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Soleimani: la inoportuna muerte de un mito

La escalada de ataques y represalias entre Estados Unidos e Irán en la última semana ha terminado, de momento, con la muerte de un mito. El general Qasem Soleimani, jefe de las fuerzas Qods iraníes, a cargo de las operaciones en el exterior de la República Islámica, se había convertido en el símbolo de los éxitos militares que Irán había conseguido en Oriente Medio en las últimas décadas.

Soleimani era en muchos aspectos el contrapunto de lo que se considera en Occidente un comandante militar. De maneras suaves y apariencia humilde, su figura se aproximaba más a la de un paciente jugador de ajedrez que a la de un líder guerrero. Prototipo y practicante entusiasta de la laberíntica tradición estratégica forjada en Oriente, ha muerto finalmente bajo la abrumadora capacidad destructiva de la tecnología occidental. Su muerte dista mucho, sin embargo, de significar el final de la partida.

En realidad no se sabe gran cosa de las fuerzas Qods, una rama de la Guardia Revolucionaria iraní creada para proporcionar asistencia militar a milicias y fuerzas armadas aliadas en el extranjero. Su mayor logro fue la conversión en los años 80 de un variopinto grupo de fanáticos milicianos chiitas libaneses en Hezbolá, una milicia estructurada como una red internacional capaz de poner en aprietos al propio Israel. Su influencia fue, no obstante, mucho más allá.

Todos los generales norteamericanos que combatieron en Iraq, desde Petraeus hasta Mattis, recuerdan con amargura la eficacia de las milicias chiitas en el uso de artefactos explosivos improvisados (IEDs). Toda la experiencia que adquirió Hezbolá en su uso durante la ocupación israelí del Líbano en los años 80 y 90 se aplicó en el enfrentamiento contra las tropas norteamericanas en Irak. Centenares de soldados murieron o fueron terriblemente mutilados por los IEDs, algunos de los cuales, como los temibles “explosively formed penetrator” o EFPs tenían muy poco de improvisados, y eran manufacturados a millares en Irán. Soleimani era ya el jefe de las fuerzas Qods por entonces, y su rostro se convirtió en la encarnación del enemigo para toda una generación de líderes militares norteamericanos.

Quizás el reto más difícil para el general iraní fue intentar darle la vuelta al conflicto civil sirio. La Siria de los Assad había sido tradicionalmente un elemento esencial en la estrategia exterior de Teherán, como base de apoyo para Hezbolá y símbolo de la resistencia permanente contra Israel. En 2012 el régimen de Damasco se daba por sentenciado, con la mayor parte del país ocupado por las milicias opositoras, financiadas y equipadas por las monarquías del Golfo, y apoyadas por Estados Unidos. Las fuerzas Qods enviaron primero asesores, y después pusieron en riesgo a los valiosos y especializados combatientes de Hezbolá. Finalmente, procedieron a un reclutamiento masivo de milicianos en cualquier comunidad chiita que se pudo encontrar para empeñarlos en combate en Siria primero e Iraq después. Iraníes, palestinos, iraquíes y afganos acudieron a sostener a al Assad y a combatir al Daesh, y con esos refuerzos se pudo compensar la progresiva escasez de efectivos del ejército sirio.

Durante todo ese tiempo pudo verse a Soleimani apareciendo y despareciendo en Siria y en Irak. Su llegada inspiraba moral a los soldados del régimen y a los combatientes chiítas, y terror a sus enemigos. Que Soleimani se dejase ver significaba que algo estaba a punto de ocurrir. El esfuerzo sin embargo no salió gratis. Miles de combatientes de la Guardia Revolucionaria, de Hezbolá y de las diferentes milicias chiitas cayeron en combate. La lucha contra el Daesh, en la que Soleimani se encontró paradójicamente combatiendo temporalmente al lado de sus enemigos norteamericanos, fue probablemente la más dura. Tanto que las milicias iraníes llegaron a mostrar signos de agotamiento que terminaron por convencer al presidente ruso Putin de que solo la intervención directa de Rusia salvaría al régimen de al-Assad.

La experiencia de Siria fue así agridulce para las fuerzas Qods. Aunque finalmente se logró una más que aceptable victoria, el desgaste sufrido y la decisiva intervención de Rusia, un actor con agenda propia en Oriente Medio, solo marginalmente coincidente con la agenda iraní, fueron consecuencias muy poco satisfactorias. La experiencia quizás sirvió para plantear un tipo de intervención mucho más discreta en Yemen, donde la presencia de asesores iraníes ha sido mucho menos visible, y se ha hecho evidente solo por el sospechoso incremento de la capacidad de las primitivas milicias huthies para utilizar sistemas de armas complejos, desde misiles balísticos hasta drones, cada vez más sofisticados.

Con el paso de tiempo Soleimani se convirtió en un personaje más y más mediático, lo que hizo preguntarse a algunos analistas si alguién tan expuesto a los medios podía realmente dirigir un cuerpo militar tan clandestino como las fuerzas Qods. Eso sin contar con que, en un régimen como el iraní y en un cuerpo tan competitivo como la Guardia Revolucionaria, la excesiva popularidad personal de un general puede convertirse en un peligro. Pero el régimen necesitaba crear un mito, y Soleimani era el más adecuado para ello. Al contrario de lo que se apunta ahora en los medios, su consentida popularidad era probablemente una prueba de que su importancia en la escala jerárquica del régimen era en realidad limitada. Soleimani fue un funcionario discreto, eficaz y leal, hasta que el régimen le pidió el último servicio de convertirse en figura mediática.

Las razones por la que un Trump normalmente poco entusiasta a la hora de utilizar su potencia militar ha ordenado la ejecución de una figura tan popular pueden solo suponerse. En realidad, el bombardeo por las milicias chiitas irakíes de una base en Kirkuk, que causó la muerte de un contratista norteamericano, fue sobradamente vengado con los ataques aéreos que mataron a dos docenas de milicianos en Iraq y Siria. El asalto a la embajada norteamericana en Bagdad por parte de simpatizantes chiitas no llegó a consumarse, y no hubo bajas entre el personal estadounidense.

En un ejercicio de deducción, puede suponerse que la sombra del asalto al consulado norteamericano en Bengasi en 2012 ha pesado bastante en el presidente norteamericano a la hora de ordenar el ataque. Este incidente, y la falta de respuesta inmediata de Estados Unidos, fue uno de los argumentos estrella que Trump utilizó en campaña contra su rival Hillary Clinton, que en 2012 era Secretaria de Estado y responsable de la seguridad de las sedes diplomáticas. Que ahora le intenten asaltar y quemar una embajada a él, en un lugar tan emblemático como Bagdad, es algo que probablemente le ha resultado insoportable.

El caso es que matar a Solemaini precisamente ahora puede que no haya sido una idea especialmente brillante. No es que el general iraní no representase una seria amenaza para los intereses norteamericanos en Oriente Medio, pero la ejecución de un personaje tan popular, en un momento en el que la población chiita de Irak y Líbano, y la propia población iraní, comenzaban a mostrar cansancio con el régimen de Teherán, no parece un movimiento oportuno. Tanto las fuerzas Qods como Hezbolá empezaban a sentirse seriamente preocupados por las protestas de una población chiita que criticaba abiertamente al régimen iraní y su influencia en la región. Ahora, tras la desaparición de un mito como Soleimani, el tradicional antimericanismo de los chiitas puede volver a ocultar el hartazgo ante los excesos geopolíticos y las carencias democráticas de los ayatollás. Quizás sea el último servicio que Soleimani haya prestado a la causa de la Revolución Islámica.

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José Luis Calvo Albero

José Luis Calvo es Coronel de Infantería del Ejército de Tierra y profesor del Máster on-line en Estudios Estratégicos y Seguridad Internacional de la Universidad de Granada

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