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Reflexiones sobre el Net Assessment como herramienta analítica

https://global-strategy.org/reflexiones-sobre-el-net-assessment-como-herramienta-analitica/ Reflexiones sobre el Net Assessment como herramienta analítica 2021-06-07 15:36:00 Josep Baqués Blog post Análisis y Estrategia Global Strategy Reports Análisis
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Global Strategy Report, 26/2021

Resumen: En la búsqueda de nuevos instrumentos de análisis que fuesen capaces de afrontar los retos derivados de la complejidad estratégica del último tercio del siglo XX, Andrew Marshall definió las líneas maestras de una herramienta conocida como Net Assessment. En muy pocos años, se convirtió en uno de los pilares del planeamiento de fuerzas en los EEUU y, como prueba de su utilidad, en tiempos recientes otros Estados de la OTAN (y la propia OTAN) ha apostado por seguir la misma senda.


Concepto y marco general

El Net Assessment fue puesto en marcha por la administración Nixon, en los años 70, aunque sus antecedentes se remontan a la administración Eisenhower (en la que Nixon había sido vicepresidente), siendo especialmente relevante el impulso que le dio Andrew Marshall al frente de la ONA (Oficina para el Net Assessment) desde 1971. Su trabajo Long-Term Competition with the Soviets: A Framework for Strategic Analysis (1972) constituye el auténtico punto de inflexión, aunque Marshall inicialmente apenas lo plantea como una contribución de la USAF. Si bien ya tenía la mirada puesta en mejorar las decisiones estratégicas de los EEUU. Una buena definición del Net Assessment, por sencilla, clara y operativa, es la ofrecida algunos años más tarde por otro de los principales expertos en la materia, que señaló que el Net Assessment es “el arte y la disciplina para analizar los balances militares” (Cohen, 1990: 4). Como puede observarse, aunque las pretensiones de influir en la definición de las mejores opciones estratégicas por parte de los EEUU parecen claras, no lo está menos su sesgo militar. Volveremos sobre ello en los próximos párrafos.

Por el momento, resulta de interés el hilo argumental que habilita al Net Assessment, de acuerdo con el planteamiento inicial del propio Marshall (1972: v-xi):

  1. Su sentido último estriba en la conciencia de que los EEUU están inmersos en una competición estratégica de largo recorrido, lo que requiere de métodos de análisis menos lineales y más complejos que los que se venían empleando hasta la fecha.
  • Dicha competición es definida como inevitable. Porque siempre ha sido así, en el sistema internacional & historia de la humanidad (aunque hayan podido cambiar, lógicamente, sus actores), de modo que Marshall se limita a analizar el mejor modo de afrontar ese reto en su propio contexto histórico.
  • El proyecto que da pie al Net Assessment se revitaliza, precisamente, cuando el liderazgo de los EEUU es puesto en duda (en ese caso, por el progreso tecnológico y militar de la URSS). Es decir, que se trata de un enfoque especialmente adecuado cuando llegan tiempos difíciles.
  • La lógica subyacente a la tesis de Marshall es que la competición no debe ser estimulada sino, de hecho, controlada, por los EEUU. No hay nada especialmente agresivo en el Net Assessment. Lo que se postula es que Washington tiene que decidir cuál es el mejor camino para no quedar desplazado en la competición, pues en otro caso será incapaz de defender sus propios intereses. Muchos sesgos del enfoque inicial de Marshall son conservadores, en el sentido eastoniano de la teoría de sistemas (el Net Assessment puede ser considerado como una variante de la misma, en su espíritu, si bien con menores pretensiones de cientificidad). No olvidemos que en 1965 David Easton publicó su clásico sobre la misma, para su aplicación al ámbito de la ciencia política (ni que ese sesgo estaba presente en todos sus predecesores: el modelo de Von Bertalanffy es, en última instancia, “notarial”). Así que lo fundamental es mantener la estabilidad. Pero conservador no es reaccionario (o reactivo): Marshall asume que hay que hacer gala de un “prudent rather than excessive conservatism” (1972: x). Dicho con otras palabras: hay que cambiar cosas para que no cambie lo fundamental.
  • De ahí surge la necesidad del “assess” (evaluación) que Marshall centra en la “arms competition”, e incluso en la “arms race”. En todos los casos, su propuesta pasa por identificar y aprovechar las ventajas comparativas en relación con la URSS. El objetivo, por paradójico que pueda parecer, es también ahorrar costes al erario público, ya que en vez de gastar “mucho en todo”, deben priorizarse aquellos recursos en los que se pueden explotar esas ventajas comparativas, obligando a los rivales geopolíticos a un sobreesfuerzo. Por consiguiente, la eficiencia en el gasto es inherente a la noción de Net Assessment (es uno de sus objetivos, de hecho). A su vez, ese gasto bien dirigido obligará al rival geopolítico a asumir muchos más gastos para contrarrestar esas capacidades (o a tener que abandonar sus políticas más asertivas).
  • Pero Marshall aclara que eso no tiene el menor sentido si no se definen claramente, a priori, los objetivos de los EEUU. Con ello da a entender que el Net Assessment no tiene por objeto definir los fines, sino los medios, para afrontar ese reto. Los fines corresponden al ámbito político. Pero debe haberlos y deben ser claros. Para ello, el ámbito político debe dejarse asesorar en terrenos tan complejos como el que nos ocupa. Marshall llega a plantear la conveniencia de emplear análisis bayesianos (Marshall, 1972: xi) para contribuir a la toma de decisiones en escenarios presididos por una elevada incertidumbre. Aunque quienes nos dedicamos a estas cuestiones profesionalmente sabemos de la importancia de tener en cuenta, en primer lugar, los marcos teóricos de las relaciones internacionales a fin de establecer hipótesis afinadas desde la teoría (como primer filtro). Algo que Marshall omite sospechosamente.
  • Sea como fuere (en su detalle y método) lo que no cabe es la omisión de responsabilidades en el ámbito político, porque condena cualquier estrategia al fracaso. Probablemente, de hecho, condena a no disponer de estrategia alguna (que es peor).

Si atendemos a los resultados obtenidos por los EEUU desde el momento en que surge la ONA (hay que descontar el “fiasco” de Vietnam, porque se trata de un conflicto en el que los EEUU toman parte a partir de decisiones precedentes), es evidente que la época dorada de la ONA correlaciona con el final de la Guerra Fría, con la implosión de la URSS, e incluso con la aparición del mundo unipolar que, según la mayor parte de la doctrina (v. gr. Krauthammer, 1990; Mastanduno, 1997; Huntington, 1999), abarcaría como mínimo los años 90 del siglo XX (y, según otros analistas, quizá algo más allá).

Un ejemplo habitual de política diseñada en clave sistémica para desgastar al otro hasta derrotarlo (sin tener que entrar en guerra) es la SDI de Reagan, dado que la incapacidad soviética para sostener ese reto acabaría siendo uno de los factores que contribuyen a explicar su defección. Algo de ello apunta el propio Marshall, en 1972, cuando recuerda que uno de los objetivos debería ser “Complicate Soviet problems of maintaining competitive positions” (Marshall, 1972: vii). E incluso cuando, concretando más, añade que…

“To some extent the United States can probably force increased expenditures on the Soviet Union in specific areas, thus preventing their fixed resources from being spent on other things that may be more threatening to the United States” (ídem: viii).

¿Brillante? Desde luego, pero… no completamente. Porque, como veremos más adelante, al albur de algunas reflexiones que plantearé para mejorar el modelo inicial, hasta ese (interesante) sesgo (entendiendo por tal la preocupación por cuestiones internas) está muy centrado en lo estrictamente militar (aunque sea considerado en su sentido lato: I+D, inversiones en defensa, capacidades militares, etc), con algunas concesiones al análisis de los procesos de adopción de decisiones vinculadas a este ámbito. Para lo cual pide, dicho sea de paso, una mejor inteligencia (Marshall, 1972: ix-x). Sin embargo, como ya he insinuado anteriormente, todo ello está sospechosamente alejado de los avances aportados por las principales escuelas de la geopolítica y de las relaciones internacionales.

Aun así, la intuición es muy adecuada: de nada sirven los análisis, digamos, “estáticos”, sobre balances militares. La metáfora adecuada para entender esto es la que empleo siempre en clase para explicar la teoría de sistemas: ya no vale hacerse con una fotografía fija de la realidad que estemos analizando, por buena que sea. Ni siquiera una yuxtaposición de fotografías (aunque eso sea mejor que una fotografía aislada, claro). Es conveniente observar la realidad como quien observa una cinta de vídeo, que progresa a la par que lo hacen los movimientos de todos los actores y que permite grabar los precedentes (con esa misma complejidad), así como proyectar hipótesis razonables sobre lo que están por llegar.

De hecho, lo que sí ha asegurado este modo de analizar el papel de los EEUU en el mundo es una actitud proactiva (Afganistán, 2001; Irak, 2003 y la incidencia que pudieran tener los decisores de Washington en primaveras varias). Lo cual es, en principio, adecuado (es el equivalente político a asumir la iniciativa estratégica en el plano estrictamente militar). Los resultados, en cambio, no están a la misma altura que los cosechados veinte años atrás, en el final de la Guerra Fría. También volveremos sobre ello, porque estoy convencido de que existe un error de diseño del modelo inicial del Net Assessment que contribuyó a ello. Pero eso no debe lastrar la parte positiva contenida en este enfoque, que es mucha y muy aprovechable.

A tenor de lo cual, propongo algunos puntos fuertes de la teoría de Marshall, perfectamente aprovechables para situaciones similares en nuestros días. Así como otros puntos, no tan fuertes… o hasta débiles, que conviene no perder de vista.

Puntos fuertes

Planteo este apartado a modo de lo que podrían ser los “10 mandamientos” del Net Assessment, de modo sucinto. Aunque, como se podrá comprobar, perfectamente integrado.

1) Enfoque sistémico, incluso dialéctico, con constante feed-back con el entorno, asumiendo que dicho entorno nos condiciona de modo cambiante, y asumiendo también la eventualidad de que cada actor pueda remodelarlo (aunque sea en parte) si goza de la suficiente convicción, trasladada a una estrategia. Lo cual obliga a analizar los objetivos y las estrategias de los rivales geopolíticos. Así como su “estilo de hacer la guerra” (Cohen, 1990: 15). Estilo que, en nuestros días, debe incluir también modos de conflicto que caen por debajo del umbral de la guerra, como la zona gris. Esto no es extraño al papel de las grandes potencias en la Guerra Fría. Pero una de las novedades reside en que a día de hoy son muchos los actores que acceden a esas dinámicas.

2) Enfoque evolutivo: sistémico no significa circular. De hecho, la espiral sería una mejor metáfora, porque además estimula la prospectiva (a medida que se proyecta esa evolución a zonas cada vez más alejadas del epicentro del análisis), dentro de unos parámetros dados (para cada punto previo de partida). Por lo tanto, es necesario un buen diagnóstico de partida, pero el modelo permite crecer, a partir del mismo.

3) Invita a los análisis de largo recorrido acerca del poder acumulado por cada actor, para identificar tendencias, ritmos de crecimiento, etc, que sean útiles para entender/anticipar las opciones actuales y futuras. Marshall estaba obsesionado con recuperar la memoria del rearme soviético, de sus logros, plazos, defectos, carencias, etc. Lo planteó para ser analizado concienzudamente a partir de 1945 y… todavía me parece poco (asumiendo que lo establece en 1972). Pero la intuición es, otra vez, la adecuada. En todo caso, eso muestra que el Net Assessment es idóneo para análisis de largo recorrido, a diferencia de otros posibles análisis de corte operacional o táctico, porque busca la identificación de “patrones de comportamiento” a largo plazo (Cohen, 1990: 8 y 14).

4) Estimula la fijación de un objetivo, que enmarque ese método de trabajo. En el caso de una gran potencia, puede ser la defensa del status quo (v. gr. Waltz, 1988), pero también la búsqueda de la hegemonía (sea a nivel regional, o global) cuando se considere que es el requisito indispensable para disuadir a potencias revisionistas (v. gr. Mearsheimer, 2001). En otros casos, el enfoque puede adaptarse a cada realidad. Ese objetivo no es necesariamente el punto de llegada (los niveles de éxito alcanzados requerirán de una evaluación continuada, pero por definición, posterior al primer impulso), pero sí que marca la dirección en la que se avanza, dotando de sentido al conjunto del trabajo.

Descartes decía que, cuando uno avanza por un bosque, entre tinieblas, lo único que no puede hacer es cambiar el sentido de su marcha a cada momento, pues lo más probable es que los sucesivos cambios de rumbo le impidan salir del bosque:

“encontrándose perdidos en medio del bosque no deben errar dando vueltas a un lado y al otro, ni todavía menos detenerse en algún lugar, sino caminar siempre lo más rectamente que puedan hacia un mismo lado, sin cambiar por razones débiles, aunque acaso el propio azar los haya determinado a elegirlo, pues de este modo, aunque no lleguen justamente donde desean, llegarán finalmente a alguna parte en la que verosímilmente estarán mejor que en el medio de un bosque” (Descartes, 1967: 154).

Moraleja: tener una hoja de ruta no es garantía de éxito. No tenerla, lo es de fracaso.

5) Estimula la búsqueda constante de ventajas comparativas y asimetrías, identificando los puntos débiles de los demás actores/rivales/competidores, los puntos fuertes de uno mismo, así como el mejor modo de aprovechar las ventanas de oportunidad que surjan del análisis. E incluso ofrece la opción, de acuerdo con lo planteado en los puntos 1) y 2) de generar o de bloquear, dichas ventanas de oportunidad (en función de si las puedo aprovechar con ventaja, o no).  

6) Estimula la recreación de war-games, que permitan realizar simulaciones de casos reales, a través de los cuales se pueden ir identificando nuevos puntos fuertes y débiles, así como introduciendo sobre la marcha variantes que permitan garantizar el éxito en el futuro.

7) Requiere el análisis del rol de los aliados potenciales y de los actores internos, así como el de su influencia sobre nuestros propios objetivos. Aunque, en puridad de conceptos, lo que se pretende es su alineamiento con los objetivos estratégicos propios (o, al menos, medir la distancia que separa a esos actores), a fin de maximizar las opciones reales de alcanzarlos.

8) Aporta una elevada sensibilidad hacia las cuestiones de economía de la defensa, tratando de seleccionar los programas más adecuados en los que invertir, en función de los resultados del propio análisis de riesgos y amenazas. Pero también considerando la situación de los rivales geopolíticos, para detentar en todo momento la iniciativa. Un ejemplo sería obligarles a invertir en más y más sistemas, para contrarrestar los propios, de modo que la obsolescencia temprana que afecta a los medios de rival termine constituyendo un incentivo para abandonar la carrera o para desistir de sus objetivos geopolíticos.

9) El objetivo final que se plantea es un mejor planeamiento de la defensa (más útil, más eficiente). Sobre todo, porque se trata de un enfoque crítico con las lógicas de tipo bottom-up (¿Qué puedo hacer con lo que tengo?) y más proclive a análisis Top-Down (¿Qué capacidades debo tener para alcanzar mis objetivos?).

10) En definitiva, el Net Assessment ofrece una respuesta adecuada (que no perfecta, ni cerrada) al “cómo” desempeñar la competición estratégica.

Sin embargo, eso no es óbice para que se puedan identificar también algunos puntos débiles del modelo. A continuación, señalo los más importantes.

Puntos débiles

a) Excesivo énfasis en un enfoque inductivo

En su formulación inicial el enfoque tiene tintes ateóricos. Cohen admite que, a diferencia de la teoría de sistemas clásica, el Net Assessment es básicamente inductivo (Cohen, 1990: 9). Apenas muestra sensibilidad hacia los marcos teóricos de la geopolítica y de las relaciones internacionales. Como mucho, Cohen apunta que el experto en Net Assessment se parece más al periodista de investigación (sic), aunque también admite la analogía con un historiador de la guerra (ídem: 10). Realmente (solamente) con estos mimbres, es imposible no equivocarse. Puesto que, en principio, y salvo (raros) casos autodidactas, es difícil encontrar a cualquiera de los anteriores siendo duchos en el manejo de las escuelas de la geopolítica y de las relaciones internacionales. E incluso en la teoría de sistemas. Teoría de la cual beben, no lo olvidemos, todos los realismos posteriores a Morgenthau -incluido el neoclásico-. Mientras que los tintes funcionalistas tan presentes en el institucionalismo guardan también una evidente relación con esa matriz teórica. 

Además, en realidad, esas escuelas están orientadas a la práctica de la estrategia, e incluso a la asesoría de gobernantes. Así lo han sabido ver en países como China y Rusia, en la actualidad. Conscientes ambos de que Mahan (por ejemplo) contribuye a comprender las premisas del poder naval, más allá de los tópicos al uso (Mahan, 2007) hasta el punto de que algunas de las principales aportaciones del profesor de Annapolis no tienen nada que ver con lo militar, ni con la geografía (hacia la que Marshall sí era algo más receptivo) y si más con cuestiones de orden económico, sociológico y hasta psicológico (Baqués, 2018) sin cuya consideración es impensable tener una estrategia y menos aún gestionar conflicto alguno.

Como también son conscientes, todos esos actores internacionales, de que la trinidad de Clausewitz está viviendo su enésima juventud (Clausewitz, 1999), porque el mundo en el que vivimos sigue siendo westphaliano (aunque estoy convencido de que la lógica profunda del prusiano vale también para un mundo que tenga otro cariz). Todo ello es tan evidente que no debería merecer explicación adicional. Pero, por si caso, conviene recordarlo una vez más.

Esas potencias también asumen, claro está, la lógica subyacente a las diversas aproximaciones del realismo, o del institucionalismo (por citar los dos ejemplos más socorridos, debiendo añadir que no han alcanzado este estatus por casualidad). Porque nos permiten entender adecuadamente (o, a veces, simplemente, entender) las opciones de cada Estado en un contexto de competición estratégica, mucho mejor que cualquier utopía en ciernes, precisamente porque esas aproximaciones se basan en casos reales previos, en la aplicación de reglas lógicas perfectamente contrastadas en función de esa misma experiencia histórica, y en la vocación de iluminar las mentes de quienes deben asumir el siempre comprometido ámbito del decision-making.

Cohen llega a reconocer alguna cosa al respecto, cuando lamenta que algunos de los implicados en la ONA estaban tan obsesionados con la recolección de datos de fuentes no-abiertas, que se olvidaban del gran potencial informativo de las que sí lo estaban. Porque, ese punto, valora la labor de aquellos académicos que realizaron algún que otro trabajo sobre la economía de la URSS (por ejemplo), en los años de la Guerra Fría, en el marco de lo que él define como “supporting studies” (Cohen, 1990: 21).

Mientras que en otros textos se apunta que estos marcos teóricos están pensados para “evitar la derrota”, pero no para vencer, mientras que Marshall quería vencer (Gilli, 2021: 2). Eso suena a un slogan demasiado fácil, cuando los marcos teóricos citados por Gilli solamente incluyen a Keohane (institucionalismo) y Waltz (neorrealismo defensivo) ignorando otras muchas propuestas posteriores. Y dejando de lado que para la gran potencia que defiende el statu quo, mantenerlo (evitando la derrota) ya es una forma de vencer. Pero, más que discutir los detalles de una aportación puntual al debate, es evidente que, así planteado, el enfoque dominante, que delatan las contribuciones de Cohen y de Gilli, separadas por 30 años, sigue siendo bastante limitado, especialmente en lo que respecta al aprovechamiento de ese conocimiento teórico.

Así las cosas, la opinión de Cohen demuestra que un enfoque demasiado centrado en la investigación empírica del poder militar no sería suficiente, aunque a alguien se le ocurra la feliz idea de injertar (pues esa sería la palabra adecuada) pinceladas referentes a otros ámbitos o factores de poder. El problema de diseño es más profundo. Por consiguiente, la solución pasa por combinar el enfoque inductivo que prima en la versión inicial del Net Assessment, con el enfoque deductivo, basado fundamentalmente en el amplio background teórico de las diversas escuelas de la geopolítica y de las RRII.

b) El énfasis en lo militar es excesivamente grande, ya que eclipsa otros elementos de un análisis de la competición estratégica

Como muestra de ello, cabe recordar queel propio soft power llega a desmerecerse en muchas ocasiones. En algunas de ellas, alegando que los rivales geopolíticos lo tienen poco en cuenta, y que se centran en lo militar (Elefteriu, 2018: 22). De acuerdo (aunque no tengo nada claro que ese diagnóstico sea verídico). Pero, si así fuere… peor para ellos, diría yo. Máxime en un mundo globalizado en el que la pugna por la legitimidad es tan importante como la pugna por la legalidad.

Ahora bien, más allá del debate acerca del impacto real del soft power (que nunca será tan grande como sugieren sus defensores, con Nye a la cabeza, y nunca tan escaso como auguran sus detractores) lo cierto es que su ausencia da idea de que se está manejando una visión más bien limitada del poder (con “falta de sensibilidad hacia” aspectos no militares del poder). Pero eso sería apenas la punta de lanza de una crítica extensible a otros aspectos: diplomacia, economía (no solo, ni principalmente, la economía de la defensa) pero también, ya puestos a emular el marco DIME más elemental (Diplomacia, Información, Militar y Economía), sería asimismo extensible a cuestiones relaciones con la información (captación, generación, procesamiento, conversión en inteligencia, etc).

Pongamos un ejemplo práctico: la caída de la URSS no fue consecuencia de la SDI. O no solo, ni principalmente. Porque tal iniciativa de rearme, en otras circunstancias, hubiera sido un acicate para relanzar la economía y el proyecto político soviético. ¡La excusa perfecta para que un Estado dotado de un fuerte complejo-militar industrial, e incluso aeroespacial, siguiera gastando más y más en defensa! Al fin y al cabo, algo similar a esto sucedió con la carrera nuclear, desde mediados de los años 40 hasta bien avanzados los años 70 del siglo XX. Es decir, la SDI por si sola (incluso si nos limitamos a su impacto en la URSS) no explica nada (porque, de hecho, también podría explicar lo contrario de lo que se pretendía: podía haber sido la mejor noticia para la URSS).

Lo realmente explicativo es que la economía de la URSS ya no soportaba ese tipo de inversiones, que detraían recursos de otras necesidades. Pero no me refiero a otras necesidades militares (en lo que siempre se centra el Net Assessment), sino a las que eran sentidas como tales por los ciudadanos soviéticos de la época. Lo cual -a su vez- nos invita a conectar la economía con factores de índole sociológico y hasta ideológico: la escasez de bienes de consumo básicos, sin ir más lejos, fue la mejor arma de destrucción masiva contra la URSS. Porque, llegando a los años ochenta del siglo XX, la población soviética ya mostraba signos de cansancio en relación con un modelo que no le permitía alcanzar los estándares vitales de Estados vecinos (occidentales, “burgueses” y liberal-democráticos). Estados que, mientras la URSS se corrompía por dentro (en todos los sentidos de la palabra), habían seguido progresando (en términos de derechos y de bienestar) a pesar de la agorera profecía marxista respecto el devenir del capitalismo. Esa frustración de expectativas está en la base de todo lo demás, y es también fácilmente explicable en clave politológica, aunque omitiré las “pistas”, para no sobrecargar este trabajo.

Sin embargo, la cuestión es que, cuando Andrew Marshall señala lo que debía hacer la ONA respecto de la URSS se centra constantemente en lo militar. Y cuando su texto remite (pues lo hace en varias ocasiones) a la “moral”, a la “doctrina” o a la “cultura”, se refiere, casi siempre, a las de las FFAA. Algo similar se antoja cuando uno lee la apelación de Cohen a la necesidad de evaluar los “estilos de liderazgo” (Cohen, 1990: 4). Un tema tan necesario en cualquier análisis (por supuesto) como… insuficiente. A no ser que nos tomemos en serio que estamos ante un problema político-militar. Es decir, a no ser que nos tomemos en serio a Clausewitz.

No es menos cierto, en todo caso, que en la administración Carter se llegó a plantear un“Comprehensive Net Assessment”(Carter, 1977)que sí podría incluir, a cambio de engordar la nomenclatura, cierta sensibilidad hacia temas diplomáticos, económicos o ideológicos. Al menos, en principio. Porque de la lectura del texto se sigue deduciendo el mismo problema de fondo, e incluso agravado, en la medida que se deja en el tintero un aspecto tan crucial como “the study of manpower and industrial mobilization preparedness” (ídem, 1-4) anunciando, eso sí, que alguien debería acometer ese reto (sic). Nótese, en todo caso, que seguimos dentro de la versión más generosa posible del modelo inicial… un modelo que no es lo suficientemente amplio en su perspectiva.

La línea a seguir, convenientemente adaptada a los nuevos tiempos de la globalización, partiría de creerse lo “comprehensive” del Net Assessment, asumiendo que ello implica aplicar esta lógica, sistémica (ahora me remito a los 10 puntos antes expuestos) a otros aspectos de la competición estratégica, hasta abarcar todo el espectro del DIME. E incluso de versiones ampliadas del mismo. Algunos expertos opinan que el Net Assessment es, por encima de cualquier otra consideración, un método útil para descubrir asimetrías “deep” and “lon-term” (Gilli, 2021: 3). Ciertamente, así es. Por lo tanto, que sea aplicado normalmente a las que se plantean entre balances militares, no supone que no se le pueda sacar un mayor rendimiento al Net Assessment, ampliando el espectro de factores de poder analizados.

Dicho con otras palabras, y regresando a la definición de Cohen con la que comenzaba este artículo, el Net Assessment debería ser “el arte y la disciplina para analizar los balances diplomáticos, informacionales, militares y económicos”, como poco.

Esa es la propuesta aquí planteada. Aunque, en realidad, es deudora de un concepto algo más amplio del propio DIME hacia el cual hay que tener, y que no abordaré en estas líneas, porque en todo caso debería ser objeto de otro análisis.

c) También las expectativas pueden ser excesivas

Es algo frecuente cada vez que se emplea un método de análisis de la realidad, especialmente en el ámbito de las ciencias sociales. Por ejemplo, constituye un mantra entre los expertos el afirmar que los rusos venían trabajando sobre la base del Net Assessment (o algo que se le parecía sobremanera) desde… que la URSS ve la luz. ¿Por qué? Porque, dicen, los rusos estaban avezados a ello. Así dicho se trata, claro está, de una explicación simplista.

Lo cierto es que el marxismo sí lo conlleva (como método de análisis, lo apliquen los rusos u otros; sean quienes lo aplican, marxistas o antimarxistas). Tanto en el análisis del Estado y del poder, como un modo integrado de hacerlo. Para lo primero, recordemos las palabras del marxista galo Poulantzas, en 1978… que podrían ser válidas para hoy:

“¿Quién escapa hoy al Estado y al poder? ¿Y quién no habla de ellos? Algo tiene que ver, seguramente, con ese fenómeno, la actual situación política, no sólo en Francia sino en toda Europa. Pero no basta con hablar. Hay que intentar comprender, conocer y explicar. Y para intentarlo no hay que vacilar en coger los problemas por su raíz, sin andarse con rodeos” (Poulantzas, 1979: 4).

En cuanto al modelo, el marxismo asume la estrecha relación (“estructura-superestructura”) que esa teoría plantea entre el poder económico (las relaciones de producción serían la clave de todo, según su punto de vista), el poder político (lo cual incluye las instituciones, así como el estado de conciencia de la gente, propia y ajena) y el poder militar. De modo que el poder político y el militar constituyen la superestructura que, en las versiones más soviéticas sería una secreción (o “cristalización”) de las relaciones de producción, que los emplearía a ambos como una suerte de paraguas o caparazón protector. Aunque, como señala el autor elegido para ofrecer una muestra de esa sensibilidad…

“si son las relaciones de producción (tales o cuales) las que configuran el campo del Estado, éste tiene sin embargo un papel propio en la constitución misma de esas relaciones (…) y en la delimitación-reproducción de las clases sociales (…) porque no se limita al ejercicio de la represión (…) El Estado tiene igualmente un papel propio en la organización de las relaciones ideológicas y de la ideología dominante” (Poulantzas, 1979: 24 y 27).

Lo cierto es que esa acendrada sensibilidad por estas otras cuestiones, no estrictamente militares (aunque asumiéndolas), así como la inextricable conexión entre todos esos factores de poder, facilitó el trabajo a los planificadores soviéticos durante décadas. Tanto, como que la ideología liberal imperante en Occidente tendía a separar, casi por inercia, el ámbito político, del económico, y del ideológico, haciéndose un flaco favor a sí misma, desde el punto de vista científico.

Moraleja: no hay que confundir el modelo de sociedad deseado, con los instrumentos analíticos de los que uno pueda servirse.

Ahora bien… no es oro todo lo que reluce. A los soviéticos les fue bien para preparar su oposición a la causa occidental, con menos recursos que los ostentados por la suma de las potencias de la OTAN (en muchos casos, con menos recursos que los ostentados por los EEUU por sí solos). Sin embargo… esa forma “rusa” de entender las cosas… no le sirvió de mucho… o de nada… cuando llegamos a 1989/1991. Básicamente, porque no se podía llenar el resultado de su Net Assessment (o similar) con los recursos adecuados para hacerlo realidad. Como señala un clásico (que aquí recojo a modo de ejemplo, pero habría más de similares): el problema de la [fuerza aérea de la] URSS era que no tenía ni pilotos suficientes, ni sus aviones gozaban del mantenimiento adecuado para convertir en realidad lo que parecía ser cierto sobre la base de los balances militares de la época (Epstein, 1984). Eso no significa que el Net Assessment no tenga utilidad, pero sí que significa que, si no se hacen los deberes, su utilidad consistirá en anticipar (verosímilmente, eso sí) la propia defunción como actor estratégico.

d) El Net Assessment no resuelve las preguntas fundamentales acerca del rol de cada Estado

Tengo la sensación de que cuando hablamos de la ONA de EEUU o de otros similares en sede estatal o, llegado el caso, en sede OTAN, estamos hablando de Estados que llegan a este punto con buena parte de la tarea resuelta a priori. Es decir, que trabajan a sabiendas de cuál es o quiere ser su rol en el mundo. Todo ello garantizado por décadas de reflexión (seria y a conciencia) acerca de su estrategia (en el caso de la OTAN, eso podría extenderse a los Estados llamados a liderarla, aunque no a todos ellos). En este sentido, el peligro de avanzar directamente a un Net Assesment sería olvidar que lo primero que debe asegurarse son los cimientos del edificio. Pues, de lo contrario, el resto de la obra podría ser arrancada al primer vendaval.

 Es decir, de poco servirá dar respuesta al “cómo”, si antes un actor no define claramente “con qué” actores tendrá que interactuar (sin lo cual es complicado, a fuer de fútil, desarrollar un diagnóstico de los riesgos y amenazas a enfrentar) así como el “qué” (quiere ser cada actor de mayor).

Conclusión

El Net Assessment constituye un método de trabajo -un approach– que tiene ya décadas de aplicación en los EEUU. Vinculado a la teoría de sistemas, si la entendemos en un sentido lato, carece sin embargo de las pretensiones científicas de la misma. Pero se sostiene sobre sus mismas premisas, destacando que estamos en un tablero en el que el movimiento de cada pieza afecta automáticamente a las demás (al margen de cuál sea la voluntad de cada actor). Eso implica la necesidad de no atascarnos en los análisis estáticos; la necesidad de estar pendiente de la evolución de las fortalezas y debilidades de cada actor, mediante análisis de largo recorrido; y la necesidad de identificar y en su caso pergeñar ventajas comparativas.

Sus principales beneficios, tal como está planteado el modelo, tienen que ver con la mejora de la economía de la defensa (más eficiencia) y con la planificación del objetivo de fuerza (más coherencia), asociados a una mayor conciencia de los retos planteados en cada contexto sociohistórico y geográfico.

En los párrafos precedentes se han destacado los puntos fuertes y los puntos débiles del modelo vigente, sentando las bases para un modelo ampliado que, asumiendo los indiscutibles beneficios de este enfoque, permita extender sus bondades a un análisis más holístico del poder, capaz de integrar aspectos diplomáticos, de información y económicos, además del soft power, sin olvidar en ningún caso los militares.

Asimismo, se ha defendido la conveniencia de compensar el carácter excesivamente inductivo del Net Assessment, para integrarlo en una mejor comprensión de la actividad geopolítica de los actores integrados en cada análisis, aprovechando para ello los marcos teóricos disponibles. Esto reforzaría la comprensión del contexto en el que es desplegado el Net Assessment, mejorando el diagnóstico en el que se tiene que basar el análisis acerca del “cómo” proceder para salvaguardar los propios intereses.

Por último, se ha puesto de relieve que el Net Assessment es un instrumento analítico, pero que su utilidad es limitada, en función del compromiso que cada actor asuma en la defensa de los intereses que le son propios. De modo que, sin el oportuno respaldo de las políticas públicas adecuadas, la mejor capacidad de diagnóstico tiene pocos visos de solventar los problemas detectados.

Bibliografía

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Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

Josep Baqués

Josep Baqués es Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y Subdirector de Global Strategy

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