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Evolución de la doctrina militar en la Segunda Guerra Mundial. Operación Crusader. La espera: Verano de 1941

https://global-strategy.org/evolucion-de-la-doctrina-militar-en-la-segunda-guerra-mundial-operacion-crusader-la-espera-verano-de-1941/ Evolución de la doctrina militar en la Segunda Guerra Mundial. Operación Crusader. La espera: Verano de 1941 2021-01-10 07:55:00 Carlos Javier Frías Sánchez Blog post War Studies Doctrina militar Segunda Guerra Mundial
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El verano de 1941 en el frente del norte de África se caracterizó por ser un periodo de reorganización, para los dos bandos. Por un lado, los británicos habían perdido gran parte de sus medios de combate en Egipto durante la fracasada Battleaxe, por lo que necesitaban acumular nuevas armas y municiones, y reorganizar sus fuerzas. Por otro, Rommel necesitaba solucionar sus graves problemas logísticos (lo que le obligaba a tomar Tobruk), y conseguir reunir una fuerza suficiente como para emprender una ofensiva contra Egipto (para lo que era imprescindible liberar a sus fuerzas del asedio a Tobruk).

En principio, el resultado de Battleaxe favorecía a Rommel: gran parte de los medios llegados a Egipto en el convoy ‘Tiger’ habían resultado destruidos, mientras que Tobruk seguía sitiada. En realidad, los medios enviados en este convoy habían supuesto un enorme esfuerzo para una Gran Bretaña que estaba sufriendo duramente la campaña submarina alemana contra su tráfico marítimo, reduciendo mucho su producción industrial. En consecuencia, las pérdidas sufridas en Battleaxe suponían un duro golpe del que costaría recuperarse. Por ello, Rommel tenía razones para suponer que podría concentrarse en tomar Tobruk, sin tener que preocuparse de una nueva ofensiva británica a corto plazo. Consecuentemente, Rommel centró sus esfuerzos en llevar al frente los medios necesarios para tomar la ciudad: artillería y sus municiones y unidades de infantería. Es necesario tener en cuenta que, sin Tobruk, la enorme porción de terreno comprendida entre Bengasi y la frontera egipcia apenas tenía valor real.

Solo la posesión del puerto de Tobruk – que ofrecía la posibilidad de aliviar los enormes problemas logísticos del Eje en ese escenario – justificaba la ocupación de una zona de terreno de enormes dimensiones, pero que no ofrecía ventaja militar alguna en sí misma, excepto como base para operar sobre Egipto. Y, sin el puerto de Tobruk, ninguna ofensiva sobre la colonia británica era posible. Como en la Primera Guerra Mundial, la toma de fortificaciones era al final una cuestión de fuego de artillería de campaña y de ataques de infantería a pie, con carros en apoyo. Y, como entonces, esto obligaba a un importante despliegue artillero y a una gran acumulación de munición, un problema añadido para la complicada logística de Rommel. De hecho, la eficacia de las unidades aeronavales británicas basadas en Malta hacía que los convoyes italoalemanes dirigidos a Libia sufriesen pérdidas crecientes: en julio de 1941 se perdieron el 17% de los medios enviados a África; en agosto esta proporción aumentó al 35%; en septiembre al 38%; en octubre, de las 50.000 toneladas de medios y suministros enviados, solo llegaron 18.500 (el 37%). Estas pérdidas impedían a Rommel alcanzar la acumulación de suministros necesaria para emprender el asalto a Tobruk, por lo que el ataque previsto se fue retrasando continuamente. La última fecha fijada para emprender ese asalto era la del 21 de noviembre de 1941 (Von Mellenthin, 1977, pág. 67).

La via Balbia, única carretera asfaltada, pasaba por Tobruk. Esto implicaba que la ruta logística de las tropas italoalemanas se detenía a una veintena de kilómetros antes de llegar a la ciudad, en el límite del alcance de la artillería británica asentada en la ciudad. Y, sin embargo, era preciso avituallar a las unidades que mantenían el cerco y a las desplegadas en la frontera egipcia. Para ello, los ingenieros italianos construyeron una carretera que circunvalaba la ciudad fuera del alcance máximo de la artillería británica, y que se unía nuevamente a la via Balbia a una treintena de kilómetros al este de la ciudad. Esta obra, ejecutada con medios escasos y en pleno verano, fue un verdadero logro, que mejoró la capacidad de los italoalemanes para preparar la toma de Tobruk y para garantizar el abastecimiento a sus tropas desplegadas en la frontera con Egipto.

El cerco de Tobruk no era excesivamente apretado. De hecho, el dominio del mar de la Royal Navy permitía abastecer a las unidades desplegadas en la ciudad – aunque utilizando buques pequeños, rápidos y principalmente durante las noches sin luna -, pese a los esfuerzos de la aviación alemana e italiana y a las frecuentes pérdidas sufridas. Entre abril y diciembre de 1941, los británicos fueron capaces de llevar a Tobruk más de 34.000 toneladas de suministros, suficientes para mantener la capacidad de combate de unas tropas esencialmente inmovilizadas. Por presiones del gobierno australiano, entre agosto y octubre de 1941, los británicos relevaron por mar a la 9ª División de Infantería Australiana, la principal unidad que guarnecía Tobruk, sustituyéndola por la 70ª División de Infantería británica, reforzada con la ‘Brigada de Infantería Polaca de los Cárpatos’, junto con el XI Batallón de Infantería checo, unidades compuestas de personal de estos países ocupados, pero equipadas por los británicos, así como por la XXXII Brigada Acorazada (compuesta por dos Batallones Acorazados – I y IV del Royal Tank Regiment – y una Compañía del VII).

Pese al revés de Battleaxe, a lo largo del verano de 1941, los británicos recuperaron muchos de los carros que se habían averiado en esa operación, por lo que, a finales de junio, la cifra de carros disponibles alcanzaba los quinientos sesenta y tres, por cuatrocientos cincuenta y cuatro del Eje. Sin embargo, la experiencia demostraba que esa superioridad no era suficiente para garantizar el éxito de una nueva ofensiva. Además de ello, en la primavera de 1941, Estados Unidos había aprobado la ‘Ley de Préstamo y Arriendo’ (Lend and Lease Act), que permitía al gobierno norteamericano suministrar gratuitamente armas y equipos de todo tipo a los británicos. Hasta ese momento, estaba en vigor el sistema de cash and carry: pago en efectivo y transporte a cargo del comprador. La exhausta economía británica había llevado a Churchill a pedir ayuda al presidente norteamericano Roosevelt en el otoño de 1940, apoyo que se materializó en la citada ley. Consecuentemente, los británicos comenzaron a recibir equipo norteamericano, entre el que destacaban los carros de combate. Como se citó anteriormente, Estados Unidos tenía una escasísima experiencia en el diseño y el empleo de carros de combate, pero, a cambio, contaban con una excelente industria automovilística y de aviación. Los carros disponibles para suministrar inmediatamente eran los M-2 y su sustituto, el M-3. En consecuencia, los británicos comenzaron a recibir carros M-3 (al que apodaron Stuart, en honor a uno de los generales de la guerra civil norteamericana).

El M-3 era un carro ligero (12,6 toneladas, por 23 de un Panzer-III), muy rápido (hasta 61 kph, por 42 del Panzer-III), con un cañón de 37 mm. como armamento principal, de prestaciones similares al 2-pounder que equipaba a los carros británicos, pero capaz de emplear proyectiles de alto explosivo o de metralla, además de perforantes (el 2-pounder solo disponía de estos últimos), lo que le hacía efectivo contra la Infantería o los vehículos no protegidos. Su tripulación era de tres personas, repitiendo el ya comentado error de los franceses de tener una torre monoplaza, que saturaba de misiones al jefe de carro (que debía hacer de jefe de carro, de cargador, de apuntador y, en su caso, de jefe de su unidad). Sin embargo, era mecánicamente incomparablemente más fiable que los Cruiser/Crusader, lo que le ganó el inmediato aprecio de los carristas británicos. La nueva 4ª Brigada Acorazada británica (compuesta por dos Batallones Acorazados – III y V del Royal Tank Regiment –, y el 8º Regimiento de Húsares junto con un Grupo de Artillería – con veinticuatro 18-pounder), se equipó exclusivamente con este modelo de carro (cincuenta y uno o cincuenta y dos por Batallón), y, gracias al abundante suministro de ellos, se guardaron una treintena de ejemplares para reponer pérdidas.

En el centro, uno de los nuevos carros M-3, y, al fondo, un Matilda-II. El M-3 fue muy popular entre los carristas británicos por su fiabilidad mecánica, pero ni su armamento, ni su protección, eran adecuadas frente a los carros alemanes de su tiempo.

Si para los alemanes Egipto era un teatro absolutamente secundario, al que solo los (inesperados) éxitos de Rommel habían dado cierta relevancia, para los británicos era el único teatro de operaciones terrestres en los que podían enfrentarse con ciertas posibilidades a los alemanes. Como consecuencia, los combates en Egipto tenían un importante componente moral y político, por lo que resultaba un teatro preferente para los británicos. Por ello, el fracaso de Battleaxe supuso el relevo de la práctica totalidad de los generales británicos en Egipto. El que este relevo fuese consecuencia de una derrota se disimuló asignando puestos de relevancia – pero puramente administrativos – a estos generales. Con este relevo, Churchill deseaba hacer ‘borrón y cuenta nueva’ y reorganizar completamente las fuerzas británicas en Egipto.

El General Auchinleck fue designado como nuevo jefe de todas las fuerzas británicas en el Medio Oriente, mientras que el General Cunningham recibió el mando del recién creado 8º Ejército. Auchinleck era un infante veterano de la guerra del desierto (en 1915 ya participó en la campaña británica contra los turcos en Egipto), y tenía cierta experiencia en el combate contra los alemanes (había estado al mando de la fallida operación aliada en Noruega en 1940). Su experiencia militar se había centrado en el Ejército Indio, por lo que carecía de experiencia en guerra acorazada. A cambio, tampoco había combatido en el Frente Occidental de la Gran Guerra, y tenía una mentalidad mucho más flexible que la mayoría de los oficiales que pasaron por esa experiencia. Por su parte, Cunningham era un distinguido oficial de Artillería, que había combatido en el Frente Occidental en la PGM. En el periodo de entreguerras, había mandado varias Divisiones de Infantería. Fue el encargado de derrotar a las tropas italianas desplegadas en Etiopía, lo que realizó con gran eficacia (sus tropas ocuparon la capital de la colonia italiana – Addis Abeba – el 6 de abril de 1941, tras una breve campaña, ejecutada de forma muy flexible contra fuerzas muy superiores). Su éxito en este teatro fue la principal razón para su destino como jefe del 8º Ejército. No obstante, como Auchinleck, tampoco tenía experiencia en guerra acorazada.

Gracias a la ayuda norteamericana, la reorganización de las fuerzas británicas en Egipto fue muy rápida, y, además, conllevó un importante refuerzo. Esta fuerza, ahora denominada 8º Ejército, asumió el control del XIII Cuerpo de Ejército (la antigua Western Desert Force) y de un nuevo XXX Cuerpo de Ejército.

Por su parte, la situación de los italoalemanes era muy complicada: tanto los alemanes como los italianos eran conscientes del gran incremento de fuerzas de los británicos, pero sus conclusiones eran completamente opuestas. El General Bastico, mando italiano de todo el teatro del norte de África (y, nominalmente, el superior de Rommel), estaba firmemente convencido de la amenaza de una inminente ofensiva británica, que, en el peor de los casos, coincidiría con el asalto a Tobruk, lo que dejaría a los italoalemanes en una situación crítica: demasiado débiles para detener el ataque británico y con el grueso de sus fuerzas comprometido en la batalla de Tobruk.

Consecuentemente, Bastico quería impedir a toda costa el asalto a Tobruk, al menos hasta haber repelido la ofensiva británica, y concentrarse en defender las posiciones de la frontera. Por su parte, Rommel era igualmente consciente de la inminencia de una ofensiva británica, pero esperaba tomar Tobruk antes de que se materializase. De esta manera contaría con las tropas del Eje inmovilizadas en el cerco de la ciudad para combatir a las tropas británicas procedentes de Egipto. La opción defendida por Bastico implicaba ceder la iniciativa a los británicos y aguardar una ofensiva que, sin duda, se ejecutaría con medios mucho más potentes que los disponibles para Rommel. Como consecuencia, Rommel minimizó (conscientemente) en todo momento la fiabilidad de las informaciones que indicaban la proximidad del ataque británico, con el fin de mantener el apoyo de los generales italianos (Von Mellenthin, 1977, pág. 69). Rommel reforzó las defensas de la frontera con densos campos de minas y desplegando medios contracarro en las posiciones clave, con la idea de forzar a los británicos a atacar dando un amplio rodeo por el desierto.

El recién creado 8º Ejército era una unidad muy potente. Además de los Cuerpos de Ejército XIII y XXX, el 8º Ejército asumía también el mando de la guarnición de Tobruk, y disponía además de la 2ª División de Infantería Sudafricana y de la IV Brigada Acorazada.

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Carlos Javier Frías Sánchez

Carlos Javier Frías Sánchez es Coronel Jefe de la Secretaría Técnica de la División de Planes Estado Mayor del Ejército español

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