Mientras muchos analistas terminamos de comernos nuestras predicciones sobre la escasa probabilidad de que el presidente ruso decidiese lanzar un ataque masivo en Ucrania, los acontecimientos en el castigado país del Este de Europa se desarrollan a toda velocidad. En magnitud de los contendientes y medios desplegados nos encontramos con la mayor guerra en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. En consecuencias, probablemente estamos asistiendo a un cambio de época y de mentalidad, aunque todavía no está del todo claro hacia donde se dirigirá ese cambio.
Si nos ceñimos a lo puramente militar, el presidente Putin ha asumido unos riesgos desproporcionados. La capacidad para tomar decisiones muy arriesgadas suele funcionar bien a corto plazo, pero muy mal a largo. Hasta ahora Putin se movía en un terreno que su ejército, muy mejorado pero todavía con carencias graves, podía manejar perfectamente. La ocupación de Crimea fue una enorme operación de maskirovka con Ucrania sumida en el caos, Occidente en la estupefacción y la población de la península mayoritariamente a favor de la reintegración a Rusia. En la guerra del Donbás se combatió en un territorio limitado, con una población también en su mayoría afín y un ejército ucraniano que tuvo que delegar operaciones en sus milicias. Los milicianos prorrusos del Donbás y las tropas rusas combatieron como saben hacerlo mejor, en defensiva, y toda la operación no requirió de recursos excesivamente onerosos.
Con la decisión de invadir Ucrania, sin embargo, Putin embarcó a su país en una aventura muy peligrosa, algo que no era habitual en él anteriormente. Aunque hombre decidido a asumir riesgos, siempre pareció perfectamente consciente de sus consecuencias y capaz de controlar los efectos más nocivos en caso de fracaso. Lo que llevó al presidente ruso a tomar esta decisión es todavía un misterio, pero la sombra del exceso de confianza planea inevitablemente sobre la decisión.
Con unas fuerzas no excesivas (quizás unos 200.000 efectivos) las tropas rusas se lanzaron a ocupar un territorio inmenso (alrededor de 600.000 km2) contra un ejército ucraniano bastante más organizado y experimentado que el de 2014. Además, estaba claro que la invasión supondría automáticamente una lluvia de sanciones económicas sobre Rusia y de dinero, armas e inteligencia sobre el gobierno ucraniano. Ciertamente Putin hizo acumulo previo de divisas, se acercó a su colega chino lo que pudo y era consciente de que las sanciones realmente dolorosas lo serían a partes iguales para Moscú y sus clientes.
En el plano militar, la solución a una situación que previsiblemente se iba a deteriorar pronto para Rusia era la velocidad y la sorpresa. Toda una tradición de la doctrina militar clásica de la URSS que Rusia ha heredado con orgullo. Cuando se trata de ocupar un país o territorio díscolo el procedimiento siempre es ir directamente a la cabeza, a la capital, y descabezar al gobierno sustituyéndolo por otro. Esto ha salido a veces bien (Praga 1968 y Kabul 1979), a veces regular (Budapest 1956) y a veces francamente mal (Grozny 1994), pero los fracasos se han atribuido más a defectos de ejecución que a lo equivocado del modelo. Lógicamente, la penetración hacia la capital, aparte de ser lo más fulminante y masiva posible, tiene que ir acompañada de las convenientes dosis de maskirovka, desinformación y operaciones complementarias.
Por lo que se sabe de momento, las cosas no han ido demasiado bien esta vez. No se ha conseguido el colapso rápido del gobierno y las fuerzas armadas ucranianas, que por el contrario han ofrecido una resistencia muy notable. El ejército ruso, nunca demasiado cómodo en grandes operaciones ofensivas, no lo ha estado tampoco esta vez y el ritmo de avance no ha sido el esperado. Los ucranianos han conseguido mantener operativa parte de su defensa aérea, han contratacado en puntos clave y se han cobrado un alto coste en las columnas mecanizadas rusas con sus drones TB2 turcos y los sistemas contracarro Javelin y NLAW entregados a última hora por Estados Unidos y el Reino Unido.
Lo más importante es que esa resistencia ha causado un sentimiento de culpa no ya en Occidente sino en todo el mundo. De nuevo una nación es dejada a merced del matón geopolítico de turno. Si Kiev hubiera caído en 48 horas ese sentimiento hubiera sido efímero, pero, con la lección de dignidad dada por la defensa ucraniana, la mala conciencia de europeos y norteamericanos no pudo desvanecerse y se ha traducido en un aluvión de sanciones, bloqueos, manifestaciones y envíos de armas.
Que la dubitativa Alemania cancelase la certificación del gaseoducto Nord Stream 2 y autorizase la exportación de armas a Ucrania fue un momento decisivo, que arrastró a otros países europeos a acciones similares. Una comunidad en la acción que permite aún albergar alguna esperanza en esta Europa con frecuencia decepcionante a la hora de actuar al unísono. Paradójicamente, una de las pocas virtudes de los tiranos es que con frecuencia acaban provocando, sin quererlo y en su contra, estas explosiones de unidad y solidaridad.
Tras todo esto, Putin se encuentra aislado, con sus fuerzas en una situación que se hace más complicada cada día y una economía que amenaza quiebra absoluta a corto plazo. Lamentablemente, puede que aún no hayamos visto la última acometida del oso herido, y la declaración de la situación de alarma en las fuerzas estratégicas rusas declarada el pasado domingo no es un buen augurio, aunque puede que sea simplemente un intento de cubrir con una imagen de fortaleza un fracaso sin paliativos. Ahora conviene dar una salida medianamente airosa a alguien que se ha vuelto completamente imprevisible y aún puede hacer mucho daño, aunque parece encaminarse ya hacia el ocaso de su leyenda, y con él de su poder. Los suyos se encargarán de él.

