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Nociones introductorias para el estudio del terrorismo

https://global-strategy.org/nociones-estudio-del-terrorismo/ Nociones introductorias para el estudio del terrorismo 2012-01-29 12:56:00 Javier Jordán Blog post Docencia Políticas de Seguridad Terrorismo
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Introducción conceptual al terrorismo

En la literatura académica se puede encontrar más de un centenar de definiciones del término terrorismo. Los elementos distintivos que se repiten con frecuencia son el empleo de la violencia física, su carácter ilegítimo, la intención de generar terror y la persecución de objetivos políticos (Guelke, 1995: 19).

En este artículo se opta por la conceptualización que propone Fernando Reinares (1998: 15-16): un conjunto de acciones violentas que generan, en un determinado agregado de población, efectos psíquicos desproporcionados respecto a sus consecuencias materiales y que tiene como fin condicionar las actitudes de dicho colectivo social y orientar sus comportamientos en una determinada dirección.

Dicha definición permite extraer una serie de especificidades de la violencia terrorista (Reinares, 2008: 16-19):

a) Se trata de actos sistemáticos de violencia, concatenados temporalmente. La generación de estados psíquicos de miedo desproporcionados se agudiza si se espera la repetición de nuevos episodios violentos. En esta misma línea, la sorpresa y la imprevisibilidad también son características frecuentes del terrorismo.

b) La selección de blancos está orientada a provocar temor e influir sobre el comportamiento político de sus víctimas. Con frecuencia los objetivos poseen un carácter simbólico de naturaleza política, económica, militar, religiosa, social, etc, con el propósito de acrecentar los efectos psíquicos colectivos de la violencia física. La selección también puede recaer en ciudadanos comunes, mediante ataques indiscriminados, con el fin de denunciar la supuesta culpabilidad de toda una sociedad o manifestar públicamente el deseo de venganza.

c) El terrorismo posee una importante dimensión comunicativa. Mediante la publicidad de sus acciones los terroristas persiguen dos objetivos: coaccionar a sus oponentes y ganar partidarios. Se diferencia así de otras formas de criminalidad porque los grupos terroristas asumen abiertamente la autoría de sus acciones y porque la ejecución de los atentados se planifica con el fin de captar la atención social. De este modo el exceso de cobertura mediática, la insistencia gubernamental en la amenaza o una preocupación desmedida por parte de ciertos sectores de la opinión pública resultaría contraproducente a la hora de marginar política y socialmente a los terroristas.

 d) El terrorismo es una forma de participación política no convencional. El terrorismo constituye una elección estratégica por parte de un determinado actor para influir en el proceso político. En ocasiones también se combina con otras formas de participación política no violenta a través de movimientos sociales o, incluso, de partidos políticos vinculados a los terroristas. No obstante, lo más frecuente es que los grupos que se embarcan en la violencia terrorista se aparten de las vías pacíficas de participación política por considerarlas más lentas e ineficaces, y por los imperativos de la clandestinidad. Pero en cualquier caso, los terroristas no suelen ser actores aislados; proceden por lo general de movimientos sociales más amplios.

Enlazando con el último punto, hay cuatro factores que intervienen en la aparición de actores políticos colectivos que también resultan aplicables al surgimiento de los grupos terroristas. Se trata de los siguientes (Oberschall, 2004: 26-27):

a) Descontento e insatisfacción social, que el grupo terrorista tratará de asumir al plantear sus demandas. Cuanto mayor sea el nivel de insatisfacción más probabilidades habrá de que ciertos segmentos sociales muestren cierta simpatía hacia el grupo terrorista. En caso contrario, el grupo será percibido como una organización criminal que persigue exclusivamente sus intereses.

b) Ideologías legitimadoras; sistemas de creencias que justifiquen la violencia y que articulen el descontento social, ofreciendo una explicación sobre sus causas, identificando enemigos y proponiendo líneas de actuación. Sin una ideología legitimadora la violencia terrorista carecerá de argumentos al dirigirse a los sectores de población que potencialmente pueden proporcionarle apoyos.

c) Capacidad para organizar. Capacidad para reclutar, financiar, conseguir armas, ejercer liderazgo, mantener comunicaciones internas, coordinarse tomar e implementar decisiones, etc. Las organizaciones resultan necesarias a la hora de movilizar a los simpatizantes y de materializar las ideas radicales en actividades continuadas. De ahí la importancia de la labor de las fuerzas de seguridad para desbaratar las estructuras organizativas y degradar la capacidad operativa de los terroristas.

d) Oportunidad política. Puede tratarse de circunstancias como contar con aliados políticos o con un clima internacional favorable a su causa; y también de precipitantes puntuales (por ejemplo, la muerte de manifestantes pacíficos a manos de la policía) que aceleren la radicalización violenta de determinados grupos dentro de un movimiento social más amplio.

Clasificaciones del terrorismo

A efectos descriptivos y analíticos es posible establecer varias tipologías de la violencia terrorista en función de su intencionalidad, del grado de protagonismo de dicha táctica en el repertorio de métodos empleados por los actores en cuestión, y del alcance geográfico y las pretensiones políticas de estos.

a) Según la orientación hacia el poder político podría distinguirse entre quienes recurren al terrorismo con el fin de preservar el statu quo, y el de quienes lo hacen con la pretensión de alterarlo. En el primer grupo suelen abundar los regímenes dictatoriales que recurren a su aparato administrativo o a grupos paraestatales con el fin de neutralizar a la oposición política y conseguir el sometimiento de la población. La otra modalidad es la del terrorismo ejercido de abajo-arriba por parte de grupos que desafían el orden político establecido, generalmente en la búsqueda de la autodeterminación de un determinado territorio, o la sustitución de un régimen político por otro (Reinares, 1998: 16-18).

b) Según el papel del terrorismo dentro de su estrategia general. Es posible distinguir entre terrorismo como recurso auxiliar y como recurso preferente (Reinares, 1998: 20). El auxiliar es practicado por actores para los que la violencia terrorista constituye un instrumento más entre sus líneas de actuación. Sería el caso de ciertas organizaciones mafiosas, o de algunos grupos guerrilleros que eventualmente cometen actos terroristas. Por su parte, el terrorismo como recurso preferente es característico de aquellos actores no estatales que en su estrategia otorgan a la violencia terrorista un lugar de primer orden y prácticamente exclusivo (y que en el lenguaje común son conocidos a secas como ‘grupos terroristas’).

c) Según su alcance geográfico. En teoría se podría distinguir entre terrorismo interno para referirse a aquel cuyos propósitos y actividades se circunscriben a los límites de un Estado; y terrorismo internacional, transnacional o global para denominar a aquel otro que trasciende las fronteras de un determinado país o incluso región. Sin embargo esta doble diferenciación resulta cada vez más difícil de mantener como consecuencia del creciente proceso de globalización, ya que hasta los grupos claramente acotados a una entidad política de índole nacional realizan actividades en más de un Estado.

A efectos de claridad analítica conviene distinguir entre terrorismo internacional y transnacional (Reinares, 2005). El primero es aquel que cumple dos condiciones: 1) que tenga por objeto alterar de manera deliberada la estructura y distribución del poder en regiones enteras del planeta o incluso a escala mundial –es decir, que su agenda sea regional o global; y 2) que los actores que lo practican hayan extendido sus actividades por un número significativo de países, en consonancia con el alcance de los propósitos declarados; de lo contrario, aunque sus objetivos fuesen globales, quedarían excluidos de esta categoría.

Por su parte, el terrorismo transnacional se corresponde con el que de una u otra manera atraviesa fronteras estatales, básicamente porque quienes lo ejecutan mantienen estructuras organizativas o desarrollan actividades violentas en más de un país.

En la práctica, la mayor parte de los grupos terroristas actuales tienen un carácter transnacional, aunque sus objetivos políticos y actividades se limiten a un horizonte doméstico. De este modo, todo terrorismo internacional sería a su vez transnacional, pero no todo terrorismo transnacional sería internacional: sólo el practicado por aquellos grupos que cumplen las dos condiciones señaladas. Por último, el calificativo de terrorismo global se utiliza actualmente como sinónimo de terrorismo internacional. La popularización del término, tanto en inglés como en español, se haya estrechamente asociada a la emergencia del terrorismo de inspiración yihadista promovido por Al Qaeda y otras organizaciones afines.

Perspectiva histórica: las cuatro olas del terrorismo en el siglo XX

Aunque pueden encontrarse antecedentes de conductas terroristas en los zelotes sicarios de la Judea romana, en los asesinos ismailitas de la Edad Media, o en los thugs de la India colonial, la palabra terrorismo se utilizó por primera vez en el año 1795 para referirse al régimen instaurado por los jacobinos en la Francia posrevolucionaria (Guelke, 1995: 3).

La práctica del terrorismo moderno por actores no estatales es posterior. Los primeros grupos terroristas surgieron en el último tercio del siglo XIX. Se trataba de organizaciones de inspiración nacionalista o revolucionaria que pusieron por obra las doctrinas de Carlo Pisacane sobre la propaganda por el hecho. Según este extremista italiano, la violencia era necesaria no sólo para lograr la publicidad de la causa, sino también para educar y movilizar a las masas con el fin de que alcanzasen su propia liberación (Hoffman, 1998: 21-22). El primero en aplicar dicha teoría fue el grupo ruso Narodnaya Volya (la Voluntad del Pueblo), creado en 1878. Su corta vida –fue erradicado tras asesinar al zar Alejandro II en 1881– sirvió de ejemplo a otras organizaciones europeas de inspiración ácrata.

El terrorismo anarquista agitó el Viejo Continente durante el resto del siglo XIX, hasta la década 1920. Estuvo protagonizado por un número elevado de grupos que actuaban espontáneamente y con escasa coordinación. Su éxito real fue limitado (no lograron un cambio sustancial en los sistemas políticos), a pesar de que generaron una ola de terror y entre sus víctimas mortales se contaron varios primeros ministros, un rey y una emperatriz.

En esos mismos años también surgieron grupos de carácter nacionalista-separatista que imitaron las estrategias y tácticas del terrorismo anarquista, particularmente en Turquía, Irlanda, Polonia y en las área de influencia del Imperio Austro-Húngaro (en Grecia, Bulgaria y Serbia) (Laqueur, 2003: 45-47). La acción terrorista de uno de estos grupos inició la crisis que llevaría a la Primera Guerra Mundial, cuando en junio de 1914 el joven serbobosnio Gavrilo Princip asesinó en Sarajevo al archiduque Francisco Fernando de Habsburgo.

Pero a pesar de los primeros brotes de comienzos de siglo XX, el terrorismo etnonacionalista y de aspiraciones independentistas no se convirtió en una fuerza verdaderamente importante hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. En ello influyó la derrota de los imperios coloniales durante las primeras fases de la contienda (lo que demostró que no eran invencibles) y también las promesas de independencia de los propios aliados durante el conflicto. Los insurgentes independentistas optaron por un enfoque asimétrico del enfrentamiento que primaba el impacto psicológico de sus acciones. En muchos casos querían provocar respuestas extremas que distanciasen al gobierno de la población. Los grupos radicales sionistas, como Irgún, marcaron la pauta a seguir por el resto de organizaciones que también aspiraban a la independencia. Se justificaban a sí mismos como pequeñas fuerzas enfrentadas a ejércitos mucho más poderosos, que se veían obligadas a derramar sangre para defender su libertad. En algunos casos estos grupos alcanzaron sus objetivos, pues aunque no derrotaron militarmente a las potencias extranjeras, sí que evidenciaron la falta de legitimidad de los imperios coloniales, acentuada por la represión practicada por estos. Las campañas de terrorismo anticolonialista hicieron llegar su mensaje propagandístico sobre las audiencias de numerosos países. El terrorismo dejó de ser una herramienta de alcance meramente nacional, transformando conflictos locales en asuntos de relevancia internacional (Hoffman, 1998: 64-95).

De esta manera, durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial se produjo un aumento exponencial del número de grupos terroristas (Pedahzur, Eubank & Weinberg, 2002). Aunque en la historia que estamos resumiendo participaron grupos de muy diferente naturaleza e ideología, se puede apreciar un mimetismo e influencia mutua que explican la evolución de las tácticas y la extensión mundial del fenómeno. Al terrorismo anticolonialista se unieron, a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970, grupos nacionalistas separatistas como ETA o el Frente de Liberación de Quebec.

En esos mismos años surgieron también grupos de extrema izquierda derivados de organizaciones estudiantiles y de movimientos marxistas-leninistas-maoístas en Europa Occidental, América Latina y Estados Unidos, que se oponían al capitalismo, a la democracia liberal y al imperialismo. Entre ellos, alcanzaron particular notoriedad la Fracción del Ejército Rojo alemana (más conocido como grupo Baader-Meinhof) y las Brigadas Rojas italianas. En la creciente internacionalización del terrorismo también tuvo mucho que ver la estrategia de alianzas de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), a la que se adhirieron los grupos de extrema izquierda mencionados (la OLP era de hecho una coalición formada por diferentes grupos palestinos).

Las organizaciones terroristas de extrema izquierda en Europa Occidental se consideraban la vanguardia de la lucha del Tercer Mundo e intentaron crear un frente anticapitalista-antiimperialista, por lo que no tuvieron reparos en establecer vínculos con los grupos terroristas palestinos con vistas a la adquisición de armamento, entrenamiento, e incluso ejecución de operaciones conjuntas, como el asalto a la conferencia de ministros de la OPEP en Viena en 1975, o el secuestro de un vuelo de Air France con destino a Entebbe en 1976 (Hoffman, 1998: 120).

Durante la década de 1980 se produjo el eclipse del terrorismo de extrema izquierda. La mayoría de esas organizaciones sufrieron duros golpes policiales que les privaron de sus líderes históricos y de gran parte de su infraestructura. Su ideología revolucionaria encontró escaso eco en la izquierda europea, y la cadena de asesinatos que cometieron provocó la repulsa de muchos de sus simpatizantes y les distanció definitivamente de la población. La realidad política, social y económica del Viejo Continente no era un terreno fértil para la revolución marxista. A ello se añadió el desmoronamiento del bloque soviético en 1989, que les privó de referente político y retaguardia estratégica. La URRS y sus satélites les habían proporcionado entrenamiento, armas, inteligencia, financiación y refugio. La ola de cambio político en Europa del Este barrió esa infraestructura de apoyo.

David Rapoport (2002) sintetiza la evolución histórica que se acaba de exponer en tres olas (anarquista, anticolonialista y de extrema izquierda) a las que suma una cuarta: la del terrorismo de inspiración religiosa cuyo origen sitúa a finales de la década de 1970. La decadencia del terrorismo de extrema izquierda, y el estancamiento de grupos etnonacionalistas como el IRA y ETA, coincidieron con la emergencia de un nuevo terrorismo caracterizado por su mayor letalidad, por su motivación político-trascendente, y en algunos casos por la amplitud y maximalismo de sus objetivos políticos y de su extensión geográfica. Comenzaba a germinar la simiente del terrorismo global de inspiración yihadista.

Las primeras manifestaciones de la cuarta ola del terrorismo abarcaron desde el ataque con gas sarín en el metro de Tokio por la secta Aum Shinrikyo (la Verdad Suprema) en enero de 1994, hasta los atentados de las milicias norteamericanas, entre los que destaca la masacre de Oklahoma en 1995. En la década de 1990 algunos de esos sucesos fueron considerados acciones inconexas y desconcertantes, como por ejemplo el atentado contra el World Trade Center en febrero de 1993, y contra las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania en agosto de 1998 (Juergensmeyer, 2001). Sin embargo, la perspectiva del tiempo nos permite encuadrar aquellas acciones en el marco del terrorismo yihadista global liderado por Al Qaeda, especialmente a raíz de los atentados de Washington y Nueva York en septiembre de 2001.

Tras la muerte de Osama Bin Laden y el deterioro operativo de Al Qaeda central –o al menos de su capacidad para atentar con éxito en territorio norteamericano y europeo–, cabe preguntarse sobre la vitalidad de esta cuarta ola en la historia del terrorismo contemporáneo. Al Qaeda sigue contando con respaldo en los sectores del islamismo radical pero ha sido incapaz de movilizar a las sociedades musulmanas en a favor de sus objetivos. Es posible que estemos asistiendo a una transición de protagonismo del terrorismo yihadista global a otro de carácter eminentemente regional, en áreas de mayoría islámica. Mientras se avanza en esa dirección se repetirán probablemente nuevos atentados contra intereses occidentales que causarán decenas de víctimas. Pero que dichas acciones tengan más o menos impacto estratégico sobre las relaciones internacionales dependerá en gran medida de las actitudes y de las respuestas de los gobiernos y sociedades afectadas.

Efectividad política del terrorismo

Según Neumann y Smith (2005), los actores que convierten el terrorismo en su principal estrategia lo hacen creyendo que es capaz de alcanzar tres objetivos intermedios:

 a) Desorientar a la ciudadanía y distanciarla de las autoridades políticas. Los terroristas tratan de generar un clima de miedo que, por una parte, erosione la legitimidad del Estado al no ser capaz de proteger a la población y, por otra, debilite la cohesión y confianza social. Los terroristas intentan promover la división y la desconfianza. Les interesa que el individuo se sienta desafecto hacia las instituciones políticas, aislado del tejido social, y preocupado en exclusiva por su propia supervivencia y de la de sus seres más cercanos. Si lo logran, la cesión social al chantaje terrorista resulta mucho más fácil de obtener

b) Provocar respuestas estatales que acaben resultando favorables a los intereses de los terroristas. Un gobierno puede cometer cuatro tipos de errores al enfrentarse al terrorismo (Berry, 1987): 1) Sobrerreacción. Sucede cuando el gobierno se desacredita a nivel nacional o internacional al traspasar los límites legales y éticos en su respuesta al terrorismo. Los gobiernos pueden verse tentados a caer en ella porque disponen de capacidades armadas muy superiores a las de los terroristas, y porque consideran que la responsabilidad de velar por la seguridad de sus ciudadanos justifica cualquier tipo de comportamiento; 2) Infrarreacción. Se trata de la situación contraria: el gobierno pierde legitimidad al ser percibido por la población como débil o incapaz frente a la amenaza terrorista; 3) Represión de los moderados. Una tercera posibilidad, unida con frecuencia a la sobrerreacción, es la supresión de la oposición política no violenta al considerar que existe una vinculación estrecha, o una coalición potencial, entre ésta y los terroristas. Este tercer error favorecería que los moderados acabasen apoyando a los violentos; 4) Apaciguamiento. En este caso el gobierno reconoce como legítimas las afrentas esgrimidas por los terroristas y pone en marcha reformas destinadas a ganarse a la oposición moderada. El peligro reside en que los terroristas pueden interpretar como debilidad las acciones del gobierno –y que, en consecuencia, intensifiquen la violencia– y que, a la vez, el gobierno pierda el apoyo de quienes le habían respaldado hasta ese momento.

c) Obtener legitimidad, transmitiendo un mensaje político alternativo. El tercer pilar sobre el que se sustenta el empleo estratégico del terrorismo consiste en aprovechar la atención mediática que despiertan los atentados para difundir el mensaje político de los terroristas y obtener respaldo social. Pero, en la práctica, la publicidad masiva de la ideología de los terroristas no garantiza su aceptación. Un factor más importante que el nivel de difusión alcanzado es la cercanía existente entre los valores y las creencias con que los terroristas racionalizan sus presuntos agravios y legitiman el recurso a la violencia, así como las identidades de carácter nacional, étnico o religioso pre-existentes en la sociedad a la que se dirige su discurso.

En la práctica, los tres objetivos intermedios sobre los que se basa el uso estratégico del terrorismo son mucho más fáciles de formular que de alcanzar. La experiencia histórica constata el fracaso de una proporción muy elevada las organizaciones que se han enfrentado a los Estados recurriendo a la violencia terrorista. Audrey Kurth Cronin (2009: 81), en un estudio realizado sobre una muestra de aproximadamente quinientos grupos desde el año 1968, afirma que sólo el cinco por ciento alcanzaron sus objetivos. Una investigación similar de la RAND Corporation (Jones & Libicki, 2008), que utilizó una muestra de 648 grupos terroristas existentes entre los años 1968 y 2006, ofrece como resultado que sólo el 10% de los grupos se disolvieron tras conseguir sus fines. La mayoría de esos casos se corresponden con organizaciones que operaban en contextos de insurgencia y que contaban con un elevado número de militantes, habitualmente más de diez mil. Por tanto, el uso que hacía del terrorismo era auxiliar, no preferente. Son muy pocos los grupos que han triunfado teniendo menos de un millar de miembros. En cuanto a la naturaleza de su causa política, ningún grupo inspirado en el radicalismo religioso se ha extinguido alcanzando sus metas.

Por esto motivo se suele afirmar que el terrorismo obtiene éxitos tácticos pero no estratégicos. Las condiciones que hacen más probable que una organización terrorista acabe cosechando resultados sustanciales son las siguientes (Cronin, 2009: 91-92):

a) Que sus objetivos sean realizables y estén bien definidos. Este es el principal problema al que se enfrenta por ejemplo el terrorismo yihadista global, ya que la reinstauración de un califato que unifique los países de mayoría islámica es una meta utópica, de contornos abstractos. Por el contrario, un ejemplo de objetivo concreto –aunque de naturaleza táctica, no estratégica– puede ser el canje de presos por rehenes.

b) Que los objetivos de la campaña se adecúen al contexto económico, histórico, cultural y político del sistema internacional en ese momento. Así sucedió por ejemplo con algunos grupos que recurrieron al terrorismo contra las potencias occidentales en mitad de los procesos de descolonización.

c) Que el terrorismo sea remplazado rápidamente por otras formas que gocen, al menos aparentemente, de mayor legitimidad (la guerra de guerrillas o el enfrentamiento convencional). Se suele decir que el terrorismo es la estrategia del débil, pero es también su herramienta más precaria si causa la muerte de civiles. Atacar a la sociedad que supuestamente se pretende defender no conduce a resultados políticos duraderos.

d) Que quienes recurren al terrorismo consigan que algunos gobiernos o grupos de presión internacionales acepten la legitimidad de su causa y les apoyen material y políticamente. Por ejemplo el apoyo que recibió el Frente de Liberación Nacional Argelino por parte de Túnez y Marruecos en 1956, o el apoyo internacional al Congreso Nacional Africano (que incluía a su rama armada Umkhonto we Sizwe) contra el apartheid en Sudáfrica.

Por tanto, el terrorismo es un tipo de violencia eficaz a la hora lograr la entrada o el mantenimiento de determinados asuntos en las agendas mediática y política. Sin embargo, son muy pocos los grupos terroristas que en alcanzan por la vía de las armas los objetivos políticos que dicen perseguir.

Cómo finaliza el terrorismo

A pesar de sus pobres resultados políticos un número reducido de grupos terroristas consiguen perpetuarse a lo largo del tiempo, otros sin embargo acaban extinguiéndose con relativa rapidez. Según la base de datos MIPT, la media de vida de una organización terrorista es de ocho años. De acuerdo con el estudio de Jones y Libicki (2008), citado anteriormente, la principal causa de que los grupos terroristas pongan fin a sus actividades es la integración en el proceso político, abandonando la violencia para continuar exclusivamente con medios pacíficos (43%). No obstante, la transición hacia cauces de participación política no violentos depende de la naturaleza de los objetivos del grupo terrorista, cuanto más amplios y maximalistas sean más improbable resultará el cambio. El segundo motivo de extinción de los grupos terroristas es la eficacia policial (40%) y en muy raras ocasiones la derrota de los terroristas a manos de fuerzas militares (7%).

Cronin (2009) sistematiza del siguiente modo las principales vía de desaparición de las organizaciones terroristas:

a) Éxito. Una primera posibilidad –excepcional– es que el terrorismo finalice al alcanzar sus objetivos. Al mismo tiempo, si se entiende éxito como hacerse con el poder político, resulta prácticamente imposible que una organización lo consiga basándose exclusivamente en la violencia terrorista. Son necesarios otros medios, como la creación de un frente político o de una fuerza insurgente capaz de emplear la violencia a gran escala.

b) Negociación. La mayor parte de las negociaciones entre un gobierno y una organización terrorista rara vez conducen a una solución clara o al cese de la violencia. Los procesos de negociación suelen ser lentos, frustrantes y ambiguos. No se pueden aplicar las mismas lecciones que en la resolución de conflictos armados, ya que los grupos pequeños que hacen un empleo preferente/estratégico del terrorismo no son equiparables a un grupo insurgente. La mayor parte de las organizaciones terroristas tampoco se muestran particularmente proclives a la negociación. De la muestra de 457 grupos manejada por Cronin (209: 40), sólo el 18% optó por la negociación como vía de salida. Es habitual que las organizaciones que se sientan a negociar sean las más longevas (entre veinte y veinticinco años de existencia) y aquellas cuya causa está ligada a un territorio. Por otra parte, entre los grupos que optaron la negociación son muy pocos los que alcanzaron sus objetivos dialogando. Lo normal es que las negociaciones se prolonguen durante años, alternando además periodos de estancamiento.

Desde el punto de vista de los intereses del Estado la negociación con los terroristas puede ofrecer algunas ventajas: posibilidad de dividir a la organización, conseguir una pausa en la violencia terrorista, obtener inteligencia (ya que permite conocer de cerca de a los líderes terroristas y explorar sus diferencias internas), reducir la legitimidad de los terroristas que afirman que la única salida es la lucha armada. En algunos casos las negociaciones pueden lograr que el grupo renuncie verdaderamente a la violencia e integre sus demandas a través de cauces convencionales en el proceso político legal.

c) Fracaso. La mayor parte de los grupos terroristas se acaban desintegrando porque sus tácticas se demuestran inútiles. La causa más común de fracaso suele estar relacionada con la propia organización terrorista, como consecuencia de sus errores o la imposibilidad de continuar con la campaña violenta. Según Cronin (2009: 94-95), las causas que generan más apoyos son las que apelan a la identidad (nacionalista o religiosa), mientras que los grupos inspirados en extrema izquierda y en el anarquismo han tenido históricamente más dificultades para pasar a una segunda y tercera generación. Las organizaciones terroristas de extrema derecha también se ven afectadas por problemas de continuidad, aunque su carácter más descentralizado hace difícil saber cuándo se forman y desaparecen.

Una manera de manifestarse el fracaso de un grupo terrorista es mediante la implosión. A esto contribuyen las diferencias internas motivadas por distintas interpretaciones ideológicas o causadas por las tácticas más o menos extremas entre facciones radicales y moderadas dentro del grupo. También puede producirse una pérdida de control operacional que lleve a la atomización y a cometer errores estratégicos, así como el hecho de que algunos miembros de la organización terrorista se vean tentados por los programas de amnistía y las oportunidades de salida que ofrecen algunos gobiernos como parte de su política antiterrorista. Por ejemplo, entre los militantes de las Brigadas Rojas italianas hubo más de ciento treinta individuos que se acogieron a dichos programas, lo cual, además de ofrecer información a las agencias de seguridad agudizó la desconfianza y el fratricidio en el interior de la organización terrorista.

Otra modalidad de fracaso, compatible con la anterior, es la marginación social del grupo. La pérdida de apoyo puede obedecer a diversos factores. Uno nada despreciable es sencillamente la apatía: el hecho de la mayor parte de la gente prefiere vivir sus vidas sin especiales complicaciones cuando el apoyo moral o material a la actividad terrorista suele entrañar riesgos y sacrificios. Al mismo tiempo, los sectores sociales que se han identificado con un grupo terrorista pueden alejarse de él porque el gobierno les ofrezca otras alternativas, concretadas, por ejemplo, en reformas políticas o mejoras de su situación socioeconómica. La población también puede perder interés por la ideología y los objetivos políticos de determinados grupos terroristas, como sucedió con la mayoría de lo que estaban inspirados en el marxismo. Por último, otra causa de separación entre la organización terrorista y sus bases de apoyo puede encontrarse en una selección de víctimas que genere rechazo social. Así sucedió, por ejemplo, tras el asesinato de Aldo Moro por las Brigadas Rojas en 1978, el rechazo contra el RIRA tras la matanza de Omagh en 1998, o contra Gama’a al Islamiya después de la matanza del templo Luxor en 1997. En este último caso, el rechazo se debió tanto a la brutalidad del atentado como a las graves consecuencias que tuvo sobre el sector turístico egipcio.

d) Decapitación. Desde la perspectiva de los estudios estratégicos, cuyo objeto principal de atención es el uso y amenaza de la fuerza en las relaciones internacionales, reviste un especial interés conocer la eficacia de las acciones armadas selectivas contra los responsables de las organizaciones terroristas. Entre los trabajos que cuestionan la utilidad de los ataques de decapitación destaca el de Jenna Jordan (2009), que respalda sus argumentos con un trabajo empírico realizado sobre una muestra de 298 casos de muerte o arresto de líderes pertenecientes a 96 organizaciones terroristas existentes entre los años 1945-2004. En su investigación el término líderes se aplica de manera amplia, incluyendo tanto los dirigentes máximos como los cuadros de los escalones superiores de la organización. Según esta autora, la decapitación sólo provocó la desaparición del grupo en el 17% de los casos. Jordan advierte que ciertas variables como la estructura organizativa, el tamaño, la antigüedad, el ideario y la existencia o no de culto a la personalidad del líder influyen en el éxito o fracaso de la estrategia de decapitación. De modo que ésta tiene mayores probabilidades de alcanzar resultados satisfactorios cuando se aplica contra organizaciones jerárquicas, de reciente creación (menos de 10 años), con un número reducido de miembros (inferior a 100), inspiradas en ideologías no religiosas (laicas y en menor medida separatistas) y con culto a la personalidad del líder (como el que existía por ejemplo en la secta japonesa Aum Shinrikyo). Según Jenna Jordan, ninguna de estas características se corresponde con Al Qaeda. Añade, además, que las estrategias de decapitación pueden ser contraproducentes ya que, según su estudio, las organizaciones que no fueron sometidas a acciones de decapitación acabaron desapareciendo en un porcentaje superior (casi un 20%) a las que sí lo fueron.

Por otro lado, Mohamed Hafez y Joseph Hatfield (2006), tras analizar la campaña de asesinatos selectivos llevada a cabo por Israel durante la segunda intifada, afirman que no se puede establecer una correlación entre ataques de decapitación y aumento o descenso del número de atentados por parte de las organizaciones terroristas palestinas en el período inmediatamente posterior a dichas acciones. Según estos autores, las estrategias de decapitación se podrían entender más como un instrumento de venganza y de marketing político (el gobierno “está haciendo algo”) que como una herramienta antiterrorista eficaz.

Por su parte, Daniel Byman (2006) también cita el caso israelí pero señala que la eficacia terrorista de Hamas sí que se vio afectada negativamente por la pérdida de sus cuadros. Aunque durante la segunda intifada el número de atentados fue en aumento, su letalidad experimentó una tendencia inversa. De una ratio de 3,9 muertos por atentado en 2001 y de 5,4 en 2002, se pasó a 0,98 en 2003, 0,33 en 2004 y 0,11 en 2005. Byman vincula este descenso a la estrategia de asesinatos selectivos israelí. Por un lado, las organizaciones se habrían visto privadas de líderes y miembros cualificados y, por otro, la situación de acoso habría llevado a que sus cuadros invirtieran gran parte de sus energías en su propia seguridad, dificultando las comunicaciones y la gestión interna de los grupos. No obstante, Byman también advierte que la política de ataques selectivos era un elemento más de la estrategia antiterrorista, de modo que otras medidas, como las intervenciones militares terrestres en Gaza y Cisjordania y la construcción del muro de separación también habrían influido en el deterioro de la capacidad terrorista de las organizaciones palestinas.

Además de los tres trabajos mencionados, existen otros de carácter más especulativo o basados en muestras menos representativas. Ese sería el caso del estudio de Aaron Mannes (2008) realizado sobre un total de sesenta casos de decapitación; en él se concluye que las organizaciones terroristas de inspiración religiosa actuarían de manera mucho más violenta cuando se ven privadas de sus líderes.

El debate académico coincide en señalar que la estrategia de decapitación resulta insuficiente por sí sola a la hora de poner fin a las organizaciones terroristas, pero hay disparidad de opiniones sobre su utilidad en el marco de una estrategia más amplia. Mientras que unos sostienen que la decapitación en sí misma puede tener efectos contraproducentes, prolongando la vida de la organización o incitando un aumento de la violencia, otros consideran que tanto la pérdida de líderes y militantes difícilmente remplazables, como la presión a la que se ve sometido el grupo, deterioran la capacidad operativa de las organizaciones terroristas.

e) Efectividad policial. Relacionada con las acciones de decapitación se encuentra la posibilidad de que el terrorismo sea derrotado gracias fundamentalmente a la efectividad policial, a medio o largo plazo. Resulta eficaz cuando es selectiva y se lleva a cabo bajo las garantías de un Estado de Derecho. Por el contrario, la represión indiscriminada difícilmente acaba con los terroristas porque estos pueden conseguir a su vez que la fuerza del Estado se vuelva contra sí, sobre todo si persisten las ideas que alimentan al grupo terrorista y el gobierno. Y en el caso de que los erradique la imagen del Estado también acaba seriamente perjudicada.

f) Reorientación. Una última posibilidad es la transición a otro modus operandi violento pero con fines económicos y criminales, en lugar de políticos, como ha sucedido por ejemplo, con el PIRA en Irlanda del Norte, o las FARC colombianas. En estos casos las fronteras entre estas categorías tienden a difuminarse, no siendo siempre posible distinguir cuándo se usa la criminalidad para financiar las actividades terroristas o cuándo se utiliza el terrorismo para apoyar las actividades delictivas.

Referencias

Berry, N.O. (1987) “Theories on the Efficacy of Terrorism”, in Wilkilson, Paul & Stewart, A.M. (ed.), Contemporary Research on Terrorism, Aberdeen, Aberdeen University Press, pp. 293-304.

Byman, Daniel (2006), “Do Targeted Killings Work?”, Foreign Affairs, Vol. 85, No 2, pp. 95-112.

Cronin, Audrey Kurth (2009), How Terrorism Ends. Understanding the decline and demise of terrorist campaigns, Pricenton, Pricenton University Press.

Guelke, Adrian. (1995), The Age of Terrorism and the International Political System, New York, Tauris.

Hafez, Mohammed M. & Hatfield, Joseph M. (2006), “Do Targeted Assassinations Work? A Multivariate Analysis of Israel’s Controversial Tactic during the Al-Aqsa Uprising”, Studies in Conflict and Terrorism, Vol. 29, No. 4, pp. 359-382.

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Javier Jordán

Profesor Titular de Ciencia Política en la Universidad de Granada y Director de Global Strategy

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