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La estrategia hegemónica de China y por qué no le será fácil convertirse en la primera potencia mundial

Global Strategy Report, 32/2020

Resumen: La posibilidad de que el crecimiento de China la conduzca a la posición de primera potencia mundial plantea un importante reto no solo al orden internacional sino, lo que es más importante, al modo en que entendemos las relaciones sociopolíticas en Occidente. La preocupación no surge del auge económico y tecnológico chino, sino de la posibilidad real de que una autocracia sea capaz de imponer su modelo socavando con ello los principios de democracia y derechos humanos. En cualquier caso, este ascenso no está exento de retos geopolíticos

Introducción

Nuevos desafíos están remodelando el orden internacional. La trasformación de China en gran potencia global es la evidencia más indiscutible de este axioma.

El fulgurante ascenso del coloso asiático hasta situarse como superpotencia significa una auténtica novedad histórica, después de cinco siglos de continuo dominio occidental. China fue el poder dominante en Asia oriental durante más de dos mil años, pero quedó subordinada a Occidente y Japón desde 1850. Ahora está recuperando el terreno históricamente perdido, reivindica su lugar e influencia en el mundo y rivaliza con Estados Unidos[i].

Lo que podemos llamar el “mundo chino” es un conjunto espacial que se extiende sobre cerca de 4.500 kilómetros de este a oeste y sobre 4000 kilómetros de norte a sur. Comprende la llamada China continental, es decir el actual territorio comunista de la República popular China, la República de China o Taiwán y numerosas comunidades chinas dispersas por todo el sureste asiático —Indochina, Indonesia y Singapur— con una importante población de chinos. El mundo chino está constituido por una masa de cerca de 1800 millones de habitantes que en un 90% pertenecen a una misma civilización, muy antigua y con un gran valor tecnológico, cultural y artístico[ii].

Entre 1977 y 1987, los dirigentes comunistas llevaron a cabo profundas reformas socioeconómicas. Sin dejar de mantener el monopolio político del Partido Comunista, China se orientó hacia una economía industrial de producción masiva que, con los años, la ha convertido en la “fabrica del mundo”. Todo ello con el beneplácito de las potencias occidentales que trasfirieron capital y tecnología.

Con el tiempo, China ha sufrido un avance tan extraordinario que su crecimiento ha sido considerado, no sin razón, de “milagro”. Según datos del Banco Mundial, en el año 2000 el país asiático era la sexta economía mundial –detrás de Estados Unidos, Japón, Alemania, Gran Bretaña y Francia– con un 12% del PIB de los EE. UU. En la actualidad, China es la segunda potencia económica del mundo con un 60 % del PIB de los Estados Unidos y casi dos veces y media el de Japón, país que ocupa el tercer lugar.

La posibilidad de que la ascensión de China, en las próximas décadas, la conduzca a la posición de primera potencia mundial, adelantando a Estados Unidos, plantea un importante reto no solo al orden internacional sino, lo que es más importante, al modo en que entendemos las relaciones sociopolíticas los occidentales. Lo que preocupa no es el auge económico y tecnológico chino, sino la posibilidad real de que una autocracia sea capaz de imponer su modelo socavando con ello nuestros principios de democracia y derechos humanos.

Este es el tema esencial del presente texto.

El objetivo estratégico chino

Cuando en 2013, Xi Jinping ocupó el cargo de líder supremo de la República Popular de China, esbozó su estrategia para cumplir el “sueño chino”: restaurar a su nación a la posición natural en el centro del mundo, con un nuevo confucianismo que valora el orden sobre la libertad, la ética sobre la ley y el gobierno de la élite sobre la democracia y los derechos humanos[iii].

Con ello, se apartaba las teorías universalistas de su antecesor, Hu Jintao, que promovían el ascenso de su país, pero como parte de un “mundo armonioso”[iv]. Se trataba de fomentar el dialogo entre las diferentes civilizaciones, un respeto de la multilateralidad y el orden internacional. Con ello, se aseguraba un puesto preeminente en el sistema internacional, al mismo tiempo que se garantizaba prosperidad y seguridad interna.

En octubre de 2017, el presidente chino, Xi Jinping, explicó ante los 2300 delegados del Partido Comunista, reunidos con motivo de su 19º Congreso, que el país estaba entrando en una “nueva era” y que “el camino, la teoría, el sistema y la cultura del socialismo con características chinas han seguido desarrollándose, abriendo un nuevo camino para que otros países en desarrollo logren la modernización[v]

La visión actual del presidente chino es que, después de siglos, China se encuentra en condiciones de promover sus intereses en el exterior y “situarse en el centro del mundo”. Sin embargo, es consciente de que el ascenso de su país no se va a realizar amistosamente. Sus antecesores pensaron que Occidente aceptaría un papel mucho más importante de China en el mundo, algo que ahora parece descartado. Además, Pekín se está dando cuenta de que un número creciente de occidentales creen que estamos entrando en un choque de civilizaciones. Por consiguiente, es hora de adoptar otro enfoque menos “armonioso”.

Escenarios de actuación

China necesita al mundo para sobrevivir. Sin los recursos que obtiene en todo el planeta, de una forma u otra, un país donde vive un sexto de la población mundial no puede sostenerse. Por consiguiente, ya que el autoaislamiento del pasado queda descartado, el escenario de actuación chino no puede ser otro que el global.

No obstante, al mismo tiempo que se produce su expansión por el mundo necesita garantizar su seguridad inmediata. Para ello, precisa que su territorio nacional se encuentre libre de amenazas y, también, disponer de un entorno lo mas amistoso posible en Asía-Pacifico.

El Pacífico asiático se ha convertido en una región de crucial importancia para el comercio y la economía global. Más de la mitad de la flota mercante mundial cruza los estrechos de Malaca, Sunda y Lombok, y en su mayor parte continúa su ruta hacia el norte por los Mares de China Meridional y de China Oriental. Ocho de los 10 puertos de contenedores más activos del mundo están en la región de Asia-Pacífico; y un tercio del crudo y el 30 por ciento del comercio marítimo mundial transitan por aquellas aguas cada año. En este espacio, China impulsa una reordenación de su espacio marítimo que le permita ejercer su influencia sin injerencias por parte de Estados Unidos.

En el Mar de China Meridional, China pugna con Vietnam por la soberanía de las 130 islas coralinas que conforman el archipiélago de las Paracelso y con Vietnam, Filipinas, Malasia, Indonesia, Brunei y Taiwán por las Islas Spratly. Las reivindicaciones de soberanía de todos esos países se fundamentan en los principios de proximidad y equidistancia a sus costas. Sin embargo, sobre la base de supuestos derechos ancestrales, China viene representando los límites de sus reclamaciones en un mapa denominado de “las nueve líneas de puntos”, que incluye la práctica totalidad de todos los territorios en litigio.

Obviamente, Taiwán constituye para el gobierno de Pekín el principal motivo de disputa. Su ambición nacionalista de reconquistar la isla se ha ido fortaleciendo a lo largo de los años; y, hoy, es mas decidida que nunca.

El Mar de China Oriental, por su parte, se ha convertido en el escenario de tensiones entre Pekín y Tokio, sobre todo desde la compra de las islas Senkaku / Diaoyu por el gobierno japonés en 2012 a un propietario privado, con lo que Japón reaseguraba su soberania.

Este enfoque regional es necesario, pero completamente insuficiente para una potencia que aspira a ser hegemónica en todo el mundo. Así, su política exterior ha evolucionado hacia una difusión del “sueño chino” como idea global con pretensiones de ideología universalista.

Esta idea ha avanzado en todo el mundo. Las empresas chinas convertidas, al amparo de su gobierno central, en gigantescos conglomerados financieros y comerciales se han expandido por todos los continentes, incluida Europa. La eclosión económica global está siendo secundada por un todavía incipiente despliegue militar. En 2017, Pekín abrió en Yibuti su primera base militar en el extranjero.

Igualmente, con un proyecto valorado en 61.000 millones de dólares, que se conoce como el Corredor Económico China-Pakistán, el gigante asiático está conectando su territorio con el puerto paquistaní de Guadar en el mar de Arabia. En este emplazamiento estratégico, China planea construir una base naval, desde donde ofrecerá servicios de logística y mantenimiento a los buques de la Armada del Ejército Popular de Liberación.

Otra muestra de su vocación mundial queda reflejada en el interés de China tanto por el Océano Ártico, como por el continente Antártico. En el primero, los Estados Unidos y Dinamarca, se han mostrado preocupados por los crecientes intereses económicos de China en Groenlandia, en particular en la minería y las posibles inversiones en infraestructura. Pekín también ha anunciado su intención de construir un rompehielos de propulsión nuclear —el país cuenta actualmente con dos buques rompehielos convencionales capaces de realizar operaciones en el Ártico— y esa tecnología podría, en teoría, transferirse a buques militares[vi]. Estados Unidos ha sugerido que los intereses científicos de China en la región pueden llevar a estrategias militares abiertas en el Ártico, incluyendo el despliegue de submarinos.

Formas y medios de actuación

Mientras que occidente existe un empeño en observar las acciones de China desde un prisma geopolítico -simple pugna por el poder y la influencia–, el país asume un concepto de seguridad mucho más amplio y complejo. A la vista de sus intereses vitales y los escenarios de actuación, se trata de utilizar todos los instrumentos disponibles de una manera pragmática, coherente y particularizada a cada situación y entorno.

Como la historia recurrentemente enseña, toda potencia económica tiende a desarrollar su poder militar, con el objetivo de garantizar la defensa de sus intereses vitales. En este principio, la República Popular China no constituye una excepción. En los últimos años su impresionante crecimiento económico ha permitido multiplicar el presupuesto de defensa e iniciar una vertiginosa modernización del Ejército de Liberación Popular.

Con ello, ha logrado presentar una disuasión creíble y es capaz de competir con Estados Unidos. Su objetivo es expulsar a los norteamericanos más allá de la «primera cadena de islas» del Pacifico –delimitada por una línea que va desde el sur de Japón, Taiwán y el oeste de Filipinas– y, con el tiempo, restringir su acceso más allá de la «segunda cadena de islas» –se extiende desde Japón hasta Australia, pasando por las Guam, las Islas Marianas del Norte, la Samoa Americana, Palau, los Estados Federados de Micronesia y las Islas Marshall–. En esta estrategia de “anti-acceso y de negación de área”, el control de atolones e islotes en el Mar de China Meridional se antoja crucial; de ahí el empeño que Pekín ha puesto en la construcción de bases y puestos avanzados de uso militar para reforzar su soberanía.  

Pero, consciente de que sus capacidades militares, por el momento, no pueden competir en igualdad de condiciones con las estadounidenses, China utiliza preferentemente instrumentos de “poder blando” de distintas formas.

Con la premisa de que, para establecer un liderazgo mundial, el poder económico y tecnológico es, en realidad, más importante que el poder militar tradicional, China se ha lanzado a construir una red de intereses comerciales y financieros a escala global. Así se entiende el impulso que han recibido el programa “Nueva Ruta de la Seda –inversiones billonarias en infraestructuras por Eurasia y África– o la atención en el fortalecimiento de sus recursos tecnológicos, esencialmente el 5G.

A medida que China cimiente su poder económico a través de todas estas iniciativas, aumentará su capacidad para convertir ese poder en influencia geopolítica. El fin último es debilitar el entramado de alianzas propugnado por los norteamericanos, en particular la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático.

De momento, ha logrado que Filipinas haya roto décadas de alianza militar con Estados Unidos. El pasado mes de febrero, Manila decidió revocar el acuerdo que permite la presencia de tropas estadounidenses en el archipiélago, lo que brinda a China la oportunidad de fortalecer su posición en la región.

Igualmente, la renuencia de la administración Trump a defender el orden internacional ha servido para que el presidente Xi se erija como el defensor del multilateralismo. Se trata de aprovechar el vacío creado por la desoccidentalización de las instituciones internaciones para reconfigurar las normas en su beneficio, al mismo que se fortalece su imagen en el exterior.

Para ello, la diplomacia publica de China se ha intensificado con una campaña coordinada que elogia los logros del país, al mismo tiempo que desafía a los gobiernos extranjeros críticos. Los reproches internacionales sobre la gestión inicial de las autoridades chinas de la COVID-19 han sido respondidas con amenazas de represalias comerciales. Así, Australia recibió el aviso de que sus exportaciones podrían verse afectadas de continuar los ataques al papel jugado por Pekín; en Alemania, los diplomáticos chinos instaron a los funcionarios del gobierno de Berlín a emitir elogios públicos sobre el país asiático; y en Suecia, las amenazas del embajador chino contra la prensa del país nórdico levantaron un aluvión críticas.

Y si es necesario, siempre se puede echar mano de la desinformación. En Occidente se utiliza el término “Sharp Power” para designar el intento de China (y también de Rusia) de proyectar su influencia a nivel internacional, con el objetivo de limitar la libertad de expresión, propagar la confusión y distorsionar el entorno político dentro de las democracias. El «poder afilado» puede implicar el uso de la propaganda y la manipulación de la información con objetivos de influenciar a gobiernos e instituciones de otros países.

Por ejemplo, en Francia, la embajada china publicó en web una acusación de que las residencias de ancianos francesas dejaban morir a los ancianos; y en Italia, se difundieron noticias sobre que el coronavirus se había originado en Europa, y se manipularon videos para mostrar a los romanos tocando el himno chino en agradecimiento.

En este sentido, un informe de la unidad especial de la UE contra la desinformación concluye que, entre el 2 y el 22 de abril, «fuentes oficiales y respaldadas por el estado de varios gobiernos, incluidos Rusia y, en menor medida, China«, siguen estando detrás de las narrativas de conspiración y de la desinformación dirigida a «amplias audiencias» tanto de la UE como de otros países[vii].

Retos

Es indudable que China ha experimentado un envidiable crecimiento económico en las últimas décadas. Pero Pekín se enfrenta a enormes retos internos que aumentarán en cuanto su sistema económico, muy dependiente de las exportaciones, se resienta por las dinámicas desglobalizadoras, como ya ha empezado a suceder. La producción industrial, que mide la actividad manufacturera, minera y de servicios públicos, cayó en 2019 un 13,5% interanual, la primera contracción desde enero de 1990; y la inversión en activos fijos -que refleja gastos en artículos que incluyen infraestructuras, propiedades, maquinaria y equipos- se redujo un 24,5% interanual, otro récord a la baja[viii]. Este 2020, China no fijará un objetivo de crecimiento por primera vez desde 1990.

Igualmente, los intentos de controlar políticamente a Hong-Kong, que han estallado en permanentes disturbios en la antigua colonia británica, han dañado gravemente la posibilidad de efectuar un mínimo “liderazgo moral” sobre otros países. La posible aprobación de una ley de seguridad nacional para la excolonia británica –penalizará delitos como la subversión, el separatismo, el terrorismo o la injerencia extranjera y permitirá la presencia de órganos de seguridad del interior– tiene el potencial de acabar con el régimen de libertades heredadas de la época colonial. Si finalmente la política de “un país, dos sistemas” queda derogada, la credibilidad de las reclamaciones chinas sobre Taiwán recibiría un duro revés.

Hacia el exterior, China se presenta como una alternativa sólida a un occidente dividido y en retroceso. Sin embargo, para alcanzar su objetivo hegemónico debe superar desafíos significativos.

En primer lugar, debe suavizar la imagen autoritaria que proyecta para hacerse más atractiva. Las tensiones que rodean el ascenso de China se reflejan en la tradicional desconfianza entre democracias y autocracias. Mas allá del choque de intereses económicos y geopolíticos, existe un abismo en los valores que repercuten negativamente en las relaciones entre gobiernos. Aunque, el país asiático trata de aproximarse a las anocracias –régimen político intermedio entre la democracia y la autocracia, como pudiera ser la Hungría actual– muchos países están inquietos por el creciente papel de China en los asuntos mundiales.

Su intento de capitalizar la COVID-19, que ha sido calificado en Europa de puro cinismo y mercantilismo, no ha hecho más que ahondar esta visión. Gobiernos europeos, como el alemán, parecen cansados de las prácticas comerciales depredadoras de Pekín, de los esfuerzos por dominar las industrias clave y del deseo de suprimir la libertad de expresión en el mundo democrático, silenciando las críticas a sus prácticas en materia de derechos humanos. Al demostrar los lados más oscuros del modelo chino, la crisis del coronavirus también puede fomentar una mayor resistencia a las ambiciones globales Chinas[ix].

Además, su modelo es mucho menos atractivo que el occidental. Es muy posible que China sea menos capaz de proporcionar bienes públicos mundiales que los Estados Unidos. No porque es menos poderosa, sino por que su sistema político autoritario dificulta el ejercicio del liderazgo de suma positiva, comparativamente ilustrado, que ha distinguido la primacía norteamericana[x].

Estados Unidos no está con los brazos caídos (aunque a veces lo parece).

Con todo, Estados Unidos está preparado para esta pugna por el estatus de potencia hegemónica. En Washington se defiende que el “sueño chino” no es más que la legitimación de un régimen autoritario que busca expandirse arrasando a su paso la democracia y los derechos humanos.

La Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense de 2017, publicada en el primer año de la presidencia Trump, acumula referencias sobre el gigante asiático, pero adquieren su tono más agresivo cuando se indica que “China está expandiendo su presencia económica y militar en África, pasando de ser un pequeño inversor en el continente hace dos décadas al mayor socio comercial de África en la actualidad. Algunas prácticas chinas socavan el desarrollo a largo plazo de África al corromper a las élites, dominar las industrias extractivas y encerrar a los países en deudas y compromisos opacos e insostenibles”.

En junio de 2019, el Departamento de Defensa de Estados Unidos emitió su “Indo-Pacific Strategy Report”. Este informe afirma el compromiso duradero de los Estados Unidos con la estabilidad y la prosperidad de la región mediante la búsqueda de la preparación, las asociaciones y la promoción de una región interconectada. Se reconoce que esta postura requiere de “un esfuerzo integrado que reconozca los vínculos críticos entre la economía, la gobernanza y la seguridad, todos ellos componentes fundamentales que conforman el panorama competitivo de la región[xi].

Por su parte, en noviembre de 2019, el Departamento de Estado hizo publica su estrategia para la región, “A Free and Open Indo-Pacific- Advancing a Shared Vision”, que describe la visión estadounidense sobre la forma en la que ya está compitiendo con China y lo que se puede esperar en el futuro próximo[xii].

En conjunto, la estrategia estadounidense estaría focalizada al diseño de un Indo-Pacífico «libre y abierto», cuyas características serian: respeto a la soberanía e independencia de las naciones, resolución pacífica de las disputas, entorno de información abierto, comercio libre, fidelidad al derecho internacional y mayor transparencia y buen gobierno -sobre la base de la democracia y las libertades individuales. Para alcanzar este objetivo, Washington es consciente de que las alianzas y asociaciones de seguridad constituyen la pieza central de su estrategia; y por ello, ha lanzado a un esfuerzo diplomático al mismo tiempo que ha incrementado su presencia militar en la región.

La principal debilidad de la política exterior de la actual administración estadounidense es que, al intentar compaginar su estrategia con el nacionalismo de “América first”, se atenúa la imagen que Estados Unidos arroja sobre el mundo. La retórica del presidente Donald Trump, centrada en el proteccionismo y en las amenazas, sugiere que su país se ha alejado de lo que ha sido el liderazgo estadounidense en las últimas siete décadas: énfasis en la promoción de los beneficios colectivos en lugar de perseguir objetivos que egoístas y unilaterales.

De esta forma, se explicaría que “en definitiva, áreas críticas de la política de los Estados Unidos siguen siendo inconsistentes, descoordinadas, sin recursos, y poco competitivas y contraproducentes para el avance de sus valores e intereses[xiii].

¿Y la Unión Europea?

En esta confrontación por el poder hegemónico de las próximas décadas, la Unión Europea corre el peligro de que la pugna entre Estados Unidos-China provoque profundas divisiones internas entre los defensores del tradicional vínculo transatlántico y los que patrocinan las atractivas propuestas económicas chinas.

En una entrevista publicada al Alto Representante de la Política Exterior de la UE, Josep Borrell explicaba que hay una estrategia europea hacia China desde marzo de 2019 y «nuestro enfoque se ha hecho más realista». Ese enfoque parte de la constatación de que «China es un socio estratégico con el que la UE tiene objetivos parcialmente convergentes» y con el que «debe encontrar un equilibrio de intereses». También es «un competidor económico que asume una ambición de dominación tecnológica» y «un rival sistémico que pretende promover un modelo alternativo de gobernanza». En definitiva, para Borrell, la relación entre los dos bloques «exige reciprocidad y reconozco que, desde este punto de vista, hemos sido un poco ingenuos en el pasado»[xiv].

Las palabras de Borrell manifiestan como la luna de miel de la UE con China ha terminado. Aunque ya venían de atrás, las formas y modos empleados por Pekín a raíz de la COVID 19 han generado un importante disgusto en muchas capitales europeas.

Este año, se adoptarán en la UE importantes medidas sobre el despliegue de las redes de telecomunicaciones de quinta generación, o 5G. Un signo del estado real de la política de la UE hacia China será el sentido que adopten esas decisiones.

Aunque la administración Trump ha avisado a los aliados de las consecuencias negativas de adquirir tecnología del mayor fabricante de equipos chinos, Huawei Technologies Co., los miembros de la UE han estado divididos o indecisos al respecto. Los últimos acontecimientos pueden alterar el estado de animo de los europeos que ahora podrían inclinarse en contra de Huawei[xv].

Así las cosas, Europa necesita desenredarse de la espiral geopolítica. Como no aspira a ser una superpotencia, ni es un actor geopolítico -aunque la Comisión se ha autodeclarado “geopolítica”–, la UE puede tratar con China con más matices que Estados Unidos. Aunque Pekín es un competidor económico y un riesgo político, también puede aportar beneficios en la gobernanza internacional y defensa del multilateralismo; aun más, si Estados Unidos persiste en su actitud de “América primero”. Aunque para ello resulta imprescindible una unidad de acción europea, todavía lejana.

Conclusiones

El arquitecto de las reformas, Deng Xiaoping, diseñó la política exterior que China ha seguido en las últimas décadas: “ocultar y esperar”. Mientras ponía en orden su economía y se iba posicionando por el mundo para asegurarse el acceso a los mercados de materias primas y capitales, el país ha mantenido un perfil bajo.

Este tiempo ha acabado. Ahora, el coloso asiático trata de lograr la hegemonía mundial que es el lugar que, según los lideres del Partido Comunista Chino, le corresponde. En un escenario estratégico complicado e incierto la estrategia de Pekín también es compleja, como demuestra el amplio abanico de instrumentos que utiliza.

Pekín ha estado acumulando medios y buscando influencia geopolítica. Es posible que a corto plazo disponga ya de capacidades suficientes para retar a Estados Unidos en el Pacífico occidental. Además, puede que próximamente se encuentre en disposición para el inminente desafío global.

Sin embargo, los retos son de tal envergadura que no se anticipa un éxito fácil a estas ambiciones. Como estamos observando, a medida que crece el poder chino en el mundo, también lo hacen las controversias -y el rechazo– que genera su liderazgo. Además, si sus competidores responden de manera eficaz es posible que no disponga de los recursos suficientes para llevar a cabo una política exterior agresiva y al mismo tiempo controlar a la inmensa población del país[xvi]. Y todo, aceptando que perdurará la solidez del sistema político y económico del Partido Comunista -algo difícil de prever a largo plazo–.

Finalmente, Estados Unidos está abordando esta competición de forma desigual. Aunque la administración Trump es consciente de la magnitud de la competición, las contradicciones han debilitado su política exterior. Pero, el país sigue contando con una autonomía estratégica única y con inigualables capacidades económicas apoyadas por un poder militar sin paragón. Así que Estados Unidos no se va a dejar sobrepasar sin luchar y, en eso, los norteamericanos son expertos.

De momento, la batalla de las narrativas ya ha empezado en el ámbito domestico estadounidense. Como señalan las encuestas, el sentimiento anti-China está creciendo en la superpotencia americana. Este asunto tendrá una importancia crucial en las próximas elecciones presidenciales estadounidenses del próximo mes de noviembre.


[i]      Rodriguez Alex. “Una rivalidad compleja”.  Incluido en: Estados Unidos y China. Dos potencias en pugna. Vanguardia Dossier. Número 70. Oct/Dic 2018.

[ii]     Lacoste, Yves. Geopolítica. La larga historia del presente. Ed. Síntesis. Madrid. 2009.

[iii]     Callahan, William A. “China 2035”. Incluido en: Estados Unidos y China. Dos potencias en pugna. Vanguardia Dossier. Número 70. Oct/Dic 2018.

[iv]       “Hu jintao llama a construir un mundo armonioso”. Pueblo en línea. 15/10/2007. http://spanish.peopledaily.com.cn/31621/6283249.html

[v]     Texto íntegro del informe presentado por Xi Jinping ante XIX Congreso Nacional del PCCh. Xinhuanet. 03/11/2007. http://spanish.xinhuanet.com/2017-11/03/c_136726335.htm

[vi]    “Military and Security Developments Involving the People’s Republic of China 2019”. Annual Report to Congress. Office of the Secretary of Defense. 02/05/2019. En https://media.defense.gov/2019/May/02/2002127082/-1/-1/1/2019_CHINA_MILITARY_POWER_REPORT.pdf

[vii]    EEAS Special report update: short assessment of narratives and disinformation around the COVID-19/Coronavirus Pandemic (updated 2 – 22 APRIL). 24/04/2020. https://euvsdisinfo.eu/eeas-special-report-update-2-22-april/

[viii]     Gil, T. “Coronavirus: el colapso en la economía china por el coronavirus (y por qué es una «gran amenaza» para el mundo)”. BBC News. 17/03/2020. En https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-51916056

[ix]     Brands, H.; Sullivan, J. “China Has Two Paths to Global Domination¨. Foreign Policy. 22/05/2020. https://foreignpolicy.com/2020/05/22/china-superpower-two-paths-global-domination-cold-war/

[x]     Ibid.

[xi] Indo-Pacific Strategy Report. Preparedness, Partnerships, and Promoting a Networked Region. Deparment of Defense. 01/06/2019. https://media.defense.gov/2019/Jul/01/2002152311/-1/-1/1/DEPARTMENT-OF-DEFENSE-INDO-PACIFIC-STRATEGY-REPORT-2019.PDF

[xii]    “A Free and Open Indo-Pacific- Advancing a Shared Vision”. Department of State. 4/11/2019. https://www.state.gov/wp-content/uploads/2019/11/Free-and-Open-Indo-Pacific-4Nov2019.pdf

[xiii]   Ratner, Ely et al. Rising to the China Challenge. Renewing American Competitiveness in the Indo-Pacific: CNAS. 28/01/2020 https://www.cnas.org/publications/reports/rising-to-the-china-challenge

[xiv]   Clemenceau, François. «Josep Borrell, le chef de la diplomatie européenne : «Avec la Chine, nous avons été un peu naïfs”. Le Journal du Dimanche. 2/05/2020. En https://www.lejdd.fr/International/josep-borrel-le-chef-de-la-diplomatie-europeenne-avec-la-chine-nous-avons-ete-un-peu-naifs-3965872

[xv]    El pasado mes de enero, la Unión Europea adoptó una estrategia conjunta con la finalidad de limitar su dependencia de Huawei y, al mismo tiempo, impulsar su industria de 5G. Desde entonces, varios países han convertido esa estrategia en ley, y para finales de junio, se espera la publicación de un informe sobre la marcha de los trabajos. Conjunto de Instrumentos de la UE para la Seguridad de las Redes 5G. Factsheet (ed en español). Enero 2020. Comisión Europea. https://ec.europa.eu/digital-single-market/en/news/eu-toolbox-5g-security

[xvi]   China gastó aproximadamente 180 millardos de euros en seguridad interior en 2018, lo que supone triplicar la cifra de la década pasada. Este gasto incluye la seguridad del Estado, la policía, la vigilancia interna, la milicia civil armada y otras medidas para hacer frente a los disturbios públicos. Desde 2010, esta partida supera al gasto militar del país. Textor, C. “China’s public security expenditure 2008-2018, by government level”. Statista. 25/11/2019. https://www.statista.com/statistics/1049749/china-public-security-spending-by-government-level/

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Mario Laborie

Coronel del Ejército de Tierra. Doctor en Seguridad Internacional y especialista en Estudios Estratégicos.

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