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La Wehrmacht en 1939

https://global-strategy.org/segunda-guerra-mundial-la-wehrmacht-en-1939/ La Wehrmacht en 1939 2019-06-14 17:04:28 Carlos Javier Frías Sánchez Blog post Estudios de la Guerra

La Segunda Guerra Mundial es un conflicto muy complejo desde el punto de vista doctrinal. Durante su desarrollo, los principales contendientes ensayaron, corrigieron y mejoraron las ideas doctrinales de la PGM y del periodo de entreguerras. Dentro de este proceso general de evolución doctrinal, como en el periodo de entreguerras, los diferentes Ejércitos contendientes siguieron caminos distintos, por razones derivadas de sus exclusivas características nacionales, de sus posibilidades técnicas e industriales y de su cultura militar.

Para su estudio, dividiremos el conflicto en tres partes: una primera fase, que duraría desde 1939 hasta 1943, en la que la Wehrmacht alemana ejecuta (y perfecciona) su concepto de ‘guerra de movimiento’, mientras que sus adversarios intentan imitarla desde la base de sus propias ideas doctrinales del periodo de entreguerras; una segunda fase caracterizada por el fracaso de la Wehrmacht y la derrota alemana y por el perfeccionamiento y configuración definitiva de las doctrinas de sus enemigos, abarcando el periodo entre 1943 y 1945; y una tercera parte con un sucinto análisis de los combates en el Pacífico, en lo que afectan a la doctrina terrestre.

A diferencia de lo hecho con la PGM, estudiaremos con algo más de detalle algunas campañas claves de este conflicto, pues sin ese estudio es difícil comprender los cambios realizados en la doctrina de todos los contendientes.

La Wehrmacht en 1939

Pese al convencimiento de la inevitabilidad de un nuevo conflicto europeo y a los prometedores desarrollos doctrinales explicados, en el otoño de 1939 la Wehrmacht distaba mucho de estar en las mejores condiciones para iniciar ese conflicto. De hecho, los diferentes planes de rearme y de reorganización contemplaban el año 1944 como el más próximo en el que las renacidas Fuerzas Armadas alemanas podrían estar en condiciones de batirse con sus enemigos tradicionales. Consecuentemente, la declaración de guerra de Francia y del Reino Unido que siguió a la invasión de Polonia supuso una desagradable sorpresa para la Wehrmacht y una seria crisis institucional.

El primer aspecto importante a tener en cuenta era el de la cantidad de personal adiestrado disponible. En teoría, Alemania tenía 4,5 millones de jóvenes en edad militar que hubieran recibido algún tipo de adiestramiento. Sin embargo, Alemania había abolido el servicio militar obligatorio en 1918, en aplicación de las cláusulas del Tratado de Versalles, y había organizado la Reichswehr como un Ejército profesional de un tamaño máximo de 100.000 efectivos, y cuyos componentes debían servir durante un mínimo de doce años (para evitar una alta rotación que condujese a crear una numerosa reserva de soldados entrenados). Esto implicaba que, en 1935, los alemanes menores de treinta y cinco años (edad correspondiente al último reemplazo llamado a filas en 1918, con 18 años) carecían de entrenamiento militar, con la excepción de los que hubieran servido como soldados profesionales en la Reichswehr. Puesto que el periodo mínimo de servicio duraba esos doce años, el número de jóvenes alemanes que habían recibido entrenamiento militar era muy reducido.

Como consecuencia, cuando se instauró el servicio militar obligatorio, el número de instructores disponibles era igualmente escaso, lo que hizo que la nueva Wehrmacht limitase su tamaño inicial en tiempo de paz a 480.000 efectivos en 1935, cifra que fue creciendo paulatinamente hasta 1939 (a efectos de comparación, en 1914, el Ejército Imperial alemán disponía de 2,2 millones de soldados, con una población prácticamente igual a la de 1939). Los diecisiete años en los que Alemania no había tenido servicio militar obligatorio implicaban también que sus posibilidades de incrementar rápidamente el tamaño de sus Fuerzas Armadas recurriendo a la movilización eran, en teoría, reducidas: simplemente, Alemania no tenía reservistas entrenados que movilizar, fuera de los reemplazos llamados a filas entre 1935 y 1939. No obstante, en ese tiempo, Alemania había hecho un importante esfuerzo de movilización y de adiestramiento de los reclutas ‘perdidos’ durante los años ‘en blanco’ de adiestramiento militar, pero también contaba con recuperar a los veteranos más jóvenes de la Gran Guerra. Con todo ello, en 1939 Alemania contaba con cinco categorías de personal de reemplazo (Frieser, 2015, pág. 55):

Para la campaña polaca, la Wehrmacht fue capaz de movilizar casi 1,8 millones de hombres (el Ejército en filas más la Reserva I).

La movilización de este personal tenía un efecto directo sobre la productividad de la industria alemana, pues estos reclutas eran en su mayoría trabajadores cualificados del sector industrial. En consecuencia, su servicio en filas implicaba un descenso en la producción industrial, factor crítico ya en 1939, cuando las demandas de armamento y equipo para las nuevas formaciones que se iban creando eran cada vez mayores. De hecho, durante todo el conflicto la industria alemana presionó al Gobierno para permitirle conservar el mayor porcentaje posible de sus obreros especializados, y muchos de ellos estuvieron siendo movilizados y desmovilizados según el curso del conflicto.

En cuanto al material, la Wehrmacht no era un Ejército excesivamente bien dotado. Pese a los publicitados planes de rearme, la situación de las unidades distaba mucho de ser óptima, y, objetivamente, era peor que la del Ejército Imperial en 1914.

A pesar de los planes de motorización, el Ejército alemán seguía moviéndose esencialmente a pie y a caballo. De hecho, De forma similar a lo ocurrido entre la guerra franco-prusiana y la Gran Guerra, a lo largo de la PGM las unidades habían ido incorporando una serie de equipos pesados (cañones de Infantería, morteros, lanzallamas, cañones contracarro, equipos de desminado…) que no podían transportarse a pie. El problema de la carencia de vehículos de motor se agravaba porque la Alemania del periodo de entreguerras había padecido una casi permanente crisis económica, que había impedido a las empresas, y a la población en general, adquirir vehículos de motor. En consecuencia, en 1939 la Wehrmacht pudo movilizar unos 120.000 camiones (como comparación, Francia movilizó 300.000). Además de ello, la capacidad de producción alemana de vehículos dependía de las importaciones de caucho y acero por vía marítima. El acero procedía de Kiruna, en Suecia, pero se embarcaba en Narvik (Noruega), mientras que el caucho solo podía llegar a Alemania por vía marítima, excepto una minúscula parte procedente de la producción propia de caucho sintético.

Las perspectivas de un bloqueo naval británico, como el sufrido en la Gran Guerra, implicaban la pérdida total de esas importaciones. La producción local de caucho sintético permitía fabricar unos mil vehículos por mes, menos del 1% del parque existente, cifra que se consideraba el número mínimo necesario para sustituir los vehículos perdidos por averías y accidentes en tiempo de paz. La falta de vehículos llevó a recurrir a los caballos, de forma que el Ejército alemán en 1939 se vio forzado a emprender un improvisado programa de ‘desmotorización’: muchas unidades que tenían previsto recibir vehículos en el futuro – y cuya organización se había modificado en ese sentido – tuvieron que ser apresuradamente reequipadas con caballos. El efecto final fue que la Wehrmacht, hacia 1939, empleaba más caballos (2.700.000) que el Ejército Imperial de 1914 (1.400.000) (Frieser, 2015, pág. 67).

Pese a los mitos de la propaganda, la Wehrmacht tampoco tenía abundancia de carros realmente efectivos. Debido a la prohibición de estos medios por el Tratado de Versalles, Alemania no comenzó a disponer de carros hasta los años treinta. Pese a ello, en los años veinte la Reichswehr ya hacía maniobras habitualmente con carros de madera y cartón, construidos sobre la base de coches civiles o incluso de bicicletas, obviamente desarmados. Mucho antes de la llegada de Hitler al poder, la Reichswehr desarrolló un oculto programa de cooperación con los soviéticos en Kazán (Unión Soviética) para el desarrollo de estos ingenios, que operó – en un ambiente de mutua desconfianza – entre 1927 y 1933; esta cooperación fue la que permitió la rápida producción de los primeros Panzer. Fruto de las experiencias obtenidas en ella, en 1932, la Reichswehr comenzó a desarrollar el Panzer I, que se empezó a fabricar en serie en 1934. Hasta ese momento, Alemania había carecido oficialmente de estos medios.

Los Panzer I habían mostrado sus carencias en España (especialmente la falta de cañón), y los Panzer II apenas eran mejores (tenían un pequeño cañón de 20 mm, inútil frente a vehículos mínimamente acorazados). Estos dos modelos constituían la mayoría del parque disponible en 1939, mientras que sus sustitutos apenas habían entrado en producción. Alemania disponía en septiembre de 1939 de unos 2.000 Panzer I y II, unos 300 Panzer III y apenas 200 Panzer IV, junto con medios capturados al disuelto Ejército checo tras la anexión de Checoslovaquia (244 Panzer 35(t) y 150 Panzer 38(t), algo inferiores al Panzer III) (Frieser, 2015, pág. 54). Los carros checos y el Panzer III montaban un cañón contracarro de 37 mm., que, sin embargo, no podía penetrar los blindajes de los carros pesados aliados (como el Char B-1 bis francés o el Matilda II británico). Por su parte, el Panzer IV montaba un cañón de 75 mm de baja velocidad, con menor poder de penetración de blindajes que el 37 mm del Panzer III.

La Infantería regular alemana, aunque mal equipada en comparación con sus homólogas aliadas, tenía un elevado nivel de adiestramiento en combates móviles, tanto en ofensiva como en defensiva. A cambio, el adiestramiento en operaciones estáticas (incluyendo la fortificación) no había recibido tanta atención. Sin embargo, esa ‘infantería regular’ adiestrada se limitaba al Ejército activo, y ese alto nivel de adiestramiento disminuía conforme se iban trasladando muchos cuadros de mando permanentes desde las unidades activas de tiempo de paz a las nuevas Divisiones movilizadas para el conflicto.

La Infantería alemana comenzó la guerra con la orgánica desarrollada en los años de entreguerras, nacida de la experiencia de la Gran Guerra. Se articulaba en un Pelotón dividido en dos Escuadras, una de fusiles, con siete fusileros, y otra de ametralladora ligera, con cinco hombres. Este Pelotón disponía de un elemento de maniobra y otro de fuego, y se preveía que pudiera realizar operaciones independientes. En defensiva, la ametralladora era el elemento fundamental del combate de Infantería, siendo la misión de la Escuadra de fusiles la de proteger a la de ametralladora. Tres Pelotones como el descrito, más una Escuadra con un mortero de 50 mm, constituían una Sección, y tres Secciones, más un Pelotón de ametralladoras medias, una Compañía.

Los Batallones de Infantería se articulaban en tres Compañías como las descritas, más una Compañía de Ametralladoras, que disponía de dieciséis ametralladoras medias de 7,92 mm, más seis morteros de 81 mm. Aunque podía disgregarse para apoyar a las compañías de fusiles, en general, la Compañía de Ametralladoras era el medio que empleaba el Jefe de Batallón para aplicar su esfuerzo principal o para apoyar un contraataque, y solía actuar reunida.

‘Cañón de Infantería’ español ‘Ramírez de Arellano’ (1934). En el periodo de entreguerras era común que la Infantería europea aumentase su potencia de fuego recibiendo cañones ligeros pensados para el tiro directo a corta distancia, en apoyo a la maniobra de muy pequeña unidad.

Los Regimientos de Infantería contaban con tres Batallones, más una Compañía de ‘cañones de Infantería’, con las mismas funciones a su nivel que las de la Compañía de Ametralladoras del Batallón. Una División de Infantería se componía de tres Regimientos de Infantería, uno de Artillería, más una serie de unidades auxiliares (Batallón contracarro, Batallón de Zapadores…). La Artillería de la División jugaba, al igual que las Compañías de armas pesadas en los Regimientos, el papel de reserva del Jefe de División.

En ofensiva, la táctica de estas unidades se basaba en el ataque de flanco, bien con un elemento fijando y otro envolviendo por un flanco, bien envolviendo por los dos flancos, con una pinza más fuerte que la otra. En general, la Infantería alemana evitaba siempre que podía los asaltos frontales. El apoyo de las armas pesadas no era sistemático, como el caso francés y británico, sino que se reservaban los fuegos sólo para objetivos realmente rentables, para lo que se mantenía una continua y completa observación del campo de batalla. La capacidad de observación del campo de batalla era esencial para el sistema de apoyos de fuego alemán, y condicionaba en gran medida los planes.

La Infantería alemana intentó compensar su habitual inferioridad numérica mediante tácticas muy agresivas. En general, a nivel local intentaba realizar ataques de desarticulación previos al inicio de un ataque enemigo, infiltrándose en Escuadras y Pelotones en el despliegue enemigo. De la misma forma, aplicaba como práctica habitual los contraataques basados en fuego abundante, pero intentando evitar el combate a la bayoneta, donde su inferioridad numérica suponía una desventaja insalvable.

La Artillería alemana contaba con unas 7.000 piezas de diversos calibres, con gran preponderancia de obuses. Era deficitaria en medios pesados, como consecuencia de las estipulaciones del Tratado de Versalles. En comparación, solamente la francesa disponía ya de más de 10.000 piezas. Aunque no era capaz de ejecutar los complejos y detallados planes de fuego de los franceses, estaba mejor integrada en la maniobra y era capaz de reaccionar más rápidamente ante los imprevistos del combate. Como en la PGM, su integración con las unidades de combate se basaba en destacar observadores de las Baterías a las unidades apoyadas; estos observadores designaban objetivos a su Batería de origen empleando el teléfono de campaña o, preferiblemente, los nuevos equipos de radio.

No era habitual concentrar el fuego de más de una Batería o de un Grupo sobre un objetivo individual. Cuando era necesario reunir el fuego de más piezas, había que disponer de coordenadas topográficas de los objetivos y de un cierto tiempo para el cálculo de datos de tiro. Esta dependencia parcial de la cartografía no era un problema mayor en los bien conocidos y cartografiados escenarios de Polonia (la parte occidental de la Polonia de 1939 había pertenecido a Alemania hasta 1918) o de Francia, pero resultó un problema más serio en la cartográficamente desconocida Unión Soviética. La Artillería había recibido cierta preferencia en los programas de motorización, y casi el 30% de ella disponía de vehículos tractores (camiones o, más raramente, semiorugas).

Además de sus funciones propias, los zapadores alemanes operaban como unidades escogidas de Infantería, especializadas en el asalto a posiciones muy fortificadas, siendo casi las únicas fuerzas entrenadas específicamente en este tipo de combate.

En conjunto, en 1939 el Ejército alemán contaba con una ‘elite’ de Dieciséis Divisiones acorazadas y mecanizadas: siete Divisiones Panzer, cuatro Divisiones ‘ligeras’ (divisiones de Caballería en las que las monturas habían sido reemplazadas por vehículos, y que, en lugar de una Brigada de Carros – caso de las Divisiones Panzer – solo tenían un Regimiento) y cinco Divisiones de Infantería Motorizada. Junto a ellas, el Ejército alemán contaba con un número creciente de Divisiones de Infantería que se iban creando en el proceso de movilización.

Sin embargo, las capacidades industriales alemanas no permitían equipar adecuadamente a estas nuevas Divisiones, por lo que, en general, ninguna de estas Divisiones de Infantería podía resistir la comparación con una División regular francesa o británica (o incluso belga u holandesa): su equipo databa, en general, de la Gran Guerra, y la necesidad de movilizar nuevas Divisiones obligaba a las mejor dotadas de ellas (las Divisiones de Infantería existentes en tiempo de paz) a ceder oficiales y suboficiales que permitieran encuadrar a los reclutas que constituían las nuevas Divisiones que se iban creando y a proporcionar el personal necesario a sus Estados Mayores. Esto tenía como efecto que los cuadros de mando desempeñaban puestos dos o tres niveles por encima del suyo, responsabilidades para las que no estaban adiestrados, lo que repercutía en la calidad del conjunto.

La exposición que se ha hecho acerca de los desarrollos doctrinales del periodo de entreguerras puede dar la impresión de que en la Wehrmacht imperaba una mentalidad de ‘guerra de movimiento’. Sin embargo, la realidad era que la mayoría de los generales alemanes (especialmente los de más edad, y, consecuentemente, los que tenían puestos con mayor capacidad de decisión) eran muy escépticos con los ‘nuevos conceptos’ basados en la ruptura y la explotación por medio de las Divisiones Panzer. Esta nueva mentalidad era defendida por una minoría de generales más jóvenes, con un impreciso apoyo político procedente del partido nazi, en el marco de la fascinación por la tecnología propia de los totalitarismo. Si bien es cierto que se habían creado las Divisiones Panzer y Motorizadas necesarias para poner en ejecución la doctrina de guerra de movimiento, la mayoría de los generales consideraban que la ruptura del frente que podían alcanzar las Divisiones Panzer sería de escasa profundidad (unas pocas decenas de kilómetros, a lo sumo), y que la explotación de esa ruptura la harían al final las Grandes Unidades tipo Ejército, compuestas esencialmente de Divisiones de Infantería a pie y a caballo, como en 1918.

El Ejército alemán era excelente en la ejecución de combates improvisados (‘combates de encuentro’), donde la iniciativa que cultivaba en sus mandos a todos los niveles rendía sus máximos réditos. Sin embargo, sus capacidades en operaciones estáticas eran mucho menores que las del Ejército Imperial de los últimos años de la Gran Guerra.

En cuanto a la Aviación, Alemania había carecido de ella hasta pocos días antes de la reinstauración del servicio militar obligatorio, en 1935, cuando se militarizó parte de los servicios aéreos civiles, dedicando aviones civiles a tareas militares (de hecho, los primeros bombarderos alemanes empleados en la Guerra Civil española fueron transportes Ju-52/3m procedentes de la aerolínea Lufthansa). En 1939, las capacidades reales de la Luftwaffe eran dudosas: los cazas y bombarderos empleados en España por la Legión Cóndor no se habían demostrado técnicamente superiores a sus adversarios soviéticos o a sus aliados italianos, ni el desarrollo de las operaciones aéreas durante el conflicto en España avalaba a la Luftwaffe como una organización que sobresaliese en ningún aspecto.

Como se citó anteriormente, la Luftwaffe, se había diseñado esencialmente como una herramienta para apoyar al Ejército de Tierra en el combate terrestre. Con este fin, disponía de aviones muy adecuados para ello (bombarderos como el famoso Ju-87 Stuka, muy preciso, gracias al uso de la técnica del picado, cazas avanzados destinados a obtener la superioridad aérea sobre el campo de batalla, como el Messerschmitt Bf-109…), pero mal adaptados a las funciones propias del bombardeo estratégico en la profundidad del frente enemigo (los aviones alemanes tenían un radio de acción relativamente reducido – suficiente para alcanzar la zona del frente donde operaban las tropas terrestres, pero no estaban diseñados para alcanzar objetivos lejanos en el interior del territorio enemigo -, sus bombas eran relativamente pequeñas – adecuadas para apoyar a las tropas en tierra, pero insuficientes para atacar ciudades o destruir grandes infraestructuras -…). Su doctrina también estaba orientada a esa función de apoyo: la misión de la Luftwaffe era la de alcanzar la superioridad aérea desde el primer momento del combate, pero sólo sobre la porción de frente en la que operaba el Ejército de Tierra (‘superioridad aérea local’), para permitir a sus bombarderos ejecutar sus misiones de apoyo a tierra.

En contraste, las Fuerzas Aéreas británicas y francesas esperaban obtener la superioridad aérea sobre las zonas del territorio enemigo donde se encontraban las principales fábricas y ciudades, concediendo al frente terrestre una importancia menor. Esto les obligaba a realizar una larga preparación de inteligencia, con el fin de localizar las zonas vitales a bombardear y los aeródromos de los cazas que las protegían, y a comenzar una campaña destinada a destruir las bases de los cazas enemigos, como paso previo al inicio de la campaña de bombardeos sobre las ciudades e industrias enemigas… durante todo ese tiempo (semanas o meses), los cazas debían desplegarse para defender las ciudades y las industrias propias ante el riesgo de una acción similar del enemigo, y los bombarderos debían reservarse para cuando comenzase el momento de atacar los aeródromos (primero) y las ciudades y/o industrias enemigas (después). Se consideraba que -en ausencia de radar (aún ni siquiera concebido) ni de ningún otro sensor – los bombarderos serían capaces de entrar por sorpresa en el territorio enemigo y ejecutar sus bombardeos antes de que la caza enemiga superviviente tuviese tiempo de reaccionar.

Como precio de su vocación de apoyo a las fuerzas terrestres, la Luftwaffe no contemplaba acciones a gran distancia del frente de combate, ni bombardeos a gran altura (ni siquiera disponía de miras de bombardeo). En consecuencia, sus posibilidades de ejercer algún tipo de acción sobre el territorio metropolitano de Francia o Gran Bretaña o sobre las fuerzas navales que bloquearían las rutas marítimas de comercio alemanas eran prácticamente nulas: tanto Francia como Gran Bretaña podrían prepararse para la guerra sin que la Luftwaffe (y menos aún la minúscula Armada alemana) pudiera hacer nada para impedirlo. Estas diferencias doctrinales y de capacidades jugarían un papel fundamental en las batallas futuras.

Por su parte, la Armada alemana era prácticamente irrelevante. Incluso los submarinos, luego principal elemento naval del III Reich durante la SGM, eran escasos y poco avanzados en 1939 (57 en total): apenas 39 de ellos estaban operativos al comienzo del conflicto. De esta cifra, más de la mitad eran aptos solo para la navegación costera (los Tipo II, de los que había 26 en 1939) o para instrucción (Tipo I, de los que existían 2).

En conjunto, la Wehrmacht era un conjunto de fuerzas dotado de una capacidad de combate notablemente inferior a la de sus adversarios aliados, y sus generales eran plenamente conscientes de este hecho.

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