• Buscar

¿Merecen los afganos un Estado democrático?

https://global-strategy.org/merecen-los-afganos-un-estado-democratico/ ¿Merecen los afganos un Estado democrático? 2021-08-26 10:38:44 Javier Mª Ruiz Arévalo Blog post Estudios Globales Afganistán Asia Central
Print Friendly, PDF & Email

Derrumbado estrepitosamente el endeble Estado afgano, construido durante veinte años con el esfuerzo, nunca demasiado bien concertado, de gran parte de la comunidad internacional y, no lo olvidemos, de muchos afganos que veían con esperanza la posibilidad de un Afganistán mejor, se multiplican los análisis que tratan de explicar de forma sencilla una realidad que, por su enorme complejidad, se resiste a explicaciones simplistas. Por desgracia, esta complejidad es difícil de recoger en un tweet; incluso en un corto artículo de prensa.

Esta búsqueda de explicaciones ‘tuiteables’ concuerda poco con la realidad de que, tras 20 años de conflicto, es difícil encontrar un consenso sobre cuáles han sido los errores estratégicos cometidos, ni sobre cuál hubiera sido la estrategia alternativa para abordar la estabilización tras la caída del régimen talibán. Afganistán ha demostrado, una vez más, que el proceso de lecciones aprendidas resulta muy adecuado para la mejora de técnicas, procedimientos y materiales, pero se enfrenta a obstáculos infranqueables cuando trata de valorar de forma global cuestiones tan complejas como las estrategias seguidas en la gestión del conflicto afgano. Asuntos en los que concurren multitud de problemas complejos e interrelacionados hacen imposible aplicar el método de causa-efecto en el que se basa el proceso de lecciones aprendidas. Acciones que abordan efectivamente un problema concreto, generan ‘daños colaterales’ imprevistos en otro. Esta maraña de consecuencias indeseadas hace que resulte prácticamente imposible identificar relaciones causales que liguen las acciones acometidas con los resultados obtenidos. En resumen, a día de hoy resulta difícil llegar a un acuerdo mínimo sobre qué se ha hecho mal y, sobre todo, sobre cómo podría haberse hecho mejor. El sistema de lecciones aprendidas naufraga antes la complejidad de los problemas sociales y políticos.

Pese a todo, persiste el empeño por encontrar explicaciones ‘tuiteables’ al súbito colapso del Estado afgano. En este ámbito, es frecuente explicar el fracaso de Afganistán achacándoselo a que los últimos veinte años han representado un intento arrogante por parte de Occidente de exportar un modelo político que no estaba al alcance de un pueblo culturalmente tan lejano, o políticamente tan subdesarrollado, como el afgano. Se habría repetido el error cometido en su día por el régimen comunista que, imponiendo de forma acelerada y brutal un modelo social y político ajeno a la sociedad afgana, generó una reacción tan violenta que sus réplicas aun ayudan a explicar la realidad actual de Afganistán.

A esta teoría, que no carece de argumentos que parecen confirmarla, cabe oponer algunas objeciones. La primera y más palmaria: según todos los datos disponibles, a pesar de todas sus carencias, el régimen derrocado gozaba de mucha mayor aceptación entre los afganos que el renacido Emirato Islámico que se le acaba de imponer por la fuerza. Si los talibán se han impuesto, no es por gozar de la simpatía de la mayoría de los afganos, sino por otra serie de razones, entre las cuales se cuentan la brutalidad con la que ejercen su poder y la fragmentación y descrédito de sus adversarios.

Se argumenta que para una mayoría de afganos, el sistema político inaugurado en 2002 por los Acuerdos de Bonn, era ajeno a su cultura y a su realidad social. Pero, cabe destacar que nada parece indicar que no hubiera una importante proporción de afganos que apoyara, en líneas generales, el proceso de transición iniciado entonces. Ni que sobre Afganistán pendiera una suerte de maldición que le impidiera cualquier clase de cambio político y social. Otra cosa es la actitud de quienes veían amenazado su poder, que han conseguido condicionar la agenda política afgana desde entonces, entorpeciendo todo proceso de reformas efectivo. De su mano, en aras de la realpolitik, se ha tendido a dar prioridad a supuestas necesidades pragmáticas, sacrificando principios políticos y morales, considerados como aspiraciones poco realistas para una sociedad como la afgana. Así se acabó por adulterar el proceso político en su conjunto.

La corrupción, el fraude electoral, el nepotismo,… todos ellos son realidades que hacen difícil definir al Afganistán surgido tras la caída de los hoy renacidos talibán como un Estado plenamente democrático. Pero, como trato de explicar en mi libro Estado de Derecho y Construcción de la Paz. El caso afgano (2021), el problema de Afganistán no ha sido, como tantas veces se ha dicho, la inadecuación de la democracia a la sociedad afgana, sino la falta de voluntad y capacidad para implementarla. La falta de cultura política dificulta la transición hacia la democracia, la ralentiza, pero no la hace imposible. En el Afganistán de 2002 había suficientes afganos con ganas de paz y progreso como para que una clase política a la altura de las circunstancias hubiera podido liderar un proceso de transición, lento pero constante, hacia la democracia.

Además, no se trataba de iniciar un camino desconocido para los afganos. la transición iniciada en 2002 significaba la continuación del proceso reformista vivido en Afganistán durante gran parte del siglo pasado, culminado por la constitución de 1964 e interrumpido por el golpe comunista de 1978. La construcción de 1964 establecía ya una monarquía constitucional en un Estado democrático perfectamente homologable. Es cierto que la constitución de 1964 fue la obra de una minoría urbana e ilustrada impuesta sobre una mayoría rural y atrasada, muy influenciada por el estamento religioso, que ni entendía ni compartía sus principios y valores. Pero la habilidad de los reformadores del momento consiguió que el país fuera aceptando poco a poco sus valores, de forma no traumática.

La implantación de un sistema democrático en una sociedad como la afgana es un proceso complejo, que requiere una clase política con visión de Estado y, sobre todo, habilidad para ganar la complicidad de los poderes tradicionales, algo que sí supo hacer el rey Zahir, pero no se supo imitar en 2002. Durante su largo reinado, el monarca supo jugar sus cartas para dotar de legitimidad al nuevo sistema político. En Afganistán, la estructura social se basa en las tribus, un actor que, por su relevancia, no puede pasarse por alto. La identidad en Afganistán es una mezcla compleja de vínculos, muchos de ellos locales, en un entorno de instituciones informales fuertes a nivel local e instituciones formales débiles a nivel nacional (Esta realidad lleva a algunos a negarle la posibilidad convertirse en un verdadero Estado, teoría que no comparto en absoluto).

Por ello, en su esfuerzo modernizado, el rey Zahir trató de incorporar a las autoridades locales en lugar de sustituirlas. La falta de capacidad del gobierno central significó que, si bien se establecieron algunas instituciones estatales, su alcance fue muy limitado. Siguiendo la tradición afgana, el gobierno trabajaba con las autoridades tradicionales, particularmente en áreas con influencia tribal significativa, dejando intactas las instituciones existentes. Pero, en la cúspide del sistema, la figura del Rey significaba el punto en el que confluían los sistemas formal e informal: la administración del Estado y las tribus. A pesar de lo establecido en la Constitución, aplicada con mucha flexibilidad, el Rey Zahir logró mantener la estabilidad durante cuatro décadas apoyándose en los poderes tradicionales, a la vez que iba guiando sus pasos por la senda constitucional.

Durante su reinado, supo combinar las reformas con el respeto al poder de las tribus, a las que consiguió mantener a su lado, pese a su oposición a muchos de los cambios. De esta forma, el monarca transfería al sistema formal la legitimidad que emanaba de las instituciones tradicionales a la vez que transfería a éstas cierta legitimidad formal. Zahir Shah consiguió cuarenta años de estabilidad en Afganistán. Este logro se debe a que el rey representaba para los afganos el poder legítimo: por su origen, por su respeto hacia los poderes tradicionales y por su capacidad para dar a los afganos topocho que estos pedían, y piden, al Estado: justicia, seguridad y unas mínimas condiciones de vida. No consiguió en ese tiempo convertir a su país en una democracia plena. Posiblemente ni siquiera lo intentó, consciente del tiempo que requiere semejante proceso, pero supo encaminar al país en la dirección adecuada, tratado de incorporar tantos afganos como fuera posible a su proyecto. Enfrente se encontraban quienes protagonizarían el futuro inmediato de Afganistán tras su derrocamiento:  comunistas e islamistas, tantas veces en el mismo bando.

En 2001, olvidando las enseñanzas de la historia, la debilidad del Estado no se suplió incorporando a los poderes tradicionales, es cierto que muy debilitados por décadas de conflicto armado, sino recurriendo a la nueva aristocracia surgida durante años de conflicto armado: los señores de la guerra. Karzai recurrió a ellos por mera supervivencia, integrándolos en el nuevo sistema político para ganar su apoyo. EEUU se apoyó en ellos en su lucha contra Al Qaida y los talibán, ante su renuencia a utilizar su propio ejército para ello y la inexistencia de un ejército afgano capaz de hacerlo. Así, consiguieron enquistarse en el nuevo Estado, lo que debilitó aún más a los líderes tribales tradicionales que de otro modo podrían haber sido aliados del nuevo régimen.

El modo en que EEUU marginó a los líderes tradicionales que hubieran podido ampliar la base de apoyo social al nuevo régimen, incluido el rey Zahir, es analizado por Morgan Edwards, que centra su estudio en la figura del líder pastún anti-talibán Abdul Haq[1]. En su análisis se pone de manifiesto cómo EEUU prefirió afianzar en el poder a los líderes ya asentados, cuyas capacidades militares le eran imprescindibles para acabar militarmente con Al Qaida, pero que no estaban en absoluto comprometidos por los valores en los que se sustentaba lo acordado en Bonn. En cambio, se relegaba a líderes que podrían haber estado más comprometidos con la formación de un Estado fuerte y democrático. Parecidos argumentos debieron llevar a EEUU a descartar que el rey Zahir jugara un papel relevante en la transición política que se inciaba. Del rey Zahir cabe decir que, en Afganistán, despertaba el respeto de casi todos, la adhesión de muchos y el rechazo de muy pocos. En su negativa a contar con su figura, como catalizador de legitimidad ante los afganos, pudo influir también la cultura política estadounidense, inclinada a considerar la monarquía como poco más que un vestigio pintoresco de tiempos pasados, con difícil encaje en una sociedad moderna. La transición española es un buen ejemplo de lo erróneo de esta suposición y un buen ejemplo del papel aglutinador que puede jugar esta institución en momentos de cambio político.

Para muchos afganos, debe resultar triste constatar que en Occidente va asentándose la idea de que el régimen talibán se acomoda mejor a la sociedad afgana que un sistema político que les dote de derechos y de la capacidad de elegir cómo quieren que sea Afganistán. Así, derechos y libertades se presentan como una conquista occidental difícilmente compatible con sociedades que deberán esperar generaciones para disfrutar de ellas. Porque lo que se defiende para Afganistán no es un sistema político decidido por los propios afganos, aunque no coincida con la democracia liberal defendida por Occidente. Lo que se defiende para Afganistán es que su futuro se decida de espaldas a la voluntad de los propios afganos, por una minoría de iluminados que cuentan con el suficiente poder como para imponer su voluntad.  Y a esa voluntad se le va a bautizar como ‘la voluntad de los afganos’.

Es difícil saber qué va a suceder en Afganistán en los próximos años. Tampoco es fácil anticipar el papel que la comunidad internacional, y más concretamente EEUU y sus aliados occidentales, entre ellos España, van a querer y poder jugar allí. Pero sería triste que en las políticas que se adopten se  acepte con naturalidad que democracia, derechos y libertades son algo ajeno a la cultura afgana, por lo que no cabe luchas por su materialización en suelo afgano.


[1] Morgan Edwards, L. The Afghan Solution. Bactria Press. 2011.

Javier Mª Ruiz Arévalo

Coronel del Ejército de Tierra español y Doctor en Derecho por la Universidad de Granada. Ha desplegado en dos ocasiones en Kabul, desempeñando cometidos en el área de la cooperación cívico militar.

Ver todos los artículos
Javier Mª Ruiz Arévalo