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La proyección del poder naval sobre el litoral

En un post anterior, comentábamos que uno de los escenarios más probables de conflicto en el futuro es el Combate Urbano Litoral (ULW). Y que eso es así por motivos sociodemográficos y económicos de peso. En esa ocasión, introducíamos algunos de los debates más frecuentes en torno a las implicaciones del empleo de la fuerza desembarcada en esos entornos, que son especialmente complicados para el despliegue de las fuerzas convencionales al uso, y especialmente duros para quienes deban afrontar ese tipo de situaciones.

Pero ese tipo de consideraciones no pueden obviar que, en este tipo de escenarios, lo primero que habrá que asegurar es el despliegue de las propias fuerzas, proyectadas desde el mar (aunque con medios aeronavales). De ahí que sea pertinente plantear algunas reflexiones adicionales al respecto.

Podemos centramos en escenarios en los que habrá que lidiar con actores armados estatales y no estatales que no responden al estándar de una gran potencia, de modo que sus capacidades A2/AD no serán equiparables a las de las grandes potencias (escenario más probable). Sin embargo, todavía habrá que tener en cuenta que esos actores dispondrán de importantes opciones para dificultar la maniobra de aproximación y/o para entorpecer la llegada a la costa de las unidades asaltantes, con el consiguiente impacto en las elites políticas y en las opiniones públicas de los Estados que asuman el reto de liderar y/o participar en este tipo de misiones.

Muchos de los Estados en los que se desplieguen las fuerzas anfibias estarán dotados de misiles antibuque, anticarro (empleables, llegado el caso, contra embarcaciones de desembarco ligeras) y antiaéreos, así como de artillería de campaña adaptable a operaciones de defensa de costas (incluso si carecen de centros de mando y control adecuados). Asimismo, marinas de guerra de entidad media e incluso modestas pueden operar con patrulleros lanzamisiles o pequeñas corbetas, e incluso -en ocasiones- con submarinos diésel dotados de torpedos y minas. Por no citar sus propios aviones, que, aunque escasos en número y dotados de tecnologías inferiores a las de los asaltantes, todavía pueden ser un problema si operan muy cerca de la costa, aprovechando el efecto clutter que ello pueda generar en los radares de los buques que protegen la Task Force. En ese sentido, aunque la fuerza asaltante garantice la superioridad aérea y del entorno electromagnético, es probable que se lleve más de un disgusto.

Hay que añadir que los nuevos conceptos manejados por la US Navy y el US Marine Corps (de modo explícito desde mediados de los años 90 del siglo XX) se desmarcan de la vieja lógica de los desembarcos en playas más o menos alejadas del objetivo. Aunque el establecimiento de esas cabezas de playa tiene mucha trayectoria histórica, la entrada en servicio de nuevos medios de despliegue OTH (Más allá Del Horizonte) permite, por una parte, que el asalto se lleve a cabo a una distancia de seguridad del buque anfibio, mediante el empleo de una combinación de lanchones, lanchas, vehículos de colchón de aire, helicópteros y hasta convertiplanos. Y, por otra, permite que la aproximación se lleve a cabo, directamente, sobre el objetivo principal. La combinación de ambas circunstancias ha dado pie a la doctrina STOM (Maniobra del Buque Hacia el Objetivo).

Todo lo cual, trasladado a la (más que probable) lógica del ULW, implica el asalto directo al núcleo urbano, o a los objetivos militares específicos que ahí se ubiquen (en función del tipo de misión). Teóricamente es una buena opción, ya que reduce el tiempo del Estado atacado para preparar la defensa de esas urbes; ahorra logística, tiempo y dinero; y permite destruir y/o tomar (y mantener) el control de las principales infraestructuras críticas ubicadas en esos entornos (puerto, aeropuerto, centros de mando y control) con la garantía de que el grueso de las fuerzas propias está operando en las proximidades.

Sin embargo, los problemas que ese escenario genera no son desdeñables. Para empezar, el punto elegido para el desembarco aeronaval suele ser menos amable que las añejas playas, aunque éstas estuvieran dotadas de búnkeres, nidos de ametralladoras, obstáculos artificiales y otras barreras (cosa que, dicho sea de paso, no siempre sucedía).

Esa menor amabilidad se debe a varios motivos, que se retroalimentan: la presencia de zonas portuarias con una gran densidad de buques de todo tipo y condición (la inmensa mayoría de ellos, civiles, y de diversas banderas); el caos urbanístico y la precariedad de los servicios más básicos, que son típicos de muchos de los escenarios potenciales de conflicto litoral; la abundancia de barrios marginales, superpoblados, en los que además de un gran volumen de civiles, suelen operar actores armados no-estatales; la vecindad de costas con una orografía útil como defensa pasiva, que además suele ser especialmente proclive al desarrollo de emboscadas (bajíos, zonas pantanosas, islas e islotes, desembocaduras de ríos y pequeños estuarios, etc) ya sea mediante operaciones de minado, o mediante el empleo de medios sutiles desplegados desde tierra firme, normalmente por medio de embarcaciones rápidas ligeras.

Esta suma de consideraciones genera la necesidad de redefinir -en los niveles operacional y táctico- tanto la fuerza a emplear, como la doctrina de empleo. En realidad, la composición de la fuerza de asalto anfibio, en lo que respecta a los grandes buques de desembarco, no variará mucho en relación con lo ya disponible en nuestros días. Porque el cambio más relevante ya tuvo lugar, algunas décadas atrás, con la virtual desaparición de los LST/LSM en beneficio de los buques dotados de diques inundables y de facilidades para operar con aeronaves. Si acaso, también tienden a desaparecer los LSD, en beneficio de los LPD y LHD/A.

Ahora bien, habrá que repensar la cantidad y la calidad de los vectores de asalto (por ejemplo, los lanchones deberán ser complementados por lanchas rápidas, con menor capacidad de transporte, pero más velocidad, maniobrabilidad y capacidad de combate), así como la entidad y características de los medios más adecuados para la protección de esa Task Foce, en sus diferentes escalones (combinando buques de combate de superficie de entidad destructor/fragata para la protección del núcleo principal de la Task Force, que permanecerá alejado de la costa, con buques de entidad corbeta, para operar más cerca de la costa, protegiendo esas lanchas y lanchones y los MHC que operen en beneficio de dicha misión).

Por lo demás, habrá que estar muy atentos a la evolución de conceptos como el SBL (Logística Basada en el Mar) que, con sus ventajas e inconvenientes (ambas cosas son ciertas), está llamado a proporcionar un apoyo inmediato a las fuerzas empeñadas en combate.

En definitiva, la transición del añejo “modelo Normandía” a las nuevas dinámicas de ULW (Urban Litoral Warfare) suponen un reto a la hora de redefinir aspectos tantos doctrinales, como orgánicos y tecnológicos, en aras a afrontar de la mejor manera posible alguno de los escenarios más complejos en los que se pueden ver involucradas las FFAA en un futuro próximo.

Para saber más se puede descargar este artículo publicado en la Revista General de Marina donde me extiendo en el tema.

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Josep Baqués

Josep Baqués es Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y Subdirector de Global Strategy

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