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Los españoles conversos del DAESH: ¿una amenaza a la seguridad?

https://global-strategy.org/los-espanoles-conversos-del-daesh-una-amenaza-a-la-seguridad/ Los españoles conversos del DAESH: ¿una amenaza a la seguridad? 2021-01-20 10:30:53 Juan Carlos Antúnez Blog post Global Strategy Reports Políticas de Seguridad Europa Oriente Medio Terrorismo
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Global Strategy Report, 5/2021

Resumen: Este articulo trata de analizar y contextualizar el creciente papel de los conversos musulmanes españoles en actividades relacionadas con organizaciones internacionales de terrorismo inspirado por una interpretación radical y violenta de la fe musulmana. Este estudio presta especial atención al perfil y motivaciones de esos conversos españoles, hombres y mujeres, que han sufrido un proceso de radicalización. Estos factores serán estudiados en un contexto social e identitario y se analizarán también los elementos contraculturales y la influencia de las nuevas tecnologías en los procesos de captación y radicalización.  


Introducción: conversos y terrorismo

El 11 de noviembre de 2020 agentes de la Comisaría General de Información (CGI) de la Policía Nacional detenían en Cullera, provincia de Valencia, a Cristina, ciudadana española de 24 años, acusada de pertenencia y financiación de organización terrorista. Cristina, que había sufrido un proceso de radicalización desde el momento de su conversión a la religión musulmana en el año 2017, planeaba trasladarse a Siria donde contraería matrimonio y se uniría a las filas del DAESH (Ortega Dolz, noviembre 2020).

El 16 de diciembre de 2020, también agentes de la CGI detenían en el municipio madrileño de Las Rozas a José, un ciudadano español de 37 años, por un presunto delito de auto adoctrinamiento y enaltecimiento del terrorismo. José, que vivía en una casa ocupada en dicha localidad, es un converso a la fe musulmana que había sufrido un fulgurante proceso de radicalización, a través del consumo de contenidos de carácter yihadista en Internet, y que planeaba desplazarse a Siria y sumarse a los últimos remanentes del DAESH (Ortega Dolz, diciembre 2020). 

Estas dos noticias, separadas por poco más de un mes, han vuelto a centrar la atención en la radicalización[1] de una parte de los ciudadanos españoles que se han convertido al islam y de la posibilidad de que puedan suponer una amenaza para la seguridad tanto nacional como internacional.

Durante las tres últimas décadas, junto a la expansión del fenómeno del terrorismo global de inspiración religiosa, se ha constatado una presencia creciente de conversos musulmanes occidentales en las filas de esas organizaciones terroristas. Esta tendencia se ha hecho aún más evidente desde la aparición del DAESH, que se ha valorado el potencial de estos “nuevos musulmanes” (su gran celo religioso, su conocimiento de la cultura y las costumbres de Occidente, su facilidad para pasar desapercibidos ante los servicios de inteligencia y seguridad y el enorme impacto mediático que producen sus acciones) y ha invertido grandes esfuerzos en su captación. Por otro lado, algunos informes sugieren la mayor facilidad del reclutamiento y radicalización de los conversos frente al resto de los musulmanes (Azani y Koblentz-Stenzler, 2019), debido a factores que se estudiaran con posterioridad en este artículo.  

Según el Pew Research Center, en el año 2010 la población de Europa alcanzaba los 742,550,000 habitantes. Aproximadamente el 6% de ellos eran musulmanes, es decir, 44 millones. 19 millones de esos musulmanes vivían en la Unión Europea (Pew Research Center, 2011). Algunas fuentes sugieren que el número de conversos en Europa era de entre 200.000 y 320.000 en el año 2010 (Karigiannis, 2012).  Según el Pew Research Center, en el año 2016 el número de ciudadanos de confesión musulmana en Europa (entendiendo Europa como los países que integran la Unión Europea más Suiza y Noruega) alcanzaba los 25.770.000, representando un 4,9% de la población total. En España ese número era de 1.180.000, un 2,6% del total (Pew Research Center, 2016)

Las conversiones de ciudadanos europeos al islam es un fenómeno que se inicia de forma significativa en la década de los 60 y es resultado de dos fenómenos principales: la emigración musulmana a Europa para participar como mano de obra en la reconstrucción y la revitalización de la industria y otros sectores productivos del continente tras la Segunda Guerra Mundial y la aparición de movimientos políticos e ideológicos de carácter contracultural y de protesta. La primera generación de emigrantes musulmanes que llegó a Europa permaneció prácticamente aislada del resto de la sociedad. Sin embargo, las siguientes se integraron más en ella y comenzaron a formar parejas y familias con miembros de otras comunidades religiosas. Una gran parte de las conversiones en aquel periodo fueron resultado de uniones románticas o familiares entre miembros de diferentes confesiones religiosas (Karigiannis, 2012). Además, algunos miembros del movimiento Hippie y de otras corrientes contraculturales también abrazaron el islam y el budismo como alternativas espirituales diferentes al cristianismo. En el caso del islam, los conversos optaron mayoritariamente el sufismo, por su profunda dimensión interna y su componente místico (Zebiri, 2008). España fue casi totalmente ajena a la influencia de la inmigración musulmana en aquel periodo. Sin embargo, no lo fue a la influencia del sufismo. En el año 1975 tres españoles que se habían convertido al islam en Londres fundan en Córdoba la primera hermandad o tarikat sufí en España. Esta comunidad será de vital importancia en el posterior desarrollo institucional del islam en nuestro país (Ortega Sánchez, 2018).

Tras el colapso del comunismo a finales de los años 80 comenzó en Europa una nueva ola de conversiones al islam. Además de por diferentes razones de carácter personal, algunas de las conversiones de este periodo están motivadas por motivos políticos. La fe musulmana ha atraído a antiguos marxistas que buscaban una nueva identidad política y una nueva cosmovisión (Roald, 2004), y a miembros de movimientos contraculturales que la perciben como una religión de protesta y rebeldía frente al sistema económico, político y social predominante en Occidente (Karigiannis, 2012).  

Los conversos representan una mínima parte dentro de las comunidades musulmanas en los países occidentales (Schuurman, Grol y Flower, 2016).  Sin embargo, las conversiones al islam no pueden ser consideradas nunca más como un fenómeno extraño o excepcional (Geelhord, Staring y Schuurman, 2019).La proporción de conversos en el total de la comunidad musulmana de los países occidentales varía enormemente en cada país: del 1,4% en Dinamarca (Schuurman, Grol y Flower, 2016) y el 1,4% o 1,9% de los Países Bajos (Bergema y Van San, 2017), pasando por el 2% en Suecia, el 3,9% en el Reino Unido, el 4,5% en Alemania, el 4,6% en Francia y el 8,8% en Bélgica (Schuurman, Grol y Flower, 2016), hasta el 23% de Estados Unidos (Geelhord, Staring y Schuurman, 2019).

En el caso de España, los conversos sumaban 20.000 en un total de 800.000 musulmanes en el país en el año 2006 (Karigiannis, 2012). En el año 2015 ese número había ascendido a 50.000 (Kern, 2015) del total de 980.000 musulmanes españoles (Hackett, 2015). Basándose en estos datos es posible asegurar que el porcentaje de conversos en nuestro país se incrementó del 2,5% en 2006 al 5,1% en 2015.

Los ciudadanos occidentales que deciden abrazar la religión musulmana lo hacen en el marco del derecho a la libertad religiosa y la mayoría de ellos viven su religión de una forma totalmente pacifica, sin sufrir ningún proceso de radicalización, ni estar implicados en ningún tipo de actividad terrorista (Karagiannis, 2011). La conversión al islam, como a otras confesiones religiosas, ha producido efectos beneficiosos a muchos de nuestros conciudadanos, incrementado su autoestima y dándole sentido y significado a sus vidas (Schuurman, Grol y Flower, 2016).Por tanto, se debe evitar el estigmatizar al conjunto de los musulmanes conversos en los países occidentales, ni considerar el mero acto de la conversión al islam como una preocupación o una amenaza a la seguridad nacional o internacional.   

Sin embargo, al estudiar y analizar el perfil de aquellos ciudadanos de fe musulmana que han sufrido procesos de radicalización y se han visto involucrados en actividades terroristas, se observa que los conversos están sobrerrepresentados (Mullins, 2015; Vidino y Hughes, 2015; Karagiannis, 2011; Simcox y Dyer, 2013; y Flower, 2013). También sucede los mismo con los musulmanes que se desplazaron a Siria e Iraq para unirse a las filas del DAESH (Van Ginkel y Entenmann, 2016).

Una parte de la estrategia del DAESH fue la de atraer a musulmanes de todo el mundo que le proporcionaran, no solo combatientes para ejecutar su lucha, sino también las capacidades técnicas y profesionales que necesitaban para la creación y funcionamiento de las instituciones del autoproclamado Califato (Antunez, 2016). Dichos musulmanes se desplazaron desde un gran número de países de diferentes continentes (ICSR, 2013b). A finales de 2015 su número alcanzaba una cantidad de entre 27.000 y 35.000, provenientes de al menos 86 países diferentes. En el caso de los procedentes de Europa Occidental, su número había crecido desde los 2.500 en junio de 2014 hasta los 5.000 de diciembre de 2015 (The Soufan Group, 2015).

El DAESH fue también bastante exitoso a la hora de reclutar mujeres (Antunez, 2020). En julio de 2018 se estimaba que del total de 52.808 musulmanes de todo el mundo que se habían unido al así llamado Califato Islámico, 6.577 eran mujeres; es decir un 12,45 (Cook y Vale, 2019). Algunas fuentes sugieren que las mujeres constituían alrededor del 15% del contingente de Europa Occidental (Gaub y Lisiecka, 2016; y Cook y Vale, 2019).

Una parte de esas mujeres y hombres procedentes de los países occidentales eran conversos. En el caso de España, entre los detenidos o fallecidos por actividades relacionadas con el terrorismo de inspiración religiosa entre 2001 y 2011 los conversos suponían apenas un 3,6% del total (Reinares, García-Calvo y Vicente, 2019). Sin embargo, esa proporción aumentó en los años posteriores. Según Reinares y García-Calvo, de entre los 215 individuos relacionados con el terrorismo de inspiración religiosa entre el 2004 y el 2018, alrededor del 10% eran conversos (Tarín, 2020). Esa proporción aun se ha incrementado aún más durante la última década.  Los conversos representan el 13,9% de aquellos musulmanes que se han visto involucrados en actividades terroristas desde que apareció el DAESH, lo que supone un cambio importante de tendencia en los últimos años. La mayoría de ellos nacieron en España (Reinares y García-Calvo, 2016). También es necesario resaltar que el 14% de los ciudadanos españoles que fueron detenidos por actividades relacionadas con el DAESH hasta marzo de 2017 eran mujeres (Ortega, 2017). Todos estos datos denotan un incremento significativo del número de conversos, hombres y mujeres, que se han visto involucrados en actividades terroristas.

Este cambio de tendencia en la evolución del perfil de los detenidos por implicación en actividades terroristas, con un aumento del número de conversos, hombres y mujeres, ya se había detectado por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado en España.  En el año 2017, el Teniente Coronel Francisco José Vázquez, jefe de la unidad antiterrorista de la Guardia Civil, alertaba de la amenaza de españoles convertidos al islam, cada vez más jóvenes y radicalizados dentro del país, sin pasar anteriormente por zonas de conflicto. Vázquez añadía que estos conversos accedían a contenidos radicales a través de Internet, comenzado el proceso de auto adoctrinamiento, además de mantener contactos con algún reclutador que dirige el posterior proceso de radicalización hacia el terrorismo y la violencia. Vázquez también señalaba que el papel de la mujer en las organizaciones terroristas había evolucionado hacia la acción directa en zonas de conflicto, donde su presencia en atentados era cada vez mayor (La Información, 2017). El riesgo de participación de mujeres radicalizadas en atentados en suelo de países occidentales se ha intensificado tras la pérdida de territorio del DAESH en Oriente Medio, por dos factores principales: la imposibilidad de desplazarse a Oriente Medio y el posible regreso de mujeres radicalizadas de aquella zona de conflicto (Ortega, 2017).

Los conversos pueden ser especialmente útiles para las organizaciones terroristas como el DAESH. Además de las ventajas operativas citadas anteriormente (su conocimiento de la cultura y las costumbres de Occidente y su facilidad para pasar desapercibidos ante los servicios de inteligencia y seguridad), son extremadamente importantes para la narrativa terrorista, que los presenta como una prueba fehaciente de una supuesta superioridad de su causa, que atrae incluso a ciudadanos occidentales de otras confesiones. Lo mismo puede decirse de las mujeres musulmanas, conversas o no, que además de sus roles tradicionales como “esposas y madres” de los terroristas, han ejercido una gran labor como reclutadoras y como recaudadoras de fondos para la organización. Las mujeres radicalizadas, que suelen pasar más desapercibidas que sus correligionarios masculinos ante los servicios y agencias de inteligencia y seguridad, pueden también tomar parte en acciones violentas cuando la situación táctica, política y estratégica de la organización así lo requiera. Sus acciones tendrían además un gran efecto mediático a la hora de arengar a potenciales miembros masculinos de la organización, que verían comprometidos su “honor y masculinidad” (Antúnez, 2020).

Dipak K. Gupta ofrece un modelo integrado de comportamiento a la hora de analizar los procesos de radicalización que desembocan en el terrorismo, construyendo un marco teórico que transciende los tradicionales modelos (que se centraban solamente en las motivaciones individuales) e incluye las dinámicas grupales.

Este modelo puede ser de gran utilidad a la hora de entender el ciclo vital de un grupo terrorista, desde su formación a su desmantelamiento, así como el proceso de radicalización de los individuos miembros del mismo. La conclusión del estudio de Gupta es que el terrorismo es el resultado de un complicado proceso social. Sus motivaciones no son tan diferentes de cualquier otro tipo de actividad colectiva en la que las personas, como seres sociales, participan a diario. Por tanto, las raíces causales del terrorismo no deben ser analizadas solamente en el contexto personal, sino en la interacción de estos factores personales con otros de carácter social.

Gupta resume sus argumentos acerca del ascenso, declive y transformación de los grupos terroristas señalando que el terrorismo, como cualquier actividad humana colectiva, comienza en base a motivaciones relacionadas con la identidad, tanto individual como colectiva, y se verá influida por interacciones sociales. La motivación personal es generada en gran medida por la necesidad humana de seguridad, protección y pertenencia a un grupo. La identidad colectiva puede estar basada en factores presentes en el ser humano desde su nacimiento (etnia, religión, lengua, y comunidad nacional) o puede ser “adoptada” a través de un proceso de adoctrinamiento, llevado a cabo por el individuo y el propio grupo.

Dichos grupos, como cualquier otra organización, perseguirán la consecución de sus objetivos. Para ello deberán aumentar su base social y ejercer una gran presión sobre aquellos que se oponen a sus metas.

Gupta también enuncia los factores que facilitan o dificultan a los grupos terroristas la consecución de sus fines. Por ejemplo, el ascenso de un líder carismático cristaliza la identidad colectiva de un gran número de personas. De la misma forma, condiciones externas (reales o percibidas) de injusticia, humillación y de opresión refuerzan la base de reclutamiento del grupo, atrayendo a personas por diferentes motivaciones (ideología, revancha, miedo o incluso el mero interés económico o de promoción social). La creación de una base de apoyo, especialmente cuando un conflicto local o regional está ligado a un movimiento global, contribuye a reforzar al grupo. Finalmente, cuando el grupo recibe un gran apoyo en forma de dinero o de armamento se convierte en un claro desafío para las autoridades.

Por otro lado, existen otra serie de factores que contribuyen a la debilitación y el desvanecimiento de un grupo terrorista, tales como la desaparición de un líder carismático, operaciones llevadas a cabo por las fuerzas de seguridad que resultan en la detención de elementos importantes en la jerarquía del grupo, el colapso de los flujos de apoyo financiero y de armamento, el aislamiento del grupo sus bases de apoyo y la destrucción de sus aparatos de reclutamiento.

Este artículo trata de analizar y contextualizar esta amenaza, prestando especial atención al perfil y motivaciones de esos conversos españoles, hombres y mujeres, que han sufrido un proceso de radicalización. Estos factores de carácter personal serán estudiados en un contexto social e identitario y se analizarán también la influencia de las nuevas tecnologías en los procesos de captación y radicalización. Este documento también intenta proporcionar algunas recomendaciones para abordar este tema en un futuro.        

Factores de la radicalización de los conversos

El excepcional éxito del DAESH a la hora de atraer a musulmanes de todo el mundo, incluyendo a conversos, nos obliga a prestar especial atención a las motivaciones de esos jóvenes, hombres y mujeres, que decidieron unirse a sus filas. Dichas razones van desde el plano personal al social y grupal, y estarán también influidas por el contexto nacional e internacional. En el pasado se consideraba que aquellos que abrazaban una doctrina religiosa radical que defendía el uso de la violencia, llegando incluso a la propia muerte en combate o a la inmolación en un atentado, lo hacían buscando una recompensa religiosa, como el paraíso o la vida eterna. Sin embargo, hoy en día parece evidente que las motivaciones puramente religiosas no son suficientes para explicar la decisión individual de unirse a un grupo como el DAESH y de llevar a cabo acciones terroristas (Stern y Bergen, 2015).   

No existe un solo factor que explique la radicalización de los conversos (Schuurman, Grol y Flower, 2016) Varios autores sugieren que, en el caso de las personas que abrazan el islam en sociedades occidentales, la importancia de los factores personales a la hora de motivar dicho proceso son mucho más importantes que otros elementos de carácter estructural (como la discriminación, real o percibida, o la reacción a sucesos de tipo internacional que involucren a comunidades musulmanas) (Kleinmann, 2012).

A continuación, estudiaremos los factores de radicalización de los conversos desde cuatro enfoques diferentes: primero, analizando las características individuales de los conversos radicalizados; segundo, analizando factores sociales de carácter grupal e identitarios que intervienen en el proceso de radicalización; tercero, evaluando la influencia de los avances en el transporte y el desarrollo de la nuevas tecnologías de la información; y, finalmente, analizando el propio proceso de conversión y las experiencias y reacciones al mismo.

Factores de radicalización relacionados con las características individuales de los conversos

Aunque no existe un perfil que abarque a la totalidad de los musulmanes occidentales, hombres (Maher, 2013) o mujeres (Peresin, 2015), conversos o no, que se radicalizaron y se desplazaron a Oriente Medio o participaron con actividades terroristas, es posible encontrar a algunos factores comunes entre una parte ellos, tales como la edad, el lugar de origen, la educación y la situación laboral, sus relaciones familiares y sociales y su relación previa con la religión (Antunez, 2016)

La mayoría de los ciudadanos europeos que se unieron al DAESH eran jóvenes, solteros, de entre 16 y 29 años (The Soufan Group, 2015). En el caso de las mujeres ese margen de edad disminuye a 16 y 24 años (Peresin, 2015). En estados Unidos la edad media de los conversos involucrados en actividades terroristas es mayor que la del resto de los musulmanes: 31,2 años frente a 29,1 (Simcox y Dyer, 2013).

Aunque las mujeres representan una minoría de aquellos ciudadanos que se unieron al DAESH, sus números son mayores que en conflictos anteriores (Bakker, Paulassen y Entenmann, 2013): alrededor de un 17% (Van Ginkel y Entenmann, 2016). El porcentaje de mujeres casadas es también mayor. Algunas fuentes indican que casi la mitad de ellas se trasladaron a Siria e Iraq acompañadas de sus maridos o planeaban reunirse allí con ellos (Gaub y Lisiecka, 2016).

En Estados Unidos el porcentaje de mujeres musulmanas involucradas en actividades terroristas entre los años 1997 y 2011 es del 3% frente al 97% de hombres musulmanes.  En el caso de las mujeres conversas ese porcentaje asciende a un 10%. Dichas mujeres se involucraron principalmente en labores de reclutamiento, financiación y apoyo logístico y operativo (Simcox y Dyer, 2013).  

La mayoría de los reclutas occidentales que se unieron al DAESH eran musulmanes cuyos padres o abuelos procedían de países musulmanes, o que habían sido concebidos por matrimonios mixtos en los que al menos uno de los progenitores era musulmán (Van Ginkel y Entenmann, 2016). En el caso de las mujeres, mayoritariamente eran también musulmanas cuyos padres o abuelos procedían de países musulmanes (Peresin, 2015). Sin embargo, se ha detectado un número significativo de conversos entre aquellos ciudadanos europeos que se incorporaron al DAESH (Van Ginkel y Entenmann, 2016). Ese número es incluso mayor entre las mujeres, alcanzando un tercio del total (Peresin, 2015), comparado con el de hombres que representa solamente un cuarto (Gaub y Lisiecka, 2016).

La mayoría de los reclutas del DAESH procedían de familias de clase trabajadora, pero también se han detectado casos de miembros de familias de clase media (Adida, Laitin y Valfort, 2016). Los niveles de educación varían según el país de procedencia, siendo en el Reino Unido mayor que en Alemania y en Alemania más elevado que en Francia, como ejemplo (Van Ginkel y Entenmann, 2016). Las mujeres presentaban generalmente un mayor grado educativo, con mejores perspectivas de disfrutar de una vida social y profesional plena, y procedían de familias bien establecidas, moderadas y no religiosas (Peresin, 2015), demostrando en su caso la importancia de otro tipo de factores en el proceso de radicalización. En Estados Unidos los conversos presentan un mayor nivel educativo que los no conversos y disfrutaban de una mejor situación laboral (Simcox y Dyer, 2013).

En el caso de España, entre los detenidos por actividades relacionadas con el DAESH desde 2013 a 2016 la mayoría eran hombres musulmanes de origen, casados y con hijos, tanto nacidos en nuestro país como en Marruecos. Sin embargo, se registraron porcentajes significativos de mujeres y de conversos. En cuanto a su nivel de estudios, predominaban individuos con estudios secundarios, aunque también se detectan casos tanto de nivel de estudios inferiores como de universitarios. La tasa de desempleo entre ellos era similar a la del resto del país. En cuanto a su nivel de conocimiento de la religión islámica, era elemental en el 89% de los casos (Reinares y García-Calvo, 2016).

Según Reinares, García-Calvo y Vicente, este bajo conocimiento de la fe islámica confirmaría la hipótesis de que “la radicalización se asocia más con el desconocimiento o la mala comprensión del islam que con un conocimiento previo relevante de dicha religión” (Reinares, García-Calvo y Vicente, 2019).

Según Reinares y García-Calvo, de entre los 215 individuos relacionados con el terrorismo de inspiración religiosa entre el 2004 y el 2018, nueve de cada diez son hombres, que están casados (seis de cada diez) y tienen dos hijos de media. El 65% son extranjeros, y el 35% españoles, tres veces más de origen que naturalizados. En cuanto a profesiones, un 22% había trabajado en el sector servicios y se registraba un 18% sin ocupación conocida. Un 43% cursó estudios secundarios, un 26% primarios y un 18% superiores, mientras que un 11% no tenía ningún tipo de educación reglada. Un 27% tenía antecedentes penales (la mayoría por delitos contra la propiedad, personas o relacionados con el tráfico de drogas). Solo dos habían sido condenados previamente por terrorismo. Solamente un 8% eran lobos solitarios. El resto pertenecían a redes o células, frecuentemente con relaciones internacionales (Tarín, 2020).

La media de edad de las mujeres es menor (24 años frente a los 31 de los hombres), hay más solteras que solteros y las cargas familiares son menores entre ellas. Las mujeres suelen estar más preparadas académicamente, contando en general con estudios secundarios. Ninguna de las detenidas era analfabeta, en contraste con los varones, entre los que el porcentaje de analfabetos alcanzaba el 10% (Ortega, 2017).

Según García-Calvo, las conversas se radicalizaron en compañía y por vía “online”. Las mujeres, añade, son más activas y proclives a expresar sus sentimientos de frustración en las redes sociales, lo que las hace más vulnerables frente a sus captadores.  Los agentes por los que optan para radicalizarse son los combatientes que ya están en zonas de conflictos y personas de su entorno más íntimo y familiar (Ortega, 2017).   

Algunos de los ciudadanos europeos que se unieron al DAESH procedían de familias de refugiados musulmanes de conflictos anteriores; por ejemplo, en el caso de Austria, de Bosnia y Herzegovina y de Chechenia (Bakker, Paulassen y Entermann, 2013). Una parte minoritaria de ellos habían combatido en conflictos anteriores (Bakker, Paulassen y Entermann, 2013). Sin embargo, la mayoría de ellos, conversos o no, no tenían experiencia de combate ni habían recibido entrenamiento militar previo, antes de desplazarse a Oriente Medio (Van Ginkel y Entenmann, 2016).

En Estados Unidos, entre los ciudadanos que participaron en actividades terroristas, el porcentaje de conversos que habían recibido entrenamiento militar entre los años 1997 y 2011 era menor que en el caso de los no conversos: 25% frente a un 51%. Sin embargo, es interesante mencionar que ese porcentaje creció tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Washington y Nueva York (Simcox y Dyer, 2013).

Algunos de los jóvenes de origen europeo que se han integrado en las filas del DAESH tenían antecedentes criminales en sus países de origen y una parte de ellos habían cumplido alguna condena en prisión (Buchana y Park, 2016). Se han detectado también problemas mentales previos a la radicalización (Van Ginkel y Entenmann, 2016).    Algunos también han sido adictos a sustancias ilegales antes de unirse al grupo y muchos han crecido en familias desestructuradas. Para ellos el DAESH ofrecía una atractiva alternativa de pertenencia, propósito en la vida, aventura y respeto y autoestima. Uniéndose al grupo podían acceder a una nueva identidad, que no estaba ligada a su pasado sino a su potencial contribución al futuro de la organización (The Soufan Group, 2015). De esta forma el DAESH ofrece a los marginados o inadaptados un nuevo hogar, un nuevo propósito y una nueva dirección a sus vidas.

Con el fin de reclutar a estos musulmanes que sufrían problemas de identidad e integración en las sociedades occidentales, el DAESH desplegó una importante y compleja red de reclutadores, algo mayores que los potenciales reclutas, en mezquitas, instituciones educativas, barrios de mayoría de población musulmana, gimnasios, centros de menores y prisiones (Klausen y Johnson, 2016).

De entre los conversos relacionados con el terrorismo de inspiración religiosa entre el 2004 y el 2018 hay una parte de ellos que presentaban un pasado radical y contracultural previo a la conversión. Especialmente relevantes son los casos de Luis José Galán (también conocido como Yusuf Galán), Daniel Fernández Aceña y Antonio Sáez Martínez (detenido en la Operación Caronte y uno de los líderes del grupo “Fraternidad Islámica, Grupo para la Predicación de la Yihad”), que habían pertenecido con anterioridad a ETA, los GAL y el GRAPO, respectivamente (Reinares, García-Calvo y Vicente, 2019).    

Varias hipótesis mantienen que los conversos son más vulnerables a la radicalización por su falta de conocimiento y familiaridad con el islam (Uhlmann, 2007; Ahmed, 2016; y Krishna, 2015). Otros autores afirman que la inclinación de los conversos a la radicalización radica en el llamado “celo del converso”, es decir el deseo de mostrar el compromiso con una nueva fe, abrazando una versión especialmente fanática y literal de la misma (Benjamin, 2007; y Uhlmann, 2007).  Ese fanatismo se puede convertir en odio hacia los cristianos, musulmanes que siguen otras corrientes doctrinales, miembros de minorías sexuales[2], o a cualquiera que el grupo considere un “enemigo de la fe” según su particular visión del islam.  

Varios autores aseveran que la radicalización de los conversos puede originarse por un problemático pasado previo a su conversión, ya sea una historia de abusos o adicción, problemas familiares, antecedentes penales o una sentencia en prisión (Van San, 2015; Krishna, 2015; y Barrett, 2014). Geelhord, Staring y Schuurman señalan, además de la importancia de haber crecido en una familia desestructurada, problemas pedagógicos y escolares previos como posibles factores de radicalización (Geelhord, Staring y Schuurman, 2019). Kleinmann también señala una mayor incidencia de problemas mentales previos entre los conversos que sufren un proceso de radicalización que en el resto de los musulmanes (Kleinmann, 2012).

Todas esas traumáticas experiencias personales, educativas y familiares previas pueden provocar una deriva y un vacío existencial y un periodo introspectivo de búsqueda religiosa (Kleinmann, 2012; Geelhord, Staring y Schuurman, 2019; y Wiktorowicz, 2005). Esas cuestiones existenciales, así como una búsqueda de certezas espirituales, junto con la necesidad de apoyo y pertenencia, serán factores fundamentales a la hora de motivar un proceso de radicalización.

La influencia de experiencias traumáticas, problemas familiares, de conducta o de salud mental se han detectado también entre los conversos relacionados con actividades terroristas en España (Reinares, García-Calvo y Vicente, 2019).  

Un estudio realizado en el año 2018 de 38 individuos que se habían convertido al islam y después se vieron involucrados en actividades terroristas en Estados unidos presenta algunas conclusiones interesantes. La edad media de los conversos era de entre 22 y 23 años. En la mayoría de los casos eran personas solitarias, habían tenido problemas personales serios antes de su conversión, tenían antecedentes penales o habían cumplidos penas de prisión, o habían mantenido relaciones complicadas o inexistentes con al menos uno de sus progenitores. Mayoritariamente habían establecido una relación sentimental con una persona que profesaba una versión radical y violenta de la fe musulmana o habían entrado en contacto, justo antes o después de la conversión, con una organización, grupo o comunidad extremista. En el caso de las mujeres, la conversión se había producido mayoritariamente por motivos románticos o sexuales (Gibson, 2018).  

Basándose en un estudio realizado en 2015 de los casos de ocho conversos de origen belga y neerlandés que se unieron al DAESH, Van San sugiere que la mayoría de las mujeres conversas se unieron a las filas de esa organización debido a episodios traumáticos de su juventud. Para ellas la conversión fue “un acto de dejar atrás su pasado, de conseguir el perdón y la redención” (Van San, 2015). Hay otros motivos bastante más mundanos para la radicalización, como el de aquellas conversas que se desplazaron hasta los territorios bajo control del DAESH porque se habían enamorado de uno de los combatientes que se encontraban en aquella zona de operaciones (Van San, 2015). En cuanto a los hombres conversos, Van San afirma una mayor importancia de una decepción o vacío vital previo a la conversión como factor principal de radicalización (Van San, 2015).

Sin embargo, es necesario resaltar que hay muchos conversos que han experimentado los mismos factores previos a la conversión y que no se han visto involucrados en procesos de radicalización religiosa o en actividades terroristas (Kleinmann, 2012). Para conversos y no conversos la radicalización es un proceso que implica contactos, relaciones y actividades con miembros de organizaciones o grupos, o con familiares y amigos previamente radicalizados, ya sea de forma real o virtual. Es por eso por lo que hay prestar especial atención a factores sociales de carácter grupal e identitarios para entender ese proceso.

Factores sociales de radicalización de carácter grupal e identitarios

La ideología del DAESH puede ser definida como una interpretación radical del Salafismo (Antunez, 2017; y Kepel, 2006), según la cual se debe establecer una sociedad gobernada por los principios de una interpretación radical de la Sharía mediante el uso de la violencia y el terrorismo, contra musulmanes y no musulmanes (Kepel, 2006). El Salafismo, ya sea en su variante predicadora, política o violenta[3], es percibido por un gran número de musulmanes en todo el mundo como una forma de reformar y revitalizar el islam en nuestros días, atrayente por su aura de literalidad y autenticidad. En los países occidentales, muchos musulmanes, emigrantes de segunda o tercera generación, sufren una crisis de identidad, al no identificarse ni con la sociedad en la que han nacido y crecido, ni con la que procedían sus padres y abuelos. Para ellos el Salafismo, que enfatiza la universalidad del islam, es una forma de diferenciarse de ambas sociedades y de adoptar una identidad alternativa: una manera de integrarse en la Umma o comunidad islámica mundial (Antunez y Tellidis, 2013; Revkin y Mhidi, 2016; Tucker, 2015; Adida, Laitin y Vafort, 2016; Peresin, 2015; Mazarr, 2014; y Malik, 2015). Esta crisis identitaria va a menudo acompañada de indignación, rebeldía, de un sentimiento de persecución y discriminación, y de rechazo a cumplir las normas establecidas por una sociedad que siente ajena. Todo ello provoca un círculo vicioso en el que el individuo se encuentra cada vez más aislado del entorno que le rodea (Maher, 2015).

Esta situación se complicó aún más con el comienzo del conflicto en Siria y la proclamación del Califato por parte del DAESH, así como con la llegada masiva de refugiados musulmanes a la Unión Europea en el periodo entre los años 2014 y 2016. Dicha llegada, que coincidió con una escalada dramática de los atentados de inspiración religiosa en el continente, provocó, además de numerosas cuestiones y preocupaciones relativas a la seguridad, un incremento de los sentimientos xenofóbicos e islamófobos en algunos sectores de las sociedades europeas, alentados por algunos partidos políticos (Antunez, 2019).  El DAESH ha tenido un éxito remarcable a la hora de explotar esta situación con fines de reclutamiento, ofreciendo a esos jóvenes musulmanes que se sentían marginados, rechazados o criminalizados una oportunidad de éxito o de revancha.

Las razones iniciales por las que muchos musulmanes se desplazaron a Oriente Medio para unirse al DAESH fueron dos: primero, las imágenes de las atrocidades cometidas en Siria contra musulmanes sunnitas por parte de un régimen chiita, lo que incorporó un tinte sectario a la percepción del conflicto; segundo, la percepción de pasividad y falta de apoyo a los que las sufrían por parte de los países árabes y occidentales. El sentimiento identitario de pertenecer a la Umma, una comunidad musulmana global, se generó o se reafirmó en musulmanes sunnitas de todo el mundo, y muchos de ellos se sintieron obligados a defender a sus correligionarios en Oriente Medio (Antunez, 2016).

Ese sentimiento se combinó con el de rechazo a la política exterior de sus países de nacimiento o residencia, convirtiéndose en uno de los factores iniciadores de un proceso de radicalización religiosa (Peresin, 2015). No hay que olvidar tampoco que muchos de esos musulmanes habían crecido durante la época de los más sangrientos atentados en suelo occidental y la posterior y mal llamada “Guerra contra el Terrorismo”. Ambos acontecimientos generaron, por un lado, una cierta estigmatización de los musulmanes en Occidente y, por otro, un sentimiento defensivo y victimista en una parte de estos. Ambos fenómenos fueron también importantes en el inicio y desarrollo de muchos procesos de radicalización religiosa (Hoeg, 2019), al percibir una parte de los musulmanes europeos que la Umma estaba en peligro y que había que defenderla del ataque de Occidente contra el conjunto del islam (Peresin, 2015).

Algunos de los hombres y mujeres que se trasladaron a Siria o a Iraq sólo adoptaron un credo radical tras llegar a Oriente Medio y entrar en contacto con elementos y organizaciones radicales (ICSR, 2013a). Por tanto, en una primera fase, el reclutamiento del DAESH debe ser analizado en un contexto de crisis humanitaria (Chinyong, 2014), algo que debe tenerse en cuenta a la hora de analizar futuros conflictos armados en países con población musulmana, especialmente aquellos que involucren a adversarios sunnitas y chiitas enfrentados.

Un informe de diciembre de 2015 del International Centre for Counter-Terrorism (ICCT) afirmaba que las motivaciones y razones de cada individuo para desplazarse a Siria e Iraq variaban, oscilando desde el altruismo y la solidaridad a razones mucho más prosaicas e incluso egoístas. Algunos, mayoritariamente procedentes de países del Norte de África u Oriente Medio, buscaban mejorar su situación socioeconómica. Otros, principalmente procedentes de países occidentales, lo hicieron por motivos identitarios. A otros les movió su creencia y compromiso con una interpretación religiosa radical y violenta. A muchos de ellos, una mezcla, en mayor o menor medida, de todas las razones anteriores (Schmid y Tinnes, 2015).  

La motivación humanitaria, aunque importante en un principio, perdió relevancia tras la declaración del llamado Estado Islámico. Desde ese momento, muchos de los que se desplazaban a los territorios en manos del DAESH lo hacían con el deseo de vivir en “una sociedad verdaderamente islámica”, para ayudar en la construcción de “un estado islámico puro” y ser parte de “un renacimiento religioso”. Para ellos el viaje a Oriente Medio significaba una hégira o inmigración, que revivía la marcha del profeta Muhammad y de los primeros musulmanes de La Meca a Medina, para escapar de la Yahilia u oscuridad previa a la llegada del islam (Antúnez, 2016).  

Otros simplemente buscaban aventuras o experiencias extremas o, simplemente, impresionar a sus familias o amigos, convirtiéndose en “héroes” o en “mártires”. En algunos casos eran “almas atormentadas”, con problemas mentales y tendencias depresivas y suicidas, que buscaban morir de “una forma gloriosa”. Otros fueron cautivados por la posibilidad de ejercer la violencia impunemente, denotando inclinaciones criminales o psicopáticas. Muchos se vieron atraídos por la perspectiva de la camaradería entre “hermanos de armas” (Schmid y Tinnes, 2015) o por escapar del aburrimiento o la falta de sentido y motivación de sus vidas, teniendo la posibilidad de unirse a un movimiento que proclamaba su intención de cambiar el mundo y de construir una utópica sociedad musulmana (Mazarr, 2014; The Soufan Group, 2015; y Kurth Kronin, 2015).

La perspectiva de crear una verdadera familia islámica también atrajo a muchos musulmanes, hombres y mujeres, al Califato. La concesión de una vivienda y de incentivos monetarios, así como la posibilidad de encontrar un marido o una esposa “realmente musulmanes” contribuyó a crear esta ilusión romántica y familiar (Peresin, 2015).

En el caso de las mujeres musulmanas occidentales, incluyendo las conversas, el DAESH desarrolló un particular concepto de la liberación de la mujer musulmana en el que el empoderamiento femenino no suponía igualdad de género, reinterpretando el papel de la mujer en la sociedad sin cuestionar el sistema patriarcal, manteniendo la superioridad del hombre y la segregación de géneros (Roubanis, 2020). A diferencia de sus correligionarios masculinos, en el caso de las mujeres musulmanas la religión parece haber jugado un papel mayor a la hora de unirse al DAESH. Algunas de ellas percibieron el Califato como una oportunidad para participar activante en el proceso de creación de un estado “pura y realmente islámico” y de contribuir a la creación de una nueva sociedad, diferente de la “decadente y moralmente corrupta” sociedad occidental, “que no respetaba a la mujer musulmana y le imponía restricciones a la hora de cumplir sus preceptos religiosos” (Peresin, 2015). A dichas mujeres se les ofrecía también la posibilidad de vivir en una especie de sororidad islámica, regida por una interpretación radical y estricta de la Sharía (Kneip, 2016). Además de madres y esposas de combatientes, también podían ejercer labores en las instituciones segregadas del Califato, ya fuera como enfermeras, doctoras, administrativas, profesoras o, incluso, miembros de la policía religiosa (Antunez, 2020).

Los reclutadores del DAESH han explotado también la lucha identitaria a la que se enfrentan muchas mujeres musulmanas, frecuentemente casi adolescentes, entre el liberalismo y la modernidad occidentales, las normas familiares y sociales de su círculo más cercano, y los preceptos religiosos de su religión, ofreciéndoles una nueva vía alternativa: la posibilidad de pertenecer a una causa global y la aceptación y el apoyo del grupo que les permite vivir plenamente su identidad religiosa. Algo de lo que carecían anteriormente (Peresin, 2015).

Según García Calvo, al 60% de las mujeres relacionadas con actividades terroristas en España las motivaron razones de tipo existencial o identitario (frente al 10% entre los hombres); al 15% le motivaron razones ideológicas y utilitarias (frente al 70% de los hombres); y al 25% razones emocionales y afectivas (20% en el caso de los hombres (Ortega, 2017).

Las mujeres radicalizadas en España son más activas que los hombres en redes sociales y se han dedicado en gran medida a labores de captación, radicalización y de envío de combatientes a Oriente Medio (el 60%). Así mismo han demostrado un alto grado de compromiso y de determinación (Ortega, 2017).

Muchos de los musulmanes reclutados por el DAESH en occidente fueron conversos o musulmanes de origen que “descubrieron” su fe en un momento relativamente tarde de sus vidas (Mazzar, 2014). En ambos casos fue el desencanto con experiencias vitales previas lo que les empujó a aceptar un código moral y religioso inspirado en una interpretación radical de la fe musulmana (Malik, 2015). Lo que a menudo tienen en común los miembros de ambos grupos no es solo el propio islam, sino un sentimiento de revuelta generacional. Roy define esta amenaza no como una radicalización del islam, sino como una “islamización del radicalismo”. Según Roy, casi todos los musulmanes que se afiliaron al DAESH en Francia son franceses musulmanes de segunda o tercera generación o conversos al islam. Este es un problema, añade, que no está relacionado con una revolución del islam o de los musulmanes, sino un fenómeno que afecta a dos categorías específicas de jóvenes, cuya razón es la falta de transmisión y comunicación de las posiciones de la corriente principal y mayoritaria de la religión musulmana, compatible con los valores europeos. Los jóvenes musulmanes franceses de segunda o tercera generación no se identifican con el islam de sus padres y abuelos, no han tenido generalmente experiencia religiosa previa y suelen vivir en los límites de la comunidad islámica, prácticamente aislados de ella. Aparentemente, estos jóvenes están “occidentalizados” y comparten la cultura de los jóvenes de su generación, incluyendo el consumo de alcohol y de drogas y el flirteo en bares y en discotecas (Roy, 2016; The Soufan Group, 2015). Muchos de ellos han pasado un tiempo en prisión o en centros de menores (Roy, 2016; y Buchanan y Park, 2016) y, de repente, se (re)convierten, abrazando un islam que rechaza la cultura y los valores de las sociedades europeas y los de los países de origen de sus padres (Roy, 2016). Es necesario resaltar que en el caso de las mujeres la mayoría no tenía antecedentes penales o problemas legales ni judiciales previos a la radicalización, lo que aun complicó aún más la detección de ese proceso, tanto para su círculo más cercano, como para las agencias de inteligencia y seguridad (Gaub y Lisiecka, 2016). Los conversos también eligen a menudo esa misma versión estricta, literal y estricta del islam que representa una ruptura cultural y generacional (Roy, 2016).

La casi totalidad de los reclutas occidentales del DAESH procedía de zonas urbanas o de suburbios de la periferia de grandes ciudades, muchos incluso de los mismos barrios. Esto indica la existencia de redes extremistas en esas zonas, con grupos de amigos radicalizándose y trasladándose juntos a la zona de conflicto. La aparición de estos “viveros de radicalización” es el resultado de la propia naturaleza del proceso: un acto emocional que involucra a familiares y a amigos (The Soufan Group, 2015). En el caso de las mujeres, el apoyo o incluso el conocimiento del proceso de radicalización fue menor por parte de la familia. Por el contrario, hay varios ejemplos de familias que intentaron por todos los medios que su ser querido regresase y criticaron abiertamente la interpretación religiosa, violenta y radical del grupo (Peresin, 2015).

En aquellas zonas donde alguien ha sido reclutado es bastante probable que ese reclutamiento continúe. Es en esas zonas, donde interactúan grupos de jóvenes, unidos por fuertes lazos familiares y de amistad, sin esperanza o propósito en sus vidas o sentido de pertenencia fuera de su círculo más cercano, donde se han detectado un mayor impacto del reclutamiento por parte de organizaciones terroristas. Ese reclutamiento se transmite de grupo en grupo a través de lazos personales (The Soufan Group, 2015). Los jóvenes son radicalizados en pequeños grupos de amigos que se reúnen en un lugar en particular, ya sea una mezquita, un parque, un locutorio, un colegio o un instituto, un gimnasio, un bar o un café, o una prisión (Roy, 2016).

En España, la mayoría de los conversos relacionados con el DAESH fueron detenidos en Cataluña, principalmente en el área metropolitana de Barcelona (Reinares y García-Calvo, 2016). Este dato no es sorprendente. Según Reinares y García-Calvo, de entre los individuos relacionados con el terrorismo de inspiración religiosa entre el 2004 y el 2018, condenados o muertos, el 33% residía en Cataluña y el 24% en Barcelona (Tarín, 2020). Una prueba de la militancia de estos conversos en Cataluña es la identificación de varios conversos españoles presuntos colaboradores de la célula terrorista que atentó en Barcelona en 2017, que se habían radicalizado junto al imán de Ripoll (Tarín, 2018). También fue relevante el papel de los conversos en el grupo “Fraternidad Islámica, Grupo para la Predicación de la Yihad”, detenidos en Tarrasa durante la “Operación Caronte”[4]. (La Vanguardia, 2018 y 2019). Hay que resaltar que, en Cataluña, en el año 2016, existían 79 oratorios vinculados, en mayor o menor medida, con la corriente Salafista. Este número, que se había duplicado durante una década, suponía un tercio de la totalidad de los lugares de culto musulmán en la comunidad autónoma, 256 en total (Carranco, 2016). Estos datos sugieren una relación entre radicalización y Salafismo, siendo esta la doctrina que abrazan una gran parte de los musulmanes, conversos o no, en los que se producen procesos de radicalización.

A la hora de explicar el proceso de radicalización de los conversos en occidente, Mullins señala la importancia de la combinación de factores individuales, grupales y de nivel estructural (Mullins, 2015). Según algunos autores, los conversos en occidente son los musulmanes que mayor riesgo sufren de ser marginalizados por la sociedad y, por tanto, de ser objetivo de reclutamiento por parte de redes extremistas (Mullins, 2015; Uhlmann, 2007; y Krishna, 2015).

Según Karagiannis, algunos conversos se radicalizaron como resultado de agravios políticos, como por ejemplo el conflicto palestino-israelí, mientras que otros lo hicieron debido a experiencias personales de discriminación o bajo la influencia de familiares o amigos ya radicalizados (Karagiannis, 2012). Sus estudios también subrayan la importancia de una autoridad religiosa con convicciones extremistas o radicales (Karagiannis, 2012).

De la misma forma, el riesgo de radicalización será menor cuando el converso esté en contacto con las corrientes islámicas mayoritarias que mantiene posiciones más moderadas y tolerantes y que rechazan la violencia (Geelhord, Staring y Schuurman, 2019), o con parejas sentimentales o amigos que pertenecen a esa corriente mayoritaria del islam. Este contacto proporcionará al converso conocimiento y argumentos para hacer frente a interpretaciones religiosas de carácter radical, presentes en Internet, o en su interacción con otros musulmanes.

En España, hay conversos radicalizados en una versión violenta del Salafismo que se unieron al DAESH como forma de resolver sus problemas existenciales y de identidad, de la misma forma que sucede con musulmanes de origen, españoles de segunda y tercera generación (Reinares y García-Calvo, 2016).  Según el Profesor Manuel Torres, estos perfiles responden “a gente que no se convierten al islam, sino directamente al yihadismo” (Carbajosa, 2015)[5].

Facilidad de transporte y redes sociales

La proximidad de Europa al conflicto en Siria, la facilidad de viajar por los diferentes países de tránsito sin necesidad de visado, y el relativo bajo coste del transporte incentivaron el desplazamiento de musulmanes europeos a aquella zona geográfica, ya fuera por sus propios medios o con el apoyo de organizaciones humanitarias o religiosas (Byman y Shapiro, 2014). La mayoría de ellos se desplazaron en grupo, acompañados por amigos o familiares, o por otros jóvenes que compartían los mismos sentimientos e ideología. Las mujeres incluso tuvieron mayores facilidades ya que resultaban menos sospechosas para los servicios y agencias de inteligencia y seguridad, que no las consideraban una amenaza real y directa (Schmid y Tinnes, 2015).  

Las redes sociales también facilitaron enormemente ese viaje. A través de ellas el DAESH y otros grupos radicales ofrecían consejos acerca de cómo contactar con individuos o grupos cercanos a la organización que proporcionaban asesoramiento y apoyo logístico (Byman y Shapiro, 2014). Diversos foros en Internet ponían en contacto a los potenciales reclutas con grupos operando sobre el terreno, para proporcionarles un acceso seguro al área de operaciones. Hay también evidencias de que algunos combatientes del DAESH en Siria y en Iraq usaban las redes sociales para animar a familiares y amigos a unirse a su causa (Kneip, 2016).

En las actividades de radicalización y reclutamiento cobran especial importancia el papel de las redes sociales como vehículo de propaganda y captación (Mullins, 2015).  El alcance y la influencia de la campaña de reclutamiento del DAESH se multiplicó por una gran cantidad de especialistas en redes sociales que operaban en Internet 24 horas al día, siete días a la semana. El efecto de este trabajo se vio aumentado por una amplia red de voluntarios y simpatizantes, hombres y mujeres, que distribuían sus mensajes, intentando llegar al mayor número posible de potenciales reclutas (Callimachi, 2015). El DAESH fue especialmente exitoso en el reclutamiento a través de las redes sociales, usando entre otras aplicaciones Facebook y Twitter en ese proceso (Banco, 2014). Es posible asegurar que el DAESH demostró un extraordinario conocimiento de cómo organizar una campaña de propaganda a través de las redes sociales para obtener y mantener el apoyo que necesitaba para su causa, tanto a nivel de personal como financiero (Feakin y Wilkinson, 2015).

El conflicto en Siria y en Iraq fue el primero en el que muchos combatientes occidentales retransmitieron sus acciones en tiempo real y en el que las redes sociales jugaron un papel fundamental como fuente de información e inspiración, convirtiéndose en un aspecto fundamental de lo que sucedía sobre el terreno. Un gran número de combatientes recibían información acerca del conflicto, no a través de los cauces oficiales de los grupos a los que pertenecían, sino a través de operadores simpatizantes sin afiliación directa a la organización, que les proporcionaban apoyo moral e intelectual. Aunque estos operadores de redes sociales estaban mayoritariamente localizados en Occidente y no habían puesto nunca un pie en Oriente Medio, fueron muy importantes en cómo se percibía el conflicto, incluso por los propios combatientes. Los combatientes también recurrieron a la guía e inspiración de líderes religiosos a través de las redes sociales (ICSR, 2013a). Aunque no existe evidencia de que esas figuras religiosas intervinieran directamente en facilitar el flujo de musulmanes occidentales hacia Siria e Iraq, o que estuviesen coordinados con grupos terroristas, sus prédicas animaron, justificaron y legitimaron la lucha del DAESH y jugaron un importante papel en la radicalización de muchos musulmanes (Carter, Maher y Neumann, 2014).

Un gran número de mujeres conversas, miembros o simpatizantes del DAESH, utilizaron Twitter, Facebook o Instagram para animar a otros musulmanes a unirse al grupo. Los conversos también aparecían en videos de la organización, tanto en aquellos con fines de reclutamiento, como en los de ejecuciones y otras atrocidades que buscaban esparcir el miedo y el terror. El caso del converso francés Maxime Hauchard (identificado en el degollamiento de varios pilotos sirios capturados) o el del rapero alemán Denis Cuspert (que dedicó varias canciones de hip-hop a la yihad, presentándola como una oportunidad de empoderamiento, crecimiento personal, venganza y aventura) son un buen ejemplo de esta estrategia (Faiola y Mekhennet, 2015).    

A la hora de hacer frente a la narrativa del DAESH hay que tener en mente el hecho de que no estamos tratando solo con una ideología terrorista, sino con una exitosa y atrayente subcultura. La música, los gestos, los saludos y la ropa son tan importantes para el reclutamiento terrorista como las discusiones teológicas y los argumentos políticos. Es posible afirmar que el DAESH ofrece a sus acólitos un rico universo cultural en el que sumergirse. Esta es una fuente clave de su poder de atracción. Además, ofrece la posibilidad de combinar una “yihad-guay” o “cool jihad”, moderna y adaptada a los gustos y necesidades de los jóvenes, con el activismo contracultural. No es casualidad que muchos de los occidentales que se integraron en las filas del DAESH tenían un pasado previo de actividades contraculturales (Hegghammer, 2015). El atractivo de esa “yihad-guay” y el activismo contracultural actúan probablemente como multiplicadores de otros factores de carácter personal, político, social o religioso.

Aunque las visitas a determinadas páginas Web y el contacto con la figura de un mentor son necesarios en la transición del pensamiento radical a la acción terrorista, estos factores no son totalmente determinantes. Existen otros factores personales y sociales previos claves en dicho proceso. Esos factores se verán multiplicados por la interacción grupal en el mundo virtual, catalizando el pensamiento radical para convertirlo en una disposición y en una voluntad a ejercer o colaborar con la violencia (Picart, 2015). El papel de esa “yihad-guay” como contracultura es de gran impacto entre una parte de los jóvenes musulmanes, conversos o no.   

Los simpatizantes occidentales del DAESH, tanto hombres como mujeres, se han visto atraídos e influidos por el panorama de aventura y el glamur y el romanticismo de las imágenes de una guerra que consideraban justa. Estas imágenes incluían las de la tortura y ejecución de los que se oponían al Califato, a los que se presentaba como enemigos del “verdadero islam”. Fascinados por el culto a la violencia y a la muerte y por conceptos tales como el paraíso, el juicio final y la vida eterna, fantaseaban acerca de una “yihad-cinco estrellas”, que prometía riesgo, diversión y excitación, frente al aburrimiento y al sinsentido de sus vidas en sus países de origen o adopción.  Esta subcultura, que combinaba el mundo real de una guerra y el mundo virtual de Internet y de los videojuegos, atrajo a muchos jóvenes a las filas del DAESH (Peresin, 2015). La “Yihad y la Muerte” son los principales elementos de la narrativa elaborada por el DAESH: el mito del Califato, reinventado combinando el heroísmo y el nihilismo, y presentando como una utopía islámica hecha realidad, en cuya construcción todos los musulmanes pueden y deben participar. Según Roy, esta es una estética moderna de violencia, menos entroncada en la historia del pensamiento islámico tradicional, que en una cultura juvenil que se ha tornado global y violenta (Roy, 2017).

El papel del mundo virtual en los fenómenos de radicalización y posterior reclutamiento terrorista es innegable. Sin embargo, el rol de las redes sociales e Internet disminuye cuando ya se ha establecido el contacto entre el potencial recluta y miembros de alguno de esos grupos que actúan como “incubadoras del radicalismo”. En ese momento gana importancia el contacto humano directo, y son el grupo de amigos o familiares los que convencen finalmente al nuevo miembro a hacer el viaje definitivo para unirse a las filas del DAESH, ya sea solo o en compañía (The Soufan Group, 2015). En este contexto la radicalización y la justificación y el uso de la violencia es un fenómeno de dinámica de grupo: el grupo proporciona un significado a la vida de sus miembros, aumentando enormemente su cohesión en situaciones de aislamiento social o de amenaza real o percibida (Kershaw, 2010). 

En el caso de los conversos, el propio acto de conversión y las circunstancias que lo rodean también ejercerán un papel fundamental en el proceso de radicalización.                   

El proceso de conversión

Los apartados anteriores se centraron en la personalidad del converso y su pasado, en sus redes y contactos sociales, y en la influencia de factores estructurales. Sin embargo, Bartoszewicz argumenta que el proceso de conversión al islam juega un papel determinante en la vida posterior del nuevo musulmán (Bartoszewicz, 2012).

No obstante, aún hay muchas dudas acerca de la forma en que dicho proceso de conversión está relacionado con la radicalización (Kleinmann y Flower, 2013).  Tampoco está claro aún si los conversos se radicalizan después, durante o, incluso, antes de la conversión. Según Flower, existe un espacio de tiempo entre cada una de las fases: conversión religiosa, un incremento de la religiosidad, manifestación de inclinaciones radicales, extremismo y, finalmente, terrorismo (Flower, 2013). Sin embargo, otros autores sugieren que la conversión y la radicalización están mucho más cercanas en el tiempo. Van San estudió el caso de las mujeres conversas y concluyó que la conversión y la posterior marcha hacia Siria fueron mayormente un acto de naturaleza impulsiva que sucedieron casi inmediatamente (Van San, 2015).

El autor de este articulo considera que las fases de la radicalización de Flower (Flower, 2015) pueden solaparse o que, incluso, alguna de ellas no llegue a manifestarse y coincide con las posturas de The Soufan Group que asegura que la duración del proceso de radicalización es generalmente breve, en algunos casos no extendiéndose más de unas pocas semanas, siendo extremadamente difíciles de detectar (The Soufan Group, 2015). En el caso de las mujeres, el proceso, aunque de la misma duración, pasó aún más inadvertido, incluso en sus círculos más cercanos, debido a la falsa creencia de que las mujeres se sienten menos atraídas por las ideas y los grupos radicales (Gaub y Lisiecka, 2016).

A la hora de abordar el pasado de los conversos es necesario prestar atención a la forma en la que abrazan esa nueva identidad religiosa. Bartoszewicz argumenta que, si el converso adopta la fe musulmana como una forma de complementar su identidad religiosa y cultural, de encontrar mayor plenitud y de darle sentido a su vida, estará menos inclinado a llevar a cabo actividades para atacar y destruir esa cultura y esa sociedad en la que nació y creció. Por el contrario, si la conversión se ha producido como un acto de rechazo hacia la civilización occidental y todo lo que representa, el converso tendrá muchas más posibilidades de verse inmerso en un proceso de radicalización (Bartoszewicz, 2012).

La reacción de los círculos familiares, sociales, educativos o laborales a la conversión también es un factor importante a la hora de evaluar un riesgo de radicalización religiosa. El mero acto de la conversión es percibido a menudo por una parte de la sociedad como una traición a la propia religión, cultura e identidad. Esta situación se complica aún más en el caso de las mujeres conversas, que se enfrentan a un fuerte criticismo en sus sociedades de origen. Este rechazo se manifiesta sobre todo a la hora de vestir el hiyab, percibido por muchos y muchas en occidente como un signo de opresión femenina (Karagiannis, 2011) Dicho riesgo aumenta cuando el converso debe esconder su nueva situación religiosa de esos círculos más cercanos, familiares, sociales o laborales, por el temor de ser rechazado o apartado (Geelhord, Staring y Schuurman, 2019).  

Por supuesto, un factor de riesgo capital de radicalización es que el proceso de conversión resulte del contacto y relación del converso con personas u organizaciones radicales: que el converso descubra la religión musulmana a través de interpretaciones literales, extremistas y violentas, como se ha mencionado anteriormente en este artículo. 

Conclusiones y recomendaciones

Durante las últimas décadas se ha constatado en Europa y en España un incremento en el número de ciudadanos que se han convertido a la religión musulmana. Aunque la mayor parte de esos nuevos musulmanes vive su fe de una forma pacífica y tolerante, totalmente compatible con los valores europeos, se ha detectado una sobre representación de conversos, hombres y mujeres, entre los musulmanes que han participado en actividades terroristas inspiradas por una interpretación radical y violenta de la fe musulmana.

Los conversos pueden ser especialmente útiles para organizaciones terroristas como el DAESH. Además de las ventajas operativas citadas anteriormente en este trabajo, son extremadamente importantes para la narrativa terrorista, que los presenta como una prueba fehaciente de una supuesta superioridad de su causa, que atrae incluso a ciudadanos occidentales de otras confesiones. Lo mismo puede decirse de las mujeres musulmanas, cuyas acciones tienen además un gran efecto mediático a la hora de arengar a potenciales miembros masculinos de la organización.

A pesar de esto, la información acerca de estos conversos radicalizados es muy escasa y se carece de estudios que arrojen luz sobre las razones que motivan la radicalización y la implicación de esos individuos en actividades terroristas.

Sin embargo, el autor de este artículo ha extraído algunas conclusiones del estudio de los perfiles y motivaciones de aquellos conversos españoles que han sufrido un proceso de radicalización y se han involucrado en actividades terroristas.

Aunque no existe un perfil que abarque a la totalidad de los musulmanes occidentales, hombres o mujeres, conversos o no, que se radicalizaron y se desplazaron a Oriente Medio o participaron con actividades terroristas, es posible encontrar a algunos factores comunes entre una parte ellos, tales como la edad, el lugar de origen, la educación y la situación laboral, sus relaciones familiares y sociales y su relación previa con la religión.

En el caso de España, entre los detenidos por actividades relacionadas con el DAESH desde 2013 a 2016 la mayoría eran hombres musulmanes de origen, casados y con hijos, tanto nacidos en nuestro país como en Marruecos. Sin embargo, se registraron porcentajes significativos de mujeres y de conversos. En cuanto a su nivel de estudios, predominaban individuos con estudios secundarios, aunque también se detectan casos tanto de nivel de estudios inferiores como de universitarios. La tasa de desempleo entre ellos era similar a la del resto del país.

En cuanto a su nivel de conocimiento de la religión islámica, era elemental en el 89% de los casos. Este bajo conocimiento de la fe islámica confirmaría la hipótesis de que la radicalización se asocia más con el desconocimiento o la mala comprensión del islam.

De entre los 215 individuos relacionados con el terrorismo de inspiración religiosa entre el 2004 y el 2018, un 27% tenía antecedentes penales (la mayoría por delitos contra la propiedad, personas o relacionados con el tráfico de drogas).

De entre los conversos relacionados con el terrorismo de inspiración religiosa entre el 2004 y el 2018 hay una parte de ellos que presentaban un pasado radical y contracultural previo a la conversión. La influencia de experiencias traumáticas, problemas familiares, de conducta o de salud mental previos a abrazar la fe musulmana se han detectado también entre los conversos relacionados con actividades terroristas en España.

Sin embargo, es necesario resaltar que hay muchos conversos que han experimentado los mismos factores previos a la conversión y que no se han visto involucrados en procesos de radicalización religiosa o en actividades terroristas. Es por eso por lo que hay prestar especial atención a factores sociales de carácter grupal e identitarios para entender ese proceso.

Algunos de los hombres y mujeres que se trasladaron a Siria o a Iraq sólo adoptaron un credo radical tras llegar a Oriente Medio y entrar en contacto con elementos y organizaciones radicales. Por tanto, en una primera fase, el reclutamiento del DAESH debe ser analizado en un contexto de crisis humanitaria algo que debe tenerse en cuenta a la hora de analizar futuros conflictos armados en países con población musulmana, especialmente aquellos que involucren a adversarios sunnitas y chiitas enfrentados.

La motivación humanitaria, aunque importante en un principio, perdió relevancia tras la declaración del llamado Estado Islámico. Desde ese momento, muchos de los que se desplazaban a los territorios en manos del DAESH lo hacían con el deseo de vivir en “una sociedad verdaderamente islámica”, para ayudar en la construcción de “un estado islámico puro” y ser parte de “un renacimiento religioso”. Otros simplemente buscaban aventuras o experiencias extremas o, simplemente, impresionar a sus familias o amigos, convirtiéndose en “héroes” o en “mártires”. En algunos casos eran “almas atormentadas”, con problemas mentales y tendencias depresivas y suicidas, que buscaban morir de “una forma gloriosa”. Otros fueron cautivados por la posibilidad de ejercer la violencia impunemente, denotando inclinaciones criminales o psicopáticas. Muchos se vieron atraídos por la perspectiva de la camaradería entre “hermanos de armas” o por escapar del aburrimiento o la falta de sentido y motivación de sus vidas, teniendo la posibilidad de unirse a un movimiento que proclamaba su intención de cambiar el mundo y de construir una utópica sociedad musulmana.

La perspectiva de crear una verdadera familia islámica también atrajo a muchos musulmanes, hombres y mujeres, al Califato. La concesión de una vivienda y de incentivos monetarios, así como la posibilidad de encontrar un marido o una esposa “realmente musulmanes” contribuyó a crear esta ilusión romántica y familiar.

En el caso de las mujeres musulmanas occidentales, incluyendo las conversas, el DAESH desarrolló un particular concepto de la liberación de la mujer musulmana en el que el empoderamiento femenino no suponía igualdad de género, reinterpretando el papel de la mujer en la sociedad sin cuestionar el sistema patriarcal, manteniendo la superioridad del hombre y la segregación de géneros. Los reclutadores del DAESH han explotado también la lucha identitaria a la que se enfrentan muchas mujeres musulmanas, frecuentemente casi adolescentes, entre el liberalismo y la modernidad occidentales, las normas familiares y sociales de su círculo más cercano, y los preceptos religiosos de su religión, ofreciéndoles una nueva vía alternativa: la posibilidad de pertenecer a una causa global y la aceptación y el apoyo del grupo que les permite vivir plenamente su identidad religiosa. Algo de lo que carecían anteriormente.

Muchos de los musulmanes reclutados por el DAESH en occidente fueron conversos o musulmanes de origen que “descubrieron” su fe en un momento relativamente tarde de sus vidas. En ambos casos fue el desencanto con experiencias vitales previas lo que les empujó a aceptar un código moral y religioso inspirado en una interpretación radical de la fe musulmana

La casi totalidad de los reclutas occidentales del DAESH procedía de zonas urbanas o de suburbios de la periferia de grandes ciudades, muchos incluso de los mismos barrios. Esto indica la existencia de redes extremistas en esas zonas, con grupos de amigos radicalizándose y trasladándose juntos a la zona de conflicto. La aparición de estos “viveros de radicalización” es el resultado de la propia naturaleza del proceso: un acto emocional que involucra a familiares y a amigos. En España, la mayoría de los conversos relacionados con el DAESH fueron detenidos en Cataluña, principalmente en el área metropolitana de Barcelona. Este dato no es sorprendente. De entre los individuos relacionados con el terrorismo de inspiración religiosa entre el 2004 y el 2018, condenados o muertos, el 33% residía en Cataluña y el 24% en Barcelona. Hay que resaltar que, en Cataluña, en el año 2016, un tercio de los oratorios musulmanes estaban vinculados, en mayor o menor medida, con la corriente Salafista. Estos datos sugieren una relación entre radicalización y Salafismo, siendo esta la doctrina que abrazan una gran parte de los musulmanes, conversos o no, en los que se producen procesos de radicalización.

A la hora de explicar el proceso de radicalización de los conversos en occidente hay que prestar especial atención a la importancia de la combinación de factores individuales, grupales y de nivel estructural. Los conversos en occidente son los musulmanes que probablemente sufren mayor riesgo de ser marginalizados por la sociedad y, por tanto, de ser objetivo de reclutamiento por parte de redes extremistas. Algunos conversos se radicalizaron como resultado de agravios políticos, como por ejemplo el conflicto palestino-israelí, mientras que otros lo hicieron debido a experiencias personales de discriminación o bajo la influencia de familiares o amigos ya radicalizados. En este contexto la radicalización y la justificación y el uso de la violencia es un fenómeno de dinámica de grupo: el grupo proporciona un significado a la vida de sus miembros, aumentando enormemente su cohesión en situaciones de aislamiento social o de amenaza real o percibida

De la misma forma, el riesgo de radicalización será menor cuando el converso esté en contacto con las corrientes islámicas mayoritarias que mantiene posiciones más moderadas y tolerantes y que rechazan la violencia o con parejas sentimentales o amigos que pertenecen a esa corriente mayoritaria del islam. Este contacto proporcionará al converso conocimiento y argumentos para hacer frente a interpretaciones religiosas de carácter radical, presentes en Internet, o en su interacción con otros musulmanes.

En España, hay conversos radicalizados en una versión violenta del Salafismo que se unieron al DAESH como forma de resolver sus problemas existenciales y de identidad, de la misma forma que sucede con musulmanes de origen, españoles de segunda y tercera generación.

El reclutamiento por parte del DAESH de ciudadanos europeos, conversos o no, se facilitó por dos fenómenos ligados a la globalización: la facilidad del transporte y el desarrollo de los medios de información y comunicación.

La proximidad de Europa al conflicto en Siria, la facilidad de viajar por los diferentes países de tránsito sin necesidad de visado, y el relativo bajo coste del transporte incentivaron el desplazamiento de musulmanes europeos a aquella zona geográfica, ya fuera por sus propios medios o con el apoyo de organizaciones humanitarias o religiosas. Las redes sociales también facilitaron enormemente ese viaje. A través de ellas el DAESH y otros grupos radicales ofrecían consejos acerca de cómo contactar con individuos o grupos cercanos a la organización que proporcionaban asesoramiento y apoyo logístico.

En las actividades de radicalización y reclutamiento también cobran especial importancia el papel de las redes sociales como vehículo de propaganda y captación. El DAESH fue especialmente exitoso en el reclutamiento a través de las redes sociales, usando entre otras aplicaciones Facebook y Twitter en ese proceso. Es posible asegurar que el DAESH demostró un extraordinario conocimiento de cómo organizar una campaña de propaganda a través de las redes sociales para obtener y mantener el apoyo que necesitaba para su causa, tanto a nivel de personal como financiero.

A la hora de hacer frente a la narrativa del DAESH hay que tener en mente el hecho de que no estamos tratando solo con una ideología terrorista, sino con una exitosa y atrayente subcultura. La música, los gestos, los saludos y la ropa son tan importantes para el reclutamiento terrorista como las discusiones teológicas y los argumentos políticos. Es posible afirmar que el DAESH ofrece a sus acólitos un rico universo cultural en el que sumergirse. El atractivo de esa “yihad-guay” y el activismo contracultural actúan probablemente como multiplicadores de otros factores de carácter personal, político, social o religioso.

En el caso de los conversos, el propio acto de conversión y las circunstancias que lo rodean también ejercerán un papel fundamental en el proceso de radicalización.   A la hora de abordar el pasado de los conversos es necesario prestar atención a la forma en la que abrazan esa nueva identidad religiosa. Si la conversión se ha producido como un acto de rechazo hacia la civilización occidental y todo lo que representa, el converso tendrá muchas más posibilidades de verse inmerso en un proceso de radicalización.

La reacción de los círculos familiares, sociales, educativos o laborales a la conversión también es un factor importante a la hora de evaluar un riesgo de radicalización religiosa. El mero acto de la conversión es percibido a menudo por una parte de la sociedad como una traición a la propia religión, cultura e identidad.

Por supuesto, un factor de riesgo capital de radicalización es que el proceso de conversión resulte del contacto y relación del converso con personas u organizaciones radicales: que el converso descubra la religión musulmana a través de interpretaciones literales, extremistas y violentas. 

Todas estas conclusiones prueban las posiciones de Gupta de que la radicalización y el terrorismo son el resultado de un complicado proceso social. Sus motivaciones no son tan diferentes de cualquier otro tipo de actividad colectiva en la que las personas, como seres sociales, participan a diario. Por tanto, las raíces causales del terrorismo no deben ser analizadas solamente en el contexto personal, sino en la interacción de estos factores personales con otros de carácter social.  

Sin embargo, todas las conclusiones de este trabajo deben ser consideradas como meras hipótesis de trabajo que deben ser comprobadas en estudios posteriores. El análisis de los procesos de radicalización de los conversos en países occidentales, hombres y mujeres, que se producen por una amplia gama de razones personales grupales y estructurales, necesita un enfoque multidisciplinar y multidimensional. Dichos estudios deben incluir también una perspectiva de género, debido al papel creciente de la mujer en actividades terroristas.

Futuros análisis deben incluir datos relativos al perfil de los conversos involucrados en actividades terroristas, su vida previa y posterior a la conversión y la reacción de su entorno familiar, laboral y social a la misma. Es vital también identificar bajo qué circunstancias llega el nuevo musulmán a abrazar el islam y, sobre todo, cuales son las organizaciones, grupos o movimientos que inspiran y dirigen esa conversión.

En dichos estudios se deben incluir los testimonios de conversos, radicalizados y no, para evaluar el impacto de los diversos factores personales y sociales, antes, durante y tras la conversión.  De la misma forma, se debe incluir a conversos en cualquier programa de de-radicalización.

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[1] Este trabajo define al extremismo como el sentimiento y la creencia de que el éxito o la supervivencia de un endogrupo está totalmente ligada al uso de la violencia contra un exogrupo.   Estos actos hostiles van desde el ataque verbal y el insulto, a la discriminación, la violencia, el terrorismo e incluso el genocidio (Berger, 2018). En el caso en que nos ocupa puede haber más de un exogrupo objetivo de la violencia, ya sean cristianos, o musulmanes que defienden otras posiciones religiosas. La radicalización será el proceso que sigue un individuo o un grupo hasta llegar a usar la violencia, o estar dispuesto a hacerlo. 

[2] El 2 de agosto de 2019 la Policía Nacional detuvo en las Palmas de Gran Canaria a un presunto colaborador del DAESH que había fotografiado la sede de asociación LGTBI en la isla, colectivo hacia el que había mostrado una especial aversión y que ha sido señalado frecuentemente por el DAESH como objetivo El detenido, al que se le imputaban delitos de colaboración y auto adoctrinamiento, se encontraba en contacto directo con otros conversos radicalizados que fueron detenidos en Colombia y Argentina en el año 2018 (Ministerio del Interior, 2019).

[3] Aunque la mayoría de los miembros y corrientes del movimiento Salafí comparten las mismas posiciones religiosas, difieren en cómo implementar dichas ideas, mediante la predicación, el activismo político o el uso de la violencia (Wiktorowicz, 2005).

[4] Dicho grupo planeaba atentar contra lugares emblemáticos de Cataluña, así como secuestrar a una persona, decapitarla al modo del DAESH, vistiéndola con un mono naranja y difundirlo por Internet.

[5] Torres añade que dichos individuos no buscan una respuesta espiritual, sino que les atrae un relato maniqueo y victimista, lleno de verdades absolutas, que les hace creerse defensores de una comunidad que consideran indefensa.


Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

Juan Carlos Antúnez

Oficial del Ejército de Tierra español. Analista Sociocultural en NATO Allied Joint Force Command (JFC) Brunssum. Doctor en Filología Árabe

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