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Evolución de la doctrina militar en la Segunda Guerra Mundial. La primera ofensiva de Rommel. Conclusiones

La primera ofensiva de Rommel en Cirenaica puso de manifiesto que el empleo de unidades acorazadas solo podía hacerse con medios de transmisiones vía radio, y concediendo libertad de acción a los jefes de esas unidades. El intento del General Gambier-Parry de ‘controlar’ estrechamente a la III Brigada Acorazada desde el Cuartel General de la 2ª División Acorazada, a cientos de kilómetros de distancia y sin contacto directo con la situación, es una de las razones de que, al final, la III Brigada tuviera una actuación poco eficaz.

Por otra parte, el enfoque interarmas de los alemanes se demostró mucho más eficaz que el británico, en el que cada Arma tenía el ‘monopolio’ sobre un tipo de medios. En el sistema británico de 1941, la defensa contracarro se confiaba a la Artillería de la División (que incluía uno o más Batallones Contracarro), privando a su Infantería de armas específicas o siquiera aptas para destruir carros (a las unidades de Infantería se les asignaron los obsoletos 2 pounder que la Artillería había desechado, y que eran inútiles contra los Panzer-III y IV). En realidad, la idea sobre la que se basaba la filosofía contracarro británica era correcta: puesto que los carros constituían la amenaza principal, el ‘esqueleto’ de la defensa ya no debía ser la ametralladora, como en 1918, sino las armas contracarro.

Sin embargo, la puesta en práctica de esta idea reflejaba los burocráticos procedimientos de Estado Mayor que plagaban al Ejército Británico de la época: para empezar, los jefes británicos (educados en la ‘methodical battle’) dividían sus medios contracarro de forma equilibrada por todo el frente. Así, cuando se enfrentaban al ataque concentrado de los carros enemigos, siempre operaban en inferioridad numérica local, mientras que la mayoría de los medios contracarro no llegaba nunca a entrar en combate… En realidad, en 1941 la Infantería regular alemana no estaba mejor dotada que la británica de medios contracarro, pero las Divisiones de Infantería empleaban su Batallón Contracarro como una reserva muy móvil, que, en caso de una ruptura del frente de su Infantería con medios acorazados, desplegaba reunida organizando una emboscada contracarro contra ella. La idea ‘tanks only’ que presidía la doctrina británica de la época hacía que los carros británicos careciesen del apoyo de su Infantería o de su Artillería para enfrentarse a los cañones contracarro alemanes.

Además de ello, los planes contracarro se gestaban a nivel División (más precisamente, en la célula de Artillería del Cuartel General de la División) y acababan por determinar el despliegue de la División en su conjunto, sin que los jefes de los Batallones de Infantería tuviesen ninguna intervención en ellos. Con tres niveles de mando entre el Jefe de un Batallón de Infantería y el plan contracarro (la Brigada de Infantería, la División de Infantería y la Artillería de la División), la capacidad de los Jefes de los Batallones de Infantería de influir en estos planes era nula, por lo que los Jefes de Batallón no tenían más remedio que acomodar su despliegue a estos planes, que apenas tenían en cuenta las particularidades de cada zona de acción. En oposición, los Jefes de los Batallones de Infantería alemanes decidían por sí mismos los detalles de su despliegue, por lo que su defensa estaba mejor adaptada a las características locales de su zona de acción. Cuando se producía un ataque de carros enemigo, intentaban retardarlo, pero no detenerlo (ya se ocuparía de ello la reserva de la División), y se empeñaban sobre las unidades que seguían a los carros, como hicieron con éxito los australianos en Tobruk.

La batalla de Mechili es una buena muestra de la escasa capacidad contracarro de la Infantería británica: inicialmente, los italoalemanes se limitaron a cercar el fuerte y batirlo con Artillería de Campaña, desde fuera del alcance de las armas de los infantes británicos. En realidad, estaba previsto que medios contracarro de la 9ª División Australiana reforzasen a la III Brigada Motorizada Hindú, pero el avance alemán bloqueó los accesos a la posición. Carentes de Artillería de Campaña o de cañones contracarro, la Infantería británica no tenía más alcance que el de sus fusiles y ametralladoras y carecía casi completamente de capacidad contracarros (exceptuando a un solitario obús 18 pounder). Inicialmente, los cercados británicos efectuaron numerosas salidas aprovechando la gran movilidad que les concedían sus vehículos, incursiones que causaron muchos problemas a los sitiadores, que no disponían de unidades de Infantería o de carros para proteger a su Artillería. Sin embargo, la llegada de los carros del 5º Regimiento Panzer y de la Infantería de la 5ª División Ligera imposibilitaron estas salidas, de manera que los británicos acabaron sufriendo la misma situación que los italianos pocos meses antes: su Infantería estaba inerme frente a los carros y la Artillería enemigos, que los batía a placer, impunemente.

En el lado opuesto, la defensa de Tobruk mostró a unas tropas británicas capaces de operar con éxito en un combate interarmas. Sin embargo, este triunfo fue más el resultado de la particular composición de las tropas refugiadas en Tobruk (particularmente bien equipadas de Artillería) y de las acertadas medidas tomadas por el general Morshead, pero no de un cambio doctrinal deliberado que apartase a los británicos de su idea de ‘tanks only’. Es interesante subrayar las similitudes de los procedimientos empleados por los australianos en Tobruk con la defensa que los franceses emplearon en Amiens en junio de 1940: los ‘erizos’ empleados por los franceses eran mayores que los puntos fuertes del perímetro de los australianos, pero la idea era la misma, y sus resultados también fueron similares.

El teatro de operaciones de Libia se caracterizaba por su enorme tamaño en relación con la entidad de las fuerzas empleadas. Pese a ello, los británicos intentaron desplegar en frentes continuos donde el terreno lo permitía (Mersa Brega, Bengasi, las líneas interiores en Tobruk…), pero la densidad de ocupación del terreno era muy baja, además de que, siempre que fue posible, se desbordaron las defensas por el flanco del desierto, por lo que no se reprodujo la situación de frentes estáticos de la Primera Guerra Mundial. De la misma manera, las penetraciones tanto británicas como italoalemanas por el desierto para envolver por el sur a sus enemigos situados sobre la vía Balbia, eran operaciones en los que la autonomía logística y la despreocupación por los flancos eran imprescindibles, lo que contrastaba con la experiencia del Frente Occidental de la Primera Guerra Mundial en la que habían aprendido todos los Generales que combatían en Libia. No es extraño que, en un medio nuevo (el desierto) y teniendo que aplicar métodos también nuevos, algunos de ellos no lograsen adaptarse a tiempo (caso de Neame, Gambier-Parry y, antes, de Graziani). La ofensiva de 1941 confirmó una de las conclusiones principales del éxito británico de la Operación ‘Compass’: el peso del combate en el desierto residía en las unidades acorazadas, mientras que, en palabras de Rommel, el papel de la infantería en la guerra del desierto era ‘ocupar y mantener las posiciones asignadas para impedir al enemigo realizar determinadas operaciones o forzarle a hacer otras’.

Durante esta campaña (como ya había hecho en Francia), Rommel actuó tanto de Jefe del Afrika Korps como de observador avanzado de fuegos. Desde su vehículo de mando o desde su avión de enlace, a menudo ordenaba por radio fuego de artillería (o en algunos casos el lanzamiento de bombas por Stukas) sobre objetivos de oportunidad. Para eliminar la necesidad de codificar estas órdenes y agilizar el proceso, utilizó una técnica conocida como ‘línea de amenaza’, una línea trazada entre dos puntos característicos del terreno, fácilmente identificables, y conocida por todos los implicados, que servía como referencia para designar a partir de ella cualquier punto del terreno. Este método permitía además paliar la baja calidad de la cartografía disponible.

En la primavera de 1941, Rommel disfrutó de un importante grado de superioridad aérea. Es decir, como en Polonia y como en Francia, la Wehrmacht operó en Libia sin temer a la acción de la Aviación enemiga. Las consecuencias de tener que combatir sin superioridad aérea todavía no eran evidentes para los Ejércitos alemanes.

La carencia de experiencia logística de Rommel y su falta de confianza en los cálculos de su Estado Mayor se pusieron de manifiesto en sus osadas penetraciones, que llevaban a sus fuerzas mucho más allá de lo que su logística permitía, por lo que, al final de su avance se encontraban siempre al borde del desastre por falta de abastecimientos. La ofensiva de 1941 fue la primera de estas ocasiones, pero no la última.

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Carlos Javier Frías Sánchez

Carlos Javier Frías Sánchez es Coronel Jefe del Regimiento de Artillería Antiaérea 73, con sede en Cartagena, España.

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