Global Strategy Report, 12/2024
Resumen: Este artículo analiza la consolidación de China como una gran potencia global, inspirada en la estrategia geopolítica de Estados Unidos. Se destacan dos ejes principales: el control de los mares de China y la expansión hacia el oeste, similar a la doctrina Monroe y la conquista del Oeste estadounidense. Además, se examina la influencia de China en África y América Latina, así como su desarrollo militar y económico. La estrategia china incluye la creación de la Ruta de la Seda, tanto marítima como terrestre, y su creciente asertividad en el ámbito global.
Para citar como referencia: Baqués, Josep (2024), «¿Ha despertado el dragón? China como polo alternativo de poder global», Global Strategy Report, 12/2024.
Ingeniería inversa, también en geopolítica
Mucho se ha comentado, hasta llegar a ser un lugar común, de la habilidad china para desarrollar técnicas de ingeniería inversa, a partir de maquinaria (civil o militar) que llegara a sus manos. Sin ir más lejos, parece evidente la fuente de inspiración que los sistemas de armas soviéticos fueron para que China desarrollara los suyos propios, partiendo de ese ejemplo. Hasta aquí, nada que no se sepa. Pero ahora viene lo realmente interesante. Porque lo que ya no es tan conocido, es que China habría hecho lo propio (y, de algún modo, todavía está en ello) a la hora de definir las líneas maestras de su consolidación como gran potencia y de su ascenso a un estatus de polo de poder a escala mundial, a fuer de regional.
Vamos a ver eso, en los próximos párrafos. Pero hay que comenzar señalando en quién se ha inspirado. La respuesta es: en EE. UU. ¿Buen ejemplo, no? Sin duda. Aquí no se trata de tecnologías (eso sería poca cosa, en esta fase de nuestro análisis) ni tampoco se trata de regímenes políticos. Estoy hablando de algo más profundo: de geopolítica en estado puro. En efecto, EE. UU. se hizo grande a partir de una gran estrategia, en el sentido de Colin Gray, que incluía dos ejes de progresión.
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Un primer eje: la doctrina Monroe, que data de 1823, veinte años después de la compra del territorio de Luisiana (en realidad, pese a su nombre, alrededor de la mitad de la superficie actual de EE. UU.): “América para los americanos·; esto es, “América para EE: UU.”, en realidad, excluyendo de ahí a las viejas potencias europeas y evitando, de paso, que surja algún poder alternativo -aunque también fuese americana, en la zona. No olvidemos que EE. UU invadió México en el siglo XIX (1846-1848), llevándose la mitad del antiguo territorio de la Nueva España, así como sus abundantes recursos e impidiendo con ello, de facto, que México pudiera ser, a futuro, un rival de consideración para Washington. Sea como fuere, la zona afectada por la doctrina Monroe era, en primera instancia, el Mar Caribe (lógico es, pues, que México entrara en esa ecuación, a las primeras de cambio), con especial interés en Cuba y en Puerto Rico (y, dentro de éste, en la base de San Juan), hasta llegar a Panamá, donde Mahan postulaba la necesaria existencia de un canal, controlado, eso sí, claro, por los propios EE. UU. Aunque, con el tiempo, esa doctrina Monroe se proyectó más al sur, hasta convertir a todo el continente americano de habla española en su patio trasero. En todo caso, y en lo que más nos incumbe en este momento, la doctrina Monroe implicaba el control de los mares adyacentes. No fue tarea fácil, y se trató de un plan a largo plazo, como lo demuestran las efemérides relacionadas con su ejecución: Cuba y Puerto Rico no caen del lado estadounidense hasta 1898… ¡75 años después de la formulación de esa doctrina![1] Pero es que para la inauguración del Canal de Panamá hubo que esperar hasta… 1914. Mientras que las “intervenciones” (a modo de “Operaciones militares especiales”; valga la ironía) se vienen sucediendo, periódicamente, para asegurar posiciones, como la de la isla de Grenada (1983) o la de Panamá (1989).
Un segundo eje, quizá más conocido por el gran público, fue la muy cinematográfica “conquista del Oeste”, que se llevó a cabo empleando, sobre todo, la extensión del ferrocarril (aunque también multitud de caravanas, que discurrían por improvisadas pistas de tierra) y aunque todo ello fuese contra los pueblos nativos y sus derechos. Eso fue poco menos que la versión estadounidense del Lebensraum. Había, ahí, vastas extensiones de tierras (más o menos) fértiles, y (eso sí, claramente) muchas hectáreas de pastos para el ganado, así como metales preciosos en gran cantidad (sobre todo, oro). Este plan se inició, oficialmente, hacia 1848, casi en paralelo a la maduración de la doctrina Monroe. De nuevo, esa tarea llevó décadas. Custer todavía sucumbió, ante una coalición de sioux, cheyenes y arapajoes, en 1876, aunque, ciertamente, pueda afirmarse que se trató del canto del cisne de la resistencia indígena contra las casacas azules. En todo caso, Oregón, en el extremo noroeste de EE. UU, no fue “pacificado” hasta después de la guerra contra la menos conocida tribu de los Nez-Percé, a partir de 1878 (últimas batallas a finales de 1877). De nuevo, lo que estaba en juego era, de un modo muy especial, el oro, sin perjuicio de otros recursos, como la madera, muy abundante y de calidad, en aquellos parajes.
Pues bien, todo esto encaja a la perfección con lo que viene haciendo China, una vez se ha recuperado del desastre que para ellos fue la etapa comunista de Mao. Si bien, lógicamente, habría que invertir esa relación: lo que hace China encaja perfectamente con lo que antes hicieron en EE. UU. Cambian, claro, las fechas. Y cambia, por supuesto, el continente. No, en cambio, la gran estrategia subyacente. Veámoslo:
Primer eje de consolidación chino: el control de los mares de China, Pesto que, desde Pekín, también se plantea la lógica de “Asia, para los asiáticos” que, de nuevo, significa “Asia para los chinos” (Ríos, 2005: 167; Mearsheimer, 2010: 390) y que, de nuevo, también, tiene como horizonte expulsar de ahí a las potencias no asiáticas, en este caso, donde las dan, las toman, se trata de expulsar a EE. UU. Si bien, el lugar de Cuba y de Puerto Rico lo ocupan Filipinas o Taiwán, mientras que el Canal de Panamá ya está hecho (sin perjuicio de lo que pase en el istmo de Kra, en Tailandia) y se trata, en todo caso, del control efectivo del estrecho de Malaca (el “canal” por el que discurre más del 25% del tráfico de hidrocarburos). Así como, asimismo, desde el punto de vista chino, se trata de evitar que surjan polos de poder alternativos, aunque también sean asiáticos, máxime si son sospechosos de alianza, más o menos formal, con potencias no asiáticas, vual caballos de Troya (en este caso, ese caballito de mar llamado Japón).
Segundo eje de consolidación chino: su propia conquista de “su” Oeste. Con, también, por cierto (hasta en eso se parece) el mismo tipo de obstáculo y los mismos medios. Efectivamente, ese plan choca con pueblos nativos, como los uigures de Sinkiang y los más conocidos tibetanos, sitos en la región homónima. De nuevo, también, la vía preferida de expansión procede sobre raíles. Y de nuevo, también, están en juego recursos naturales: petróleo y gas natural (en ambas), tierras raras, carbón y agua potable (sobre todo, en Tíbet). A lo que se añade -cosas de los nuevos tiempos- el tránsito de importantes oleoductos y gasoductos, sobre todo, esta vez, por Sinkiang. Y, tal como sucediera en el siglo XIX estadounidense, venimos asistiendo a la reubicación (más estimulada que forzada, en ambos casos, pero no inopinada) de población europea o de la etnia Han (respectivamente) en regiones originariamente habitadas por indígenas, ora sean americanos, otrora sean asiáticos.
Como resultado del “plan Oeste”, China ha construido unos 50.000 kms de carretera asfaltada, ha logrado que el ferrocarril llegue al Tíbet, y ha reforzado su red de oleoductos y gasoductos, incluyendo alguno de más de 2.000 kms, que conecta Kazajstán con China, vía Sinkiang (Soto, 2005: 127-128).
China, pues, está en ello, teniendo más adelantada la conquista de su -también inhóspito- Oeste, y en proceso su adaptación local de la doctrina Monroe, como lo atestigua su creciente asertividad en los mares de China, con varios puntos calientes, como las islas Senkaku, las Spratly y Paracelso, o el atolón Scarborough, siempre en competición con Estados vecinos, ya que estamos hablando de disputas por soberanía, o por ampliaciones de la ZEE. Y siempre con connotaciones militares, en una lógica que no es otra que la ampliación de su A2/AD (Anti-Access/Area Denial) pensando en alejar lo máximo posible a la US Navy (y al cuerpo de marines) así como a la USAF, de las costas chinas.
Lo que hemos ido viendo, a lo largo de los últimos lustros es, simplemente, sucesivas ampliaciones, unilateralmente declaradas, del área de influencia china en los mares homónimos. Hasta los años 80 del siglo XX, la doctrina oficial del gobierno de Pekín era conocida como Near Cost Capabilities. A partir de esa fecha, pasamos a otro concepto, más ambicioso, definido como Near Seas Active-Defense Capabilities, que ya incluyó los nuevos sistemas A2/AD, asociados a la doctrina correspondiente. Nótese la transición de Cost a Seas. En términos prácticos es la que va de integrar Corea y Taiwán (eso, siempre, incluso en las estrategias más modestas) a hacer lo propio con Filipinas y bordear Japón. El siguiente paso, ya anunciado, implica pasar definitivamente a una doctrina del tipo Far Seas (Mearsheimer, 2010: 384) que se proyecta hasta las islas Marianas, Guam y Ogasawara (Iwo Jima, si se prefiere). Todo ello ha sido promovido por un almirante, Liu Huaqing, al que suele considerarse como el Gorskov chino (Nan Li, 2011: 122-123). Es importante constatar, que todos los mandatarios chinos lo han apoyado. Quién mande, en cada momento, es poco o nada relevante a la hora de entender estos planes chinos. Es lo mismo. Jiang Zemin o Hu Jintao (Tang Fuquan & Wu Yi, 2007: 93; Ye Xinrong & Zuo Linping, 2004: 30-33), o, añado por mi cuenta, Xi Jinping. China es un país serio. Todo ello responde, en última instancia, a la sensación china de estar rodeada de un entramado de bases militares de EE. UU. (Okinawa, Singapur e, intermitentemente, Filipinas) que provocan su strategic encirclement (Guangqian y Youzhi, 2005: 233-234), agravado por el hecho de que Singapur está ubicado en el estrecho de Malaca, por el que discurren buena parte de las importaciones chinas de hidrocarburos (Qiyu, 2015: 25).
Antes de pasar al siguiente epígrafe, relativo al avance chino en otros continentes, merece mucho la pena hacer alusión a un paso intermedio, entre su A2/AD y esa expectativa de ámbito extra asiático. Me refiero a la constitución del “Collar de perlas”. Porque, aunque la vis expansiva china a escala planetaria tiende a eclipsar sus esfuerzos en los países vecinos, lo cierto es que el gobierno de Pekín dedicó grandes esfuerzos, durante años, a cultivar esa relación, más cercana. Sobre todo, a través de las inversiones, notables en Pakistán, Indonesia y Filipinas (Huntington, 1997: 202). Hecho lo cual, en su afán por controlar, en primer lugar (lógicamente) Asia, China ha llegado a acuerdos con bastantes Estados de la región, a los efectos de conseguir facilidades para sus buques en puertos de otros tantos Estados. No se trata, de momento, de bases navales propiamente dichas. Pero se negocian no solo derechos de atraque, sino también reabastecimiento de combustible, descanso de tripulaciones, y otras facilidades logísticas. Así, es evidente que, en caso de conflicto, China dispondría de varios planes alternativos para desplegar, ocultar o, simplemente, poner a salvo, sus propios buques. Entre los países implicados están Indonesia, Camboya, Bangladés, Birmania, Sri Lanka, Maldivas, Irak y Pakistán. Incluso Yibuti (en este caso sí, una auténtica base naval, o incluso aeronaval) o hasta Sudán pueden ser considerados como los últimos eslabones de la cadena, aunque también sean el primer pie en África, dotando de continuidad geopolítica al conjunto del proyecto de expansión chino.
Los rumores, fundados, acerca de la construcción de una base naval china en Ream (Camboya) generan el temor de que el modelo Yibuti se acabe extendiendo al resto de los socios estratégicos de China.
Un paso hacia adelante: China en África y en Hispanoamérica
Se puede debatir si China aspira a ser, meramente, una potencia regional, o si, por el contrario, aspira a jugar un rol mundial. Me inclino por lo segundo. No se trata de una mera opinión. Se trata de constatar sus movimientos, a lo largo de las tres últimas décadas.
China viene penetrando en África desde, al menos tres puntos de apoyo, con la mirada puesta en converger hacia el corazón mismo del continente. Antes de verlo con más detalles, pensemos en sus motivos. África posee recursos, en forma de materias primas y fuentes de energía. De hecho, el petróleo, del que china, aunque país productor, es deficitario, fue el principal acicate de la presencia china. Además, África dispone de mano de obra barata (importante, ahora que los salarios de la costa china se han movido al alza) y, además, se prevé que, dentro de unas décadas, sea un gran mercado, de unos 2.500 millones de habitantes. Esto, tomado en su conjunto, puede sonar a algún tipo de proyecto neocolonial. Y es verdad, poniendo el prefijo donde corresponde. Porque es tan obvio que ya no se trata del viejo colonialismo decimonónico, como que China va a lo que va, que no hace obras de caridad y que eso va a generar una dependencia de esos países hacia China.
Por consiguiente, tiene sentido que China penetre en África. Las tres vías de avance son: desde el Magreb occidental, a partir de sendos acuerdos estratégicos firmados con Argelia, y con Marruecos; desde Angola; y desde el Cuerno de África, con Yibuti como símbolo, pero, sobre todo, pensando en Sudán y en Etiopía.
En Angola y Sudán hay petróleo. El Magreb y Etiopía son empleados para invertir, también, en el sctor secundario, además de convertirlos en nodos de la cada vez más ambiciosa red de transportes y comunicaciones chinas. Pensemos, además del ya citado caso de puerto de Yibuti -que también tiene su vertiente comercial- en la reciente construcción de la gran terminal de buques portacontenedores de Cherchel (a 70 kms de Argel) a partir de un modesto puerto de cabotaje. Asimismo, la inversión china en el gran hub empresarial de Tánger (automóviles, textil y aeronáutico) conecta con el puerto de Tánger-med. No sé si puedo ser más claro, pero sí puedo ser más explícito. Lo seré: China está logrando llevar a buen puerto (nunca mejor dicho) ese viejo sueño imperial británico, consistente en conectar sus dominios africanos, de Norte a Sur y de Este a Oeste. Al ferrocarril que une Yibuti con Addis Abeba, se une el que, tras conectar Zambia y Tanzania, va a hacer lo propio con Port Lobito, en Angola. Suele ser conocido como el ferrocarril de Katanga-Benguela. Todo ello pasando por Tenke (República Democrática del Congo) y enlazando, igualmente, con Ciudad del Cabo. Simplemente, impresionante. En verdad, se trata de un entramado que ya forma parte de la AGENDA 2063, uno de cuyos objetivos es, precisamente, la integración de un futurible mercado único africano (en realidad, se comienza hablando de una inmensa zona de libre comercio), que está siendo apoyado por los BRICs, con China y Rusia a la cabeza.
La diplomacia china en África, como la rusa, pasa por convocar cumbres a las que invita a los Estados del continente. La ventaja de Pekín es que muchos de ellos están ávidos de contar con alternativas financieras al FMI y al BM. Eso quedó claro en el Foro de Cooperación China-África (FOCAC) que en 2006 contó con la presencia de 48 Estados.
En todos los casos, China se encarga de proveer a esos países de redes de ferrocarriles, de hospitales y de escuelas, generando la sensación de ser un país que coopera en su desarrollo. No es falso. Si acaso, es una verdad a medias. Los beneficios se los llevan los bancos y las empresas chinas. Bien es verdad que a un precio más barato que el que se deduciría de pedir ayuda al FMI y/o al Banco Mundial.
El tipo de dominio es diferente -ya lo hemos advertido- que el que fue propio del colonialismo clásico, aunque no deja de recordar el caso de India (lato sensu: Pakistán, Bangladés y hasta Birmania) cuyos ferrocarriles también fueron construidos por los británicos. Sin embargo, China se ahorra el gasto derivado de tener que construir y mantener una administración colonial clásica, y ni siquiera envía tropas (salvo a Yibuti) pero se garantiza gobiernos afines y los recursos que necesita para su propia economía. Al revés, el discurso oficial chino, que, por supuesto, tiene mucho de ideológico (en el sentido de mercadotecnia) enfatiza que los principios que mueven a China son el “ascenso pacífico”, la “No injerencia en los asuntos internos de los demás países” e incluso, para más inri, que la relación de China con todos ellos es del tipo “sur-sur”, léase, que se plantea (en teoría, claro) en régimen de igualdad. Algunos expertos, de ambos lados del tablero, plantean que la mejor manera de referirnos a esta política china, regida por la prudencia en las formas, es light footprint (Pehrson, 2006:3; Yung, 2015: 50-52y 58-59).
En América Latina la cuestión no es tan distinta, si bien ha comenzado más tarde y, por ello, no está tan avanzada. El modelo chino radica en obtener recursos baratos y vender productos manufacturados, de mayor valor añadido, a esos mismos países. De nuevo, China penetra por tres ejes: México, por el Norte; los países de MERCOSUR, en el Este, y Perú, en el Oeste. Se repite el patrón. Lo que cambia es el tipo de producto pergeñado. El petróleo americano es más caro y de menor calidad (fundas asfálticas) mientras que hay otros recursos que sí son prioritarios para China. De los países de MERCOSUR importa soja (importante para mejorar la productividad de sus propias granjas); de Chile y Perú[2], cobre (si bien, de Perú, también grandes cantidades de harina de pescado); de Brasil, mineral de hierro; de México, maíz y sorgo, y así, sucesivamente.
A cambio, a todos ellos les exporta maquinaria semipesada, accesorios eléctricos, textil, vehículos a motor, así como terminales y otros servicios de telefonía. No es oro todo lo que reluce: las balanzas comerciales, en principio favorables a muchos de esos países, terminan siendo, sistemáticamente, favorables a China. Además, la llegada en masa de productos chinos puede dañar la industria local[3]. Pero no hay casualidades: los chinos venden a precios muy competitivos. Y eso incrementa la riqueza local de otra manera: incrementa el salario real y el bienestar de los ciudadanos de Hispanoamérica, pues de ese modo pueden comprar más bienes y servicios con su mismo sueldo.
Por lo pronto, China viene desplegando una actividad superlativa, a nivel diplomático, en Hispanoamérica: es miembro del Banco de Desarrollo del Caribe; es miembro observador de la OEA, así como del Banco Interamericano de Desarrollo. También está integrado en los mecanismos de diálogo de MERCOSUR, del Pacto Andino y de CARICOM (v. gr. Cornejo, 2005). A lo que hay que añadir las especiales complicidades derivadas de que Brasil sea uno de los BRICS.
Esto, que ha sido un secreto a voces, durante muchos años, ha hecho sonar algunas alarmas en EE. UU. Especialmente cuando se han dado cuenta de que China está construyendo un macro-puerto a 50 kms de Lima, en Chancay. En realidad, también dispone de una pequeña base militar en Cuba -muy cerca de La Habana- dedicada a la obtención de información a través de radares y equipos de escucha electrónica. E incluso de una base para el seguimiento de satélites en la Patagonia argentina. Es interesante constatarlo, para comprender hasta qué punto es China la potencia que toma la iniciativa, incluso en el patio trasero de EE. UU, mientras pugna por incomodar a la Casa Blanca (y a sus aliados) en los mares de China.
Sirva, pues, lo planteado hasta aquí, para defender el argumento de que China -otrora, es verdad, un país ensimismado- ya no piensa solamente en clave regional (léase, asiática) sino mundial. En todo caso, para completar el puzle todavía nos falta alguna pieza más. Porque China buena parte del esfuerzo chino descansa sobre su Ruta de la Seda. Se trata, en definitiva, del cordón umbilical que conecta la metrópolis con sus proveedores de recursos, pero también, muy importante, con sus mercados. Pues para poder comprar, hay que vender.
La(s) Rutas(s) de la Seda
Lo planteo en plural, llegados a este punto, porque en realidad, esta versión posmoderna de la Ruta tiene dos vertientes: la naval y la terrestre. Ojo al siguiente dato: siete de los diez puertos más importantes del mundo, en volumen de TEUs[4], están en China. Por ninguno de la UE y solo uno de EE. UU, que recientemente, ha entrado en ese top-ten, por los pelos, en la última posición del mismo. Teniendo en cuenta, además, que el 85% del tráfico mundial de mercancía, medido en metros cúbicos, se desarrolla por vía marítima, ese dato es espectacular y, como poco, nos tiene que llevar a la reflexión. Invito al lector a ello, sin perjuicio de que mi argumento prosiga. Si vamos a la cifra de tonelaje en buques de transporte, los datos son también reveladores. a flota China incluye 5.405 buques, con 200.179.000 TPM, para un 12% del total mundial. A efectos comparativos, los Estados Unidos cuentan con 1.927 buques, con 57.356.000 TPM (3.4% del total mundial). Solamente Japón puede competir con China en eso. Rusia y los Estados europeos, en cambio, están muy lejos.
Entonces, la vertiente marítima de la Ruta de la Seda discurre, apoyándose en el Collar de Perlas, por el estrecho de Malaca, por el de Bab-el-Mandeb, por el canal de Suez, y por el estrecho de Gibraltar, en demanda de los pocos puertos de Estados de la UE que sí están, ya que no en el top-ten mundial, sí, al menos, en el top-20: Amberes y Rotterdam. Pero lo están porque, en el fondo, son terminales de la Ruta de la Seda china. En todo caso, eso son clientes. Cuestión distinta es el afán chino por asegurarse, en Europa, igual que en Asia, una red de puertos seguros o incluso, directamente, puertos controlados por China, pese a no ser de su soberanía. El Pireo es el caso más conocido. China lo alquiló por varias décadas, para amortizar una importante inversión en sus infraestructuras, incluyendo maquinaria pesada para estiba y desestiba de buques. Sí, pero con distintos niveles y formatos jurídicos, China también monitorea puertos como Venecia y Génova o… Valencia. En nuestro caso, lo hace a través de la empresa COsCO. La enorme ventaja china es que lo pone todo: producto, buque que lo transporta, gestión portuaria, maquinaria… La pregunta sería… ¿Quién puede competir con eso? Se trata de una pregunta retórica, en este contexto.
La vertiente terrestre de la Ruta de la Seda no le anda a la zaga a lo que hemos visto. China controla alguno de los “puertos secos” más importantes del mundo, destacando el de Khorgos, ubicado cerca de la frontera sino-kazaja, y necesario, entre otras cosas, para hacer el cambio de vía férrea: del ancho ruso al chimo. Desde esa lanzadera, el producto chino viaja hacia sus terminales europeas, entre las que destacan Stuttgart, Hamburgo, Florencia, Lyon y, al final del recorrido, Madrid.
De la economía al músculo militar
Actualmente, China concentra el 29% de la producción industrial mundial (por apenas un 17% de EE. UU.). Muchos ingenieros que trabajan en EE. UU, son, de hecho, chinos (aunque también indios) lo que refleja una importante ventaja china en lo referente al capital humano. También es el país del mundo con más terminales 5G en servicio. A ello se une que, pese a sus déficits en hidrocarburos, la naturaleza ha tratado muy bien a China en otros aspectos. Posee grandes reservas de minerales raros, muchos de ellos fundamentales para la fabricación de semiconductores (v. gr. galio, o germanio).
Es bien sabido que China ha pasado varios años creciendo al 10% anual, o cerca de ese doble dígito. Mientras tanto, un mundo occidental incapaz de competir con China, le pone barreras arancelarias, mientras espera en vano que el sector inmobiliario chino reviente.
Entonces, China lleva años potenciando sus fuerzas armadas. Aunque eso es perceptible en todos los ámbitos (incluso en el espacial, por cierto, pues es una potencia en materia antisatélite -ASAT-) es más notorio en su marina de guerra. No es raro, dado su lógico interés en proteger sus nuevas rutas marítimas, conocidas en el argot como Sea Lines Of Communication (SLOCs), que cada vez son más extensas, así como la necesidad de potenciar esta vertiente de su A2/AD.
Pensemos, también, en la apertura del Ártico, debido al cambio climático y el consiguiente deshielo. China, pese a no disponer ni de tierras, ni de aguas en el Ártico, se ha definido a sí misma como un Estado “casi Ártico”. Toda una declaración de intenciones. En la misma línea, viene desarrollando contactos con la mayor parte de los Estados que sí son Árticos, llegando a flirtear con la idea, en su momento de máxima desfachatez, de poner una base militar propia en Groenlandia, que es un territorio danés y, por ende, OTAN. Eso no prosperó, como era de esperar. Pero, una vez más, marca el nuevo talante chino. Pacífico, sí, pero ambicioso y asertivo.
Su interés por el Ártico es doble: por una parte, participar de la extracción de las reservas de hidrocarburos de la región (cosa que ya viene haciendo, al participar en las grandes multinacionales rusas del sector, como Rosneft) pues esa zona contiene el 13% de las reservas mundiales de petróleo y el 30% de las de gas, además de albergar oro, platino y mineral de hierro. Por otra parte, tan importante o más que lo anterior, la ruta ártica permitirá acortar la ruta marítima mercante, ahorrando tiempo y dinero (combustible) en comparación con la ruta actual, pensando siempre en alcanzar los puertos alemanes, belgas y holandeses. Se calcula que el cambio de ruta, además de salvar el escollo que pueda llegar a ser el Mar Rojo (visto lo visto, con la actividad de los hutíes de Yemen) permitirá ahorra unos 6.000 kms de trayecto, que equivale a entre una semana y semana y media de navegación, en función del buque.
Lo que ya podemos constatar, es que, a lo largo de 30 años, China ha experimentado un cambio radical: ha pasado de disponer de una marina de guerra eminentemente costera, a otra muy poderosa, con claras capacidades para operar en aguas azules. E lector puede (debe, de hecho) relacionar esto con lo que más atrás hemos visto acerca de la sucesiva ampliación del área de influencia china (Near Coast; Near Seas; Far Seas). La primera estaba basada en la proliferación de pequeños patrulleros, la mayoría de ellos antisubmarinos, pero dotada con pocos -y poco capaces- buques de combate de superficie de tipo destructor, fragata o crucero. Todo ello, además, sin flota anfibia y sin portaaviones. La actual, que sigue creciendo a buen ritmo, ya incorpora grandes portaviones, los últimos de los cuales, dotados con propulsión nuclear; también dispone de grandes buques anfibios, tanto del tipo LHD, como del tipo LPD, equiparables por sus prestaciones a sus homólogos de la US Navy; un número considerable de cruceros, destructores y fragatas, de gran tonelaje, armados con misiles SAM y SSM; por lo demás, ha llevado a cabo una potenciación de su flota de submarinos de ataque, tanto nucleares como convencionales.
A todo lo cual hay que sumar que China posee la célebre triada nuclear. Es decir, puede lanzar armas atómicas empleando misiles balísticos desde submarinos, o bombas desde aviones, o misiles desde bases ubicadas en tierra firme. Así las cosas, tras Rusia y EE. UU (por este orden) el arsenal nuclear chino es el más potente del mundo.
Con estos elementos sobre la mesa, el hecho de que disponga del ejército de tierra más numeroso del mundo, hasta pierde lustre. O no. Porque, tal como demuestra la guerra de Ucrania, la capacidad para reponer bajas en e frente, llegado al caso, constituye un aspecto crítico del desempeño de un país en el campo de batalla. Desde ese punto de vista, no parece que China pueda perder ninguna guerra.
Problemas (internos), pero también ventanas de oportunidad (Rusia; BRICS, OCS)
Todos los Estados tienen problemas internos, aunque de diversa índole. Los chinos tienen que ver con minorías étnicas que plantean reivindicaciones, en sus territorios respectivos. A ojos de Huntington, el teórico del choque de civilizaciones, China es, técnicamente, un Estado escindido, esto es, en su seno conviven varias civilizaciones, diferentes, aglutinando una cantidad de población, concentrada en el territorio, que puede desestabilizar al Estado afectado. Los uigures, ciertamente, son musulmanes, y plantean órdagos a Pekín. Los tibetanos son budistas[5], y están en la misma dinámica. Incluso en Mongolia interior ha habida veleidades de corte nacionalista, aunque de menor enjundia. Mientras que la integración de Hong-Kong ha dejad muchos claroscuros, como lo demuestran las periódicas muestras de descontento de sus ciudadanos, acostumbrados como estaban a una lógica más propia de la civilización occidental, a la que pertenecen.
También podríamos aludir a la cuestión demográfica en términos de problema para China. Lo cierto es que va a perder población, en los próximos años. Culpable de ello es la “política del hijo único” seguida a lo largo de unos 20 años. Sin embargo, esto tiene matices (relevantes) máxime si lo planteamos en términos de poder relativo, es decir, comparado con sus competidores. Porque, por una parte, las familias chinas nunca obedecieron esa norma. Los datos disponibles muestran que, pese a las multas y/o impuestos aplicados, las mujeres chinas tuvieron un promedio de 1.6 hijos por mujer mientras estuvo vigente esa política. Por su parte, el mundo occidental, sin multas y/o impuestos conoce unos índices de fecundidad incluso inferiores. Bien es cierto que los datos chinos no permiten un crecimiento vegetativo positivo. Lo es. Pero no lo es menos que el mundo occidental, capitaneado por EE. UU. está todavía peor.
De hecho, EE. UU, es el único país desarrollado en el que está descendiendo la esperanza de vida, sobre todo a causa del alcoholismo, la obesidad y sus consecuencias médicas, la drogadicción, y los suicidios, además de unas cifras de mortalidad infantil impropias de una sociedad avanzada (Todd, 2024: 194-195). Dicho con otras palabras, China tiene muchos números para competir por la hegemonía con EE. UU, en parte, por méritos propios y, en parte, también, por deméritos ajenos. Aunque las actuales proyecciones demográficas indican que su población decrecerá, a finales del siglo XXI todavía estará rondando los 800 millones de habitantes: más del doble de los que tendrá EE. UU y algo por encima de los que tendrá todo el G-7.
Siendo así, la principal duda teórica que nos puede asaltar tiene que ver con su sistema político: un modelo dictatorial, de corte totalitario. No voy a elaborar ningún juicio moral obre eso. Sino un juicio de hecho: este tipo de regímenes favorecen las economías extractivas, esto es, poco abiertas a la competencia interior, demasiado burocratizadas, y no siempre atentas a las señales que ofrece el mercado, o a la emprendiduría. Pues bien, algunos estudios muestran que este tipo de regímenes, si se prolongan en demasía en el tiempo, generan tales disfuncionalidades que terminan hundiéndose, por ineficientes. Tal como ya pasó en la extinta URSS (v.gr, Acemoglu y Robinson, 2012). La tesis de estos dos autores es que un país puede generar mucho crecimiento económico a partir de esquemas dictatoriales y extractivos[6], pero solo durante algún tiempo. Un buen ejemplo lo sería la industrialización forzada por Lenin y Stalin (y, ya puestos, hasta por Hitler). El problema nunca está en el corto plazo: los tres tuvieron éxito, económicamente hablando, durante algún tiempo. A la larga, sin embargo, sucede otra cosa:
“las instituciones económicas inclusivas ni darán apoyo ni serán apoyadas por las instituciones políticas extractivas. Serán transformadas en instituciones económicas extractivas en beneficio de los intereses que controlan el poder” (Acemoglu y Robinson, 2012: 105).
Dicho queda, y es importante. Ahora bien, China está mostrando una importante apertura a lógicas de mercado, manteniendo un férreo control político e ideológico de su propia población, que llega al extremo de hacerle creer que siguen siendo comunistas, y que el comunismo es eso. Supongo que Marx se retorcerá en el infierno, ante semejante herejía (marxista). De acuerdo. Pero eso también significa que la evolución china podría desafiar la tesis de Acemoglu y Robinson.
En todo caso, al menos por el momento, China sublima esos problemas mediante una acción diplomática y política, en el exterior, cada vez más incisiva. Vamos a exponer sus aspectos más relevantes, no sin antes decir que, llegado el momento, eso va a permitir a China atraer flujos migratorios controlados, para compensar su falta de población (donde “controlados” es importante) o le va a permitir colocar en otros Estados, cuando eso sea preciso, excedentes de población. Teniendo en cuenta su capacidad para emplear, si es que le es necesario en algún momento, ese mecanismo homeostático, veamos en qué consiste el entramado.
Una parte sustancial de la gran estrategia china ha sido impedir que el mundo sea unipolar, bajo la égida de EE. UU. Para ello, ha tejido sus propias alianzas. Empezando por Rusia. Las relaciones bilaterales no están exentas de problemas, sobre todo en lo que concierne a su frontera común, en Siberia. Sin embargo, ha podido más el interés mutuo por evitar que desde Washington se domine el mundo. Y ha contribuido a ello, ciertamente, la miopía estratégica de la Casa Blanca, que, con las sucesivas ampliaciones de la OTAN hacia el Este, ha arrojado a Rusia a los brazos de China.
Esas opciones tienen nombre. Fundamentalmente, dos: OCS y BRICS. La primera es una auténtica Organización Internacional, creada en 2001, como contrapoder a EE. UU. en Asia. Además de Rusia y China, cuatro exrepúblicas soviéticas de Asia Central se sumaron a la aventura, destacando, por su importancia, Kazajstán. Lo llamativo es que se han ido sumando Estados de la importancia de India y Pakistán (los dos, por cierto, pese a sus diferencias mutuas, que son notables) así como, recientemente, Irán.
BRICS es, más bien, un grupo de presión. También puede ser visto como el competidor del G-7, tanto en lo que se refiere a la economía, como en lo que concierne a los valores subyacentes. Pero, a diferencia de la OCS, que es más asiática, BRICS tiene dimensiones mundiales. Y, tan relevante como eso, se expande a ojos vista. Tras Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, recientemente se han sumado Egipto, Etiopía, Irán, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, y se esperan otras adhesiones a corto plazo, como Malasia. Quizá ya haya ingresado cuando este libro vea la luz, mientras varios Estados hispanoamericanos están a la espera (destacando Colombia y Venezuela, aunque también Bolivia está en lista de espera).
Hoy en día, el G-7 representa el 44% del PIB nominal mundial; mientras BRICS está en el 35%. Claro que el primero desciende, mientras el segundo se incrementa. La convergencia no está tan lejos en el tiempo, gracias, sobre todo, a la capacidad industrial de China. De hecho, en términos de PIB medido por paridad de poder adquisitivo, BRICS ya está por delante del G-7.
China entiende la estricta relación entre geoeconomía y geopolítica, y se apresta a conectar la economía global (Liu Xuelian & Xu Liheng, 2011: 71), sustituyendo en ese rol a los viejos imperios (británico y estadounidense, los dos últimos).
Nótese que esta creciente red de Estados contiene un valor añadido, en clave diplomática, porque ahora que se pone de moda el votar en la Asamblea General de la ONU (ante la inoperancia de su Consejo de Seguridad, debido al derecho de veto) asegura muchos votos favorables a la postura que defienda China n cada momento (o en cada conflicto), al margen de cuál sea ésta.
China, Rusia y EE. UU.
No quisiera terminar este análisis sin antes resolver el tema de las relaciones triangulares entre estas tres potencias. Que es China, y no Rusia, el gran competidor de EE. UU, está claro desde el consenso entre demócratas y republicanos en esta materia, simbolizado por el pivot to Asia de Obama. También Hillary Clinton apostó por eso, al menos, desde 2011, pues es de ese año un artículo suyo, siendo secretaria de Estado, aparecido en Foreign Policy, en el que defendía esta tesis y en el que, además, abogaba por dejar de lado cualquier otra aventura, que pudiera despistar del objetivo principal, ya fuese en Afganistán o Irak (v. gr. Clinton, 2011).
La pregunta lógica es, entonces, ¿qué hacer con Rusia? En la Casa Blanca tienen claro (es lógico que así sea) que enfrentarse a la vez a Rusia y China sería un suicidio. Entonces, la opción más fácil, pacífica y barata sería aprovechar las rencillas fronterizas existentes entre Rusia y China, para ir atrayendo a la primera al redil occidental. Estas rencillas datan de mediados del siglo XIX y afectan a la frontera siberiana. No se trata solo (aunque también, por supuesto) de una cuestión simbólica. Hay en juego muchos recursos naturales. Ahora bien, la opción finalmente seguida es aplicar la estrategia del bloodletting, aprovechando para ello la guerra de Ucrania: desgastar a Rusia política, diplomática, económica y militarmente, mediante un proxy (en este caso, Ucrania), hasta anularla.
Idealmente, esto significaría que EE. UU. solo tendría que preocuparse de China. Sin embargo, la ampliación de la OTAN hacia el Este, el trabajo desarrollado por la OCS y BRICS durante más de 20 años, e incluso el mismo temor chino a un cara a cara con EE. UU. han generado un efecto contrario al perseguido. La relación actual entre Moscú y Pekín está como en sus mejores tiempos; China apoya económicamente a Rusia, y Rusia se ha arrojado, por ende, a los brazos de China.
Craso error, por parte de la Casa Blanca. En realidad, si su interés estriba en frenar, ralentizar, o incluso anular, la capacidad de proyección naval china, allende los mares, lo pertinente era convertir a Rusia en aliada. Lo afirmo, porque eso, de hecho, ya se ha dado antes:
“Cuando, a mediados del siglo XV, la estrategia de la dinastía Ming falló en su intento de asegurar su frontera Norte, el imperio fue obligado a retirarse del mar, dejando un vacío que fue ocupado por los piratas europeos, China comenzó su declive en los siglos XVI y XVII, en particular respecto a los Estados europeos, que rápidamente se expandieron a lo largo de las rutas marítimas asiáticas” (Grygiel, 2006: 124).
Simplemente, los rusos, desde Siberia, podrían haber jugado el papel de los mongoles hace unos siglos. Pero, para vislumbrar esa línea de trabajo, hay que saber de historia. Aunque solo sea un poco. Claramente, China tiene una gran estrategia provechosa. EE. UU., a tenor de lo visto, o no la tiene, o viene dando pasos en falso en el momento de ejecutarla.
Conclusiones
Ha llegado el momento de responder a la pregunta que daba título a este análisis. Todavía podemos distinguir dos niveles: el teórico y el empírico. En cuanto al primero, parece evidente que China tiene un proyecto; que se plantea a muchos años vista; que es de Estado (no es muy relevante quién gobierne, en cada momento); que su escala no es meramente regional, sino planetaria; y que esa trayectoria es compatible con la que han seguido, en otros momentos de la historia, por otras potencias en ascenso. También podemos afirmar que, llegados al momento actual, China ya está dotando a ese proyecto de una dimensión militar, como corolario a la tarea previamente desarrollada en el plano económico o en el diplomático. En ese sentido, todas las piezas encajan en el puzle.
En el plano empírico, la tarea aún no ha culminado. No es que haya ninguna contradicción flagrante con el plano teórico. Sin embargo, siempre queda la duda de si los problemas internos del gigante asiático podrán ser sorteados, o de si, por el contrario, terminarán siendo un lastre para el país. En todo caso, me inclino a pensar que China tendrá éxito. Es un tema de probabilidades. La fortaleza de la producción industrial china así lo atestigua. Además, son tantos los mercados a los que se ha abierto en las últimas tres décadas, que hipotéticas dificultades en su mercado interior (no descartables), siempre podrían ser cubiertas externalizando el problema. ¿Suena raro? Imposible. Porque eso es, exactamente, lo que hicieron las viejas potencias coloniales en su fase imperialista, tras la gran crisis económica (de sobreproducción, como la que pudiera amenazar a China, en el peor de los escenarios para ellos) habida en los años 70 del siglo XIX.
Podemos quedarnos, si el lector lo prefiere, con el beneficio de la duda. Pero eso acaba siendo poco más que una cláusula de estilo. Cual equipo que, en una liga, espera una metedura de pata del rival, para ganar la competición. Entonces, opiniones al margen, todo parece indicar que el dragón ha despertado, en efecto, como muchos temían. Su hibernación ha sido dilatada (máxime tras la gran crisis iniciada a mediados del siglo XIX y que se prolongó durante algo más de un siglo). Pero, notoriamente, ya ha terminado y ahora China se apresta a jugar sus cartas, como poco, a modo de polo de poder alternativo a EE. UU.
Su lengua es la más hablada del mundo (por encima del inglés), EE. UU. “importa” ingenieros chinos (también indios, ciertamente) ante la falta de capital humano local. En cambio, tanto Trump como Biden (pero también el segundo) son proteccionistas, sobre todo frente al producto chino. Eso es sabido. Lo que hay qu reflexionar es la razón de ello: falta de competitividad del producto fabricado en EE. UU. Como poco, decíamos al final del párrafo anterior, China ha logrado que el mundo ya no sea unipolar, aunque llegó a serlo, a finales del siglo XX. Ahora bien, más allá de eso, en su caso, China se postula como aspirante a la hegemonía mundial, liderando lo que ahora se da en llamar “Sur Global”, a partir de un pulso que sus competidores occidentales, hipotecados por sus propios problemas, ya no son capaces de sostener con la misma eficacia que años atrás.
No es raro, ni puede extrañar a nadie que EE. UU. haya girado hacia Asia. Esto no hace más que reforzar nuestro diagnóstico. Que la jugada le salga bien (a EE. UU) ya es harina de otro costal.
Bibliografía
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[1] El caso de la República Dominicana se dilata todavía más en el tiempo. Tras un interludio en el que regresó a la soberanía española, tras su independencia inicial (1861-1865) fue ocupada militarmente por EE. UU, entre 1916 y 1924.
[2] Es interesante tomar nota de que Perú ya exporta más minerales a China que a EE. UU.
[3] Se da el caso de que Venezuela, en 2003, importó 22 millones de pares de zapatos chinos… para un total de 24 millones de venezolanos.
[4] Unidad de medida que remite a los contenedores normalizados para el transporte de mercancías, en buques y ferrocarriles.
[5] Para Huntington, el budismo no alcanza un estatus civilizacional. Sin embargo, sí contribuye a erosionar la díada han-confuciana.
[6] Lo extractivo hace referencia a políticas y economías cerradas en beneficio de una elite. Mientras que la inclusividad, para Acemoglu y Robinson, remite a lógicas más abiertas, participativas, que apelan a los individuos y su posibilidad de acceder al poder, o de montar una empresa, o de hacerse con una patente… y beneficiarse de ella.
Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

