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La versión china de la “zona gris”

https://global-strategy.org/la-version-china-de-la-zona-gris/ La versión china de la “zona gris” 2018-11-13 19:04:08 Josep Baqués Blog post Estudios Globales Asia Pacífico Zona gris y estrategias híbridas
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Un apunte sobre la zona gris

La zona gris (GZ, en adelante) puede ser definida como un escenario existente entre las situaciones pacíficas presididas por la bona fides y las guerras propiamente dichas, (entendidas como open warfare). En el fondo, por lo tanto, son más bien un tipo de paz que un tipo de guerra, si bien se trata de una paz tensa, polemológica, presidida por el conflicto (conflicto, sí, pero en el sentido politológico del término) ya que el objetivo de los actores que establecen una GZ es cambiar el status quo ante. De hecho, entre las principales características de la GZ cabe destacar que:

  1. los actores que más habitualmente emplean este recurso son las potencias moderadamente revisionistas, dotadas por ello de la suficiente paciencia estratégica (porque la GZ raramente ofrece resultados a corto plazo);
  2. los objetivos de la GZ son asimilables a los de una guerra abierta: anexionarse un Estado o una parte de su territorio; estimular la independencia de una parte de otro Estado o romper las coaliciones existentes; así como provocar un cambio de régimen en otro Estado;
  3. sus promotores juegan siempre al límite de la legalidad internacional, pero tratando de no cruzar las líneas rojas que podrían provocar un casus belli (porque temen la contundencia de la respuesta de los defensores del status quo ante);
  4. la constitución de una GZ puede ser un fin en sí misma, o una preparación para una ulterior escalada que, esta vez sí, consista en un conflicto armado (una open warfare).

Por otro lado, y a grandes trazos, entre las principales herramientas para la implementación de la GZ pueden destacarse las siguientes:

  1. la elaboración y difusión de una narrativa o relato llamado a potenciar las virtudes del propio discurso, normalmente en clave nacionalista (pero también podría darse en clave religiosa o ideológica), así como a denigrar al enemigo.
  2. la movilización de personal e instituciones civiles como principal argumento de presión contra los intereses de los defensores del status quo. Dicha movilización puede contener desde manifestaciones pacíficas hasta episodios de violencia de baja intensidad, pequeños actos de sabotaje e incluso atentados.
  3. la existencia de cierta “guerrilla económica” (boicots, embargos, ayudas selectivas o su anverso, la negación de ayuda -en función de los colectivos implicados-).
  4. el actor que genere una GZ debe contar con unas FFAA poderosas a fin de disuadir una posible respuesta militar de los defensores del status quo contra dicha zona gris (Baqués, 2017)[1].

El caso de China: de la Unrestricted Warfare a la GZ

Si la GZ es un mecanismo útil para forzar el status quo, pero de un modo suficientemente sutil como para no dar pie a una escalada militar inmediata, uno de los Estados que parecen más predispuestos a ello es China. De hecho, de la lectura de documentos desarrollados por militares chinos se desprende que su visión de los conflictos internacionales tiende a asimilarse a la visión holística propia de la GZ, aunque empleen otros conceptos para ello. Por ejemplo, el de Unrestricted Warfare, de los coroneles Qiao Liang y Wang Xiangsui, que a veces ha sido equiparado a una variante contemporánea de la “guerra total”, debido a que incluye una amplia gama de herramientas con la mirada puesta en quebrar la voluntad del enemigo[2]. Entre ellas encontramos medidas económicas, diplomáticas, ideológicas, psicológicas, culturales, etc. Ahí ya aparece,  por ejemplo, la posibilidad de instrumentalizar a los inmigrantes chinos (de nuevo, personal civil) como vanguardia de su política exterior (Liang & Xiangsui, 1999) así como el recurso a los asesinatos selectivos contra líderes extranjeros.

A la hora de la verdad, su similitud con la GZ es parcial, debido a que frente al gradualismo típico de la GZ (en la que las hipotéticas escaladas hacia una guerra híbrida o convencional son controladas por sus actores y la apertura de nuevos escenarios es restrictiva), en la Unrestricted Warfare se tiene en cuenta el empleo de esa amplia gama de medidas desde el primer momento, lo cual favorece una mayor coordinación de las mismas. Sin duda, en el nivel estratégico, pero, con toda seguridad, también en el operacional e incluso en el táctico. La razón de ser de esta apuesta radica en que se asume como axioma que nada está prohibido (Bensahel, 2017). Por contra, la GZ se integra en la lógica del conflicto limitado, pese a que algunos de los instrumentos de la GZ y de la Unrestricted Warfare sean similares. Probablemente, el celo que los avaladores de la GZ ponen en la no vulneración del derecho internacional (por más que jueguen al límite de la misma) permite distinguirla, a nivel conceptual, de la Unrestricted Warfare.

Ahora bien, como quiera que implementar la Unrestricted Warfare sería una fuente de problemas para China y como quiera que dicho Estado desee respetar el derecho internacional al abrazar la tesis del ”ascenso pacífico”, la GZ acaba siendo la versión suave de la Unrestricted Warfare, no porque se trate de teorías equivalentes (no es el caso) sino porque la GZ es el único escenario, hoy por hoy, que China puede emplear, sin romper la baraja, para aproximarse a los objetivos de la Unrestricted Wafare. De hecho, debido a esa comunalidad parcial de instrumentos, la GZ actual podría ser, llegado el caso, el primer paso para una Unrestricted Warfare futura.

No podemos olvidar que el texto de los coroneles Liang y Xiangsui fue publicado en 1999, es decir, cerca de un lustro antes de que en Occidente se lanzase el debate en torno a la GZ. En realidad, China apuesta por estrategias “grises” desde hace aún más años. Algunos expertos indican que, como poco, ese fenómeno se inició en 1992, fecha en la que su Ley del Mar Territorial reclamó la jurisdicción china sobre aguas e islas, ora sea en disputa; otrora, administradas por terceros (Holmes & Yoshihara, 2017)[3]. En época más reciente dicha tendencia se ha consolidado (como política pública), se ha ampliado (en cuanto a su alcance geográfico) y se ha refinado (en lo que respecta a sus métodos), hasta llegar a convertirse en la variante china de la GZ.

Lo que la aproximación de Holmes y Yoshihara sugiere, por lo tanto, es que los primeros devaneos del “Imperio de Centro” con la GZ se producen antes de que salten las alertas entre sus competidores occidentales. Eso sería concomitante a un proyecto expansivo, apoyado en su crecimiento económico, pero también -inevitablemente- a su acuciante necesidad de hidrocarburos y materias primas. En Pekín no se contempla seriamente ninguna guerra abierta, debido -entre otros factores- a la (todavía) superioridad militar de los EEUU. Pero eso no es óbice para que se persigan esos objetivos (y esa expansión) de un modo más sutil, gradualmente, sin provocar que salten las alarmas. Dicho con otras palabras, del modo en que la GZ es más útil y más eficaz.

La GZ en el Mar de China

Así las cosas, el futuro económico y político de China depende en gran medida de que Pekín se asegure ese flujo de suministros. Incrementar su presencia en zonas que los contienen es la solución aparentemente más fácil. Pero, al final, todo bascula sobre el control de las rutas que siguen esas fuentes de energía y esas materias primas. Por otro lado, la suma de ambas consideraciones puede tener efectos sobre la distribución de poder a escala regional y, dada la importancia de los recursos y de los actores en liza, incluso a escala global. Es lógico, en definitiva, que los movimientos chinos sean objeto de preocupación desde Washington (Johnson, 2017: 5-6)… y desde Japón.

El desarrollo del plan chino contiene, en sí mismo, un buen catálogo de las posibilidades que ofrece la GZ. A veces se alude, en esa línea, al Salami tactic (Mazarr, 2015: 2-4; Wirtz, 2017: 109) que se refiere a la concatenación de una serie de pequeños avances, incruentos (dato relevante para comprender que se trata de una GZ), que se van consolidando a modo de hechos consumados (Fait accompli) de manera que la reacción de terceros sea más difícil. Ciertamente, impedir que se tome una isla o un pequeño archipiélago siempre es más fácil (tanto política como militarmente) que tener que echar de ahí a los nuevos inquilinos.

Estas tácticas se apoyan en la Smile diplomacy, que permite que China se presente como una potencia especialmente benévola (trustworthy)[4]. Esto es lo que ha estado sucediendo, al menos, hasta finales del siglo XX (pero también, quizá, a principios del siglo XXI). Aunque puede que las cosas estén cambiando, porque China persevera en su intención de ganar posiciones en el primer cinturón de islas (con Japón, Filipinas y Taiwán como principales eslabones). Para conseguirlo, normalmente China no utiliza buques de guerra, sino civiles. Ya sea del servicio de guardacostas[5] o pertenecientes a su milicia marítima. En efecto, esta institución es una de las principales bazas de esta ofensiva pacífica, como lo demuestra que sus buques acaban haciendo acto de presencia en todas las zonas disputadas (Kennedy & Erickson, 2017: 10)[6]. Es incluso frecuente que esas acciones se vean reforzadas por la acción de buques oceanográficos y hasta por pesqueros no requisados.

Lo que los chinos están haciendo podría hallar cobijo en el concepto Small-stick diplomacy, es decir, una diplomacia activa acompañada de medidas que ejercen la presión adecuada para disuadir a los Estados perjudicados de intervenir militarmente, pero que a la par sean suficientemente modestas como para que los Estados Unidos no las consideren como un casus belli. No en vano, la Small-stick diplomacy es “a masterful gray-zone strategy” (Holmes & Yoshihara, 2017). De hecho, algunos autores plantean, con buen criterio, que los little blue men no van a la zaga de los little green men que adquirieron fama en el reciente conflicto de Crimea (Lowsen, 2017).

Los sucesivos avances chinos suelen venir de la mano de la ejecución de obras de infraestructura. Pensemos en las islas Spratly y Paracel. El argumento de Xi Jinping acerca de que se trata de obras estrictamente civiles es, como mínimo, poco fiable. Por ejemplo, en el atolón Mischief (tomado en 1994) que se halla dentro de la zona económica exclusiva (ZEE, en adelante) filipina, se pudo comprobar como en fecha tan lejana como 1998 ya albergaba una guarnición china. Más recientemente, en 2006, también se detectó una pista de aterrizaje y una amplia presencia de armas defensivas. Dada la pasividad de los afectados (normalmente, protestas diplomáticas sin mayor recorrido) cabe esperar que Pekín arrecie en su conducta (Holmes & Yoshihara, 2017). Como botón de muestra, la “adquisición” del atolón Scarborough (en 2012), también en la ZEE filipina, pero más cerca de Luzón.

El carácter proactivo de la presión china se ha puesto de manifiesto de modos muy diversos, incluyendo la captura de buques de otras potencias, en circunstancias difícilmente conciliables con las normas de derecho internacional vigentes[7]. Sin embargo, el sucedido en el que China ha arriesgado más es, sin duda, el de las islas Senkaku, administradas por Japón[8]. En 2012 dos guardacostas chinos hicieron acto de presencia en sus aledaños, justo en el momento en que Pekín alegaba que eran islas que estaban (o deberían estar) bajo su soberanía. Una vez más, la tibia respuesta de los EEUU alentó la estrategia de Pekín (Lowsen, 2017; Tangredi, 2017). Todavía más, la postura de Washington creó muchas dudas respecto a la intensidad del compromiso norteamericano con sus aliados asiáticos (Krauthammer, 2013). Nótese que estamos ante otro objetivo basal de la GZ: erosionar las alianzas de los rivales y romper coaliciones.

No es muy distinto, en su espíritu, lo acontecido con el establecimiento de una ADIZ (Air Defense Identification Zone) China. El concepto mismo de la ADIZ implica que la identificación se lleva a cabo más allá del espacio aéreo propio. Es un mecanismo excepcional, pero no extraordinario (hay precedentes). Ahora bien, la ADIZ china es más exigente y expansiva que las de esos precedentes, debido a que penetra en el espacio aéreo de otros Estados, sobre todo en el de Japón, al incluir el cielo de las Senkaku. En ese contexto se han producido los incidentes más relevantes: cazas chinos volando cerca de aparatos de reconocimiento nipones; o cazas F-15 nipones interceptando aviones de guerra electrónica chinos Y-8 que, a su vez, fueron auxiliados por otros cazas chinos, esta vez J-10. Como se deduce de esos ejemplos, Japón es poco propenso a aceptar las veleidades de Pekín. En cambio, los EEUU han establecido protocolos flexibles para sus líneas comerciales, en aras a dar satisfacción a las demandas de información chinas evitando escaladas y tensiones. De nuevo, pues, un éxito chino.  Un éxito que puede animar al gobierno de Pekín a crear nuevas ADIZ en los cielos del Mar del Este de China (Rinehart & Elias, 2015: 27).

Conclusiones

Con las GZ se busca algo más que provocaciones comedidas en lo militar. Es importante que (antes) exista una narrativa que las sustente, así como que se constate la capacidad de movilización social en apoyo a esas provocaciones. Casos como el de las Senkaku denotan que esos aspectos han sido cultivados por los expertos chinos. La narrativa al uso está vinculada al victimismo chino arrastrado desde el incidente de Mukden de 1931, ya que marcó el comienzo de la invasión nipona de Manchuria y, a partir de ahí, de la guerra chino-japonesa de los años 30 del siglo XX. Mientras que el apoyo popular se apreció con claridad en septiembre de 2012, como derivada de la polémica de las Senkaku, al producirse una oleada de protestas anti-japonesas (con puntas violentas) en diversas localidades chinas (Baqués, 2014: 82).

Nada parece indicar que eso sea improvisado, ni tampoco espontáneo. Lo que hay detrás de esos sucesos parece más bien una campaña nacionalista, irrendentista y con tonos xenófobos, que además es la punta de lanza de un sistema educativo muy activo en el fomento de esa ideología (Liu, 2016: 139). Hasta la embajada japonesa en Pekín resultó afectada por la ola de protestas. También lo fueron varios locales de negocios de las 23.000 empresas japonesas radicadas en China. Todavía más, la presión contra los intereses japoneses ha llegado asimismo en forma de un boicot a la importación de productos insulares (Chellaney, 2012). En definitiva, en una sola intervención (la de las islas Senkaku) puede apreciarse una amplia panoplia de medidas de las que conforman el arquetipo de la GZ.

El problema para China es que a estas alturas su modelo de Smile diplomacy ya está bajo sospecha, de manera que uno de los principales instrumentos de su GZ podría perder parte de su eficacia. Por lo demás, parece que la tendencia china a buscar enemigos externos tiene que ver con las dificultades políticas internas del régimen autoritario vigente (v. gr. Redden & Saunders, 2015: 99 y 110; Liu, 2016: 124-125). Esto nos sitúa ante un mal dilema. Porque si bien es cierto que un avance hacia la democracia reduciría la posibilidad de que China arrecie con las dinámicas de GZ, no lo es menos que un régimen acorralado puede verse empujado a incrementar la agresividad de su discurso con el consiguiente riesgo de que las fronteras conceptuales de la GZ sean desbordadas[9], de modo que el gris sea cada vez más oscuro o hasta se confunda con el negro.

Publicado por el autor en la Revista General de Marina.

Bibliografía

BAQUÉS, Josep (2014). “Las Revoluciones Militares: el caso de China”. Revista de Estudios Políticos, nº 166 (octubre-diciembre), pp. 69-94.

BAQUÉS, Josep (2017). Hacia una definición del concepto “Gray Zone”. Documento Investigación 2/2017, IEEE, Madrid.

BENSAHEL, Nora (2017). “Darker Shades of Gray: Why Gray Zone Conflicts Will Become more frequent and complex”. Foreign Policy Research Institute.

CHELLANEY, Brahma (2012). “Punto de inflexión asiático”. La Vanguardia (24 de diciembre). 

HOLMES, James & YOSHIHARA, Toshi (2017). “Five Shades of Chinese Gray-Zone Strategy”. The National Interest (may).

JOHNSON, Robert (2017). “Hybrid War and its Counter-Measures: A Literature Review”. Development , Concepts and Doctrine Center (DCDC), UK Ministry of Defence.

KENNEDY, Conor & ERICKSON, Andrew (2017). China´s Third Sea Force. US Naval War College, Newport.

KRAUTHAMMER, Charles (2013). “Woe to U.S. Allies”. The Washington Post (December, 6).

LIANG, Qiao & XIANGSUI, Wang (1999). Unrestricted Warfare. Pan American Publishing. Los Angeles (CA).

LIU, Zihao (2016). “The Diaoyu/Senkaku Dispute and China´s Domestic Politics”. Journal of Politics and Society, Vol. 26, pp. 124-146.

LOWSEN, Ben (2017). “China´s Maritime Operation: The `Gray Zone´ in Black and White”. The Diplomat (may).

MAZARR, Michael J. (2015). Mastering the Gray Zone: Understanding a Changing Era of Conflict. Carlisle Barracks. US Army War College Press.

REDDEN, Mark & SAUNDERS, Phillip (2015). “The U.S. & Chinese Maritime Dynamic Catalyst for Cooperation or Confrontation”?, en DUTTON, Peter A. & MARTINSON, Ryan (eds). Beyond the Wall. Chinese Far Seas Operations. Naval War College, nº 13, pp. 95-116.

RINEHART, Ian E. & ELIAS, Bart (2015). China´s Air Defense Identification Zone (ADIZ). Congressional Research Service. Washington DC.

TANGREDI, Sam J. (2017). “Tax China for Gray-Zone Infractions”. Proceedings Magazine. Vol. 143, nº 5 (may).

WIRTZ, James J. (2017). “Life in the `Gray Zone´: observations for contemporary strategists”. Defense & Security Analysis, Vol. 32, nº 2, pp. 106-114.


[1] El texto citado puede ser útil para quien desee desarrollar una aproximación más perfilada al concepto de GZ, al debate doctrinal correspondiente, a su relación con figuras afines (como la guerra híbrida o las amenazas híbridas) así como a su modus operandi.

[2] Dicho lo cual, el concepto de guerra de Liang y Xiangsui contiene más argumentos. La Unrestricted Warfare se basa en planteamientos que podrían ser considerados como Semi-warfare, quasi-warfare o sub-warfare. Pensemos en los ciberataques, en trampas financieras o en atentados terroristas. Claro que esos argumentos serían sólo los “embriones” de “a new kind of warfare”, que, en todo caso, sería mucho menos transparente y mucho más poliédrica que cualquiera de las guerras convencionales a las que nos hayamos enfrentado antes (Liang & Xiangsui, 1999: 6). Sea como fuere, y en la misma línea que Gerasimov, los chinos advierten que han sido los EEUU quienes antes entendieron que el mejor modo de salir airoso de un conflicto, en los tiempos que corren, es a través de una panoplia de “military operations other tan war” (ídem: 48). 

[3] Hacia el final de la Guerra Fría, China se caracterizaba por una política prudente y hasta generosa en relación con las reclamaciones de otros Estados en este tipo de disputas.

[4] La proyección internacional de este relato interno data de los tiempos de Mao: China se presenta como el paladín de los Estados del “Tercer mundo” (precisamente, un concepto maoísta, hoy en desuso en Occidente) al presumir de haber establecido una relación de tipo “sur-sur”, enfrentada a la “norte-sur” (o sea, desigual) atribuida a las potencias coloniales, así como a los Estados Unidos.

[5] Dependen de la policía. Sus misiones incluyen la asistencia a buques averiados o el rescate de tripulaciones en alta mar. Sólo en tiempo de guerra pasarían a depender del Ministerio de Defensa chino.

[6] Integrada por pesqueros requisados, así como por pescadores y otras gentes de mar convertidos en “milicianos”, pero sin que ello implique renuncia a su empleo original. Sus uniformes son distintos de los propios de las FFAA chinas. Realizan labores de protección civil, pero en el mar.

[7] En diciembre de 2016 un buque chino –aunque esta vez de su marina de guerra- capturó un UUV (Unmaned Underwater Vehicle) operado por el T-AGS-62 (del US Military Sealift Command) …pero lo hizo en aguas internacionales… Algún tiempo después, ese UUV fue devuelto, por supuesto… pero sólo tras ser concienzudamente analizado por los chinos que, siendo como son grandes expertos en ingeniería inversa, seguramente aprovecharán al máximo el fruto de su osadía.

[8] Debido, precisamente, a que están cubiertas por el Tratado de Defensa entre los EEUU y Japón.

[9] Liu llega a equiparar el “caso Seikaku” con el “caso Malvinas”, como si en los dos casos unos gobiernos no democráticos conscientes de sus dificultades para dilatar su existencia buscaran trasladar la atención de sus ciudadanos hacia algún “federador externo”, a modo de chivo expiatorio.

Josep Baqués

Josep Baqués es Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y Subdirector de Global Strategy

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