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¿Tambores de guerra de nuevo en Ucrania?

https://global-strategy.org/tambores-de-guerra-de-nuevo-en-ucrania/ ¿Tambores de guerra de nuevo en Ucrania? 2021-04-27 18:16:44 Antonio Ruiz Benítez Blog post Estudios Globales Rusia
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La acumulación de tropas rusas en la frontera con Ucrania en una situación que recuerda mucho a los acontecimientos que en 2014 llevaron a la anexión de Crimea y el posterior desarrollo de la guerra en la región de Donbass, ha venido a añadir un capítulo más a las tensas relaciones entre los dos países anteriormente parte de la extinta URSS, pero además, han motivado un incremento exponencial de tensiones entre Rusia y el bloque occidental.

La visita del presidente ucraniano Vladimir Zelenski hace apenas unas semanas a Francia y su posterior videoconferencia con la canciller alemana, en las que ha solicitado amparo a ambas naciones ante la amenaza rusa, ha puesto de manifiesto hasta donde se ha llegado a forzar la situación por parte rusa.

El presidente Zelenski ha solicitado de urgencia el ingreso de su país en la OTAN a fin de intentar ligar la seguridad de su nación a la del continente europeo, solicitud que ha despertado el máximo rechazo en Moscú y que no ha encontrado el eco suficiente en el resto de capitales europeas y en Washington.

Por lo tanto, la situación vuelve a encontrarse en un momento álgido que a buen seguro será aprovechado por Rusia para jugar de nuevo sus bazas en ese complicado tablero, de lo que a buen seguro, sabrá sacar el máximo partido para sus intereses.

Estrategia de la gran Rusia

La principal preocupación actual de Rusia es el mantenimiento de su seguridad, haciendo bueno el lema de Catalina II, la grande, en el sentido de que “La mejor manera de defender las fronteras de Rusia es extendiéndolas”. Hasta tal punto es así, que el actual presidente Putin, ha llegado a catalogar la caída del Muro de Berlín con el desmoronamiento de la Unión Soviética y el cambio de bando de los países pertenecientes al antiguo Pacto de Varsovia, como la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX.

Rusia percibe como una amenaza todo aquello que implique una reducción de su perímetro de seguridad. Los conflictos recientes en Georgia, Chechenia, Ucrania o los de Crimea, con su anexión final, no son ni más ni menos que un claro intento de mantener la región bajo su control, por lo que no ha dudado en poner en marcha estrategias que combinan hábilmente el empleo de medidas de presión económicas, políticas, sociales y militares, todo ello cuidando muy mucho de no traspasar el umbral del conflicto armado declarado, lo que la ha hecho alcanzar enormes logros en una región no ya vital para Rusia, sino de enorme interés para Europa y con ello, para toda la comunidad occidental, empleando una clara estrategia híbrida que posteriormente analizaremos con más detenimiento.

¿Pero está realmente Rusia en disposición de competir con los EE.UU. o con la UE como potencia global?

Desde luego que no al nivel que lo fue en el pasado la Unión Soviética, ahora bien, a pesar de sus debilidades, Rusia aspira a serlo, pese al juicio peyorativo a la que la sometió el presidente Obama al calificarla de una “potencia regional”. En palabras de Josep Piqué: “A pesar de que Rusia sigue siendo el país más extenso del mundo, es también uno de los de menor densidad demográfica. Para ejercer su acción no dispone de ningún soft power significativo. Por eso utiliza el poder militar de manera patente. Su interés es su seguridad, no la influencia de su sistema social, económico o de gobierno. En cualquier caso, sí persigue debilitar los sistemas políticos económicos y sociales de las democracias representativas. Utilizando para ello la amenaza asimétrica, mediante el uso de instrumentos hasta ahora no convencionales tales como la ciberguerra, el uso masivo y brutalmente manipulador de las redes sociales, y aprovechando todo tipo de conflictos políticos en occidente, desde las elecciones en EE.UU o Francia, hasta el secesionismo catalán o el BREXIT”.[1]

Tampoco puede considerarse un poder económico, ya que no dispone del sistema económico propio de una superpotencia. Su PIB es ligeramente superior al de España y está aquejada de enormes debilidades estructurales. Sin embargo, no debe desdeñarse lo que algunos analistas han dado en llamar la geoestrategia energética rusa. Sus enormes reservas de petróleo y gas natural la siguen dotando de una de las más relevantes capacidades de influencia geopolítica del planeta. Tan sólo en Europa, las tres repúblicas bálticas y Finlandia dependen al cien por cien de sus suministros; entre el 70 y el 90 por ciento, Bielorrusia y Ucrania y similares porcentajes reciben la República Checa, Eslovaquia, Bulgaria, Austria o Grecia, y en menor medida, pero también en cantidades considerables, Polonia, Eslovenia o Hungría.

En una política europea volcada actualmente con la reducción de los combustibles sólidos, esta circunstancia supone una clara debilidad estratégica, que en nada se ve paliada por la situación de los países sureños, al depender como fuente de energía alternativa de los suministros de gas natural procedentes del norte de África, en concreto de Libia y Argelia.

Por lo tanto, pese a que Rusia no puede ser considerada en puridad como una potencia global actualmente, sí lo es a nivel regional y precisamente en un área que afecta especialmente a Europa.

Antecedentes

A pesar de que multitud de analistas se han lanzado a prever una nueva guerra en Ucrania, todo parece apuntar a que la demostración de fuerza realizada por Rusia en este país es un eslabón más de la larga cadena de esfuerzos en una marcada estrategia híbrida.

Este año se ha cumplido el sexto aniversario de la anexión de Crimea por parte de Rusia, culminando así un largo contencioso y una vieja aspiración rusa de ‘recuperar’ lo que a todas luces consideraban un territorio propio de pleno derecho, al alegar que tras años bajo el dominio turco, fue incorporada al imperio zarista a finales del siglo XVIII. Esa pertenencia continuó bajo la Unión Soviética con el paréntesis de la II Guerra Mundial, en la que fue ocupada por los alemanes, decidiéndose incorporarla a la república de Ucrania posteriormente, bajo el mandato de Nikita Jrushcov, de origen ucraniano.

La ubicación de la estratégica base naval rusa de Sebastopol en el mar Negro, explica la tormentosa relación ruso-ucraniana tras la independencia de esta última como consecuencia de la desmembración de la URSS. Ya qué a partir de ese momento, la base naval pasó a ser un arrendamiento ucraniano a los rusos por veinte años, renovable por acuerdo entre ambas partes, que tenía su vencimiento en 2017, habiéndose renovado posteriormente hasta 2042, ya de manera improrrogable.

Pero, además, y en refrendo del aumento de la tensión, se ha cumplido el quinto aniversario de los acuerdos de Minsk II, cuyo principal objetivo fue la consolidación del alto el fuego entre las fuerzas armadas de Ucrania y los rebeldes pro-rusos, además del quinto aniversario del comienzo de la guerra en la región ucraniana de Donbass, poblada mayoritariamente por población de origen ruso. A pesar de los redoblados esfuerzos internacionales encabezados por el denominado “cuarteto de Normandía” (los presidentes de Ucrania, Rusia, Francia y Alemania), los acuerdos no se han cumplido en su mayoría.

En su día significaron una clara apuesta por la paz y la estabilidad en la región, pero a la vez ponían claramente de manifiesto la intención palpable de la OTAN, EE.UU. y la UE de no entrar en confrontación directa con Rusia, posicionándose claramente del lado de una solución ‘no bélica’, lo que no ha hecho más que dar alas a Moscú en su afán expansionista hasta alcanzar sus ambiciones geoestratégicas a través de su estrategia híbrida.

Una estrategia híbrida de libro

Desde entonces hasta ahora, la tensión en la zona lejos de disminuir ha ido claramente en aumento, especialmente en la región de Donbass, que comprende las provincias ucranianas de Donetsk y Lugansk. Fuerzas rusas se han establecido en la frontera ucraniana en lo que ha sido catalogado por Moscú como unos meros ejercicios de disponibilidad, aunque recuerdan muy mucho a los movimientos militares que se produjeron previamente a la anexión rusa de Crimea, y desde luego no deben ser pasados por alto, puesto que la calidad y el número de las fuerzas desplegadas no se corresponden con el carácter rutinario de los ejercicios que ha querido presentar Moscú.

Paralelamente al despliegue militar, se ha desarrollado una profusa campaña de desinformación que ha pretendido presentar a Ucrania como el verdadero agresor, acusándola de atacar a su propia población en Donbass actuando a las órdenes de los EEUU, en una clara violación de los acuerdos de Minsk.

Esta sucesión de acontecimientos que se repiten de manera cíclica, ponen de manifiesto la clara intención rusa de alcanzar sus objetivos en la región, procurando mostrar a Ucrania como el verdadero provocador del estado de cosas, mediante el hostigamiento y ataque a la población rusa de la región de Donbass; intentar desequilibrar al gobierno de Kiev, presentándolo como un estado fallido en el contexto multinacional; incrementar su presencia en la zona apoyando claramente a los rebeldes pro-rusos; y consolidar la situación de Crimea tras su anexión.

Para alcanzar sus objetivos Moscú no duda, como anteriormente lo ha hecho, en emplear una estrategia híbrida ‘de libro’, en la que la desinformación como arma se mezcla con el chantaje económico mediante la amenaza del desvío del gas ruso en tránsito por territorio ucraniano o el desabastecimiento del mismo como ya ocurrió durante la anexión de Crimea, con el uso indirecto de la fuerza militar, a través de fuerzas especiales o paramilitares amparadas o abastecidas por Moscú en los territorios en litigio, basada en una escalada ponderada de su intimidación mediante demostraciones de fuerza que lleven a la reacción de Ucrania ante estas provocaciones.

Por todo ello, a Rusia no le es necesario invadir Ucrania, sino únicamente propiciar su presión internacional mediante estas acciones o la demanda del cumplimiento de los acuerdos de Minsk que son absolutamente favorables a sus intereses.

Este incremento de presión parece haberse visto acelerado a partir de las últimas decisiones tomadas por el gobierno de Zelensky tras los intentos infructuosos de llegar a acuerdo con Rusia para pacificar la región tal y como prometió en su campaña electoral. Tras el cierre de varios medios de comunicación pro-rusos y la firma de una nueva doctrina nacional de seguridad que propugna la recuperación de Crimea, el gobierno de Kiev ha conseguido llamar la atención de occidente sobre su contencioso con Rusia.

La reacción occidental

La solicitud formal de Ucrania de entrada en la OTAN y en la UE realizada tras la visita a París de su presidente, no puede ser soslayada, pero a buen seguro, tendrá un largo recorrido que no siempre se antoja favorable a los intereses ucranianos.

Además de todo ello, el presidente Zelensky ha conseguido llamar la atención de la nueva administración norteamericana que parece haber dado un giro de ciento ochenta grados a las relaciones con Rusia con respecto a la administración Trump.

El presidente Biden ha tildado al presidente ruso de “asesino” en un claro contraste con el tono de admiración que empleaba su antecesor, el presidente Trump, para referirse al mandatario ruso, añadiendo que las presiones rusas sobre Ucrania, los ciberataques rusos a empresas norteamericanas y las presuntas interferencias en las elecciones norteamericanas, no pueden quedar sin respuesta y ha puesto los medios para que este tipo de acciones tengan consecuencias, empleando sanciones medidas y proporcionadas con las que se pretende enviar un mensaje a Moscú de que pueden recrudecerse si Rusia persiste en su actitud. Quizás la más significativa de todas ellas haya sido la expulsión de EE.UU. de diez diplomáticos rusos que ha sido automáticamente contestada por Rusia con la misma medida que afecta a otros tantos diplomáticos norteamericanos, así mismo, el embajador norteamericano en Moscú ha recibido la recomendación del gobierno ruso de trasladarse a Washington para celebrar consultas sobre el estado actual de las relaciones entre ambos países. En el mes de marzo, cuando el presidente norteamericano calificó de asesino a su homólogo ruso, Rusia ya ordenó a su embajador en la capital estadounidense, regresar a Moscú.

Lo que parece claro es que, a pesar de que las relaciones entre ambos países ya no se dan en el marco de la bipolaridad sobre la que se basaban en la época de la guerra fría, las actuales irán encaminadas al establecimiento de unas relaciones tensas, aunque responsables, intentando evitar una escalada bélica que vaya más allá de los gestos.

Dentro de los próximos años, desde el punto de vista norteamericano, su política estará claramente marcada por la declaración de intenciones que pone de manifiesto el lema “América ha vuelto”, lo que supondrá una apuesta clara por volver a liderar el mundo occidental frente a amenazas tan graves como la proliferación nuclear, el cambio climático, las pandemias, la amenaza yihadista y la seguridad cibernética, entre otras. En este contexto, sin duda, Ucrania será una buena piedra de toque para medir el grado de compromiso de los EE.UU. en relación con sus intenciones de liderazgo mundial.

La reacción europea se ha visto liderada una vez más por el eje franco-alemán, que mantiene palpablemente su apoyo a la independencia, soberanía e integridad territorial de Ucrania, reiterando la petición de que se cumplan los acuerdos bilaterales y cuatripartitos que se firmaron hace cinco años en Minsk.

¿Pero realmente Ucrania importa tanto al mundo occidental? Lo que si es cierto es que parece importar mucho más a Rusia, para la que tiene un enorme significado histórico y económico, además de materializar un claro ejemplo de zona de seguridad entre Rusia y sus enemigos, que Moscú tanto anhela.

¿Hasta qué punto están dispuestos a involucrarse la OTAN y la UE en el conflicto? Es una pregunta de difícil respuesta. Desde luego no parece nada fácil que Rusia vaya a permanecer impasible ante un intento de acercamiento tan palpable por parte de Ucrania al bloque occidental y mucho menos su entrada en la OTAN, pero no es menos cierto que tanto la administración Biden como la OTAN y la UE parecen comprometidas en su apoyo a la causa ucraniana, pero ¿Hasta qué punto?

El secretario general de la OTAN ha apoyado claramente a Ucrania en este conflicto instando a Rusia a que detuviese sus provocaciones y desescalase la situación de inmediato, e incluso ordenó el redespliegue de fuerzas occidentales en la zona, si bien esto último parece más un ardid dirigido a “mostrar la fuerza” que a implicarse de manera efectiva en un posible enfrentamiento bélico. Desde la organización atlántica, también se han apresurado a manifestar que: “Ucrania no quiere la guerra, pero no perdemos ni perderemos tiempo, y si Moscú toma alguna medida imprudente se iniciará la espiral de violencia”.

Conclusiones

La situación, lejos de ser un mero enfrentamiento entre dos países anteriormente hermanados por su pertenencia a la URSS, Ucrania y Rusia, afecta a la seguridad global.

Las pretensiones de los EE.UU. de volver a liderar el bloque occidental, chocan de frente con los objetivos de Rusia de seguir siendo una potencia revisionista con verdadera pujanza en su zona de influencia. Su estrategia de recuperar su zona de seguridad de la que considera parte esencial a Ucrania, le hace entrar en conflicto directo con occidente al que acusa de intentar amenazarle suprimiendo los estados que formaban parte de su cinturón de seguridad.

El modus operandi ruso parece repetirse con el patrón de una estrategia híbrida ya empleada en la guerra de Ucrania y en la anexión de la península de Crimea, para lo que empleará todos los medios de presión a su alcance: económicos, políticos, diplomáticos, sociales y militares para desequilibrar el “status quo” de la zona a su favor.

Ucrania ha dado importantes pasos hacia delante para mostrarse capaz de integrarse en el bloque occidental, sus reformas económicas y legislativas para garantizar el crecimiento económico, así como las medidas para paliar la elevada corrupción, a pesar de no haber cumplido plenamente las expectativas de sus valedores occidentales, han puesto claramente de manifiesto que occidente debe ser paciente y seguir apoyando al país frente a la presión rusa, ya que de no ser así, podría llevar a Ucrania a convertirse en un estado fallido, lo que sin duda, beneficiaría a Rusia en sus ambiciones de fagocitarla.

En este camino, por parte occidental debe procederse con cautela, puesto que como ya hemos puesto de manifiesto, cualquier intención de exportar el sistema democrático y de valores occidentales a los países de la esfera considerada de seguridad por parte de Rusia, es tomada por ésta como una amenaza, y a buen seguro, recibirá respuesta.

Tanto la OTAN como la UE están llamados a jugar un papel conciliador entre ambas potencias, y su influencia deberá ir encaminada a tender puentes y acercar posturas en aquellos aspectos que lejos de producir fricción permitan restablecer la estabilidad y la paz en una zona de tanto valor para ambas partes.

Una vez más, el tiempo y los acontecimientos nos acercarán a la realidad.


[1] Josep Piqué. El mundo que nos viene. Editorial Deusto. Mayo 2018.

Antonio Ruiz Benítez

General de División (R) del Ejército de Tierra. Ha sido Director de Investigación, Doctrina, Orgánica y Materiales del Mando de Adiestramiento y Doctrina del Ejército de Tierra (MADOC). Es Master en Estudios Estratégicos y Seguridad Internacional por la Universidad de Granada

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