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¿Quién manda en Irán? Del régimen de los ayatolás al régimen de los Guardias

https://global-strategy.org/quien-manda-en-iran/ ¿Quién manda en Irán? Del régimen de los ayatolás al régimen de los Guardias 2026-05-07 12:55:54 Javier Mª Ruiz Arévalo Blog post Estudios Globales Irán

El pasado 28 de febrero, como consecuencia de un ataque israelí, moría en su residencia de Teherán el Ayatolá Alí Jamenei. Su muerte, ha supuesto algo más que la decapitación de la Revolución Islámica, que lideraba desde la muerte de Jomeini en 1989. Además, ha permitido que culmine un largo proceso de transformación del régimen que se venía gestando desde hace años. Su muerte no ha dado paso a una sucesión en la que su sucesor, su hijo Mojtaba, haya heredado sus mismos poderes. De hecho, la muerte de Jamenei ha supuesto el certificado de defunción de un régimen dirigido por los clérigos a otro de carácter militar, regido por la Guardia de la Revolución Islámica (GRI).

Crónica de un triunfo anunciado. El auge de la Guardia de la Revolución Islámica

Este momento no debería verse como una ruptura con el sistema anterior, sino más bien como la culminación de un largo proceso que, de hecho, ya dio sus primeros pasos en los albores de la República Islámica, allá por 1979. Fue entonces cuando las milicias de Jomeini asaltaron cuarteles y comisarías para hacerse con armamento y poder así defender a la Revolución de sus enemigos. Sobre todo, de un posible golpe de estado del ejército iraní, el Artesh, tradicional aliado del depuesto Sah. Integradas posteriormente en la Guardia de la Revolución, estas fuerzas fueron encargadas constitucionalmente no solo de defender las fronteras de Irán, sino también de «salvaguardar la revolución y sus logros», un mandato que con el tiempo serviría para legitimar su intervención en la política.

Desde el primer momento, la GRI asumió con entusiasmo su papel de guardián de la revolución. Eliminó a grupos opositores como la ilegalizada organización Muyahidín-e Jalq, antigua aliada de Jomeini, y aplastó en la década de los 80 a los movimientos separatistas que surgieron en las zonas periféricas de mayoría no persa. Pero fue la guerra con Irak el crisol en el que se forjó la institución que hoy es la GRI. Allí nació la formidable máquina militar que es aún hoy y allí se forjaron los lazos de lealtad y camaradería que aún hoy constituyen una de las claves del funcionamiento de la Guardia.

Sin embargo, en los años 80 el poder estaba en otras manos. En aquel momento el presidente del Parlamento, Alí Akbar Hashemi Rafsanyani aprovechaba el deterioro físico e intelectual de Jomeini para actuar como líder supremo de facto. Junto a él, Rojaní, su adjunto, y el presidente Alí Jamenei, quien en aquel entonces era el principal valedor del ejército regular, mantuvieron a la Guardia Revolucionaria bajo control civil. Este equilibrio se resquebrajará a la muerte de Jomeini, en 1989. Durante los últimos años de vida de Jomeini, Rafsanyani y Jamenei habían intentado normalizar el Estado, desmantelando para ello las instituciones revolucionarias. Su propósito era fusionar los Comités de la Revolución Islámica, una policía política paralela, con la policía nacional y la Guardia Revolucionaria y la milicia Basij con el Artesh. La primera de estas fusiones se llevó a efecto, no así la segunda. Finalmente, el tándem GRI-Basij acabaría por fusionarse, al integrarse los Basij en la GRI. Cuando Jamenei accedió a la posición de Líder Supremo, la GRI permanecía viva.

En 1989, cuando Jamenei fue designado Líder Supremo, la relación entre los distintos focos de poder del régimen inició una fase de reequilibrio. Desde su nueva posición de liderazgo, selló lo que solo puede describirse como un pacto fáustico con la Guardia Revolucionaria. Jamenei desconfiaba del excesivo poder de Rafsanyani y prefirió mantener a la GRI directamente bajo sus órdenes, evitando que dependiera del poder ejecutivo.

Posiblemente, Jamenei no era consciente de que había creado un monstruo que acabaría por devorarle. Porque la GRI cobró un precio por su lealtad. En la década de los 90, una vez finalizada la guerra con Irak, Rafsanyani, en su calidad de presidente (1989-1997), impulsó una liberalización económica inspirada en las reformas de Deng Xiaoping en China. A pesar de ello, Jamenei se aseguró que los grandes contratos del Estado ligados a la reconstrucción del país fueran adjudicados al Cuerpo de Ingenieros de la GRI, reconvertido en Cuartel General de Construcción Jatam al-Anbia. De esta manera, la Guardia pudo financiarse de manera autónoma, al margen de cualquier control externo. A medida que ampliaba sus posibilidades de auto financiación, la Guardia fue emancipándose del Estado. Al fortalecer a la Guardia, Jamenei cimentó su poder, pero a cambio, debilitó al Estado que gobernaba. Había creado una Guardia Pretoriana que sería cada vez más difícil de controlar.

En 1997, la llegada de Jatamí a la presidencia llegó acompañada de promesas de apertura, algo que inquietó a Jamenei. En su mente, la liberalización propuesta podía acarrear las mismas consecuencias que la Perestroika de Gorbachov que, tratando de modernizar el Estado, propició el fin de la Unión Soviética. Para evitar ese desenlace, Jamenei utilizó a la Guardia para obstaculizar las reformas y hostigar a los reformistas. Surgieron así los “grupos de presión”, grupos organizados de matones que, bajo control de la GRI, actuando violentamente contra los partidarios de Jatamí, lograron frenar las reformas. Probablemente sin pretenderlo, Jamenei había sembrado una semilla peligrosa: la de la implicación directa de la GRI en la política iraní.

Este patrón volvería a repetirse bajo la presidencia de Mahmud Ahmadineyad, cuyo triunfo electoral en 2005 se debió, en gran parte, al apoyo de la Guardia. Bajo su mandato, ésta fue ampliando su poder tanto en el plano interno, como en el externo, a través fundamentalmente de la Fuerza Quds. El patrón se había consolidado, proporcionando un juego de suma cero, en la misma medida que la Guardia incrementaba su poder, la autoridad civil se debilitaba.

La situación internacional no hizo sino facilitar este proceso. La caída del régimen de Sadam Hussein en Irak y la subsiguiente inestabilidad regional proporcionaron a la Guardia la oportunidad de potenciar su papel de defensora de la Revolución Islámica más allá de las fronteras iraníes. En el plano interno, las sucesivas protestas, iniciadas por el Movimiento Verde en 2009, se mostraban cada vez más claramente opuestas al régimen, permitiendo a la GRI erigirse en garante del orden interno. De esta forma, los ayatolás fueron haciéndose cada vez más dependientes de la Guardia, que lograba así seguir ampliando su poder.

La presidencia de Rojaní generó expectativas de apertura que culminaron en el acuerdo nuclear de 2015, que la Guardia aceptó, quizás porque podía beneficiarle económicamente. Sin embargo, la retirada de Estados Unidos en 2018 hizo colapsar el acuerdo, desacreditó el acercamiento y reforzó el escepticismo de la Guardia. Profundamente arraigada en los tejidos económico, político y de seguridad, la organización afrontó desde entonces menos restricciones que nunca. En los últimos años del mandato de Jamenei, el sistema híbrido que presidía quedó vaciado de contenido. Las figuras políticas independientes fueron marginadas, las elecciones manipuladas por el Consejo de Guardianes y las instituciones en general perdieron cualquier atisbo de independencia. Los presidentes se sucedían, pero la autoridad ya no emanaba de la arquitectura formal del Estado, sino de redes alineadas con la Guardia Revolucionaria.

La evolución del conflicto en 2024-2025 no ha hecho más que acelerar esta trayectoria. El deterioro de la capacidad de disuasión de Irán, junto con la creciente crisis económica y el aumento del malestar social, han puesto de manifiesto la fragilidad del régimen y le han alertado sobre la posibilidad de que se materialice su mayor pesadilla: la confluencia coordinada de ataques provenientes de las amenazas internas y externas. Este temor ayuda a entender la brutalidad con la que se han reprimido las protestas de principio de 2026.

La muerte de Jamenei ha venido a apuntalar esta situación. No se puede hablar de una reforma del sistema político, que permanece teóricamente intacto. Pero sí que se ha producido una profunda transformación. De la misma manera que en Paquistán, donde el ejército tutela de facto a los poderes del Estado, en Irán la GRI ha asumido el control efectivo del Estado iraní. A simple vista podría definirse como un proceso de militarización, y lo es, pero no se puede pasar por alto que la GR es algo más que una institución militar, es un actor político y económico de primer orden, además de haberse atribuido la defensa de los valores de la Revolución Islámica.

El liderazgo supremo tras la muerte de Alí Jamenei

A pesar del poder creciente de la GRI, mientras fue Líder Supremo, Alí Jamenei ejerció como tal, manteniendo su capacidad de control sobre el ejecutivo y, hasta cierto punto, sobre la Guardia. Tras su muerte, resulta más complicado identificar quien ejerce esa autoridad. Su sucesor, Mojtaba Jamenei, no parece haber heredado los mismos poderes que detentaba su padre. A sus 56 años, nunca ha ocupado ningún puesto en la estructura de poder del régimen, ni se ha postulado para ello. Sin embargo, durante décadas ha sido una figura altamente influyente en el círculo íntimo de su padre, cultivando lazos profundos con la Guardia de la Revolución. Pese a ello, no parece que esté jugando un papel relevante en el momento actual, a pesar de que la versión oficial diga lo contrario. De acuerdo con los medios oficiales, habría estado implicado activamente en la toma de decisiones sobre la guerra. Para confirmar públicamente esta implicación, el 18 de abril leyó un mensaje en la televisión pública iraní advirtiendo de que la marina iraní estaba lista para infligir “nuevas derrotas amargas” a Estados Unidos e Israel, mientras aumentaban las tensiones en el estrecho de Ormuz.”

El papel del Líder Supremo en el régimen iraní es de vital importancia. Está diseñado para ser decisivo. Tiene la última palabra sobre casi todos los asuntos realmente importantes: la guerra, la paz y la dirección estratégica del Estado. Es por ello que la ausencia de un Líder Supremo efectivo puede conducir al país a una suerte de “desorientación estratégica” en la que distintos actores estatales actúan sin una dirección estratégica clara, adoptando decisiones a las que se “viste” estratégicamente a posteriori.

Durante sus últimos años, Alí Jamenei fue pasando a un segundo plano, por imperativo de la edad. Más allá de un puñado de declaraciones escritas, hay pocas pruebas directas de que ejerciera una intervención relevante en el día a día de la toma de decisiones. Normalmente, manifestaba sus intenciones mediante discursos, apariciones cuidadosamente calibradas y ejercía de árbitro entre las distintas facciones. Mientras tanto, de forma gradual y sin poner en duda su autoridad, la toma de decisiones se fue concentrando en un círculo reducido: el presidente Masud Pezeshkian, el presidente del Parlamento Qalibaf, el jefe del Poder Judicial Gholam-Hosein Mohseni Ejei, el jefe de la GRI y un representante del Artesh. Entre ellos, la situación de conflicto bélico otorgó a la Guardia un peso decisivo en las decisiones estratégicas (Debe tenerse en cuenta que el papel del Artesh se circunscribe a la defensa de las fronteras terrestres del país, lo que le mantiene alejado de la respuesta a los ataques de EEUU e Israel, que se producen en otro ámbito).

A la muerte de Alí Jamenei, mientras su función de orientación estratégica quedaba vacante, este grupo continuó actuando como si el nuevo Líder Supremo fuera una figura decorativa

Esta situación ha llevado a una verdadera crisis de poder. A diferencia de crisis anteriores, no hay una figura única e identificable que señale claramente la estrategia a seguir. En su lugar, surge un patrón: primero las acciones, luego los mensajes, y no siempre de forma coherente. En la práctica, son las acciones de la GRI, ya sea cerrar el Estrecho de Ormuz o atacar objetivos en todo el Golfo, las que parecen marcar el ritmo de la crisis. De hecho, según todos los indicios, el equipo de negociadores con EEUU estaría estrechamente alineado con la Guardia. También sería significativo que el nuevo jefe del Consejo Supremo de Seguridad Nacional,  Mohammad Bagher Zolghadr, nombrado para sustituir a Larijani, víctima de un ataque israelí, sea un antiguo comandante de la Guardia. Su puesto, muy próximo al Líder Supremo, le otorga una enorme capacidad de influencia en la toma de decisiones estratégicas. De hecho, independientemente de quien siente a negociar con EEUU, necesitarán su visto bueno antes de llegar a ningún acuerdo. En contraste con el perfil de su predecesor, su nombramiento supone un paso más en la militarización del régimen y en el fortalecimiento del poder de la GRI.

Ante esta ausencia de dirección clara, las posturas oficiales a menudo se limitan a validar a posteriori decisiones ya ejecutadas, en lugar de liderarlas. Primero, la GRI decide atacar objetivos en determinados estados vecinos; a continuación, el gobierno justifica una acción sin haber participado en la decisión. Esta situación hace que los procesos de toma de decisiones sean confusos. En este sentido, el presidente D. Trump ha descrito el liderazgo de Irán en este momento como “fracturado” y ha sugerido que la Casa Blanca está esperando a que Teherán presente una “propuesta unificada”. La unidad estaba ciertamente en la mente de los líderes iraníes cuando distribuyeron un mensaje a la población en sus teléfonos móviles sosteniendo que “no existe tal cosa como un radical o un moderado en Irán: hay solo una nación, un rumbo”.

¿Quién manda en Irán?

Formalmente, el líder supremo, ayatolá Mojtaba Jamenei, oculto desde la muerte de su padre, ocupa la cúspide del sistema, pero su papel es meramente simbólico. Su salud y situación siguen siendo inciertas, pero todo apunta a que no es más que un heredero simbólico, importante por representar la continuidad y la pervivencia de los valores de la Revolución Islámica, pero sin poder efectivo alguno. Junto a él, el presidente del gobierno actúa como gestor de un Estado que no dirige. En este escenario, el general Qalibaf, presidente del parlamento, tenía todas las papeletas para convertirse en el hombre fuerte. Su visión estratégica y su pertenencia al selecto grupo de los “antiguos alumnos” de la Guardia le avalaban. Y así ha sido. Aprovechando el vacío de poder, Qalibaf ha ido haciéndose con las riendas del Estado. Sin un mandato claro para ello, se ha incorporado a las negociaciones con EEUU. También ha realizado locuciones dirigidas a los iraníes adoptando un papel que debería representar el Jefe del Estado. En lo que se refiere a la guerra, ha mostrado un perfil propio, abordándola en términos más pragmáticos que ideológicos.

Como no podía ser de otra manera, se trata de un antiguo comandante de la GRI con una destacada trayectoria, tanto militar como civil. Tras combatir y ganar prestigio en la Guerra Irán-Irak, promocionó hasta convertirse en comandante de la Fuerza Naval de la GRI. De ahí dio el salto a la “política civil”, ocupando sucesivamente los puestos de jefe de la Policía Nacional, alcalde de Teherán y, finalmente, presidente del Parlamento. Se trata sólo de un ejemplo más de cómo la GRI ha ido situando a sus miembros en puestos que le aseguran el control del poder político. Evidentemente, su poder no anuncia un nuevo régimen, sino la apoteosis del control del Estado por la GRI.

Sin embargo, su posición, por muy activa que se muestre, no deja de ser precaria, por carecer de un mandato formal. Además, dentro de Irán, su disposición a participar en negociaciones con Estados Unidos ha sido muy criticada y ha llegado a ser acusado de “traición”. Lo cierto es que Qalibaf ha defendido en todo momento las negociaciones con Estados Unidos. En una entrevista televisada el 19 de abril, sostenía que la diplomacia no supone “una retirada de las demandas de Irán”, sino una manera de “consolidar los logros militares y traducirlos en resultados políticos y en una paz duradera”. No viene mal recordar que, supuestamente, Qalibaf era la apuesta del presidente Trump para suceder al fallecido Alí Jamenei, lo cual no es algo que le aporte popularidad en Irán, al menos entre quienes apoyan al régimen. Quizá por ello, insiste en que sus acciones se alinean con los deseos de Mojtaba Jamenei, pero hay pocas pruebas de coordinación directa entre ambos. En un sistema que depende de las directrices emanadas desde la cúspide, esa ambigüedad es reveladora.

Conclusión: del Régimen de los Ayatolás al Régimen de los Guardias

En la República Islámica, la dependencia de la Guardia Revolucionaria ha dejado de ser un hábito para convertirse en estructura. Este tránsito no se ha producido de modo súbito, ni es mero producto de la coyuntura actual. Muy al contrario, la Guardia ha ido acumulando poder desde el nacimiento mismo de la República Islámica, de forma paciente y organizada, vaciando de poder a las instituciones civiles, hasta conseguir un nuevo equilibrio en el que el poder efectivo se ha concentrado en sus manos y el resto del aparato del Estado está a sus órdenes. La muerte de Jamenei no ha inaugurado este orden, simplemente ha permitido que se consolide.

La autoridad del líder supremo pervive, pero no se ejerce de forma efectiva. La presidencia está alineada, pero no lidera. La diplomacia está activa, pero no es decisiva. La Guardia maneja los resortes del Estado, pero sin que pueda identificarse un indiscutido. Ante este vacío, algunas figuras políticas dan un paso al frente, pero sin una legitimidad clara. Esto no es un colapso. La República Islámica permanece intacta. Todavía puede actuar en múltiples frentes, pero le cuesta señalar una dirección estratégica clara a sus propios centros de poder. Y en el modelo político de Irán, la coherencia se mantiene a través de indicaciones que deben emanar de un líder indiscutido. Por ahora, el sistema resiste la presión, mantiene el control y evita cualquier desmoronamiento visible pese a la presión creciente.

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