Global Strategy Report, 3/2022
Resumen: Entre los principales desafíos para la seguridad internacional en el s. XXI se encuentran el declive de Occidente y el auge de China. Este artículo analiza de forma comparada las debilidades de Occidente y las debilidades que alberga el ascenso de China para, de este modo, dilucidar en qué medida el gigante oriental tiene posibilidades reales de hacerse con la hegemonía mundial. Esto es hecho a través del estudio de las principales tendencias económicas y demográficas que imperan tanto en el mundo occidental como en China, lo que sirve para aclarar la dimensión real del desafío que representa el auge de esta potencia.
Para citar como referencia: Vidal, Esteban (2022), «Los desafíos para la seguridad internacional en el siglo XXI: el declive de Occidente y las debilidades del auge de China», Global Strategy Report, No 3/2022.
Introducción
La caída del muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética fueron hitos históricos que confirmaron la supremacía mundial de la civilización occidental. Como consecuencia de esto no faltaron los discursos escatológicos sobre el fin de la historia (Fukuyama, 1992), así como narrativas geopolíticas que también reproducían ese mismo estado de ánimo (Duguin, 2005). Indudablemente no faltaban motivos para llegar a este tipo de conclusiones ante un escenario en el que EE.UU., como potencia líder del mundo occidental, podía ejercer una hegemonía indiscutida en términos políticos, económicos, militares y culturales.
En 1991 George H. W. Bush enunció su idea del “New World Order” que dio paso a la integración de los antiguos países del bloque socialista en el modelo político y liberal que EE.UU. encarna (Bush, 1991). Todo esto supuso la reorganización del espacio político mundial en el que la potencia vencedora de la Guerra Fría dictó desde entonces sus propias reglas del juego en las que el multilateralismo, a través de organizaciones internacionales como el FMI, la OMC, el Banco Mundial, etc., implantó una normatividad a escala global dirigida a favorecer los valores de EE.UU., y con ellos la proliferación de regímenes constitucionales basados en el libre mercado, tal y como William J. Clinton lo concretó en su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas (1993).
Occidente alcanzó su segundo apogeo entre 1991 y 2001 (el primero fue durante el s. XIX hasta que potencias como Japón y la URSS le disputaron su supremacía en el s. XX). La apertura de los mercados y la liberalización de las economías, junto a la difusión de los sistemas de democracia liberal, hizo que Occidente impregnase con sus valores y cultura al resto del mundo, representando así una vía exitosa hacia la modernidad de la que EE.UU. era su expresión paradigmática (Beriain, 2005: 46-54). El horizonte estaba despejado con una Rusia descompuesta que lidiaba con innumerables problemas internos, y una China todavía lejos de representar una amenaza. La llamada globalización, término acuñado en la década de 1980 por Theodore Levitt en un sentido similar al que hoy es utilizado (1983), facilitó la universalización de los intereses y del estilo de vida occidentales.
Sin embargo, los antentados del 11 de septiembre contra el World Trade Center fueron un duro golpe en el corazón mismo de la globalización, y supuso el comienzo de un periodo histórico que precipitó el declive de Occidente. EE.UU. inició así una serie de guerras que arrastraron a los demás países occidentales, lo que repercutió tanto en la posición política internacional de esta potencia como del conjunto de Occidente.
Los más de 20 años que han transcurrido desde los ataques de 2001 brindan la perspectiva histórica suficiente como para identificar los principales ámbitos en los que el declive de la supremacía occidental es más patente. En cualquier caso este análisis no puede ser desvinculado de otro hecho fundamental que se ha dado en ese mismo periodo de tiempo, nos referimos al ascenso de China. De este modo, la debilidad de Occidente está relacionada con el creciente protagonismo de China en la esfera internacional. Por esta razón lo que aquí planteamos es un diagnóstico del declive de Occidente para dilucidar si la decadencia de esta civilización conllevará necesariamente la supremacía mundial de China. Para esta tarea nos proponemos, en primer lugar, dilucidar en qué ámbitos críticos se manifiesta la debilidad occidental para, después, evaluar la fortaleza del ascenso chino en relación a sus propias debilidades internas que generalmente son pasadas por alto. Todo esto nos servirá para identificar los principales desafíos para la seguridad internacional en este siglo XXI.
Debilidades críticas de Occidente
Antes de continuar consideramos que es necesaria una aclaración preliminar acerca de lo que aquí entendemos por Occidente. En lo que a esto respecta cabe señalar que no vamos a ofrecer una definición sustantiva de esta civilización sino que, por el contrario, vamos a considerarla en términos geopolíticos, es decir, en función de las relaciones de poder que se despliegan en el escenario internacional.
Aunque la noción de Occidente considerada en términos civilizacionales surgió en la Antigüedad como consecuencia de los enfrentamientos entre las polis griegas y el imperio persa (Pagden, 2011), esta encontró su desarrollo ulterior como resultado de la división del imperio romano de Teodosio, lo que produjo dos trayectorias históricas y geopolíticas divergentes en el seno de Europa. Esta división se hizo irreversible a partir del cisma de la Iglesia en el año 1054, lo que originó tradiciones políticas, culturales y religiosas diferentes entre Oriente y Occidente. Por un lado un Occidente latino-germano, con una iglesia católica romana organizada en torno al papado en la que el obispo de Roma se erigió en sumo pontífice, y el desarrollo de una estructura sociopolítica feudal muy descentralizada. Y por otro lado un Oriente predominantemente griego, organizado en torno al catolicismo ortodoxo, cesaropapista, con una estructura sociopolítica autocrática altamente centralizada en la que predominó el esclavismo.
Así pues, Occidente es una realidad contingente que ha evolucionado a lo largo de la historia, y que pese a que su origen geográfico se encuentra en el sudeste de Europa, su centro de gravedad geopolítico se desplazó hacia el oeste de esta región, a orillas del Atlántico, a partir del s. XVI. En este sentido Occidente ha sido liderado por diferentes potencias, todas ellas europeas hasta que en el s. XX el testigo pasó a manos de EE.UU., al mismo tiempo que los viejos imperios coloniales europeos se desintegraban. Por esta razón consideramos que Occidente está constituido fundamentalmente por los países europeos, especialmente aquellos que desarrollaron imperios ultramarinos, y por EE.UU. debido a la posición de poder que ha adquirido en el seno de la civilización occidental al hacerse con su liderazgo a partir de 1945.
Dicho todo esto procedemos a aclarar las áreas críticas que son objeto de análisis, y que reflejan las debilidades más importantes de Occidente. Estas áreas son la economía y la demografía. La razón de esta selección se debe a su incidencia en las bases del poder del mundo occidental. Utilizaremos el mismo criterio cuando nos ocupemos de China.
La economía
En el terreno económico cabe destacar que Europa occidental ha visto menguar su porción del PIB mundial, lo que refleja una clara ralentización de su crecimiento en comparación con las economías de otras regiones del mundo (Full Fact, 2017; Vakulina, 2019). Ciertamente esta tendencia tiene sus antecedentes en la década de 1970, momento a partir del que la media del nivel de ingresos per cápita se mantuvo sin apenas aumento para, a principios del s. XXI, comenzar a declinar en términos relativos (The Economist, 2004). Europa ha visto menguar su PIB per cápita en relación con EE.UU. cuya economía no ha dejado de crecer durante todo este tiempo, lo que se ha reflejado en la disparidad del poder de consumo a ambos lados del Atlántico (Munkhammar, 2005: 33-35). A pesar de esto, en EE.UU. también se constata un estancamiento de los salarios en estas primeras décadas del s. XXI, lo que en parte explica el fenómeno de “The Great Resignation” que está llevando a muchos americanos a abandonar sus trabajos.
Sin embargo, no menos relevante es que tanto en EE.UU. como en Europa las grandes empresas han optado por la deslocalización de su producción al llevarla a países con una mano de obra más barata: India, Bangladesh, Marruecos, Tailandia, China, etc. El aumento del nivel de vida de la clase trabajadora en el mundo occidental ha tenido efectos no esperados con la reubicación de multitud de industrias, lo que ha estado unido a una creciente tercerización de la economía a medida que el fenómeno de la desindustrialización ganaba terreno.
La desaparición de gran parte del tejido productivo industrial en las economías de los países occidentales ha estado unida, asimismo, al proceso de estancamiento económico como así lo reflejan unas tasas de crecimiento cada vez menores y una caída de la productividad. Esto está ligado a fenómenos interrelacionados como la concentración empresarial monopolista y el gigantismo organizativo que lleva aparejada. La formación de grandes corporaciones ha servido para generar un contexto en el que estas empresas no encuentran una salida rentable en forma de inversión para los excedentes económicos generados por la acumulación de capital, como tampoco encuentran mercados rentables para dar salida a su producción. La consecuencia de esta dinámica es que estas grandes empresas reducen su producción para mantener artificialmente elevados los precios como respuesta a su exceso de capacidad productiva, todo lo cual produce estancamiento económico (Sweezy & Baran, 1966).
Las respuestas al exceso de capital son diversas. La intervención del Estado por medio del gasto público, que en ocasiones suele adoptar la forma de políticas militaristas y expansionistas como sucede en EE.UU. (Melman, 1971), es una salida muy habitual a este tipo de problema, a la que cabe sumar el crecimiento del sector inmobiliario y la financiarización de la economía. Todo esto contribuye a generar ciclos económicos expansivos en la forma de burbujas que, finalmente, estallan y arrastran consigo a gran parte del sector productivo generando un nuevo proceso de concentración de capital y de reorganización del mercado.
Asimismo, la tercerización de la economía contribuye al estancamiento económico en la medida en que se producen menos bienes que son la base de la riqueza y que, además, son necesarios para el desempeño de cualquier servicio. Esta tercerización suele ir acompañada de la financiarización en la que el sector bancario adquiere un rol central al regular el sector monetario que, debido a su importancia, termina regulando el funcionamiento global de la sociedad a causa de la monetización y mercantilización de la gran mayoría de las relaciones sociales (Zinoviev, 1999: 128). Además, las entidades financieras, principalmente los bancos, desarrollan una integración vertical de la producción con la compra de multitud de empresas en diferentes sectores y su organización en extensos holdings. Este fenómeno tan extendido en las economías capitalistas desarrolladas, y del que el “zaibatsu” japonés es un ejemplo paradigmático, está ligado al problema que representa el gigantismo empresarial en la economía y cómo afecta a su crecimiento.
El gigantismo empresarial, entendido como la concentración de múltiples sectores productivos en grandes grupos empresariales, esto es, la integración vertical de la producción tiene importantes repercusiones negativas en el crecimiento económico. Como consecuencia de este tipo de organización se dan los problemas de cálculo económico. Este tipo de problema, que fue identificado por Ludwig von Mises en su análisis de las economías planificadas del socialismo de Estado (Mises, 2012), se da también en el seno de los holdings empresariales en los sistemas capitalistas de libre mercado. Esto es debido a que las empresas subsidiarias del mismo holding terminan adquiriendo bienes y servicios intermedios las unas de las otras, lo que significa que estos intercambios son transferencias internas. Debido a la falta de información objetiva derivada de este tipo de transacciones que se dan fuera del mercado y, por tanto, la imposiblidad de obtener precios reales, se genera una asignación irracional de recursos que a largo plazo aboca a la desaparición de este tipo de empresas. Esto explicaría, entre otras cosas, que la esperanza media de este tipo de corporaciones sea de entre 25 y 30 años, transcurridos los cuales son reemplazadas por otras empresas que inicialmente fueron pequeñas y cuya actividad se limitaba a algún sector concreto para, finalmente, transformarse en nuevos gigantes corporativos que concentran múltiples sectores económicos.
Por otro lado es preciso apuntar que el gigantismo en las empresas, con el desarrollo de una gran estructura organizativa central, implica la aparición de funcionarios corporativos que desempeñan labores de supervisión, organización, control y vigilancia del trabajo y que representan una importante carga económica. Esto incluye a los gestores que forman una suerte de “managerial class” (Burnham, 1941; Rizzi, 1980), y que en su condición de funcionarios corporativos se ocupan de labores improductivas, pues se trata de tareas que no forman parte del proceso de producción de plusvalía. Nos referimos a funciones de contabilidad, de medición de la productividad y de los rendimientos y, en definitiva, del control de la fuerza de trabajo. A estos trabajadores improductivos cabe sumar todo el personal de vigilancia interna que se ocupa de disciplinar a la plantilla, hacer cumplir las órdenes de los jefes corporativos y, en definitiva, mantener la paz dentro de la compañía (Braverman, 1981).
A tenor de lo antes expuesto el gigantismo empresarial constituye un impedimento para el crecimiento y desarrollo económicos en la medida en que este modelo de empresas está unido al contexto oligopolístico en el que surge. El Estado, a través de múltiples procedimientos, mantiene artificialmente a estas empresas al establecer relaciones clientelares con ellas, lo que repercute en los principales indicadores económicos. Todo esto sirve, asimismo, para llamar la atención sobre la dimensión de las organizaciones, tal y como señalan algunos autores (Kohr, 1957; Schumacher, 1973; Carson, 2008), de forma que cuando estas exceden una escala humana no sólo se convierten en un lastre económico sino que, además, destruyen su propia mano de obra.
Las condiciones en las que se desarrolla el trabajo asalariado en el contexto empresarial y productivo actual tienen una repercusión negativa en la salud de las personas. El alargamiento de las jornadas de trabajo (sirva de ejemplo que en España se trabajan 2,5 años más que en 1976 en términos globales) (Sánchez, 2021), las enormes cargas de trabajo, la presión de la productividad, etc., generan problemas en la salud física y psicológica con el aumento de las tasas de alcoholismo y de adicciones a medicamentos como antidepresivos, analgésicos y ansiolíticos, a lo que cabría sumar el consumo de estupefacientes para sobrellevar esta suerte de estajanovismo occidental. El desarrollo de hábitos alimenticios contraproducentes, la falta de ejercicio físico, etc., perjudican, asimismo, a la fuerza de trabajo y provocan un daño económico en las empresas que, finalmente, repercute en los indicadores macroeconómicos (Pfeffer, 2018).
Todo lo antes expuesto guarda relación, asimismo, con la generalización del consumo de opioides en EE.UU., y cuyo origen se encuentra en la prescripción masiva de analgésicos para aliviar dolores generados por el trabajo. Esto ha supuesto un coste económico de al menos un 2,8% del PIB estadounidense (Pozzi, 2017), hasta el punto de que las sobredosis de opioides se han convertido en la primera causa de muerte evitable (Barro, 2019; Pardo, 2019; NIDA, 2020). Cada semana fallecen más de 1.300 personas en EE.UU. a causa de sobredosis por consumo de estas sustancias. Sólo en 2020 murieron aproximadamente 70.000 personas por este motivo. Esta tendencia se ha disparado durante la pandemia de covid-19, y ha contribuido a reducir la esperanza de vida de los estadounidenses (Felter, 2021). Alan Krueger, economista de la Universidad de Princeton, afirma que el consumo de opioides puede ser responsable del descenso de la participación en el mercado de trabajo de aproximadamente un 20% de los hombres y de un 25% entre las mujeres (Krueger, 2017).
La degradación y destrucción de la mano de obra como consecuencia de las condiciones del entorno de trabajo está ligada a los fundamentos de la base productiva capitalista. En este sentido no sólo está el aumento de la carga y ritmo de trabajo, entre otros procesos negativos que repercuten en la salud de la población asalariada, sino también el influjo de la tecnología como herramienta de control de la fuerza de trabajo que en muchas ocasiones, como David Noble señala, no sirve para aumentar la productividad e impulsar el crecimiento económico al entrañar importantes costes ocultos (2001). Esto último la convierte en un factor más del estancamiento de las economías occidentales.
El invierno demográfico
Las razones que explican el envejecimiento de las sociedades occidentales son múltiples, lo que hace que su análisis exceda los límites de este artículo. Nos limitaremos a señalar que el propio estancamiento económico alimenta esta tendencia en la medida en que la parte destinada a la reproducción de la fuerza de trabajo es retraída de los salarios. Inevitablemente esto afecta a la tasa de fertilidad que hace que se invierta la pirámide poblacional.
En primer lugar, cabe destacar la importancia geopolítica de la demografía tanto en la configuración del poder de un país como en la organización del propio escenario internacional. Las diferencias en los niveles de crecimiento demográfico de los países tienen consecuencias muy importantes tanto en la vida económica como en el clima político y, sobre todo, en el potencial militar (Notestein, 1948). Aunque es un factor que por sí solo no explica el desencadenamiento de conflictos y gerras a nivel internacional (Wright, 1948), incide directamente sobre las posibilidades de los países en la política mundial y, por tanto, en el equilibrio de poder, algo que es señalado por diferentes autores (Mackinder, 1904, 1996; Sprout & Sprout, 1945; Brzezinski, 1998; Sempa, 2012). Por tanto, el papel e importancia de la demografía únicamente pueden entenderse en combinación con otros factores geopolíticos.
Ciertamente el envejecimiento de la población es un fenómeno más amplio que abarca muchas otras sociedades además de las occidentales (Bricker e Ibbitson, 2019). Sin embargo, debido a que la civilización occidental ostenta una posición dominante a escala mundial, el hecho de que las sociedades occidentales estén inmersas en un proceso de crecimiento vegetativo e, incluso, de retroceso demográfico, hace de esta cuestión un problema fundamental.
Si en 2012 EE.UU. y Francia eran los únicos países occidentales que tenían unos niveles de fertilidad próximos a la tasa de reposición poblacional, esto es, 2,1 hijos por mujer, la situación actual ya no es esa y sus tasas de fertilidad no garantizan el reemplazo generacional. En el caso de EE.UU. la tasa ha descendido a 1,84 hijos por mujer, mientras que la de Francia se sitúa en 2,04 hijos (CIA, 2022). Inevitablemente esto tiene consecuencias tanto en la base económica de estos países como, sobre todo, en la base tributaria de sus Estados y, por tanto, en su poder militar. El caso de EE.UU. es bastante claro debido a que el envejecimiento de la población va a afectar de manera determinante a sus capacidades militares en términos de personal enrolado en sus fuerzas armadas. Las proyecciones hechas a partir de la tendencia demográfica actual presentan un escenario futuro sombrío en el que el gasto militar va a verse limitado por el aumento del coste de las pensiones y del gasto sanitario, pues el equipamiento militar, como sucede con las armas guiadas por laser, los portaviones nucleares, los aviones furtivos, etc., requieren inversiones financieras masivas (Longman, 2012: 31-32).
EE.UU. es hoy más dependiente de la inmigración para apuntalar su economía y, sobre todo, para sostener su maquinaria de guerra. En el terreno económico esta dependencia se refleja en la mano de obra poco cualificada que es empleada en el sector primario y que está compuesta principalmente por inmigrantes de Centroamérica y Sudamérica. Junto a esta fuerza de trabajo está la fuerte demanda que existe en este país de una mano de obra altamente cualificada para sectores punteros como el tecnológico, lo que ha convertido a EE.UU. en el destino laboral de físicos, matemáticos, ingenieros, etc. En otro lugar está la gran cantidad de extranjeros que se incorporan a las fuerzas armadas estadounidenses para conseguir la ciudadanía y promocionarse profesionalmente.
En el conjunto de países europeos las tasas de fertilidad están por debajo de los 2,1 hijos por mujer, y la tendencia general es el envejecimiento poblacional así como el crecimiento negativo de estas sociedades. Esto ha generado una creciente dependencia con la inmigración para sostener la economía ante la cada vez mayor escasez de mano de obra. Un claro ejemplo de esto es Alemania al haber modificado sus leyes para atraer trabajadores foráneos (Carbajosa, 2019), dado que el envejecimiento de la sociedad alemana y la carencia de trabajadores para los puestos vacantes contribuirá al estancamiento económico, y en úlltima instancia al crecimiento negativo con el descenso del PIB para 2035 (Gillmann et al., 2019). Unido a esto también está la demanda de efectivos para sus fuerzas armadas, hasta el punto de incorporar a extranjeros en sus filas (DW, 2020).
Alemania, según sus autoridades, necesita más de 400.000 trabajadores inmigrantes todos los años (Kantchev, 2021), lo que no se aleja de otras previsiones que han sido hechas en otros países como, por ejemplo, España, donde la AIReF prevé que será necesaria la entrada anual de 270.000 inmigrantes en los próximos 50 años si se quiere evitar un drástico freno del crecimiento del PIB (Viaña, 2020). La jubilación de la generación del baby boom, tanto en Alemania como en otros países occidentales, conduce a una crisis en el mundo del trabajo debido a la escasez de mano de obra, pero también a una crisis en el terreno fiscal al tener que afrontar un creciente gasto social en un contexto de elevado endeudamiento de los Estados. La pandemia de 2020 no ha hecho sino agudizar e incluso acelerar estas tendencias que ya estaban presentes como así lo demuestra la creciente escasez de trabajadores en multitud de sectores a lo largo de Europa y Norteamérica (EC, 2021; R. A., 2021). Todo esto puede traducirse tarde o temprano en escasez de bienes y servicios, el aumento de la inflación así como de los impuestos.
El hecho de que los países occidentales hayan renunciado en gran medida a impulsar la natalidad local y, por el contrario, hayan optado por fiar su futuro a la inmigración, les ha conducido a competir entre ellos por la mano de obra disponible en los países que exportan población, tal y como sucede con la región al sur del Sáhara. Sin embargo, los gobernantes occidentales son plenamente conscientes de esta situación, lo que no hace sino profundizar la competición en curso (Carbajosa, 2019), además de cuestionar esta estrategia en la medida en que no deja de ser una huida hacia delante. La realidad física y material es insoslayable, pues no hay suficientes inmigrantes para todos, lo que en la práctica hace que la inmigración no sea una opción viable a largo plazo para solventar los problemas demográficos y la falta de mano de obra.
Por otra parte no debe ser pasado por alto el hecho de que la situación demográfica en África no es halagüeña, todo ello a pesar de sus todavía altos niveles de fertilidad. En las dos últimas décadas se ha podido observar un claro retroceso de este índice en todos los países africanos, aunque en algunos más que en otros. Esto quiere decir que el continente africano está inmerso en una tendencia de claro declive demográfico que se acelerará a medida en que siga exportando población, especialmente jóvenes, pero también a medida que desarrolle su tejido industrial y su población se urbanice. Esto es bastante palpable en países como Kenia o Nigeria (Bricker e Ibbitson, 2019).
Lo anterior explica, por ejemplo, que la tasa de fertilidad de Etiopía haya pasado de los 7,07 hijos por mujer de 2000 a los 4,07 de 2021, aún siendo como es el segundo país africano más poblado tras Nigeria. Burkina Faso tenía una tasa de 6,44 hijos por mujer en el 2000, y en 2021 esta es de 4,39. Algo parecido sucede con Kenia que pasó de los 4,38 hijos por mujer en 2010 a los 2,81 de 2018. Basta señalar que en 2010 las tasas más altas de fertilidad de este continente, y por ende del mundo, estaban en una orquilla que iba de los 7,68 hijos por mujer de Níger a los 6,05 de Angola, y comprendía a 10 países. En 2021 sólo Níger tiene una tasa superior a los 6 hijos por mujer, mientras que los 11 países siguientes con mayor tasa de fertilidad en el mundo, todos ellos africanos, tenían índices que oscilaban entre los 5,90 de Angola y los 4,89 de Mozambique (CIA, 2000, 2018, 2022).
A tenor de todo lo antes expuesto cabe decir que África, más pronto que tarde, dejará de ser la fuente de recursos humanos que hoy es para las sociedades europeas, lo que dejará a los países occidentales en una situación complicada en caso de que no se revierta la tendencia demográfica imperante. Esto último es cada vez menos probable, especialmente en aquellos casos en los que se ha superado el umbral de la denominada trampa de la baja fertilidad, es decir, una situación irreversible en lo poblacional al afirmarse que ninguna sociedad ha logrado revertirla. Esta dinámica desencadenará importantes problemas fiscales derivados de la creciente dificultad de financiar el sistema de pensiones, lo que puede verse agudizado por la ralentización del crecimiento económico debido a la falta de trabajadores generada por la debacle demográfica. Un escenario de estas características produciría importantes tensiones sociales y políticas que debilitarían la posición de Occidente en el mundo.
Las debilidades del auge de China: ¿un tigre de papel?
El evidente declive de EE.UU. al principio de la segunda década del s. XXI (Walt, 2011) ha contribuido a centrar la atención en China y a resaltar su pujanza, especialmente en el terreno económico debido a las tasas de crecimiento anual de dos dígitos que llegó a tener a principios de este siglo. Esto se ha combinado con el fortalecimiento del poder militar chino y de su influencia comercial, financiera y política a lo largo y ancho del mundo. Sin embargo, el auge de China ha sido en gran medida exagerado al haber puesto el foco de atención en ciertos logros, tanto económicos como militares, que vistos con perspectiva no hacen pensar, en contra de lo que sugieren algunos analistas, que esta potencia vaya a alzarse con la supremacía mundial a lo largo del presente siglo. Por este motivo vamos a analizar las debilidades que oculta el auge de esta potencia y que ofrecen una imagen más realista de los posibles escenarios futuros.
Así pues, a continuación examinaremos, al igual que hicimos con Occidente, dos áreas especialmente críticas como son la economía y la demografía del gigante asiático. Esto también nos permitirá abordar algunas de las transformaciones que actualmente está atravesando esta potencia, así como el papel que juegan en su estrategia global.
Una economía transformada
China ha ganado gran parte de su fama internacional por haber sido durante décadas la fábrica del mundo. Su modelo manufacturero fue impulsado por las reformas de Deng Xiaoping en la década de 1990, y contó con el apoyo del propio Estado con su intervención activa en multitud de sectores de la economía como parte de su política mercantilista. Todo esto convirtió a este país en el principal exportador mundial. Así, su entrada en la OMC en 2002 sirvió para que sus exportaciones creciesen hasta 2011 a un ritmo medio anual del 22%, lo que le permitió duplicar las exportaciones casi cada tres años. El acceso a las cadenas globales de valor fue fundamental para el despegue definitivo de China, gracias a lo cual aumentó su participación en el comercio mundial con más de un 13% del total (Jorrín, 2021).
Ciertamente China ha logrado contar con un gran superávit en la balanza comercial gracias a sus exportaciones. 450.000 millones de dólares anuales es una cantidad respetable en términos absolutos al equivaler al 40% del PIB de España. Esta dinámica tiene efectos importantes en la economía mundial debido a que China ha drenado así el crecimiento del resto del mundo, circunstancia que ha impedido que los países desarrollados exportasen a China lo que pensaban que harían. De hecho, China se ha beneficiado de las deslocalizaciones de muchas empresas occidentales que trasladaron su producción a Asia oriental. En términos globales China ha salido más beneficiada de su participación en la economía mundial que los países desarrollados a tenor de lo que refleja un estudio del economista Dani Rodrik (2021). Al fin y al cabo el superávit exterior de una economía va necesariamente de la mano del déficit de otra economía. De este modo China hizo de la exportación de manufacturas el motor de su crecimiento y desarrollo económico.
Sin embargo, la economía china está dando claras muestras de desaceleración a pesar de que todavía presenta altas tasas de crecimiento. Si bien es cierto que en 2021 creció un 8,1%, esto fue fruto de la reactivación que se produjo tras el parón de la industria durante el primer semestre de 2020 (He, 2022), y el Banco Mundial ya prevé que el crecimiento sea del 5,1% en 2022 (World Bank, 2021). Pero si tomamos perspectiva histórica comprobamos rápidamente que la tendencia general del crecimiento es descendente. Esto es especialmente claro desde 2007 en adelante. Así, en 2007 la economía alcanzó una tasa de crecimiento del 14,23%, mientras que en 2019 esta era del 5,95% (World Bank, 2022b). La cuestión es, entonces, qué explica la ralentización de la economía china y en qué medida constituye un factor de debilidad en el auge de esta potencia.
Uno de los factores explicativos del cada vez menor crecimiento económico de China es la reorganización interior que la élite gobernante llevó a cabo con el cambio del modelo de crecimiento. La crisis prolongada en la que Occidente parecía sumergirse ya en 2008 hizo prever que los países occidentales recortarían sus importaciones, de modo que la economía fue reorientada para depender de la demanda interior en lugar de la demanda exterior. Por tanto, China ha exportado cada vez menos, lo que ha repercutido en un descenso del superávit exterior hasta el punto de representar menos del 1% del PIB en 2018 (Macrotrends, 2022a). Esto explica, también, el rápido crecimiento de las importaciones en comparación con unas cada vez menores exportaciones. Estas últimas pasaron de representar el 36,03% del PIB en 2006 a ser el 18,50% en 2019 y 2020 (Macrotrends, 2022b). Por este motivo las importaciones se aproximan cada vez más a las exportaciones, de forma que las previsiones del FMI son que esta diferencia se reduzca aún más en los próximos años (Banco Santander, 2021). Si esta tendencia persiste en el tiempo, es probable que China deje de tener superávit comercial, e incluso puede que entre en déficit. En consonancia con todo lo hasta ahora expuesto el comercio exterior se ha reducido desde el 64,47% del PIB en 2006 hasta el 34,5% en 2020 (World Bank, 2022a).
Este cambio del modelo de crecimiento basado en el consumo interno ha sido posible gracias al sobreendeudamiento privado. Así, la deuda privada osciló entre el 100% y el 120% del PIB entre 2000 y 2008. Este endeudamiento ha estado impulsado por empresas estatales que han recibido la mayor parte del crédito, así como por corporaciones privadas. De este modo el endeudamiento escaló hasta el 255% del PIB en 2019, mientras que en 2020 ascendió hasta el 280% del PIB, lo que contrasta con la deuda externa de China que se estima en aproximadamente el 14,5% del PIB (BOFIT, 2021; Wu). Esto significa que China ha optado por copiar las mismas prácticas de sobreendeudamiento privado que llevaron a Occidente al colapso financiero en 2008. China ha basado su crecimiento económico en la acumulación de deuda que es cada vez más difícil de financiar, lo que inevitablemente mina las bases de su ascenso internacional.
China ha optado por la manipulación del valor de su moneda para financiar su endeudamiento, para lo que ha recurrido a una fuerte y continuada rebaja de los tipos de interés que ha servido para devaluar el yuan en los mercados. Esto fue evidente en 2014, momento en el que la Fed puso fin a las flexibilizaciones cuantitativas que definieron su política monetaria hasta aquel momento y que habían permitido a China financiar su endeudamiento doméstico. Nada de esto quiere decir que China no tenga mecanismos para contener una debacle de su sector financiero, como así lo demuestra la actuación de las autoridades chinas en el caso de Evergrande. Al fin y al cabo las reservas externas chinas superan los 3,2 billones de dólares. Sin embargo, el hecho de que China pueda contener un hipotético colapso financiero no significa que pueda mantener el modelo de crecimiento sobre el que ha fundado su actual desarrollo y crecimiento económico que es, a su vez, la base de su creciente poderío militar e internacional.
El desarrollo económico ha hecho que durante estos últimos 15 años la sociedad china haya atravesado importantes transformaciones, especialmente con el aumento del nivel de vida de considerables franjas de la población, a lo que cabe sumar la aparición de una clase media, especialmente en las regiones costeras, que representaba ya en 2018 unos 707 millones de personas, es decir, más de la mitad de la población china (China Power Team, 2021). Aunque esto no ha eliminado la pobreza (Ambrós, 2021), y ha estado unido a un crecimiento de las desigualdades (China es el país con más multimillonarios del mundo), ha contribuido a aumentar los costes de producción. Como consecuencia de esto se ha deslocalizado parte de la producción con el traslado de fábricas a África.
El crecimiento de la presencia china en África durante los últimos 35 años es algo sobradamente documentado (Michel y Beuret, 2009; Alden, 2007; Alden, Large & Soares de Oliveira, 2008), y esto no se ha producido únicamente en el ámbito comercial con la compra de materias primas, sino que recientemente, como decimos, también se ha traducido en inversiones importantes que han llevado a numerosas empresas chinas a radicarse en este continente debido a sus bajos costes salariales. China busca así apuntalar su posición internacional debido a que su economía ya da muestras de desaceleración, y lo hace por medio de la explotación de la mano de obra africana en actividades como el procesamiento de materias primas y la producción de bienes con valor añadido. Nos referimos a empresas que fabrican automóviles, materiales de construcción o bienes de consumo (Yuan Sun, 2017). Basta señalar que entre 1980 y 2005 las inversiones chinas en África se multiplicaron por 50, lo que de media supone que cada año estas inversiones se duplicaban. Esto explica que en 2017 alcanzasen los 100.000 millones de dólares (Sputnik News 2018).
A tenor de lo hasta ahora expuesto, China está adentrándose por una senda que puede suponer que a medio plazo deje de ser la fábrica del mundo, tal y como ha sido hasta la fecha, y que con ello cambie su rol en la economía mundial y se convierta en un consumidor en lugar de un productor. La mejora del nivel de vida de muchos chinos empuja la situación en esa dirección, así como la abrupta aparición de una clase media que rápidamente ha desarrollado unos hábitos de consumo similares a los que se dan en los países occidentales, lo que sin duda está impulsando el rápido crecimiento de las importaciones. Esto último se refleja muy claramente en la compra de automóviles al ocupar el cuarto puesto en las importaciones chinas (China Power Team, 2021). No por casualidad China y la UE firmaron un acuerdo de inviersiones a finales del 2020, actualmente congelado por el Parlamento Europeo, que contempla una mayor apertura del mercado chino al permitir a las empresas europeas vender los productos producidos en suelo chino. Esto constata un cambio en el modo en el que China es percibida en el exterior al ser vista cada vez más como un comprador y no sólo como un productor.
En cualquier caso, y al margen de los cambios en los hábitos de consumo de los chinos, una caída de su productividad debido al alza de los salarios refleja la debilidad del auge chino, especialmente cuando este proceso lo acompaña la deslocalización de fábricas e incluso la importación de mano de obra foránea como sucede con el millón de africanos residentes en China (Zheng & Bhargava, 2020). Si esta tendencia de deslocalizaciones perdura a lo largo del tiempo, ello repercutirá en el tejido industrial así como en el crecimiento económico, lo que tendrá consecuencias en las capacidades militares chinas. La tercerización de la economía con el abandono del modelo económico basado en la producción manufacturera contribuiría a desequilibrar de forma decisiva la balanza comercial china en beneficio de las importaciones, y salvo que esto fuese acompañado de un cambio en su base productiva que le permitiese fabricar bienes con un alto valor añadido que contrarrestase el aumento de las importaciones, debilitaría la posición global de China.
Todo lo antes expuesto, unido a un modelo de crecimiento económico basado en un consumo interno inflado a base de deuda, da una clara imagen de lo endeble que es la economía china al carecer de una base sólida. Esto nos muestra que el auge chino, al menos en su dimensión material, posee importantes contradicciones internas que reflejan la debilidad de este proceso que ha permitido a China ocupar una posición de primer orden en los asuntos mundiales. La voluntad de transformar la base productiva del país para, de esta forma, dejar de fabricar bienes baratos y centrarse en productos de alta tecnología (Fontdeglòria 2015a; Santamaría, 2021), como sucede con Corea y Taiwán, no es factible con un sector privado tan endeudado.
Además de la burbuja financiera sobre la que China está sentada, así como los procesos de deslocalización, hay que señalar otro fenómeno no menos relevante como es la destrucción de su propia mano de obra. Esto queda patente en las tasas de suicidio que se producen en los centros de trabajo como resultado de las condiciones laborales a las que son sometidos los propios trabajadores. La ansiedad, la depresión y el estrés, unido a la falta de vida social y familiar como consecuencia de interminables jornadas laborales, está empujando a un número considerable de chinos al suicidio. Esto está unido, asimismo, a problemas de salud derivados de las condiciones del entorno laboral como es, por ejemplo, lo extendido que está el insomnio, tal y como ocurre con el 25% de los trabajadores públicos (Romero, 2019). Cabe destacar que esto no es un fenómeno nuevo sino que existen importantes precedentes en la década de 2010 en las factorías de empresas tecnológicas (Pira, 2015). Este tipo de fenómenos se combinan, asimismo, con un incremento de los problemas de salud física y psicológica que tienen repercusión en el crecimiento económico.
La catástrofe demográfica de la política de hijo único
La demografía china se ha visto gravemente afectada debido a la política de hijo único que fue impuesta en 1979 bajo la amenaza de sanciones a quienes osasen transgredirla. A grandes rasgos puede decirse que esta práctica ha demostrado ser catastrófica en términos poblacionales. Se cree que esta política evitó cerca de 400 millones de nacimientos, a pesar de que la prohibición de tener más de un hijo nunca llegó a aplicarse de manera homogénea en todo el país. Esto se debió a la existencia de exenciones para las minorías étnicas, así como para los habitantes rurales en caso de que el primogénito fuese una niña (Vidal Liy, 2015). Tal es así que los nacimientos en China están en el nivel más bajo de su historia, siendo el envejecimiento de su sociedad el más rápido del mundo (China Power Team, 2016).
Basta señalar que apenas el 8% de la población superaba los 60 años en 2010, mientras que las proyecciones demográficas plantean un escenario en el que para 2030 este sector representará una cuarta parte de la sociedad. Si esta tendencia continúa en el tiempo, para 2050 sería una tercera parte de la población, lo que significa casi 500 millones de personas. Según la Oficina Nacional de Estadísticas, en 2019 nacieron medio millón menos de personas que el año anterior, y 1,5 millones menos que en 2017. De hecho, no nacían tan pocos niños desde la hambruna de 1961, en la época del Gran Salto Adelante (Vidal Liy, 2020). Todo esto explica que la tasa de fertilidad sea una de las más bajas del mundo con 1,6 hijos por mujer en 2021, por debajo de EE.UU. (CIA, 2022).
Unido a lo anterior cabe sumar el desequilibrio interno que se ha producido en la proporción del número de hombres y mujeres, lo que ha sido agravado todavía más por la preferencia cultural que existe hacia los descendientes varones. Aunque en teoría el aborto selectivo está prohibido, y los hospitales no tienen permitido informar del sexo del feto, nada de esto ha impedido que la desproporción sea de 116 niños por cada 100 niñas, cuando la proporción natural es de aproximadamente 105 varones por cada 100 niñas. La acumulación que se ha producido durante décadas como resultado de esta desproporción ha llevado a la existencia de 34 millones de hombres más en relación al número total de mujeres (Vidal Liy, 2015). La política de hijo único, los abortos y esterilizaciones forzadas por parte de los responsables de los servicios de planificación familiar, han contribuido a generar este desequilibrio interno y a acelerar el envejecimiento de la población con un crecimiento demográfico por debajo del 1%, lo que más pronto que tarde devendrá en crecimiento negativo. Tal es así que se estima que a finales de este s. XXI su población se haya contraído hasta los 940 millones de habitantes (GIS Feature, 2017).
Las autoridades chinas son conscientes de la realidad demográfica de su país y los riesgos que esto entraña al comprometer la seguridad y posición internacional de esta potencia. Las consecuencias del envejecimiento son múltiples. En el plano económico constituye una brecha estructural para el sistema en su conjunto debido a su impacto negativo en los principales indicadores macroeconómicos, principalmente en el crecimiento. Así, las previsiones del Banco Mundial son bastante oscuras al prever que China perderá 90 millones de trabajadores en 25 años. Esto, asimismo, repercutirá en los ingresos estatales y, por tanto, en el gasto público, especialmente en las partidas de gasto social dirigidas a garantizar el sistema de pensiones, la asistencia sanitaria y los cuidados de larga duración. De este modo el coste de retribuir a los jubilados podría alcanzar el 12% del PIB para 2070 si no se hace nada al respecto (Fontdeglòria, 2015b). Este problema ya está notándose en las arcas del Estado con déficits recurrentes entre las contribuciones de los trabajadores activos y las rentas de las personas jubiladas, lo que ha abierto el debate sobre cómo financiar las pensiones en el futuro (Business Standard, 2018). Aunque el Estado se encarga de cubrir ese déficit, este no deja de crecer. Se estima que para 2050 se pasará de los 8 trabajadores activos por jubilado que hay en la actualidad a tan sólo 2 (Hass, 2021).
El crecimiento económico chino se ha basado en la abundancia de mano de obra barata, lo que ha favorecido fuertes inversiones extranjeras y la conversión de China en una gran potencia manufacturera. El fin de esa mano de obra abundante, joven y barata supondrá un gran revés económico con una fuerte desaceleración en el crecimiento del PIB, y consecuentemente el Estado dispondrá de menos recursos para financiar su política exterior y el crecimiento de su poder militar. Esto, como decimos, afectará a su posición internacional. Asimismo, el crecimiento desmesurado del gasto social, y especialmente el pago de las pensiones, únicamente contribuirá a tensionar las finanzas del Estado, además de generar conflictividad social e inestabilidad.
Los cálculos actuales pronostican que China alcance el pico de su población en algún momento antes de 2030, y que desde entonces en adelante se produzca un progresivo pero firme descenso de la población. Con la disminución de la fuerza de trabajo disponible se producirá un aumento de los salarios que reducirá significativamente la rentabilidad de las inversiones. Este fenómeno es conocido como el punto de inflexión de Lewis en el que el excedente de mano de obra es absorbido completamente por el sector manufacturero. Para el caso chino se cree que este momento llegará en esta década de 2020 (China Power Team, 2016). Indudablemente este escenario compromete la política de autofortalecimiento china, el denominado “fuguo qianbing”, que significa literalmente riqueza económica y poder militar, lo que complica seriamente sus aspiraciones de realizar ajustes en la distribución de poder en el sistema internacional, en el rol de las instituciones internacionales, en la seguridad en Asia, en la distribución de información sin censura a través de las fronteras y sobre todo en la naturaleza liberal del orden mundial vigente. Una serie de aspiraciones que se resumen en su voluntad de ser una superpotencia mundial para 2050 (Shi, 2017).
Los intentos del partido-Estado de impulsar el crecimiento demográfico son, por el momento, infructuosos. La eliminación de la política de hijo único a finales de 2015 no ha afectado significativamente a las tendencias demográficas declinantes de este país. Las ayudas económicas para favorecer los nacimientos tampoco funcionan, lo que no es sorprendente en la medida en que estas fracasaron en otros países que las adoptaron. Ya en 2013 se habían relajado las restricciones a la natalidad al permitir que las parejas en las que uno de los miembros fuera hijo único pudieran tener hasta dos hijos, lo que no dio resultado como inicialmente creyeron las autoridades. Esto es debido a múltiples razones como, por ejemplo, las dificultades de acceso a la vivienda, los salarios precarios de una considerable parte de la población, la dificultad de afrontar el coste de la educación de más de un hijo, etc. (Vidal Liy, 2015).
La abolición de la política de hijo único no ha dado los resultados esperados (Vidal Liy, 2021), y el Estado ha decidido no sólo permitir tener 3 hijos sino que también lo alienta. Para esto ha recurrido a una retórica nacionalista con la que pretende estimular a las parejas jóvenes a procrear y combatir así el envejecimiento. Sin embargo, las posibilidades de éxito de esta política son bastante limitadas debido a la configuración de la sociedad china y las crecientes limitaciones económicas y sociolaborales de las nuevas generaciones. Nos referimos a limitaciones como la cohabitación de varias generaciones en una misma vivienda, unas pensiones reducidas que hacen que las personas mayores dependan de sus hijos, unos servicios sanitarios en muchos casos deficientes, las presiones que existen en torno a la vivienda y la dificultad de adquirir una, la elevada urbanización de la sociedad, la discriminación laboral de las mujeres en edad de tener hijos, el retraso de la edad de matrimonio, los costes de la educación, etc. Si en el pasado fue una política estatal antinatalista la que limitó el número de hijos por pareja, hoy, por el contrario, el contexto económico es el que de manera informal mantiene esa política de hijo único en contra de los deseos de la élite gobernante (Arroyo, 2021; Vidal Liy, 2020). La realidad material se impone al voluntarismo de los jefes del Partido Comunista.
Conclusiones
Las tendencias políticas, económicas y demográficas mundiales vaticinan un s. XXI de creciente inestabilidad, lo que conllevará una serie de desafíos para la seguridad internacional que pondrán a prueba la capacidad de las principales potencias para gestionar situaciones de crisis.
La hegemonía mundial que EE.UU. ha ostentado hasta hace poco no parece que vaya a ser reemplazada por una hegemonía china. Los enormes problemas internos que arrastra la base productiva y de crecimiento, unido a la debacle demográfica, dificultarán las aspiraciones internacionales del gigante asiático de convertirse en una superpotencia mundial en 2050. Esto afectará al gasto militar y muy especialmente a la innovación tecnológica. No hay que olvidar que la economía estadounidense tiene un tamaño de 20,94 billones de dólares frente a una economía china de 14,72 billones de dólares, lo que supone un escenario bastante más favorable para EE.UU. en términos de desarrollo tecnológico y capacidad de gasto militar. Cuanto mayor es el gasto militar mayores son las probabilidades de desarrollar una tecnología que brinde una ventaja estratégica frente a potenciales rivales (Hoffman, 2016), lo que sólo es posible si se cuenta con los abundantes recursos de una economía boyante.
Así pues, las debilidades del auge chino son lo bastante importantes como para dificultar, y en última instancia impedir, que esta potencia reemplace a EE.UU., lo que la convierte en una suerte de tigre de papel. Igualmente, las debilidades de EE.UU impiden que siga desempeñando el papel de gendarme del mundo, aunque conservará el liderazgo de una civilización occidental que está inmersa en un proceso de paulatino declive, tal y como muestran los indicadores económicos y demográficos. Ciertamente Occidente y China comparten algunos problemas como el creciente gasto social derivado del envejecimiento de sus poblaciones, además de economías cuyo crecimiento es cada vez menor. Pero a pesar de todo esto, China está envejeciendo mucho más rápido que ningún otro país sin haber alcanzado los niveles de prosperidad económica y desarrollo tecnológico de Occidente, lo que comparativamente la deja en una posición más desfavorable de cara al futuro.
Todo esto nos lleva a concluir que nos dirigimos a un escenario de mayor fragmentación geopolítica propio de un mundo sin liderazgo. Esto sugiere un futuro más competitivo, dominado por un creciente multipolarismo en el que ningún actor tendrá la capacidad suficiente para alcanzar la hegemonía mundial. Este nuevo contexto internacional e histórico, en caso de materializarse, constituiría la impugnación de la globalización, y reforzaría los procesos de atomización política que pondrían fin a la era de los grandes espacios (Schmitt, 1952, 1979), además de confirmar la inviabilidad de las grandes formaciones territoriales debido a los enormes costes que generan y a su incapacidad para competir con éxito en la esfera internacional (Duroselle, 1998; Kennedy, 2013).
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Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

