Hace tan solo unos días publicaba un artículo en Global Strategy donde analizaba la amenaza terrorista que supone Afganistán bajo control talibán. El subtítulo era bastante indicativo de mi opinión: ni tanto, ni tan calvo. Afganistán supone una amenaza para sí mismo y, como mucho, para sus vecinos inmediatos, pero más por su incapacidad de ejercer el control sobre su territorio, que por el interés de la actual administración por exportar ningún tipo de revolución. El punto más débil de esta argumentación lo constituye, precisamente, la alianza talibán con Al Qaeda, cuyo liderazgo, tras la caída de los talibán en 2001, ha encontrado cobijo junto a los talibán, primero en las zonas tribales de Paquistán y desde hace un año en Afganistán. La red Haqqani, grupo singularizado dentro de los talibán, ha sido siempre el principal valedor de Al Qaeda entre los talibán.
En este contexto, nos ha sorprendido la noticia de que EEUU ha eliminado (utilizo este verbo para evitar discusiones sobre cuál es el más adecuado: asesinar, ejecutar, ajusticiar,…) al líder de Al Qaeda mediante un ataque con drones contra el edificio en que habitaba en una zona residencial de Kabul. Hsta aquí, la noticia; a partir de aquí, las interpretaciones.
Antes de entrar en éstas, conviene resaltar los datos conocidos. Primero, que el líder de Al Qaeda se encontraba en Afganistán, junto a parte de la cúpula de la organización, era un dato sobradamente conocido. No supone una sorpresa. Segundo, que Al Qaeda ha atravesado un período de gran debilidad y que el triunfo talibán ha podido revitalizarla, es también un análisis compartido. Tercero, que esa revitalización no se ha traducción en un incremento de sus acciones terroristas y que no hay evidencias de que se esté fraguando acción alguna al respecto desde territorio afgano, es algo que pocos discuten. De acuerdo con los propios informes de inteligencia de EEUU, Al Qaeda no tiene capacidad de organizar desde Afganistán ataques contra el territorio de EEUU, aunque podría realizar, o inducir, ataques contra objetivos estadounidenses y occidentales en África, Europa, Oriente Medio y el sur de Asia. Que pueda hacerlo, no quiere decir que lo esté haciendo.
A la vista de lo anterior, podemos empezar a analizar las circunstancias en las que se ha producido este ataque.
Un dato a tener en cuenta es que, para Kabul, albergar a la cúpula de Al Qaeda le supone un problema en su búsqueda de reconocimiento internacional y supone una brecha respecto a los compromisos adquiridos en Doha con EEUU:
…no permitirá que ninguno de sus miembros, otras personas o grupos, incluido al-Qaeda, usen el suelo de Afganistán para amenazar la seguridad de Estados Unidos y sus aliados.
… enviará un mensaje claro de que quienes representan una amenaza para la seguridad de Estados Unidos y sus aliados no tienen cabida en Afganistán, y dará instrucciones a los miembros [talibán] de no cooperar con grupos o personas que amenacen la seguridad de Estados Unidos. Estados y sus aliados.
…prevendrá que cualquier grupo o individuo en Afganistán amenace la seguridad de los Estados Unidos y sus aliados, y les impedirá reclutar, capacitar y recaudar fondos y no los acogerá de acuerdo con los compromisos de este acuerdo.
Albergar a Al Zawahiri supone una violación de lo acordado, por mucho que se le pueda mantener neutralizado. Pero, para la cúpula talibán resulta impensable romper los vínculos que, desde hace décadas, les unen con Al Qaeda, vínculos materializados fundamentalmente a través de la red Haqqani. Romper con sus viejos aliados sería utilizado en su contra, como una muestra de su falta de compromiso con la Yihad y de su alianza oculta con EEUU, algo de lo que se les acusa desde el ISIS desde que se sentaron a negociar en Doha. Así, su relación queda reflejada en el viejo dicho, ni contigo, ni sin ti, tienen mis males remedio, que define a los amores imposibles.
Otro dato que no conviene pasar por alto es que el movimiento talibán gira en torno a dos grandes grupos, cada uno de los cuales representa a una de las dos grandes áreas en las que el movimiento está más asentado: los kandaharis, en el sur, y los Haqqani, en el este (Vienen a corresponder a las dos grandes confederaciones tribales pastunes, los durrani y los ghilzai). En la sorda lucha de poder que siempre ha enfrentado a ambas facciones, los Haqqani han sido siempre los valedores de Al Qaeda y se han mostrado más interesados en los “asuntos exteriores”. Los kandaharis, que siempre han dominado el movimiento, son más conservadores y más centrados en los asuntos internos de Afganistán. No olvidan que mezclarse con la yihad global les costó ser derrocados y dedicar veinte años a recuperar el poder.
A partir de estos datos y asunciones, caben dos interpretaciones sobre la muerte de Al Zawahiri. La más inmediata concluye que esta acción ha venido a demostrar que los talibán no son un socio de confianza, sino más bien una amenaza a la seguridad internacional, como lo demuestra el hecho de que albergue a terroristas de esta catadura. Además, confirmaría la teoría de Biden de que es posible mantener a raya a los terroristas en Afganistán sin necesidad de desplegar grandes contingentes militares. La combinación de inteligencia y acciones a distancia permitirían hacerlo sin los costes de una intervención militar.
Si embargo, este análisis presenta algunas lagunas. En primer lugar, plantea como una nueva evidencia un hecho que ha sido conocido siempre y nunca se ha cuestionado: los talibán nunca han ocultado que albergan y protegen a la cúpula de Al Qaeda. Ni durante, ni después de las negociaciones de Doha, EEUU ha presentado esta realidad como un problema relevante. Segundo, parece dudoso que EEUU pueda orquestar una operación de este tipo sin apoyo de “alguien” sobre el terreno. En Afganistán, EEUU no tiene ningún aliado en el que pueda apoyarse y carece de capacidades de inteligencia propias. Como reconoció el jefe del Mando Central de EEUU en diciembre de 2021, “tenemos aproximadamente el 1 o el 2 por ciento de las capacidades que tuvimos para investigar”, lo que hace que sea muy difícil que lleguen a localizar un objetivo de esta naturaleza. Una tercera cuestión: ¿Desde dónde salieron los drones que realizaron el ataque? Estados Unidos no tiene bases en la región desde la que puedan operar. La realidad es que la falta de aliados, la escasa inteligencia y la ausencia de bases cercanas limitan enormemente las posibilidades de actuación de EEUU en Afganistán y hacen improbable que haya sido capaz de organizar esta operación sin algún aliado que, por los motivos que sea, no conviene desvelar.
Estas consideraciones abren una posible interpretación alternativa de este ataque. Valorando las capacidades e intereses de las partes involucradas cabría plantearse si esta acción no se ha coordinado entre EEUU, los talibán y/o Paquistán. Aunque, a primera vista, la colaboración de EEUU con los talibán y contra Al Qaeda pueda resultar inimaginable, un análisis más precio de la realidad puede llevar a otra conclusión. Cualquiera de los dos posible colaboradores podría haber proporcionado inteligencia y bases desde las que lanzar el ataque. Y, lo más importante, cualquiera de los dos puede tener interés en la desaparición de Al Zawahiri o en hacer un gesto de buena voluntad hacia Washington.
Para los talibán, eliminarle supone quitar del camino un estorbo en su intento por conseguir cierto reconocimiento internacional y abre una posibilidad de iniciar contactos con EEUU, único actor capaz de desbloquear la ayuda económica que el país necesita urgentemente. Que el trabajo sucio lo haga EEUU sin desvelar los posibles apoyos recibidos, le evita aparecer como cómplice suyo en la lucha contra otros grupos yihadistas. En clave interna, supondría un paso más en el fortalecimiento de los kandaharis frente a los Haqqani. Un dato interesante es que, supuestamente, la casa en la que vivía Al Zawahiri, pertenecería a a Sirajudin Haqqani, actual ministro de interior, Sólo éste y su acólito, el mulá Yaqoob Mujahid, ministro de defensa, habrían accedido al mismo durante la estancia del líder de Al Qaeda.
Para Paquistán, colaborar con EEUU le permitiría intentar romper el aislamiento internacional a que se ve sometido, precisamente por su política en Afganistán. Este aislamiento le priva de la necesaria ayuda internacional, que solo EEUU puede prestarle, y le ha hecho depender excesivamente de China, algo que solo puede evitar acercándose a EEUU. Entregar la cabeza de Al Zawahiri supondría un evidente gesto de buena voluntad. Sobre todo, porque el líder de Al Qaeda ya no es un aliado tan valioso para Paquistán.
Si esta teoría fuera cierta, que puede no serlo, vendría a demostrar que Afganistán, per se, no es una amenaza terrorista global, más allá de los problemas que plantea su realidad de Estado fallido, que le impide evitar el desarrollo en su territorio de grupos como el ISIS-K. Demostraría también cierto pragmatismo, tanto de parte de Washington, como de Kabul (El papel de Paquistán es, por definición, indescifrable) que retomarían la senda iniciada en las negociaciones de Qatar: EEUU se limita a exigir que Afganistán no sea una amenaza terrorista más allá de sus fronteras, los talibán solo exigen libertad para gobernar el país como mejor les parezca.
Si esta teoría fuera cierta, podría ser también un indicio de posibles realineamientos en el tablero afgano, en el que Paquistán, los Haqqani y la cúpula talibán estarían recalibrando sus fuerzas e intereses respectivos. Al Qaeda sería solo una de las fichas a sacrificar o defender.

