La guerra de Ucrania ha proporcionado una ventana abierta al escenario de un conflicto convencional de media intensidad entre adversarios de un nivel no muy dispar en tecnología y potencia de combate. Algo que no sucedía desde la Guerra del Yom Kippur, en 1973. La guerra está ofreciendo numerosas lecciones sobre cómo puede ser un campo de batalla convencional en el siglo XXI y va a influir poderosamente en cómo se materializarán las inversiones en defensa que se prevén en los próximos años en numerosos países, entre ellos España. Extraer las lecciones adecuadas, interpretarlas correctamente y materializarlas en cambios útiles y sostenibles, son requisitos para culminar con éxito esa transformación en ciernes. Esto resulta especialmente importante para fuerzas armadas como las españolas, que no suelen disponer de recursos suficientes para realizar frecuentes cambios de rumbo.
Una de las lecciones extraídas del conflicto es la dificultad para materializar la clásica guerra de maniobra. La movilidad en las operaciones se ha ido restringiendo, hasta llegarse a una situación que recuerda en muchos aspectos a la estabilización del Frente Occidental durante la Primera Guerra Mundial. Se trata de una repetición del problema básico que se produjo en 1915: cualquier cosa que se mueva en el campo de batalla puede ser detectada y batida por el fuego con una rapidez y precisión inéditas. Eso hace casi imposible la maniobra.
Durante la Gran Guerra, ese fenómeno se producía en un frente lineal y la solución vino de la mano de una ampliación de las dimensiones del campo de batalla, dando entrada a las operaciones en profundidad. Hoy en día, no se vislumbra todavía una salida clara a este dilema táctico, que se extiende a lo operacional y acaba por encajonar lo estratégico. Encontrarla será clave para el diseño de las fuerzas armadas del siglo XXI y vale por tanto la pena dedicar una reflexión a algunos aspectos de este fenómeno.
Las complejidades de la maniobra
La guerra de maniobra ha sido siempre una asignatura de difícil aprobado. Mover de manera coordinada múltiples unidades, a través de diversas direcciones de ataque o ejes de retardo, logrando un nivel suficiente de cooperación interarmas y dotando de similar movilidad a la compleja logística que debe sostenerlas, no es tarea sencilla. Incluso los mejores ejércitos del mundo tienen dificultades para llevarla a cabo. Por añadidura, suele olvidarse que la guerra de maniobra suele implicar un enorme número de bajas, al menos en el corto plazo.
El problema que se encuentran los ejércitos de nuestro tiempo es que han perdido la experiencia de gestionar y sostener grandes masas móviles, y carecen del tamaño o la resiliencia que les permita soportar bajas masivas, ni siquiera durante breves periodos de tiempo. En mayo de 1940, la invasión alemana de Francia, considerada en ocasiones como poco más que un paseo militar, le costó a la Wehrmacht 45.000 muertos y desaparecidos y más de 100.000 heridos en 45 días. Un ritmo de bajas muy superior al que han tenido que soportar cualquiera de los combatientes de la guerra en Ucrania incluso en sus días más duros. Una cifra que, de hecho, ningún ejército moderno, ni siquiera los más grandes, podría asumir en tan corto espacio de tiempo.
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A estos problemas estructurales, hay que añadir el mencionado anteriormente de la imposibilidad de realizar movimientos de cierta envergadura sin que sean rápidamente detectados y batidos. El culpable principal es la extrema sensorización del campo de batalla, que está directamente relacionada con la proliferación de drones, aunque también con el perfeccionamiento de las redes digitales, los sistemas de guerra electrónica y la observación por satélite. Esta capacidad inédita para observar lo que ocurre hace muy difícil conseguir la concentración de fuerzas necesaria para acciones ofensivas.
Se pensaba que esa misma sensorización, junto con el aumento en el alcance de las armas, permitiría conseguir un nivel aceptable de concentración sin necesidad de una gran cercanía física entre los diferentes elementos de combate. Las unidades podrían combatir en frentes mucho más amplios, porque la red de sensores, comunicaciones y fuegos de largo alcance les permitiría una acción concentrada, incluso cuando sus elementos actuasen bastante alejados unos de otros.
Ucrania ha demostrado que esto no es del todo así y que conseguir una ruptura rápida requiere que los elementos de combate sigan actuando relativamente próximos, logrando el clásico efecto de masa de la doctrina alemana y soviética en la Segunda Guerra Mundial. El problema es que la concentración discreta de medios previa a esa ofensiva es ahora extraordinariamente difícil por la omnipresencia de medios de reconocimiento y observación y la precisión de las armas guiadas. Como resultado, las ofensivas en los campos de batalla ucranianos se descomponen en múltiples esfuerzos de pequeñas unidades, que se materializan en un continuo picoteo de la línea de frente, en la esperanza de que, al menos en algunos puntos, se produzcan avances. El escenario resultante es muy diferente a las ofensivas clásicas en el siglo XX. Si en la Segunda Guerra Mundial éstas podían asimilarse a la carga concentrada de una manada de elefantes, hoy en día se parecen más al hostigamiento continuo de un enjambre de mosquitos.
La consecuencia es el regreso al desgaste. Se avanza y se defiende en ciclos sucesivos, con mínimas ganancias de terreno y una acumulación progresiva de bajas humanas y materiales. Se aprovechan para avanzar los momentos en los que el enemigo se ha desgastado en su ofensiva previa, o se ha quedado sin munición, y se pasa a la defensiva en cuanto ocurre lo mismo con las fuerzas propias.
La solución que normalmente se propone consiste en aplicar una versión modernizada de la batalla aeroterrestre, desarrollada en la década de 1980 en Estados Unidos, que era en realidad una versión orientada hacia el fuego de la clásica batalla en profundidad. La tecnología permite la realización de fuegos efectivos en toda la profundidad del despliegue enemigo, lo que más temprano que tarde lleva a su desarticulación, convirtiendo a la fuerza contraria en un cascarón vacío, fácilmente penetrable a través de una enérgica maniobra contra la que poco puede hacer un enemigo ciego y desarticulado. El modelo de la Guerra del Golfo de 1991 y la invasión de Iraq en 2003.
El problema en Ucrania es que ninguno de los dos bandos ha conseguido la superioridad en fuegos, mando y control e inteligencia que posibilita el éxito de la batalla aeroterrestre. Rusia pudo conseguirlo al principio de la guerra, pero no lo logró porque las expectativas puestas en sus sistemas de adquisición y gestión de objetivos en profundidad se mostraron muy exageradas. Ucrania se mostró más eficiente en un primer momento, pero los medios con lo que contaba para actuar sobre la retaguardia enemiga eran limitados, y lo han seguido siendo durante el resto de la guerra, por el temor occidental a proporcionar armas de largo alcance, que puedan dar origen a una escalada, quizás nuclear.
Una solución alternativa es el recurso a acciones híbridas, orientadas también a desarticular la retaguardia enemiga, pero en este caso la retaguardia profunda, que se identifica con la infraestructura crítica y la opinión pública de un país. Aunque todavía no conocemos todos los detalles de la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022, parece que eso fue lo que desde Moscú se intentó en un primer momento. Se combinó el avance de las columnas militares con actos de sabotaje en las principales ciudades y vías de comunicación, ciberataques y una potente campaña de información. Algo esperable en un actor como la Federación Rusa, a quién se consideraba muy aventajado en el uso de estrategias híbridas.
Las acciones híbridas pueden compensar la poca aptitud para la maniobra de las fuerzas militares, pero solo si se consigue crea un clima de caos y terror en la retaguardia enemiga. Como las fuerzas rusas pudieron comprobar, eso puede ser difícil de lograr a corto plazo y si la parte híbrida de la operación falla, las fuerzas militares pueden encontrarse en una situación comprometida. El escaso rendimiento de las acciones híbridas dejó a las columnas militares rusas, que no disponían ni del número, ni de la moral, ni de la preparación adecuadas, peligrosamente expuestas en la profundidad del despliegue enemigo.
Así pues, la debilidad de los ejércitos modernos para afrontar la guerra de maniobra puede intentar compensarse con un esfuerzo en la retaguardia enemiga que desarticule su cohesión, bien mediante la aplicación de fuegos intensos y precisos a gran profundidad, bien mediante acciones híbridas o, en el caso más probable, mediante una combinación de ambas. Con todo, ambos tipos de acciones requieren de medios muy especializados, muy caros, sobre todo en el caso de los fuegos en profundidad, y que tampoco garantizan una victoria rápida, a menos que se puedan aplicar las viejas claves de la victoria militar: la superioridad total o la sorpresa.
Pese a todo, la maniobra es todavía posible…en ocasiones
El fracaso de la ofensiva inicial rusa fue menor en el sur de Ucrania, donde se pudieron conseguir algunos objetivos operacionales importantes: Se enlazó Crimea con el Donbás, convirtiendo el mar de Azov en un lago ruso; el gran centro urbano de Mariupol fue cercado y después ocupado y se estableció una cabeza de puente en Jersón, al oeste del río Dniéper. No se pudieron alcanzar, sin embargo, Odessa ni Dnipro, y tampoco se pudo avanzar de manera sustancial hacia Sloviansk y Kramatorsk, nudo del despliegue defensivo ucraniano en el Donbás.
Las razones para este éxito, relativo, pero éxito al fin y al cabo, fueron la mejor calidad y el mayor número de tropas empleadas en la ofensiva. El 58 Ejército de Armas Combinadas ruso, que partió de Crimea con al menos 13 grupos tácticos, era la unidad más potente entre las fuerzas invasoras, e incluía tropas de elite aerotransportadas y de infantería de marina. También ayudó que el terreno del sur de Ucrania era más despejado, y más apropiado por tanto para el avance de unidades mecanizadas. Una prueba de que, si se cumplen los tradicionales preceptos de concentración suficiente de fuerzas de calidad en un terreno adecuado, todavía es posible una ruptura rápida, al menos en los momentos iniciales del conflicto.
En septiembre de 2022, las fuerzas ucranianas utilizaron también la maniobra con éxito en la ofensiva de Jarkov, en la que desalojaron a las fuerzas rusas de la posición clave de Izyum, obligándolas a replegarse casi completamente del área en torno a la ciudad de Jarkov. En esta ocasión, la clave del éxito fue la sorpresa conseguida en un sector del frente que el mando ruso había debilitado considerablemente, ante la necesidad de reforzar otros. De nuevo, la sorpresa y el aprovechamiento de oportunidades pueden permitir la resurrección de la guerra de maniobra, al menos de manera eventual.
Por el contrario, la contraofensiva ucraniana del verano de 2023, que intentó aplicar la doctrina militar clásica para este tipo de operaciones, fue un rotundo fracaso. Se realizó probablemente de manera prematura, con una panoplia de medios occidentales y exsoviéticos que debieron convertir la logística en una pesadilla, y sin ninguna superioridad aérea. Las columnas ucranianas atacaron además precisamente donde se esperaba, en Zaporizia, donde se daba la mayor concentración de fuerzas rusas y campos minados de todo el frente. Un fracaso similar, por motivos también similares, sufrió la ofensiva rusa en Vuhledar ese mismo año.
En Bakmut en 2023 y Avdiivka en 2024, las fuerzas rusas obtuvieron éxitos limitados, pero utilizando el ya mencionado sistema del martilleo sistemático del frente mediante continuos ataques de infantería y aprovechando al máximo la superioridad en fuegos terrestres y aéreos. Un modelo que, inevitablemente, consume mucho tiempo y causa un enorme número de bajas entre los atacantes a costa de ganancias modestas, como ocurría en la I Guerra Mundial. En el caso de Bakmut, el desgaste sufrido por las unidades del Grupo Wagner, que llevaron el esfuerzo principal en el ataque, tuvo mucho que ver con su rebelión en junio de 2023. Un nuevo recordatorio de la Gran Guerra, en este caso de los motines de 1917.
En definitiva, la maniobra clásica parece en crisis, aunque es necesario recordar que nunca ha sido tarea fácil. En ciertas circunstancias parece todavía posible con bastantes garantías de éxito, especialmente al inicio de un conflicto, cuando no existen frentes consolidados. También en el aprovechamiento de oportunidades que puedan surgir en sectores desatendidos y debilitados.
Su aplicación mediante la ejecución previa de una campaña de fuegos en profundidad es posible, pero con la condición de alcanzar previamente una superioridad considerable, al menos de manera puntual, en todos los elementos de la cadena de fuegos: reconocimiento y adquisición de objetivos, mando y control que permita decisiones muy rápidas y vectores de ataque precisos y difícilmente interceptables. Dos de los elementos que han contribuido a hacer tan difícil la maniobra, la digitalización y la inteligencia artificial, puedan aportar algo de la solución, pero ahora mismo hay una enconada pugna de la que no se vislumbra un ganador claro, porque ninguno de los bandos en el conflicto ucraniano goza de una superioridad tecnológica clara, o de una mejor aplicación doctrinal de la tecnología.
La omnipresencia de vehículos autónomos de todo tipo es uno de los factores que ha provocado la estabilización de los frentes y la ralentización de las operaciones. Miles de drones baratos sobrevuelan el campo de batalla, observándolo todo y transmitiendo esa información a redes digitales que pueden aprovecharla en muy poco tiempo. Cientos de ellos se pierden cada día, pero no es difícil sustituirlos, incluso por procedimientos artesanales. Una de las características de nuestro tiempo es que resulta más fácil fabricar drones que productos industriales clásicos, como proyectiles de artillería.
Solo la guerra electrónica ha sido capaz, en algunos lugares y por tiempo limitado, de barrer el cielo de drones e interferir a la vez los sistemas de guiado de las armas inteligentes. Eso puede crear ventanas que permitan mayor movilidad en algunos sectores, pero la reacción enemiga puede hacer que esas ventanas sean de muy corta duración. Los sistemas de guerra electrónica, especialmente los más complejos y eficaces, son fácilmente detectables debido a sus emisiones, lo que obliga a utilizarlos con precaución.
Uno de los elementos que se espera pueda solucionar el atasco, al menos en parte, es un perfeccionamiento de la inteligencia artificial aplicada a vehículos autónomos y proyectiles guiados, dotándolos de cierta autonomía, al menos en algunas fases de su vuelo o su trayectoria. Con capacidad propia para identificar y seguir blancos, sin necesidad de emisiones de guía que puedan ser interceptadas, los vehículos autónomos multiplicarían su eficacia. También contribuiría mucho a mejorarla el desarrollo de “enjambres” de drones, que permitirían el manejo de grupos de vehículos por un solo operador humano, siendo el grupo capaz de adoptar por su propia iniciativa formaciones y perfiles de ataque adaptados a las órdenes que reciban de su operador, e incluso llegar a prescindir de éstas en los momentos finales del ataque.
Quien antes pueda acceder a esta revolución tecnológica dispondrá en teoría de una ventaja sustancial para impulsar sus operaciones y poder ejecutar con libertad maniobras amplias y rápidas. No obstante, hay que tener en cuenta que puede que no exista un ganador absoluto en esta carrera. Tampoco hay que despreciar la eficacia de estrategias más clásicas de masa contra la innovación tecnológica. En Ucrania, los proyectiles guiados, que se esperaba tuviesen un papel absolutamente decisivo, se han visto desplazados en gran medida por la capacidad de fabricar y utilizar millones de proyectiles clásicos. Aunque las fuerzas ucranianas han utilizado con maestría los proyectiles guiados proporcionados por Occidente, la dura realidad es que se encuentran en ocasiones abrumados por la masa de fuegos convencionales de la artillería rusa. Con la debida disposición a sufrir bajas masivas, tecnologías militares más primitivas pueden todavía imponerse a las más avanzadas.
Lecciones para las fuerzas armadas en España
La cuestión práctica es ¿qué pueden hacer unas fuerzas armadas como las españolas ante estos cambios en el modelo de guerra terrestre? En primer lugar, hay que tener en cuenta que la actuación de nuestras fuerzas en un conflicto de media intensidad se integraría muy probablemente en un esfuerzo aliado, en el marco de la OTAN. En consecuencia, lo primero que conviene hacer es aplicar los cambios y desarrollos que la organización promueva, para no quedarse atrás a la hora de integrarse en sus fuerzas multinacionales. No obstante, no se trata solo de esperar a lo que decida la Alianza respecto a su doctrina y equipamiento, sino de avanzar en la adaptación de unas fuerzas, de tamaño medio y recursos no especialmente generosos, a lo que la OTAN pueda requerir de sus aliados. También existe una posibilidad, aunque remota y muy poco deseable, de un conflicto en solitario, por lo que hay que adaptarse también a esta situación que, por poco probable que parezca, sería sin duda la más demandante.
La capacidad de las fuerzas armadas españolas para realizar acciones móviles de cierta intensidad y duración parece limitada, por los motivos expuestos anteriormente: escasa entidad, poca experiencia en la gestión de grandes unidades en movimiento táctico, limitada capacidad logística y resiliencia ante las bajas también limitada, ante la escasa disponibilidad de reservas. No obstante, existe una capacidad potencial para operaciones móviles limitadas, aprovechando oportunidades que puedan surgir en el campo de batalla. Ese tipo de operaciones pueden ser suficientes para adquirir una situación de ventaja, al menos temporal.
Para aprovechar las oportunidades, hacen falta tres requisitos fundamentales: el primero, detectarlas a tiempo, lo que implica un buen sistema de vigilancia y reconocimiento, redes digitales capaces y un eficaz sistema de inteligencia (comprender el significado correcto de lo que los sensores nos dicen). La segunda es convertir la comprensión en decisión, con agilidad y flexibilidad. La tercera es que las decisiones se conviertan en acciones, para lo que se necesita la suficiente capacidad de ejecución, rápida, adaptable y basada en una tecnología suficientemente avanzada. No es tan importante utilizar una tecnología puntera como comprender la manera de explotar con el mayor aprovechamiento posible tecnologías ya consolidadas.
Para cumplir los tres requisitos, harían falta medidas específicas de naturaleza muy diversa. Podría mencionarse la generalización del uso de vehículos no tripulados hasta el nivel de pequeñas unidades, con sus derivadas de formar cientos, probablemente miles, de pilotos de drones. También extender la guerra electrónica desde su posición estratégica y operacional al nivel táctico, así como generalizar el uso de proyectiles guiados y construir unas redes de mando y control de gran capacidad y suficiente seguridad, con acceso tanto a redes militares como civiles. La aplicación de la inteligencia artificial a cada uno de los requisitos se antoja también imprescindible, para que todo el sistema pueda funcionar con la fluidez que necesitan unas operaciones móviles que, por necesidad, deben ser rápidas y oportunistas. Asimismo, sería recomendable aumentar las reservas de equipos, munición, repuestos y personal para que, además de rápidas, sean mínimamente sostenibles.
Sin embargo, todo lo anterior no es, ni mucho menos, lo más importante. Ucrania sigue siendo hoy un país independiente porque, en los primeros momentos de la invasión, con una ayuda occidental todavía incipiente y unas perspectivas de éxito francamente desfavorables, miles de mandos intermedios, jefes de pequeñas unidades y simples ciudadanos, fueron capaces de tomar decisiones rápidas en medio del caos. Muchas fueron erróneas, guiadas por la desesperación, pero muchas otras no. Entre todas contribuyeron a crear un dinamismo en la actuación ucraniana que las fuerzas rusas solo pudieron imitar, y solo parcialmente, en algunos sectores.
La capacidad para decidir, a todos los niveles, es la clave del éxito en cualquier operación militar, porque permite tomar la iniciativa. En realidad, que esas decisiones sean las más brillantes en cada momento importa relativamente poco. Lo que importa es la disposición a hacerlo, dentro del marco de las órdenes recibidas y, cuando éstas no llegan o llegan tarde, dentro de la orientación general que dicta el conocimiento de la situación, la misión general a cumplir y la responsabilidad de cada miembro de las fuerzas armadas. Decidir siempre es mejor que no hacerlo y aun el efecto más perverso que podría producir un exceso en la descentralización de las decisiones, el caos, es claramente preferible a su opuesto, la parálisis, siempre que el caos esté animado por la firme voluntad de imponerse al adversario.
La capacidad de decidir es de momento una cualidad esencialmente humana, aunque la digitalización y la inteligencia artificial pueden hacer mucho por facilitar decisiones más oportunas y acertadas. La responsabilidad, sin embargo, clave en la decisión, recae todavía exclusivamente sobre hombres y mujeres, cuya formación en un sistema flexible, adaptable y que fomente la iniciativa a todos los niveles es el elemento clave no solo para superar la crisis de la maniobra, sino para garantizar la eficacia de cualquier operación militar.

