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Evolución de la doctrina militar en la Segunda Guerra Mundial: la ofensiva italiana en los Balcanes (1)

https://global-strategy.org/evolucion-de-la-doctrina-militar-en-la-segunda-guerra-mundial-la-ofensiva-italiana-en-los-balcanes-1/ Evolución de la doctrina militar en la Segunda Guerra Mundial: la ofensiva italiana en los Balcanes (1) 2020-04-04 08:08:00 Carlos Javier Frías Sánchez Blog post War Studies Doctrina militar Segunda Guerra Mundial
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La Italia de Mussolini había invadido Albania el 8 de abril de 1939. Este pequeño Estado había alcanzado la independencia del Imperio Otomano tras la primera guerra balcánica (1912), tras seis siglos de ocupación turca. En realidad, la creación del estado independiente de Albania fue una imposición de Italia y del Imperio Austro-Húngaro, que impedían así que la belicosa Serbia tuviese un acceso al mar: ninguna de las dos potencias quería un tercer competidor por el dominio del mar Adriático. Como era de esperar de un estado artificial, Albania tuvo una historia compleja, siendo sucesivamente un principado, una república y una monarquía. La monarquía albanesa nació en 1928, cuando el presidente de la república, Ahmet Zogu, forzó al parlamento a disolverse y se proclamó rey con el nombre de Zug I. Sin embargo, el nuevo monarca carecía de legitimidad, y su intento de gobernar con poderes dictatoriales, junto con la abolición de la ley islámica (heredada del Imperio Otomano) y su reemplazo por un código civil de corte occidental, le granjearon numerosos enemigos, lo que condujo a una constante inestabilidad política.

La economía albanesa se basaba en la agricultura de subsistencia, siendo el país más pobre y atrasado de los Balcanes. Albania era un territorio montañoso, carente de industria y de vías de comunicación. Tampoco poseía puertos capaces (excepto el de Durres, al Norte del país), ni un ejército mínimamente moderno.

En realidad, desde el fin de la Primera Guerra Mundial, Albania fue siempre un protectorado de Italia, en términos políticos y económicos. Esta situación ‘de facto’ tomó carácter oficial tras la firma del ‘Pacto de Tirana’ en 1926, seguido de una alianza formal en 1927. Como consecuencia, la conquista de Albania fue un ‘paseo militar’ para el Reggio Esercito.

El apoyo alemán al golpe de Estado que llevó al poder a Ion Antonescu en Rumanía (6 de septiembre de 1940) – acción de la que Hitler ni siquiera advirtió a Mussolini -, estableció un gobierno pro-alemán en una zona – los Balcanes – que Mussolini consideraba parte de la ‘esfera de influencia’ italiana. Junto a esto, el fracaso de las Fuerzas Armadas italianas en su fallido ataque a Francia – operación que se inició el 10 de junio de 1940, cuando la derrota francesa a manos de la Wehrmacht ya era inevitable, y que se saldó con el fracaso ante las defensas francesas en los Alpes – ponía de manifiesto la enorme diferencia de capacidad militar entre las fuerzas armadas alemanas y las italianas, lo que reducía el valor de Italia como aliado, y menguaba el propio prestigio personal de Mussolini. En consecuencia, el dictador italiano necesitaba una victoria que reestableciese su prestigio y el de Italia… Estas razones llevaron al dictador italiano a intentar la invasión de alguno de los pequeños países balcánicos a su alcance: Grecia o Yugoslavia. El país eslavo era un adversario aparentemente más difícil (los serbios se habían ganado una merecida como combatientes aguerridos en la Primera Guerra Mundial), pero Grecia parecía constituir una presa más débil. Dos regiones griegas lindaban con Albania por el sur: al Oeste, la región costera de Épiro, y al Este la de la Macedonia griega, separadas por la cordillera de los Montes Pindos, que discurría de Norte a Sur, desde la misma frontera con Albania, hasta bien al interior de Grecia.

Las relaciones entre Italia y Grecia en el periodo de entreguerras habían sido particularmente malas, salpicadas de incidentes incluso casi bélicos (en 1923 una escuadra italiana bombardeó la isla de Corfú, en represalia por el asesinato de una comisión militar italiana que trazaba los límites fronterizos entre Albania y Grecia, matando a dieciséis civiles, y causando numerosos heridos; la Sociedad de Naciones condenó a Italia por el incidente). En 1935, Grecia participó en las sanciones que la Sociedad de Naciones impuso a Italia por la ocupación de Etiopía. La dependencia de la economía griega del comercio mediterráneo y la hostilidad italiana llevó a Grecia a reforzar sus relaciones con el Reino Unido, entonces potencia dominante en el Mediterráneo, lo que la enfrentaba aún más con Italia.

Tras la ocupación italiana de Albania, ya el 13 de abril de 1939, el dictador griego, General Metaxas, aceptó una garantía unilateral de seguridad franco-británica, que implicaba la ayuda militar de los aliados en caso de una agresión italiana. Desde ese momento, las relaciones entre Italia y Grecia no hicieron sino empeorar. A finales de agosto de 1939, los italianos desplegaron cuatro Divisiones de Infantería (de las cinco presentes en territorio albanés) en la frontera entre la Albania ocupada y Grecia, en un movimiento intimidatorio que desencadenó la movilización parcial de los helenos. La tensión siguió creciendo en los meses posteriores.

En agosto de 1940, un submarino italiano torpedeó y hundió en el mar Egeo al vetusto crucero griego Hella, acción negada por el gobierno italiano, que acusó a los británicos del incidente. Ese mismo mes, Mussolini ordenó al Jefe de Estado Mayor del Ejército italiano, Mariscal Badoglio, que iniciase el planeamiento de la invasión de Grecia. El plan de Badoglio contemplaba el empleo de una fuerza de dieciocho Divisiones, que comenzaron a trasladarse a suelo albanés.

A finales de agosto de 1940, y ante los movimientos de tropas de los italianos, con una Gran Bretaña prácticamente derrotada en suelo francés, Metaxas solicitó a los británicos que aclarasen qué ayuda militar podría esperar Grecia en caso de un ataque italiano, sabiendo que el Reino Unido había perdido la práctica totalidad de su Ejército de Tierra. Los británicos solo pudieron ofrecer ayuda económica y ciertas garantías de preservar Creta, para lo que confiaban en su superioridad naval. Para entonces, Mussolini había decidido concentrar sus esfuerzos en la invasión del Egipto británico (7 de septiembre de 1940), por lo que decidió replegar algunas tropas desde Albania hacia Libia y dirigir el grueso de sus suministros de armas y municiones hacia las unidades que operaban en suelo libio. El fácil avance inicial en territorio egipcio ante un enemigo de primer nivel como eran los británicos envalentonó al Duce, que, ante la lentitud de las operaciones en el Norte de África y suponiendo a su Ejército una competencia muy superior a la real, se decidió a retomar su vieja idea de invadir Grecia, cuya conquista debería servir a Italia para ‘poner el pie’ con firmeza en la que consideraba su esfera de influencia. La creciente presencia militar alemana en Rumanía (una numerosa misión militar alemana se desplegó en ese país en octubre de 1940) aumentó la prisa del Duce. La diplomacia italiana confiaba en que Bulgaria se uniría a Italia en su guerra contra Grecia, pues ambos países mantenían disputas sobre la configuración de sus fronteras que se remontaban a las guerras balcánicas anteriores a la Primera Guerra Mundial.

El 15 de octubre, Mussolini decidió iniciar la invasión de Grecia a finales de ese mes, a pesar de la opinión contraria de su Estado Mayor: las tropas italianas en Albania tenían sus plantillas incompletas, en personal y en material, su reserva de municiones era reducida y las demandas del teatro africano hacían imposible preparar para el combate esas unidades en los plazos exigidos. Las fuerzas disponibles se reducían a unas ocho Divisiones de Infantería, escasas de Artillería y sin carros de combate dignos de ese nombre (solo disponían de tanquetas CV-3/35). Sin embargo, Badoglio no se atrevió a contradecir a Mussolini, por lo que los preparativos se iniciaron con urgencia.

El plan italiano de 1939, para el que se precisaban dieciocho Divisiones, contaba con que el grueso del Ejército griego se encontraría desplegado en la denominada ‘línea Metaxas’, un conjunto de fortificaciones que se extendía de Oeste a Este a lo largo de la frontera entre Bulgaria y Grecia, defendiéndose de una invasión búlgara. El ataque italiano, siguiendo la dirección general Oeste-Este desde Albania se dirigiría a la ciudad de Salónica, cortando de esta forma la retaguardia del grueso de las tropas griegas y dividiendo el país en dos partes. Tras la ocupación de Salónica y la derrota de las fuerzas griegas desplegadas al Norte y Oeste de esa ciudad, los italianos avanzarían hacia el Sur, con la intención de ocupar Atenas.

Sin embargo, la situación en el otoño de 1940 era notablemente distinta: Bulgaria no se mostraba dispuesta a colaborar con Italia, ante el riesgo de provocar una intervención turca en favor de los griegos (Grecia y Turquía eran aliadas en el Pacto Balcánico, firmado en 1934 por Turquía, Grecia, Yugoslavia y Rumanía para protegerse frente a las reivindicaciones fronterizas de Bulgaria y de Hungría). Esto invalidaba completamente el plan original de los italianos. Pero, además, las fuerzas disponibles – el 9º Ejército – distaban mucho de ser suficientes para ejecutar una operación semejante, incluso si pudieran contar con la ayuda búlgara. No obstante, los generales italianos no pudieron resistir las presiones de Mussolini para lanzar un ataque, por lo que diseñaron un plan mucho menos ambicioso: en lugar de intentar la ocupación de Grecia, el plan contemplaba solo la de la región costera de Épiro. En realidad, las fuerzas apenas eran suficientes para ocupar Épiro o la Macedonia griega. Ésta última tenía mucho más valor estratégico, como base para avanzar posteriormente hacia Salónica, al Este, o hacia Atenas, al Sur. Sin embargo, el Mando italiano se decidió por la ocupación de Épiro, sin valor estratégico, pero protegida por el Oeste por el mar Adriático (donde la aplastante superioridad naval italiana parecía garantizar la seguridad de ese flanco) y al Este por los montes Pindos, que permitirían cubrir con pocas tropas el flanco Este de la penetración italiana. Además, su mayor cercanía a las bases aéreas en territorio italiano facilitaría el apoyo aéreo a las tropas terrestres, imprescindible dada la penuria de medios artilleros. El Mando italiano confiaba en ocupar rápidamente la región, antes de que los griegos completasen su movilización, y estar en condiciones de defender el territorio ocupado hasta recibir los oportunos refuerzos que permitiesen continuar la ofensiva. Toda la logística italiana en Albania dependía del puerto de Durres, al Norte del país, por lo que mantener abiertas las carreteras entre ese puerto y el frente era esencial para permitir a las unidades italianas mantener el combate.

Las fuerzas italianas disponibles se reducían al citado 9º Ejército, y se organizaron en tres grandes grupos: el XXV Cuerpo de Ejército (dos Divisiones de Infantería, otra dotada con 163 carros ligeros CV-3/35, y llamada pomposamente ‘División Acorazada Centauro’ y la División de Montaña ‘Julia’), el XXVI Cuerpo de Ejército (tres Divisiones de Infantería) y el ‘Gruppo Litorale’ (un Regimiento de Infantería Motorizada, dos Regimientos de Caballería y un Batallón de Camicie Nere).

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Carlos Javier Frías Sánchez

Carlos Javier Frías Sánchez es Coronel destinado en la División de Plantes del Estado Mayor del Ejército de Tierra español

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