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Grandes tendencias políticas y sociales sobre el futuro de la seguridad global. Perspectivas europeas y norteamericanas

https://global-strategy.org/tendencias-politicas-sociales-futuro-seguridad-global/ Grandes tendencias políticas y sociales sobre el futuro de la seguridad global. Perspectivas europeas y norteamericanas 2017-03-23 19:43:01 Javier Jordán Blog post Análisis y Estrategia Prospectiva

Este artículo ofrece un estado de la cuestión sobre los estudios prospectivos en materia de seguridad y defensa elaborados por la Alianza Atlántica, la Unión Europea y distintos organismos vinculados a los Ministerios de Defensa de Alemania, Canadá, España, Estados Unidos, Francia, Italia y Reino Unido. El artículo centra su atención en las grandes tendencias políticas y sociales con impacto en los ámbitos militar y securitario. El artículo aporta una revisión de los resultados de esos trabajos, señalando sus similitudes, diferencias y visiones complementarias, así como eventuales limitaciones y puntos de mejora. Previamente el artículo introduce al lector en la naturaleza de este tipo de documentos y en las metodologías empleadas para su elaboración.

1. Introducción

Existe la percepción de que vivimos tiempos confusos y de cambio acelerado. Y, en efecto, las revueltas árabes de 2011, las conquistas territoriales del Califato Islámico en Siria e Irak en 2014, el Brexit, o la victoria electoral de Donald Trump en Estados Unidos en 2016, son acontecimientos de enorme trascendencia que habrían sido muy difíciles de anticipar nada más iniciarse la presente década.

Ante tales fenómenos el análisis estratégico y la prospectiva ayudan a sistematizar la información, a estimular la apertura mental y a generar conocimiento orientado a la toma de decisiones sobre asuntos públicos (Astirraga, 2016). Los estudios prospectivos se encuentran estrechamente ligados al ámbito de las políticas públicas. La prospectiva es una precondición necesaria de la planificación (Neumann & Overland, 2004: 267). También puede cumplir una función evaluativa previa a la implementación, actuando a modo de túnel de viento de la estrategia elegida (Ogilvy, 2015). La prospectiva ayuda a identificar señales de alerta temprana, a valorar la fortaleza de las competencias nucleares de la propia organización, a generar opciones estratégicas mejores, y a evaluar el riesgo de cada una de esas opciones a partir de las incertidumbres identificadas (Schoemaker, 1995, 25).

En la última década, la Alianza Atlántica, la Unión Europea y diversos organismos adscritos a los ministerios de Defensa de los principales países de Norteamérica y Europa en términos de gasto bruto en defensa (Alemania, Canadá, España, Estados Unidos, Francia, Italia y Reino Unido) han elaborado estudios prospectivos con el fin de identificar y analizar las grandes tendencias políticas y sociales que afectarán a la seguridad global en un arco temporal que abarca desde 2030 a 2045. El propósito de este artículo es ofrecer un estado de la cuestión (state of the art) sobre los resultados de esos trabajos. A partir de ellos se extrae una perspectiva de las grandes tendencias que configurarán el segundo tercio del siglo XXI en lo que respecta las relaciones globales, la política y la sociedad.

2. Criterios de selección de los estudios prospectivos y metodologías empleadas

Existen decenas de programas de investigación prospectiva, tanto en el ámbito privado como en el público, nacionales e internacionales, que de un modo u otro abordan motores de cambio (drivers) relacionados con las grandes tendencias políticas y sociales que afectarán al futuro de la seguridad global.

Con el fin de acotar el trabajo, se ha optado analizar documentos con contenido prospectivo de carácter público, elaborados por organismos oficiales de seguridad y defensa en el marco del denominado espacio euroatlántico (Norteamérica y Europa Occidental), entre los años 2009 y 2016. Esta delimitación nos permite conocer la perspectiva –en muchos aspectos común dentro de dicho espacio– sobre las tendencias que marcaran el futuro de la seguridad global.

La relación de documentos analizados es la siguiente:

La mayoría de los documentos incluyen una explicación de la metodología de trabajo empleada. En líneas generales es la siguiente:

Se trata por tanto de procesos con un elevado coste económico –para los estándares académicos– y que requieren un alto grado de acceso y de participación por parte de la administración pública de Defensa. Por ejemplo, el Multiple Futures Project de la OTAN (2009, 2-3, 13) organizó veintiún workshops con más de quinientos expertos de cuarenta y cinco países. Por su parte el proceso de elaboración del Global Trends, Paradox of Progress del NIC (2017: 74) norteamericano incluyó viajes a treinta y seis países, y encuentros con dos mil quinientas personas, entre las que se encontraban académicos de diversas disciplinas, pensadores, miembros de organizaciones religiosas, representantes de la industria y de los negocios, diplomáticos, expertos en desarrollo, representantes de la sociedad civil, etc. Es difícil encontrar proyectos sobre temas similares y de tal magnitud en el ámbito académico de las Ciencias Sociales. No obstante, como acabamos de señalar, el mundo académico está presente en el proceso de elaboración de la mayoría de ellos y el resultado final –el informe publicado en abierto– constituye una invitación a seguir reflexionando sobre sus contenidos, también desde la investigación universitaria.

Pasamos ahora a la revisión de esos trabajos, centrando nuestra atención en las grandes tendencias políticas y sociales que afectarán y condicionarán el diseño de las políticas de Defensa de los países estudiados. La extensión de los documentos revisados oscila entre setenta páginas los más breves y algo más de doscientas los extensos. Obviamente, no es posible separar de manera tajante las tendencias políticas y sociales de otras de distinta naturaleza (económica, medioambiental, tecnológica…). Pero por razones de espacio sólo no referiremos a estas últimas en la medida en que afecten de manera significativa a las de carácter político y social.

3. Cambios en el sistema mundial

Un primer tema son los drivers relacionadas con la configuración del sistema mundial en el periodo 2030-2045, el auge y el declive de grandes potencias, la tendencia al conflicto o a la cooperación en las relaciones entre ellas, los riesgos derivados de los Estados frágiles y la creciente relevancia de los actores no estatales. De lo contenido en los informes es posible extraer tres grandes conjuntos de motores de cambio. Están presentes en la mayoría de esos documentos, aunque con matices e incertidumbres que iremos señalando.

3.1. Relacionados con la multipolaridad, la integración y las dinámicas cooperación/conflicto

Todos los documentos apuntan a una mayor distribución de poder relativo entre las grandes potencias. Y, aunque se reconoce la importancia de las organizaciones internacionales y de los actores no estatales, se asume que el Estado continuará siendo el principal protagonista del sistema (CDF, 2014: 2).

De manera periódica –y en el siglo XX en etapas que se cuentan en una o dos décadas– se producen transformaciones de gran calado en la configuración de las relaciones internacionales (Friedman, 2009: 1-3; ESPAS, 2015: 45). Los cambios derivados de los atentados de Washington y Nueva York en 2001, o de las revueltas árabes de 2011 son ejemplos de ellos. Pero en lo que se refiere a la distribución de poder relativo, el más relevante tuvo lugar entre 1989 y principios de la década de 1990, cuando se pasó de un sistema mundial bipolar a otro multipolar asimétrico, con una única gran superpotencia capaz de actuar e influir de manera significativa a escala global.

Si se mantiene la tendencia hacia un mayor reparto en la distribución de poder, Estados Unidos figurará entre los principales actores del sistema internacional del nuevo modelo, pero su supremacía se verá cada vez más erosionada por el ascenso de otras grandes potencias (German Federal Government, 2016: 30-31; SACT, 2015a: 8). En particular por China, que en torno a 2030 se habrá convertido en la primera potencia económica del planeta (ESPAS, 2015: 26). Para entonces los dirigentes chinos podrían traducir su poder económico en un sólido poder militar. El documento del Ministerio de Defensa británico estima que en 2045 China podría igualar el gasto en Defensa estadounidense, concentrando así ambas potencias el cuarenta y cinco por cien del gasto militar del planeta (DCDC, 2014a: 93). Más conservador, sin embargo, es el documento canadiense que todavía visualiza en 2040 a Estados Unidos como el actor más poderoso del sistema mundial, en términos militares y económicos (CDF, 2014: 5). De la misma opinión es el DAS francés (2013: 204), aunque acepta como probable la sustitución de Estados Unidos por China como policía de Asia Pacífico. Por su parte, el informe de ESPAS (2015: 42) considera que China podría superar a Estados Unidos en presupuesto de Defensa antes de que finalice la década de 2020, aunque esto no se traduciría en auténtica ventaja militar en el horizonte 2030. En el 2035 los británicos también apuntan que Estados Unidos continuará siendo la principal potencia militar mundial, aunque como decimos, rivalizada crecientemente por China (DCDC, 2014b: 2).

Otro actor relevante será India. El programa prospectivo británico considera que el gasto en Defensa de India podría sobrepasar al gasto total europeo en 2045 (DCDC, 2014a: 93). También se espera que Rusia continúe ocupando un lugar destacado en el panorama internacional, pero a distancia de las principales potencias del sistema por las incógnitas que plantea su poder económico y su negativa evolución demográfica (DAS, 2013: 109). En cuanto a gasto militar, ESPAS (2015: 42) considera que el presupuesto de Defensa ruso podría superar en 2035 al de Francia, Reino Unido y Alemania juntos. Es decir, parafraseando John Mearsheimer (2003: 55-82), Rusia sería más efectiva que los países de Europa Occidental a la hora de convertir su poder potencial en poder militar.

Aunque una guerra entre grandes potencias provocaría enormes daños a los contendientes y por tanto resulta muy improbable, lo cierto es que a lo largo de la historia las grandes transiciones de poder de carácter sistémico han ido acompañadas de conflictos armados a la misma escala (CDF, 2014: 2; JFD, 2016: 5; DAS, 2013: 20). La interdependencia económica frena la conducta agresiva entre grandes potencias pero no es una garantía absoluta a la hora de evitar un conflicto armado directo entre ellas (Sterling-Folker, 2009; Ferguson, 2007). Una mayor cuota de poder relativo suele alimentar la confianza y la ambición, redefiniendo nuevos intereses y objetivos (JFD, 2016: 27-28). El incremento de la competición geopolítica puede dar lugar a crisis, a errores de cálculo y a escaladas militares por el ejercicio del poder en aquellos lugares donde se solapen las respectivas áreas de influencia (Ártico, Europa del Este, Asia Pacifico, etc.). Al mismo tiempo, la mayor rivalidad entre grandes potencias hará más frecuente el empleo del veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, dificultando así el funcionamiento del sistema de seguridad colectiva (NIC 2017, 19).

La creciente distribución del poder supone una vuelta a la normalidad histórica previa al fin de la Segunda Guerra Mundial. A un mundo multipolar. Más significativo, sin embargo, será el fin del predominio del poder occidental, que había sido una de las características permanentes de los últimos doscientos años. Lo cual vendrá dado tanto por la disminución del poder relativo de Estados Unidos como, sobre todo, por la pérdida de relevancia de Europa (DAS, 2013: 14). Existe un notable acuerdo en los informes analizados en que el centro mundial se desplazará del espacio euro-atlántico a Asia Pacífico, aunque el ESPAS (2015: 24) matiza que esto dependerá de la continuación del actual orden económico y social, y de que esos países emergentes logren un ritmo de crecimiento sostenido. En un línea similar el DAS francés (2013: 33) y uno de los informes italianos (Gobbicchi 2007: 52) advierten que una disminución, o incluso retroceso, del crecimiento económico chino, unido a graves desigualdades sociales, podría traducirse en una importante inestabilidad social y política dentro del gigante asiático.

Son fundamentalmente tres las tendencias que están reduciendo la cuota de poder relativo europeo:

El eclipse moderado de Europa en el escenario mundial puede incluso agravarse si se debilita el vínculo transatlántico. Estados Unidos va camino de lograr la autosuficiencia energética, mientras que Europa se encuentra rodeada por un arco de crisis (Europa del Este, Asia Central, Oriente Medio y Norte de África) del que los norteamericanos podrían llegar a desentenderse en cierto grado, asumiendo un rol secundario y dejando la responsabilidad principal a los europeos (ESPAS, 2015: 28).

Por otra parte, el mundo multipolar de 2030-2045 no estará necesariamente conformado por bloques regionales con voz única. Junto a la distribución de poder relativo, otra variable esencial de cara al futuro será el nivel de ‘integración’ política y económica entre los Estados. Como motor de cambio podrá tener valores que oscilen entre niveles máximos y mínimos según la región, y también a escala global (MFP, 2009: 15). Y a ello se añade una tercera variable del nivel sistémico global, que el Multiple Futures Project de la OTAN denomina ‘fricción’, con valores que van de la cooperación al enfrentamiento. La falta de integración y una lógica conflictiva darían lugar a un mundo –o a regiones– volátiles, que se traducirían por ejemplo en:

Entre los muchos temas de la agenda internacional, hay dos cuestiones de particular relieve que afectarán a las interacciones de ese mundo futuro multipolar, así como a los motores de cambio integración/división y cooperación/conflicto:

Por otra parte, se plantearán problemas en el acceso a recursos hídricos y alimenticios. En 2035 la mitad de la población mundial se verá sometida restricciones en el consumo de agua potable. Más de treinta países sufrirán escasez grave de agua, quince de ellos en Oriente Medio, lo que puede generar tensiones y conflictos regionales (SACT, 2013: 31; SACT, 2015a: 19-20; NIC, 2017: 24; EMAD, 2009: 23; DAS, 2013: 130-138; DCDC, 2014a: 21). También crecerá la demanda de materias primas, entre ellas los denominados minerales raros, imprescindibles para la fabricación de muchas tecnologías de uso cotidiano (desde ordenadores, a tubos fluorescentes y teléfonos celulares) y también militar (por ejemplo, comunicaciones por satélite y municiones guiadas). China acumula en la actualidad un porcentaje superior al 85% de ese tipo de minerales, lo que le sitúa en una posición de cuasi-monopolio (CDF, 2014: 48; DAS, 2013: 151; DCDC, 2014a: 28).

Estas dos cuestiones –demanda de recursos y comunes globales– serán al mismo tiempo fuente de problemas y de oportunidades para la integración y la cooperación, tanto a escala global como regional.

3.2. Relacionadas con los Estados frágiles o fallidos

Todos los documentos dan por segura la persistencia de Estados débiles, incapaces de ejercer el control y gobierno sobre parte o la totalidad de su territorio, en el horizonte temporal 2030-2045 (CDF, 2014: 27). Pero hay cuatro drivers que pueden agravar aún más lo precario de su situación política y social:

Así pues, la mayor parte de la población joven del planeta se situará –como ya ocurre en la actualidad– en los países en vías de desarrollo, mientras que las sociedades de las economías avanzadas experimentarán procesos de envejecimiento y pérdida neta de población, muy agudizados conforme nos aproximemos a las décadas de 2030 y 2040. Esta circunstancia constituye una oportunidad y un amenaza para los países menos avanzados en función de cómo evolucionen otros factores. Puede impulsar su crecimiento económico, si va acompañada de una mejora del sistema educativo y del modelo económico que permita integrar en el mercado laboral a todo ese capital humano. Pero puede convertirse en un factor de inestabilidad si la economía nacional es incapaz de incorporar a esa población joven, y si esa situación de precariedad se combina con altos niveles de corrupción, y con un sistema y unas instituciones políticas débiles (DCDC, 2014a: 75). Por ello, el hecho de que exista un amplio segmento de población joven ofrece una oportunidad de crecimiento económico y es, a la vez, un factor de riesgo y de inestabilidad (CDF, 2014: 53; Gobbicchi, 2007: 9). Mayor aún si se trata de Estados frágiles o parcialmente fallidos.

Por otra parte, el crecimiento de la población mundial se frenará a partir de la década de 2040 y se espera que pase a ser negativo, por la progresiva expansión del desarrollo económico y la difusión de pautas culturales que reduzcan la tasa de natalidad (DAS, 2013: 18).

A estos cuatro drivers, se añade la posibilidad de que alguno de esos Estados frágiles o fallidos se convierta en escenario de una guerra por delegación entre potencias regionales o extra-regionales, si fracasa la integración regional y si prevalece el enfrentamiento sobre las actitudes cooperativas.

A la vez, de los Estados frágiles podrían derivarían tres grandes fuentes de riesgo para el resto del sistema regional y global:

En los próximos años esta tendencia se agudizará, con el añadido de que la combinación innovadora de varias de esas tecnologías genera capacidades aún mayores (JFD, 2016: 14-17; DCDC, 2014b: 41; DCDC, 2014a: 73). Imaginemos por ejemplo coches autónomos cargados con explosivos y guiados, además de por GPS, por la información actualizada de un enjambre de drones en un escenario de combate urbano. Y aunque los ejércitos mejor equipados seguirán contando con ventaja tecnológica, ésta tenderá a disminuir en términos relativos si no saben adaptarse a la flexibilidad y a la innovación estratégica y táctica de sus  oponentes no estatales. En especial en entornos complejos, interconectados y altamente saturados como son los urbanos (CDF, 2014: 94-96; CDI, 2012: 20-22; DCDC, 2014b: 32). La creciente urbanización de la población mundial, que señalábamos hace un momento, es un factor que se cruzará a menudo con la potencia creciente de los actores armados no estatales. La guerra actual de Siria (Alepo) o contra el Daesh en Irak (Mosul) ofrecen ejemplos de una tendencia firme de cara al futuro.

3.3. Intensificación de la globalización y de la interdependencia

Se trata del tercer conjunto de drivers que afectarán a la configuración del sistema mundial. Y al igual que el envejecimiento de la población, la intensidad que el proceso de globalización alcanzará en las próximas décadas no tiene antecedentes históricos. De ahí que resulte muy difícil prever todas sus consecuencias y derivaciones. La globalización y la interdependencia son a la vez una fuente de riesgos y de oportunidades. Por tratarse de documentos orientados a la seguridad y la defensa, la literatura que estamos revisando pone especial énfasis en los potenciales problemas. En particular:

4. Transformaciones sociales y políticas

Además de los conjuntos de drivers relacionados con la configuración del sistema mundial, otros temas interrelacionados entre sí que afectarán –en buena medida como condicionantes de política interna– al diseño y desarrollo de las políticas de Defensa de los países estudiados. Siguiendo con nuestro esfuerzo de síntesis se pueden agrupar en tres bloques de drivers:

4.1 Transformaciones demográficas

Ya se ha aludido a ellas en el epígrafe anterior. Todos los documentos coinciden en su relevancia y, en efecto, hay motivos para ello. En lo que respecta al espacio euroatlántico poseen una doble faceta,

El envejecimiento de la población someterá el sistema de bienestar a un fuerte estrés, sobre todo en aquellos países con un nivel elevado de prestaciones sociales (ESPAS, 2015: 18; EMAD, 2009: 24). Si a ello se añade un descenso de la productividad por un menor segmento de población en edad activa, el resultado podría ser no sólo la insostenibilidad del sistema, sino la pérdida de competitividad económica y, paradójicamente –pese a reducirse la franja de población joven–, la destrucción de empleo.

4.2. Distribución desigual de la riqueza

Es otro driver de gran impacto que ya se constata en la actualidad y que en las próximas décadas puede agudizarse por la confluencia de otros dos factores: intensificación de la globalización económica y de la ideología neoliberal que subyace tras ella, y avances tecnológicos que destruyan gran número de empleos (inteligencia artificial, sistemas autónomos, manufactura aditiva, etc.) (NIC, 2017: 14; ESPAS, 2015: 36). Si continúa la tendencia, la capacidad de procesamiento de los ordenadores alcanzará la del cerebro humano en 2023 y la superará por cien mil en 2045. El incremento será todavía mayor si se logra fabricar ordenadores cuánticos (DCDC, 2014a: 55).

Ambas fuerzas pueden tender a agravar la división entre ‘ganadores’ y ‘perdedores’, tanto dentro del sistema económico mundial, como en las economías nacionales. Este conjunto de drivers se manifestará de manera distinta según las regiones.

4.3. Mayor protagonismo político de las redes interés y de identidad

Aunque no se trata del único factor explicativo, la tecnología continuará potenciando la interacción de millones de individuos a lo largo y ancho del planeta. Existen ideas generales sobre los avances tecnológicos que están por llegar, pero resulta muy difícil saber cuándo y cómo lo harán exactamente, y cuál será su impacto social una vez entren en contacto con la creatividad de los usuarios (DAS, 2013: 180). Tendencias firmes –recogidas en los trabajos revisados– son, por ejemplo, la realidad virtual y la realidad aumentada, combinadas a su vez con la mejora significativa de los hologramas (SACT, 2013: 22-25). Llama la atención, sin embargo, que esos documentos apenas mencionen los avances en traducción simultánea artificial –escrita y hablada–, hasta el punto de que permita la comunicación fiable e inmediata. La superación de las barreras idiomáticas supondrá un hito en los procesos de interconexión mundial, con consecuencias de enorme calado. 

El mayor protagonismo político de las redes de identidad y de interés –facilitado por esos avances tecnológicos– tendrá múltiples implicaciones desde la perspectiva de la seguridad y la defensa. Destacamos tres:

Las redes que intervendrán en ese nuevo pacto social no estarán compuestas únicamente por individuos ‘empoderados’ a través de las tecnologías sociales. Podrán adoptar configuraciones mucho más abiertas y multilaterales, como sucede, por ejemplo, en el Foro Económico Mundial (también conocido como Foro de Davos, donde se dan cita empresarios, políticos, periodistas, intelectuales y miembros de ONG y otros representantes de la sociedad civil). Ese tipo de redes articularán nuevas demandas sociales, definirán problemas y formularán vías de solución al margen de los Estados, aunque trasladando a estos la responsabilidad final.

A su vez, es probable que los Estados cedan cada vez más competencias a niveles inferiores de gobierno (por ejemplo, grandes ciudades) y al sector privado. La multiplicidad de actores y la complejidad de los problemas dificultarán crecientemente la labor de gobierno (NIC, 2017: 19-25; JFD, 2016: 12;  SACT, 2013: 18-20). En los países occidentales estos desafíos internos consumirán gran parte de su ‘ancho de banda’ político, disminuyendo su capacidad –y apetito– para intervenciones militares en el exterior que no cuenten con un respaldo mayoritario de la ciudadanía. Al mismo tiempo, la urgencia del presente –con ciclos de información ininterrumpidos durante las 24 horas del día–, unida al cortoplacismo marcado por el calendario electoral invitarán a descuidar la planificación y el compromiso a largo plazo (ESPAS 2015, 63).

Otra dimensión donde se atisba el cambio en la relación individuo-Estado es en la visión de este como proveedor último de seguridad. La dependencia tecnológica cada vez mayor en la economía y la vida cotidiana (internet de las cosas, sistemas de transporte autónomos, avances ya señalados en materia de comunicaciones) elevará la demanda de servicios de ciberseguridad del sector privado (DCDC, 2014a: 55-59). Los documentos analizados destacan la importancia de la ciberdefensa y ciberseguridad de los recursos estratégicos del Estado (fuerzas armadas, Administración pública, infraestructuras críticas estatales), así como la colaboración con las compañías correspondientes para proteger bienes estratégicos privados (sector financiero, instalaciones energéticas y de otro tipo). Sin embargo, a una escala menor se entiende que las necesidades vitales de ciberseguridad serán un servicio proporcionado por el mercado.

Dichas redes también pueden ser instrumentalizadas por una potencia exterior que trate de deslegitimar a sus oponentes geopolíticos. La comunicación estratégica se empleará cada vez más para influir sobre la opinión pública mundial y sobre la ciudadanía de los competidores. Es otra herramienta con la que incrementar la cuota de poder relativo en el sistema internacional (NIC, 2017: 25; SACT, 2015b: 15). La abundancia de información no acompañada de las destrezas necesarias para convertirla en conocimiento (quizás por deficiencias del sistema educativo), aumenta el riesgo de trivializar debates de gran calado y es terreno fértil para la propaganda (DAS, 2013: 182). El peligro de la ‘posverdad’, presente ya en nuestros días, tenderá a agravarse en las próximas décadas. Sus implicaciones para la toma de decisiones son serias, pues a través de esa manipulación resulta fácil formar coaliciones de bloqueo y denigración, en lugar de alianzas constructivas que permitan afrontar desafíos comunes y poner en marcha políticas acordes con la realidad (NIC, 2017: 26-27; JFD, 2016: 35; CICDE, 2013: 15; DCDC, 2014a: 96).

Las tecnologías relacionadas con la sociabilidad virtual continuarán facilitando la organización y expansión de protestas sociales que trasciendan las fronteras y que se contagien de manera cada vez más rápida (DCDC, 2014b: 10). Permitirán también que los gobiernos y actores no estatales ausculten el grado de malestar social en el propio país y en el de Estados competidores, con el fin de desactivarlo o con el de explotarlo a su favor (CDF, 2014: 70). El nacionalismo, por ejemplo, puede ser empleado para consolidar un gobierno autocrático, para respaldar políticas exteriores revisionistas o para buscar chivos expiatorios foráneos que permitan aliviar presiones internas, trasladando la responsabilidad de los males a los inmigrantes, a las organizaciones internacionales o un competidor geopolítico (NIC, 2017: 18).

Por otra parte, las grandes transformaciones impulsadas por los cambios demográficos y la distribución desigual de la riqueza generarán debates político-sociales de enorme trascendencia. Las redes sociales pueden lograr entonces un protagonismo político similar al de intermediarios clásicos, como los partidos y los sindicatos, provocando como ya está sucediendo a día de hoy una adaptación más o menos exitosa por parte de estos. Dichas dinámicas tendrán efectos positivos, como una mayor demanda de transparencia a las instancias públicas, o mayores oportunidades en términos de representación y de traslación de asuntos a la agenda sistémica (SACT 2015a, 13).

5. Conclusión

El estado del arte presentado en este artículo da cuenta de la complejidad creciente de las relaciones políticas y sociales en el siglo XXI. Sería un error visualizar el porvenir basándose exclusivamente en las tendencias actuales. La utilidad de los trabajos que hemos comentado radica en las vías alternativas por las que puede transitar el futuro.

Por ello, las técnicas de análisis y construcción de escenarios distinguen entre tendencias básicas e incertidumbres clave. Entre las tendencias básicas recogidas en este artículo estarían los desequilibrios demográficos, los flujos migratorios, el ascenso político y económico de Asia Pacífico, las desigualdades en la distribución de la riqueza o una mayor interconexión planetaria por los avances en las tecnologías de la información. Mientras que algunas incertidumbres clave mencionadas páginas atrás serían la velocidad y el nivel de impacto del cambio climático, el grado de cooperación o de rivalidad entre las grandes potencias, los avances tecnológicos en materia de inteligencia artificial, la repetición de nuevas crisis económicas que se contagien con facilidad en un mundo interdependiente o el tipo de daños que pueda provocar una nueva organización terrorista de alcance regional o incluso mundial (una Al Qaeda renacida, por ejemplo). Son factores que podrían materializarse con distintos grados y que afectarían otras variables generando diversos tipos de efectos, no todos fáciles de prever.

Junto a las tendencias básicas y las incertidumbres clave, la mayoría de los trabajos prospectivos incluyen una relación de acontecimientos altamente improbables y de gran impacto, a los que también hemos hecho alusión (wild cards o cisnes negros). Ejemplos ya acontecidos de cisnes negros fueron los atentados de Washington y Nueva York en 2001 o las revueltas árabes en 2011. De cara al futuro –y así aparecen reflejados en la literatura examinada– podría tratarse, por ejemplo, de un conflicto armado abierto entre China y Estados Unidos en Asia Pacífico, en el que también estaría implicado algún otro país de la región. Desestabilizaría gravemente la economía y la seguridad global. También tendría un alto impacto negativo un conflicto regional –por ejemplo, entre India y Pakistán con varias decenas de detonaciones nucleares atmosféricas, del que se derivarían serias consecuencias sobre el clima y el medioambiente global. En el lado positivo, estaría el descubrimiento de una fuente de energía inagotable y económica que redujese drásticamente la dependencia de los hidrocarburos. Es interesante contemplar esos eventuales cisnes negros. No por su valor predictivo, ya que es muy probable que ninguno de ellos se materialice o que lo haga de manera muy distinta a la propuesta. Su valor se encuentra, sin embargo, en que obligan a observar las tendencias, las incertidumbres y los escenarios resultantes con un mayor nivel de apertura mental al cambio. Con más sensibilidad hacia las alteraciones en los valores de las variables identificadas y a los resultados de las interacciones entre variables que de ellas se derivan.

Análisis publicado en el Instituto Español de Estudios Estratégicos.

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