La imagen más sorprendente del caótico ataque ruso a Kiev ha sido, sin duda alguna, la de cientos de vehículos atascados durante días en las carreteras al noroeste de la capital ucraniana. Todo parece indicar que, tras una breve ‘pausa operacional’, estas fuerzas están superando gradualmente sus problemas logísticos y podrían estar en condiciones de montar un asalto a la capital en cuestión de días. Una vez más, será la logística la que determine las posibilidades de éxito de este segundo intento. La pausa ha debido permitirles reabastecerse, reorganizarse y planificar una operación que ya no se planteará como la liberación de un territorio amigo, sino como una ofensiva terrestre contra una Ucrania decidida y hostil.
Esta situación parece confirmar lo que algunos analistas ya habían predicho hace meses: el ejército ruso tiene la potencia de combate suficiente para capturar los objetivos previstos en sus planes operativos, pero su logística no le permitiría hacerlo en un solo empuje, sin una pausa logística que le permita ‘tomar un respiro’. Pero, siendo esto cierto, hay otros datos que ayuda a entender cómo se está desarrollando la ofensiva rusa.
En el primer intento, la ofensiva la encabezaron unidades ligeras que operaban más allá de la cobertura aérea e intentaron, infructuosamente, entrar en Kiev y Járkov. La columna que se dirigía a Kiev por el noroeste, de unos 15.000 efectivos, pareció quedar atascada por problemas logísticos: falta de carburante y problemas de mantenimiento en sus vehículos. A partir de ese momento, lo que se produjo fue un enorme problema de tráfico, que impidió a las unidades de escalones posteriores, formados por unidades más potentes y protegidas, proseguir el avance hacia la capital ucraniana. La deficiente logística rusa, que nunca ha prestado especial atención a una función tan vital como el control de movimientos, ha visto cómo una mala gestión de las líneas de comunicaciones ha dado al traste con su plan de operaciones.
Los ejércitos occidentales han sabido aprender de sus errores y prestar la atención que merece este aspecto de las operaciones militares. De hecho, la escena vivida por los rusos al noroeste de Kiev recuerda a los problemas de control de movimientos que afrontaron los aliados en su intento de embarcar la mayor cantidad posible de fuerzas en Dunkerque, para sustraerlas a la imparable ofensiva alemana. El problema para los aliados estuvo más en gestionar los atascos en los núcleos de población, que en movilizar suficientes transportes para cruzar el canal. Finalmente, un deficiente control de movimientos dejó en tierra unidades, mientras había barcos que partían sin completar su carga.
Más recientemente, en Kosovo, el Cuerpo de Ejército de Reacción Rápida de la OTAN, el ARRC británico, vio cómo su plan de operaciones se venía abajo antes del primer disparo (Según Murphy ningún plan sobrevive al primer disparo del enemigo, aquí no hizo falta enemigo para desbaratar el plan) simplemente porque la red de ferrocarriles no permitía un flujo de fuerzas suficiente para sustentar lo planeado. Nunca me canso de repetir la frase del General británico Michael Jackson, jefe entonces del ARRC: “Llegar es el 70% de la batalla”. Los británicos lo habían aprendido en Las Malvinas; ahora lo confirmaban.
Sólo quien reconoce sus errores, es capaz de aprender. Gracias a nuestros errores, los ejércitos occidentales hemos aprendido a dar la importancia que merecen aspectos como la gestión de rutas y el control del tráfico. El ejército ruso no se ha visto expuesto a este tipo de experiencias, ni ha sabido extraer lecciones de los errores ajenos. Ignorar este aspecto propició que lo limitado de las carreteras disponibles, el terreno fangoso, la desorientación de muchas unidades y un excesivo número de vehículos averiados se combinaran para crear un embotellamiento muy difícil de desenredar. Las imágenes que hemos podido ver en las redes sociales, en las que pueden verse vehículos militares atascados en el barro, permiten preguntarse si a los factores anteriores no habría que añadir una deficiente instrucción de los conductores rusos. Todo esto desbarató los planes rusos antes de que el enemigo disparara un solo tiro.
En un acto organizado por el think tank RUSI (Royal United Services Institute), Michael Kofman, sostenía que se había sobredimensionado el problema logístico y que el problema al que se enfrentaban los invasores era más básico: la dificultad de deshacer los atascos una vez que habían colapsado las rutas. En España tenemos ejemplos recientes de cómo el colapso creado en las carreteras por las nevadas resulta difícil de ‘desenredar’ precisamente por la cantidad de vehículos inmovilizados en las carreteras. Sólo un matiz al Sr. Kofman, en el marco de la doctrina OTAN, la gestión de rutas sí es un problema logístico. No en la rusa; quizás ahí resida parte del problema.
En breve asistiremos a una nueva ofensiva rusa, una vez que haya resuelto sus problemas logísticos. Reabastecidas sus fuerzas y ‘desenredado’ el caos de tráfico, reanudarán su ofensiva, ahora con una idea más clara de lo que tienen enfrente. La cuestión es si estarán en condiciones de completar el cerco de Kiev, dado el desgaste físico y psicológico al que se han visto sometidas sus fuerzas mientras estaban sumidas en el caos, la desorientación y la perplejidad ante la actitud de los ‘amigos’ ucranianos a los que creían estar liberando.

