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La crisis de Libia: los actores y los dilemas de seguridad

Global Strategy Report 17/2020

Resumen: Para desarrollar un buen diagnóstico de cualquier conflicto es necesario analizar el papel de los actores internacionales que inciden en él. Comenzando por los Estados, ya sean potencias regionales, o mundiales. Pero eso no debe eclipsar la necesidad de analizar el papel de los principales cleavages internos, normalmente relacionados con pugnas por el poder, en ocasiones ancestrales, otras veces sobrevenidas, que suelen ser la principal variable explicativa de dichos conflictos, y que suelen actuar como combustible para su propagación. La aplicación de este enfoque a Libia preside el siguiente Report.

De Gadafi a la era postgadafista

Con 4.300 kms de frontera terrestre y un gran balcón abierto al mediterráneo central, deudora del Sáhara por el este y por el sur, Libia cuenta con una de las principales reservas de petróleo del mundo (las más importantes de África), estando asimismo dotada de reservas significativas de gas natural -las cuartas del Continente, si hablamos de gas natural convencional- todo ello pese a que buena parte de su subsuelo todavía está inexplorado (Escribano, 2014). Además, cuenta con importantes depósitos de aguas freáticas -los acuíferos subterráneos de las piedras areniscas de Nubia- que, gracias al Gran Río Artificial, construido por Gadafi, suministran agua potable tanto a Trípoli como a Bengasi, permitiendo con ello mejorar las condiciones de cultivo en las proximidades de ambos núcleos urbanos. Sin embargo, Libia cuenta con apenas 6 millones de habitantes, concentrados en su inmensa mayoría en las ciudades de la costa.

Actualmente Libia es un Estado fallido. O dos… que además están en guerra entre sí. Técnicamente, en guerra civil, ya que ambas tienen en su horizonte el ejercicio del poder sobre la totalidad del territorio, sin perjuicio de ocasionales veleidades independentistas del Oeste de Libia, por el momento poco extendidas. Antes de que todo esto ocurriera, Libia fue un Estado dirigido por una de las dictaduras más férreas de África y, por extensión, del mundo. Su conductor, Gadafi, protagonizó en 1969, junto a un reducto de jóvenes oficiales, un golpe de Estado. Golpe que lo llevó a estar 42 años en el poder. O 38, si nos limitamos a contabilizar su período de gobierno en solitario, después de la vuelta de tuerca que él mismo dio en 1973. Gadafi ha sido, por lo demás, uno de los autócratas más poliédricos y difíciles de definir de las últimas décadas.

Lo que tuvo en común con otros dictadores es el empecinamiento en definir su sistema político como especialmente democrático. Un clásico donde los haya (pensemos en el nombre oficial de Corea del Norte: República Popular Democrática de Corea… ¿quién da más?). Dime de lo que alardeas, y te diré de lo que careces, reza el dicho. En su caso, Gadafi lo hizo aludiendo a la noción de Jamahiriya, lexema muy suyo, que alude al concepto de igualdad, y que se podría traducir como sociedad o democracia de masas. Lo importante para él era huir de las democracias representativas, liberales o, como suele decirse en plan más despectivo, partitocráticas, que son las usuales en el mundo occidental. Probablemente, pues, lo que quería es huir del mundo occidental.

Esa filosofía se recoge, en esencia, en el Libro Verde (1976), un texto en el que Gadafi explora una vía intermedia entre el comunismo y el capitalismo, asentada sobre una democracia participativa o directa. De hecho, Gadafi marcó distancias con el discurso oficial de la URSS, así como con la defensa del libre mercado, emblemática de los Estados Unidos. Nacionalizó la Banca y la mayor parte de las grandes empresas, generando mecanismos redistributivos en beneficio de los más desfavorecidos entre su propia población, pero sin renunciar a la propiedad privada. Todo ello, por supuesto, mientras iba exterminando a su oposición política interna, mediante purgas y con mano de hierro.

Gadafi también marcó distancias, por cierto, con los Hermanos Musulmanes… que ya tenían cierto currículum y algún mártir en el vecino Egipto (Qutb fue sentenciado a muerte y ejecutado en 1966). Con todo, Gadafi era igual de duro con el ateísmo, buscando soporte en el Islam, aunque en un contexto más cesaropapista que teocrático. De hecho, creo que estamos ante uno de los casos más extremos de cesaropapismo, en tanto en cuanto el propio Gadafi se erigió a sí mismo como intérprete supremo del Corán, prescindiendo de ulemas y de escuelas, no escasas en el mundo sunita al que teóricamente se adscribía. En fin, ese había sido el modelo explicitado por Hobbes en el Leviatán, de acuerdo con el cual, la tarea de los gobernantes (puesto que no está hablando de los hombres de fe) consiste en “hacer creer a los súbditos que las cosas prohibidas por las leyes también son desagradables para los dioses” (Hobbes, 1992: 94).

El proyecto de Gadafi era, en todo caso, profundamente nacionalista. Cuestión ni fácil, ni obvia. En parte, porque en Libia las tribus siguen siendo actores relevantes. En parte, también, debido a que dentro de Libia hay -ha habido siempre- varias libias: Tripolitania, Cirenaica, la zona del Fezán y la de Kufra (aunque Kufra suele ser tomado como parte de Cirenaica, pronto comprobaremos que constituye una realidad diferenciada), entre otros territorios (y actores) con trayectorias no siempre coincidentes y, en ocasiones, abiertamente disidentes. Iremos hablando de ello. En ese contexto el recurso al Islam era más un indispensable cemento social que el fruto de una gran devoción. En ese sentido, su régimen se acercó a la lógica Ba´az, aunque nominalmente estuvo en contra de la misma, precisamente para marcar más su propio estilo y su idea de independencia real frente a los grandes poderes (no olvidemos la cercanía de Moscú con los Estados que lideraron el movimiento baasista). Además, el Ba´az implicaba unos niveles de secularización que a Gadafi no le convenían. La suma de todas estas características, políticas, económicas y de instrumentalización política de la religión, ha propiciado que algunos teóricos del fascismo hayan ubicado al régimen de Gadafi entre los mejores candidatos para entrar en el club de los regímenes nutridos por esa ideología (v. gr. Payne, 1995: 443).

Entre sus logros, quizá el más relevante haya sido que Libia llegó a figurar, en tiempos de Gadafi, como el Estado con mayor renta per cápita de toda África. Fue en 2010, justo antes del estallido de la violencia en Libia. Una prueba más, por otro lado, de que las revoluciones no las hacen los que se mueren de hambre (tienen cosas más importantes de las que preocuparse). Dato que, unido al tipo de régimen diseñado por su líder, garantizaba que la célebre metáfora de los dos pollos en el país de dos habitantes quedara bastante atenuada en el caso que nos ocupa.

Entre sus fracasos, además de su crónica incapacidad para asumir los derechos civiles y políticos más básicos (Gadafi podía flirtear con la democracia, pero no con el liberalismo, que estaba en sus antípodas) cabe destacar su apoyo al terrorismo internacional, no solo, ni principalmente, islámico (ETA, IRA, las FARC) con el atentado de Lockerbie como punto culminante de su impopularidad (1988). Otro episodio, menos divulgado, pero también relevante, fue el apoyo prestado por Gadafi, tanto económico como militar, a algunos de los líderes africanos de más dudosa reputación (Amín Dada, entre ellos).

A pesar de su currículum, la última etapa de Gadafi en el poder fue relativamente plácida, tras renunciar a su programa de fabricación de armas de destrucción masiva (2003) y permitir el regreso a Libia de algunas multinacionales estadounidenses, del peso de Exxon (2005-2006) que todavía tuvo tiempo de firmar varios contratos con la empresa estatal libia del ramo (Zoubir, 2006: 8). Todo lo cual no fue suficiente para evitar que el régimen de Gadafi fuera arrastrado por la ola de Primaveras Árabes que recorrió el Magreb y penetró en el Próximo Oriente, con la consabida complicidad de varias potencias occidentales. En el caso libio, sobre todo europeas.

En definitiva, muchos oscuros y algunos claros (suelen pasar… ambas cosas), pero con una capacidad realmente impresionante para hacer enemigos por doquier. Eso contribuye a explicar el abrupto final de su régimen. E incluso el personal de Gadafi. Pero otras son las cosas que contribuyen a explicar el presente, todavía más convulso, si cabe (al menos a nivel interno).

Efectivamente, en 2011, Gadafi fue derrocado, capturado y linchado in situ. Su régimen fue desmantelado, y un gobierno más democrático que el suyo se estableció en Trípoli, contando con el apoyo de buena parte de la sociedad internacional y de las propias Naciones Unidas, pero también con una fuerte contestación interna. La zona del golfo de Sirte -y buena parte de Cirenaica- se convirtió, ipso facto, en un hervidero de terroristas islamistas. Mientras que, en Tobruk, más cerca de la frontera egipcia, se articulaba una oposición que desde el primer día prometía poner las cosas complicadas al gobierno de Trípoli. Como así está siendo.

Lo que cabe plantearse es, por una parte, ¿qué hay detrás de todo ello? Y, por otra parte, ¿cuál es el estado actual de la cuestión?

La complejidad interna Libia

Para comprender la Libia de hoy hay que remontarse a la invasión árabe del siglo VII. En Libia, como en el resto del Magreb (y parte del Sahel), la población autóctona era bereber, hablaba (t)amazigh en alguno de sus diversos dialectos, y había sido parcialmente cristianizada. Su organización era tribal, con solo esporádicos contactos entre las gentes que vivían, pero apenas convivían, en tan amplio espacio, derivados del comercio nómada y seminómada típico de la época.

Los invasores traían bajo el brazo el Corán, la lengua árabe y un ánimo unificador de esos territorios bajo la égida de la Umma. Pero no fueron recibidos por igual en Cirenaica y en Tripolitania. En el primero de esos territorios, fueron acogidos con los brazos abiertos. Las principales tribus invasoras se hicieron con el poder y se aprestaron a iniciar la obra de “arabización de los bereberes” que ha presidido hasta la fecha la política de los Estados herederos de ese designio histórico en todo el Magreb. Ese proceso fue acelerado un tiempo después, a partir del asentamiento en Libia de los descendientes de las tribus Beni Suleim y Beni Hilal. Corría por entonces el siglo XI. Se trata de tribus de profundas raíces árabes, aunque en las décadas anteriores a su llegada a Libia, habían hecho una parada técnica en Egipto. Justo hasta que, desde el país del Nilo, el Califa de El Cairo las enviara expresamente a Libia para culminar, armas en mano, la labor de arabización iniciada a través del impulso inicial del siglo VII (Messana, 1979: 8).  

En Sirte -esa tierra de nadie entre los dos núcleos principales de la vida política Libia- la arabización fue más lenta que en la zona de Bengasi, pero también tuvo éxito. Una de las principales tribus locales afectadas por ese proceso era la Qadafa… (¿les suena a algo ese nombre?). Sus descendientes han hecho gala de la típica fe del converso, renegando de sus orígenes, para pasar a perseguir implacablemente las aspiraciones bereberes remanentes.

En Tripolitania, en fin, la arabización nunca fue completa. No es un fenómeno tan raro. Al fin y al cabo, algo similar sucede en las montañas del Atlas marroquí, o -incluso con mayor intensidad y beligerancia- en la Cabilia argelina. Algunas ciudades, como Misrata, contienen, todavía hoy, importantes reductos bereberes. Mientras que las tribus más importantes de la zona (la Warfalla, con capital en Beni Wallid, en Tripolitania, aunque sus miembros alcanzan hasta Bengasi; o la muy urbanita Warshefana) han sufrido procesos de arabización notales, pero incapaces de borrar por completo la herencia bereber.

Las cosas no son más fáciles en las zonas desérticas del sur. En Fezán, la tribu dominante es la Magharha, de origen árabe, aunque convive con otras, similares, como la Awlad Suleiman, que controla el enclave de Sabha de cuya importancia daremos cuenta en otros epígrafes de este análisis. Pero se trata de una zona de tradicional penetración tuareg, es decir, bereber. Los árabes, antaño beduinos, ahora dominan los escasos núcleos de población sedentaria de la zona. Mientras que los bereberes son los más avezados en el aprovechamiento de las rutas del desierto (las rutas de las viejas caravanas), incluyendo un excelente conocimiento de los pozos de agua potable que jalonan el trayecto. Trayecto por el que discurren -ayer como hoy- tráficos más o menos (i)lícitos (Echeverría, 2016: 7). Por cierto, que, en medio de la confusión, la región de Fezán proclamó unilateralmente un nuevo régimen de autonomía ampliada con relación a Trípoli. Pero el gobierno libio no está en condiciones de negociar nada, y ya no digamos de frenar ese tipo de iniciativas.

Por su parte, en la vasta región de Kufra, especialmente rica en petróleo, pero no exenta de otros recursos económicamente relevantes (como delatan sus minas de oro, ubicadas cerca de la frontera chadiana), quienes campan a sus anchas, armas en mano (aunque decir eso en Libia es un tanto pleonástico), son los Tubu. Se trata de un elenco de tribus integradas por negros seminómadas procedentes de Chad, de Sudán y del norte de Níger, aunque se dice que su árbol genealógico se remonta hasta Etiopía. Su epicentro sociohistórico se halla en los montes Tibesti. Animistas coránicamente sincretizados, hablan su propia lengua (tebu) y tienen entre poco y nada que ver con el resto de las tribus, ya sean árabes o bereberes, dispersas por el resto de Libia.

La política de los territorios que hoy conforman Libia es, ha sido, y seguirá siendo -al menos a corto y medio plazo- el resultado de una negociación entre los líderes de estas tribus. Lo cual no es ningún alivio, dadas las rencillas acumuladas a lo largo del tiempo. Por ejemplo, hablando de los tubu, ha habido enfrentamientos sangrientos con los tuaregs, en oasis como el de Oubari (en 2016) que dejaron docenas de muertos. Los tubu también se han enfrentado a las tribus árabes en la ciudadela de Sabha, perdida en lo más profundo del desierto libio, y centro neurálgico del tráfico de seres humanos procedente de Argelia. Algunas de esas tribus árabes prometieron vasallaje a la tribu de los Qadafa, cuando gobernaba Gadafi. Una lógica aplastante. Pero, en buena lógica feudal, eso complica más las relaciones entre los tubu y los libios del litoral.

Sin embargo, el elevado número de muertos generado por este tipo de enfrentamientos a lo largo de los últimos años, intensificado en los primeros meses de 2018, conllevó que los tubu firmaran en mayo de ese mismo año una suerte de “tratado de paz” con dichas tribus árabes. E incluso una especie de “acuerdo comercial” con los tuaregs. Esos arreglos suenan más a las componendas usuales entre bandas rivales del crimen organizado, dando idea de su volatilidad. Si bien lo cierto es que, de esta manera y por el momento, todos los implicados puedan sacar provecho del lucrativo tráfico de seres humanos (además del colateral comercio de armas), mediante una estrategia win-win que, probablemente, operará mientras se mantenga el flujo actual de inmigrantes subsaharianos. Veremos lo que ocurre cuando llegue la escasez. Lo que se viene produciendo a día de hoy, como dinámica estándar, es que los tuaregs conducen ese tráfico a través del desierto de Argelia, penetran en el libio y de esta guisa llegan hasta Sabha, de manera que, una vez allí, los árabes y los tubus se reparten la labor de trasladar a dichos inmigrantes hacia el norte de Libia.

Por otro lado, aunque aquí no podemos exponer las características de esas relaciones inter tribales con más detalle, sí que conviene tener en cuenta que varias de esas tribus contienen clanes que no siempre se alinean entre sí. Por ejemplo, la tribu Warfalla, que integra a un millón de libios (es, con diferencia, la más numerosa) se fragmentó durante la guerra de 2011, de modo que sus elites -más arabizadas- apoyaron a Gadafi, pero sus bases se enfrentaron al dictador. Reconstruir un jarrón chino, una vez roto, debe ser algo más fácil que construir una nación -o algo que se le parezca- en escenarios como el libio. Pero en medio de la maleza podemos hallar algunas claves para mejor comprender lo que sucede en ese país. Que no es poco. Veamos algunos ejemplos, cercanos a nuestros días, del más alto nivel.

El reparto de poder en Libia

En la historia reciente, la invasión italiana encumbró a la fama a un clan de los últimos que se asentaron en territorio libio, los Senussi. Ni ha aparecido hasta ahora por la sencilla razón de que aparece en suelo libio en tiempos muy recientes, cuando las tribus citadas en el epígrafe anterior ya estaban asentadas. Su fundador era un argelino, nacido a finales del siglo XVIII, que viajó a La Meca y, desde allí, a mediados del siglo XIX, organizó un poderoso movimiento islámico anticolonial, que dio sus frutos desde principios del siglo XX. Fueron ellos quienes llevaron el peso (y se llevaron la fama) de la lucha contra los italianos. Por ese motivo, tras la independencia de Libia, las potencias occidentales apoyaron a Idris, perteneciente a ese clan, como nuevo rey de Libia. Pero Idris gobernó de consuno con los intereses de las tribus árabes cirenaicas que ya llevaban 1.000 años en esas tierras. Parece inteligente. De hecho, el talante aristocrático de los herederos de los Beni Suleim y de los Beni Hilal casaba a la perfección con Idris que, de facto, se convirtió en su mejor valedor, hasta el punto de que los intereses de los unos y los otros podían confundirse.

Así que, cuando Gadafi se hizo con el poder a partir de 1969, echando de mala manera a Idris, la imagen dominante en Cirenaica era la de un miembro de una tribu plebeya, pobre, periférica y alejada de todo pedigrí árabe (la Qadafa), que no era ni de Tripolitania, ni de Cirenaica (aunque, técnicamente, forma parte de la primera, lo cual es casi peor a ojos de los árabes del Este de Libia), expulsando al prestigioso hijo adoptivo de las más prestigiosas tribus con denominación de origen árabe de toda la zona. Eso sí, Gadafi, que era plenamente consciente de esa situación, se apresuró a casarse con una adolescente de apenas 14 años, perteneciente al clan Senussi. Un matrimonio de Estado, que contenía toda una declaración de intenciones. Pero que, pese a todo, lo mantenía alejado del establishment de los Beni.

En realidad, Gadafi nunca fue un político del gusto de las tribus de Cirenaica. Acomplejado, siempre gobernó pensando en clave tripolitana. Eso le mereció el apoyo de los Warshefana, que son la tribu dominante en el interior de Trípoli capital. Apoyo que se mantuvo incluso en los peores momentos de la guerra de 2011 (fue tan sólido que estuvo al nivel del prestado al dictador por los propios Qadafa). También contó con el de las elites Warfalla, desplegadas en buena medida en la miríada de pequeñas localidades rurales de los alrededores de la capital, que fueron igual de favorecidas por las políticas económicas de Gadafi. Asimismo, trabó una buena relación con los árabes de Fezán, proporcional, todo ello, a la mala relación que mantenía con los bereberes de Misrata y del propio Fezán. Efectivamente, aunque tuvo alguna unidad tuareg en sus FFAA, nunca les concedió la nacionalidad libia prometida, ni les reconoció ningún derecho lingüístico, cosa que contribuyó a crispar las relaciones mutuas (Gutiérrez de Terán, 2013: 194). Como ya se ha comentado, la fragmentación de los Warfalla también conspiró contra el líder libio. Así que, parafraseando a aquél, podría decirse que la historia de la sociedad (árabe) es la historia de la lucha de… clanes.

La caída de Gadafi fue, en buena medida, el producto de esa ecuación, ya que muchos vieron en las primaveras árabes (que apenas se entendían en clave interna) una ventana de oportunidad para conseguir otras cosas (que solamente se entendían en clave interna). Sin embargo… las tribus de Cirenaica no lograron hacerse con el poder del Estado. Solo se hicieron con el control de Tobruk. Un premio demasiado pequeño para tanto avatar: la vuelta a la situación privilegiada ostentada antes de 1969 tuvo que aplazarse.

En efecto, el gobierno de Trípoli quería acabar con el gadafismo, pero no a costa de perder la centralidad alcanzada gracias a Gadafi (este tipo de paradojas son muy usuales en política). Sus principales adalides, además, estaban -y están- cerca de los Hermanos Musulmanes. Esos a quienes Gadafi tenía en tan poca estima (otra “casualidad”, supongo). Mientras que los nuevos inquilinos del díscolo gobierno de Tobruk optaron por acercarse a Egipto, tan pronto como Al Sisi se hizo con el poder, en el verano de 2013, precisamente tras expulsar del mismo a Mursi, apoyado también por la Cofradía.

De esta manera, a la tradicional complejidad derivada de la pugna entre tribus y clanes, se le une (o se le superpone) la disputa dentro del islam sunita (tantas veces eclipsada por la más manida disputa entre sunitas y chiitas) que tiene como nuevos protagonistas a los Hermanos Musulmanes. Ésos, que tantos éxitos están cosechando en Marruecos (Justicia y Desarrollo es el partido más votado), Túnez (Enhada gobierna), que suben enteros en Argelia contra el emporio del FLN, y que en el propio Egipto han llegado a gobernar en tiempos recientes, mientras siguen constituyendo la principal amenaza a ojos del régimen de Al Sisi. Ésos, que son apoyados por el máximo mandatario turco, Recep Tayyip Erdogan, cuyo partido también pende y depende de la Cofradía, incluso a riesgo de enfrentarse -también en Libia- a Rusia, más partidaria de jugar la carta de Tobruk, contra la opinión de la sociedad internacional, para no perder la costumbre (Baqués, 2020).

En esa tesitura, las leyes de la geopolítica se imponen sobre las internas, marcan su propia agenda y provocan que Turquía entre en liza a favor del gobierno de Trípoli, y que Al Sisi rememore la misma jugada que hizo el Califa de El Cairo, pero 1.000 años más tarde, contando para ello con el apoyo de Arabia Saudita. Mientras que el encargado de avanzar desde Cirenaica hasta Tripolitania, ahora como entonces, es un militar descendiente de esas mismas tribus árabes (concretamente, de la Beni Hilal) que en el siglo XI fueron enviadas desde la península arábiga, previo paso por Egipto, para poner orden en suelo líbico. Este personaje no es otro que Khalifa Haftar. Desarrollaré más su aportación en el siguiente epígrafe. Pero, antes de poder centrarnos en el análisis de la actual tesitura, conviene tener en cuenta que, en medio de la confusión, en la maltrecha Libia de los últimos años han surgido otros actores. Y es que ya sabemos que toda situación, por mal que esté, es siempre susceptible de empeorar.

Se trata de la proliferación del yihadismo. Es un buen momento para introducir esta variable, ya que esto también forma parte de esa disputa intra sunita a la que hacía alusión hace un par de párrafos. Como ha sucedido en otros escenarios, el surgimiento, o el resurgimiento, de estos terroristas, ha acontecido al albur de la debilidad del Estado. Como los virus que se ceban sobre los cuerpos más deteriorados.

Estos terroristas dieron sus primeras señales de vida en Derna. La zona de Sirte, esa tierra de nadie, entre Tripolitania y Cirenaica, ha sido su mejor bastión. Diversas células cuya conexión real con Al Qaeda y el DAESH es muy discutible, se vienen esforzando en jurar lealtad a alguno de esos grupos (Arteaga, 2015). Quien viaje por esas latitudes -ejercicio complicado, a fuer de poco recomendable- comprobará que las huestes del DAESH tienen sus propios controles de carretera, mientras que los atentados se reproducen hasta alcanzar Bengasi. AQMI también está presente. Porque AQMI hace años que se mueve por la región del Fezán, desde la que Belmokhtar lanzó su ataque contra la central gasística de Tiguentourine, en Argelia (Echeverría, 2016: 11). Precisamente, este ataque ha sido inspirador de otros posteriores ya en suelo libio, aunque realizados en do menor, como el producido a principios de 2016 contra la planta de Ras Lanuf. Tampoco han sido extraños los enfrentamientos cruzados entre los propios yihadistas, que se ha yuxtapuesto a la presión a la que han sido sometidos, ocasionalmente, por parte de los dos actores libios con aspiraciones estatales.

Su presencia en Libia, ya no es ninguna novedad. Incluso podría decirse que el mejor momento del yihadismo en esas latitudes ya ha pasado. Ese momento coincidió con el asalto al consulado de los Estados Unidos en la ciudad más importante de Cirenaica, el 11 de septiembre (fecha simbólica) de 2012, con cuatro estadounidenses fallecidos, incluido el embajador en Libia. Esos hechos han sido recreados en una película de reciente factura: 13 horas. Los soldados secretos de Bengasi.

En todo caso, es un problema que está lejos de resolverse. Porque, aunque tanto el gobierno de Trípoli, como el de Tobruk, están lejos de aceptar la renovada influencia de los salafistas en el centro de Libia, su mutuo enfrentamiento sigue siendo aprovechado por éstos, conllevando que en esas tierras el fenómeno yihadista sea realmente duro a morire. Mientras que las instituciones de Trípoli tampoco dan más de sí, pese a la celebración de elecciones que trataban de añadir una pátina de legitimidad adicional al nuevo régimen. En las primeras, de 2012, participó un 63% del censo, dato nada espectacular, pero aceptable, y se repartieron escaños entre un total de 21 partidos (sic). Pero la participación se ha reducido sensiblemente desde entonces. Y no hubo que esperar mucho para darse cuenta de ello. Por ejemplo, una vez diluida la ilusión inicial, en las elecciones las constituyentes de febrero de 2014, antes de que se recrudeciera la violencia interna, solo votó el 14% de la población con derecho a hacerlo (Martínez, 2014: 1).

En definitiva, la reproducción de conflictos intestinos entre tribus y clanes, por una parte, a los que se añaden disputas de más altos vuelos (transnacionales, de hecho) de esos que devoran por dentro a las sociedades musulmanas, convenientemente aderezados con las injerencias de diversas potencias regionales (como Turquía y Egipto), o extrarregionales (como Arabia Saudita y Rusia) constituyen los ingredientes que, debidamente sazonados por la guerra civil que enfrenta a Trípoli con Tobruk, configuran un menú ciertamente envenenado.

Los efectos de la irrupción de Haftar

La trayectoria de Haftar tampoco se explica sin Gadafi. Siendo uno de sus principales hombres de confianza, lideró sin éxito un contingente de tropas libias en el conflicto con el Chad (1978-1987). Haftar cayó prisionero, junto con centenares de sus hombres, de manera que Gadafi renegó públicamente de él. Tras pasar un tiempo en la cárcel, Haftar se exilió a los Estados Unidos para evitar males mayores. En esa tesitura, la CIA trató de aprovecharlo para su propia causa, fijando su residencia en las proximidades de Fort Langley, sede de la organización. Y Haftar, por supuesto, se dejó querer. Durante unos 20 años vivió cómodamente en ese retiro forzado. Pero en 2011 volvió a Libia, con Gadafi todavía vivo, como si de un nuevo MacArthur se tratara. Lo hizo desde Egipto, sin contacto previo, ni siquiera, con los rebeldes de Tobruk, que en esos momentos a duras penas esbozaban lo que han llegado a ser en nuestros días.

Quizá lo hizo como pago a los servicios prestados por los Estados Unidos; quizá como medio para consolidar su liderazgo en la región cirenaica (al principio, Haftar fue muy discutido desde el propio “parlamento” de Tobruk); quizá como primera parte de su propia estrategia de conquista de Trípoli, y probablemente por el sumatorio de las tres cosas, Haftar lanzó una primera gran ofensiva en 2014, conocida como Operación Dignidad. En ese marco atacó las posiciones yihadistas de Bengasi, acabando con la vida de, al menos, 70 de sus milicianos, en lo que pudo leerse -si se quiere- como la “venganza” de los Estados Unidos contra el ataque a su consulado, ya relatado y filmografiado. Haftar orquestó, incluso, un primer aviso contra el “parlamento” de Trípoli, delatador de futuras intenciones. Fue el bautismo de fuego de su ejército, conocido como LNA (Ejército Nacional Libio) que, en puridad de conceptos, está a caballo entre un auténtico ejército nacional y las huestes de un señor de la guerra. Pero fue, también, el signo inequívoco de que se había iniciado lo que se conoce como 2ª guerra civil libia, todavía no finalizada.

Haftar se presenta a sí mismo como un líder nacionalista libio, heredero extemporáneo de la tradición baasista, teóricamente democrático (tan democrático como el resto de baasistas, cabe deducir), potencialmente secularizador, y hay quien comenta que incluso laico, mientras que suele ser visto por sus rivales tripolitanos como un contrarrevolucionario que, pese a sus notorias diferencias sobrevenidas con Gadafi, en el fondo solamente pretende actualizar el viejo proyecto político (Amirah, 2015). En realidad, Haftar pretende establecer un Estado fuerte en el que las tribus Cirenaicas recuperen el brío perdido tras la caída de Idris. Lo cual es muy patriótico, al menos en el sentido de que permite pensar en una Libia unida, cortando de raíz cualquier manifestación separatista cirenaica. Eso se parece algo a lo que hizo Gadafi, aunque, como puede apreciarse, no se parece en todo.

Sea como fuere, su ofensiva se ha acelerado en los últimos años, sitiando Derna (2018) y rodeando la propia Trípoli (situación actual). Se ha enfrentado en diversas ocasiones, con éxito, a los yihadistas. Y, en el ínterin, Haftar ha accedido al control de la mayor parte de los pozos petrolíferos libios, ubicados en Kufra, así como de algunos de los puertos más importantes del país (Bengasi y Tobruk, sobre todo). Lo cual ha favorecido que la tribu de los Tubu se alinee con él, ya que los unos y los otros pueden hacer buenos negocios juntos y, sobre todo, porque no los pueden hacer por separado. Pero eso no hace sino incrementar la sensación de pérdida de control del gobierno de los Hermanos Musulmanes. Sensación, por lo demás, adecuada a la realidad.

Siendo como es un buen conocedor de los bastidores libios, para afianzar su cerco Haftar también ha llegado a acuerdos con los sectores descontentos de la tribu Warfalla. Los mismos que dieron su espalda a Gadafi, pero que no han quedado satisfechos con el cambio de liderazgo al que contribuyeron decisivamente en 2011. Contar con los Warfalla es contar con buena parte de los accesos a Trípoli, pudiéndola asfixiar económica, política, y militarmente. El cerco ya estaba virtualmente consumado en la primavera de 2019, mientras que en la actualidad se combate en las pequeñas localidades que integran el cinturón agrícola que rodea Trípoli (Ar-Rambla, Ain-Zara, Ras Hasan, Al Hadaba, Al Jalatat o Ben Gashir, entre otras) y algunas ciudades próximas a la capital, como Misrata, van cambiando de manos. Asimismo, la artillería del ejército de Haftar ya se deja sentir en el interior de la gran ciudad, afectando incluso al aeropuerto de Matiga. Un escenario que recuerda al vivido pocas semanas antes de la caída de Gadafi.

Entre las huestes de Haftar se hallan libios de Cirenaica, pero también mercenarios chadianos (probablemente tubus, algunos de los cuales tan libios como sus críticos y no más mercenarios que ellos), egipcios y rusos, éstos del Grupo Wagner que, a decir de los principales expertos, es un tentáculo más del gobierno de Moscú (Sutyagin y Bronk, 2017: 116). De hecho, parece que Rusia está jugando sus cartas en Libia, dentro de una política de mayor envergadura, de penetración (pacífica, industrial y comercial) en toda el área del Magreb. Mientras que parte del material pesado puesto a disposición del LNA (incluyendo vehículos blindados) procede de los arsenales de los Emiratos Árabes Unidos que, como casi siempre, actúan por delegación de Arabia Saudita. Mientras tanto, los Estados Unidos juegan un papel ambiguo, quedando en segundo plano, sin querer disgustar a la ONU… ni a Arabia Saudita. Al fin y al cabo, tiene otros frentes abiertos y la de Libia no fue “su” guerra.

En el lado del gobierno reconocido por la ONU (lo cual no es garantía de nada, claro) el apoyo turco al gobierno de Trípoli (conocido oficialmente como GNA: Gobierno de Acuerdo Nacional) constituye un buen balón de oxígeno, aunque de momento no se concrete en el envío de tropas regulares. Pero las presuntas FFAA del GNA no son más que otra amalgama de milicias y milicianos. No ha habido tiempo para mucho más, dadas las circunstancias. Ni capacidad. De manera que Erdogan y los Hermanos Musulmanes lo tienen bastante complicado.

Conclusiones

Libia es un país rico en recursos (incluso en agua potable), escasamente poblado que, con una adecuada gestión económica, podría convertirse en uno de los más avanzados de África, cosa que estaba en camino de ser, justo antes de las primaveras árabes. Sin embargo, Libia es, junto con Siria, el país que más está sufriendo los efectos colaterales de ese proceso, en buena medida exógeno a su propia sociedad.

La dictadura de Gadafi, desarrollista y con un tono social no desdeñable, no permitió que se desplegara una sociedad civil transversal, moderna y consciente no solamente de que existen derechos, sino de las mejores formas de adquirirlos y aprovecharlos. La falta de una cultura cívica fue a la vez efecto y causa de la retroalimentación de poso sociocultural preexistente, que remite a lógicas feudales, en ocasiones de un modo casi literal. Pero el estudio de caso de Libia no hace más que poner sobre la mesa un fenómeno que algunos también hemos identificado en otras latitudes (v. gr. en lo que a mi concierne, en Afganistán).

En ese sentido, el análisis de la geografía humana, tanto en su proyección histórica, como en su actualidad, es conveniente para comprender los entresijos de cualquier sociedad. Pero resulta perentorio en escenarios de crisis, real o potencial. Libia constituye un buen ejemplo de ello. Tratándose de una sociedad relativamente homogénea étnicamente hablando, una mirada más cercana pone de relieve la vigencia de añejas estructuras sociales de carácter tribal que vertebran su sociedad civil (incluso en zonas urbanas), diferenciando las aspiraciones de unos y otros, cuando no las enfrentan. El diagnóstico no es necesariamente pesimista. Esa situación ya venía dada. Lo importante es gestionarla. Y, para intentarlo, es imprescindible conocerla.

El debilitamiento de las instituciones estatales y las dinámicas fratricidas constituyen el mejor caldo de cultivo para la penetración de grupos terroristas, así como del crimen organizado económico. Libia constituye un ejempló arquetípico de esas dinámicas. Uno caso más. Pero esa constatación no está siendo un acicate suficiente para llegar a algún acuerdo entre los dos pseudo-Estados en liza. Ni tampoco lo está siendo para que los demás Estados implicados en la partida lleven a cabo una reflexión similar. Lo que pone de manifiesto que los imperativos geopolíticos pasan por encima de otras consideraciones. Una vez más.

La celebración de elecciones y la proliferación de partidos políticos no es la panacea cuando se trata de situaciones tan convulsas. Incluso puede ser contraproducente, en tanto en cuanto genera cierto efecto espejismo, eclipsando la realidad subyacente. La escasa participación, aunque muchas veces forzada por la falta de seguridad, delata problemas de legitimidad y tiene un efecto boomerang. Asimismo, las limitaciones de las principales organizaciones internacionales (ONU), incapaces de hacer algo más que advertencias y admoniciones a los auténticos protagonistas, quedan puestas de manifiesto en conflictos como el libio. Otra vez.

Pero las opciones dadas por las principales potencias, detentadoras de los medios adecuados para ofrecer soluciones más contundentes, responden a lógicas de realpolitik. Esa doctrina, tan denostada, pero tan necesaria para dotar de sentido a lo que ocurre. Como siempre. La relación entre esos actores estatales externos y sus proxies en el interior del escenario de conflicto es muy volátil. La trayectoria de Haftar es emblemática. El efecto atracción que tienen ciertos países, normalmente por sus recursos energéticos, propicia este tipo de planteamientos por parte de las grandes potencias, pero el margen de autonomía de esos proxies, unido a la capacidad de incidencia de los competidores geopolíticos de turno (que pueden reforzar esa autonomía, o hasta incentivarla) constituye una muestra de la fragilidad de esta política, tan al uso (Bin Laden, talibanes…) Otra más.

Referencias

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Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

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Josep Baqués

Josep Baqués es Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y Subdirector de Global Strategy

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