Suenan lejanos los tiempos en los que los discursos emotivos y repletos de interpelaciones a los valores universales del presidente Volodimir Zelenski arrancaban un aplauso casi unánime en los principales parlamentos occidentales. Sus palabras generan un menor impacto en los medios de comunicación o lo hacen de forma más tímida, mientras que en algunos dirigentes políticos o militares aparecen dudas sobre la recuperación íntegra de los territorios ocupados o incluso comienzan a plantear una posible negociación con Rusia, provocando airadas reacciones del presidente ucraniano.
Aunque a la opinión pública le sorprenda, la realidad es que los frentes de combate en Ucrania hace meses que no se mueven más allá de unos pocos cientos de metros. John Mearsheimer -profesor de la Universidad de Chicago- dice que la tan esperada y prometida contraofensiva ucraniana para recuperar parte o la totalidad de los territorios ocupados ha sido, es y será un rotundo fracaso pues no consigue atravesar una zona gris que está lejos de alcanzar las defensas rusas en los territorios invadidos. De forma más discreta, el general estadounidense Mark Milley, antiguo Jefe del Estado Mayor norteamericano y otrora uno de los principales entusiastas de la ofensiva ucraniana en sus inicios, recientemente reconocía que esta “será larga, dura y sangrienta y que llevará mucho tiempo”. Los números de muertos o heridos en combate señalan que Rusia ha perdido unos 300.000 soldados frente a una capacidad militar de 1.300.000 mientras que Ucrania ha perdido entre 170.000 y 190.000 bajas de un ejército de 500.000 personas (incluidos reservistas). Lejos de centrarnos en las causas, la realidad es que esta información no llega al público general salvo a través de medios especializados: no es transmitida ni por medios de prensa occidentales ni tampoco por el gabinete de Zelenski o por los diferentes gobernantes europeos.
El apoyo internacional que tanto ha intentado comprometer Zelenski no vive su mejor momento en la actualidad. El congreso norteamericano ha rechazado recientemente una partida de 6.000 millones US$ de ayuda a Ucrania. El esfuerzo económico que realiza EEUU desde el comienzo de la guerra es fundamental para el mantenimiento de las operaciones militares (unos 43.900 millones US$) y la falta de noticias de avances militares pueden estar detrás del cambio de opinión del principal inversor. La Unión Europea, por ahora, continúa con su apoyo económico y de material, aunque por sí misma no es suficiente. Por otro lado, las relaciones con los países del entorno (Polonia o Eslovaquia) están tornándose cada vez menos cordiales debido, entre otras cosas, a las exigencias y comentarios del líder Zelenski respecto a la insuficiente ayuda recibida. El posible ingreso de Ucrania en la OTAN y la Unión Europea queda aún lejano pues se supedita a que acabe la guerra y se superen los grandes problemas de corrupción interna que sufre el país, con casos de destituciones importantes en las últimas semanas (el propio ministro de defensa, Reznikov, el pasado mes de septiembre).
Tampoco ayuda el que hace unos pocos días haya estallado de nuevo la guerra en Israel, principal aliado de EEUU en la región y que Oriente Medio vaya a acaparar la atención mediática durante los siguientes meses. EEUU y Reino Unido ya han comprometido su apoyo para las acciones militares que Israel acaba de iniciar. Sin duda, Zelenski ha sabido ver la amenaza a su propia campaña política y militar y ha intentado recuperar la atención manifestando su apoyo a la causa israelí a la vez que lanza la sospecha de que Rusia está detrás de la guerra en Oriente Medio aunando en un solo conflicto moral mundial las guerras de Ucrania y de Israel.
Por su parte, el presidente ruso Vladimir Putin continúa su campaña de desgaste del ejército ucraniano atrincherando y minando la zona de Zaporiya y Bajmut, donde se mantiene el frente estable a día de hoy, pese a que algunos anuncios ucranianos informaban de su avance hace un mes. La estrategia de mantenimiento de territorios conquistados y desgaste del enemigo empleada por el ejército ruso está siendo efectiva tras los números expuestos anteriormente. Poco o nada parece influir en la capacidad de resistencia del ejército ruso y en la determinación de su presidente por no ceder en la negociación: ni las supuestas enfermedades físicas o mentales atribuidas a Putin por algunos “expertos” médicos y psiquiatras del mundo occidental, ni la revuelta interna producida por el grupo Wagner, ni los errores tácticos cometidos al inicio de la invasión, ni tampoco la limitación de apoyos económicos y políticos impuestos desde el exterior. Se podría decir que la capacidad de resiliencia de Vladimir Putin es elevada, manteniendo el control de la situación y sabiendo cambiar las piezas de su rompecabezas político y militar de forma eficaz.
Por tanto, queda lejos una resolución positiva hacia Ucrania del conflicto en el corto o medio plazo a no ser que surjan novedades en el campo armamentístico o estratégico.
El liderazgo carismático ha sido empleado como táctica política y militar desde el comienzo por el presidente Zelenski con gran eficacia a la hora de generar expectativas de éxito, cohesión interna y apoyo emocional tanto dentro como fuera de Ucrania. Este liderazgo, según Northouse (2016), está caracterizado por la expresión continua y evidente de creencias y valores que un líder quiere que sus seguidores posean (recuerden esos vídeos moralizadores ante sus ciudadanos a través de redes sociales), exteriorizar gran competencia y cercanía sobre los seguidores (la continua imagen de Zelenski vistiendo su camiseta verde militar tan característica y las fotos acompañando a las tropas en las trincheras de Kiev) y establecer metas ideológicas que inspiren (es digno de estudio aquellos discursos del presidente ucraniano ante los parlamentos occidentales plagados de conceptos de valores universales). Pero esta táctica parece debilitarse progresivamente por varias razones relacionadas con el estudio del carisma. Por un lado, la larga duración de la guerra facilita que el público occidental se haya acostumbrado a los titulares y desensibilizado emocionalmente frente a las alocuciones del ucraniano. Realmente resulta difícil mantener la atención y la motivación de un público tan amplio con argumentos repetidos hasta la saciedad y sin novedades informativas que hagan vislumbrar una victoria cercana. Y eso que hasta la fecha Zelenski ha contado con el apoyo de una clase política occidental casi unánime y unos medios de comunicación que han obviado errores políticos y militares de calado, a la vez que se han bloqueado la recepción de señales de los medios de comunicación rusos, situación inédita en nuestra sociedad democrática europea.
Por otro lado, la continua petición de recursos por parte del gobierno de Kiev y el agotamiento de las reservas de los países de apoyo, hacen dudar sobre el concepto “bien común” que es muy necesario en el liderazgo carismático. Empiezan a aparecer opiniones y actitudes políticas que reflejan que los países occidentales ya no sienten como recíprocos o compartidos los objetivos de una Ucrania íntegra debido al alto precio que supone para sus economías y políticas nacionales, pues -hasta la fecha- parece que el esfuerzo es unidireccional sin recibir compensación alguna. En este caso, podríamos decir que aunque en un principio el apoyo de los países occidentales se inspiraba en los niveles más altos de la jerarquía de valores de Maslow, (desarrollo de la autorrealización a través de la defensa de los bienes morales como el altruismo, justicia o bondad) posteriormente los apoyos occidentales se están fijando en necesidades más básicas dentro de esa escala, como la necesidad de afiliación propia o la de seguridad individual centradas en los propios intereses nacionales. Sirva la declaración del primer ministro polaco para ejemplificar este argumento: “ya no entregaremos armas a Ucrania porque ahora estamos armando a Polonia con armamento más moderno”. Aunque las recientes elecciones polacas indican un reequilibrio de fuerzas por dinámicas internas del país (los escrutinios a día de hoy indican que se ha dado un descenso de los partidos anti OTAN y anti apoyo a Ucrania), no es de extrañar que algunos países afrontarán en breve el debate interno entre seguir esforzándose por la causa común o primar el interés propio.
Además, se puede entender que, ante la situación actual de incipiente incertidumbre, estrés y agotamiento social y militar a nivel global, el liderazgo carismático se debilita y resulta menos resiliente que el liderazgo autoritario empleado por Putin. Los estilos de liderazgo intervinientes en este conflicto tienen que ver mucho con las audiencias objetivo a las que se dirigen: aunque ambos liderazgos usan conceptos similares en sus discursos ante la opinión internacional (igualdad de los pueblos, paz, justicia internacional, espíritu de grupo y propósito común) la forma de mantener la cohesión y resiliencia interna es diferente y sus efectos distintos. Mientras que en el caso carismático la motivación interna del individuo, la emoción positiva y la influencia idealizada del líder sobre los subordinados son necesarias, en el liderazgo autoritario el uso de la autoridad, la fortaleza y presión institucionales o la obligación y sentido del deber respecto al estado son herramientas habituales para motivar externamente a los ciudadanos. El uso de la autoridad extrema es difícilmente explicable en el liderazgo carismático (aunque se han dado casos como la obligatoriedad del reclutamiento decretada por el gobierno ucraniano y algunas operaciones militares poco acordes con la moralidad democrática, como el probable ataque a una base de tropas rusas durante la nochevieja de 2022 aprovechando el uso de teléfonos móviles de reservistas, la eliminación de “agitadores prorrusos civiles” (influencers, filósofos o creadores de opinión) o la supresión de libertad de información antes citada). En cambio, el encaje de estas técnicas persuasivas poco democráticas se realiza de forma coherente y aceptable por la mayoría en el caso del liderazgo autoritario típico en el sistema político ruso.
Quizá haya que esperar al final del conflicto para ver las consecuencias y las opciones políticas resultantes y así tomar decisiones sobre los pasos a seguir en el futuro o quizá sea ya el momento de reflexionar acerca de qué lecciones sobre el comportamiento social y grupal podemos aprender en el mundo occidental en base a la guerra de Ucrania. ¿Qué modelo de fortaleza o resiliencia social queremos para Europa?¿Queremos un modelo basado únicamente en la emoción compartida, esa emoción que activa nuestro sistema nervioso y hormonal de forma automática, efímera pero explosiva y cuasi unánime como consecuencia de los titulares y las imágenes de los medios de comunicación y que al cabo del tiempo se adormece, tranquiliza y no aprende?¿O quizá queremos un modelo de resiliencia basado en la cultura y el conocimiento real de la defensa compartida? ¿Queremos una sociedad europea que apoya la acción de sus políticos y fuerzas armadas basada únicamente en el control del relato por parte de las autoridades que deciden qué información es útil, cuál no y polariza las decisiones de forma simple? ¿O es el momento de construir una sociedad europea con espíritu crítico, madura en sus decisiones de políticas de seguridad y defensa, conocedora de los procesos que guían las relaciones internacionales y que debate con argumentos y que por ello está a salvo de los ataques más burdos en el ámbito cognitivo por potencias extranjeras?
Quizá también sea el momento de definir qué tipos de líderes políticos y militares queremos crear para el futuro cercano: líderes que hablan sin disimulo exponiendo los claros y los oscuros de los argumentos; líderes que inspiran la acción común basados en la ejemplaridad y en el conocimiento de la materia; líderes que no tratan a sus ciudadanos con un paternalismo o moralismo interesados. Puede que haya llegado el momento de valorar e impulsar la formación en cultura de defensa de jóvenes y mayores como una capacidad necesaria de resiliencia social, más allá de intereses presupuestarios o políticos.
Quizá, independientemente de quién gane la guerra, Europa pueda salir más resiliente, más inteligente y más generosa si nos atrevemos a realizar una crítica constructiva de lo acontecido a nivel social en la invasión de Ucrania, la primera gran guerra del siglo XXI que nos ha hecho sentirnos Europa.

