Desde que, en el verano de 2021, los talibanes se convirtieron en el gobierno de facto de Afganistán, preocupa a la comunidad internacional en general y a Occidente en particular, la posibilidad de que su territorio vuelva a convertirse en el santuario desde el que grupos terroristas internacionales organicen atentados terroristas en cualquier lugar del globo. Como ya planteaba hace un año en este mismo foro, sea por la incapacidad de los talibanes para controlar efectivamente su territorio, sea por su complicidad con determinados grupos terroristas, el riesgo persiste.
Las informaciones al respecto son escasas y difíciles de contrastar, pero hay una preocupación creciente por la posibilidad de que Afganistán se esté convirtiendo en un foco de actividad terrorista, ya que tanto Al Qaeda como la filial afgana del grupo Estado Islámico (IS) parecen estar creciendo sustancialmente, tanto en número como en capacidades, sin fuerzas estadounidenses ni occidentales sobre el terreno que puedan ayudar a contener esta amenaza.
Según un informe del Equipo de Vigilancia de las Sanciones de la ONU, basado en la inteligencia de los Estados miembros, citado por Voice of America News (VOA), los grupos terroristas disfrutan ahora de una mayor libertad de acción y estarían haciendo buen uso de ella. El informe advierte de que Al Qaeda y los talibanes mantienen una relación que permite a Al Qaeda disponer en Afganistán de un refugio seguro. Por el contrario, el informe considera que la filial del Estado Islámico en Jorasán (IS-K) utiliza en su beneficio la incapacidad de los talibanes, así como el descontento creciente con el gobierno talibán, para afianzar su control sobre zonas remotas. Según el citado informe, “los ataques contra figuras talibanes de alto nivel elevaron la moral del IS-K, impidieron las deserciones e impulsaron el reclutamiento, incluso desde dentro de las filas talibanes”.
Además, siempre según el mismo informe, estos grupos terroristas habrían aumentado significativamente sus efectivos. Al Qaeda, que hace un año contaba con apenas unas docenas de miembros en Afganistán, tendría ahora entre 30 y 60 miembros relevantes en el país, así como 400 combatientes, 1.600 familiares y varios campos de entrenamiento nuevos. El IS-K, siempre según el informe citado, habría crecido hasta contar con entre 4.000 y 6.000 miembros, con bastiones o campamentos en al menos 13 provincias y una red de células durmientes con capacidad para actuar en Kabul y otras ciudades del país.
Pero, por alarmantes que puedan ser las estimaciones del informe de la ONU, fuentes estadounidenses declararon a la prensa no disponer de datos que confirmen tales conclusiones. En declaraciones anónimas a VOA, agentes estadounidenses declararon que los datos del informe no concuerdan con el análisis de la comunidad de inteligencia, llegando a calificar las estimaciones sobre el tamaño de Al Qaeda y el Estado Islámico recogidas en el informe de la ONU de “salvajemente fuera de lugar”. Según VOA, los servicios de inteligencia de Estados Unidos estiman que hay menos de una docena de miembros relevantes de Al Qaeda actualmente en Afganistán y que no ha habido allí ningún dirigente desde que Estados Unidos mató, en julio de 2022, al entonces líder de Al Qaeda, Ayman al Zawahiri. Al Qaeda “simplemente no ha reconstituido su presencia en Afganistán desde la salida de Estados Unidos en agosto de 2021” y es poco probable que sus intentos de establecer campos de entrenamiento en Afganistán, como afirma el informe de la ONU, hubieran pasado desapercibidos para Estados Unidos y sus aliados. “Estamos preparados para ver indicios de cualquier resurgimiento de la actividad de Al Qaeda, ya sea un campo de entrenamiento, ya sean conspiraciones que no requieran un campo de entrenamiento”.
En cuanto a la afirmación del informe de la ONU de que el IS-K ha crecido hasta alcanzar entre 4.000 y 6.000 combatientes, incluidos miembros de sus familias, según el mismo funcionario, “son miles más de los que la comunidad de inteligencia [estadounidense] ha evaluado o considerado que hay”. Aunque Washington está de acuerdo en que el IS-K tiene la intención de atacar a Estados Unidos, está claro que la capacidad del grupo terrorista para hacerlo ha sufrido reveses en los últimos dos años. “Nuestra opinión es que el IS-K no ha cerrado la brecha entre ambición y capacidad que esperaba cerrar tras la salida de Estados Unidos, y de hecho, se ha enfrentado a algunos contratiempos muy reales y a una presión muy concertada por parte de los talibanes”.
Resulta difícil explicar la divergencia entre las evaluaciones de Al Qaeda y el IS-K presentadas en el informe de la ONU y las de la comunidad de inteligencia de Estados Unidos. En el pasado, los informes del equipo de supervisión de sanciones de la ONU se habían ajustado mucho más a las conclusiones de Washington. También es cierto, que, según algunas fuentes, habría cierto desacuerdo entre las agencias estadounidenses, algunas de las cuales sostendrían posturas más cercanas a las reflejadas en las conclusiones de la ONU.
En general, los funcionarios e investigadores occidentales han considerado los informes de la ONU como una valiosa fuente de información, entre otras cosas porque incluyen los puntos de vista de múltiples países, algunos de los cuales tienen visiones propias de lo que ocurre sobre el terreno. Y, aunque admiten que las estimaciones de los Estados miembros sobre el número de combatientes o miembros de grupos como Al Qaeda y el IS-K pueden variar significativamente, las tendencias identificadas en los informes resultan significativas. “El equipo de seguimiento [de la ONU] hace todo lo posible para tratar de triangular la información, y publica cosas de las que está razonablemente seguro, y que pasan por un riguroso proceso editorial”, dijo a la VOA Edmund Fitton-Brown, ex alto funcionario de la lucha contra el terrorismo de las Naciones Unidas y coordinador del equipo de seguimiento. Según Fitton-Brown, ahora asesor de la organización sin ánimo de lucro Counter Extremism Project, aunque existan desacuerdos sobre la medida en que Al Qaeda o el IS-K han aumentado su huella en Afganistán, la cuestión más importante sigue siendo la misma. El informe “deja muy claro por qué los talibanes no pueden, ni quieren, cumplir con sus responsabilidades derivadas de los acuerdos de Doha”.
Algunos analistas han expresado su preocupación por las conclusiones del informe. “Históricamente, Estados Unidos ha subestimado de forma lamentable la fuerza de Al Qaeda en Afganistán”, declaró a la VOA Bill Roggio, investigador de la Fundación para la Defensa de las Democracias. El informe de la ONU “es mucho más realista que lo que los servicios de inteligencia estadounidenses intentan presentar como la verdadera estimación de la fuerza de Al Qaeda en Afganistán”. Otros analistas destacaron el establecimiento de campos de entrenamiento de Al Qaeda en varias provincias afganas, así como la capacidad de otros grupos terroristas más pequeños para operar con mayor libertad. Para algunos analistas, Afganistán parece recordar inquietantemente al Afganistán anterior al 11-S, por el número de grupos supuestamente activos.
En los meses previos a la retirada de Estados Unidos y sus aliados, se temía que, con una presencia militar internacional limitada o nula en el país, estos grupos se reconstituyeran, empezaran a restablecer campos de entrenamiento y a entrenar a estos combatientes para realizar acciones terroristas fuera de Afganistán. Los datos disponibles parecen abonar la idea de que esta pesadilla se esté haciendo realidad.

