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Teoría de la insurgencia: qué es, cómo se origina y cómo actúa

https://global-strategy.org/teoria-de-la-insurgencia-concepto-fines-y-medios/ Teoría de la insurgencia: qué es, cómo se origina y cómo actúa 2019-12-08 17:02:00 Javier Jordán Blog post Estudios de la Guerra Lecturas didácticas sobre estudios estratégicos Teoría estratégica

Resumen: Este documento didáctico analiza las principales características de la insurgencia, los fines que persigue y la relación que guarda este concepto con los de subversión, terrorismo y guerrilla. También se presta atención a los cinco pilares de la actividad insurgente: lucha armada, propaganda, asistencia social, activismo social y político, y relaciones exteriores. Al igual que otros documentos orientados a la docencia publicados en Global Strategy, tiene un carácter introductorio y es susceptible de ser actualizado periódicamente.


La mayor parte de los conflictos armados que se han producido desde el fin de la Guerra Fría han tenido lugar en el interior de las fronteras de un mismo Estado y han enfrentado a gobiernos con grupos armados de carácter no estatal, la mayoría de ellos de naturaleza insurgente. Por esa razón, y también por la importancia que adquirieron conflictos como los de Afganistán e Irak tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, la insurgencia se ha convertido en un tema relevante dentro de los estudios de seguridad y los estudios estratégicos. Este documento didáctico tiene como finalidad ofrecer un marco teórico sobre el fenómeno insurgente.

Rasgos característicos de la insurgencia

Existen distintas definiciones de insurgencia. En la década de 1980 la Agencia Central de Inteligencia norteamericana la entendía como: “a protracted political-military activity directed toward completely or partially controlling the resources of a country through the use of irregular military forces and illegal political organizations”. Por su parte, el manual de Contrainsurgencia norteamericano, publicado en diciembre de 2006, empleaba la siguiente definición: “an organized, protracted politico-military struggle designed to weaken the control and legitimacy of an established government, occupying power, or other political authority while increasing insurgent control”. En España, la Publicación Doctrinal Contrainsurgencia (PD3-301) del Ejército de Tierra, en vigor desde el 1 de octubre de 2008, definía la insurgencia como: “el movimiento violento organizado que emprende una lucha prolongada con la finalidad de cambiar el orden político establecido”. A estas tres se podrían añadir otras definiciones, pero por lo común todas coinciden en señalar que la insurgencia está protagonizada por un actor, o un conjunto de actores, que se enfrentan de manera organizada y prolongada en el tiempo a la autoridad política establecida (sea nacional o extranjera), mediante una estrategia efectiva de movilización social y con un empleo sustantivo de la fuerza.

Condiciones para el inicio de la insurgencia

Para que pueda hablarse de insurgencia es preciso que exista movilización social continuada; lo cual, además de un mínimo de organización, requiere superar los obstáculos asociados a la acción colectiva, evitando que los simpatizantes con la causa opten por permanecer pasivos a la espera de beneficiarse de la movilización social de otros (Olson, 1992). No es sencillo iniciar una insurgencia, como tampoco lo es derrotarla una vez que se ha extendido. David Kilcullen (2006), un autor de referencia obligada en esta materia, define escuetamente la contrainsurgencia como una competencia para “ganar los corazones y las mentes de la población”. Insurgencia y contrainsurgencia son realidades esencialmente políticas: el éxito no depende tanto de la superioridad en medios militares, como de la capacidad para inclinar a un lado u otro la balanza del apoyo social. La dificultad que entraña poner en marcha una insurgencia explica que muchos grupos fracasen en los primeros pasos.

A continuación se exponen los factores que influyen en la transición de lo que Daniel Byman (2008) denomina una ‘proto-insurgencia’ a una insurgencia consolidada:

a) Generar una identidad política relevante. Por lo general un individuo posee múltiples identidades (nacional, regional, política, religiosa, étnica, profesional, familiar, etc.) sin que exista un conflicto aparente entre ellas. Para tener éxito los proto-insurgentes han de apropiarse –o incluso crear– una identidad que gane la lealtad de sus seguidores y que se contraponga a la de la autoridad política que desafían. Esto supone privilegiar una identidad frente a otra en términos políticos (por ejemplo, en el caso de un partidario de Hizbollah anteponer la comunidad shií y el proyecto revolucionario iraní a la identidad libanesa) o competir entre identidades que se enfrentan a un mismo enemigo (por ejemplo, elegir una identidad islamista frente a otra nacionalista laica en el caso de un joven palestino que opta por Hamas en lugar de hacerlo por Fatah). Circunstancias excepcionales como una ocupación extranjera, el padecimiento prolongado de una injusticia o un conflicto étnico, contribuyen a resaltar aspectos identitarios asociados a la insurgencia. Al mismo tiempo, el discurso polarizador de las élites políticas juega un rol clave en la definición de amigos y enemigos en los procesos de movilización social.

b) Enarbolar una causa atractiva. La identidad por sí sola no basta. Los proto-insurgentes necesitan vincularla a algún tipo de agravio que movilice miles de personas. Todos los grupos proto-insurgentes tienen algún tipo de causa, pero son las causas realmente atractivas (por ejemplo, la lucha contra desigualdades sociales graves, contra la exclusión étnica, contra la falta de derechos políticos y libertad civil, o contra la ocupación extranjera, etc.) las que obtienen militantes, financiación y apoyo social. De lo contrario, los proto-insurgentes serán percibidos como un grupo de criminales que recurren innecesariamente a la violencia.

c) Atraer un número elevado de partidarios comprometidos. Esta condición se deriva del éxito de las dos primeras y alimenta el bucle que generaliza una insurgencia. El tamaño es un factor determinante porque un grupo reducido no puede sostener una movilización política a gran escala, ni librar una guerra de guerrillas, ni mucho menos controlar territorio.

d) Prevalecer sobre grupos rivales. Muchas veces el principal adversario de los proto-insurgentes no es tanto el enemigo declarado (la autoridad política constituida), como otros grupos que comparten una causa parecida y con los que compiten a la hora de obtener voluntarios y financiación. En algunos casos la competencia se puede resolver mediante la creación de alianzas y frentes comunes, pero en otros puede desembocar en el enfrentamiento armado con otros sectores de la oposición a los que los proto-insurgentes tacharán de traidores.

e) Refugio/santuario. Es otro factor crítico tanto para la proto-insurgencia como para la insurgencia una vez consolidada. En un estudio realizado por la RAND Corporation sobre una muestra de 89 insurgencias entre 1945 y 2006, se observa que los insurgentes que gozaban de un santuario ganaron casi la mitad de los conflictos con un final claro a favor o en contra de los insurgentes (23 de un total de 54 casos, con 28 victorias claras del gobierno). Sólo en tres de los veintiséis casos de victoria insurgente clara, el grupo no contaba con un refugio seguro (Connable & Libicki, 2010: 35-36). La disponibilidad de refugio físico depende, por un lado, de la existencia de un Estado vecino que voluntaria o involuntariamente sirve de santuario y, por otro, del tamaño y de las características geográficas del país donde tiene lugar la insurgencia, así como del grado de apoyo social con el que cuente. Los proto-insurgentes pueden buscar refugio en zonas montañosas, bosques, junglas o en áreas remotas del país, pero otra opción consiste en esconderse en entornos urbanos que paulatinamente van escapando al control del gobierno, como sucedió en los primeros años de la insurgencia en Irak. No obstante, las insurgencias tienen mayores probabilidades de éxito en contexto rurales o en una mezcla de entornos rurales y urbanos. Rara vez triunfan en países urbanizados y de ingresos medios (Connable & Libicki, 2010: 38).

f) Apoyo exterior. La ayuda de otros Estados resulta decisiva en el nacimiento de una insurgencia. El apoyo suele materializarse en forma de refugio, campos de entrenamiento, financiación, asesoramiento militar, armamento, y respaldo internacional. Difícilmente habrían resultado viables el Vietcong sin la ayuda de la URSS y China, Hizbollah sin el apoyo de Irán y Siria, los talibán sin la asistencia de Pakistán, o Hamas sin el respaldo Qatar e Irán. En su investigación Connable y Libicki (2010: 62-63) llegan a la conclusión de que el apoyo estatal externo otorga una probabilidad de éxito de dos a uno a favor de la insurgencia. Pero el patronazgo estatal no se encuentra libre de problemas. Aunque el respaldo sea consecuencia de una estrecha afinidad ideológica, los proto-insurgentes y el Estado que les apoya poseen agendas distintas que con el tiempo pueden entrar en colisión. Como mínimo, la ayuda exterior supone pérdida libertad para los insurgentes; y en el peor de los escenarios, éstos pueden acabar convirtiéndose en moneda de cambio entre el Estado patrocinador y el gobierno al que se enfrentan. De hecho, la probabilidad de triunfo de los insurgentes desciende a uno contra cuatro si la ayuda estatal se interrumpe repentinamente (como, por ejemplo, hizo la URSS con la insurgencia comunista griega a finales de la década de 1940) (Connable & Libicki, 2010: 74).

g) Contexto sociopolítico y capacidad del Estado. Los factores contextuales son críticos pues la insurgencia no nace en el vacío. Un primer aspecto a considerar es la capacidad del Estado, un tema ya abordado en otra lectura didáctica sobre los conflictos armados internos. Los Estados con recursos, con una administración eficaz e implantada en todo su territorio, y con instituciones representativas están en mejores condiciones de satisfacer las necesidades básicas de la población y de reducir los incentivos que alimentan la violencia política. Al advertir las tensiones sistémicas que generan determinados agravios, los Estados capaces pueden afrontar los problemas subyacentes y cooptar a los sectores críticos respondiendo a las demandas que estos plantean. De este modo se dificulta que los proto-insurgentes superen los problemas asociados a la acción colectiva. A la vez, los Estados fuertes cuentan con recursos coercitivos eficaces con los que disuadir o neutralizar la actividad proto-insurgente. Por ejemplo, el ‘Ché Guevara’ escogió Bolivia como lugar donde fomentar la insurgencia porque la inteligencia cubana valoró que las fuerzas bolivianas eran las peor organizadas y entrenadas de toda América Latina. Sin embargo, en este caso Ernesto Guevara sobreestimó el apoyo que esperaba recibir por parte de los comunistas locales y de los campesinos (Kiras, 2019: 189).

Incluso, una vez desatada la insurgencia, la capacidad del Estado continúa siendo una variable relevante a la hora de predecir la victoria en el conflicto y, llegado el caso, como garantía para cumplir los compromisos adquiridos en eventuales acuerdos de paz (Sobek, 2010: 267-268). También influye sobre la viabilidad de la insurgencia el nivel de democratización del sistema político donde pretende desarrollarse. La situación más favorable para los proto-insurgentes consiste en un régimen que combine elementos democráticos y no democráticos. Los Estados totalitarios y autoritarios altamente represivos son terrenos poco fértiles para una movilización rebelde. Por su parte, las democracias consolidadas ofrecen canales institucionalizados de participación política que también reducen el atractivo de la lucha armada. Sin embargo, los regímenes que se sitúan en un punto intermedio de la escala de democratización resultan más vulnerables porque no impiden suficientemente la movilización social pero tampoco ofrecen mecanismos institucionales adecuados para integrar a la oposición (Hendrix, 2010: 276).

h) Errores estratégicos de la autoridad política establecida. La reacción del gobierno o de las fuerzas extranjeras que le apoyan constituye un último factor destacado en la incubación de la insurgencia. La autoridad política puede cometer errores graves que allanen el camino de la proto-insurgencia. Uno de ellos es la represión indiscriminada, que socava el respaldo social y puede empujar a ciertos sectores de la población a los brazos de los insurgentes. Sin embargo, la relación entre represión estatal y respaldo a la insurgencia no es automática. Para que esta se produzca, los insurgentes deben ser capaces de proteger a la población de la violencia del Estado y ofrecer otro tipo de incentivos que compensen los riesgos que entraña sumarse a la rebelión. Otro posible error consiste en no reconocer a tiempo que se está gestando una insurgencia. Así sucedió en 2003 en Irak cuando el Secretario de Defensa norteamericano, Donald Rumsfeld, se empeñó en considerar como ataques aislados sin especial entidad lo que en realidad era el inicio de la insurgencia (Woodward, 2007: 390). Por último, el Estado o las fuerzas extranjeras pueden ayudar indirectamente a los proto-insurgentes con decisiones políticas erróneas que agraven la situación denunciada por éstos. El Irak de la posguerra de 2003 ofrece otra lección negativa. La doble decisión aplicada por Paul Bremen en mayo de 2003 (y apoyada desde Washington) de desmantelar el ejército iraquí y prohibir que trabajaran en la administración quienes habían sido miembro de alguno de los cuatro niveles superiores del partido baaz o habían formado parte de los tres niveles superiores de cualquier ministerio durante el régimen de Sadam Hussein, reforzó la imagen invasora de las fuerzas norteamericanas y provocó un malestar generalizado que aceleró el desarrollo de la insurgencia (Pfiffner, 2010: 76).

Finalidad de la insurgencia 

En líneas generales los actores insurgentes pueden perseguir tres tipos de objetivos:

a) Poder y proyecto político. Sería el caso de las insurgencias que tratan de hacerse con el control del Estado para implantar un nuevo régimen político (por ejemplo, de inspiración marxista o islamista radical). En el lenguaje común este tipo de insurgencia puede recibir los calificativos de movimiento subversivo, insurrecto, rebelde o revolucionario, aunque como veremos enseguida la insurgencia va más allá de la mera subversión.

b) Poder político y territorio. La mayoría de las insurgencias que pertenecen a esta categoría tienen como fin la independencia nacional; es decir, acabar con una situación percibida como ocupación extranjera (como fue el caso de las insurgencias anticoloniales o de la guerrilla española contra las tropas napoleónicas) o contra un régimen político que los insurgentes consideran títere de una potencia exterior (por ejemplo, Afganistán bajo la ocupación soviética desde finales de 1979 hasta mediados de 1989). Estas insurgencias son conocidas normalmente como “resistencias” y, a priori, gozan de mayor legitimidad ante la opinión pública nacional e internacional. De hecho, las insurgencias que luchan por este segundo objetivo cuentan con una ratio de éxito muy superior a las que tratan de establecer un régimen marxista o islamista, y similar al de las insurgencias cuyo proyecto político consiste en instaurar un sistema de gobierno más representativo (Connable & Libicki, 2010: 170).

Dentro de esta categoría (poder político y territorio) también se encuadran las insurgencias secesionistas que aspiran a crear un nuevo Estado desgajado de otro anterior (por ejemplo, los Tigres Tamiles en Sri Lanka). Sin embargo, este tipo de grupos cosechan más fracasos que triunfos (Connable & Libicki, 2010: 172).

La finalidad poder político y territorio es complementaria con la primera (poder y proyecto político), pudiendo darse el caso de insurgencias que persiguen la independencia de un determinado territorio para implantar en él su proyecto de gobierno. Así sucede, por ejemplo, con Hamas, que desde sus orígenes no sólo ha pretendido la destrucción del Estado de Israel sino también la instauración de un régimen islamista en Palestina. También fue el caso de la insurgencia marxista malasia contra los británicos en la década de 1950 o la del Vietcong comunista en su enfrentamiento contra el régimen de Vietnam del Sur en la década de 1960 y principios de la de 1970.

c) Autonomía política local o tribal, generando o manteniendo una situación que escapa al control político estatal. Es una categoría particular que diverge de los cánones clásicos. Se trata de insurgencias cuyo objetivo consiste principalmente en socavar la autoridad estatal dentro de un Estado total o parcialmente fallido antes que en hacerse con el gobierno o crear un nuevo Estado (Metz, 2007). Es el caso de las luchas promovidas o apoyadas por líderes tribales y señores de la guerra, que obtienen ganancias de distinta naturaleza (políticas y, sobre todo, económicas) en los conflictos internos de África Subsahariana y Asia Central. Se trata de insurgencias que forman parte de lo que Mary Kaldor (2001) denominó ‘nuevas guerras’. La lucha de estos grupos encaja en el concepto de insurgencia porque se oponen armadamente a la autoridad del Estado dentro de un determinado territorio y gozan de cierto apoyo social. Pero, como señaló Paul Colier (2000), a menudo su causa no está inspirada tanto en ‘agravios’ (reales o imaginarios), como en la codicia y la depredación de bienes públicos y privados.

Conceptos relacionados con la insurgencia 

Conviene diferenciar el concepto de insurgencia de otros términos asociados frecuentemente a ella. Me refiero en concreto a los de subversión, guerra de guerrillas y terrorismo.

a) Insurgencia y subversión. La insurgencia incluye y trasciende la subversión. Por subversión se entiende el conjunto de acciones dirigidas a minar la estabilidad de un régimen en términos políticos, económicos y militares.

La subversión se puede llevar a cabo con un empleo muy reducido de la violencia (por ejemplo, mediante disturbios callejeros) o incluso sin recurrir a ella en absoluto. Por el contrario, para que podamos hablar de insurgencia tiene que haber un empleo continuado y sustancial de la violencia; por eso no toda subversión se realiza en un contexto de insurgencia pero sí que toda insurgencia conlleva, y va antecedida, de subversión.

Como es lógico, la subversión se puede ejercer contra regímenes dictatoriales o democráticos. En este último caso, se entiende que un movimiento es subversivo cuando promueve una agitación política que no acepta el Estado de Derecho ni el sistema democrático (Kilcullen, 2007). Cuando la subversión se dirige contra un sistema dictatorial y pretende iniciar un proceso de transición democrática suele denominarse con el término menos peyorativo de disidencia.

Las actividades subversivas no armadas preceden a la formación de la insurgencia y continúan una vez que ésta se consolida. Conforme los actores proto-insurgentes fortalecen la organización y amplían su base social, las actividades subversivas elevan su perfil a través de manifestaciones, demostraciones de fuerza y disturbios. Para que sean eficaces, las campañas subversivas requieren un número elevado de partidarios. Esto explica, en parte, que las organizaciones terroristas con pocos miembros no recurran a ellas.

Los grupos subversivos –insurgentes y no insurgentes– pueden utilizar tres caminos para alcanzar sus objetivos (Rosenau, 2007: 6-8):

b) Insurgencia y guerra de guerrillas. La guerra de guerrillas se refiere a un conjunto de tácticas militares que difiere conceptualmente de la insurgencia en su naturaleza (es un modo de combatir, no una movilización social armada). Y como táctica es empleada habitualmente por los actores insurgentes. La guerra de guerrillas elude los ataques frontales en masa con el fin de no ofrecer un blanco identificable a su adversario. No pretende ganar la guerra mediante batallas decisivas. La guerrilla utiliza la sorpresa, la movilidad y el ataque concentrado en un punto, seguido de la dispersión inmediata (Azeem, 2004).

Son varios los factores que favorecen la práctica de la guerra de guerrillas por parte de los actores insurgentes:

En ocasiones, la guerra de guerrillas incluye acciones que pueden ser conceptualizadas como terroristas, ya que no siempre es sencillo establecer una línea que delimite claramente uno y otro método. Por esa razón, un grupo guerrillero de naturaleza insurgente también puede ser considerado terrorista si sus actividades encajan con el concepto que se explica a continuación.

c) Insurgencia y terrorismo. El terrorismo es otra táctica violenta utilizada por algunos movimientos insurgentes, y es objeto de otro documento didáctico en Global Strategy. Existen múltiples definiciones de terrorismo. En mi opinión, la más acertada desde un punto de vista politológico es la que ofrece Fernando Reinares (1998: 15-16) al entender el terrorismo como un conjunto de acciones violentas que generan en un determinado agregado de población efectos psíquicos desproporcionados respecto a sus consecuencias materiales, y que tiene como fin condicionar las actitudes de dicho colectivo social y orientar sus comportamientos políticos en una determinada dirección.

De acuerdo con esta definición, no es imprescindible que la violencia terrorista tenga como víctima a no combatientes. También se aplica a los ataques contra objetivos militares –incluso en un contexto de conflicto armado– que tengan como finalidad condicionar las decisiones políticas a través del miedo. Por ejemplo, los ataques suicidas simultáneos contra instalaciones de Marines norteamericanos y paracaidistas franceses en Beirut en 1983, que motivaron la retirada del Líbano de ambos contingentes. Dichos atentados, sentaron un precedente que años más tarde inspiró el comportamiento estratégico de Al Qaida.

La violencia terrorista puede volverse en contra de los insurgentes si la emplean de manera indiscriminada contra la población civil. Así sucedió en los casos de Sendero Luminoso en Perú, del Grupo Islámico Armado argelino, de Al Qaida en Irak, del Frente Unido Revolucionario en Sierra Leona o de los Tigres Tamiles en Sri Lanka. El terror generalizado no asegura el control de la población a largo plazo. Suelen hacer uso de él los grupos insurgentes que carecen de recursos para ganarse la lealtad de la población a través de incentivos positivos como seguridad, asistencia social, gobierno paralelo, etc. Y con esa violencia terrorista agravan aún más las causas de su debilidad (Wood, 2010: 604).

El terrorismo sólo ofrece ventajas (de carácter pragmático) cuando la insurgencia hace un uso limitado de él, es capaz de justificarlo propagandísticamente, lo dirige contra objetivos claramente vinculados a la autoridad constituida, y logra instigar al gobierno de modo que la población local preste más atención a la represión del Estado que a la violencia de los insurgentes (Connable & Libicki, 2010: 109).

Los cinco pilares de la actividad insurgente 

En este último epígrafe se pasa revista a los cinco instrumentos de carácter estratégico que utilizan la mayor parte de los actores insurgentes. Se trata de los siguientes: lucha armada, propaganda, asistencia social, activismo social y político, y relaciones exteriores.

a) Lucha armada. La insurgencia se distingue de la simple subversión por el uso continuado e intensivo de la violencia, dando lugar a un conflicto armado de naturaleza normalmente asimétrica (con empleo de tácticas de guerrillas, acciones de hostigamiento y eventualmente del terrorismo). Según la teoría sobre las tres etapas de la guerrilla de Mao Tse Tung, una vez que la insurgencia controla suficiente territorio y es capaz de movilizar un volumen considerable de recursos, el enfoque asimétrico debería dar paso a un enfrentamiento convencional y decisivo contra el gobierno que se pretende derrocar (Kiras, 2019: 186):

Sin embargo, en muy pocos casos históricos –uno de ellos es el del Ejército de Liberación Popular chino liderado por Mao– la insurgencia ha sido capaz de consumar con éxito las tres etapas, planteando un enfrentamiento armado convencional. Es verdad que a la insurgencia puede resultarle suficiente con no perder cuando combate contra fuerzas extranjeras, pues su oponente se ve obligado a elegir entre retirarse o continuar una lucha en la que no se vislumbra el final (Hammes, 2006: 183). Pero esto no quiere decir que las insurgencias obtengan la victoria por simple agotamiento, en especial cuando se enfrentan al gobierno de su país. El estudio de Connable y Libicki (2010: 27-31) confirma que, una vez superada la fase de proto-insurgencia, la lucha alcanza una media de aproximadamente una década, con muchas insurgencias que llegan a dieciséis años de duración. Sin embargo, conforme se prolonga el conflicto también se reducen las probabilidades de victoria. Y ello por diversos motivos: pérdida de atractivo de la causa o desviación ideológica de los insurgentes; empleo indiscriminado del terrorismo con los resultados ya señalados; o desactivación del conflicto por parte del gobierno mediante reformas políticas y sociales.

b) Propaganda. Los insurgentes necesitan que sus potenciales bases de apoyo (dentro y fuera de las fronteras del país) conozcan y respalden su causa. Ante el desequilibrio en términos militares, los insurgentes se centran en los aspectos políticos y psicológicos donde pueden igualar o superar a la autoridad política constituida.

Como ya se ha indicado, un aspecto crucial de la insurgencia y de la contrainsurgencia consiste en ganar las ‘mentes y corazones’ de la población. En materia de propaganda los insurgentes utilizan los recursos propios del entorno donde operan, por lo que el abanico de medios abarca desde la mera difusión de rumores en corrillos informales a la producción de contenidos de calidad en redes sociales. Los avances tecnológicos multiplican la capacidad de los insurgentes en términos de colaboración transnacional y acceso a audiencias globales. Un ejemplo paradigmático de ello fue el Daesh durante el tiempo que controló amplios espacios de Siria e Irak entre 2014 y 2018, generando contenidos de alta calidad que ayudaron a atraer miles de voluntarios extranjeros a su causa (Robinson & Dauber, 2019).

c) Asistencia social. Las actividades de carácter social constituyen otro pilar estratégico de numerosos grupos insurgentes. La ideología es un componente importante de la insurgencia pero lo normal es que resulte insuficiente para movilizar a la población porque gran parte de ella es apolítica o tiene preocupaciones materiales perentorias. Para atraerse a esa mayoría –no partidaria pero tampoco hostil– los insurgentes intentan ganar en legitimidad satisfaciendo algunas de las demandas básicas de la población.

La asistencia social puede incluir servicios de diferente naturaleza: programas educativos, de sanidad y empleo, suministro de productos básicos, atención a víctimas del conflicto, etc. Normalmente, la puesta en práctica de esta estrategia requiere que los insurgentes hayan establecido ‘zonas liberadas’ del control gubernamental y que posean un volumen significativo de recursos. Por ello se trata de una opción que escapa a las posibilidades de los grupos insurgentes pequeños o débiles (Wood, 2010: 603).

Las labores asistenciales ofrecen una imagen amable de la insurgencia y crean redes clientelares. Además, si los servicios públicos no se encuentran implantados en todo el país o son de mala calidad por la corrupción o la ineficacia burocrática, los insurgentes, al tiempo que refuerzan su prestigio, erosionan la legitimidad de un Estado ineficiente.

Por otra parte, la asistencia social permite la transmisión de la ideología insurgente, en especial a través de los servicios educativos, culturales, o lúdicos que ofrece el movimiento. Hamas y Hizbollah son dos organizaciones con una amplia experiencia en esta materia (Ranstorp, 1994; Levitt, 2007: 15). En su momento, otros grupos insurgentes de inspiración marxista, como por ejemplo, el Frente Farabundo Martín de Liberación Nacional en el Salvador o el Frente Popular de Liberación de Eritrea, también pusieron en marcha este tipo de programas en las zonas que controlaban.

En algunos casos las actividades de asistencia pueden convertirse en fuente de recursos. Permiten la recaudación de fondos utilizando como pantalla organizaciones benéficas que objetivamente desempeñan una importante labor social; y posteriormente el dinero recaudado se utiliza para fines puramente sociales o se desvía a actividades de naturaleza violenta. Por ejemplo, antes de los atentados del 11 de septiembre de 2001, Hamas recaudaba grandes cantidades de dinero en Estados Unidos a través de ONGs que actuaban de manera pública en centros islámicos y conferencias (Katz, 2003: 162). Por otro lado, los movimientos insurgentes, pueden aprovechar la infraestructura de servicios sociales para proporcionar empleo a los cuadros de su organización y para que éstos utilicen la cobertura de las organizaciones benéficas para viajar de un país a otro.

La existencia de una infraestructura asistencial en manos de los insurgentes plantea un dilema al Estado. Si éste se limita a ilegalizar y abolir las asociaciones benéficas vinculadas a la insurgencia, las situación puede volverse en su contra, generando problemas humanitarios, radicalizando a la población y erosionando su imagen en el interior y en el exterior. Sin embargo, si el Estado permanece pasivo y deja la iniciativa a los insurgentes, éstos ganarán terreno y socavarán su legitimidad paulatinamente. La solución requiere una estrategia de ‘desplazamiento’. Es decir, programas de acción que combinen la erradicación de la actividad asistencial insurgente con la expansión y mejora de los servicios sociales públicos y privados (Grynkewich , 2008).

d) Activismo social y político. Cuando el contexto social y político lo permite, la creación o infiltración de asociaciones cívicas, sindicatos e incluso partidos políticos contribuye a la extensión del movimiento insurgente. Pero al tratar de hacerlo los insurgentes deben vencer la resistencia del gobierno, que intentará limitar la actividad subversiva en este campo y, al mismo tiempo, deben adaptarse a la competencia con otros grupos políticos y sociales que actúan de manera no violenta.

En casos excepcionales los actores insurgentes pueden jugar a estar dentro y fuera del sistema. Así ha sucedido también con Hizbollah y Hamas. La integración de actores insurgentes (o con un pasado insurgente, como es el caso de Hizbollah) en el sistema político ofrece la oportunidad de que abandonen la violencia y opten por la vía reformista en lugar de la revolucionaria, pero también plantea el riesgo de que los insurgentes aprovechen su posición, su estatus legal y la legitimidad que dicha participación les otorga con el fin de infiltrar las instituciones, crear alianzas con otros grupos antisistema, y reforzar sus redes clientelares.

Por otra parte, y al igual que sucede con la asistencia social, los grupos insurgentes pueden crear estructuras de gobierno y de impartición de justicia en las áreas bajo su control con el fin de presentarse como alternativa política viable, y de ofrecer incentivos que aumenten y mantengan el apoyo social.

e) Relaciones exteriores. El apoyo exterior constituye un último aspecto crucial en el desarrollo y continuidad de una insurgencia. Los insurgentes pueden establecer relaciones exteriores con otros Estados, con diásporas, y con insurgencias o grupos terroristas que actúan en otros países y que comparten una ideología similar.

Entre los apoyos externos destaca el prestado por otros Estados ya que ese tipo de patronazgo se suele traducir en refugio (un factor clave), financiación, suministro de armas, entrenamiento, etc. Pero como hemos señalado anteriormente, esa relación genera una dependencia que resta libertad de acción a los insurgentes y que, en caso de que finalice de manera repentina, puede provocar el descalabro de la insurgencia. Aun así, su importancia es indudable. En la muestra de estudio utilizada por Connable y Libicki (2010: 62) las insurgencias que contaron con el respaldo de otro Estado vencieron más de la mitad de las veces. Las que se beneficiaron de la ayuda de actores no estatales ganaron y perdieron en un proporción similar, y aquellas que no han contaron con ningún tipo de patrocinio exterior sólo triunfaron en tres de dieciocho casos.

La relación con organizaciones insurgentes en el exterior y con redes logísticas en la diáspora es otro medio para obtener voluntarios, financiación, armas, equipos de doble uso, entrenamiento y demás recursos. Por ejemplo, Al Qaida en Irak difícilmente habría sido viable sin el apoyo que le prestaron decenas de células logísticas en países de Oriente Medio, norte de África y Europa. En determinados casos, este tipo de relaciones externas permite que las insurgencias de inspiración yihadista ataquen la retaguardia nacional de las fuerzas extranjeras a las que se enfrentan, tal como sucedió en Madrid con los atentados del 11 de marzo de 2004, y en Londres con los del 7 de julio de 2005, así como en numerosos complots desarticulados posteriormente (Cruickshank, 2009). Algo similar ocurrió con el Daesh entre 2014 y 2018, que llegó a contar con al menos treinta mil voluntarios procedentes del exterior, y que también instigó y coordinó varios ataques terroristas altamente letales como los de París en enero y noviembre de 2015 y el de Niza en julio de 2016 (Pokalova, 2019).

Por último, las insurgencias suelen dirigirse a la audiencia mundial con el fin de reforzar su legitimidad y erosionar la imagen de su adversario. Se trata de campañas mediáticas que ofrecen resultados menos tangibles que el apoyo logístico, pero que juegan un papel relevante desde el punto de vista del marketing político insurgente. Un ejemplo de ello fue la campaña que llevó a cabo el Ejército Zapatista de Liberación Nacional de Chiapas a mitad de la década de 1990, que consiguió el respaldo de numerosos intelectuales, artistas, políticos y otros líderes de opinión a escala global.

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