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Pandemia y Fuerzas Armadas ¿nuevos retos o no tanto?

Global Strategy Report, 35/2020

Resumen: Las pandemias y epidemias han formado parte consustancial de la historia de la humanidad. La aparición del COVID-19 ha supuesto un verdadero cataclismo mundial que, además de las inevitables consecuencias sanitarias, traerá a buen seguro, otras en el ámbito económico, social o geopolítico, por citar algunas. A pesar de su clara  identificación como amenaza, muchos analistas coinciden en encuadrarla centro de la categoría de “cisne negro”, lo que no parece rigurosamente cierto. Dentro de las medidas establecidas por el Gobierno de España para hacer frente a esta enfermedad, ha brillado con luz propia el empleo de las Fuerzas Armadas en distintas misiones y cometidos, circunstancia que, aunque relevante, no es novedosa en la historia contemporánea de nuestra institución. La presencia de sus hombres y mujeres en primera línea de la lucha contra la enfermedad ha puesto de manifiesto los valores y la preparación de que está dotados.

Introducción

En el Plan de Desescalada aprobado por el Consejo de Ministros del pasado 28 de abril se establecía que: “La pandemia del COVID-19 representa una de las crisis más importantes de nuestra historia reciente, con un gran impacto desde el punto de vista sanitario, social y económico. Con el fin de frenar su expansión y de evitar el desbordamiento de los sistemas sanitarios, los distintos países han ido adoptando un conjunto creciente de medidas centradas en reforzar la respuesta en el ámbito de la salud y reducir las tasas de contagio mediante la contención de la movilidad de las personas y la separación física en el ámbito social y económico.

En el caso de España, la expansión de la enfermedad obligó a la adopción de medidas por parte de las autoridades sanitarias y, posteriormente, llevó a la aprobación del Real Decreto, de 14 de marzo, por el que se estableció el estado de alarma”.

Cuando en el mes de diciembre de 2019 aparecieron en China los primeros casos de una neumonía atípica sin origen conocido, pocos observadores se plantearon que esta situación acabaría en una pandemia de tal magnitud como la que estamos padeciendo. A día de hoy, la enfermedad se ha extendido por prácticamente todo el planeta, con cifras alarmantes de contagiados y fallecidos que aumentan exponencialmente, cuando apenas se conocen todos los detalles sobre su origen, transmisión, forma de contagio o efectos en el organismo humano, por citar algunos parámetros.

Más allá de la repercusión sanitaria de la crisis, numerosos analistas coinciden en que traerá además consecuencias importantes en aspectos tan trascendentales como el económico, el social e incluso el geopolítico, por citar algunos.

La mayoría de los países afectados, de acuerdo a diferentes modelos, y con mayor o menor acierto en la adopción y oportunidad de las medidas implementadas, han afrontado el reto de superar esta amenaza global que está en vías de cambiar radicalmente el orden mundial.

Incluso organizaciones internacionales o supranacionales se han visto claramente desbordadas, tanto en su capacidad de prevención, como en la de superación de una catástrofe de tal magnitud.

Entre las medidas adoptadas por nuestro gobierno, el empleo de las Fuerzas Armadas ha sido una de las de mayor visibilidad y, a juzgar por las encuestas de opinión, una de las más valoradas por la ciudadanía.

En este artículo trataremos de afrontar el análisis de esa participación desde diferentes puntos de vista.

La pandemia como amenaza

Además de las guerras, los desastres naturales, las hambrunas y las epidemias han formado tradicionalmente parte consustancial de las grandes amenazas para la humanidad. Las pandemias están íntimamente ligadas a su historia y, a pesar de sus devastadores efectos, puede establecerse que ninguna de ellas ha influido sustancialmente en el desarrollo de nuestra civilización. No obstante, sí que han actuado en forma de catalizador, acelerando o retrasando procesos que ya subyacían antes de su propagación.[1]

Los grandes imperios de la antigüedad sufrieron plagas que dieron al traste con los últimos intentos por mantenerlos vivos. La peste negra del siglo XIV asoló una gran parte de Europa, precipitando el fin de la edad media. La denominada “gripe española” de 1918-1920, fue un peldaño más en las condiciones que propiciaron la escalada hacia la Segunda Guerra Mundial. La “gripe asiática” de 1957 o la de “Hong Kong” de 1968, fueron muy relevantes en cuanto al número de víctimas. El SARS, el SIDA, la gripe aviar o el MERS son patógenos que siguen matando a centenares de miles de personas en el mundo.

Por lo tanto, las pandemias y epidemias son un hecho recurrente con el que han tenido que lidiar numerosas civilizaciones, naciones y organizaciones internacionales a lo largo de los tiempos.

Dentro del contexto de la política de seguridad española, la promulgación de la Estrategia de Seguridad Nacional en 2017 identificó las amenazas y desafíos para nuestra seguridad.

En ella, las amenazas se definen como aquellos factores que pueden socavar la seguridad nacional. Se recogen como principales: los conflictos armados, el terrorismo, el crimen organizado, la proliferación de armas de destrucción masiva, el espionaje, las ciberamenazas, las amenazas sobre las estructuras críticas y el terrorismo yihadista.

En este contexto, se observa que a las amenazas tradicionales, consecuencia de las disputas entre estados por cuestiones políticas o territoriales, se suman las provenientes de actores no estatales, cuya influencia creciente en la seguridad internacional es consecuencia del impacto generado por la globalización. La presencia de ambas implicará un creciente y más complejo juego de intereses, donde la población siempre estará presente, bien como actor en los teatros de operaciones o bien como audiencia, por su capacidad de emitir juicios y opiniones en el seno de las sociedades y desde sus hogares.

En cuanto a los desafíos, se identifican como tales aquellas circunstancias que, sin tener de por sí entidad de amenaza, pueden incrementar la vulnerabilidad, provocar situaciones de inestabilidad o la aparición de nuevas amenazas. Entre los desafíos se contemplan: la inestabilidad económica, la vulnerabilidad energética, los movimientos migratorios, las emergencias y catástrofes, las epidemias y pandemias y el cambio climático.

Puede parecer oportunista realizar en este momento un análisis sobre si la prospectiva había logrado identificar a las pandemias como un elemento potencialmente disruptivo, como un posible “cisne negro”[2], o si por el contrario empleando un símil, era un elefante africano, totalmente visible a distancia y, por tanto, predecible.

Pues bien, trataremos de analizar este dilema:

Si nos atenemos a la identificación de la pandemia del COVID -19 como una posible amenaza o riesgo para nuestra sociedad, no cabe duda alguna de que, siguiendo con el símil, cabría encuadrarla, de pleno derecho, dentro de la categoría de los paquidermos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ya alertó en 2018, con un notable sentido prospectivo, de la posible aparición de una enfermedad sin determinar, provocada por un virus o bacteria, que podría afectar gravemente a la salud mundial. Además, las constantes apariciones en estudios, análisis geopolíticos y estrategias de seguridad, nacionales e internacionales, así lo atestiguan; sin embargo, puede parecer evidente que en lo que respecta a sus efectos, impacto en la sociedad y sorpresa provocada, cuadre perfectamente con la categoría de “rara avis” que se asigna a los “cisnes negros”.

¿Qué ha podido provocar por tanto esta dicotomía?

Sin duda alguna, nuestra sociedad no está preparada para convivir con la amenaza constante de este tipo de alteraciones y, en parte, parece completamente lógico. La seguridad es, por su propia naturaleza, incomoda y en el estado del bienestar en el que nos movemos, cualquier tipo de amenaza es percibida de una manera lejana y difusa, cuando no irreal, interiorizando claramente la posibilidad de que exista, pero no la de arrostrar sus posibles efectos y los necesarios esfuerzos para derrotarla. Por lo tanto, pese a la posibilidad de su existencia y los anuncios de su probabilidad, la tendencia generalizada es la de mantener una cierta relativización de sus posibles efectos.

En el caso del COVID-19, desde que se detectó su presencia en diciembre, se adoptaron por parte de China las primeras medidas sanitarias el 1 de enero, habiéndose alertado previamente a la OMS el 31 de diciembre. A partir de ese momento, los gobiernos y las organizaciones internacionales se movilizaron adoptando diferentes paquetes de medidas, de acuerdo con la evaluación de la amenaza, intentando atajar la pandemia de manera contundente. Estas medidas, que se han ido incrementando a medida que la enfermedad nos mostraba su perfil más cruel, no sólo han afectado al ámbito sanitario, sino también al ámbito social, político o administrativo por citar algunos. Los impactos psicológico y económico entre la población han sido patentes y el espectro de estas medidas ha variado de acuerdo a diferentes modelos que van desde el adoptado por China; el europeo, con su diferentes variantes de acuerdo a cada país; o el anglosajón liderado por los EEUU.

Entre estas medidas, han destacado las del confinamiento de la población, la realización de tests, el empleo de medios sanitarios para frenar el contagio, pero sobre todo, las encaminadas a evitar el colapso del sistema sanitario. Sin duda, algunas de ellas han afectado a millones de personas, sometiendo a confinamiento a países completos, afectando a nuestro bienestar, nuestra libertad y nuestro estilo de vida.

Durante la fase inicial de la enfermedad, occidente la contemplaba con la incredulidad del asombro sobre las noticias recibidas, pero con cierta despreocupación ante el tradicional etnocentrismo occidental y una falsa sensación de seguridad por la lejanía de la pandemia.

Como consecuencia del agravamiento de la situación, el 14 de marzo el Gobierno de España declaraba el estado de alarma en el que se especificaba, entre otras medidas, que las autoridades competentes podrían requerir la actuación de las Fuerzas Armadas en tareas de apoyo a las autoridades civiles, circunstancia que puede parecer novedosa, aunque tal y como referiremos a continuación, no lo es tanto.

Misiones de las Fuerzas Armadas en el contexto del apoyo a autoridades civiles en territorio nacional

La cooperación de las FAS con las autoridades civiles tiene un largo recorrido en nuestra historia reciente.

Las unidades militares fueron empleadas inicialmente en tareas de seguridad de puntos sensibles durante los procesos electorales y también como consecuencia de grandes eventos (JJOO, cumbres políticas, etc) en los comienzos de nuestra transición democrática[3]. Más recientemente, los casos de la actuación en la catástrofe del Prestige, inundaciones, incendios, o terremotos, en diferentes modalidades, así lo atestiguan.

Sin duda, la creación de la UME vino a significar un punto de inflexión en la participación de las FAS en estas actividades pero, a pesar de lo inopinado de la irrupción de las causas que las provocan, este tipo de operaciones debe estar previsto y regulado en nuestro marco doctrinal, para que llegado el caso de su puesta en marcha, su planeamiento y ejecución se desarrollen de la forma más eficaz posible.

Tal y como ya se ha reseñado anteriormente, la ESN 2017, identifica las amenazas y desafíos para la seguridad nacional y, dentro de ellas, aparecen las epidemias y pandemias, a las que se refiere en los siguientes términos:

En las últimas décadas, el número de enfermedades emergentes identificadas y de situaciones de riesgo asociadas a ellas ha aumentado.

Este incremento de las situaciones de riesgo asociadas a enfermedades infecciosas ha venido de la mano de un cambio global rápido que está modificando la relación del ser humano con su entorno en varios ámbitos: poblacionales (tamaño y fragilidad), uso y ocupación del suelo, movilidad y desplazamientos de la población, conflictos, transporte de mercancías y cambio climático.

Sin embargo, dichos riesgos no se pueden eliminar por completo. Es necesario además de reducir la vulnerabilidad de la población, desarrollar planes de preparación y respuesta ante amenazas y desafíos sanitarios, tanto genéricos como específicos, con una aproximación multisectorial que asegure una buena coordinación de todas las administraciones implicadas tanto a nivel nacional como internacional”.

En este contexto, las Fuerzas Armadas, “deben disponer de planes de preparación y respuesta ante riesgos específicos, con los mecanismos necesarios para la coordinación con las FCSE, los responsables judiciales, y las autoridades de salud pública para dar una respuesta eficaz ante ataques intencionados con agentes infecciosos”, aspecto que puede hacerse perfectamente extensible a lo que parece ser una crisis no intencionada como la que nos afecta.

La Doctrina Conjunta para el empleo de las FAS establece:

“La seguridad nacional debe ser un objetivo compartido por todos los poderes del Estado, las Administraciones Públicas, el sector privado y la sociedad civil.

Las FAS, además de su participación fundamental en la defensa nacional, contribuyen en materia de seguridad pública (seguridad ciudadana y protección civil) y de acción exterior.”

En lo que respecta al cumplimiento de las misiones de las FAS, señala:

“Para el cumplimiento de las misiones que las FAS tienen encomendadas, reflejadas en la Constitución y en la LO de la Defensa Nacional 05/2005, se llevan a cabo operaciones que se clasifican en permanentes o de reacción.

Las operaciones de reacción son las que se desencadenan como respuesta o prevención a una crisis, en el ámbito nacional o en el marco de la Alianza o de una coalición multinacional, ya prevista en un plan de contingencia (COP) o de carácter sobrevenido o inesperado.”

Dentro de la estructura de nuestras FAS, el ET tiene un peso específico fundamental a la hora de desarrollar este tipo de misiones, por lo tanto: las posibilidades de actuación, los tipos de cometidos en los que pueden ser empleadas las unidades terrestres, las modalidades de mando y control empleadas,  y los medios y medidas de coordinación a usar son, entre otros, factores que deben ser tenidos en cuenta y previstos a la hora del planeamiento y la ejecución de las operaciones y, por tanto, contemplados en las publicaciones doctrinales de nuestro Ejército.

Así,la doctrina específica del ET contempla dentro del segundo nivel de su pirámide doctrinal, las operaciones de apoyo a autoridades civiles en territorio nacional, en las que el ET, como parte integrante de las FAS, podrá colaborar con la autoridad civil a requerimiento de ésta, en la forma que establezca la ley para casos de grave riesgo, catástrofe, calamidad u otra necesidad pública de naturaleza análoga.

La ejecución de este tipo de acciones se lleva a cabo, según las necesidades, mediante el empleo de fuerzas, personal y material. En ellas están incluidas las operaciones militares derivadas de las necesidades de la defensa nacional (de forma fundamental, las de Protección Civil) y de las situaciones contempladas en la ley para los estados de alarma, excepción y sitio.

Estas operaciones son siempre interministeriales y generalmente conjuntas y en ellas, con un carácter temporal, se utilizan medios militares con la finalidad de ayudar a las autoridades civiles a proteger y apoyar a la población y contribuir a la seguridad de las personas en Territorio Nacional.

Suelen tener carácter de urgencia y la rapidez de respuesta de las unidades militares, así como la oportunidad de los apoyos requeridos, son factores esenciales en la mayoría de los casos.

Las peticiones que realicen las autoridades civiles deben seguir los procedimientos establecidos, y tanto en el planeamiento como en la ejecución de este tipo de operaciones, deben tenerse en cuenta las particularidades de las mismas, algunas de la cuales son:

  • Las unidades del ET implicadas colaboran con la Unidad Militar de Emergencias (UME) o en su caso, con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado (FCSE), Protección Civil y otros organismos u organizaciones.
  • Estas operaciones tienen un carácter eventual y limitado en el tiempo.
  • De forma general, todas las unidades empleadas deberán ser autosuficientes en el aspecto logístico, sin perjuicio de las condiciones que se establezcan y coordinen con las autoridades civiles apoyadas.

Las acciones tácticas que se realizan son específicas de estas operaciones y tiene un eminente carácter de apoyo. Están orientadas a prevenir o hacer frente a situaciones de riesgo, catástrofe, calamidad, amenaza u otra necesidad pública de naturaleza análoga que sobrepasen la capacidad de las autoridades civiles y a proporcionar apoyo a las operaciones de investigación en curso de las FCSE, y pueden encuadrase en dos grandes categorías: las de protección civil y las de seguridad interna.

Como puede observarse, a pesar de lo inopinado de la aparición de las causas que las motivan, este tipo de operaciones está perfectamente contemplado y regulado en nuestra legislación y doctrina y, por tanto, previsto, planeado y desarrollado en los correspondientes planes de contingencia.

Nuevas misiones en un nuevo escenario

Sin embargo, no parece exagerado asegurar que, la envergadura de esta pandemia no ha tenido parangón en nuestra historia y ha obligado a afrontarla con ciertas consideraciones diferenciales.

En el marco  de una crisis sanitaria sin precedentes, una economía congelada, una verdadera competencia internacional por hacerse con los materiales de prevención y control de la epidemia y todo ello ligado a la imprevisibilidad de un futuro incierto, se ha puesto de manifiesto la importancia de los Ejércitos en las misiones de apoyo desarrolladas.

El 14 de marzo, en España se declaró el estado de alarma como respuesta a la grave crisis sanitaria provocada por el COVID-19, para proteger la salud y seguridad de los ciudadanos, contener la progresión de la enfermedad y reforzar el sistema de salud pública.

Con ese triple objetivo, las FAS han organizado su contribución al esfuerzo nacional, mediante la puesta en marcha de una operación denominada “Balmis”, denominada así en honor al médico militar que llevó las primeras vacunas contra la viruela a Filipinas, enmarcada dentro de las del tipo de las de apoyo a las autoridades civiles. Aunque dentro de esta tipología, sus especiales características, requieren un análisis pormenorizado de la misma.

Las capacidades aportadas por las FAS al esfuerzo nacional se han enmarcado fundamentalmente en las áreas de seguridad y salud pública.

En el área de seguridad, que engloba la seguridad ciudadana y la protección civil, el Ejército de Tierra, en colaboración y apoyo a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, ha contribuido mediante la realización de patrullas de presencia y vigilancia terrestre en cerca de 3.000 poblaciones en toda España, el control de fronteras y la protección de infraestructuras críticas.

En el área de salud pública, las aportaciones de las capacidades sanitarias y logísticas de las FAS, y más en concreto del ET, han resultado fundamentales para reforzar las capacidades asistenciales de los hospitales, evitando su colapso en sus zonas más afectadas. Igualmente decisivas resultaron las desinfecciones y descontaminaciones llevadas a cabo en más de 5.000 instalaciones tales como residencias de ancianos, centros de menores, centros de salud, centros penitenciarios, servicios de la administración, aeropuertos o estaciones de tren.

No debemos dejar de mencionar la ingente tarea desarrollada en el traslado de fallecidos y contagiados, que además de una tremenda sensibilidad requería de una sólida formación moral y técnica para poder ser afrontada con garantías de éxito, minimizando además el impacto social y sanitario de la enfermedad.

Las especiales circunstancias de esta pandemia han conferido a la operación Balmis una serie de aspectos diferenciales, entre los que destacan:

  • Se ha desarrollado en un contexto multiámbito, de carácter conjunto y en colaboración con otros estamentos y organismos del estado.
  • Se ha hecho necesario afrontar cometidos que no son los habituales de entre los desarrollados por las FAS.
  • A lo largo de toda la operación, ha sido necesario un estrecho contacto con las autoridades civiles, de nivel gubernamental, autonómico o local, en todo el territorio nacional.
  • Exigencia de un enorme grado de coordinación hasta el más bajo nivel.
  • Obligatoriedad de simultanear misiones de diferentes características.
  • Imperiosa necesidad de transmisión de seguridad y calma a la población civil.
  • Necesidad de máxima prevención para evitar contagios entre el personal ejecutante.

Desempeño de las fas. El porqué del éxito alcanzado

El apoyo militar en situaciones de desastres tales como la pandemia provocada por el COVID-19, juega un papel clave en la gestión de este tipo de crisis. Las FAS han sido el mejor proveedor de capacidades en áreas tales como el mando y control, el planeamiento, la logística, el equipamiento, el transporte, el apoyo sanitario o el asesoramiento de expertos, entre otros.

Pero el éxito de una operación de esta envergadura no se improvisa, sino que se ha debido a una serie de aspectos que es necesario resaltar:

La permanente disponibilidad de nuestras unidades, basada en su total espíritu de servicio a una sociedad a la que sirven y de la que forman parte. Poniendo en riesgo su vida para salvar la de otros, sin más recompensa que la íntima satisfacción de lo que consideraban y consideran su deber.

La formación en valores de nuestros hombres y  mujeres, haciendo gala de su valor, compañerismo, disciplina, ejemplaridad, espíritu de sacrificio, honor, lealtad, y sentido del deber, poniéndolos en práctica permanentemente ante situaciones de riesgo extremo o compromiso.

El amplio espectro de las actividades de preparación de las unidades en el que se contempla todo tipo de misiones, desde las más tradicionales hasta las menos habituales como ésta. Lo que ha permitido poder afrontar las misiones y cometidos sin necesidad de una preparación específica previa.

El establecimiento de un mando único, ostentado por el JEMAD, basado en las estructuras operativas previstas en estrecha coordinación con las estructuras  orgánicas de los Ejércitos y la Armada, encargadas de la generación de las fuerzas actuantes y su transferencia a las estructuras operativas.

La enorme capacidad de reacción puesta de manifiesto mediante la respuesta progresiva y coordinada a la pandemia, inicialmente materializada por la intervención inmediata de la UME, y posteriormente completada y complementada con las capacidades del resto de las FAS.

La gran flexibilidad y capacidad de adaptación a la situación sobre el terreno, así como el despliegue permanente de las unidades del ET en gran parte del territorio nacional; ha permitido hacer frente a situaciones imprevistas o sobrevenidas, mediante la adaptación de las estructuras, la modificación de despliegues o la reasignación de misiones, entre otras acciones.

La estrecha coordinación con las autoridades civiles, tanto de carácter autonómico como local, para la ejecución de las misiones y cometidos encomendados a las unidades militares, basadas en canales de comunicación instaurados, flexibles y eficaces.

El empleo de personal altamente especializado y cualificado y de los medios adecuados, haciendo gala de una gran imaginación e iniciativa para adaptarlos a otras misiones para los que no estaban inicialmente concebidos.

Y finalmente, un marcado espíritu de autocrítica para no caer en la complacencia de lo realizado y, mediante un adecuado sistema de Lecciones Aprendidas implementado desde el comienzo de la operación, poder identificar el conocimiento extraído del análisis de las experiencias de la misma, con la finalidad de mejorar la organización, preparación, equipamiento y empleo de las unidades en futuras misiones semejantes a ésta, que puedan encomendárseles.

A modo de conclusión

Las pandemias y epidemias son consustanciales a la historia de la humanidad y han sido identificadas como amenazas o riesgos a la estabilidad de la misma. Pero esa evidencia no se ha traducido convenientemente en la creación o mejora de los mecanismos internacionales para poder combatirlas.

Tal y como ha demostrado el COVID-19, el riesgo de pandemias sigue existiendo y, a pesar de las múltiples herramientas y procedimientos empleados por la comunidad internacional para hacerle frente, su amenaza sigue latente.

La cooperación internacional es esencial en un mundo globalizado en el que este tipo de pandemias no conoce fronteras.

A nivel nacional, se ha mostrado como esencial la necesidad de coordinar e integrar todos los esfuerzos disponibles para hacer frente a nuevos brotes o amenazas de tipo bacteriológico, tanto naturales como provocadas.

El marco de la Estrategia de Seguridad Nacional parece el adecuado para, tal y como se establece en ella “desarrollar planes de preparación y respuesta ante amenazas y desafíos sanitarios, tanto genéricos como específicos, con una aproximación multisectorial que asegure una buena coordinación de todas las administraciones implicadas tanto a nivel nacional como internacional”.

La respuesta de las FAS ha sido coordinada y ejecutada de manera escalonada, con el despliegue inicial de la UME para, posteriormente, ser completado con las capacidades adiciones de que disponen los Ejércitos y la Armada.

Es absolutamente necesario el establecimiento de un mecanismo de Lecciones Aprendidas (LLAA), con vistas a extraer conclusiones que nos ayuden a afrontar posibles episodios similares al actual que puedan hacer su aparición, con más virulencia si cabe.

El elevado nivel de éxito en la ejecución de las misiones encomendadas, no ha sido producto del azar, sino el resultado del establecimiento de los necesarios planes operativos, de una rigurosa coordinación y ejecución, todo ello basado en una concienzuda preparación moral, física y técnica, así como en un espíritu de servicio y plena disponibilidad encomiables puestos de manifiesto a lo largo de toda la operación.

Se ha hecho patente el profundo y sincero reconocimiento de la sociedad a la tarea de las FAS, lo que sin duda es el mejor refrendo a la tarea desarrollada en garantía de la seguridad y la salud de nuestros compatriotas.

En palabras de la Ministra de Defensa, “La eficacia de las acciones de las FAS está fuera de toda duda como se ha puesto de manifiesto en la actual crisis sanitaria. Hoy, desde el cariño y la solidaridad con los fallecidos y sus familias, España entera sabe que en primera línea, donde sea necesario, con la entrega y generosidad de siempre, estarán los hombres y mujeres de nuestros Ejércitos, trabajando todos por un futuro mejor”.

El Jefe supremo de las FAS, SM el Rey, con motivo del día de las FAS, felicitó a todos sus componentes en estos términos:

“En una fecha tan señalada, quiero felicitar a los hombres y mujeres que integran los Ejércitos, la Armada, los Cuerpos Comunes y la Guardia Civil, por la generosa entrega y dedicación que han demostrado, especialmente ante una situación tan dramática y compleja como la que vivimos debido a la actual pandemia.

Quiero expresar mi especial reconocimiento a todos los que han combatido los efectos del virus en primera línea, ya que el compromiso con la sociedad, profesionalidad y humanidad que han empleado en esta lucha permanecerá como ejemplo y motivo de orgullo para todos nosotros”

Esta es nuestra mejor recompensa.


[1] ¿Puede el COVID-19 cambiar el mundo? Documento de opinión del IEEE. José Luis Calvo Albero. Abril 2020.

[2] Término acuñado por Nicolas Taleb, hace más de una década para definir un acontecimiento que: provocará una gran sorpresa en el espectador, generando un gran impacto y que, una vez ocurrido, el espectador tiende a racionalizarlo, tiende a verlo como algo previsible y no tan sorprendente.

[3] Además de la denominada Operación Alazán (1978-1981) en la que unidades militares colaboraron con la Guardia Civil en tareas de impermeabilización de la frontera pirenaica.


Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

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Antonio Ruiz Benítez

General de División y Director de Investigación, Doctrina, Orgánica y Materiales del Mando de Adiestramiento y Doctrina del Ejército de Tierra (MADOC). Antiguo alumno del Master de Estudios Estratégicos de la Universidad de Granada

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