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Teorías realistas para comprender la política internacional

https://global-strategy.org/teorias-realistas-para-comprender-la-politica-internacional/ Teorías realistas para comprender la política internacional 2022-02-26 18:22:00 Javier Jordán Blog post Estudios Globales Global Strategy Reports Lecturas didácticas sobre estudios estratégicos Realismo Teoría estratégica

Global Strategy Report, 4/2022

Resumen: Los estudios estratégicos se asientan sobre el fundamento teórico de la tradición realista. En este documento didáctico se exponen los argumentos centrales de varias ramas del realismo contemporáneo en el estudio de la política internacional: realismo clásico, realismo estructural, realismo ofensivo, realismo defensivo y realismo neoclásico.

Para citar como referencia: Jordán, Javier (2022), «Teorías realistas para comprender la política internacional», Global Strategy Report, No 4/2022.


Introducción

Los estudios estratégicos investigan el comportamiento estratégico de diferentes actores políticos –principalmente Estados– en contextos competitivos. Su interés por el conflicto en la política internacional –conflicto no necesariamente armado– coincide con la corriente realista de las Relaciones Internacionales. Pero la convergencia va más allá del objeto de estudio. Realismo y estudios estratégicos comparten una serie de principios comunes; de hecho, están imbuidos en lo que podríamos denominar ‘filosofía realista’. La misma que inspiró la obra de Sun Tzu, Tucídides, Maquiavelo o Hobbes, así como las decisiones de estadistas como Richelieu, Bismark o Metternich.

Como tradición filosófica, el realismo tiene una visión relativamente pesimista de la naturaleza humana. Sin ser del todo negativa, es consciente de sus límites. Coincide con la tradición judeocristiana al identificar un principio de desorden en el corazón humano, que no impide que el hombre o la mujer opten por el bien pero que, a menudo, los lleva a elegir en mayor o menor medida el mal. De ahí se derivan choques de intereses, algunos de los cuales desembocan en enfrentamientos violentos. La justicia no tiene siempre la última palabra en la gestión de los conflictos, pues a menudo quien tiene más poder es quien establece las reglas del juego. Según el enfoque realista, esta lógica no explica toda la historia de la Humanidad, pero sí una parte considerable de ella.

Trasladado al estudio de la política internacional, el realismo no se refiere tanto a una filosofía como a un conjunto de teorías académicas desarrolladas desde mediados del siglo XX que intentan explicar con metodología de las ciencias sociales el comportamiento internacional de los Estados. Dada la formación en Ciencia Política y Relaciones Internacionales de muchos investigadores de estudios estratégicos, es natural que utilicen en sus trabajos los marcos teóricos realistas. De este modo, aunque los estudios estratégicos toman elementos de otras teorías de las Relaciones Internacionales, como el liberalismo institucional –por ejemplo, para explicar la continuidad de la OTAN tras el derrumbe del bloque soviético– o del constructivismo –para un concepto tan relevante como el dilema de seguridad–, resulta innegable que la corriente teórica predominante en ellos es la realista.

La asociación con los estudios estratégicos invita a profundizar en las teorías realistas para familiarizarse con sus conceptos fundamentales, diferenciar entre las distintas subcorrientes y conocer algunos de los debates internos del realismo. Este documento didáctico presenta los argumentos centrales de varias ramas de la tradición realista. Su intención es introductoria; ofrece un primer marco de referencia. Si se aspira a conocer en profundidad las teorías realistas, es necesario leer las obras comentadas en este trabajo.

El realismo clásico

El realismo clásico no es una teoría unificada. Bajo esta etiqueta conviven autores que difieren entre sí en presupuesto, objetivos y metodologías (Rose, 1998: 153). No obstante, es un término válido para referirse a los primeros trabajos contemporáneos. La aplicación del término realista en el análisis de la política internacional procede en buena medida del libro de Edward Hallett Carr, The Twenty Years’ Crisis, 1919-1939, publicado el mismo año que comenzó la Segunda Guerra Mundial. Carr criticaba el idealismo predominante en el ámbito académico durante el periodo de entreguerras. A su juicio, el idealismo era una perspectiva normativa (deber ser) que no tenía en cuenta los condicionantes reales (lo que realmente es) de la práctica política. Se generaba así una brecha entre las premisas teóricas del intelectual y la realidad a la que debía enfrentarse el profesional de la política (Carr, 2016: 12-18).

La teoría realista nació por tanto, dentro de la disciplina de las Relaciones Internacionales, como reacción al supuesto ‘idealismo’ de postulados propios de la corriente liberal –como la armonía de intereses o el internacionalismo–, que son el punto de arranque de teorías más elaboradas como la paz democrática, la paz comercial o el institucionalismo liberal. Como alternativa, Carr (2016: 62-63) proponía sentar las bases del enfoque realista sobre los tres principios de Maquiavelo: 1) la historia es una secuencia de causas y efectos cuya lógica puede ser comprendida racionalmente, 2) la teoría se deriva de los hechos y no al revés, y 3) la ética no es suficiente para condicionar la política. Ni Carr ni Maquiavelo niegan la importancia de la moralidad, pero dudan que sea efectiva en ausencia de una autoridad que vele por su cumplimiento.

Como veremos a continuación, existen diferencias notables entre las distintas teorías realistas que han ido desarrollándose desde entonces y no todas asumen íntegramente los postulados de Carr. A pesar de ello, es posible identificar un mínimo común denominador que se puede resumir en los siguientes puntos (Wohlforth, 2010: 133; Tang, 2010: 10):

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial el realismo se convirtió en el enfoque predominante de las Relaciones Internacionales, destacando Hans Morgenthau como uno de sus referentes a raíz de la publicación en 1948 de Politics among Nations: The Struggle for Power and Peace. Otros autores con perspectivas propias de lo que hoy en día se denomina realismo clásico fueron Reinhold Niebuhr, Nicholas Spykman, Martin Wight, Henry Kissinger y George F. Kennan, famoso este último por el llamado ‘telegrama largo’ que fue uno de los elementos que inspiraron la doctrina de la contención frente a la URSS. Al otro lado del Atlántico podemos encontrar postulados netamente realistas en Guerra y paz entre las naciones de Raymond Aron (1963: 63-86), donde se habla del estado de naturaleza hobbesiano de la política internacional y de los límites de la diplomacia si no va acompañada de otros instrumentos de poder.

En su explicación de la política internacional el realismo clásico presta atención a tres niveles de análisis, que en su obra Man, the State and War, Kenneth N. Waltz (2001: 12-13) denominó las tres ‘imágenes’ de las relaciones internacionales: el nivel del individuo (en particular, las élites que influyen en la acción exterior), el del Estado (su estructura de poder interna, la ideología que impulsa su acción exterior) y el sistema internacional.  De esos tres niveles, Morgenthau (2006: 4) concede una atención particular al primero. Según este autor, las leyes que rigen la política internacional tienen sus raíces en la naturaleza humana. Las personas sienten el impulso de dominar el entorno que les rodea. Primero su propia vida, después su familia, el entorno social y laboral más cercano y, en la medida de lo posible, otras estructuras sociales. La naturaleza humana es permanente y universal, de modo que esa inclinación hacia el ejercicio del poder (animus dominandi) se encuentra presente en todas las culturas y tiempos históricos, particularmente entre quienes se dedican a la política. Según Morgenthau, a partir de esa constante, unida al cálculo racional de costes y beneficios (es decir, búsqueda de poder y cálculo estratégico) resulta posible entender el comportamiento internacional pasado, presente o futuro. En palabras de Morgenthau (2006: 5): Nos ponemos en el lugar de un estadista que se enfrenta a un determinado problema de política exterior en unas circunstancias concretas, y nos preguntamos qué alternativas racionales tiene, cuál debe elegir y cómo debe afrontar el problema en esas circunstancias (presumiendo siempre que actúa de manera racional) […]. Contrastar esa hipótesis racional con los hechos reales y sus consecuencias dota de significado teórico a los acontecimientos de la política internacional.

El planteamiento de Morgenthau tiene un carácter general. Obviamente, los rasgos de personalidad, los prejuicios, las preferencias subjetivas, los errores de apreciación o los condicionantes de la política interna pueden afectar el cálculo racional del estadista (Morgenthau, 2006: 7). El realismo no niega la existencia de determinadas conductas irracionales, pero se concentra en la búsqueda de elementos de racionalidad para comprender la política internacional (Morgenthau, 2006: 9-10). Entre esos elementos el más objetivo y, por tanto, la principal clave interpretativa a la hora de entender la política entre las naciones es según Morgenthau (2006: 5) “el concepto de interés definido como poder”. Los Estados intentan aumentar su respectiva cuota de poder. Ese deseo, además de derivarse de la voluntad de poder de los individuos que están al frente del Estado, se explica porque una mayor cuota de poder facilita la consecución del resto de intereses (de seguridad, prosperidad económica, ideológicos, etc.). Así pues, la política internacional se puede entender en último término como una competencia constante por el poder (Morgenthau, 2006: 29-30). A mayor poder, mayor capacidad para alcanzar el resto de objetivos.

El realismo estructural de Kenneth N. Waltz

Kenneth N. Waltz publicó en 1979 la primera edición de Theory of International Politics. Con este libro se inició una nueva corriente conocida como neorrealismo o realismo estructural. Fue a partir de entonces cuando la tradición realista en la que se encuadraban Morgenthau y el resto de los autores mencionados en el epígrafe anterior pasó a conocerse como ‘realismo clásico’.

El propósito de Waltz consistía en desarrollar una teoría parsimoniosa (es decir, sencilla, capaz de explicar un fenómeno complejo con un número reducido de proposiciones) sobre la política internacional. Recordemos lo expuesto líneas atrás; según Waltz, la política internacional puede contemplarse desde tres niveles de análisis (que él denomina ‘imágenes’): el individuo, el Estado y el sistema internacional. Pues bien, con el fin de conseguir una teoría general, aplicable en principio a cualquier región del mundo y cualquier momento de la historia, Waltz limita su atención a la tercera imagen: la estructura del sistema internacional y los resultados que de ella se derivan. Por ejemplo, la mayor o menor probabilidad de conflictos armados o de procesos de equilibrio de poder.

Waltz no niega la influencia, sobre la conducta exterior de los Estados, de factores propios de la primera y segunda imagen como la ideología, el tipo de régimen político, la ambición de sus líderes, la racionalidad o irracionalidad de estos, etc. pero los deja al margen de su teoría por dos razones:

Waltz (2010: 68-69) admite que su teoría es insuficiente a la hora de estudiar la política exterior de un determinado país o una intervención militar concreta, ya que para ello sería necesario prestar atención a los niveles de análisis del individuo y del Estado, tal como hace el realismo neoclásico (que veremos un poco más adelante). Lo que él propone es una teoría general sobre la política internacional (international politics), no una teoría de política exterior (foreign policy). Esta diferencia es fundamental.

Pasando así a la tercera imagen, Waltz (2010: 88-99) entiende el sistema internacional como una estructura política compuesta por unidades que interactúan entre sí. Y, como en toda estructura política, hay que prestar atención a tres elementos:

  1. Principio de ordenación (si es un sistema anárquico o jerárquico)
  2. Carácter de las unidades (si son funcionalmente similares o diferenciadas)
  3. Distribución de capacidades

Según Waltz, cuando los aplicamos al sistema internacional, constatamos que los dos primeros son constantes: estructura anárquica y unidades funcionalmente similares. La inexistencia de una autoridad política efectiva a escala internacional da lugar a la anarquía, y ésta, unida a la búsqueda egoísta del interés y al principio de autotutela, lleva a que los Estados se comporten como unidades funcionalmente similares. Es decir, ninguno se especializa en una función concreta, como sí sucede en otro tipo de sistemas; por ejemplo, en los componentes del hardware de un ordenador. Ningún Estado quiere ser dependiente de los demás y por ello evita la especialización de funciones.

Como consecuencia, el único aspecto del sistema que varía es la distribución de capacidades materiales (actuales y potenciales). El poder de los Estados puede medirse en diferentes esferas: económica, militar, política, demográfica. Pero lo que al final cuenta, según Waltz, es cómo los Estados combinan todos esos recursos para competir eficazmente en el sistema internacional y ocupar una posición predominante. Dicho de otro modo, lo que varía en el sistema es la distribución de poder entre los distintos Estados.

Por tanto, la distribución de capacidades materiales constituye la variable independiente del modelo, mientras que la variable dependiente es la estrategia adaptativa que siguen los Estados para garantizar su supervivencia. Waltz (2010: 127-128) destaca dos posibles estrategias:

El modelo de Waltz se centra en la política de las grandes potencias porque son ellas las que más influyen en la configuración del sistema. De hecho, el tipo de sistema dependerá de su número (sistema multipolar, bipolar y unipolar). Según este autor, la consideración de gran potencia depende del poder agregado del país; es decir, de la suma de su tamaño físico, población, dotación de recursos, fuerza militar, estabilidad política y competencia. Waltz (2010: 93-95) reconoce la importancia de los actores no estatales en la política internacional, pero prefiere dejarlos al margen con el fin de simplificar su teoría. Sólo entrarían en el hipotético caso de que alcanzaran una relevancia similar a la de las grandes potencias.

Por otra parte, Waltz reconoce la competencia entre Estados pero se distancia de la visión pesimista del realismo clásico sobre la conflictividad en el sistema internacional. Según Waltz, las grandes potencias no se encuentran en una situación permanente de temor mutuo, sino que dirigen gran parte de su atención a cuestiones ajenas a la seguridad y aceptan vivir con un nivel de seguridad relativamente moderado. En opinión de Waltz (1989: 40), los estadistas sólo persiguen una cuota ‘apropiada’ de poder, habida cuenta de sus necesidades de seguridad.

Por último, Waltz sostiene que la sencillez de su modelo le permite realizar predicciones generales sobre tendencias del sistema que se repiten en diferentes épocas y lugares. A saber:

Las aportaciones de Waltz renovaron el enfoque realista y fueron a la vez objeto de numerosas críticas, dentro y fuera del propio realismo. Según algunos autores (Buzan, Jones & Little, 1993), el enfoque sistémico de Waltz es incapaz de explicar cómo se producen los cambios en el sistema internacional, ya que su exclusión de la segunda imagen hace difícil entender la conducta de los Estados revisionistas que ponen en peligro su propia seguridad y la del resto al alterar el statu quo. El realismo estructural tampoco explica los casos de infra-equilibrio de poder, donde determinados países no responden al ascenso de una potencia hostil. Para ello, es necesario acudir a variables de la primera y segunda imagen no contempladas por el realismo estructural (Schweller, 1996). Por otra parte, la teoría de Waltz sólo permite hacer predicciones demasiado generales sobre la conducta de los Estados por lo que, según Robert Keohane (1986) y más tarde Wohlforth (2010), no se podría considerar como una auténtica teoría de la política internacional, pues no aborda de manera explícita la mayor parte de los fenómenos que tienen lugar en ella.

En el estudio de la política internacional no existe una ‘teoría del todo’, capaz de explicar la totalidad de los comportamientos de los Estados. La principal contribución de Waltz consiste en subrayar la importancia los inputs estructurales de la tercera imagen sobre las variables de la primera y segunda imagen. Esto permite comprender la repetición de determinados comportamientos (en particular el equilibrio de poder) al margen de la similitud o no de los Estados que los protagonizan. Dichos condicionantes externos no son, sin embargo, una camisa de fuerza. Se pueden obviar, aunque al hacerlo se tendrá que asumir las consecuencias.

A partir del realismo estructural de Kenneth N. Waltz se han desarrollado nuevas propuestas teóricas encuadradas bajo las etiquetas de realismo defensivo y realismo ofensivo. Antes de pasar a comentarlas conviene destacar tres aspectos que a menudo son objeto de confusión:

Hechas estas aclaraciones, pasamos a una explicación detallada del realismo ofensivo y defensivo.

El realismo ofensivo

El autor de referencia de esta corriente es John Mearsheimer (2003) con su obra The Tragedy of Great Power Politics. El realismo ofensivo forma parte del realismo estructural que, como acabamos de ver, explica el comportamiento exterior de los Estados desde el nivel de análisis del sistema. La estructura internacional, marcada por un lado por la anarquía y, por otro, por la distribución de poder relativo condiciona la política exterior y de defensa. Según Mearsheimer, las potencias tratan de maximizar su poder movidas fundamentalmente por esas presiones sistémicas, no tanto por el tipo de régimen político. Como es lógico, puede haber excepciones y para explicarlas habrá que acudir a teorías que presten mayor atención a los factores internos, como veremos hace el realismo neoclásico.

Mearsheimer centra su teoría en las grandes potencias por ser estas quienes ejercen mayor influencia sobre el sistema internacional. Mearsheimer (2003: 5), define como gran potencia a los Estados con suficiente poder militar para enfrentarse en una guerra abierta a la potencia más poderosa del sistema y, o bien vencerla, o bien debilitarla seriamente, aunque acaben siendo derrotados. Siendo Estados Unidos la principal potencia del sistema en la actualidad, entenderíamos como gran potencia a China, Rusia, India y en menor medida a otros países como Japón, Reino Unido o Francia. Con cierta cautela la propuesta de Mearsheimer se puede aplicar al análisis regional. Como acabo de señalar, las relaciones entre las potencias de Oriente Medio se pueden explicar mediante el realismo ofensivo; y algo similar ocurre con las relaciones entre Rusia y Estados Unidos, y cada vez más entre Estados Unidos y China. Sin embargo, hay otras regiones del mundo que se explican mejor desde el realismo defensivo.

Mearsheimer sostiene que las grandes potencias son revisionistas hasta que logran la hegemonía. Como en la práctica ninguna puede alcanzar dicha posición salvo a escala regional, la relación entre ellas está abocada a una competencia permanente, compatible no obstante con la cooperación en asuntos de interés común, aunque dicha cooperación es difícil de mantener a largo plazo por dos motivos: la atención a las ganancias relativas (por temor a que otra potencia aumente su cuota de poder) y el miedo a ser traicionados. Mearsheimer llega a esta conclusión a partir de los siguientes principios (2003: 30-32):

Por tanto, para toda gran potencia el modo principal de garantizar su seguridad consiste en maximizar su poder relativo, acumulando una cuota superior al resto. La premisa básica es poder = seguridad, y el resultado la competición ya que, aunque una gran potencia sea objetivamente superior a las demás, no sabe con certeza si es suficientemente poderosa en el presente o si lo continuará siendo en el futuro. La percepción de inseguridad y la incertidumbre alimentan la competencia constante.

Mearsheimer (2003: 168-233) respalda empíricamente sus argumentos examinando el comportamiento histórico de seis grandes potencias: Japón de 1868 a 1945, Alemania de 1862 a 1945, la Unión Soviética de 1917 a 1991, Italia de 1861 a 1943, Gran Bretaña de 1792 a 1945, y Estados Unidos de 1800 a 1990. Según Mearsheimer, las únicas grandes potencias que defienden el statu quo son aquellas que han alcanzado una posición hegemónica a nivel regional (Estados Unidos en el hemisferio occidental), pero incluso éstas no se sienten cómodas teniendo iguales en otras regiones del mundo (peer competitors) y por ello favorecen el equilibrio de poder entre al menos dos potencias regionales. Si es preciso, intervienen como equilibradores de ultramar (offshore balancers) para evitar la aparición de potencias hegemónicas regionales que puedan medirse con ellas a escala global. Según Mearsheimer (2003: 41), ese fue el motivo que impulsó a Estados Unidos a evitar que la Alemania del Káiser (Primera Guerra Mundial), la Alemania nazi y Japón (Segunda Guerra Mundial), y la Unión Soviética (Guerra Fría) lograran la supremacía regional. En el presente, Washington fomenta el equilibrio de poder contra Irán en Oriente Medio, frente a Rusia en su antigua área de influencia en Europa del Este, y frente a China en Asia Pacífico por similares razones. Cabe inferir por tanto que una Unión Europa con auténtica ‘autonomía estratégica’ tampoco sería acorde con los intereses norteamericanos.

De manera coherente con la teoría realista, el realismo ofensivo otorga un papel central al poder, tanto absoluto como relativo. Mearsheimer (2003: 55-57) distingue entre poder militar y poder latente. El primero se refiere a las fuerzas militares de un país en un momento dado, mientras que el poder potencial se basa en la economía y la población: dos factores clave en la generación de poder militar. Aunque el poder latente nos habla sobre el estado actual y futuro del poder militar de un país, no es sin embargo un indicador definitivo porque:

Según Mearsheimer (2003: 135-137), las fuerzas terrestres constituyen el núcleo de las fuerzas militares al ser indispensables para conquistar y controlar territorios; cuestión suprema en un mundo de Estados territoriales. Las grandes masas de agua limitan considerablemente la proyección de las fuerzas terrestres y su capacidad ofensiva, sobre todo si se enfrentan a una gran potencia. Las fuerzas navales y aéreas juegan un rol fundamental pero en último término de apoyo a las fuerzas terrestres. Por sí solas son insuficientes como instrumento de coerción frente a grandes potencias.

A la hora de relacionarse con otras potencias, las grandes potencias disponen de un repertorio de opciones estratégicas. Algunas de ellas persiguen maximizar su poder, otras frenar al rival y otras son sencillamente conductas contrarias a la lógica realista (Mearsheimer, 2003: 147-167):

Además de estas opciones, la literatura reciente sobre rivalidad por debajo del umbral de la guerra (conflicto en la zona gris) plantea otros cursos de acción coherentes con la lógica del realismo ofensivo como, por ejemplo, injerencia y desestabilización política, desinformación, coerción económica, ciber-ataques, acciones agresivas de inteligencia, hechos consumados y tácticas de erosión, etc. (Jordán, 2021: 10-15). Esta perspectiva hace reconocibles conductas propias del realismo ofensivo en la actualidad. Mearsheimer señala que lo común es un comportamiento sutil, que aprovecha la debilidad e indecisión ajena para maximizar el poder, pero que al mismo tiempo se contiene y, si es preciso, retrocede de manera táctica ante la fuerza y la determinación de otras potencias.

Conviene subrayar una vez más que, según Mearsheimer, las principales causas de la conflictividad internacional –incluidas las guerras– se derivan de la arquitectura del sistema internacional. Como ya hemos apuntado, las variables clave a ese respecto son la anarquía y el modo como se distribuye el poder relativo. A partir de ellas Mearsheimer (2003: 337) plantea cuatro posibles escenarios:

Abundando en el argumento, Mearsheimer (2003: 338-346) considera que la guerra es más probable en la multipolaridad antes que en la bipolaridad por tres razones:

La atención que Mearsheimer presta a la guerra se debe tanto a la relevancia inherente del fenómeno bélico en las relaciones entre grandes potencias como a su incidencia a lo largo de los dos últimos siglos de historia. Como ya se he señalado, aunque Mearsheimer (2010: 382) no descarta que pueda producirse un conflicto armado entre China y Estados Unidos en las próximas décadas, lo cierto es que la rivalidad tiende a canalizarse a través del conflicto en la zona gris. En efecto, el interés de Moscú por afianzar su esfera de influencia en el marco de la guerra de Ucrania de 2022, la rivalidad entre potencias regionales en Oriente Medio, o las dinámicas en Asia Pacífico (asertividad de Pekín en la delimitación de las zonas económicas exclusivas, AUKUS, y coaliciones de contrapeso de los países ribereños del Mar de sur de China) resultan fácilmente interpretables desde los parámetros del realismo ofensivo. Si bien las recomendaciones que pueden derivarse han de ser discutidas caso por caso, la teoría de Mearsheimer ofrece un marco de análisis digno de ser tenido en cuenta.

El realismo defensivo

El autor que posiblemente ha sistematizado mejor el realismo defensivo es Shiping Tang con su obra A Theory of Security Strategy for Our Time. Defensive Realism. Según Tang (2010: 19-32), la dicotomía entre realismo ofensivo y defensivo radica en las diferentes estrategias que eligen los Estados para garantizar su seguridad en un contexto de anarquía. En concreto:

Las etiquetas realista ofensivo y realista defensivo aluden a tipos ideales cuando se aplican a Estados concretos. La experiencia empírica es a menudo dinámica. Un Estado puede pasar de una categoría a otra por cambios en el liderazgo de la acción exterior que entrañen un giro estratégico o como consecuencia de la interacción con otros Estados. Por ejemplo, un realista defensivo que responde con estrategias propias del realismo ofensivo (maximizando su poder con fines disuasorios) ante otro Estado realista ofensivo.

Al mismo tiempo, realismo ofensivo y defensivo no son equivalentes a revisionismo versus a favor del statu quo respectivamente. Aunque un Estado revisionista es también a menudo un realista ofensivo, puede darse el caso de que un Estado que defiende el statu quo sea realista ofensivo porque la situación alcanzada beneficia su posición hegemónica dentro del sistema y asegura la continuidad de las ganancias obtenidas mediante una estrategia propia del realismo ofensivo (Tang, 2010: 23-25).

Por otra parte, conviene recordar algo mencionado en el epígrafe anterior. Aunque Tang habla a menudo de ‘agresividad’ al referirse a conductas propias del realismo ofensivo, dicha agresividad no equivale necesariamente a empleo directo de la fuerza armada. Ciertamente, la guerra ha sido un instrumento utilizado por actores realistas ofensivos a lo largo de la historia para incrementar las ganancias relativas. Sin embargo, la confrontación armada abierta –en particular entre Estados– resulta cada vez menos atractiva por lo enormes costes que entraña para todos los implicados. Por ello, dicha ‘agresividad’ tiende a canalizarse a través de conflictos en la zona gris con empleo de estrategias híbridas.

Teniendo así claro que la divisoria entre realismo ofensivo y defensivo radica en las preferencias estratégicas, conviene profundizar algo más en las conductas propias del realismo defensivo. A este respecto, Shiping Tang (2010: 100-106) plantea de entrada una ‘escalera de estrategias’ que incluye las siguientes opciones de menor a mayor nivel de confrontación. Como veremos enseguida, no todas ellas son propias del realismo defensivo. Por eso, primero las enumeramos y a continuación vemos cuáles serían realistas defensivas:

En paralelo a esta escalera de estrategias se sitúa otro abanico de elecciones referido a las alianzas. En un continuum que iría desde las amistosas a las inamistosas, cabría la opción de: 1) aliarse con el Estado con el que se interacciona y que no se considera una amenaza. En caso de que se considere una amenaza cabe también la opción de aliarse con él para reorientar la hostilidad hacia otros (banwagoning), 2) mantenerse neutral, 3) pasar la carga a otros (buckpassing), y 4) aliarse contra ese Estado (balancing) (Tang, 2010: 105).

A partir de todas esas opciones se pueden construir distintas estrategias propias del realismo defensivo. Ante un Estado con intenciones todavía por aclarar, lo más sensato sería una política de acercamiento (engagement) enviando un mensaje conciliador e invitando a la cooperación, pero manteniendo al mismo tiempo la cautela hasta que se dilucide el carácter defensivo/ofensivo de la otra parte. Si se confirma que el otro actor se conduce de acuerdo con el realismo defensivo, pasar a una estrategia de cooperación extensa de seguridad (extensive security cooperation) mejoraría la seguridad de ambas partes, evitaría el dilema de seguridad, y podría conducir a una alianza entre ambos.

El realismo defensivo confía en las ventajas de la cooperación incluso cuando existe un conflicto de intereses genuino (no sólo percibido) entre las partes, siempre que dicho conflicto sea reconciliable. En un contexto de actores realistas defensivos la cooperación es preferible a los costes del conflicto –a menudo elevados– por lo que sigue contemplando la lógica desde una perspectiva interesada y estratégica. En este punto, el realismo defensivo establece puentes con otras teorías de Relaciones Internacionales como el liberalismo y el constructivismo (Tang, 2010: 111-117).

Por el contrario, si se constata que el otro Estado actúa según los parámetros del realismo ofensivo –ya que trata de aprovecharse de las señales benignas enviadas por el realista defensivo, intentando disminuir el poder de éste para maximizar su propia cuota de poder relativo–, las opciones de apaciguamiento y no hacer nada sólo tendrían sentido en circunstancias extremas como una manera de ganar tiempo o de pasar la carga a otros. También cabría la opción de aliarse con el actor realista ofensivo frente a un tercer Estado también realista ofensivo pero aún más agresivo. No obstante, en circunstancias normales el apaciguamiento y el hacer nada serían desaconsejables desde una perspectiva realista. Frente a un actor realista ofensivo, la estrategia común es la contención pasiva, combinada con la alianza con otros Estados realistas defensivos, pues para un realista defensivo las alianzas también son defensivas. Desde esta misma perspectiva, las carreras de armamentos serían subóptimas; sólo justificables desde un punto de vista racional frente a un Estado que albergue intenciones hostiles genuinas, no derivadas de un dilema de seguridad.

Así pues, realismo defensivo y realismo ofensivo comparten algunas opciones estratégicas sólo cuando se responde a un actor hostil. Frente a un actor realista ofensivo será difícil poner en marcha medidas de confianza y de seguridad militar (CSBMs en sus siglas en inglés) o acuerdos de limitación de armamentos. Por lo demás, el realismo defensivo se inclina por la moderación y la autocontención como principios guía para favorecer su propia seguridad; de modo que las medidas de disuasión y defensa intentan ser no provocativas, tratando de favorecer la moderación de la otra parte y manteniendo la puerta abierta a un cambio de su actitud hostil. Sin embargo, la contención activa y, en especial, la guerra preventiva en solitario o en coalición serían opciones propias de una política realista ofensiva que busca mejorar su seguridad maximizando el poder propio a expensas del poder de otros actores. Como ya hemos visto, los Estados con estrategias realistas ofensivas tienden a asumir que la otra parte sigue su misma lógica (más poder = más seguridad), por lo que no esperan ni estimulan la moderación en las preferencias estratégicas de aquella (Tang, 2010: 117-125).

El realismo neoclásico

El realismo neoclásico agrupa un conjunto de teorías que asumen la existencia de condicionantes procedentes del sistema internacional (realismo estructural) y al mismo tiempo prestan atención a las variables de política interna con el fin de explicar la política exterior. La premisa central del realismo neoclásico es que la influencia del sistema internacional sobre los outputs de la política exterior de los Estados se encuentra condicionada por los procesos del sistema político interno de dichos Estados, que pueden amplificar, obstruir o alterar los inputs provenientes del sistema internacional. Esos inputs externos afectan, pero no ‘determinan’ la política exterior de los Estados. Es decir, no hay una correa de transmisión perfecta entre los estímulos entrantes del sistema internacional y la salida en acciones de política exterior.

El realismo neoclásico adquirió identidad propia a raíz del artículo “Neoclassical Realism and Theories of Foreign Policy” de Gideon Rose (1998) donde este autor identificaba los objetivos y elementos comunes de una serie de trabajos realistas centrados en el estudio de la política exterior de los Estados. En las décadas transcurridas desde entonces han surgido nuevas propuestas más sistematizadas entre las que destaca la obra de Ripsman, Taliaferro y Lobell (2016), Neoclassical Realist Theory of International Politics, en la que se basa la exposición de este epígrafe. Los tres autores asumen el esquema de investigación básico del realismo neoclásico, adelantado por Gideon Rose:

Con este esquema en mente, veamos qué variables concretas componen cada uno de esos apartados.

Variables independientes: el sistema internacional

En este primer conjunto de variables, el realismo neoclásico asume la propuesta del realismo estructural en lo relativo a la anarquía y la estructura del sistema en función de la distribución de poder, que puede dar lugar a diferentes tipos de polaridad: unipolar, bipolar o multipolar. En este sentido, el realismo neoclásico es compatible con las aportaciones del realismo ofensivo y del defensivo pero siempre que se acepte que las presiones sistémicas no determinan la política exterior.

Sin embargo, una variable sistémica a la que –a diferencia del realismo estructural– el realismo neoclásico concede mayor importancia es la ‘claridad’ de los condicionantes y señales enviadas por el sistema. A juicio de Ripsman, Taliaferro y Lobell (2016: 46-52) dicha nitidez depende de tres factores:

En la medida en que estos tres factores coinciden en presentar una amenaza/oportunidad nítida, en un momento predecible y ante la que hay una respuesta óptima, la diferencia en el comportamiento de distintos Estados en igualdad de condiciones será baja. El input del sistema internacional generará un output de política exterior similar por parte de unos y otros. Pero rara vez el sistema internacional envía señales tan claras. Lo normal es que la ambigüedad de estos factores dé lugar a un rango de respuestas amplio.

De ahí se deriva que, en función de la claridad de las señales y de la información proporcionada por el sistema internacional, el entorno estratégico sea más restrictivo o, por el contrario, más permisivo. Se genera así un continuum, que va desde un extremo con entornos donde la claridad de las amenazas/oportunidades orienta la política en una dirección muy concreta (restrictivo) a otros de carácter más permisivo donde las variables del nivel interno pueden ejercer mayor influencia a la hora de configurar las respuesta frente a los estímulos del sistema. Un ejemplo: a partir del año 2008 era evidente que Al Qaeda central había logrado reconstituirse en las áreas tribales de Pakistán, fuera del alcance del gobierno de Islamabad y de las fuerzas norteamericanas desplegadas en Afganistán. La continuidad de esa amenaza para la seguridad de Estados Unidos (entorno restrictivo) ayuda a explicar que la Administración Obama no sólo no pusiera fin a los ataques con drones armados contra Al Qaeda en Pakistán iniciados por la Administración Bush, sino que incrementase sustancialmente su número, a pesar de las diferencias políticas notorias entre una y otra Administración.

Variables intervinientes

Ripsman, Taliaferro y Lobell (2016: 58-79) agrupan en cuatro conjuntos las variables del proceso político interno que pueden afectar al diseño e implementación de la política exterior. Estos conjuntos de variables son las que afectan al modo como los inputs del sistema se traducen en respuestas de política exterior.

Como es fácil intuir, estos cuatro conjuntos de variables requieren cierto eclecticismo teórico por parte del realismo neoclásico; es decir, abrirse a aportaciones teóricas de la psicología social, teoría de la organización, y –evidentemente– del análisis de políticas públicas. Ripsman, Taliaferro y Lobell (2016: 163-164) reconocen explícitamente ese carácter ‘multiparadigmático’, aunque aclaran que el realismo neoclásico y el eclecticismo teórico no son sinónimos. El realismo neoclásico es realista. Asume como propios los principios centrales del realismo y esto le diferencia nítidamente de otros paradigmas teóricos.

Variables dependientes

Las variables dependientes del diseño de investigación realista neoclásico son las respuestas de política exterior por parte de un Estado. En función de su alcance y del tiempo requerido de ejecución pueden tomar tres formas diferentes (Ripsman, Taliaferro y Lobell, 2016: 80-87):

Las variables intervinientes del epígrafe anterior tendrán mayor o menor grado de influencia sobre la variable dependiente en función de cuál sea ésta. Por ejemplo, es de suponer que las variables intervinientes relacionadas con la percepción de los decisores y la cultura estratégica tienen más peso sobre las decisiones a corto plazo y sin especial trascendencia en el debate público que las relaciones Estado – sociedad y las instituciones de política interior. Sin embargo, cabría esperar mayor protagonismo de estas dos últimas cuanto mayor sea el alcance y periodo temporal abarcado por las decisiones de política exterior.

Si además cruzamos los parámetros de calado de las respuestas y tiempo requerido con los de entorno estratégico restrictivo vs permisivo, es fácil deducir que determinadas decisiones apenas se verán afectadas por los actores económicos y sociales (decisiones concretas, a corto plazo y en un entorno estratégico restrictivo), mientras que otras (respuestas de gran estrategia, a medio plazo y en un entorno estratégico permisivo) serán objeto de un intenso debate político que altere sustancialmente la naturaleza de la respuesta, más aún si el entorno estratégico es permisivo.

A partir de esta elaboración teórica más desarrollada, Ripsman, Taliaferro y Lobell (2016: 25-31, 87-88) distinguen tres tipos de realismo neoclásico:

Modelo completo del realismo neoclásico donde se aprecia la variable independiente (estímulos sistémicos), los conjuntos de variables intervinientes que afectan al proceso de política exterior, y las variables dependientes, que para el realismo neoclásico tipo III incluyen, además de las respuestas, los resultados internacionales que retroalimentan el sistema internacional. Fuente: Ripsman, Taliaferro y Lobell (2016: 34).

Al tratarse por tanto de una teoría de la política exterior, el realismo neoclásico se decanta desde el punto de vista metodológico por el enfoque cualitativo, los estudios de caso, el process tracing y el análisis contrafactual. La necesidad de una comprensión profunda del comportamiento exterior de los Estados y del análisis de las variables intervinientes dentro del proceso político obliga a especializarse en países y áreas regionales concretas (Rose, 1998: 166-167). Algunos principios teóricos del realismo neoclásico son generalizables más allá de los estudio de caso, pero su aplicación específica requiere conocimiento del idioma del país objeto de estudio, consulta de fuentes primarias, investigación de archivos, y familiaridad con la estructura y funcionamiento de sus instituciones políticas. No son barreras insalvables pero pueden limitar a priori la selección del caso de estudio a la hora de aplicar el marco teórico del realismo neoclásico.

A modo de conclusión

Como es lógico, la síntesis ofrecida en este documento didáctico no representa la totalidad de la producción teórica enmarcada en el realismo. Sin embargo, el conocimiento de estas cinco ramas (clásico, estructural, ofensivo, defensivo y neoclásico) resulta esencial para comprender y contextualizar otras teorías pertenecientes a la tradición realista. Aunque en la década de 1990 algunas voces dieron el realismo por acabado, la evolución de la política internacional demuestra su validez explicativa: pasada, presente y, con toda probabilidad, futura.

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Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

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