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Ucrania. Final del primer asalto

https://global-strategy.org/ucrania-final-del-primer-asalto/ Ucrania. Final del primer asalto 2014-03-23 08:53:03 José Luis Calvo Albero Blog post Políticas de Seguridad Estados Unidos Europa Rusia
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Lo más sorprendente en el desarrollo de la crisis abierta en Ucrania tras el derrocamiento del ex-presidente Yanukovich no ha sido la reacción rusa, que se daba por descontada, sino la velocidad y energía con las que ésta se ha producido. En apenas tres semanas Rusia ha ocupado militarmente Crimea, se ha organizado un referéndum tan apresurado como sospechoso que ha dado un apoyo masivo a la reincorporación del territorio a Rusia, y el gobierno y parlamento rusos han aceptado oficialmente esa petición de manera aún más rápida.

En la siguiente categoría de lo sorprendente se sitúa la reacción de Europa y Estados Unidos. Nadie esperaba una repetición de la crisis de los misiles de 1962, ni siquiera una exhibición de poder militar en las fronteras de la OTAN, como solía ser habitual durante las intervenciones militares soviéticas en la Guerra Fría. Pero las medidas adoptadas para frenar la escalada iniciada por Moscú han sido tan suaves que incluso los propios dirigentes europeos y norteamericanos que las han aprobado parecen avergonzados de su tibieza.

Probablemente ambos fenómenos estén estrechamente relacionados. La tímida reacción de Occidente ha dado alas a Vladimir Putin. Y la rapidez con la que éste ha orquestado las sucesivas fases de la crisis ha desconcertado a aquellos dirigentes que se podían oponer a sus acciones.

En cualquier caso la apuesta de Putin es tan atrevida como arriesgada, prácticamente en ese límite en el que la audacia se llega a confundir con la temeridad. Lo más inquietante es que Putin ha llegado demasiado lejos en un tiempo record. Las decisiones que ha tomado sobre la reintegración a Rusia de la Península de Crimea no permiten ya una vuelta atrás, a no ser que esté dispuesto a terminar con su carrera política, y con el prestigio de Rusia como potencia mundial.  Las formas tampoco han sido precisamente las más adecuadas. La utilización de tropas rusas sin signos de identificación es sencillamente una violación del derecho internacional. La negación de que esos soldados sean rusos, pese a que su equipamiento y actitud deja pocas dudas al respecto, puede calificarse sin reparos de desfachatez. Y la organización de un referéndum con las calles repletas de hombres armados, las cadenas de televisión ucranianas cortadas y sin campaña previa, es una burla a cualquier práctica democrática.

Crimea es ahora rusa. Y pese a la retórica que podemos escuchar estos días todo el mundo ha aceptado de hecho esta situación. Hay una cierta esperanza en que la resignación ante el hecho consumado termine por desactivar la crisis, pero en esa actitud puede que haya más de deseo que de realidad. Probablemente tras la ocupación rusa de Crimea se producirá una cierta pausa estratégica, pero sería ingenuo creer que Putin se vaya a detener ahí. Sus primeras acciones le han proporcionado una situación favorable para continuar desestabilizando Ucrania, con un coste todavía aceptable.

Si uno echa un vistazo al mapa de la nueva Ucrania se encuentra algo muy similar a una bolsa rodeada por todos lados por territorios rusos o estrechos aliados de  Moscú. La Federación Rusa al Este, Bielorrusia al Norte, Crimea al Sur y Transnistria (donde también hay tropas rusas estacionadas) al Suroeste. Dentro de la propia Ucrania hay movimientos prorrusos de entidad, que ya han provocado episodios de violencia y desobediencia a las nuevas autoridades. La economía depende estrechamente de la rusa, y no solo en lo que se refiere a productos energéticos; y por añadidura el país se encuentra al borde de la bancarrota. Por otro lado, no está todavía claro hasta qué punto el nuevo gobierno de Kiev controla las instituciones y a los líderes locales. Y hay también serios interrogantes sobre quién compone el gobierno. Las imágenes de parlamentarios del partido Svoboda golpeando al director de la televisión nacional han hecho un daño considerable a la imagen de las nuevas autoridades de Kiev.

En pocas palabras, para Moscú resultará muy fácil desestabilizar a Ucrania en el futuro. Asfixia económica, fomento de la desobediencia en las regiones rusófilas, provocaciones que fácilmente recibirán respuestas violentas por los miembros más radicales del gobierno…, la lista de posibilidades es larga y prometedora. Y resulta evidente que Putin no se conformará con una Crimea rusa y el resto de Ucrania alineado con Occidente. Si aceptarse eso sería de hecho una derrota geopolítica bastante considerable, algo que no encaja demasiado bien con la actuación tradicional del dirigente ruso.

¿Y qué pueden hacer Europa y Estados Unidos para contrarrestar esta estrategia de desestabilización? Desde luego más de lo que han hecho hasta ahora. La imposición de sanciones ha sido por el momento poco más que simbólica, e incluso para llegar a esa mínima represalia ha sido necesario superar importantes divergencias entre los Estados europeos. El reconocimiento por parte del presidente Obama de que no hay ninguna intención de intervenir militarmente en la actual crisis puede que sea un admirable ejercicio de sinceridad política, pero no pasará a la Historia como un brillante movimiento estratégico. La incertidumbre en el uso de la fuerza es una de las armas más eficaces para ejercer la disuasión frente a una potencia expansiva. En cuanto a  la firma de la parte política del acuerdo de asociación de la Unión Europea con Ucrania, significa poco más que una muestra de apoyo político, a la espera de las decisivas condiciones económicas que el futuro acuerdo pondrá sobre la mesa.

Precisamente en el campo económico es donde se juega gran parte del futuro de Ucrania. Y ahí es donde debe realizarse un esfuerzo considerable, pues la orientación hacia Occidente del país dependerá de que la mayoría de sus habitantes puedan percibir claramente un futuro mejor; y de que lo perciban pronto. Si la UE y el FMI aplican su habitual política de créditos a cambio de duros ajustes económicos y sociales le harán a Putin gran parte del trabajo.

Sacar a Ucrania del pozo en el que actualmente se encuentra sumida, y mostrar la diferencia respecto a las condiciones de vida en la Crimea dominada por Moscú, requerirá de generosidad y esfuerzo, y si esto no queda claro en las mentes de los dirigentes europeos habrá pocas esperanzas de resultado favorable. Esa generosidad no debe sin embargo interpretarse como una carta blanca. Las dudas sobre la calidad democrática del gobierno actual deben ser disipadas, y el desarrollo del proceso electoral del próximo 25 de mayo será decisivo en ese sentido.

Por otro lado, la economía rusa es bastante vulnerable, pero Rusia no es el Irak de Sadam Hussein, la Serbia de Milosevic o la Libia de Gadafi. Hacer daño económico a Rusia significa que el daño tendrá consecuencias globales, que no son inaceptables, pero deberán ser asumidas. Tanto la UE como Estados Unidos se han reservado la aplicación de sanciones realmente dolorosas para utilizarlas como amenaza en caso de que las ambiciones expansionistas de Putin se extiendan al Este y Sureste ucraniano. Pero con ello han aceptado de hecho el statu quo actual y han mostrado una desgana para aplicar medidas enérgicas que concede esperanzas a Moscú. En términos estratégicos, lo que han hecho es animar a Putin a seguir probando dónde se encuentra realmente el umbral de respuesta de los líderes del Oeste.

Al menos la crisis de Ucrania ha proporcionado tres lecciones de provecho para Occidente, y especialmente para Europa. En primer lugar ha mostrado cómo juega Putin, por si no había quedado suficientemente claro tras la crisis de Georgia en 2008. La verdad es que el dirigente ruso ha demostrado talento estratégico, que se compensa con una visión revanchista que le lleva con frecuencia a jugar demasiado fuerte, y que puede conducir a Rusia con la misma facilidad a una renovada hegemonía o a la ruina. Neutralizar esa estrategia implica asumir por un lado que Rusia es un actor al que no se puede ignorar, y por otro demostrar con hechos que cualquier actuación al margen de la legalidad internacional se encontrará con una enérgica respuesta.

La segunda lección, también conocida desde hace muchos años, es que Europa mantiene una dependencia energética excesiva de Rusia. Es cierto que ha disminuido en la última década, y que el gas ruso sigue siendo la opción más cómoda y barata en el mercado. Pero que se pueda utilizar como medio de chantaje constituye una vulnerabilidad inaceptable.

Y la tercera lección es probablemente la mejor conocida de todas: la potencia económica solo tiene valor en un duelo geopolítico si está respaldada por la fuerza, o si la lejanía geográfica protege de la acción militar. Estados Unidos posee la fuerza y la distancia pero Europa no. El tan alabado poder blando europeo solo puede ejercerse a la sombra del compromiso norteamericano con la defensa de Europa. Si ese compromiso flaquea, la situación europea se convierte en vulnerable. Resulta problemático imponer sanciones a quien puede desplegar rápidamente un par de cuerpos de ejército mecanizados en tus fronteras. Y la riqueza por sí sola, si no se traduce en fuerza militar creíble, es simplemente una invitación al chantaje, o directamente al saqueo. De la misma manera que Europa debe reducir su dependencia energética de Moscú, también debe reducir la dependencia militar de Washington.

José Luis Calvo Albero

José Luis Calvo es Coronel de Infantería del Ejército de Tierra y profesor del Máster on-line en Estudios Estratégicos y Seguridad Internacional de la Universidad de Granada

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