizando ‘Divisiones Acorazadas’, que, en muchos casos, estaban desproporcionadamente dotadas de carros con relación a los medios asignados de otras Armas. De la misma forma, se impulsaron los programas de motorización de los Ejércitos, según las posibilidades económicas de cada Estado. El uso de la radio también se fomentó mucho, en detrimento de las comunicaciones por cable.

Los defensores del ‘poder aéreo’ tendieron a sobrevalorar el impacto real de los bombardeos aéreos (que, como hemos visto, había sido más psicológico que real). Sin embargo, otros aspectos clave del éxito alemán recibieron mucha menor atención, como el empleo ‘operacional’ de la Luftwaffe o los procedimientos de coordinación entre unidades terrestres y aéreas, aspectos fundamentales en la forma de combatir de la Wehrmacht.

Si bien la ‘bataille conduite’ había quedado desacreditada, algunos aspectos derivados de esa doctrina siguieron estando en vigor. Entre ellos, destaca el erróneo sistema de mando y control aliado: la ‘bataille conduite’ exigía emitir órdenes muy detalladas, para lo que se necesitaban grandes Cuarteles Generales y mucho tiempo. En realidad, esa forma de mando y control era probablemente la principal responsable de la derrota francesa: la enorme centralización del sistema de mando y control aliado hacía que los mandos subordinados apenas pudiesen tomar decisiones relevantes sin instrucciones del Alto Mando del general Gamelin, lo que lo hacía inflexible y lento, y por ello muy poco apto para combatir en situaciones cambiantes, como las que había provocado regularmente la poco previsible actuación de la Wehrmacht. En el proceso de Riom (organizado por la Francia de Vichy en 1942 para depurar responsabilidades por la derrota), el general Gamelin reconoció que sus órdenes tardaban una media de 48 horas en llegar a las unidades ejecutantes, y que los informes de las unidades de primera línea solían tardar otro tanto en llegar a su Cuartel General en Vincennes (que, significativamente, no disponía de ningún aparato de radio). Esto hacía que el ‘ciclo de decisión’ aliado (el tiempo transcurrido desde que se recibía una información relevante hasta que el Alto Mando francés emitía una orden para hacerle frente y esta comenzaba a ejecutarse) nunca podía ser menor de cuatro días (frecuentemente era mucho mayor, dado el tiempo necesario para tomar una decisión y transformarla en una de sus prolijas y detalladas órdenes de operaciones). Sin embargo, pese a los inconvenientes explicados (que no siempre fueron evidentes – ni siquiera hoy en día -, excepto tras sufrir una contundente derrota) la forma de operar de la ‘bataille conduite’ ofrecía muchas ventajas aparentes:

  • Parecía imponer orden en el caos del combate (caos que degradaba las cadenas de mando y que parecía abocar a la indisciplina en caso de tropas poco instruidas);
  • Permitía operar con tropas (y mandos intermedios) muy poco adiestrados, puesto que lo único que se esperaba de ellos era que ejecutasen estrictamente las órdenes recibidas. Esto hacía a la ‘bataille conduite’ singularmente adecuada para los Ejércitos de reemplazo organizados apresuradamente;
  • Solo necesitaba un pequeño núcleo de personal realmente ‘profesional’, el que constituía los Estados Mayores. Cuanto mayor fuese la centralización, menor era esta necesidad de personal preparado.

En consecuencia, en la práctica, el sistema de mando y control que estaba en la raíz de la ‘bataille conduite’ no se cuestionó, pues la alternativa era la compleja y lenta creación de un sistema similar al alemán.

Los generales franceses tendían a coordinarse mediante entrevistas personales con sus principales jefes y subordinados (todavía hoy, muchos Ejércitos consideran estos encuentros personales como la mejor forma de enlace). Esta forma de comunicarse necesitaba cierto tiempo (al menos, el necesario para los desplazamientos), pero el principal problema estribaba en que hacía que los acuerdos alcanzados en esas coordinaciones fuesen absolutamente personales. Así, cuando alguno de los generales no estaba disponible (o fallecía, como fue el caso del general Billotte, jefe del 1er Grupo de Ejércitos aliado en los días previos al crucial contraataque de Arrás), nadie en su Cuartel General conocía en detalle lo hablado entre los generales, lo que suponía nuevos retrasos.

Como decía el Tcol. Pascal, los mandos franceses ‘habían perdido el gusto por la iniciativa y la responsabilidad’: como hemos citado en repetidas ocasiones, los generales franceses tendían siempre que podían a delegar sus cometidos en sus subordinados, y estos siempre eran reacios a asumirlos. Además de ello, preferían un sistema muy burocrático de órdenes escritas (no siempre suficientemente contundentes), que resultaba muy lento, pero que permitía diluir las responsabilidades individuales.

En realidad, la derrota de Francia en 1940 fue una ‘derrota intelectual’: falló la propia concepción del conflicto, y de ese error se derivaron una doctrina errónea, unos medios inadecuados para el tipo de combate impuesto por la Wehrmacht y una actitud mental adaptada a esa doctrina equivocada, que penalizaba la iniciativa y la responsabilidad individual. En efecto, la ‘bataille conduite’ descansaba en la ilusión de que era posible conseguir un control total del campo de batalla, de forma que se excluía la posibilidad de una sorpresa. En la misma línea, se pensaba que la aplicación de un ‘método’ basado en la combinación del fuego masivo de Artillería y el avance de la Infantería con carros de apoyo proporcionaba una garantía absoluta de éxito en el ataque (como había ocurrido en la citada batalla de Amiens en 1918). Como consecuencia de esa visión del combate, la iniciativa simplemente no era necesaria; es más, podía resultar perjudicial. De la misma manera, el planeamiento se basaba en la correcta aplicación de un ‘método’ que debía dar como resultado un plan sin fisuras, que, si era correctamente aplicado, garantizaría el éxito. La confección de este plan requería tiempo, pero los aliados confiaban en que, como en 1918, las ofensivas enemigas (a pie) se medirían en días o semanas, por lo que habría tiempo suficiente para el planeamiento. También como en 1918, la victoria se alcanzaría por la acumulación del desgaste infligido al enemigo en una larga serie de batallas poco concluyentes, sin que se previeran acciones en profundidad (de ahí la escasa autonomía de los carros franceses). Esta visión de la guerra llevaba a largos ciclos de decisión, suficientes en 1918, pero absolutamente inadecuados en 1940, con una situación que cambiaba cada pocas horas.

Como se ha comentado, para los británicos, la principal consecuencia fue un robusto renacimiento de las teorías ‘solo carros’ (tanks only), del periodo de entreguerras, como se vería especialmente en el teatro de operaciones del Norte de África.

Para los norteamericanos, la caída de Francia supuso una crisis doctrinal, pero también un notable impulso al proceso de motorización: el caballo desapareció del inventario de las Fuerzas Armadas norteamericanas. Sin embargo, no llegó a cuestionarse el sistema de mando y control centralizado propio de su versión de la ‘bataille conduite’: los norteamericanos confiaban en la rápida movilización de su gran población en caso de guerra, para completar las reducidas filas de su personal profesional. En estas condiciones, la única forma de operar era aplicando la centralización derivada de la ‘bataille conduite’.

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Carlos Javier Frías Sánchez

Carlos Javier Frías Sánchez es Coronel Jefe del Regimiento de Artillería Antiaérea 73, con sede en Cartagena, España.

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